25.

Luego de morir y de haber tenido tantas dificultades para regresar, sería imperdonable que no vieran a la vida de otra manera. Que no la valoraran, como tanto tiempo habían hecho.

Lo primero que hicieron en cuanto regresaron, fue abrazar a cada uno de sus amigos. Los abrazaron de a dos, de a tres, de a cuatro, pero jamás de a uno. No solo porque estaban agradecidos en su totalidad y no podían esperar los turnos para envolverlos entre sus brazos, sino porque sus amigos también parecían querer y necesitar sentir a más de uno contra su pecho.

Sentir sus corazones.

Incluso Totoko le dio a cada uno un beso en la mejilla luego de sus abrazos, logrando que se ruborizaran y pudieran asegurar que habían vuelto a la vida.

Después se abrazaron hasta casi fundirse con sus padres. Llegaron a un punto muy cercano al de cuando su madre aún los tenía en su vientre. No podían ni tampoco querían soltarse. Ellos les habían dado la vida en primer lugar, después de todo.

Todos lloraron, en mayor o menor medida, pero la sonrisa siempre estuvo presente en el rostro de cada uno.

Sonrisas tiernas, sonrisas orgullosas, sonrisas aliviadas, sonrisas cariñosas.

Sonrisas de Estamos aquí y aquí seguiremos.

Porque desde ese día, desde ese veintiséis de marzo de dos mil dieciocho, supieron que no les faltaba amor. Nada, absolutamente, nada de amor.

El amor los había hecho regresar.

Y los haría vivir.

Eternamente.