Doce días
– Debería advertirle a Ishida que acaba de hacer un trato con el diablo. –
Mimi miró a su hermano y le hizo burla. ¿Qué sabía él? Además, ella seguía molesta por la "sorpresa". No esperaba que él volviera. No justo en vísperas del aniversario de su separación. Era cruel de su parte. O eso era lo que ella pensaba por lo menos. Cómo si no le hubiese costado olvidarlo. Que Yamato viniera solo le haría mal, su madre siempre había dicho: "para sanar una herida hay que dejar de tocarla", pero al parecer su lindo hermanito nunca había escuchado lo que su madre decía. O quizás no utilizaba bien su cerebro para descifrar lo que realmente quería decir.
– ¿Así que tú lo invitaste? –
– Es uno de mis amigos, llevaba tiempo sin verlo. Lo mismo con TK y Tai, son mis amigos y yo los invite, no sé porque te molesta. Solo es para pasar mi cumpleaños y navidad juntos. – Respondió de una forma tan natural y convincente que Mimi casi se lo creyó. Casi.
–Tú lo llamaste para que viniera. Revisé tu móvil.
– Psicópata. – Musitó Susuke antes de quitarle su celular. – No tienes por qué meterte en mis cosas. – Lo guardó y la miró algo molesto. – Él iba a venir de todas formas, el problema es que no sabía dónde estabas. La última vez que habló contigo aun vivíamos con papá y mamá, así que Takeru me había pedido que lo llamara y… ya sabes, le explicara donde vivíamos y como llegar. Eso es todo. Yo no le pedí que viniera, ya sabía que vendría, yo solo le estoy haciendo su estadía más cómoda ofreciéndole nuestra casa. Ahora, si ya no tienes nada más que alegar, ¿podrías dejarme ir al jardín? Los chicos me esperan para una barbacoa. –
Él simplemente se fue. Quizás se había molestado en serio. El día cada vez empeoraba más, por lo menos desde su punto de vista. Se asomó a una de las ventanas y espió hacia el patio por entre las cortinas. Takeru, Taichi y su hermano estaban preparando la carne y bebiendo cerveza. Pero, ¿dónde estaba Yamato?
– Espiar no es bonito.
– No estaba espiando, estaba vigilando. – Cerró la cortina y se dio vuelta para encontrarse a Koushiro con un delantal blanco, él también sería parte del "club de Toby", bueno mejor dicho: club de Susuke
- Si buscas a tu novio, está arriba.
- No es mi n… - pero Koushiro ya no escuchaba, estaba sentado con los chicos abriendo una cerveza. O ella era lenta reaccionando o él era muy rápido. No le prestó tiempo a deducir que tan lenta era y simplemente sacó una naranja, tenía hambre. Debía reconocerlo, era una maldita hambrienta. A veces se ponía a pensar si no era una extraña hermana gemela perdida de Takeru, luego recapacitaba y se daba cuenta que entre los dos esa era la única similitud. A diferencia de TK ella no era dulce ni risueña, quizás antes sí, pero de eso ya había sido tiempo atrás. Cuando era aún una adolescente, pequeña e inocente. Sus padres siempre la habían mantenida encerrada en un mundo perfecto, ella siempre había creído que todos tenían la misma suerte que ella, pero luego supo que no. Hasta ese día llego su extrema inocencia, hasta ese día llegó su fe por la humanidad.
– ¿Por qué no estás con los chicos? – Esa voz, ese acento, esa manera de pronunciar cada palabra. Sabía perfectamente quién era pero aun decidió mirar, para verificar.
– Se ven entretenidos, dudo mucho que quieran mi compañía. – Lanzó a un tarro de basura la cascara de la naranja y lo miró. – ¿Y tú? Deberías estar con ellos, después de todo es una barbacoa en celebración de que llegaste. –
Él no le tomo gran importancia a sus palabras, menos aún a la mirada despectiva que ella le regalaba. Se acercó lo suficiente a ella como para poder hablar en susurros y que solo ambos oyeran. Sintió como los músculos del cuerpo de Mimi se tensaban y sus ojos miraban en cualquier dirección con tal de no hacer contacto con él.
