3. Satarangi Re


"Teri jism ki aanch ko chuute hi

On touching the flame like body of Yours

Meri saans sulagane lagati hai

My breath starts catching fire

Mujhe ishq dilaase deta hai

Love tries to console me

Mere dard bilakhane lagte hai

My pains start to cry out"

— Satarangi Re, A. R. Rahman & Gulzar.


Luss, 2005.

Habían aceptado su propuesta de cubrir el festival de magia druida en Luss sin demasiados problemas. Terence estaba acostumbrado a hacer lo que le placía en su trabajo porque tenía un segmento de relleno que le daba la excusa al ministerio de decir que no sólo se transmitía propaganda política a su favor en la estación oficial. Lo cual era una mentira, porque finalmente todo el contenido que Terence transmitía tenía que estar aprobado por el ministerio.

Luss era un pueblo pintoresco a la orilla de un lago, con una población mágica impresionante. Terence no dudaba que, en algún momento se convirtiera en un pueblo completamente mágico. Apenas si quedaban muggles. De todos modos, los magos pusieron repelentes de muggles en la plaza por días del festival, sólo para ahorrarse problemas y tener que llamar a los desmemorizadores por si algo pasaba.

Terence había pasado los días entrevistando a los participantes y a la gente sobre las tradiciones de su pueblo y todo lo que hacían. No todo el mundo confiaba en él de buenas a primeras y eso tenía que ver justamente con que tenía un carnet de Radio Mágica, pero cuando veían que sólo iba a preguntarles del festival, solían responderle bien y ser amables. Había acabado haciendo algunos conocidos en el camino, especialmente el dueño de la posada en la que se estaba quedando, que siempre le decía cuáles eran los mejores lugares para comer y le decía cómo llegar a todas partes.

Sin embargo, pasó todo el festival sin ver ni rastro de la mujer que estaba buscando y empezaba a perder la esperanza. Tendría que regresar a Londres aquella noche si no la encontraba o buscar otra excusa para quedarse en Luss. Había mandado un par de cartas a casa y su abuela le había escrito un par de veces. Siempre le decía que lo extrañaba y que volviera pronto para que ella pudiera ejercer propiamente su papel de celestina. Terence sonreía para sí, sin atreverse a confesar que iba tras una mujer de la cual ni siquiera sabía su nombre.

El último día se habían juntado unos pocos bailarines al centro de la plaza, que, con sus varitas y su danza, realizaban un ritual para pedir por un buen año en las lluvias. O algo así. Terence lo tenía todo anotado en sus notas, pero estaba más ocupado revisando a la multitud, esperando tener un golpe de suerte y verla por allí de repente, con sus ojos oscuros, profundos y su falta de sonrisa.

Pero no vio nada. Sólo a los danzantes y sus varitas que sacaban chispas ocasionalmente. Ni rastro de la mujer. Se concentró de nuevo en el baile hasta que algo lo distrajo, en la pequeña multitud de enfrente, donde le pareció reconocer el cabello encrespado de una mujer que conocía. Estuvo seguro de que era ella cuando vio sus ojos y estuvo, seguro, también, de que ella no lo había visto aún. Intentó moverse hacia donde ella estaba, pero entonces ocurrió algo que lo obligó a desviar su atención de la mujer.

—¡Cuidado! —gritó alguien.

Un hombre pasó corriendo y, detrás de él, se podía ver a dos hombres con la túnica azul de los aurores.

—¡Detente!

—¡Qué no escape!

El hombre que iba huyendo se dio la vuelta, alzando la varita. La multitud gritó y se apartó demasiado rápido. Antes de que el hombre pudiera hacer algo, uno de los aurores alzó la varita y fue mucho más certero que él.

—¡Avada Kedavra!

El hombre cayó muerto al suelo de la plaza y los dos aurores se apresuraron a ir a cubrir el cuerpo. Terence volvió a alzar la cabeza, buscando a la mujer, pero ya la había perdido. Terence se debatió sólo un segundo en decidir qué hacer, pero fue directo hasta los aurores, que ya estaban luchando por controlar a la multitud. Había oído que ya no tenían autorizado usar las imperdonables en público, donde había testigos que pudieran quejarse. Toda esa estrategia de limpiarle la cara al ministerio.

