Capítulo 7
Un gran festín, y una huida
- ¿Qué vamos a hacer? Sin comer todo un día…
- No llores Annie.
- Estoy asustada… Si Minchin me hecha, no tendré a donde ir.
- Eso no es cierto, yo estoy contigo. ¿Sabes? Te veo como a una hermana.
- ¿En serio?
- Hagamos la promesa, de siempre cuidar una de la otra.
Lo prometo. – Las dos niñas se abrazaron cariñosamente. –
- Ahora, ¿Qué haremos con lo de la comida?
- Morirnos, supongo.
No, solo hay una cosa que podemos hacer. Disfrutaremos un gran banquete antes de dormir, y así estaremos satisfechas todo el día de mañana.
- ¿Qué banquete?
- Mira a tu alrededor. ¿Ves la mesa que está por allá? Está cubierta un hermoso mantel. Con velas, y charolas llenas de cosas deliciosas. Vamos Annie, dime qué clase de comida hay ahí.
- Pero yo no veo nada.
- ¡Inténtalo Annie! Usa tu imaginación. ¿Recuerdas lo que me dijiste? Acerca de la magia.
La niña se convenció, e imaginó una de sus cosas favoritas.
- Panecillos.
- ¡Bien! ¿De qué clase?
- De toda clase, todos los que El Señor ha preparado. Y todos calientes.
- ¡Bien! Oh, pero no estamos vestidas para un banquete tan elegante… ¡Ya sé! Yo usaré una larga capa de terciopelo con piel en el cuello. ¿Y tú?
- Pues, siempre me han gustado los brillantes. Anillos, brazaletes, y un hermoso vestido adornado con lentejuelas.
- ¡Huuum! ¿Hueles esas salchichas?
- ¡Me encantan las salchichas!
Así las niñas recuperaron su ánimo con aquel festín imaginario. Ram Dass, las observaba por la ventana. Con todo lo que escuchó, elaboró un plan para el día siguiente. Candy y Annie durmieron juntas esa noche.
La pequeña soñó con el final de su historia. Donde el príncipe Rama disparaba una flecha hacia el cielo, el cual lanzó un rayo hacia el perverso Ravana, derrotándolo finalmente. Y el apuesto Rama, recibía en sus brazos a su amada Sita.
Temprano en la mañana, el pequeño Hanuman subió a la cama, y tocó las mejillas de Candy. Ella despertó asombrada, la triste habitación del frío desván estaba totalmente transformada. Candy y Annie estaban cubiertas por un cálido edredón dorado, y todo estaba bellamente decorado con telas. También había dos bonitas batas, y dos pares de zapatillas doradas con pompones de colores. Y sobre la mesa, ¡Había un verdadero festín! Con frutas, dos copas con jugo, e incluso los panecillos y salchichas que habían imaginado. Candy sacudió un poco a su amiga emocionada.
- ¡Annie, Annie!
Annie quedó boquiabierta con lo que vio.
- ¡Santo Dios! Candy creo que exageraste un poco esta vez.
- No fui yo.
Ambas niñas estaban muy confundidas y sorprendidas. Se probaron las prendas que había para cada una, y les quedaban a la perfección.
- Siento que he sido tocada por un ángel.
- ¡Mira! Lo que ordenamos.
- Me asusta un poco todo esto.
- Y a mí. ¿Crees que no deberíamos comerlo?
- No estoy tan asustada
- Jajajaja.
Las dos amigas disfrutaron su delicioso desayuno, infinitamente agradecidas con su benefactor misterioso. No sospechaban que él las estaba observando. Había dado el desayuno al visitante que cuidaban.
- Gracias por su hospitalidad, lamento causar tantas molestias.
- Descuide, sahib.
- Esa palabra… Me suena familiar. Sin embargo, ignoro lo que significa,
- No es castellano. La usamos en mi país, La India,
- La India…
- ¿La conoce?
- No. Todo es tan borroso… Quizá algún día logre aclararse.
- Así será sahib, así será.
Candy tuvo energía todo el día para completar los quehaceres. Sin embargo, al anochecer la malvada directora entró enfurecida al desván. Pues, se dio cuenta que faltaba algo en su oficina.
- ¿Dónde está? ¿Dónde está el camafeo? ¡Devuélvemelo!
Candy empezó a quitárselo del cuello. No quería tener problemas con ella. Pero en cuanto la mujer vio bien el entorno se impactó.
- ¿Qué es todo esto? ¿De dónde salió?
- No lo sé, desperté y aquí estaba.
- Lo has robado ¿Verdad? ¡Como robaste este camafeo!
- ¡No!
- No eres más que una sucia ladrona. ¡Y es mi deber proteger a las niñas de animales como tú!
- Pero Señorita Minchin…
- ¡EMPACA TUS COSAS, MUY PRONTO TE IRÁS CON LA POLICÍA!
La directora la encerró, ignorando sus súplicas.
- ¡Señorita Minchin, no lo haga! ¡Señorita Minchin! ¡Señorita! ¡No! ¡Por favor!
- Ya me escuchó, quiero que se la lleven de inmediato. – Dijo la mujer antes de colgar el teléfono. –
Mientras tanto en la casa del señor Cornwell…
- ¡Vaya! Se ha quitado los vendajes.
- No tenía sentido seguir usándolos, ya puedo ver.
- Es maravilloso, esperamos que también recupere pronto su memoria. – Comentó Anthony gentilmente. –
- Gracias, jovencito.
- Pase usted, tome un poco de té.
De vuelta en el desván…
- No te preocupes, estoy segura que van a creerte.
- No Annie, debo salir de aquí.
- ¿Pero cómo? Mi habitación también está cerrada.
Afuera llovía fuertemente, y en pocos minutos llegó el carruaje de la policía.
- ¡Ya están aquí!
En ese momento, Hanuman entró por la ventana, y le dio a Candy una idea.
- ¡Rápido, ayúdame con este tablón!
- ¡Por aquí de prisa!
- Sí, señora.
Algunas de las niñas se levantaron al oír tantos gritos preguntándose qué ocurría.
Candy y Annie, habían puesto el largo tablón en forma horizontal, hasta llegar a la otra ventana. Candy planeaba caminar por él, pero Annie estaba aterrada.
- ¡Candy, te caerás!
- Puedo hacerlo. Regresaré por ti, lo prometo. – Le contestó mientras la abrazaba. –
Candy comenzó a caminar por el tablón. Hacía todo lo posible por mantener su equilibrio. Resultaba muy difícil, por lo inestable y resbaloso que quedó por la lluvia. En ese momento, entró la cruel directora con los policías.
- ¿¡Qué está haciendo?! ¡Regresa aquí!
La mujer trató de sujetarla por el vestido, pero ella logró desprenderse, y llegó a la mitad.
- ¡La bestia asquerosa se escapa!
Repentinamente, cuando ya casi llegaba a la ventana, el tablón se salió, y Candy comenzó a caer. Annie gritó horrorizada.
- ¡CANDY, NOOOO!
- ¡AAAAAHHH!
Afortunadamente, la rubia logró sostenerse de la cornisa, y escalar hasta lograr entrar.
- ¡No se queden ahí, vayan a esa casa y encuéntrenla! Y también quiero que se lleven a esta.
- Sí, señora.
Continuará…
