Y como lo prometido es deuda, aquí les dejo el segundo capítulo que dije que subiría. Espero comentarios o me volveré HimeIchi -amenaza mode on-. Ok no. ¡Disfruten la lectura!

Disclaimer: Para mi desgracia ni Bleach ni el IchiRuki me pertenecen, todo es obra de Kubo Tite. Tampoco esta historia es mía, el crédito es para la escritora estadounidense Ebony Clark. Lo único realmente mío, es la adaptación y el trabajo que hago al reajustarla a Bürichi.

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CORAZÓN DE PIEDRA

Capítulo 09: Memorias…

Ichigo observó con disgusto las obras expuestas en la lujosa galería, ocultándose tras la mesa de ponche de las curiosas miradas de los asistentes. No estaba de humor para escuchar más elogios sobre su persona. En realidad, tenía una opinión tan pobre de sí mismo que se sorprendió de que hubiera decidido presentarse aquella noche.

Claro que habría sido mucho más sorprendente, que el autor de aquellas creaciones no asistiera en aquella ocasión. Y así se lo había hecho saber la furiosa propietaria de la galería.

-Debes estar loco, Kurosaki Ichigo, si piensas que voy a enfrentarme sola a esa jauría de críticos. Eres el anfitrión, y si no te presentas aquí esta noche, haré que ninguna otra galería se atreva a exponer tu obra, te lo aseguro.

Tristán Jackie había colgado el teléfono con tanta rapidez, que no había tenido la menor oportunidad de explicarle dónde podía meterse sus arrogantes amenazas.

La consideraba una mujer sumamente inteligente, pero no podía dejar de preguntarse cómo había logrado soportar su inaguantable carácter todos esos años. Jackie le había sido de gran ayuda cuando iniciaba su carrera como escultor, y le estaba agradecido por ello. Pero esa mujer no podía entender que aquello que todos admiraban boquiabiertos, no era en absoluto obra suya. No era producto de su imaginación, ni siquiera de la inspiración que la caótica y decadente humanidad que conocía podía ofrecerle. Aquello era real... Tan real que hacía que sus ojos quisieran evitarlo. Las figuras se erigían sobre su pedestal reclamando en él con crueldad que pagara por sus errores. Y él sentía que debía responder a aquella llamada, creando una y otra vez monstruosas formas que no eran más que la materialización de su propia conciencia atormentada.

Trató de enfrentarse con la dureza de aquella piedra, con los cientos de brazos y rostros deformes que parecían querer atravesar las cuerdas de seguridad para atraparle en su particular infierno.

Se detuvo con sigilo frente a la más terrorífica de cuántas creaciones se exhibían aquella noche, sorprendido porque la gente que le rodeaba, alabara la hermosura de aquella siniestra imagen. No había nada de hermoso en los rasgos esculpidos con furia, con rabia y dolor en aquel rostro infantil de granito. Los ojos le miraban suplicantes, inocentes, y los labios simulaban agitarse pidiendo clemencia a las pétreas llamas que se alzaban sobre su cuerpo pequeño e inmóvil, devorándolo centímetro a centímetro...

Cerró los ojos, creyendo que iba a desmayarse ante tanto horror. ¿Qué ocurría con aquella gente? ¿Es que se habían vuelto todos locos?

El no podía encontrar un ápice de belleza en lo que sus manos habían creado... Allí estaba toda su vida, toda la inocencia de su hijo diciéndole adiós, mientras el maldito automóvil volcaba otra vez en su mente para asesinarle una vez más...

Quiso apartar de sí aquella diabólica visión, pero ya era demasiado tarde... La escena volvía a repetirse... La luz de aquel salón se convertía en oscuridad para devolverle de nuevo al lugar donde las cenizas de su pequeño ardían, para recordarle que había sido su insensatez la que había hecho que Riruka le llevara consigo...

"-Riruka, sé razonable... No podemos seguir así. No estás bien, necesitas ayuda. Yo ya no puedo hacer nada por ti..."

"-No puedes, no puedes... -ella había pronunciado sus mismas palabras con sarcasmo-. Estoy harta de que pienses en mí, como en la alcohólica madre de tu adorado hijo... Me voy, Ichigo y no trates de detenerme. Mi profesor de tenis, Ginjou Kuugo y yo, pensamos que Yokohama puede ser mucho más divertida sin tu presencia. Pero, por supuesto, me llevo a Yukito conmigo. Asegúrate de enviarme una buena pensión cada mes, y te prometo que estará bien cuidado..."

