5. Jiya Jale

"Jiya jale, jaan jale

My heart burns, my soul burns

Nainon tale dhuaan chale dhuaan chale

From the eyes, smoke arises

Raat bhar dhuaan chale

All night long, smoke arises

Jaanoon na jaanoon na jaanoon na sakhi ri

I don't know why, my friend"

— Jiya Jale, A. R. Rahman & Gulzar.


Londres, 2006.

Terence trabajaba en lo que aparentaba ser un edificio abandonado en Londres, que los magos habían acondicionado por dentro como las oficinas de Radio Mágica. Apenas constaba de dos pisos y un par de cabinas que tenían que compartir entre todos, pero era mejor que nada. La habían abierto después de la guerra y de cerrar varias que se habían opuesto al sistema para hacer propaganda. Con el tiempo, Terence había descubierto que la usaban para lo que les convenía: propaganda a favor del ministerio, desviar la atención de los escándalos, controlar a la población mágica. Había acabado por darse cuenta de que todos sus sueños con ser un periodista serio y neutral se habían ido por la cañería en cuanto había entrado a trabajar a Radio Mágica.

Oyó que alguien tocaba fuera de su oficina y se asomó. Era Padma.

—Llené lo que me pediste —le dijo y le extendió un pergamino—. Sobre el trabajo.

También había pegado una fotografía suya. Terence lo revisó y subió una ceja cuando vio el nombre.

—Aquí dice que te llamas Rani Varma —le espetó—. ¿Por qué?

Ella se encogió de hombros, sin contestar.

»¿De quién huyes? —le preguntó Terence. Porque suponía que huía de alguien. No era un idiota, aunque la gente creyera que era demasiado ingenuo y demasiado abierto. No era idiota. Se había dado cuenta perfectamente que había evitado la inspección de meses atrás diciendo que era su esposa. Y ahí estaba, llenando aquel formulario con datos falsos.

—Necesito el trabajo —fue lo único que dijo ella—. Por favor.

—Sólo respóndeme —le pidió Terence—. Por favor.

—Me lo conseguirás de todas maneras —le dijo ella, antes de darse la vuelta e irse. Tenía razón, pensó él, mirando aquel formulario donde decía llamarse Rani Varma. ¿Cuál sería su verdadero nombre?


Susan había salido, le había dicho que iría con Dennis a informarle que ella había conseguido el trabajo en Radio Mágica para que les dijera que hacer. También dijo que iría a buscar unos ingredientes que necesitaba para la poción que estaban haciendo. Terence estaba en su habitación, trabajando en algo, una idea sobre algún reportaje de algo, había oído que le había dicho a Hestia cuando ella le había propuesto salir a comer a un lugar nuevo que habían abierto en el Callejón Diagon.

Así que Padma se había quedado sola en la habitación que compartía con Susan hasta que la abuela de Terence había ido a decirle que si no quería un té y bajar para no estar sola. La abuela y la madre de Terence se habían hecho té y estaban en la sala revisando sus joyeros.

—Mira, Amanda —dijo la abuela—, este es perfecto para Hestia, ¿no te parece? —Le enseñó un collar a la madre de Terence—. Como regalo atrasado por su cumpleaños. Además yo casi nunca lo he usado. Tiene zafiros de imitación.

—Sí, es bonito…

Padma intentaba ser invisible mientras tomaba el té. No sabía cómo participar en aquella conversación, le parecía demasiado lejana, le recordaba a su propia madre y a su joyero y a los collares que había mandado llevar de India para su boda y que siempre le había dicho a Padma y a Parvati que serían para ellas cuando se casaran. Y de los brazaletes, y los aretes y todo aquello que quedaba tan en el pasado que sólo quería olvidarlo.

Fue en eso cuando se fijó en unos aretes que tenían una pequeña piedrita azul. La abuela notó que los miraba fijamente.

