2. Dil Se Re

"Bandhan Hai Rishton Mein

There's a restriction in the relationships

Kaaton Ki Taarein Hain

There are barbed wires

Patthar Ke Darwaaze Deewaarein

The gates and walls made of stone"

— Dil Se Re, A. R. Rahman & Gulzar.


—Y allí estaba yo, tomando un café tranquilamente, con el aire soplando en el muelle. —Hace el sonido para ejemplificarlo. Le han dicho que podría usar efectos más elaborados, pero nunca lo hace, sus historias siempre tienen aquel sentimiento casero—. Y de repente, ella estaba allí. ¡La misma chica!

»Los mismos ojos profundos y la misma mirada enigmática, cómo si el destino nos dijera que estábamos destinados a conocernos.


Cardiff, 2005.

Faltaba poco para el día oficial de la Victoria. Habría una gran celebración en el Callejón Diagon en Londres, toda planeada por el ministerio. Pero habría otras más en algunas otras ciudades de Reino Unido con gran población mágica. La de Cardiff tomaría lugar en el Magic Millenium, un lugar escondido a la vista de los muggles donde había unos cuantos establecimientos mágicos. Una pequeña posada, donde Terence se estaba alojando, un pub, una tienda de libros de segunda mano y otros establecimientos pequeños. Nada del otro mundo. Todo parecía poco frecuentado, como si la gente no se detuviera allí demasiado tiempo.

Después de la guerra, así había pasado con todo. El Ministerio se había endurecido aún más después de la guerra, había encarcelado a todo aquel que tuviera relación con los rebeldes. En el noventa y ocho y en el noventa y nueve había habido redadas en muchas partes, había habido muchos muertos. Todo aquello era, precisamente, con la idea de un Bien Mayor, de la paz. El Ministerio había dicho que era necesario para poder mantener la paz y con el tiempo se habían relajado un poco.

Pero sólo en algunas cosas. Los hijos de muggles seguían siendo perseguidos y no se castigaba de ninguna manera a quien atentara contra los muggles, ya que eran vistos como seres inferiores. Habían empezado a fingir ser un gobierno abierto a la crítica, pero Terence sabía, tan bien como le había explicado la señora Selwyn, que a cualquiera que los desafiaba abiertamente, lo lanzaban a Azkaban sin juicio previo. La gente seguía desapareciendo, pero en siete años la mayoría se había acostumbrado a aquel nuevo modo de vivir. Vivir entre el miedo constante y la tranquilidad; la gente hacía concesiones y se volvía ciega como la justicia, nadie quería ver.

Los primeros días se había acercado a preguntar al café sobre las celebraciones del Día de la Victoria. Intentaba entrevistar a todos los que estaban allí, pero sólo unos pocos accedían a responder y, en general, le daban respuestas falsas, con miedo o simplemente neutrales. Había tenido que enseñar su identificación unas cuarenta veces para que creyeran que era periodista y no un simple espía del ministerio. Había empezado a rendirse con la gente, porque era obvio que nadie le tenía confianza a Radio Mágica. Era la emisora del ministerio y el ministerio sólo estaba intentando blanquear las celebraciones del Día de la Victoria.

Para el cuarto día simplemente llegaba después de su turno de trabajo a tomarse un café, mirar sus notas y preguntarse qué podría contar en el programa siguiente. Tenía que llenar cinco horas a la semana de contenido y nunca había suficientes noticias, ni encuestas al público, ni historias, ni siquiera canciones. No había nada. La música muggle estaba absolutamente vetada, por supuesto y todos los demás temas debían ser aprobados por el ministerio.

—¿Todavía aquí? —Harper se sentó a su lado. Era más joven que él unos años, apenas iba a cumplir veinticuatro. Era su compañero de cabina, Selwyn se lo había puesto para que siguiera todos sus pasos y evitara meterse en problemas—. Ese café no se va a volver a calentar sólo, ¿sabes?

—Apenas si tengo material para mañana —comentó Terence—. No sé qué usaré. La gente no parece muy contenta con el día de la victoria.

—Y el ministerio quiere que todos estén felices con el día de la victoria —aventuró Harper.

—Básicamente, sí.

—Pues yo no sé —dijo él—. Puedes inventarte lo que quieras. Una historia de las de siempre, como la del tren, la otra vez. La verdad es que llegaron varias cartas que buscaban una continuación. «¿Volvió el chico a ver a la chica?», es la pregunta que todos se hacen. Y da ideas para la celebración. Y pon música. Llegaron nuevos estrenos. No sé. Lo que sea. —Se recargó sobre la silla, estirándose—. Por cierto, llegó un mensaje para ti a la emisora. De tu «contacto». —Dibujó unas comillas en el aire—. Aceptan la entrevista.