En aquel momento, Ichigo había comprendido que aquella mujer no le amaba. Nunca le había amado, y lo que era peor, nunca había amado la única cosa que había hecho su corta unión satisfactoria: Su hijo. Quería hacerla entrar en razón, evitar que se lo llevara a sabe Dios qué lugar dónde él no pudiera encontrarle y protegerle de su inmadurez, del vicio que hacía que su aliento apestara a alcohol al hablar.

Pero ella le miraba con ojos centelleantes, como si la locura se hubiera apoderado repentinamente de ella. Como si quisiera herirle en lo más profundo de su corazón, arrebatándole al niño asustado que se debatía en sus brazos.

Aún así, intentó que ella le escuchara, que comprendiera lo irracional de su comportamiento.

"-Riruka, por favor... Has bebido demasiado esta noche. Deja que lleve a Yukito a su cuarto. Mañana podrás pensar con claridad y arreglaremos esto de la mejor manera para todos..."

"-No tengo nada que pensar -ella cogía con su mano libre la maleta de piel mientras se dirigía hacia la puerta-. No te quiero, Ichigo. No te he querido nunca. Confieso que tu dinero hace que me resultes muy atractivo. Pero no tan atractivo como para soportar tus sermones el resto de mi vida. No soy la mujercita fiel y obediente que necesitas, cariño... Y ya es bastante con que tenga que cargar con este mocoso, para que encima pretendas hacer de mí la protagonista de tu Pigmaleón. Lo siento, Ichigo, pero te abandono. ¿Conseguirás meter eso en tu brillante cerebro de genio?"

El había tratado de impedirle que saliera... Sólo quería que desistiese de su propósito de llevarse aYukito, pero ella lo interpretó como una súplica de amor, y se burló en su cara mientras ponía en marcha el coche.

"-No me busques, amor. Ya tendrás noticias de mi abogado."

Apretó los labios al recordar en lo acertadas que habían sido aquellas palabras. Las tuvo. Tuvo noticias, pero no eran las que él esperaba. No de su abogado.

Un agente de policía se había presentado unas horas después, mientras docenas de periodistas se agolpaban a su puerta exigiendo de él respuestas a algo que ni siquiera le había sido comunicado aún.

No necesitaba que aquel agente dijera nada. Podía leerlo en la solemnidad con la que aquel tipo uniformado le preguntaba si hablaba con Kurosaki Ichigo. Había ocurrido... Le había perdido, lo sabía... En unos segundos, todo su mundo se rompía en sus narices, con las serias declaraciones que el agente hacía a la prensa.

"-Por favor, dispérsense. El Sr. Kurosaki está muy afectado... Acaba de perder a su hijo, es cuanto podemos decir por ahora..."

Recordó con rabia aquellas palabras. ¿Afectado? Hubiera matado a aquellos malditos buitres de no ser porque el joven policía se había interpuesto en su camino. Su hijo estaba muerto, ¡muerto! Y aquellas aves carroñeras seguían interrogándole sobre los sórdidos detalles del accidente... ¿Es que no podían entender que él mismo no era más que un cadáver al asimilar lo que estaba sucediendo?

Volvió a la realidad del presente al notar como unos dedos tocaban su espalda para llamar su atención.

-¿Ichigo? -Jackie le ofreció un vaso de vino francés, brindando con él-. Te felicito. Ha sido un éxito rotundo.

-¿De veras? -su tono era amargo y aceptó la bebida con una sonrisa forzada.

Un éxito... ¿Por qué se sentía entonces como si su vida no fuera más que un enorme y ridículo fracaso? Había perdido a Yukito, y su miedo le había hecho perder también a la única mujer que había logrado hacerle sentir después de aquello. Miró a su alrededor, y el lujo que vio en las elegantes cortinas, hizo que el vino se revolviera en su estómago. Le pareció que todo aquello no era más que basura... Sus obras, sus fans, la hermosa, morena y seductora Jackie observándole con aquella expresión de triunfo, incluso su propia imagen reflejada en los espejos de la galería... Todo era basura. La más grotesca y pestilente basura superficial.

Aspiró con fuerza, notando que apenas podía seguir respirando en aquel ambiente frívolo y Tristán Jackie rodeó con su esbelto y bronceado brazo su cuello. Ichigo se apartó con brusquedad, disculpándose con la mirada.