—¿Te gustan? —le preguntó—. Pruébatelos. —Los tomó con sus manos y se acercó a Padma para ponérselos—. Son del día de mi compromiso. A mí nunca me gustaron mucho, pero mi madre insistió en que me los pusiera porque era una ocasión especial y combinaban con el anillo —le dijo—. Sí, se te ven bien. —Le puso enfrente el espejo para que se los viera.

—Gracias.

Padma apenas si atino a sonreór y devolverle la mirada a la Padma que la veía desde el espejo.

—¿A qué se ve linda, Amanda? —preguntó la abuela.

—Claro que sí, mamá —respondió la madre de Terence.

Padma se los quitó, cohibida. No estaba acostumbrada a verse o sentirse linda. Había meses que no se arreglaba realmente. Se pasaba un cepillo por el cabello encrespado para alisarlo un poco e ir a trabajar. Intentaba pasar desapercibida en su trabajo como asistente. Iba a darle las gracias otra vez a la abuela de Terence cuando perdió toda su atención: la mujer se había fijado en otra cosa.

—¡Amanda, mira! —Estaba enseñándole un anillo a su hija—. Este es el anillo que me dio tu padre cuando me pidió que nos casáramos. Creí que lo había perdido porque hacía años que no lo veía —comentó—. Y Terence lleva preguntándome por él desde que salió del colegio —le dijo. Se volteó hacia Padma—: Llama a Terence, por favor, ¡tengo que enseñarle esto!

—Claro —dijo.

Padma se levantó y se dirigió arriba, para tocar en la puerta de Terence. Sin embargo, él iba saliendo cuando la vio.

—Terence —dijo ella y señaló las escaleras—, tu abuela…

Él la ignoró y fue hasta el fondo del pasillo, donde estaban las escaleras que subían en caracol hasta la azotea. Subió los escalones de dos en dos y Padma tuvo que seguirlo. Era demasiado obvio que quería que lo siguiera y ella sólo quería decirle que bajara porque su abuela lo estaba llamando.

Llegó hasta la azotea y se dio cuenta demasiado tarde que le había tendido una emboscada. Terence cerró la puerta en cuando ella entró y alzó la varita.

Muffliato —dijo.

No le dijo nada, pero le puso su grabadora en la oreja, obligándola a oír su voz, algo que le había dicho tanto tiempo antes.

—«Me gustan tus ojos porque no puedo leer nada en ellos. Hay tantas cosas que me ocultas…» —oyó la voz en la grabadora—. «Y, finalmente, lo que más me gusta es la distancia entre nosotros, porque si no existiera, ¿cuál sería mi pretexto para acercarme?»

Padma se echó a llorar mientras lo oía. Porque no recordaba que, antes de aquella noche en una posada en el medio de Escocia, alguien le hubiera dicho algo así. Porque se había quedado sola con él y él no había hecho nada, simplemente había ido tras ella. Porque lo había usado de tapadera y él, que podría haberla delatado en un segundo, no lo había hecho. Porque le había conseguido aquel trabajo aunque sabía que lo había pedido bajo un nombre falso. Porque hacía todas aquellas cosas y ella deseaba corresponderle, pero no podía, porque había cosas más grandes que él y que ella y que la idea de un romance —porque era solo eso, una idea—. Y a pesar de todo, tampoco podía decirle no.

Tiró la grabadora de un manotazo, que fue a dar al suelo y se rompió. Dejó de sonar, dejó de escuchar la voz de Terence que salía del aparato y entonces los envolvió un silencio desesperante y ella deseaba gritar para acabar con él, pero no podía. Sólo podía llorar, pensar en todo lo que podía ser, pero no era; pensar en lo que no podía ser.

Terence la abrazó.

—Por favor, Padma —le dijo al oído—. Sólo una vez. Una oportunidad. Haremos lo que tú quieras, sólo dame una oportunidad —le pidió. Su voz se quebró y Padma tembló un poco bajo su tacto—. Puedo no leer tus ojos, pero puedo leer tus lágrimas, por favor… por favor… sólo una oportunidad.

