21.
Las luces volvieron a apagarse como lo habían estado haciendo los últimos tres días. Ya no sabía que era real y que no.
Sabía, eso sí, que los profesionales se divertían cerrándole las puertas con llave para que no pudiera huir a ninguna parte. Lo peor era cuando decidían comenzar con el juego de las pisadas, simulando que alguien o algo lo estaba siguiendo. A veces incluso sumaban sonidos de risas macabras o gritos desgarradores que aturdían sus oídos y nublaban su ya oscurecida visión.
Y llegaba un momento en el que debía parar porque sus pies empezaban a sangrar de tanto uso desesperado. Quedaba entonces armado solamente con sus manos, las cuales arañaban las paredes con tanto terror que dejaba los arañazos marcados en ellas. Cada rasguño realizado era esencial para los científicos que tomaban notas en sus cuadernos mientras su conejillo de indias seguía llorando y suplicando piedad.
Y con cada silencio como respuesta, su corazón moría un poco más, porque sabía que en El Reformatorio nadie lo podría encontrar.
Estoy pensando seriamente en hacer un long-fic con esto.
Bel
