Saludos para mi amable audiencia, fanática de Bleach y del IchiRuki. Como lo mencioné anteriormente -en mi adaptación titulada "En Defensa Del Amor"-, acá les traigo una nueva propuesta bibliográfica. Es decir otra adaptación pero en esta ocasión del libro llamado "Corazón de Piedra".
Lo hago para satisfacer a las personas que tan amablemente me pidieron que continuara en la labor de traer más historias (incluso hice una mini-encuesta), además del hecho de que aún no puedo actualizar mis propios relatos.
Título: "Corazón de Piedra"
Género: Angst/Romance
Pareja: Ichigo/Rukia
Grado: T
Summary: Después de un tiempo, Ichigo y Rukia vuelven a encontrarse, si bien él ya no es el mismo de antes. ¿Podrá el amor de Rukia ser lo suficientemente fuerte para cambiar el corazón de piedra de Ichigo?
Resumen: Desde que era una niña, Rukia siempre estuvo enamorada de Ichigo. Sin embargo, los planes de él no eran quedarse en el pueblo donde ambos fueron vecinos. Decidido, el joven Kurosaki logró salir de Karakura para así convertirse en un artista famoso, un escultor. Sin embargo; en su regreso a Karakura varios años después, el Pelinaranja vuelve cambiado: frío, sombrío, solitario y agresivo. ¿Qué habrá ocurrido en su estancia en Tokio? Rukia sigue enamorada de él y planea lanzarse a su conquista pero, ¿podrá el amor de ella, una sencilla profesora de escuela, cambiar al cosmopolita Ichigo y hacer que su corazón ya no sea de piedra?
"Inténtalo, Ichigo... -murmuró sobre su oído, y él arqueó las cejas sin comprender-. Intenta quererme, deshacerte de tu pasado... Sé mi amante, mi amigo, lo que sea que quieras o puedas ser para mí. Después de todo, ¿qué podemos perder?"
"Rukia... ¿De qué hablas?"
Disclaimer: Para mi desgracia ni Bleach ni el IchiRuki me pertenecen, todo es obra de Kubo Tite. Tampoco esta historia es mía, el crédito es para la escritora estadounidense Ebony Clark. Lo único realmente mío, es la adaptación y el trabajo que hago al reajustarla a Bürichi.
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CORAZÓN DE PIEDRA
Capítulo 01: Una Vez Más… Oportunidades
Rukia estaba tan entusiasmada que no podía pensar en otra cosa mientras le veía mover sus dedos finos sobre la pizarra. En ese momento estaba anotando los nombres de algunos libros de interés, con títulos bastante sugestivos, pero no lograba concentrarse en nada que no fueran sus manos. Imaginaba esas mismas manos tomando las suyas, acariciando su cuerpo ansioso, convirtiéndolo en otra de sus brillantes esculturas a través de la belleza creativa de sus dedos. Al pensar que él pudiera darse cuenta de sus más íntimos pensamientos, se sonrojó avergonzada. Era una idea de lo más absurda, puesto que él ni siquiera la había mirado aún, pero eso no la tranquilizaba.
Había estado enamorada de él desde que tenía doce años, cuando su blanco rostro y sus coletas hacían que los chicos de la escuela se burlaran y ella, en respuesta, les lanzara piedras desde su bicicleta. Ahora, que acababa de cumplir los veintitrés, se sorprendía de lo rápido que sus sentimientos volvían a aflorar.
Le pareció que no había cambiado nada. Seguía conservando aquel gesto casi despistado y en ocasiones burlón, pero en cualquier caso, extremadamente seductor. Se perdió en su mirada mientras él, ajeno al examen de que era objeto, continuaba con sus explicaciones. Recordó con una sonrisa el primer encuentro con el brillante Ichigo Kurosaki. Sólo que entonces, no se trataba más que de Ichigo, hijo de la dueña de la panadería del pueblo; Kurosaki Masaki, quien ya por aquella época, sorprendía a todos con las divertidas y originales formas de sus pastelillos de crema.