Acercó sus labios a su cuello. Ella cerró los ojos, apretándolos y volteó la cara.

—Te buscan abajo —fue lo único que dijo.


Lo habían mandado a cubrir un evento especial en el Ministerio. El ministro estaba preparando un anuncio especial para todos los ciudadanos y por alguna razón, a Terence le tocaría estar allí. Le habían dicho que le estaban dando la cobertura de aquel evento por «su buen trabajo» y «porque su programa era el que llamaba más la atención». No sabía que quería decir eso, pero entre líneas le habían advertido que aquella era una oportunidad que no podía desaprovechar y que tampoco podía decir que no porque eran órdenes expresas del ministerio y al ministerio nadie le decía que no. Sería al día siguiente, pero ese día había tenido que ir al ministerio después de la transmisión para ser parte del ensayo y que le explicaran todo el protocolo a seguir. Radio Mágica, como siempre que se trataba de un evento oficial, sería la única radio presente.

También habría prensa de El Profeta y nada más. Corazón de Bruja no era visto como un medio serio y casi todos los demás periódicos y revistas eran de circulación clandestina porque durante la guerra habían mostrado apoyo a Harry Potter —que llevaba ya años muerto— o al Ejército de Dumbledore o a la Orden del Fénix.

Había una pequeña multitud en el atrio. Uno de los funcionarios del ministerio les había explicado que sólo asistirían unas cuantas personas con invitación al anuncio del ministro y varios empleados. Por lo demás, querían evitar problemas y mantendrían a la gente informada con la transmisión de radio. Harían un chequeo de seguridad preliminar al entrar al día siguiente para evitar problemas. Ya no tenían demasiado que hacer, más que ponerse de acuerdo con parte del staff de organización para que les dijeran donde estarían ubicados.

Padma, a quien le habían asignado de asistente, se había ofrecido a encargarse de eso y Terece se había quedado atrás recorriendo el atrio. La fuente del atrio todavía le causaba una sensación extraña. Todas las personas aplastadas por los más fuertes, los magos de sangre pura, algo parecía mal allí. Pero él nunca había tenido que preocuparse por eso, él había nacido en una familia de sangre pura más o menos acomodada y había ido a Slytherin y se había rodeado de amistades influyentes o un poco influyentes. En su familia, su abuela claramente había dicho que siempre se mantenían neutrales y en posiciones que les evitaran problemas. Y todos habían seguido esa regla muy bien.

Le dio la vuelta a la gente y entonces vio a Padma hablando con uno de los encargados del staff. Llevaba una gorra azul puesta al revés y una túnica negra con el logo del ministerio, pero a Terence la cara le sonó conocida. Frunció el ceño, intentando situarla, hasta que recordó algo que había ocurrido meses atrás. En Gales.

Aquel hombre había estado en la entrevista del Frente Mágico de Liberación, justo detrás de la mujer que le había contestado las preguntas. Cabello rubio, cicatriz en la mejilla, cara de pocos amigos.

—¡Ey, tú! —gritó Terence.

En cuanto Padma y el hombre lo vieron, el salió corriendo hacia el ascensor.

»¡Espera! —dijo Terence.

Quería detenerlo, pero aquel hombre se supo reconocido. Sin embargo, Terence no dijo nada más, en parte porque sabía que se crearía un caos si lo delataba y en parte porque Padma lo detuvo fuertemente y, sin que nadie viera, le picó un costado con la varita.

—Quédate callado —le advirtió.

—¿Qué?

Padma lo estaba jalando hacia la salida.

—Ya nos podemos ir —le dijo—. Me dijeron donde estaremos ubicados y a qué hora tenemos que estar aquí… —comentó, intentando hacer plática. Pero Terence empezó a comprender algo mientras la varita de Padma se le clavaba en un costado.

—Estás… estás con…

—¡Cállate! —espetó Padma.