-Tú y yo formamos un gran equipo, Ichigo -afirmó, mientras él clavaba su mirada en el hombre que acababa de abandonar la mesa y conversaba animadamente con un grupo de personas a pocos metros.

-Profesionalmente, querida... "Sóloprofesionalmente" -atajó, y la dejó allí plantada, abriéndose paso entre los asistentes para buscar con su mirada de nuevo a aquel hombre.

Le encontró enseguida, y se apresuró a extender su mano hacia él, deseando que su presencia allí no fuera sólo una casualidad, y deseando también que lo fuera.

Por un momento, había temido que Rukia le acompañara. Quizá ella había decidido por fin que ya era hora de dejar de esperarle...

Pero no fue así. Shiba Kaien le saludó con extrañeza, tratando de recordar de qué podía conocer al hombre que parecía buscar desesperado su saludo.

-No nos conocemos, Shiba Kaien... Pero creo que tenemos una amiga en común, Kuchiki Rukia, ¿la recuerda? -espió la reacción del hombre, como si quisiera encontrar en ella algún signo que delatara sus sentimientos hacia ella-. Yo daba clases de arte en la vieja escuela de Karakura. La Srta. Kuchiki es profesora en la misma escuela...

Kaien comprendió enseguida de quién se trataba. Ichimaru Matsumoto Rangiku había hablado de él en más de una ocasión, al referirse a él como al "estúpido ignorante con cerebro de mosquito" que hacía llorar a Rukia. Sin embargo, aquel hombre de aspecto desorientado, no se parecía ni por asomo a las descripciones que Rangiku hacía de él. Parecía más bien triste, y respondió a sus palabras con una sonrisa, mientras asentía para hacerle ver que le recordaba.

-Bueno, realmente no hemos tenido la ocasión de conocernos personalmente. Pero me alegro de poder hacerlo ahora. Es usted el brillante protagonista de la velada, ¿no? -estrechó su mano con afecto, e Ichigo se relajó al comprobar que aquel hombre no era su adversario.

-La Srta. Kuchiki no le acompaña en esta ocasión, ¿verdad? -inquirió, queriendo que sus palabras no sonaran demasiado ansiosas-. Pensé que, ya que son ustedes amigos, podían haber acudido juntos a la exposición...

-No somos tan amigos, Sr. Kurosaki -interrumpió Kaien, sospechando adónde quería ir a parar su acompañante con sus insinuaciones-. Y no, no me acompaña. A decir verdad, hace bastante tiempo que no sé nada de ella. Supongo que seguirá dejando que esos diablos la atormenten con sus travesuras...

Ichigo esbozó una sonrisa, comprendiendo que se refería a los "brillantes" alumnos de la profesora.

-Pero, dígame... ¿Piensa usted regresar? Aquellos días su presencia causó bastante revuelo por allí, según tengo entendido...

Abrió la boca, dispuesto a desmentir cualquier insinuación que las malas lenguas pudieran haber hecho sobre ella. Sospechaba que su amistad podía haber despertado algo más que el rumor que Shiba Kaien pretendía hacerle creer, y deseó no haber ocasionado problemas a la joven con ello.

-Escuche, amigo... -aquello sonaba como el comienzo de un sabio consejo, e Ichigo prestó atención sorprendido-. Rukia y yo comprendimos hace tiempo que nuestras vidas no podían cruzarse... No de la manera que usted piensa, y créame que lo siento... Pero si he de ser sincero, le confieso que esa mujer es de las mejores que he conocido...

Ichigo fingió que aquello no le afectaba, pero lo cierto es que sentía que la felicidad le embargaba al saber que ella podía seguir esperándole, tal y como había prometido. No entendía el porqué de aquella sincera confesión, puesto que no conocía en absoluto a aquel hombre, pero se alegraba de que se la hubiera hecho.

-También yo lo siento, Sr. Shiba... Bien, celebro haberle saludado, pero ahora tengo que atender a esos señores antes de que despellejen lo poco que vale mi obra -dijo, refiriéndose a los críticos que le esperaban al otro lado de la estancia.

Shiba Kaien le vio alejarse y sonrió enigmáticamente. Era lo suficientemente inteligente, como para darse cuenta de que aquel tipo de fogosa cabellera había bailado de júbilo al descubrir que podía estar tranquilo con respecto a la amistad que le unía a la joven. Se dijo que estaba rematadamente loco si la dejaba escapar, y mucho más loco si ella le amaba como estaba convencido de que le amaba. No era cierto que no hubiese hablado con ella desde entonces. La había telefoneado en un par de ocasiones y había charlado con ella unos minutos. Los suficientes como para que su voz hiciera que se delatara por completo.