—¡Trabajo para Radio Mágica! —exclamó, enseñando su carnet—. ¡Déjenme pasar, por favor! ¡Trabajo para Radio Mágica!

Se tuvo que abrir paso a empujones mientras los aurores replegaban a la multitud usando sus varitas.

—¡Apártense todos! —gritó uno.

—¡Trabajo para Radio Mágica! —Terence había conseguido llegar hasta el frente y básicamente abanicó su carnet que lo acreditaba como trabajador de Radio Mágica frente a uno de los aurores—. ¿Qué ocurrió? ¿Tiene algún comentario?

—Sin comentarios —respondió uno secamente.

—Pero… bueno, se supone que no pueden usar las maldiciones imperdonables si no hay un permiso, ¿no? —insistió Terence. La medida era nueva. La gente aun hablaba de ella, aunque nadie creía que se cumpliera. Creían que sólo se cumplía donde había público. No era como que el Ministerio hubiera dejado de perseguir a los hijos de muggles de un día para otro.

El auror pareció irritarse y jaló a Terence para que viera el cadáver.

—Era del Frente Mágico de Liberación —le espetó—. Puedes decirle al radio que salvamos vidas al matarlo. —Lo empujó hacia atrás, empujando a otras personas a su paso—. Ahora piérdete.

Terece se alejó de allí tan rápido como pudo, sabía que no era buena idea hacer enojar a los aurores. ¿Cuántos no habían acabado muertos o desaparecidos por haberle levantado la voz a uno? Optó por caminar una cuadra más atrás, donde se detenían los camiones muggles y alejarse de allí. De todos modos no le quedaba nada por hacer allí, no creía que el festival continuara y ya había perdido a la única razón por la que había ido en el primer lugar.

Iba a tomar el camión que le correspondía cuando, en la ventana de otro, distinguió un rostro que conocía muy bien. Sonrió para sí y antes de que aquel camión se fuera se subió corriendo y se detuvo justo al lado de la chica.

—¿Me reconoces? —le preguntó, a modo de saludo. Y ella volteó. No cambió su expresión cuando su rostro se volvió otra vez a la ventana—. ¿No está tu marido contigo? —le preguntó, sabiendo que era mentira lo que ella le había dicho la última vez—. ¿O está golpeando a otro pobre chico que quiere saber tu nombre e invitarte un té?

—Ya no tengo marido —respondió ella, fríamente.

—¿Buscas uno nuevo? —le preguntó, intentando bromear. Ella lo fulminó con la mirada.

Se sentó en el asiento contiguo a ella, que no se opuso, justo cuando se subieron un par de funcionarios del ministerio. Terence entornó los ojos cuando movieron sus varitas e hicieron que todos los muggles del camión se durmieran.

—Inspección de rutina —anunció uno, mientras la otra se acercaba a revisar las identificaciones.

Terence sacó la suya para cuando pasaron por su lugar. La chica no sacó nada.

—Terence Higgs —dijo, enseñando su carnet—. Trabajo para Radio Mágica.

El hombre asintió y luego miró a la chica que estaba sentada al lado de Terence.

—¿Y tú?

Ella no titubeo al responder.

—Estoy con él.

—Ah —dijo el hombre—. Su esposa —dijo mirando a Terence, que intentó disimular su sorpresa como pudo y asintió casi imperceptiblemente. No fue capaz de relajarse hasta que los dos inspectores se bajaron y todo volvió a la normalidad. Se estaban preocupando bastante por el Frente Mágico de Liberación si se molestaba en revisar camiones muggles, cuando años antes simplemente los habrían ignorado o simplemente los habrían volcado con todo el mundo adentro si creían que había la más mínima oportunidad de acabar con algún rebelde.

Respiró con tranquilidad cuando se bajaron y los perdió de vista.