Había entrado en su tienda, dispuesta a que el alocado latir de su corazón, no desvelara al sonriente muchacho que estaba a punto de desmayarse. Se había acercado al mostrador, mientras espiaba a hurtadillas su conversación con una de las chicas más populares de aquel lugar: Nozomi Kujō. Había sentido que el mundo se desmoronaba a su alrededor, en el mismo instante en que se percataba de la generosa minifalda, que finalizaba en aquellas bien torneadas piernas y se ocultó tras una de las estanterías para mirar con rabia los descoloridos vaqueros, tres tallas por encima de la suya, que llevaba puestos.
¿Cómo era posible que Nozomi, que sólo tenía tres años más que ella, pareciese ya una exuberante modelo de portada de revista? Su rostro se reflejaba en la vitrina de los panecillos, y no podía evitar compararlo con el rostro perfectamente maquillado de su "enemiga". Se dijo así misma que no estaba tan mal, pero lo cierto, es que veía su cara mucho más apropiada para ilustrar alguna de las infantiles historias de Chappy el conejo, y no en el próximo número de Vogue o Cosmopolitan. Restregó con fuerza sus mejillas, deseando que algunos de aquellos odiosos lunares desaparecieran milagrosamente antes de que él la mirara. Si es que lo hacía, porque a juzgar por la forma en que aquella chica Peliverde mostraba sus innumerables encantos, estaba segura de que no habría manera de que Ichigo apartara de ellos su vista.
Sin embargo, lo hizo. Justo en el momento en que tropezaba ruidosamente, para caer a sus pies seguida de la estantería y de todo su delicioso contenido.
"-¿Qué te parece?" -había preguntado Nozomi con sarcasmo, al tiempo que ella trataba de colocar con nerviosismo los pedacitos del desmigajado pastel nuevamente en su sitio-. "Si es Chappy Piernas Largas. ¿Qué ocurre, niñita? ¿Es que no sabes aparecer sin desatar el caos y romperlo todo?"
Rukia hubiera deseado que se la tragara la tierra. Hubiera preferido morir, antes que tener que soportar la burla que había en los ojos de él. Pero se encontró a sólo unos centímetros de aquel atractivo rostro, y sus manos se rozaron apenas al tratar de arreglar el desastre que ella había ocasionado en la tienda. Las de él eran grandes, delgadas, provistas de unos dedos suaves y delicados, y durante unos segundos, las sintió cubrir con ternura las suyas, como si quisiera transmitirle con aquel gesto que no había de qué preocuparse.
¡Qué tontería! Había hecho el más completo ridículo, y al recordarlo, se mordió las uñas como en aquella ocasión, escupiendo con disimulo al notar el sabor amargo de la arcilla. Tuvo que reconocer que ni en un millón de años, hubiera imaginado que él le dedicaría su amplia sonrisa para mitigar su vergüenza, mientras Nozomi observaba la escena sorprendida. Sin embargo, lo había hecho, y Rukia se lo había agradecido en silencio, sintiendo como su corazón cabalgaba en su pecho como un potro desbocado.
"-No tiene importancia, pequeña..." -Le había dicho Ichigo. Sus generosas palabras se habían clavado en su mente, haciendo que se sintiera aún más humillada. ¡Pequeña! Ciertamente, su estatura no ayudaba a que se refiriera a ella con otro apelativo que no fuera ese. Pero no podía dejar de pensar, que aquella era una forma de decirle que no estaba interesado, y que las jovencitas inmaduras que destrozaban su establecimiento no eran su tipo.