La había notado distraída, lejana mientras conversaban a tanta distancia, y había bastado para que comprendiera que no debía hacerse ilusiones. Era evidente que era demasiado tarde para que él pretendiera ocupar su corazón, porque ya había alguien en él, y acababa de tener el honor de conocerle.

Por un momento, envidió la suerte de aquel individuo... Kuchiki Rukia era una mujer estupenda, y deseó que aquel estúpido supiera apreciarlo. No sabía el motivo, pero Ichigo le inspiraba cierta simpatía. Le deseó suerte en silencio, y siguió charlando mientras le observaba responder a las preguntas de los periodistas.

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Rukia estaba tan furiosa con él, y consigo misma, que no lograba conciliar el sueño. Llevaba más de una hora dando vueltas en la cama, pensando en la mejor manera de olvidarle de una vez por todas, y las sábanas estaban desordenadas y arrugadas bajo su piel. Se movió incómoda, provocando que su perro gruñera a sus pies en señal de protesta.

-Lo siento, Shikai... Pero si yo no puedo dormir, tú tampoco -se levanto de un salto, y el animal la siguió con la mirada somnolienta mientras se enfundaba en la bata-. ¿Quieres que demos un paseo? Buen chico... Saldremos fuera un rato, y contaremos estrellas hasta que el sueño nos venza, ¿quieres?

La forma en que movía las orejas la hizo sonreír. Reaccionaba con alegría, como si su ama le estuviera proponiendo acudir a una divertida fiesta canina, y se maravilló de la facilidad con la que aquel animal encontraba la felicidad. Deseó por un momento ser capaz de hacer lo mismo y recuperar, aunque fuera sólo durante un instante, la ilusión que se había apagado en ella al conocer la verdad sobre Ichigo.

No quería pensar más en ello, pero no podía evitarlo. Rebuscó en los cajones, las hojas dobladas con tanto cuidado que había leído una y otra vez durante los últimos días.

Parecía que se tratase de una nueva modalidad de masoquismo ideada por ella. Releía las líneas escritas con morbosidad por los periodistas, sintiendo que a cada palabra, su labios maldecían quedamente su estupidez.

Había prometido a Rangiku que se olvidaría de aquel asunto, que buscaría un buen hombre con quien compartir su solitaria vida y enviaría el nombre de Kurosaki Ichigo al lugar más recóndito de sus recuerdos.

Sin embargo, aquella mañana había buscado con avidez toda la información que la vieja biblioteca del pueblo podía proporcionarle sobre él, y ahora se preguntaba si sus esfuerzos por entender servirían de algo.

Los morbosos artículos de prensa, tachaban su comportamiento de "inadmisible" al insistir en su petición de divorcio, mientras Dokugamine Riruka permanecía en coma en aquel hospital de Tokio. ¡Inadmisible! Lo realmente sorprendente era que después de lo sucedido, Ichigo tuviera la generosidad de firmar las facturas que la enfermedad de la Sra. Kurosaki y el lujoso centro donde se hospedaba, cargaban en su cuenta. Le admiró por ello, le amó aún más al reconocer que era demasiado noble como para permitir que su esposa muriera en cualquier apartado centro propiedad del Estado. Pero a pesar de admirar su bondad, no podía perdonarle aquel engaño.

¿Por qué no había confiado en ella? ¿Acaso la consideraba como uno más de aquellos periodistas a los que sólo interesaba vender la noticia de su tragedia? Ella podía apoyarle, podía ayudarle a tragar el sabor amargo de su pérdida... Si sólo hubiera tenido un poco de fe en sus sentimientos...

Clavó su mirada nuevamente en el arrugado periódico, esforzándose por no sentir odio hacia la hermosa mujer que sonreía resplandeciente en la fotografía, como si se burlara de ella y le dijera que jamás podría arrebatárselo. Como si le dedicara especialmente aquella sonrisa para decirle que mantendría a su marido tanto tiempo encadenado a su enfermedad, que ella tendría que conformarse con perderle...

