Disclaimer: Para mi desgracia ni Bleach ni el IchiRuki me pertenecen, todo es obra de Kubo Tite. Tampoco esta historia es mía, el crédito es para la escritora estadounidense Ebony Clark. Lo único realmente mío, es la adaptación y el trabajo que hago al reajustarla a Bürichi.

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CORAZÓN DE PIEDRA

Capítulo 10: Ojalá…

El día de Acción de Gracias se presentaba como un acontecimiento ruidoso del que ella deseaba poder escapar. Veía cómo Rangiku se movía nerviosa de un lado a otro de la cocina, cortando, pelando, y tratando de apartar las manos de su marido del delicioso relleno que había preparado para el pavo.

-Por Dios, Gin, deja de molestar... ¿Por qué no ayudas a Momo a terminar de adornar el árbol? Acabará por lesionarse la otra pierna subida en ese maldito taburete...

La niña escuchaba sus quejas desde el salón, y se presentó ante su madre con el rostro descompuesto por la indignación.

-Mamá... No me haré daño. ¡Siempre tienes que andar vigilándome todo el rato! -se abrazó a Rukia, buscando algo de apoyo en ella. Pero la mirada severa de Rangiku hizo que se retractara de su inicial intención, y corrió tras su padre para huir de la regañina que había visto en aquella expresión.

Su amiga la apuntó con una de las zanahorias que estaba a punto de pelar, y Rukia levantó los brazos, como se tratara de un arma peligrosísima que se dispararía de un momento a otro.

-¿Y tú? ¿Piensas quedarte ahí mirándome todo el día?

La joven se encogió de hombros, observando de reojo al pavo de mirada lastimosa que se agitaba desesperado dentro de la jaula.

Aquella familia había alargado el momento de la ejecución durante toda la mañana, y Rukia se preguntó extrañada si estarían esperando a que fuera ella quien asestara el fatídico golpe mortal al indefenso animal. Pero apartó la desagradable idea de su mente antes de que la visión de toda la sangre que imaginaba, la mareara.

Rangiku puso el enorme y afilado machete sobre sus manos, y desvió la vista hacia el condenado a muerte, luchando por disimular la diversión que le producía aquella escena.

Rukia la miró horrorizada, y volvió a fijar su mirada en la cena de navidad que luchaba por conservar la vida, suplicando con sus agudos chillidos el indulto.

-Vamos, Kia... No irás a decirme que no tienes agallas...

-¿Agallas? -repitió asombrada. Su amiga no había sido cruel en su vida. No sabía si era por el cuchillo o por la expresión diabólica de sus ojos, pero tenía la impresión de que le estaba proponiendo que cometiera a sangre fría aquel asesinato-. Lo que no tengo es corazón, Ran-Chan... Debes estar bromeando...

Las carcajadas a su espalda le dijeron que era así, y observó más tranquila como Momo abrazaba al pavo y lo liberaba para llevárselo al jardín.

Rangiku sacó del frigorífico la carne envuelta en papel de conservar, y se la mostró orgullosa, palmeando su hombro con cariño.

-Al final, decidimos comprar el pavo en el mercado... Bien muerto, como puedes ver. Momo se encariñó tanto con ese bicho que no hemos sido capaces de sacrificarlo.

-Pero querías que yo lo hiciera... -bromeó, lamiendo con el dedo los restos de la cuchara con la que su amiga acababa de rellenar la pieza.

-Bueno, sabía que en último momento le perdonarías la vida...

Gin abrazó a su esposa por sorpresa, y la mujer respondió a su abrazo rodeando sus robustas manos sobre su cintura.

-Rukia creía que nos habíamos convertido en una familia de psicópatas de repente, Gin.

El la obligó a unirse a ellos, revolviéndole el cabello con sus gruesos dedos.

-¿De veras? Espera a probar la tarta de queso. Lucrecia Borgia era una aficionada en esto, créeme...

Su mujer le retorció la nariz hasta hacer que se disculpara, y en ese momento, el sonido del timbre desbarató la graciosa escena navideña.