Le sorprendió que, al cabo de tantos años -casi una década-, todavía guardara el recuerdo de aquel día, tan fresco en su memoria. Recordaba incluso, la manera en que había salido huyendo de allí, perseguida por las carcajadas de la hermosa pero engreída y altanera Nozomi, hasta llegar a su casa con el rostro descompuesto por la furia. Su padre, Kuchiki Byakuya, la había interrogado sobre el motivo de su malhumor, pero ella se había limitado a encerrarse en su cuarto, y a odiarle porque su deseo de tener un hijo, había hecho de ella la adolescente de aspecto casi masculino que veía en el espejo.
Ahora comprendía que no tenía ningún derecho a pensar así. Su padre había trabajado muy duro desde que enviudó de su esposa Hisana, destinando todos sus ahorros a que ella pudiera recibir una educación a la que él jamás había aspirado. Y en cierto modo, entendía que quisiera hacer de ella una persona fuerte, ya que toda su familia se reducía a él, y sospechaba que tal vez no dispusiera de mucho más tiempo para cuidar de ella. No se equivocaba, ya que poco tiempo después, un ataque al corazón acababa con su vida mientras dormía. Rukia le había llorado largamente, pero no podía decir que aquello hubiera marcado su vida como si se tratara de una tragedia. Había aprendido mucho de su padre, y le estaba agradecida por ello. Había aprendido a amar la vida tal y como esta venía, sin pretender grandes logros ni triunfos, apreciando las cosas sencillas que podía ofrecerle. Y le pareció que aquella era, con diferencia, la herencia más valiosa que podía haberle dejado al partir. Además, en aquella época, los buenos amigos que tenía, habían hecho que jamás se sintiera sola, y pensó en lo afortunada que era al poder contar con ellos.
El sonido de los asientos al deslizarse sobre el suelo, la hizo regresar por fin al presente, y su mirada voló nuevamente hacia el hombre, quien recogía con cierta pesadez sus libros y los iba guardando en su maletín.
¡Kurosaki Ichigo! No había reparado en ella cuando era un adolescente serio -y hasta tímido- que huía de sus muchas admiradoras. ¿Cómo iba a hacerlo ahora, que se había convertido en el más famoso escultor del momento? Agitó la cabeza, malhumorada consigo misma, aplastando de un manotazo la arcilla flácida de su torno. El joven que se sentaba junto a ella cerró la cremallera de su mochila, y Rukia miró su reloj con tristeza. La clase había terminado.
Todos parecían ansiosos por salir, pero ella decidió esperar unos minutos a que el aula estuviera vacía. Estaba decidida a abordarle... En cuanto encontrara la manera de hacerlo.
Pensó que había sido muy amable al ofrecerse a instruir a los chicos de la escuela durante unos días. Sin duda, no debía ser demasiado interesante para él, y Rukia se preguntó porqué un hombre que podía disfrutar de toda la excentricidad que quisiera, había vuelto al aburrido pueblo de Karakura; del que provenía para vivir como un ermitaño.
Quizá la vida en la ruidosa ciudad de Tokio no era tan excitante después de todo y simplemente quería saludar a sus viejos vecinos... De cualquier modo, no tenía importancia. Estaba ahí, y eso era lo que importaba, así que se acercó a él dispuesta a no dejarle escapar sin que la mirara aunque sólo fuera por una vez.
-Perdone... ¿Kurosaki-Kun?- extendió su mano cordial, disimulando su nerviosismo-. No sé si me recordará. Soy Kuchiki Rukia, estoy en su clase...
El cerró su maletín y se volvió para coger su abrigo, como si apenas hubiera oído nada.
-No, no la recuerdo. Lo lamento.
-Sí... Estoy sentada ahí detrás...-señaló con su dedo la silla que había ocupado hasta hacía unos minutos.
-Entiendo... Usted es la joven que aplastaba la arcilla. ¿No se sentía inspirada hoy, Kuchiki-San?
Ella se sonrojó, y escondió las manos a su espalda para que él no pudiera ver los restos que aún tenía entre las uñas. Se sintió como una estúpida al comprobar que él seguía haciéndola parecer la misma niñita traviesa que hacía unos años provocaba su risa.