—¿Ahora estamos casados? —le preguntó a la mujer—. ¡Felicidades, señora Higgs! —dijo, un poco sarcásticamente—. ¡Llevamos cinco años casados! —le anunció a todo el autobús, aunque nadie le puso atención—. Ya sabes, esposa, puedes pedirme lo que quieras —le dijo a la mujer—, incluso si quieres que le dé una paliza a un joven que anda persiguiéndote.

Ella volvió la vista hacia la ventana, dolida. Terence no había previsto que sus palabras sonaran tan irritantes, pero estaba demasiado confundido. Quería explicaciones.


El autobús no llegó muy lejos. Los dejó a la mitad de la carretera, entre Luss y el siguiente pueblo, completamente descompuesto. El conductor los hizo bajar a todos y les gritó que caminaran hasta la siguiente parada, que allí seguramente encontrarían algo. Terence bajó, cargando su mochila y siguió a la multitud hasta que se dio cuenta de que la mujer iba para el otro lado y corrió tras ella.

—¡Espera! —la detuvo y alcanzó a agarrarla del brazo. Ella intentó zafarse—. Espera. Espera. No me puedes decir que estamos casados y después irte. ¿Quién eres? ¿Quién eres!

Ella se zafó y le dio un codazo y después siguió caminando tras otra familia que parecía ir en la misma dirección que ella.

»¡Espera! —le gritó Terence, de nuevo, yendo tras ella—. ¡Me confundes! ¡No me dices ni una palabra, pero no me dices que me vaya ni me insultas! ¡Me dices que estás casada pero es sólo una mentira! ¡Me golpearon por ti! ¡Tuve los moretones casi una semana después de aquella golpiza y ni siquiera sé por qué nombre debo maldecirte!

Ella se quedó pasmada un momento, pero respondió.

—Padma Patil.

Su voz apenas si sonó.

Terence apenas si reaccionó de la sorpresa y, cuando reaccionó, ella ya iba varios pasos más adelante.

—¡Espera! ¿A dónde vas? —Ella ni se detuvo ni respondió—. ¡Espera! ¡No puedes irte! ¡Espera! —Volvió a agarrarla del brazo y ella volvió a intentar soltarse, con un quejido. Terence estaba tan confundido por tantas cosas—. ¿Por qué dijiste que estábamos casados? —exigió saber—. ¿Por qué no sólo decir quién eres? ¿Qué escondes? ¡Padma!

—Déjame en paz.

—¡Sólo respóndeme! —pidió Terence—. O dime que me vaya. Si quieres. Pero no me lo dices, ¿por qué no me lo dices? Me iré si quieres y podrás odiarme cómodamente como ese joven que te persiguió y que un día fingiste que era tu marido en una inspección. ¿Me voy?

No hubo respuesta.

»¿Por qué dijiste que éramos marido y mujer? —preguntó y le puso la mano en el hombro, intentando ser delicado por primera vez.

Entonces algo explotó dentro de ella. Terence no supo que fue, pero se alejó súbitamente de él, rechazando su tacto y escondió la cabeza en las manos. A Terence le pareció oír un sollozo ahogado y se acercó aún más a ella, que se había dejado caer a un lado de la carretera, sobre las rodillas. Tomó sus manos, intentando apartarlas de su cara.

—¿Qué pasó? —preguntó—. ¿Qué pasó? ¿Qué tienes?

Entonces fue cuando vio su cara. No había lágrimas, pero su expresión se había contorsionado como si de repente algo o alguien le hubiera hecho demasiado daño. Un grito parecía haberse ahogado en su garganta y Terence sólo escuchó un sollozo medio ahogado.

—¿Qué pasó?

De repente empezó a preocuparse. Por todo lo que le había dicho. Al fin y al cabo nada de eso era su culpa y él sólo era un chico que la había seguido hasta allí, movido por la curiosidad que le causaban sus ojos oscuros.

—Perdón, perdón —le dijo. Pero ni siquiera sabía por qué se estaba disculpando.