—¡¿De verdad?! —Era la primera buena noticia. Terence no tenía ni idea de si el ministerio aprobaría lo que saliera de aquella grabación para emitirse, pero era buena idea. Les ayudaría a subir los ratings y podría venderle la idea al ministerio como que dejaría mal al Frente o algo así.

—Selwyn puso dos condiciones. —Harper le mostró dos dedos—. Una, que le enseñes las preguntas que harás esta noche, para que te ayude; dos, que yo vaya contigo. De ninguna manera de dejará ir sólo.

—¿Y yo que quiero ir con un mocoso como tú?

Harper se encogió de hombros.

—No sé, pero si yo no…

De repente dejó de escucharlo, porque se fijó en una figura que estaba sentada al borde del muelle. Terence se levantó de improviso y fue al mostrador. Pidió dos tés para llevar, vigilando que la figura no se moviera y, en cuanto la chica de la barra se los entregó, corrió hasta la figura de la mujer misteriosa que estaba sentada en el muelle y que era la misma mujer que había visto en King Cross. Estaba seguro, aun a la distancia; la mirada de aquella mujer no era algo que olvidaría fácilmente.

Se acercó y, siendo delicado para no asustarla, le extendió uno de los tés.

—Tu té —le dijo—. Siento la tardanza.

Ella lo volteó a ver y se le quedó viendo, intentando descifrar que hacía él allí, mirándolo como si no lo conociera.

»Terence Higgs —le recordó él. Dejó uno de los tés al lado de ella, donde estaba sentada y sacó la identificación que siempre cargaba—. Mira, Locutor de Radio Mágica, ¿me recuerdas? Nunca te llevé tu té. Siento la tardanza.

Le sonrió en un intento de hacer que ella reaccionara, pero en vez de eso, se puso en pie y empezó a caminar en dirección contraria a la que el estaba. Terence tomó el té y fue tras ella, intentando detenerla. Ni siquiera le había dicho nada.

»¡Ey! ¡Espera! —intentó detenerla—. Sólo quería invitarte un té —le dijo—. Como no tuvimos oportunidad en King Cross…

Ella rompió, finalmente, el silencio.

—Me está confundiendo con alguien más —dijo.

La misma voz que le había pedido el té. Terence Higgs no la hubiera olvidado por nada. Ni la mirada, ni la voz, ni aquella presencia, ni aquel temple que tenía aquella mujer. Le parecía un enigma a ser resuelto, pero para el que no tenía ninguna pista. Aprovechó para fijarse un poco más en la túnica y la ropa que llevaba: debajo de una túnica negra medio desgarrada, de mangas muy anchas, que prácticamente escondían su figura, llevaba un vestido color verde, largo, poco escote, un poco mugriento, como si se lo hubiera puesto ya varios días sin lavar. El cabello encrespado, como aquella vez en King Cross, pero completamente seco.

—No, no, soy Terence Higgs, nos vimos en King Cross. Radio Mágica, ¿recuerda?

Ella siguió caminando en la dirección contraria, rumbo a la cafetería, para meterse en el callejón que estaba justo al lado de ella. Aquel Callejón no tenía nombre, pero albergaba algunas destartaladas viviendas mágicas. Terence la siguió hasta que la vio perderse y sintió que Harper lo detenía.

—¿Quién es ella? —preguntó.

—No sé.

—¿No sabes? —preguntó Harper, incrédulo. Terence fue muy consciente de que lo estaba juzgando en ese momento.

—Quiero saber.

—Bueno, dice la chica de la cafetería que vive en el número quince. Pero que no sale mucho. Y que te mantengas alejado —le advirtió Harper—. Nunca la han visto con nadie.

Terece no podía despegar la mirada desde donde se le había perdido la mujer.

»Ah. Olvidé decirte. Mañana el punto de encuentro es el muelle. Nos verán a las seis de la mañana. Más te vale estar bien despierto a esa hora.

Terence asintió.


—Al final ella se fue y yo sólo pude seguirla con la mirada. Otra vez. Con un té en la mano, preguntándome, ¿quién eres? ¿Quién eres? ¿Quién eres?

Alguien apaga el radio.


Cardiff, 2005.