Gin corrió a abrir la puerta, y regresó a los pocos segundos con ellas, sonriendo abiertamente y tratando de ocultar al hombre tras la puerta de la cocina.

-Ho, ho, ho... Paz y Feliz Navidad a las gentes de buena voluntad -Shiba Kaien tiró del elástico de su barba postiza y agitó entre risas su gorro encarnado, besándola en la mejilla con solemnidad-. ¿Has sido buena, Rukia?

Ella se abrazó a su cuello, feliz porque hubiera decidido aceptar la invitación de sus amigos para pasar la Navidad. Rukia sabía que aquellas fechas debían ser las peores para él, y que quizá echara aún más de menos a su fallecida esposa. No pudo evitar dedicar también un ruego silencioso por Ichigo, y porque lograra superar el dolor con el que las fiestas revivirían el recuerdo de su hijo.

-Kaien... ¿Has engordado, o es parte de este ridículo disfraz? -palpó la prominente cintura, y él sacó de su chaqueta roja la almohadilla para lanzársela a la cara-. ¡Embustero! Rangiku me dijo que no creía que pudieses venir...

-He cerrado la tienda... Sólo durante las Navidades -explicó, mientras servía el vino que acababa de extraer de su bolsa de viaje-. No quería quedarme allí...

Rukia se apresuró a cambiar de tema. Intuía que estaba empezando a entristecerse, y no quería que eso ocurriera.

-Me alegro de que estés aquí, de todos modos. ¿Por qué no me acompañas al salón y preparamos la mesa? -le hizo un guiño para que advirtiera la forma en que la pareja se miraba con complicidad, y él sonrió, siguiéndola al momento.

Distribuyó los elegantes cubiertos sobre el mantel drapeado que Rangiku había elegido para la ocasión, y sus manos se rozaron al pelearse por colocar el último cuchillo. Sus ojos se encontraron en la distancia, y Rukia quiso pensar que no había en ellos otro sentimiento que no fuera de amistad.

-Rukia... He pensado mucho en ti durante estos meses -confesó, mientras desdoblaba distraído las puntas de tela que asomaban por las esquinas de la mesa-. Oh, no te asustes... No en ti y en mí, no en nosotros dos, quiero decir...

La joven de ojos violetas le miró confundida y él la tranquilizó con su risa.

-En realidad, he conocido a un hombre muy interesante en Tokio... Un escultor o algo así. Nos encontramos en una famosa galería de arte, y me abordó como si esperara de mí algún tipo de explicación... -escudriñó con disimulo su expresión, como si buscara en ella el anhelo que esperaba encontrar-. Me hizo algunas preguntas sobre ti, y parecía muy interesado. Ya sabes, con quién sales y de qué manera lo haces...

Shiba Kaien exageraba a propósito la conversación que había mantenido con él, pero creyó que aquella chica menuda necesitaba un ligero empujoncito para despertar de su letargo, y quería proporcionárselo.

-¿Ah, sí? -aparentó desinterés por sus palabras, pero lo cierto es que la curiosidad la estaba matando-. No sé de quién puede tratarse...

-Un tal Kurosaki Ichigo. Al parecer, daba clases de pintura o no sé qué cosa en una escuela de Karakura...

Rukia intentó que el temblor de sus manos no la delatara al escucharle, y las ocultó a su espalda para fingir que aquel nombre le sonaba con vaguedad.

-Oh, Ichigo... Sí, fuimos juntos a la escuela cuando éramos niños... Regresó para pasar el verano en la casa de sus padres, creo...

-¿Crees? -la pregunta quedó en el aire sin respuesta, ya que la pequeña Momo irrumpió en el salón persiguiendo como loca a su nueva mascota el pavo, y Rukia se alegró de su presencia, y de que no hubieran decidido meter en el horno a aquel animal.

Kaien se unió a los juegos de la niña, y ella aprovechó la ocasión para escapar a la cocina, mientras el corazón le latía apresurado en el pecho.