Lo hizo salir del ministerio y, cuando estuvieron en el callejón, se quedaron mirándose. Terence respiraba agitadamente pero, por primera vez, comprendió algo. Comprendió que la chica que le quitaba el sueño era parte del Frente, aquella organización que había causado tantos disturbios y hasta matado inocentes cuando habían atacado Gringotts. Solían usar una poción extraña que hacía explotar todo a su alrededor cuando murmuraban un hechizo. Solían matarse en medio de la explosión porque aquella era la única manera de detonarla.

—Estás con el Frente —dijo Terence, finalmente, agarrándola del brazo. Se desapareció con ella, hasta un lugar en Londres que conocía, rodeado de edificios abandonados, donde nadie podría escucharlos—. ¡Estás con el Frente! —la empujó contra la pared de uno de los edificios abandonados—. Con los que buscan «justicia» —dibujó unas comillas en el aire con una mano— asesinando inocentes.

Padma lo empujó.

—¡¿Y si lo estoy qué?!

—¡Todo este tiempo me mentiste para conseguir ese trabajo! —le espetó. En el fondo se sentía usado, sobre todo porque creía que ella había buscado su ayuda porque estaba huyendo de algo peligroso, no que ella era el peligro—. ¡¿Qué quieren?! ¡¿Volar todo el ministerio?! La mayoría de las personas que trabajan allí no tienen otra opción…

Ah, la chica de los ojos enigmáticos que había decidido proteger de todos los villanos había resultado ser la villana ella mismo. O la anti heroína, según como se viera. Porque los del Frente proclamaban que buscaban justicia.

—¡¿Qué puedes saber tú?! —le gritó ella—. ¡En tu casa, con tu familia neutral que no se mete en problemas! ¡¿Qué puedes saber tú?!

—Padma…

—¡En realidad no sabes nada! ¡Yo estuve en la batalla de Hogwarts, maldita sea! —le espetó—. ¡Estuve allí! Vi a una de las mejores amigas de mi hermana morir con la cara desfigurada. Fui parte del Ejército de Dumbledore hasta que lo desmantelaron, maldita sea. ¡¿Qué puedes saber tú?! —le gritó. Por sus mejillas corrían lágrimas de rabia y desesperación—. ¡¿Y mi familia?! ¿Quieres saberlo? —Lo empujo, golpeándolo y apuntándole con la varita—. ¡¿Quieres saber lo que hicieron cuando nos encontraron, aunque mis padres nunca se metieron en problemas?! —Volvió a golpearlo—. Cuando desmantelaron el Ejército de Dumbledore, cuando nos encontraron… ¡¿Sabes lo que hicieron los aurores?!

»Toda mi familia está muerta, Terence, toda mi familia está muerta —contó ella, y su voz se quebró hasta que fue casi incapaz de hablar. Terence sólo atinaba a mirarla sin saber qué hacer—. ¡Toda! Tú estás aquí, con tu trabajo de locutor y tu familia y tu abuela que te busca novia, ¡y yo no puedo olvidar los gritos ni las heridas de mi madre ni dejar de ver mis manos manchadas en su sangre! ¡No puedo olvidar los gritos de mi hermana mientras le arrancaban la ropa… —su voz volvió a quebrarse— ni puedo olvidar sus gritos diciéndome que huyera!

Terence intentó abrazarla, mejorar algo, consolarla. Pero ella lo empujo lejos.

»Y sobre todo, no puedo olvidar sus manos, Terence —murmuró, pero en su voz se sentía la rabia y la desesperación—. No puedo olvidar sus manos. Las manos de los aurores son capaces de cosas que nunca creí capaces. —Volteó a verlo—. ¿Sabes por qué a nuestros padres ya les da igual que nos unamos a movimientos así? ¿Qué matemos? ¿Qué peleemos? ¿Sabes por qué las madres se han quedado sin lágrimas? —Él no se movió, no dijo nada—. ¡Porque no importa! ¡No importa si vivimos o morimos! ¡Somos carne de cañón!