-Pensé que nadie me había visto... Y usted estaba de espaldas...
-No debe fiarse de las apariencias... Pero, dígame... ¿Puedo ayudarla en algo?
Rukia se mordió los labios. Tenía la vista fija en sus propios pies, incapaz de sostener aquella mirada oscura sobre ella. Tenía tantas cosas que decirle, y ahora de repente parecía que todo lo que había estado ensayando durante días, había sido relegado a la parte menos operativa de su cerebro.
-En realidad... Me preguntaba si le gustaría a usted acompañarme esta noche durante la cena. He oído que se ha instalado en la vieja casa de sus padres, y pensé que, ya que somos vecinos, le apetecería charlar con alguien.
Se calló de repente. ¿Ella había dicho eso? No había sido nunca una chica lanzada, pero aquello se salía por completo de su habitual comportamiento. Una mueca de disgusto se dibujó en el rostro masculino, y Rukia deseó que la tierra se abriera a sus pies. ¿Qué estaría pensando? Sin duda, debía imaginar que su invitación implicaba algo más que la inocente cena que en realidad había querido proponer.
-Perdone... ¿cómo ha dicho que se llamaba?
-Kuchiki. Tal vez le suene mi cara... Yo estaba aún en la escuela cuando usted dejó el pueblo de Karakura. Claro que entonces era coletas y conejos y...
¡Por Kami, cómo odiaba aquellas coletas…!
El se movió incómodo, como si la conversación se volviera cada vez más insoportable. Rukia se odió por ser tan tonta. Sin duda, él era demasiado educado como para decírselo, pero era evidente que su parloteo estaba empezando a impacientarlo.
-Lo siento... -se encogió de hombros, haciendo evidente que seguía sin recordarla, y pasó junto a ella evitando rozarla, dirigiéndose hacia la puerta.
-¡Espere! -le siguió con torpeza, tropezando con su espalda y provocando en él una nueva mirada de disgusto-. ¿Qué hay de mi invitación?
-En otra ocasión, quizás. Tengo mucho trabajo...
Ella abrió la boca para insistir, pero Ichigo levantó su mano, contrariado por el acoso del que era objeto. Si había decidido volver allí, era porque estaba cansado de sentirse el centro de atención. Era como si las mujeres no lograsen ver en él más que un atractivo trofeo para exhibir a sus amigas. Las solteras del mundo parecían codiciar al famoso artista con sus miradas, y ya comenzaba a hartarse de ello. ¿Es que no podían ver al hombre que había en él? La miró con fingida indiferencia, tratando de ver en ella algo que la diferenciara del resto de las mujeres que le aburrían. Pero no había nada en aquella expresión, más que el velado deseo de conocer al artista Kurosaki Ichigo que las revistas habían inventado. La idea le entristeció, pero no quiso que ella se percatara de su desilusión.
-Kuchiki-San... ¿Por qué no busca usted algún joven de su edad para que amenice su cena? Le aseguro que soy mucho menos divertido de lo que me atribuye la prensa del corazón...
Se encontró pronunciando aquellas palabras sin saber porqué. Realmente, no era necesario ser tan brusco. Pero la manera en que aquella mujer le observaba con insistencia y perplejidad, le advertía que debía ser tajante en aquel asunto. Así que se encogió de hombros y siguió su camino, apartando de su mente cualquier sentimiento de culpabilidad. Estaba convencido por la expresión de la joven, de que su falta de delicadeza había logrado su propósito, y de que aquella invitación no se repetiría una segunda vez.
La dejó allí plantada, sintiéndose como una completa idiota. Que buscara un joven de su edad... Al parecer, aún la veía como si los pocos años de edad que les separaban, fuesen una barrera indestructible, incluso para mantener la más inocente de las conversaciones. Lo tenía bien merecido. ¿Cómo había podido hacer semejante tontería? Acercarse a un hombre como él con aquella sarta de recuerdos infantiles... Dejó que los brazos le cayeran a ambos lados, haciendo un mohín con los labios... Después de aquella apoteósica presentación, no tenía la más remota oportunidad de que volviera a acercarse a ella, y no pudo evitar sentirse mal.