"Así era Dokugamine Riruka antes del accidente -anunciaban los titulares-. Este era el rostro que ofrecía antes de que la fatal explosión lo desfigurara y postrara a la Sra. Kurosaki en una cama de por vida, tras perder al único hijo del matrimonio. Nos preguntamos qué clase de hombre solicita el divorcio, a una mujer que agoniza mientras su cuerpo permanece entubado. Nuestros lectores se preguntarán lo mismo... Ese hombre existe, y su nombre es Kurosaki Ichigo. Desde aquí, queremos felicitar al Sr. Kurosaki por su extraordinaria falta de sus escrúpulos, por la falta de humanidad demostrada al respecto..." No quiso continuar. Ya sabía el resto de la historia. Tres largos párrafos para insultarle, para criticarle porque hubiera tenido el atrevimiento de querer seguir vivo... ¿Con qué derecho le decían lo que debía o podía hacer con su vida? Ella le amaba más que a nada, y ni siquiera podía pensar en descolgar su teléfono para hacerle un sólo reproche. Deseó que todas las mentiras que habían escrito sobre él desaparecieran en ese instante, comprendiendo que su sufrimiento no era nada si lo comparaba con lo que él debía haber sufrido a causa de aquello… Todos esos hombres que lo criticaron eran unos malditos buitres, que no vieron más allá de sus narices.

Rukia pensó en la mujer del artículo, preguntándose por qué él insistía en cuidar de ella. Quizá su odio hacia ella le obligaba a mantenerla con vida, para que pudiera pagar con su dolor el que él mismo sentía por la pérdida de su hijo... O quizá seguía aún amándola, y no podía ver como la vida le arrebataba eso también. Ambas ideas le parecían tan retorcidas que quiso apartarlas de su mente.

Shikai la arrastró hacia la puerta, humedeciendo sus piernas con su suave hocico, y ella dejó los papeles sobre la mesa para sacarle a pasear antes de que la impacientara con sus ladridos.

La brisa fresca de la noche le acarició el rostro al salir, y ella se dirigió, como si una fuerza extraña guiara sus pies, hacia la casa vecina a la suya.

Golpeó la puerta con los nudillos, riendo ante su propia estupidez. Nadie iba a responder a su llamada, pero a pesar de todo, insistió. Le parecía, al empujar con cuidado la pesada puerta y oír rechinar sus bisagras, que estaba invadiendo su intimidad una vez más. Pero ahora ya no tenía importancia... El estaba demasiado lejos como para percatarse de ello, demasiado lejos como para huir de su mirada amielada en esta ocasión.

Avanzó unos pasos, deslizándose con tanto sigilo que no pudo evitar sentirse ridícula, esquivando los muebles y objetos que encontraba en su camino. Apoyó las palmas sobre la hoja de madera que conducía al estudio, introduciéndose como una ladrona y observando maravillada lo que hasta entonces él se había guardado bien de esconder allí. Ahogó una exclamación cuando la luz de su linterna enfocó con mayor claridad la estancia...

La habitación se presentaba ante ella como un grandioso santuario de su propia persona, y se acercó más a aquellas esculturas, queriendo apreciar mejor los hermosos rasgos que exhibían. Podía reconocer en ellos sus labios, la relajada línea de su barbilla y el busto sobresaliendo indecentemente de la piedra. Incluso había logrado plasmar la expresión aterciopelada de sus ojos, la leve ondulación de su pelo que ahora se tornaba rígida, en aquella obra que la confundía...

-Shikai, soy yo... No tengas miedo... -pero ella misma se helaba al ver su rostro en aquella piedra.

El animal ladró repetidamente al bloque inmóvil que ella señalaba, como si pensara que de un momento a otro, aquella copia exacta de su ama, abandonaría la quietud de su estado para acompañarle a casa.

-Dios, Ichigo... -las dudas se agolpaban a su mente al observar la obra. Parecía haber sido esculpida con una devoción tan infinita que la asustó. Había tanta belleza en aquella imagen que pensó que aquella pétreas facciones no podían ser las suyas. Tocó aquella frialdad apenas, intentando convencerse de que no estaba soñando... Era real... Imaginó los dedos de él moldeando su cuerpo hasta la perfección para inmortalizarla en aquel cuarto que había sido su refugio. Imaginó sus ojos espiándola a ratos, tratando de retener en sus pupilas su figura hasta tener ya suficiente de ella, como para plasmar cada uno de sus sentimientos y dejar que permanecieran con callada quietud junto a él.