Aunque quería, no podía dejar de pensar en sus ojos. Y ni siquiera sabía cómo se llamaba o quien era o de donde había salido. Sabía que era una mujer que había encontrado de casualidad, pero no sabía nada más de ella. No podía pensar en muchas cosas mientras lo llevaban caminando por sabría dios que lugar. Los habían recogido en el muelle y les habían puesto una venda en los ojos antes de hacerlos tocar un traslador que los había hecho caer en quién sabe dónde.

—¿Faltará mucho? —preguntó Harper y Terence oyó su voz justo detrás de sí—. Llevamos ya un rato caminando.

—Supongo que no.

—¿Revisaste las preguntas con Selwyn? —preguntó Harper.

—Sí, tranquilo.

Se habían detenido. Terence dejó de sentir el terreno suave bajo sus pies y sintió cemento. Lo hicieron agacharse para entrar, él supuso que por una puerta y alguien lo dirigió hasta una silla. Ahí le quitaron la venda de los ojos.

Estaba en un cuarto oscuro, donde no había más de una docena de personas. No reconocía a nadie y, aunque los reconociera, si delataba a alguien, estaría muerto. Le habían prohibido llevar cámara fotográfica alguna. Lo único que tenía permitido llevar era la grabadora.

—Buenos días, señor Higgs —oyó la voz de una mujer, sentada frente a él—. Entiendo que quería entrevistarnos.

Se fijó en la mujer. Era una mujer mayor, ya en sus cincuentas, probablemente, con el cabello completamente teñido de negro, ojos oscuros y tez dura. Detrás de él estaba un chico rubio, con el cabello casi blanco, que tenía una cicatriz en la mejilla, del que apenas si podía distinguir el rostro. No le resultaban conocidos a Terence de ninguna parte y el resto de las personas eran apenas distinguibles en la penumbra.

—Sí.

—Bueno, pues, empecemos —le dijo la mujer y puso su varita sobre la mesa—. Ponga la suya también. Y la de su compañero. Sólo para estar seguros de que no planea nada gracioso.

Terence hizo lo que le indicaban, poniendo también la grabadora sobre la mesa.

—La grabación modificará la voz —explicó—. Estaba en sus condiciones.

—Perfecto —dijo la mujer y sonrió volteando a ver al chico rubio—. Asegúrate de que no haya moros en la costa, que nadie nos moleste, Dennis. —El chico salió y ella miró a Terence de nuevo. Tenía una sonrisa calculadora, igual que todos sus gestos—. ¿Qué preguntas tiene para nosotros?

Terence carraspeó. Estaba, de repente, frente a líderes del Frente Mágico de Liberación y no sabía cómo comportarse. La gente los conocía porque habían causado accidentes, intentando llamar la atención. Habían intentado secuestrar a altos mandos del ministerio en Gringotts y atacar la Academia de aurores. En ambos casos, habían muerto inocentes. Y todo lo habían hecho usando unas pociones explosivas que nadie conocía.

—Quisiera saber su opinión de los festejos del día de la Victoria —empezó Terence—, es el tema de esta semana.

—No consideramos que haya ningún día de la victoria, no cuando la mayoría de los magos y brujas viven en el miedo constante —respondió la mujer—. ¿Qué clase de victoria es esa y para quién? ¿Qué clase de celebración puede salir de tanto derramamiento de sangre?

—Pero el Frente también derrama sangre…

—Atacamos al gobierno.

—Pero…

—Atacamos al gobierno. El gobierno que ataca a los hijos de muggles y que segrega y que se olvida de que existen magos que están en la miseria por su culpa —cortó Andrómeda—. A esos atacamos. ¿Siguiente?

La entrevista fue fluyendo poco a poco. Terence no podía decir que comprendiera al Frente Mágico de Liberación, pero hizo las preguntas, una a una, sin titubear, hasta que volvió a entrar el chico rubio y los interrumpió.

—Se está haciendo tarde, Andrómeda —le dijo a la mujer,

—¿Falta mucho? —le preguntó a Terence—. Porque tenemos que irnos —le dijo—. Odiaría que el FML defraudara a sus escuchas, señor Higgs —comentó y él pudo sentir el sarcasmo en su voz—; usted y su compañero son los únicos periodistas que se han atrevido a venir tan lejos.

—La mayoría tienen miedo.

Ella sonrió.

—¿Usted no?

—Me gusta pensar que soy valiente cuando de llevar la información a la gente se trata —le dijo.

—Y sin embargo, trabaja en una de las estaciones que más miente en todo el Reino Unido Mágico —le dijo Andrómeda, la mujer—. Si un día te falta trabajo, búscame —dijo, guiñando un ojo—; no cualquiera se atreve a llegar a los lugares más peligrosos para conseguir una nota.


