4. Ae Anjabi
"E ajnabi tu bhi kabhi aawaaz de kahin se
Hey stranger, call out for me from someplace
Main yahaan tukdon mein jee raha hoon
I'm here, living in pieces
Tu kahin tukdon main jee rahi hai
Somewhere you're also, living in pieces too"
— Ae Anjabi, A. R. Rahman & Gulzar.
—Sé que estás allí y que escuchas. Así que esto es para ti. Como todos los días. Hey, extraña, llámame desde donde estés.
Se había convertido en el final habitual del programa. La gente ya estaba acostumbrada a oír aquella canción. Y él a ponerla. Y ella a ignorarla.
Londres, 2005.
Llamaron a la puerta.
—No tardes en bajar, que tu abuela quiere presentarte a Hestia.
—No me voy a casar con esa Hestia —respondió él, desde la puerta cerrada—, sea quien sea e intente lo que intente mi abuela.
—No te vas a casar con ella —le respondió su madre, desde el pasillo—, sólo quiere que la conozcas porque se quedará un tiempo con nosotros, ¿está bien?
Terence rodó los ojos, aunque su madre no podía verlo desde el otro lado de la puerta.
—No tardo en bajar.
Desde que había vuelto todo era una extraña normalidad. Estaba seguro de que no volvería a ver a Padma nunca, pero no podía evitar seguir buscándola, seguro de que algún día tendría que oír el radio y oír su canción. Había vuelto a la rutina normal y viajando unos cuantos fines de semana para hacer algunos reportajes, pero nada especial. Su programa se volvió más popular cuando le dieron permiso de transmitir la entrevista que le había hecho a los miembros del Frente Mágico de Liberación, siempre y cuando se marcara claramente que eran los malos de la historia y que, por supuesto, cualquiera que supiera u oyera algo debía denunciarlo.
Vivían tiempos extraños.
Todos sabían realmente quién estaba detrás del gobierno, pero los ataques del Frente los habían dejado muy expuestos. La época de mayor insurrección había sido, precisamente, cuando la Orden del Fénix y el Ejército de Dumbledore tenían a la mayoría de sus líderes fuera de prisión. Ahora la mayoría se pudrían en Azkaban. Longbottom. Granger. Otro Weasley había muerto. Lovegood había desaparecido en extrañas circunstancias. Antes de que los apresaran a todos, habían vivido un horror.
Y después de eso, una época de extraña tranquilidad, hasta que, claro, apareció el Frente. Eran los primeros en años que se atrevían a desafiar abiertamente al ministerio y a plantarle cara. Eran los únicos que aún se atrevían a señalar que los mortífagos y Lord Voldemort estaban detrás de aquel gobierno que perseguía a los hijos de muggles, que permitía toda clase de excesos.
Habían tenido que relajarse en cuanto habían sentido que la gente podría unirse en masa al Frente Mágico de Liberación, porque eran los únicos capaces de crear una ofensiva contra el ministerio. Habían tenido que fingir que le daban más libertades a la gente común y, aunque eso sólo funcionaba con familias relativamente acomodadas como la de Terence, él sentía que estaban viviendo tiempos muy extraños, aun cuando la persecución continuaba.
Cuando bajó, su abuela estaba hablando con una chica pelirroja en la sala.
—¡Terence! —saludó—. Hasta que decides honrarnos con tu prescencia. —Terence ya tenía casi veintinueve años, pero su abuela todavía lo trataba como a un niño—. ¿Conoces a Hestia?
La tal Hestia le devolvió la mirada y él negó con la cabeza, acercándose y extendiendo la mano.
—Soy Terence —se presentó.
—Hestia Carrow.
—Bueno, se quedará con nosotros un tiempo —anunció su abuela—. Pueden hablar un rato mientras yo voy a la cocina a ayudar a tu madre a preparar no sé que cosa, Terence…
Terence se quedó viendo a Hestia hasta que su abuela se perdió en la cocina.
—¿Quieres ir a la azotea? —le preguntó—. Allá mi abuela no puede oír lo que decimos.
Hestia Carrow pareció increíblemente aliviada y asintió, poniéndose en pie. Terence le indicó el camino hasta la azotea, donde nadie podría espiarlos, especialmente su abuela, que tenía complejo de celestina con Terence y siempre estaba buscándole novia.
—Parece que tu abuela quiere que nos casemos —dijo Hestia, intentando romper el hielo entre los dos. No se conocían en lo absoluto. Terence supuso que en algún momento habrían coincidido en Hogwarts, pero no es que recordara a la mitad de las personas con las que había compartido casa y colegio.