Ichigo... Sintió que no podía despegar los labios para pronunciar su nombre. Había esperado tanto tener noticias de él... Era absurdo que se sintiera casi culpable por pasar unos momentos agradables. En realidad, no había nada entre ellos. Un par de paseos a la luz de la luna, un intento de aproximación frustrado... Y sin embargo, no podía dejar de pensar en las palabras de Kaien. "Muy interesado...". ¿Interesado en qué? No era como si dos viejos amigos de la infancia se enviaran saludos. Ella le amaba, y él no era tan tonto como para no darse cuenta. Pero no estaba dispuesto a aceptarlo, quizá no deseaba compartirlo. Tal vez los acontecimientos pasados habían sembrado en él una seria duda acerca de lo que se puede esperar de una persona cuando dice que te ama. En algún momento de su matrimonio, él debía haber amado a su esposa Riruka, y sin embargo, ella le había hecho perder toda ilusión, toda confianza en ese sentimiento. Sus deducciones eran demasiado precipitadas, y quiso detenerlas antes de que lograran estropear la felicidad de aquella celebración.

Mucho más tarde, mientras compartían el delicioso pavo que Rangiku había preparado para la ocasión, notó la mirada insistente de Kaien sobre su rostro. Sin duda, debía estar preguntándose qué tipo de relación podía existir entre una mujer sencilla como ella, y el hombre admirado y brillante que había conocido en aquella galería. Ella tampoco tenía la respuesta, así que eludió su mirada, y se limitó a devorar con apetito su comida.

-¿A qué no adivináis con quién tropecé en Tokio? -Kaien había dirigido la pregunta a Rangiku y su marido Gin, pero Rukia sabía que en realidad la había formulado para ella, y no pudo evitar chasquear la lengua con fastidio-. Ese tipo... ¿Cómo se llama, Rukia? El escultor del que te hablé...

La joven golpeó su tobillo con disimulo por debajo de la mesa, provocando que él sonriera ante su evidente deseo de zanjar aquella conversación.

-Ah, ya recuerdo: Kurosaki Ichigo -dijo con satisfacción, vigilando la expresión de su cara al hacerlo-. Parece un buen hombre... Aunque debo decir que me sorprendió que se dirigiera a mí entonces. Yo no había hablado con él una sola vez antes, y sin embargo, se detuvo para saludarme... Bueno, lo cierto, es que quería que enviara sus saludos a Rukia...

-Por favor, Kaien -estalló ella, derramando el contenido de su copa a causa del nerviosismo. Podía leer la velada acusación en los ojos de su amiga, y no deseaba que comenzara a regañarla de nuevo-. Estás liándolo todo deliberadamente. Apenas conozco a ese hombre. Sólo coincidimos en un par de ocasiones durante el verano, y teniendo en cuenta que su casa está junto a la mía, eso no tiene nada de extraño, ¿no? Supongo que es normal en dos personas que han sido vecinas...

-Claro que no, cariño -intervino Gin, sorprendido por la vehemencia con la que la chica se defendía-. Kaien no ha querido insinuar que haya nada de anormal en ello. Sólo estaba comentándolo, ¿no es cierto?

El hombre se encogió de hombros, llenando de nuevo la copa de la joven y brindando con ella, como si quisiera disculparse así por su indiscreción. Rukia aceptó a regañadientes. No podía enfadarse con él aunque quisiera. Y aquella era una noche demasiado especial como para hacer una escena.

-De cualquier modo, casi me alegro de que ya no viva por aquí -continuó, ante la sorpresa de la mujer, quien daba ya por terminado aquel asunto-. Oí algunos rumores bastante desagradables sobre él. Ya me entienden, en esa clase de fiestas, la gente suele estar más entretenida en despellejar la vida personal del anfitrión que en valorar su obra. Por cierto, que me pareció bastante buena, aunque un poco agresiva para mi gusto...

Gin descorchó otra botella de vino, y el sonido del tapón al salir disparado la sobresaltó.