»Mientras otros trabajan y fingen que viven en una vida normal el ministerio masacra hijos de muggles, desaparece a todos aquellos que están en su contra, permite excesos —le espetó Padma.

—Lo siento —murmuró Terence—, pero, aun así, el Frente ha matado inocentes, gente que no lo merecía.

—¡¿Y cuál es la solución?! —le gritó Padma—. Si tú no tienes una solución a nuestro problema —le espetó—, si no la tiene nadie… ¡¿es acaso un crimen demandar justicia?!

Terence se quedó callado, sólo la miró. Sus ojos irradiaban rabia, pero nada más. Seguía siendo tan incapaz de leer algo en ellos como el primer día. Sus mejillas estaban cubiertas de lágrimas.

—No lo hagas, por favor —le pidió—. No lo hagas. Lo que sea que harás mañana…

—No puedes pedirme eso.

Ella se desapareció, dejándolo allí, solo. Él maldijo y volví a aparecerse en el callejón del Ministerio, a lo mejor ella había vuelto, a lo mejor podía encontrarla allí. Pero no la encontró. Lo único que vio fue a un hombre rubio que conocía bien. Alzó su varita.

—¡Ey, tú!

El hombre alzó la mirada y al verlo con la varita alzada, dispuesto a atacar, se abalanzo sobre él, aferrándolo. Se desapareció con él y se apareció en un lugar desconocido. No sabía dónde estaban, pero parecía una casa semi abandonada cubierta de polvo.

—¡Desmaius! —oyó que gritaba alguien y se apartó para que el hechizo no lo tocara.

—¡Petrificus totalus! —alcanzó a gritar él

—¡Protego!

Terence estaba completamente desorientado, pero apenas si alcanzaba a defenderse. Repelió otro ataque e intentó volver a atacar.

—¡Desmaius!

El otro repelió el ataque.

—¡Expelliarmus!

Terence no fue lo demasiado rápido como para reaccionar y vio a su varita salir volando de sus manos. No supo que hacer, pero alcanzó a abalanzarse sobre su atacante antes de que pudiera hacer algo más. Y sintió que algo se rompía.

Una varita.

Y la suya había caído quien sabe en qué lugar. Así que usó los puños para defenderse, pero el otro también sabía pelear. Sintió los golpes.

—Deja… —un golpe en el estómago—, a Padma… —uno en la cara— en paz. —Le espetó el atacante—. ¡Déjanos en paz!

Terence estaba demasiado enojado, empujó a su atacante hasta la pared y le devolvió los golpes. Fue cuando sintió como pisaba algo que reconoció. Su varita. Con su cuerpo intentó evitar que el otro la agarrar y se agachó un poco para agarrarla él. Lo logró apenas cuando el otro lo empujó al contrario.

Terence algo su varita, casi sin pensar.

—¡Desmaius! —gritó. El otro cayó de espaldas, inconsiente. Terence por fin respiró con tranquilidad.

Se dejó caer contra la pared y apenas fue consciente de que tenía una herida en la cara y que sus nudillos estaban sangrando y que una pierna le dolía horriblemente. Suspiró. Tenía que volver a casa, tenía que buscar a Padma, detenerla.

—¡Dennis! —Escuchó una voz—. ¡Dennis!

Era la chimenea que estaba encendida. Y era una voz que conocía bien, así que Terece se acercó como pudo hasta la chimenea y pudo ver en ella el rostro de Padma.

—Soy yo —dijo.

—¿Sigues vivo? —preguntó ella, con sorpresa.

—Algo así —le respondió—. Aunque sigas mandando a otros a golpearme. —Le sonrió, quitándole peso al asunto—. Padma… no lo hagas, por favor.

—No sabes nada, Terence —le respondió ella—. No entiendes mi sufrimiento. No sabes nada.