—Para serte franco, mi abuela quiere casarme hasta las mariposas —contestó Terence—. Es muy original inventándose nuevos chantajes para convencerme de que necesita bisnietos a los que cuidar. Y como yo soy su único nieto, no tiene a quien más chantajear.
Hestia se río.
—Tu abuela dijo que eras encantador y que tenían buen sentido del humor,
—La verdad es que mi abuela exagera mis características, pero bueno. Lo siento si no cumplo con tan alto estándar —respondió Terence—. ¿Cómo te convenció de venir a quedarte aquí?
Hestia se encogió de hombros.
—Mi novio me dejó.
—Así que estás desolada.
—Algo así —respondió—. Me cambió por los Estados Unidos —dijo ella—; dijo que era su única oportunidad de triunfar o algo así y que yo podría seguirlo más tarde si quería… Pero sabe que no puedo. Mis tíos no lo aprueban. Supongo que los conoces…
Claro que Terence conocía a los tíos de aquella chica. Eran gente influyente en el gobierno con la que más valía no tener problemas.
—Así que, ¿nada de nada?
—Nada de nada.
—¿Y tus tíos son…?
—No hablemos de eso, prefiero tenerlos lejos. —Hestia se miró las manos—. Otra de las razones por las cuales acepté la invitación de tu abuela.
—Bien, bien. —Terence se recargó contra la pared y vio hacia la calle—. Te la pasarás bien aquí si te cae bien mi abuela. Es un poco intensa. E intentará que tengamos citas, todos los días, a todas horas, mañana, tarde, noche. Lo que sea por enamorarnos.
—Está bien —aceptó Hestia—. Puedo vivir con ello. Una abuela celestina.
—Entonces, ¿qué más puedes contarme de tu familia? ¿Padres? ¿Madre? ¿Hermanos?
—Están todos muertos —respondió Hestia, en tono lúgubre—. Fue por la guerra. Sólo quedaron mis tíos.
Terence se arrepintió de haber preguntado en un segundo.
—Oh, lo siento, no debí de haber preguntado, soné como un insensible…
—No, no importa, no lo sabías.
—Bueno, para ponerte de mejor humor, puedo contarte una historia de amor —le dijo, sonriendo—. Digamos que este eran un chico, una chica y una estación de tren —empezó en cuanto vio su interés—, llovía mucho y todos los trenes estaban retrasados. El viento sonaba increíblemente fuerte, la lluvia perforaba el cielo. Hasta que la vio. Una figura sentada muy cerca de él… —Se quedó callando un momento, recordando su mirada, sus ojos, en los que nunca pudo leer nada, nunca pudo adivinar nada—. Empezó a preguntarle si tenía cigarrillos. Por cierto, ¿quieres uno? —Terence sacó la cajetilla—. Es el único gusto muggle que me doy.
—No fumo, gracias —dijo Hestia—. ¿Cómo sigue la historia?
—Él le preguntó si tenía cigarrillos, pero ella no le hacía caso. Hasta que el viento rebelde le arrebato la túnica y removió sus cabellos y él se quedó maravillado por la belleza de aquella chica un momento —siguió Terence y cerró los ojos apenas un momento para imaginarse el rostro de Padma, la cara ovalada, los labios, la sonrisa, los ojos, todo—. Entonces no pudo más que preguntarle si necesitaba algo. Apenas la había visto una vez, pero ya había decidido salvarla de los villanos y llevársela lejos.
Sonrió para sí.
—¿Y? —presionó Hestia—. ¿Lo hizo?
Terence se encogió de hombros.
—Nunca supe exactamente quienes eran los villanos —dijo, transformado la narración a la primera persona—. Y ella continuó evitándome. Pero no me decía que me fuera. Nunca me dijo que me fuera.
—Y te enamoraste.
—Eso creo —admitió Terence.
—¿Y qué pasó? ¿Tú también tienes una historia tráfica de amor?
—Me abandonó —explicó sencillamente.
—¿Ahora la odias?
—Con todo mi corazón —dijo Terence. Pero no era cierto. Nunca sería cierto. Seguía queriendo sumirse en aquellos ojos y descifrar qué decían, aun sentía la presión de salvarla de los villanos que la persiguieran y ni siquiera sabía por qué lo había abandonado.
Sonaba la misma canción que siempre. Michael la tarareaba, casi sin ponerle atención. Y ella la oía. «Hey, extraña, llámame desde donde quiera que estés. Hey, extraña…» Supo que era para ella desde la primera vez que la oyó, que oyó su voz, la voz de él. Pero la había ignorado.
Y allí estaba de nuevo, mientras ella movía la barita sobre el pergamino, copiando los panfletos que más tarde entregarían en la Callejón Diagon.