-¿Qué quieres decir con agresiva, Kaien? -inquirió el hombre con curiosidad-. No comprendo a los artistas, de veras. Lo que a la gente normal nos parece vacío, incluso incomprensible, ellos lo califican como vanguardista. Una vez vi a un tipo que exponía envases vacíos de refrescos, y le pregunté que qué significado tenía para él una lata oxidada con las pegatinas descoloridas. ¿Sabes lo que me contestó? Que lo interesante de su obra no estaba en lo que se podía ver, sino en lo que se deducía de ello. Al parecer, existe una relación que los demás desconocemos, entre el aspecto que las latas adquieren al arrugarse y la personalidad de su consumidor. Para volverse loco, vamos...

Rukia sonrió ante el divertido comentario de su amigo. No sabía qué clase de relación podía existir entre lo que había relatado, pero estaba segura de que sí había alguna en la manera cuidadosa con que Ichigo había recreado su rostro en la piedra. Podía tratarse sólo de una forma de darle las gracias por su amistad, una forma de rendirle humilde homenaje a su amor antes de decirle adiós. Fuera lo que fuera, seguía inquietándola, y apuró de un trago su copa para olvidarlo.

Las horas pasaron con rapidez, amenizadas por el canto desentonado de sus amigos y los ladridos de su perro, que parecía querer unirse al desafinado coro tras desistir de su afán por atrapar al escurridizo pavo. Momo la regañó a causa de ello, y Rukia tuvo que prometerle que vigilaría a Shikai cuando ella se fuera a la cama. A juzgar por los ronquidos de la niña desde el sofá del salón, esta no debía fiarse demasiado de su promesa. Rezó porque Shikai no insistiera en hacer del pavo uno de los trofeos que solía enterrar en su jardín, ya que no sabría como explicárselo a la jovencita que dormía ahora plácidamente junto a ellos. Su perro era más bien cobarde, pero el ajetreo y la alegría de aquella noche parecían hacer que se envalentonara, desatando incluso en él su faceta más artística.

-¡Kia, ven a cantar con nosotros! Fíjate, hasta tu perro ha demostrado tener ciertas dotes para la canción -gritó Rangiku, aporreando el piano con más fuerza.

-Seguro que sí. Espero que se le pase antes de llegar a casa -contestó a su invitación en tono de broma-. No quiero ni pensar en tener que escucharle interpretar "Santa Claus is coming to town" durante el resto de la noche...

-Venga, Rukia, no seas aguafiestas... -Kaien la atrajo hacia sí y la obligó a bailar con él, haciendo caso omiso de sus negativas. Rangiku y Gin les empujaron hacia la puerta, abriéndola y señalando con sus pícaras miradas el muérdago que colgaba del farolillo.

Kaien acercó su rostro al suyo, deteniéndose unos segundos para esperar que ella diera su aprobación. Rukia se sintió tan desgraciada en esos instantes, que quiso que lo ocurrido en los meses anteriores desapareciera como por arte de magia. Aquel hombre era encantador, tan considerado y amable incluso para solicitar un casto beso, y ella anhelaba tanto que alguien la necesitara, que no pudo negarle al menos eso.

Fue un beso fugaz. Pero tan tierno y sincero, que Rukia sintió que le estaba traicionando al pensar que era otro hombre quien tomaba sus labios en ese momento. Había cerrado los ojos, imaginando que era Ichigo quien le felicitaba de aquel modo tradicional la Navidad. Pero no se trataba de él, y los abrió de inmediato, furiosa consigo misma por no poder apartarle de su mente.

-Espero que Santa Claus deje en tu calcetín esta noche toda la felicidad que mereces, Rukia -susurró Kaien junto a su oído, y ella supo que el hombre había adivinado su deseo para aquel año, y que este no le incluía a él.

-Oh, Kaien... Desearía mirarte y ver en ti algo que no fuera el buen amigo que veo...

La otra pareja se besaba ahora apasionadamente en el lugar que ellos acababan de ocupar, y la pelinegra les envidió en silencio.