Durante años, había guardado su recuerdo y había soñado con él sin que el hombre siquiera pudiera sospecharlo. Puede que fuese sólo el producto de tantos años de idolatrarle en silencio, pero necesitaba saberlo, porque debía explicarse a sí misma el torrente de sensaciones que la habían embargado al volverle a ver. La forma en que había hablado le demostró ahora que ya no era el joven cordial que intentaba hacer desaparecer su vergüenza. Se le antojó prematuramente envejecido, demasiada madurez y frialdad quizá en su mirada... Era como si de repente, al volverle a ver, recordara a aquel adolescente en ocasiones serio, pero lleno de entusiasmo que una vez la había conquistado sin proponérselo. Ahora la había mirado, sólo durante unos segundos, y habían bastado para que viera en él algo que la intrigaba. Era como si de pronto, hubiera reparado en un detalle que sus ojos infantiles no habían visto en aquel entonces... Como si la vida hubiera abandonado aquellos ojos color marrón… Para convertirlos en dos frías piedras y colocarlos en su rostro como una más de sus esculturas.
Trató de no pensar más en ello. Aquella tarde había descubierto dos cosas: Que era la chica más rematadamente tonta del pueblo, con diferencia... Y que aquel hombre, que desde siempre había protagonizado sus mejores fantasías, ocultaba algo que le convertía en un reto tan interesante que no podía ignorarlo... Se dijo que debía indagar algo más en aquello, y con la fuerte convicción de que era así, abandonó el aula vacía para dirigirse a casa.
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Ichigo cerró el libro y lo depositó sobre sus piernas, desviando la mirada hacia la ventana. Entrecerró los ojos para poder ver bien la figura que asomaba por la ventana de la casa contigua, reparando por fin en ella.
Estaba de espaldas a él, cepillándose el cabello con lentitud, mientras con la otra mano acariciaba al ansioso animal que tenía junto a ella. El perro no cesaba de mover su rabo, como si quisiera con ello decirle a su ama que no deseaba esperarla más.
Era imposible que supiera que la estaba observando, así que se detuvo unos instantes a contemplar la escena. Dibujó cada línea del cuerpo de la joven, cubierto tan sólo con la ropa interior, dedicando más tiempo del necesario en la parte superior de los hombros y en la prominente curva de los senos. No era en absoluto voluptuosa, sino más bien delgada, ni siquiera hermosa, artísticamente hablando, pero había algo en ella que le impedía apartar sus ojos. Tenía aquel gesto rebelde que hacía unos años había conseguido impresionarle. Dejó volar su mente unos años atrás, cuando la mujer que tenía ante sí, no era más que una chiquilla graciosa, almo marimacha y de coletas a la que aún no le habían crecido los pechos.
Era la noche de Hallowen y había llamado a su puerta, vestida con aquel disfraz ridículo que ella se esforzaba en ocultar. Extendiendo su cesta, trataba de controlar a otros dos niños menores que ella, y parecía ansiosa por dejar aquella puerta cuanto antes. Era como si el estar frente a él, vestida de aquella guisa y rodeada de mocosos, la ofendiera terriblemente, y él había decidido aprovecharse de la situación.
"-¿Quién eres?" -la había interrogado con seriedad, reparando en el ligero temblor de sus labios.
"-La Princesa del Invierno: Sode no Shirayuki... ¡Estén quietos, o tendré que regresarlos a sus casas con un ojo morado!" -se enfrentó a él, como si esperara toda clase de burlas-. "¿Tienes caramelos?"
"-Así que Shirayuki..." -repitió en voz baja y burlona Ichigo-. "Y estos diablillos, ¿son tus duendes protectores?"
La joven apretó los labios, consciente de que trataba de ridiculizarla con sus palabras.