«Hey, extraña, llámame desde donde quiera que estés. Hey, extraña…»
En el membrete había el símbolo de un puño en año, que se alzaba en signo de lucha. «Frente Mágico de Liberación», se leía justo abajo.
«Hey, extraña, llámame desde donde quiera que estés. Hey, extraña…»
Londres, 2005.
Estaba esperándolo con su bolso a la salida del ministerio. Llevaba un vestido blanco que le quedaba muy bien y parecía una novia de cincuenta años atrás, esperando a su marido después del trabajo.
—No me digas que mi abuela te convenció de venir a recogerme.
—Pensé que podríamos pasar al Caldero Chorreante antes de ir a tu casa —le respondió Hestia—. Y sí, quizá tu abuela lo sugirió, porque dijo que habías tenido un día muy largo hoy, pero no te hagas ilusiones, esto no es una cita —le advirtió.
—No me estaba haciendo ilusiones. —Le tendió la mano—. ¿Nos aparecemos?
—Pensé que podíamos tomar el autobús noctámbulo —dijo ella—. Así tenemos oportunidad de hablar un poco.
—O sea que quieres hablar.
—Ajá.
—Y me estás usando como tu terapeuta personal.
—Si tuviera uno le pagaría bien —le respondió ella—, pero como no tengo tengo que conformarme contigo. Vamos a pedir el autobús.
Sacó la varita y lo llamó. El revisor les abrió la puerta con su habitual cara de aburrido y se subieron. No iba tan lleno, así que Hestia lo jaló hasta dos lugares del fondo que encontró. Se sentaron, él del lado de la ventana y ella en el pasillo.
—Bueno, ahora sí, ¿de qué querías hablar? —le preguntó en cuanto el autobús empezó a moverse.
—Me escribió Vaisey —dijo ella—. Mi ex novio —explicó—. Contándome maravillas de donde está y que debería ir y fugarme y…
—Pues fúgate —le dijo Terence, que iba mirando Londres a toda velocidad por la ventana.
—¡No es tan sencillo! —espetó Hestia—. ¿Quién me dice que no irán mis tíos a perseguirnos por todas partes? —le preguntó—. ¿Y qué me será tan fácil simplemente largarme?
—A ver, como yo lo veo, tienes una historia de amor en tus manos —empezó Terence— en la que ambos se corresponden, ¿no?
—Ahí vas de romántico.
—Sólo contéstame.
—Sí.
—Muy bien, entonces —siguió Terence—, ¿cuál es el punto de complicarte la vida? ¿Quieres quedarte aquí toda la vida? ¿Qué mi abuela te convenza de que tengas una cita conmigo aunque ambos estemos enamorados de otras personas? Fúgate —siguió diciéndole—. De todos modos, no todos tenemos la suerte de que nos correspondan, Hestia, no todos tenemos…
Se interrumpió de improviso cuando les tocó una luz roja. Había visto una figura por la ventana que reconocería en cualquier parte, un hombre que bastantes meses atrás lo había golpeado por una mujer a la que en ese entonces, ni siquiera conocía.
»¡Ey, tú! ¡Quiero hablar contigo! —le gritó desde el camión y se puso en pie tan rápido como pudo y lo vio echarse a correr. Ni siquiera dejó que el revisor le abriera la puerta, la abrió el mismo y salió corriendo. Ni siquiera vio cuando Hestia salió corriendo tras él—. ¡Ey, detente, sólo quiero hablar!
Estaban apenas a unas cuadras del Callejón Diagon y el hombre que lo había golpeado corría hacía allá. Sólo quería preguntarle sobre Padma. Dónde estaba. Si podía verla. Probablemente se ganaría otra paliza, pero necesitaba salir donde estaba. Siguió corriendo hasta el Caldero Chorreante con Terence pisándole los talones prácticamente.
»¡Detente! —le gritó, pero chocó con alguien y lo perdió de vista un momento.
Cuando reaccionó, vio que el otro también había chocado con alguien más justo en la entrada del Callejón Diagon. Un trío de aurores.
—¿Por qué corres? —le espetó uno—. Con más cuidado.
El hombre empezó a ponerse nervioso. Terence iba a acercarse, pero algo dentro de él le dijo que se mantuviera callado y lejos del centro de atención. Uno de los aurores había fruncido el ceño.
—Vacía los bolsillos, ahora —le ordenó al hombre.
Se puso más nervioso. Metió la mano en su bolsa y antes de que pudieran hacer algo, sacó un vial de con una poción que se tomó en el acto. Terence frunció el ceño intentando adivinar qué había pasado cuando al hombre empezó a espumearle la boca y lo comprendió. Veneno.