-No debes sentirte mal por ello -la tranquilizó, mientras acariciaba su mejilla en un gesto afectuoso-. Para mí sería ofensivo que fingieras algo que no existe, créeme. Me conformaré con esto por el momento.

-Gracias, Kaien.

-¿Gracias? ¿Por qué? -él le rodeó los hombros con su brazo, transmitiéndole todo el calor de su cariño y ella sonrió-. He de reconocer que al principio me negaba a sentir por ti otra cosa que no fuera el más puro afecto. Era como estuviera traicionando a Miyako al pensar lo contrario. Pero es imposible conocerte y no quererte, Rukia. Y si ese hombre es tan estúpido como para no aprovechar su buena suerte, peor para él. Yo sabré ser paciente si eso sucede, te lo prometo.

-Kaien, yo...

El puso su dedo índice sobre los labios femeninos, indicándole que guardara silencio.

-No digas nada, Kia. Dejemos que el tiempo nos diga lo que podemos esperar el uno del otro, ¿quieres?

La joven asintió, deseando poder corresponder al amor que leía en la mirada de su amigo. Era inútil que permitiera que siguiera haciéndose ilusiones con respecto a ella, pero no quería ser tan clara. No quería herir sus sentimientos. Como bien había dicho él, el tiempo se encargaría de definir las cosas.

Intentó no darle más vueltas y unos minutos después, se despidió de todos para volver a casa. Shikai ladraba más de lo habitual, y Rukia le regañó con la mirada al llegar a la puerta. Estaba bastante oscuro, quizá fuera la excitación de la fiesta lo que hacía que moviera su rabo con inquietud, pero Rukia intuía que no era así, y que quería decirle algo con su alocada manera de ladrar.

-¡Quieto, Shikai! -buscó las llaves en su bolso, tratando de retenerle junto a sus piernas-. No seas terco... He dicho, ¡quieto!

Un leve movimiento a su espalda hizo que se girara para averiguar qué ponía tan nervioso a su fiel compañero. El descubrimiento fue tan agradable como turbador, y Rukia sospechó que el vino había comenzado a hacer efecto en su cerebro. Las palabras de reproche hacia el animal se helaron en sus labios al ver el rostro que la observaba impasible a sólo unos centímetros. No podía ser... Tal vez sólo estaba soñando despierta de nuevo. Sin embargo, era tan real que tuvo que apoyar la espalda contra la pared para no desmayarse.

-Hola, Rukia.

Continuará…

Buenas tardes, desde una pequeña ciudad de Centroamérica.

Sé que ha pasado muuuuuuucho tiempo desde que actualicé esta historia, pero estoy tratando de retomar los escritos que tengo en FF. Al menos -y de momento- quiero terminar esta adaptación.

Quisiera extenderme más, pero deseo dejarlos leer bien este capítulo.

Muchas gracias porque incluso después de tan largo período de ausencia, siguen agregando ésta y otras de mis historias a sus Alertas y Favoritos.

Y bueno, aquí les dejo un mini-adelanto para el capítulo 11:

-Puedes pensarlo, Ichigo. Seguiré aquí mañana... -se mordió los labios, acallando las protestas de su conciencia por la mentira que iba a decirle. Sabía que no estaba bien, pero su fin justificaba con creces los medios, y siguió hablando-. Por cierto, creo que debes saber que, aunque te quiera durante el resto de mi vida, es mucho tiempo para pasarlo en soledad. Shiba Kaien está enamorado de mí, y pienso darle una oportunidad si decides que lo nuestro no merece la pena...

El hombre se levantó de un salto, enfrentando su mirada con dureza, como si quisiera averiguar si se trataba de una broma o sería capaz de llevar a cabo aquella absurda idea.

-Tú... Tú no le amas...

-¿De veras? Lo siento, amor mío, pero te toca mover. Y te recuerdo que la vida de tres personas, incluyendo la tuya, está en juego. Así que procura no equivocarte. Buenas noches, Ichigo y... Feliz Navidad.

Saludos, su amiga, Joey Kuchiki 9474.