Caminaron un rato con la otra familia, un poco numerosa, hasta que encontraron una posada donde pasar la noche. No tenían cuartos suficientes y tuvieron que compartir con la otra familia. A Terence le tocó dormir en el piso, pero apenas si fue capaz de conciliar el sueño. A la mañana siguiente apenas si puedo cambiarse de ropa antes de bajar y preguntarle al recepcionista donde estaba la siguiente parada de autobús. Resultó que no estaba demasiado lejos y podrían alcanzarla caminando. Él y Padma emprendieron la delantera.

—Podrías desaparecerte —le dijo—. ¿Tienes carnet, no?

Padma asintió.

—Me gusta caminar —dio como única explicación—. Y tú, podrías desaparecerte, irte a tu casa, en vez de seguirme.

—Quiero seguirte —le dijo Terence—. Me intrigas.

—No soy una adivinanza.

Le pareció que esbozó una media sonrisa, pero fue sólo un momento y, en cualquier caso, la sonrisa nunca llegó a su rostro y Terence nunca adivinó que quiso decir. Siguieron caminando un tramo más.

—Así que estamos casados… —Terence continuo con lo que ella había dicho el día anterior en el autobús—. ¿Cómo nos casamos? Digo, tuve que ir a pedir tu mano, ¿no?

—Una boda hindú —aclaró ella—. Mi madre hubiera pedido que fuera una boda hindú.

—Bien, una boda hindú. ¿Y te gusta estar casada conmigo? Soy buen marido —alardeó Terence, aunque realmente no sabía nada de la vida de casado de nadie—. Y seguro me quieres muchísimo. Yo te quiero muchísimo.

Ella rodó los ojos.

—Déjalo.

—Bueno, bueno, ¿cuántos hijos tendremos? —preguntó él—. ¿Uno? —No hubo respuesta—. ¿Dos? ¿Tres? —Tampoco ella le respondió nada—. Así que te gustan las familias grandes. ¿Cuatro? ¡¿Cinco?!

Ella casi pareció que iba a reírse. Terece no pudo evitar notar que la risa y la alegría jamás llegaban a sus ojos, que continuaban tan enigmáticos como siempre.

»Bueno, entonces, con tantos hijos, seguro nos debemos querer muchísimo —volvió a la carga y ella le dio un codazo—. Eso quiere decir que me quieres mucho. —Ella sonrió un poquito. Le propinó uno más fuerte y él casi perdió el aliento—. ¿Tanto amor? Eso significa que no puedes vivir sin mí.

Ella se le adelantó. Sonreía, sólo un poquito. Sólo un poquito.

—Tienes razón, moriría —murmuro.

Cuando llegaron a la parada de autobuses, ella no se detuvo. Terence se despidió de la familia que los había acompañado hasta allí y fue corriendo tras ella.

—¡¿No quieres tomar un camión?! —le preguntó, corriendo para alcanzarla—. Ya sé que no vas a viajar por métodos mágicos, por alguna razón que no comprendo, pero, bueno, podrías tomar el camión. No sé a dónde vas…

—Conozco una posada por aquí —fue todo lo que respondió ella y siguió caminando. Paso a paso. Y él tras ella, como si no tuviera que volver a Londres, como si no tuviera otra vida que andar atrás de ella para intentar descifrar el misterio que era.


La posada no estaba demasiado cerca y tuvieron que pararse a comer antes de llegar en un establecimiento al borde de la carretera. Y luego tuvieron que pararse a descansar porque Terence no podía dar un solo paso más. Llegaron hasta la posada cuando ya se estaba escondiendo el sol. Terence pidió una habitación para los dos y les dieron la única que estaba disponible. Estaba tan cansado que sólo quería dormir.

Padma, sin embardo, se hizo un ovillo abrazando sus piernas en una de las sillas que había en la habitación y sólo lo observó mientras él deshacía la cama.

—¿No planeas dormir? —le preguntó él—. Porque yo estoy demasiado cansado. No sé tú.

—Mi madre tenía un dicho —respondió ella—. Decía que quien duerme en tierra ajena lo pierde todo.

—¿De verdad? —preguntó él—. Hasta ahora has mencionado a tu madre dos veces. Lo único que sé sobre ti es que te casarías en una boda hindú y que tu madre tiene ese dicho que, sinceramente no sé lo que significa. No me has contado nada sobre ti.