Suspiró. Ahí se iba su última oportunidad de encontrar a Padma, si es que había tenido una.
Sintió una mano en el hombro y se volvió para encontrarse a Hestia.
—¿Qué pasó? —preguntó ella.
Terence sacudió la cabeza, sin ganas de explicar absolutamente nada.
—Entonces, como te decía. —Empezó a hablar por decir cualquier cosa—. Tus opciones son buscar una vida de felicidad u oír a mi abuela hasta que te convenza de lo buen partido que soy.
«Hey, extraña, llámame desde donde quiera que estés. Hey, extraña…» estaba sonando en la radio. Y ella lloraba.
Porque Michael estaba muerto.
Porque no los había delatado.
Y lloraba porque llevaba encima el papel donde Dennis había escrito la dirección del lugar. Lloraba porque ni siquiera tendría tiempo de llorarle su duelo antes de tener que huir.
Sólo se atrevió a abrir la boca para decir que tenía una idea. Un lugar donde se podía esconder con Susan un tiempo.
«Hey, extraña, llámame desde donde quiera que estés. Hey, extraña…» estaba sonando en la radio. Y ella lloraba.
Londres, 2005.
Llamaron a la puerta.
—¡Baja ya! —Oyó la voz de su madre—. Tu abuela te quiere abajo para poder cortarle el pastel que le hicimos a Hestia por su cumpleaños. Y alguien está preguntando por ti en la puerta.
—¡Ya voy! —contestó Terence y se miró una última vez al espejo.
Bajó primero directo al recibidor, sin molestarse en pasar por la cocina o por el comedor, donde seguramente ya estarían su abuela y sus padres con Hestia, para desearse que cumpliera felices veinticuatro años. Le parecía tan joven. Vio la puerta entre abierta y se dijo que primero solucionaría lo que sea que estuviera del otro lado de la puerta y después se encargaría de los festejos de cumpleaños.
Pero esperaba cualquier cosa, menos lo que en realidad encontró del otro lado de la puerta.
Unos ojos en los que nunca podía descifrar nada, el cabello encrespado, la piel color marrón de su rostro ovalado y una túnica medio desgarrada de algunas partes. No estaba sola, la acompañaba otra chica pelirroja, de cabello desordenado también, con una túnica en las mismas condiciones.
Se quedó sin habla, completamente. Porque ya no esperaba verla nunca más.
—Terence… —empezó ella. La primera vez que, él recordaba, ella había iniciado la conversación—. Necesitamos ayuda. No tenemos donde quedarnos. —Él atinó a parpadear. Y nada más—. Por favor. Necesito trabajo. Puede ser en donde trabajas, sé hacer varias cosas. Puede ser sólo algo temporal. Por favor. —Él volvió a parpadear—. Por favor.
Y entonces reaccionó y se quitó de en medio.
—Pasa —le dijo—. Tenemos habitaciones de sobra.
—Gracias —dijo ella—. Gracias.
Él no le respondió nada y se dirigió hasta la cocina.
—¡Abuela! —la llamó. Era la mayor de la casa y, usualmente, decidía todo lo que se hacía allí—. Son dos amigas mías, ¿crees que puedan quedarse unos días?
Los ojos de su abuela inmediatamente se encendieron, especialmente cuando oyó el femenino, especialmente porque le daba más opciones para ser celestina.
—¿Amigas? —dijo, caminando hasta el recibidor—. Claro que tus amigas pueden quedarse, Terence, siempre que lo necesiten. Para algo tenemos cuartos de sobra.
Terence volteó a ver a Padma. Le guiñó un ojo. Como «Bienvenida otra vez», le dijo. Ella evitó su mirada. Como siempre. Luego se dirigió a la cocina, realmente no tenía ni la más remota idea de que hacer en esa circunstancia.
«Hey, extraña, llámame desde donde quiera que estés. Hey, extraña…» no volvió a sonar en la radio. Ella lo extrañaba. Se había acostumbrado a escucharla todos los días, como la confirmación de que él estaba allí, pero que estaba lejos.
Ahora estaba cerca. Tan cerca que casi le dolía rechazarlo.
El que sigue es el último. Creí conveniente mencionarlo, porque ya sé que esta historia no está contada muy sencilla. I mean, en el capítulo tres me digné a revelar el nombre de Padma. Y en el que sigue revelaré más cosas.
En la película original el papel de Hestia (Preety), es la prometida de nuestro protagonista. Su familia se la consigue y le dicen «tengan, conózcanse y decidan si quieren casarse». Y dicen que sí por jugarle al vergas y porque ambos tienen historias de amor imposible. Aquí creí que eso no tenía sentido y lo cambie poquito.