—Sólo sé una cosa, Padma —respondió él—. Sólo sé que te quiero, desde mi corazón, sólo sé que te quiero. Padma… no lo hagas.

Sólo podía adivinar su rostro en las cenizas, pero le pareció que lloraba cuando desapareció.


Llegó a casa cojeando, se apareció casi en la puerta. Entró. No había nadie más que Hestia sentada en la sala, que se paró alarmada en cuando lo vio entrar con aquellas pintas y fue corriendo a la cocina a sacar una poción curativa.

—¡Terence! —gritó, acercándose a él con la poción en las manos—. ¿Qué te pasó? Vino Padma, hace poco, casi nada… estaba… no sé, parecía turbada. Se llevó sus cosas —explicó mientras lo obligaba a sentarse para aplicarle la poción— y las de su amiga. Tenía marcas de lágrimas en el rostro. ¿Qué pasó?

—Yo puedo detenerla, Hestia… puedo detenerla.

Hestia no estaba entendiendo nada de lo que le dijo.

—¿Qué?

—A Padma —dijo él—. Puedo evitar que…

—¡Bombarda! —escucharon afuera.

La puerta voló en mil pedazos y en dos segundos estuvieron rodeados por cuatro aurores que entraron corriendo. Hestia alzó las manos, sin entender que estaba pasando, mientras una de las aurores se acercaba hasta Terence. Lo jaló del cuello y palpó sus bolsillos hasta que encontró lo que buscaba.

—Aquí está —anunció, enseñándole algo a los demás. Terence vio a que se refería. Parecía un chivatoscopio muy pequeño, pero no lo era. Una bolita que se movía. Un espía. Los magos solían usarlos para oír todo lo que decía otra persona. Se maldijo a si mismo, pensando que probablemente habrían oído toda su conversación con Padma. Después, la auror se volvió hasta él y lo encaró—. ¡¿Quién es ella?! ¿Qué planea? Con quien hablabas. —Le apuntaron con la varita—. ¡¿Qué planea el Frente?!

—Puedo detenerla… —repitió Terence—, puedo evitar.

Hestia parecía tremendamente confundida.

—¿El frente?

—¡¿Quién es?!

—No puedo… no puedo… —murmuró Terence—. La matarían. Pero, yo puedo detenerla, puedo evitarlo…

La cara de Hestia pasó de la confusión a tener un ceño fruncido. Parecía empezar a entender lo que pasaba allí. Sacó la varita y, antes de que alguien pudiera detenerla, le apuntó a todos los aurores. Consiguió dejarlos inconscientes en menos de un minuto. Terence la miró como si no entendiera.

—Soy buena duelista —le dijo—. Me entrenaron mis tíos. —Terence siguió sin reaccionar—. Vámonos —le dijo—. Te seguirán buscando. Y mañana tienes el evento.

Lo jaló del brazo.

—Hestia, ¿por qué…?

—Es Padma, ¿no? —preguntó ella. No espero que le contestara—. Si la delatas, la matarán. Si no lo haces, te matarán a ti. Y si crees que puedes detenerla…

Volvió a jalarlo. Él fue con ella.

»Yo iré tras de Vaisey —le dijo Hestia—, ya no tengo razones para quedarme aquí. Y tú…, tú ve tras de Padma y que pasé lo que tenga que pasar.


Lo dejaron entrar al ministerio sin problemas. Hestia le había ayudado a verificar que todavía no era un fugitivo porque toda la operación se estaba llevando a cabo de manera secreta. Después lo había dejado sólo. Al menos había servido que Hestia tuviera un apellido influyente. Antes de irse le había puesto un hechizo para, que, en cualquier caso, pasara desapercibido.

—No te hace invisible, sólo evita que la gente te mire con atención —le explicó—. De todos modos, si alguien te busca de manera insistente, te verá.

Lo había comprobado cuando lo habían dejado pasar sin mayor problema al atrio, donde ya se habían juntado los invitados para el anuncio del ministro. Buscó a Padma con la mirada y la encontró, con su túnica negra y su expediente de Radio Mágica, medio oculta detrás de unas columnas. Fue hasta allí.