El había entregado unos dulces a los jóvenes acompañantes, y al llegar a ella, vio cómo rechazaba con fingida cortesía su parte.
"-Soy demasiado mayor para estas cosas" -había contestado ante la interrogante mirada de él, provocando su risa.
El se introdujo en la boca el dulce que le ofrecía.
"-Entonces no tengo nada para ti" -contestó cerrando la puerta con brusquedad.
"No tengo nada para ti..." Era cierto, aún después de tantos años, seguía sin tener nada para ella. Nada excepto, dolor, rencor y amargura. Y a pesar de todo, no podía apartar la vista de su figura, frágil y femenina. ¿Que si la recordaba? Por supuesto que sí. Pero el brillo que había visto en sus juveniles ojos índigos había sido suficiente para darse cuenta de lo que buscaba en él. Tal vez no era diferente de tantas otras. Pero por un instante, había querido ver en ella la inocencia que había dejado atrás, mucho antes de que la vida le golpeara tan duramente que ya no le importara nada.
Se pasó la mano por la frente, y entonces sus miradas se encontraron en la oscuridad, incomodándole de nuevo.
Se había puesto una blusa y unos vaqueros, y le miraba sonriente, como si adivinara que llevaba un tiempo observándola, y no le causara pudor alguno. Le pareció que su actitud era algo más que desenfadada, pero después de todo, era él quien la había espiado en la oscuridad.
La joven le indicó con un gesto que saliera, y él no tuvo más remedio que aceptar. La invasión de intimidad de la que había sido objeto merecía por lo menos una disculpa, y se preparó para inventar una con rapidez, rezando en su interior porque resultara convincente.
Su perro caminaba junto a ella, olisqueándola y lamiendo su mano, y por un momento, deseó estar en su lugar. Allí donde la miraba, veía aquella vitalidad casi insultante que comenzaba a sacarlo de quicio. Pero no era culpa de ella, y decidió permanecer callado.
-Siento haberla molestado- murmuró, mientras le seguía el ritmo, golpeando con la punta de su zapato las piedras que encontraba en su camino-. Supongo que a partir de ahora mantendrá su ventana cerrada.
-No me ha molestado -contestó ella en voz baja, consciente de que él se esforzaba demasiado por aparentar aquella tranquilidad-. ¿Ha cenado ya? Mi invitación sigue en pie... Aunque primero debo dejar que este chucho de su paseo nocturno.
El asintió, y Rukia se encogió de hombros.
-Entonces pasearemos un rato -decidió con satisfacción.
-Tengo la impresión de que usted es una mujer muy mandona. Aún no he dicho que me apetezca pasear.
-Entonces, ¿por qué has salido? -preguntó, tuteándole y rezando a todo el panteón japonés porque su respuesta no fuera cortés y educada.
-A decir verdad, no lo sé. Me has hecho recordar algo que ya había olvidado.
-Espero que no te refieras a lo que has visto antes -trató de bromear, pero él no dijo nada. Se limitó a torcer su boca y siguió caminando.
-Antes mentí cuando dije que no te conocía. No quería entablar conversación -lo soltó de repente, y Rukia se sorprendió del tono sincero con que había hablado. Tal vez sólo quería resarcirla por su pequeño pecado. Pero aún así se alegró de que lo dijera-. Claro que entonces eras una jovencita revoltosa y delgada. Has cambiado mucho estos años...
-Todos cambiamos... Espero que para bien -comentó, sintiendo que el corazón comenzaba a latir alocadamente en su pecho-. Sin embargo, tú no has cambiado demasiado... Sigues teniendo esa mirada reservada y misteriosa que volvía locas a las chicas.
-¿A todas las chicas? -preguntó sin querer, maldiciéndose por prestarse a su juego de manera tan descarada. No estaba buscando una aventura, y se había jurado mostrarse desagradable con todo lo que llevara faldas. Pero aquella mujer estaba logrando que rompiera su juramento con sólo mirarlo.