—Y sin embargo, otra vez, el día siguiente, estaba decidido a preguntarle su nombre, averiguar quién era. Esta historia no acaba con un desencuentro, señoras y señores. ¿Quién eres, chica misteriosa?

»Fui hasta su casa, donde me habían dicho que vivía. Y ella estaba allí, sentada en la puerta abierta, remendando las viejas túnicas, con esa misma mirada y la expresión de siempre, como si su rostro no hubiera conocido nunca una sonrisa.


Cardiff, 2005.

Había sido pura suerte, porque no sabía si se atrevería a tocar al número que le había dicho Harper que era la casa de aquella chica. Pero ella estaba allí, así que se acercó y se sentó junto a ella. Ella se retrajo un poco alejándose y Terence entonces fue consciente de su incomodidad. Pero de todos modos no le decía que se fuera.

—Sólo quiero saber tu nombre. Y que me aceptes el té —volvió a ofrecerle un vaso desechable con té negro sin azúcar—. Sé que me recuerdas. Terence Higgs, de King Cross.

Ella lo volteó a ver y no sonrió. De verdad parecía que su rostro no hubiera conocido nunca una sonrisa.

»Si no quieres que esté aquí puedes decírmelo.

No hubo ninguna respuesta.

»De verdad, no te molestaré más —insistió Terence.

Tampoco hubo respuesta.

»Entonces, ¿puedo saber tu nombre? —le preguntó—. Me intrigaste desde la primera vez que te vi. Y juro que sólo quiero que me aceptes un té. Y platicar.

De repente, era tremendamente consiente de la posición en la que estaba en aquel momento. ¿Qué lo llevaba a perseguir a aquella chica?

—¿Y qué si estoy casada? ¿Y si tengo novio? —preguntó ella. No hablaba mucho. No parecía hablar mucho.

—¿Lo estás? —preguntó Terence, alarmado. Alarmado porque realmente no sabía que buscaba con aquella chica, pero sólo por ese comentario sentía que a los demás les parecía que estaba loco por ella. Alarmado porque no quería incomodarla, no quería ser discordia y ese comentario siempre iba dirigido a que chicos como él se alejaran con la cabeza gacha y no volvieran nunca más. Pero no quería irse.

Ella pareció dudar antes de responder.

—Sí.

Se puso en pie y se metió a la casa. Cerró la puerta tras de sí. Terence se quedó allí sentado un rato más, pensando en ella y en sus ojos, en los que no podía adivinar nada y en su rostro y en lo hermosa que era aunque no supiera ni su nombre y se vistiera con túnicas desgarradas. Se quedó pensando hasta que alguien lo obligó a levantarse jalándolo del brazo.

—¡Ey, tú!

—¿Qué?

Era un chico con el cabello crespo, piel blanca, que había salido de la misma casa de la que se había metido la mujer.

—¡Déjala en paz! —le gritó y dio un puñetazo en la cara que lo derribó. Siguió golpeándolo hasta que Terence casi perdió el conocimiento—. ¡No le hará caso a ningún idiota como tú! ¡Déjala en paz! ¡Déjala sola!

Eso prendió algo dentro de él, mientras lo golpeaban. Casi había perdido la respiración, pero se las arregló para hacer una pregunta.

—¿Está sola? ¿Soltera? —preguntó.

El chico lo agarró del cuello de la túnica y se acercó a él.

—Déjala sola. Así está mejor.

Terence medio sonrió. Después perdió el conocimiento.


A Terence nunca lo habían golpeado por una chica, mucho menos lo habían golpeado por una chica que apenas si le dirigía la palabra y de la que no sabía ni siquiera el nombre. Aquello había despertado su curiosidad más que nada en el mundo, porque ella no lo rechazaba abiertamente, como si no quisiera herirlo, pero tampoco le aceptaba un té, ni le decía su nombre. Ni siquiera lo insultaba.

—Bueno, has acabado tu trabajo en Cardiff —le dijo la señora Selwyn, que lo estaba curando con ayuda de una poción—. Y vaya que lo has acabado en bien estado. Mira que eres idiota.

—Lo siento…

—No, si no es ningún problema, Higgs… —Era un problema, se dijo Terence, cuando sintió la saña con la que la señora Selwyn le limpiaba las heridas—. Harper me dijo que fue por una chica. Hazme caso, que te golpeen por una chica nunca es bueno; deja de insistir y busca una a la que si le gustes.

