Capítulo 4
Triste noticia, esperanza perdida.
Pasó el tiempo, y llegó el cumpleaños de Candy. Sus compañeras le aplaudieron cuando apagó las velas. Luego, Eliza habló cínicamente.
- Seguro que "La Princesa Candy" dará a todas, una porción de pastel adecuada. ¿Verdad, princesa?
- Le dije que tú lo eras. – Agregó Milly. –
- Pero no solo yo, todas son princesas. Incluso las altaneras hipócritas y mandonas como tú Eliza.
- ¡Jajajajaja!
- ¿Quién quiere pastel?
- ¡Yo!
Candy comenzó a repartir las porciones. E incluso, le dio a Eliza una grande. En ese momento, alguien tocó a la puerta, y la directora fue a atender.
- ¿Sí, puedo ayudarlo?
- Soy el Señor Barrow, abogado del Capitán White.
- ¡Oh, sí! Pase usted. Festejamos el cumpleaños de la pequeña Candice.
- ¿Podría hablar con usted en privado?
- Por supuesto, por aquí.
La Señorita Amelia y Patty habían empezado a tocar una alegre melodía en el piano, y al ritmo de la música las niñas empezaron a bailar. Candy alcanzó a ver a Annie que cargaba una canasta. Las dos se saludaron en silencio y sonriendo. Luego, Candy fue vendada en los ojos para jugar.
- Candice es muy popular en el colegio. Nos esforzamos para que este día fuese especial. Temo que su cheque por este mes será muy elevado.
- Temo que no habrá cheque, Señorita Minchin.
– Respondió el hombre con pesar. –
- ¿Discúlpeme?
El señor Barrow le indicó que entrara al despacho, y allí hablaron por varios minutos. Al salir, El abogado miró hacia el salón donde celebraban con tristeza. Mientras la severa directora tenía el ceño fruncido. Ella entró a la sala, cerró el piano, y le quitó a Candy la venda.
- ¡Se acabó la fiesta! Ahora quiero que todas suban a sus habitaciones.
- Pero Señorita…
- Candice, te quedarás un momento. Debo comunicarte algo. ¡Vamos!
Las niñas salieron, decepcionadas de que haya terminado su rato de diversión.
- Amelia, ve a la habitación de Candice y busca un vestido negro sencillo. Si no lo tiene, toma alguno de otra niña.
- Pero hermana…
- Has lo que te ordeno.
- ¿Por qué necesito un vestido negro Señorita Minchin?
- Candice, temo que debo darte malas noticias. Tu padre… Tu padre…
Candy estaba asustada, negaba con la cabeza rogando que no fuera cierto lo que oía.
- Se me ha informado que tu padre falleció. Murió en batalla hace varias semanas. Lo lamento, pero esa es la realidad Candice, y nada podrás hacer para cambiarla. Además, el gobierno británico ha tomado el control de su compañía y todos sus bienes, dejándote en la calle sin un centavo y sin nadie que responda por ti. Eso me pone en una posición muy difícil.
La niña sentía su corazón despedazarse en su pecho. Había recibido la peor noticia para cualquiera, y justo en su cumpleaños. Lo que más deseaba en aquel momento era llorar. Pero no se atrevía a hacerlo frente a la estricta mujer.
- ¿No entiendes lo que te digo? Estás sola en el mundo. A menos que decida aceptarte aquí, por caridad.
Al anochecer, caía la lluvia y resonaban relámpagos y truenos. Candy había cambiado su uniforme, por el vestido negro. Entre sus manos llevaba a Emily, y su libro del Ramayana. La Señorita Minchin la guiaba hacia arriba, llevando un candelabro.
- Debido a los gastos que has ocasionado, todo lo que posees me pertenece. Tu ropa, tus juguetes, todo. Aunque eso no cubrirá las pérdidas económicas que hemos sufrido. De ahora en adelante, tendrás que ganarte el techo y el pan. Vivirás en el desván con Annie, y trabajarás como sirvienta. Si no te apegas a las reglas y no haces lo que se te ordena, te irás a la calle. Y debes creerme Candice, las calles de esta ciudad no son benévolas con los desposeídos. Te reportarás con Mabel en la cocina a las cinco de la mañana.
Habiendo dicho eso, la directora le entregó una de las velas. De pronto notó lo que la niña tenía en su cuello, y se lo arrebató.
- Podrían arrestarte por tomar esto. Tienes suerte de que te deje la muñeca, y quédate con el libro. Pero otro incidente como este, y llamaré a las autoridades. Espero que no olvides Candice White, que has dejado de ser una princesa.
Una vez que Candy quedó sola en el frío cuarto, tomó un pedazo de tiza y dibujó un círculo en el suelo. Se recostó dentro de él, y comenzó a llamar repetidas veces.
- Papá…
Finalmente dio rienda suelta a su llanto. Ya no aguantaba la opresión en su pecho. Lloró hasta quedarse dormida.
A la mañana siguiente, Candy llegó al comedor con el tazón de avena.
- Candy, ¿Qué pasó? – Le preguntó Milly. –
- Candice, servirás a las niñas sin conversación. ¿Entendido?
Ella asintió en silencio.
- Candice trabajará como sirvienta de ahora en adelante. No podrán comunicarse con ella. ¿Han entendido?
- Sí, Señorita Minchin.
Por la tarde, Candy limpiaba un largo pasillo. Pero justo cuando terminaba, llegó Eliza, y lo atravesó dejando sus huellas, y sin ninguna vergüenza. Después de limpiarlo de nuevo, la rubia salió al mercado. En una ocasión, un varón trató de robarle las compras. Pero no lo permitió. Cuando iba de regreso, el viento le voló el viejo chal que tenía para abrigarse. Cuando llegó a recogerlo, frente a ella estaba un hombre hindú de mirada gentil, con un monito en su hombro derecho. Lo miró por un momento, pero no logró decir nada. Pues, el hombre tuvo que ayudar a quien acompañaba.
- ¡Cielo santo! ¡No puede ser! ¡Mi hijo Alister! ¡Es Stear, Ram Dass! ¡Ayúdame!
- Tranquilo, vamos adentro.
Esa noche, Candy escuchó un ruido. Una tabla de la pared estaba floja y Annie la levantaba. Por supuesto, la directora no lo sabía.
- Oh, pensé que estarías dormida. Jamás tuve ocasión de darte tu obsequio de cumpleaños. También quería agradecerte por los zapatos.
Annie le entregó un cojín hecho por ella misma.
- Es como el sitio donde vivías. ¿Ves los hilos azules? Ese es el río. Y estas son las montañas que siempre mencionas.
- Gracias Annie, es precioso…
- Candy, ¿Por qué ya no cuentas tus historias?
- Son solo fantasías, no significan nada.
- Pero siempre significaron algo para mí. Hubo días en que creí morir hasta que te escuché hablar sobre la magia.
- No existe la magia Annie…
Annie volvió a su habitación. Comprendió que Candy deseaba estar a solas. Sin embargo, se mantuvo despierta mientras ella lloraba, hasta que se quedó sin lágrimas.
- Papá, escúchame… Estoy tan asustada…
Continuará…
