18.
—Las flores más bonitas para los ojos más bonitos.
Okiku admiró de arriba a abajo el ramo que acababan de dejarle arriba del mostrador. Era un ramo enorme, precioso, adornado con un listón de color rojo pasión junto a una tarjeta que sin leerla ya dejaba en claro que era de amor. Podía ver la perfecta y delicada letra cursiva junto a los detalles de pequeños corazones rojos dibujados.
Sonrió con ternura.
El millonario Chibita-san sí que no se rendía en absoluto.
Desde que había regresado a su pueblo, afortunadamente ya no tan pobre, había decidido abrir una florería en honor al señor que tanto se había esforzado en que recuperara su visión. Aún lamentaba no conocerlo. No haberlo visto.
Cuando el médico le dijo que le sacaría la venda una vez que la cirugía hubo pasado, le explicó que tendría que abrir sus ojos poco a poco para acostumbrarse a la luz. A su ritmo. Que no se apurara.
Y es que igual ella no quería apurarse… no si él no estaba.
Lo primero que vio cuando abrió los ojos por primera vez, ya pudiendo ver, fue la blanca y aburrida pared del hospital.
Y ella hubiera querido que su primer contacto visual con el mundo hubiera sido alguien, no algo.
Pero jamás se volvieron a cruzar.
—Agradezco de verdad el gesto, Chibita-san y usted sabe que me siento muy halagada de todo lo que me dice y regala, y que aprecio sus sentimientos pero a la vez es consciente de que no puedo corresponderlos—Nuevamente ahí estaba, rechazando al millonario que iba cada día a su florería con regalos, halagos y sonrisas.
Y es que a Okiku no le molestaba su enamoramiento, pero no podía mentirle ni aceptarlo por lástima, porque ella tampoco era capaz de engañarse a sí misma.
Por algo, aún después de tantos años, seguía esperando a Iyami.
—Vamos, Okiku… Sé que puede parecer un poco incordioso, pero al menos me gustaría que me concedieras el honor de una cita…
Okiku volvió a negar con la cabeza.
—Chibita-san, usted ya sabe que no puedo abandonar mi florería. Nunca puedo saber cuando Iyami regresará. Y, cuando ese día llegué, quiero estar ahí para él.
La mirada de Chibita adoptó un tinte de tristeza, pero una sonrisa enternecida se le pintó en los labios en cuanto notó la determinación y cariño en los ojos de Okiku.
—Ah…—Suspiró, acomodándose el sombrero—. Parece ser que solo tienes ojos para él, ¿verdad?
Okiku se sonrojó tenuemente y a la vez sonrió.
—S-Sí… mis ojos son suyos, así que no puedo dedicarle mis miradas a alguien más.
Chibita sintió un pellizco en el corazón pero a la vez un orgullo bastante complicado de explicar.
Y entendió que había perdido la guerra, no la batalla.
"Iyami, lo hiciste bien."