-Bueno, yo era entonces una niña -se defendió, levantando la barbilla. No quería coquetear y quedar como una estúpida de nuevo, pero al parecer no podía evitarlo.
-Comprendo. ¿Y qué es de ti, que has hecho durante todo este tiempo?
Esperar tu regreso como una tonta, quiso decirle, pero le pareció que si le confesaba su secreto, él saldría huyendo como alma que lleva el Dios de la Muerte, Shinigami.
-Terminé mis estudios. Fui a la universidad, y volví al pueblo a transmitir mi sabiduría a unos chicos a los que sólo interesa mirar debajo del pupitre de su compañera. Supongo que mi vida no resulta demasiado excitante, pero me siento bien aquí... ¿Y tú? ¿Qué has hecho, además de impresionar al mundo con tus creaciones?
El se detuvo en seco, con las manos en los bolsillos, como si no tuviera ganas de seguir hablando. Pero lo hizo.
-Dejar que el mundo me impresionara también -contestó mirándola fijamente-. Me casé, formé casi una familia... Pero también he acabado regresando... Parece que este pueblo es como un imán para nosotros, ¿no te parece?
Rukia asintió, bendiciendo en su interior que así fuera.
Se preguntó dónde se encontraría ahora la señora Kurosaki, y qué tipo de mujer sería. Se la imaginó alta, esbelta, como una musa atormentando al artista con su belleza, y la envidió.
-Al menos has regresado convertido en una especie de institución... Es más de lo que podemos decir los demás.
-¿Una institución? -él esbozó una media sonrisa, provocando que la joven se estremeciera de placer-. Una reliquia de museo, diría yo... A veces me fascina el modo en que la gente crea sus propias fantasías en torno a las cosas. No debes creer todo lo que han escrito de mí, Rukia...
-¿Por qué no? No hay nada de malo en convertirse en alguien de éxito... Creo que es incluso excitante sentir esa expectación que proporciona la fama.
El arrugó la frente, mostrando su desacuerdo ante aquella afirmación.
-Te aseguro que no. Quizá al principio sí... Pero cuando pasan los años, comienza a molestarte que la gente piense que tiene derecho a hurgar en tu intimidad. Sé que te parecerá un tópico, pero es duro ser famoso. Sobre todo, porque empiezas a darte cuenta de que ya nadie te respeta por lo que eres, sino por lo que esperan que seas.
Se sintió halagada por la manera en que él le descubría con espontaneidad los secretos de su alma. Era como si en aquellos breves instantes que pasaban juntos, él le hiciera el regalo de su sinceridad, como si pensara que ella era alguien muy especial y que merecía esa cortesía.
-¿Piensas que es imposible que alguien te aprecie por ser tú? No me refiero al afamado escultor, sino simplemente a ti, a Kurosaki Ichigo, el hombre sencillo de cabello naranja, y extremadamente sensible que tengo ante mí. No me parece tan descabellado...
No quería ofenderle, y sin embargo, él se tensó al oírla, como si sospechara que aquellas palabras guardaran alguna oculta intención y temiera descubrirla.
-¿No lo es?... -su tono era brusco, y pareció querer suavizarlo al momento, sonriendo de nuevo-. Has pasado mucho tiempo soñando, Rukia. Y me gustaría saber con qué.
-También a mí. Pero, ¿no te parece hermoso que después de todo, sigamos siendo capaces de soñar?
No esperaba una respuesta, y él no se esforzó en dársela. Caminaba silencioso junto a ella, y la joven se preguntó porqué le daba la impresión de que él, a pesar de su éxito y su dinero, no era en absoluto feliz. Se diría que había algo de tristeza en aquella mirada, casi irreal, y ella estaba ansiosa por descubrir de qué se trataba.
Llegaron de nuevo hasta su casa, y él se detuvo frente a ella, esquivando los curiosos y brillantes ojos de la mujer.
