Capítulo 5

Para la princesa

Las alumnas salían para la caminata, mientras Candy barría las hojas.

- Candy, ¿Sigues siendo una princesa?

- Milly, vuelve a la fila o tendremos problemas.

- Lo eres.

- ¡Milly!

- ¡Oh!

Después, Candy tuvo que ir a la cocina para desplumar un ave. La cocinera sacó del horno un pie de manzana. La Señorita Amelia ya estaba dispuesta a probarlo. Pero Mabel la detuvo.

- ¡No toques eso! Es para el Señor Cornwell, el vecino. El pobrecillo… Su hijo mayor desapareció en Europa.

- ¿Te refieres a Stear? Oh, era un chico adorable.

Candy fue de nuevo al mercado. Mientras caminaba, encontró una moneda en el suelo. La tomó, y entró a una panadería. Allí, compró un pan dulce. Pero cuando estaba a punto de darle el primer bocado. Oyó a una mujer con un bebé en brazos, y tres niños un poco menores que ella. Trataban de vender flores, pero nadie quería comprar. Ella pudo ver que aquellos niños estaban mucho más hambrientos que ella misma. Así que se les acercó, y les entregó el pan. Ante ese acto tan generoso, la madre le dijo a una de sus hijas que le diera una flor.

- Para la princesa. – Le dijo la mujer agradecida. –

Un muchacho rubio y de brillantes ojos azules un poco mayor que ella la había visto. Se sintió conmovido, y quiso ayudarla. Rápidamente la alcanzó.

- Ten pequeña.

- ¡Anthony! Ya te he dicho que no regales tu dinero. Eres un tonto.

Candy trató de devolverle la moneda. No quería que aquel jovencito que le mostró gentileza tuviera problemas por ella. Pero la mujer creyó que solo pediría más dinero.

- ¡Vete! ¿Ves lo que digo? Así nunca te librarás de ellos.

- ¡Basta ya tía abuela! ¿No ve que está hambrienta?

- ¡Cállate, y no te atrevas a replicarme jovencito!

- ¡No, no me callo nada! No tolero las injusticias. ¿Cómo se sentirá si estuviera pasando por esto también? ¿Acaso no querría un poco de ayuda?

- No puedo con esto, me regreso a casa. Vuelve cuando te hayas calmado.

- La veré luego.

La dama se alejó, y el muchacho le ofreció a Candy su compañía. Los dos se sentaron en una banca.

- Lamento mucho que te regañara por mi culpa.

- No, yo lo lamento. Mi tía abuela les da importancia excesiva a las clases sociales. Pero yo no, al fin y al cabo, todos somos humanos. Espero que no te haya ofendido.

- No, estoy bien. Y te agradezco mucho tu bondad.

- ¿Cuál es tu nombre?

- Soy Candy, Candy White.

- Qué nombre tan dulce tienes. Mi nombre es Anthony Brower.

- Gracias… Gusto en conocerte.

- Oye, perdón si soy entrometido. Pero, noto tristeza en tus ojos. ¿Estás bien?

- Yo…

Candy pudo ver gran dulzura y sinceridad en los ojos de Anthony. Sintió que podía confiar en él. No lo dudo más, y lo abrazó derramando lágrimas.

- Estoy muy triste… He perdido mi hogar, y a mi padre.

Anthony correspondió tiernamente al abrazo, y trató de consolarla.

- Todo estará bien… Una niña tan tierna como tú merece la felicidad. Y estoy seguro de que pronto la tendrás.

Aquellas palabras la confortaron, y logró dibujar una sonrisa.

- Eres mucho más linda cuando sonríes que cuando lloras.

- Gracias por todo Anthony.

- De nada princesa.

- ¿Eh? ¿Me viste?

- Así es, y quise ayudarte.

- Te lo agradezco mucho.

- Vamos a buscarte algo de comer Candy.

Así lo hicieron. Anthony le ofreció refugio en su casa. Sabía que su tío lo apoyaría.

- Gracias, pero es mejor que vuelva a la escuela. Si no, la directora estará furiosa.

- Permíteme acompañarte.

El joven rubio se despidió de ella en la entrada, dándole un tierno beso en la mejilla. Sin embargo, antes de entrar, se asomó a la casa del vecino. Pudo ver desde la ventana la tristeza en su rostro, y también de otro joven, quien Candy supuso que era el hermano menor de Stear. Ellos también necesitaban consuelo. Así que les obsequió la flor dejándola en la puerta. Ram Dass se dio cuenta, y sonrió agradecido.

Estando ya en el desván, Candy le dio a Annie la mitad del pan dulce que compró con Anthony. Cuando las dos se habían acostado, un pequeño animal se asomó.

- ¿Qué sucede ratoncito? ¿También estás prisionero?

- Candy, ¿Hacía tanto frío donde tu vivías?

- No.

- Cuéntame sobre ese lugar Candy. Cuéntame otra vez sobre La India.

- India…

- Cuéntame.

- Bien… El aire es tan caliente allá, que casi se le puede saborear.

- Apuesto a que debe saber a coco.

- No, sabe a especias en realidad. Curry, y azafrán.

- ¿Qué más?

- Los tigres, duermen bajo los árboles. Y los elefantes, se refrescan en los lagos. El viento tibio recorre los campos, y los espíritus cabalgan en él, cantando mientras nos observan. El eco de sus voces, atraviesa las montañas. Y el cielo, se tiñe de múltiples colores, como la cola del pavo real.

Continuará…