Ella no respondió. Como siempre que Terence intentaba hacerle plática, y para aquel punto ya llevaba más de un día intentando hacerle plática, ella sólo respondía a lo que quería.

»Apenas si sé algo sobre ti. Vamos. —Se acercó hasta ella, se sentó en la silla que estaba al lado de ella—. Dime algo lo que sea. Empecemos por lo que te gusta, ¿está bien? —Ella no dijo ni sí ni no, así que Terence pensó que bien valía la pena intentarlo—. No pienses, sólo di lo primero que te venga a la mente. ¿Qué es lo que más te gusta?

La respuesta salió de sus labios sin ningún esfuerzo.

—Las manos de mi madre.

—¿Las manos de tu madre?

—Sí. —Padma cerró los ojos, como si estuviera recordando algo—. Las manos de mi madre.

—¿Y lo segundo? —preguntó Terence.

—Las palomas que se posaban en el jardín de la casa en la que vivíamos cuando era una niña.

—¿Y lo tercero?

—La poesía.

—Ah, la poesía. Nunca se me ha dado bien recitar poesía, ¿sabes?

Ella le sonrió un poquito.

—No tienes que ser bueno —le dijo.

—Bueno, ¿y lo que no te gusta? ¿Tienes que pensarlo? —le preguntó.

—Mmm… —en realidad fingió pensarlo—. Tus bromas. Tu entusiasmo. Tú.

—¿De verdad me odias tanto? —cuestionó él.

—Con todo mi corazón —aseguró ella, con una sonrisa.

Él acercó su rostro al suyo, sin llegar nunca a tocarlo.

—Ahora mírame a los ojos y dímelo —le pidió. Pero ella no le dijo nada. No respondió—. ¿Me tienes envidia, no? —bromeó él, cuando notó que se estaban poniendo demasiado serios.

—Sí, claro —respondió ella después de una pausa. Él no supo si le seguía la broma o lo decía en serio.

—Bueno, ahora déjame decirte las cosas que me gustan y las que no. —Se alejó un poco de su cara—. Pero yo empezaré por las que no. Primero, no me gustan tus ojos, no puedo leer nada en ellos —empezó—. Después, no me gusta que me ocultes cosas. Y tercero… no me gusta la distancia entre nosotros. —Ella sonreía un poco divertida con lo que Terence le estaba diciendo, creyendo que quizá era un joven bastante torpe para el romance—. Ahora las que me gustan. Me gustan tus ojos porque no puedo leer nada en ellos. —Se acercó un poco hasta ella—. Hay tantas cosas que me ocultas… —siguió—. Y, finalmente, lo que más me gusta es la distancia entre nosotros, porque si no existiera, ¿cuál sería mi pretexto para acercarme?

Estaban tan cerca que sus narices prácticamente se tocaban. Ella no lo empujó hacia atrás. Él intentó buscar sus labios y fue allí cuando ella se apartó.

—Anda, ve a dormir —le dijo, con una sonrisa dulce. Él le correspondió con otra, pero notó que su sonrisa seguía sin llegar a sus ojos.


Despertó solo, con su equipaje y sin ella a la vista. Se puso en pie de un salto cuando vio un pedazo de pergamino en la silla donde había estado la noche pasada. Lo leyó en voz alta.

«Algunas personas son como nombres en la arena: una ráfaga de viento las borra».


"Ishq par zor nahin hai ye vo aatish ghaalib

There's no ruling love, it's an uncontrollable fire, O Ghalib!

Jo lagaye na lage aur bujhaaye na bane

It can neither be started on one's wish, nor can be extinguished on wish"

— Satarangi Re, A. R. Rahman & Gulzar.


Este es el capítulo más fiel a la película, aunque ninguna de las escenas están calcadas. Amar es más asshole que Terence al principio, pero Meghna hace lo mismo que Padma y dice que es su esposo. Las cosas que les gustan sí son de la película, igual que la frase final, lo demás es adaptación considerando que tengo que adaptarlo al contexto de Harry Potter.