Buscó con la mirada a su alrededor, esperando que el resto de las esculturas, reproducciones casi exactas de ella misma, ofrecieran alguna explicación a lo que veía.

Pero no se movieron... ¡Qué tontería! ¿Cómo iban a hacerlo, si ella misma era incapaz de despegar los pies del suelo?

Fijó su mirada en el paquete de cigarrillos tirado en el suelo, a pocos centímetros de ella, y se agazapó sobre las rodillas para volver a aspirar aquel familiar aroma a tabaco, deteniéndose al descubrir los pedazos de la instantánea esparcidos alrededor de él.

Los recogió con lentitud, uniendo los fragmentos a la luz, y sintiendo que su corazón se rompía al observar el rostro infantil que la miraba inocente desde la fotografía. Justo en el lugar donde terminaba aquella fresca sonrisa, se adivinaba otra no menos atractiva, a pesar de la rabia con que había sido rasgada, como si con ello pudiera hacer que la realidad fuera otra. Rukia no necesitaba esforzarse por saber a quién pertenecían aquellos labios delgados, curvados ligeramente por la felicidad... Una profunda pena la invadió, adivinando y recreando en su mente la escena previa a la destrucción de aquel pequeño rastro de pasado... Podía ver a Ichigo enfurecer ante su propia desesperación, debatiéndose ante la necesidad de elegir... Lo que había amado, lo que le había sido arrebatado con tanta crueldad en el accidente... Y lo que quería amar, lo que le ofrecía la vida como una nueva oportunidad que él se esforzaba por rechazar, y que se materializaba ahora frente a ella convirtiendo todas sus buenas intenciones en frío y duro granito.

Abrazó a su perro, conmovida por su descubrimiento.

-Oh, Shikai... ¿Qué podemos hacer por él? Ayúdame a pensar algo, por favor...

Pero el animal se limitó a olisquear los pedazos de papel, ladrando de nuevo para reclamar de su ama que debían salir de allí.

Tenía razón. La intrusión en su casa era imperdonable, pero no se arrepentía de haberlo hecho. Por lo menos, gracias a ello, ya sabía cuál era el motivo por el que él la alejaba de su vida. Y se alegró de que este no tuviera nada que ver con cualquiera de las sospechas que la habían hecho llorar durante aquellos meses. El no despreciaba su cariño sin más... Sólo trataba de protegerla de algo que consideraba tan doloroso para él mismo, que se negaba a hacerla partícipe de aquel recuerdo.

El perro se impacientó, y ella cerró de nuevo con cuidado las puertas de su estudio y de la casa, tirando de las peludas orejas para evitar que hiciera ruido.

Era absurdo, puesto que no se oía más que el canto de los grillos en la noche. Pero de todos modos, temía que alguien pudiera espiar su paseo nocturno. No estaba bien lo que había hecho, pero pensó que valía la pena cargar con ello en su conciencia.

-Shikai, este será nuestro secreto, ¿quieres? Ichigo no debe saber nunca que hemos estado aquí...

El perro lamió su mano, como si con aquella caricia sellara el pacto de silencio que ella le proponía, y Rukia palmeó su cabeza agradecida. Aquel secreto la acompañaría hasta que él tuviera el valor de regresar, hasta que su sonrisa nerviosa volviera a saludarla desde la ventana. Quizá mucho tiempo después...

-Buen chico...

Continuará…

Nuevamente, ¿qué tal este otro capítulo? Ya ven que el pobre de Ichigo guarda un terrible pasado. Aunque falta revelar otros detalles más.

¿Comentarios? Hagan click en el enlace inferior. Como escritores/adaptadores, nos alimentamos, no de dinero, sino con reviews. Además, yo estoy tan flaca como Rukia. ewe

Por cierto, aquí les dejo un mini-adelanto para el capítulo 10:

-En realidad, he conocido a un hombre muy interesante en Tokio... Un escultor o algo así. Nos encontramos en una famosa galería de arte, y me abordó como si esperara de mí algún tipo de explicación... -escudriñó con disimulo su expresión, como si buscara en ella el anhelo que esperaba encontrar-. Me hizo algunas preguntas sobre ti, Rukia, y parecía muy interesado. Ya sabes, con quién sales y de qué manera lo haces...

-…

-Tal vez sólo estaba soñando despierta de nuevo. Sin embargo, era tan real que tuvo que apoyar la espalda contra la pared para no desmayarse. "Hola, Rukia."

Saludos, su amiga, Joey Kuchiki 9474.