—Padma…

Ella se quedó congelada cuando lo vio. Terence se acercó más y la jaló hasta que quedaron ocultos por la gran columna.

—Déjame en paz.

—No lo hagas. No lo hagas —le pidió.

—Déjame —repitió ella, con voz firme.

—No me digas que sí si no quieres, no me digas que me quieres o que puedes darme una oportunidad —dijo Terence—. Sólo no hagas esto. No sabes quién morirá. No sabes…

Ella negó con la cabeza.

—No puedo —y salió una lágrima de su rostro—. No lo entiendes. No lo entiendes, ¿cómo podrías?

Vio su infinita desolación, la tristeza que siempre estaba en su expresión. Intentó acordarse de su sonrisa, pero apenas si pudo. De repente fue consiente que no podía pedirle nada, ni podía pretender entender lo que había sufrido. La agarró de los hombros e intentó abrazarla.

—¡No me toques! —dijo ella. Fue un murmuro para que nadie más los oyera.

Ellos, allí, detrás de aquella columna, parecían ajenos a que estaban en el atrio del ministerio.

—¿Por qué? ¿Por qué no? —dijo Terence y entonces, en medio del abrazo, descubrió lo que se ocultaba bajo su túnica. Un vial de poción. Se quedó congelado un momento, sólo un momento—. Está bien, está bien. —No la soltó—. No vengas conmigo, no me digas nada. No puedo entenderlo. Llévame contigo si quieres.

Ella se echó a llorar.

»Llévame contigo —siguió Terence—. Quizá esto es más grande que tú y que yo. Pero dilo una vez, porque sé que también querías una oportunidad. Sólo una vez. Una oportunidad.

Se quedó mirándolo y con la mano que tenía libre, la acercó al vial de poción que se escondía en su túnica. Con la otra tomó su hombro. Terence se sumió en aquellos ojos oscuros y, por primera vez, pudo leer algo en ellos.

Sus labios pronunciaron otra cosa, pero sus ojos le dijeron todo lo que había soñado con escuchar de Padma si hubieran vivido en otras circunstancias. Si las cosas no fueran más grandes que ellos y sus vidas.

Inacerus.

«Te quiero».

Y el mundo explotó alrededor de ellos.


Que no digan que no fui fiel a la película, eh. Se las recomiendo mucho, porque corté algunas cosas, especialmente porque quería contar todo esto desde el punto de vista de Terence exclusivamente, que es un poco idiota. La película habla del conflicto al Noreste de India, donde varios grupos liberacionistas acabaron reclutando mártires ante la desesperación de que el gobierno central no los oía.

Por supuesto, aquí en el fic todos sabemos que los mortífagos y el ministerio son caca, pero en la India la cosa es mucho más grande como para explicarla. Finalmente, Dil Se es una película presentada como una historia de amor en el que el protagonista pasa por los siete estados del amor árabe: atracción, enamoramiento, amor, reverencia, culto, obsesión y muerte. Terence no pasa por todas de manera tan explícita, creo, pero creo que es obvio que es un poco creepy persiguiendo a Padma.

Y ella si lo quiere, he de aclarar. Lo cual no dice que sea una buena idea esta relación, porque, bueno, NO ES BUENA IDEA. Creo que eso es obvio. Finalmente, aquí las reglas que me puse para adaptar la película:

1) Los mismos besos que en ella, o sea, ninguno. Y los mismos casi besos (o sea, dos y medio).

2) La prota nunca le decía que le correspondía —aunque lo hacía—. Aquí igual. Hasta la muerte, babys.

3) Tenía que tener sentido en el mundo de Harry Potter, manteniendo la estructura de los encuentros y desencuentros entre los dos.

Espero que les haya gustado y no me odien por escribir tanta tragedia.


Andrea Poulain

A 14 de mayo de 2018