-Será mejor que me vaya... Y Rukia, por favor... Cierra tu ventana esta noche, ¿quieres? -pidió con amabilidad antes de alejarse.
Ella asintió, pero tan pronto llegó a su cuarto, el impulso de hacer exactamente lo contrario la asaltó, y corrió del todo las cortinas, para que él pudiera ver, en todo momento, cada uno de sus movimientos. A veces la rebeldía es un buen comienzo…
¿Qué era lo que asustaba a aquel hombre? ¿Lo que había visto hacía unos minutos, o quizá lo que podía llegar a ver si se esforzaba? Fuera lo que fuera, estaba dispuesta a no dejar que sus cortinas se lo impidieran. Una sonrisa de satisfacción se dibujó en sus labios al descubrir su atractivo perfil recortado en la oscuridad. Allí estaba, luchando contra su propio deseo de ignorarla, observándola en la distancia y preguntándose por qué no podía apartar su mirada de ella. Rukia se preguntaba lo mismo mientras se desnudaba, mientras su desnudez despertaba en él la misma excitación que ella sentía. Pero realmente ya sabía el motivo de aquel examen. Él lo había dejado claro durante su conversación anterior. Quizá las mujeres que había conocido en el pasado, le hacían creer que ella era una más, y que tal vez, el olor de su éxito la hacía soñar con una vida llena de comodidades. Pero no era así, y él tendría que darse cuenta al conocerla mejor. Tendría que comprender, que la vida ya le parecía lo bastante gratificante sin él, y que estaba realmente satisfecha de lo que poseía. Pero, por supuesto, que su regreso aportaba un poco más de alegría a su rutina... Esperaba que su confusión desapareciera con el tiempo, y que lograra verla como algo más que a otra de sus muchas admiradoras. Una buena dosis de desinteresada amistad lograría que así fuera, y se durmió pensando en lo agradable que sería conseguir al menos eso de él...
Continuará…
¿Qué tal el comienzo de esta nueva adaptación? A mí se me hizo apropiada para el IchiRuki. Y es que lo que más me atrajo de la historia original, es que la autora pone de manifiesto situaciones que colocan a las personas al límite de su resistencia espiritual, situaciones que con un buen sentimiento -uno verdadero- pueden cambiar.
Acá un pequeño adelanto:
-¿Es necesario que estés siempre a la defensiva? Intentaba ser amable... Y sinceramente, estoy empezando a creer que no lo mereces -se volvió disgustada, pero antes de que pudiera huir, él la retuvo, tomando su mano entre las suyas.
-…
-¿Sólo amigos? -esta vez su tono fue más burlón que de costumbre-. ¿Quieres decirme que, ni por una sola vez, has pensado en lo maravilloso que sería tener una aventura con el fascinante Kurosaki Ichigo?
-…
-¿Eso crees? ¿Quieres saber cuáles son mis impulsos en este momento? -acarició con los dedos su mentón, dejando que su mano descansara en la línea de sus hombros- Sólo pienso en llevarte a la cama, Rukia. Tomar de ti lo que puedas ofrecerme y volver a mi casa para maldecirme y olvidarte sin más. ¿Es eso lo que quieres para ti? ¿Un momento de pasión entre dos personas que se sienten demasiado solas? Dime, Rukia... ¿Es eso lo que quieres?
-…
-Por favor, Ichigo... ¿A quién pretendes engañar con todas esas ridículas frases hechas? No recuerdo haber pedido tu mano en matrimonio. Pero, dime, ¿en qué siglo vives aún? -le acusó con voz calmada-. Te invito a cenar, charlamos un poco, y montas una escena tan solo porque me he atrevido a pensar que podíamos ser amigos... Realmente, eres bastante raro, ¿lo sabías?
Sin más que agregar, y solamente a la espera de sus comentarios (ver enlace abajo), se despide su amiga desde la distancia…
Joey-San (Kuchiki9474).