—¿Y si le gusto a esta y no se atreve a decírmelo?

La señora Selwyn rodó los ojos de manera tan obvia que Terence pensó que se le quedarían en blanco.

—Te lo diría. No seas idiota. —Le limpió otra de las heridas con la poción y lo vendó—. Estarás como nuevo mañana. De todos modos, ya no tienes chica a la que perseguir. Se fueron, me dijo Harper. Dejaron la casa completamente vacía. No sé qué hacía ese idiota en ese callejón de mala muerte, pero se fueron. Se acabó tu aventura con la chica misteriosa y tu trabajo en Cardiff. Tendrás que buscarte algo más para llenar las horas de tu programa.

Terence apenas si estaba poniendo atención. Sólo logró captar que se habían ido, justo después de que él hubiera aparecido por allí, como si su sola presencia hubiera sido suficientemente importante para hacerlos huir.

—¿Se fueron?

—Dios mío, parece que tienes cabeza de caldero defectuoso, pero qué acabo de decir, Higgs. —Le hubiera propinado un coscorrón si no estuviera tan herido.


De todos modos, no pudo resistir la curiosidad y fue a buscar la casa donde la había visto anteriormente. Número quince. Era una casa pequeñita de color ladrillo y techos de lámina, como si nadie la hubiera acabado de construir. En realidad, todos los pequeños departamentos y casas de detrás del Millenium Mágico databan en la época de la guerra. Se habían empezado a construir un poco antes, pero nunca se habían terminado y al final, todas aquellas estructuras inacabadas se habían convertido en el hogar de aquellos que no tenían ningún lugar mejor donde vivir.

La puerta estaba abierta, así que el aprovechó para entrar. Dentro no había nada. Absolutamente nada. Quedaba sólo el polvo y el rastro de que había habido allí unos pocos muebles. Todo el lugar constaba apenas de tres habitaciones, en una de las cuales había una barra con dos hornillas para la estufa. En las otras dos sólo habían quedado abandonadas las bases de metal de tres camas. Terence entornó los ojos.

A veces le parecía vivir en un sueño en el que su familia era de las pocas que no había quedado arruinada tras la guerra. El resto de la gente estaba viviendo en aquellas condiciones terribles. Y la chica estaba viviendo en esas condiciones. ¿Quién era? ¿Quién era? Se quedó allí parado, intentando imaginar cómo alguien podía vivir en aquellas condiciones hasta que un carraspeo lo sobresaltó.

Se dio la vuelta y no pudo ocultar la cara de desilusión cuando vio a Harper.

—Pensé que te encontraría aquí, idiota —le dijo—. No conozco a otro idiota capaz de tanta fijación con una desconocida. La chica de la cafetería me dijo algo más. Algo que te puede interesar.

—¿Qué? —preguntó Terence.

—La mujer solía usar su red flu. Se conectaba con una casa que está en un pueblo escocés. Me escribió el nombre. Dice que quizá fueron allá. Ella y los chicos. —Harper suspiró, como si se estuviera debatiendo el contarle todo aquello—. Hay un festival de magia druida allí. Puedes ir a cubrirlo, seguro el ministerio estará encantado de que alguien va a cubrir semejantes estupideces para llenar sus horas de programación y fingir que no vivimos en una dictadura.

—¿Por qué iría a cubrirlo…?

—¿Quieres saber el nombre de la chica o no? —espetó Harper—. Es tú única oportunidad. Que haya ido allí. Sólo no la asustes —le advirtió—; ni siquiera sé por qué te digo esto, tanta fijación no es normal. La chica hasta te quitó el sueño. Pasas la vida en vela pensando en ella.

Tenía razón. Era su única oportunidad.


—¿Creen en el destino que dice que los amantes están destinados a unirse? Yo no, pero es mi única oportunidad. Ni siquiera sé si ella sienta algo de atracción por mí, pero yo he perdido el sueño y no puedo dormir.

»Sólo pienso en ella, sólo pienso en sus ojos. Sólo pienso en ella. ¿Quién eres?


Sé que Terence es creepy. El personaje original de Dil Se, Amar, es cinco veces más creepy, porque bueno, en Bollywood uno se enamora a primera vista. Y se casa rápido y para toda la vida. Pero además es como más creepy que el Bollywood normal porque… bueno… está basado en la literatura árabe y los siete estados del amor. ¿Han leído a los amantes de Las mil y una noches? Los amantes que pierden el sueño y se entregan a su amada, los amantes que recitan poesía. Esos. De ahí sale este idiota.