– ¿Me acompañas? –
– ¿Qué te hace pensar que quiero tu compañía? – Y otra vez una mueca fría e insensible se formaba en aquel bello rostro causando ese dolor agudo en su pecho.
– No te gusta estar sola. – Respondió seguro, no le haría notar a ella que esa mirada, esa expresión le destrozaba interiormente.
– Las personas cambian Ishida. –
– Pero no tan rápido, solo pasó un año. –
– En un año pueden ocurrir muchas cosas. – Lo miró por última vez y salió orgullosa de la cabeza, la vista en frente sin voltear ni una sola vez.
– Seguro que eres idiota. – Yamato giró la cabeza y se encontró a Susuke apoyado en la ventana que daba de la cocina al patio. – Tienes solo doce días para conquistarla y dejas que se te escape. – Negó con la cabeza para luego clavar aquellos dos ojos color miel en su mirada. – Ishida, será difícil recuperarla.
– Si la pude enamorar una vez, lo podré hacer de nuevo ¿no? –
– La primera vez que ella se enamoró de ti tenía quince años, era pequeña y nunca había hablado con otro hombre que no fuésemos Kou, papá o yo. Pero ella ya tiene veintidós, es una mujer, y no solo una mujer, es una mujer con mucho rencor y orgullo. – Miró a sus amigos que lo llamaban para servir la comida. – Ve tras ella, recuerda que ahora solo tienes doce días, estás contra el tiempo.
Quizás el mayor de los Tachikawa tenía razón. Ella ya no era una adolescente experimentando su primer amor. Ella ahora era una mujer, una mujer que podría tener al hombre que quisiera con solo tronar los dedos. Dejó escapar el aire y caminó en la misma dirección que ella había salido minutos atrás hasta llegar a lo que parecía ser el jardín delantero. Era amplio, muchas flores y prados, con una gran fuente en medio. En frente de la mansión crecía un bosque de abedules aun naranjo por el paso del otoño, era un lugar bastante alejado de todo. Y entre medio de los marchitados arboles vio la sombra del vestido blanco. Su Mimi seguro que andaba paseando por allí, siempre amó la naturaleza.
– ¿Me estas siguiendo? – Se giró exasperada, ya no tenía esa expresión de chica seria e insensible, volvía a tener ese rostro sereno y agradable. – Ishida quiero tiempo a solas. –
– Hace frío para que andes afuera así. – Yamato le señaló el delgado vestido y sus pies descalzos. Aun no podía creer que no se hubiese clavado nada siendo que el suelo del bosque estaba lleno de porquería.
Mimi lo miró por última vez advirtiéndole que no la siguiera y comenzó a caminar para adentrarse en el bosque y no estar cerca de él, o eso era lo que el joven pensaba. Pero la joven no pudo llegar muy lejos, a menos de cinco metros había pisado una piedra y había caído con el tobillo torcido. De acuerdo, ese sí que debía ser un pésimo – deplorable – día.
Sin pensarlo Yamato se acercó y tomo su pie entre sus manos para revisar alguna herida o si se había raspado contra el suelo pero estaba intacto, excepto por el hecho de que ahora seguramente no podría caminar normal por la inflamación que llegaría en unos minutos.
– Deberías tener cuidado. –
– La piedra se me cruzó. – Se excusó con voz de niña mimada y dolida. Yamato la tomó de las piernas e hizo que subiera a su espalda, ella quería resistirse pero le dolía demasiado como para concentrarse en molestar aún más a Matt.
Llegaron en unos minutos a su habitación, no la había bajado ni siquiera para subir las escaleras pero al ver la cama ella casi saltó sobre ella, quería alejarse de él lo más rápido posible.
– Gracias. – Susurró bajo, como avergonzada de lo que decía. Él sonrió y se fue, pero antes de salir volteó para verla sentada en la cama con ese rostro de niña pequeña. Ella aún conservaba a esa cría dentro de sí, pero muy enterrada en el fondo. Y él se aseguraría de sacar nuevamente su espíritu de niñez.
12 de diciembre 2010.
– ¿Dónde está Mimi? – preguntó Takeru mientras comía un tarro de fruta en conserva a cucharadas.
No había visto a su amiga desde la mañana anterior y ella no había querido participar de la barbacoa, o eso había dicho Koushiro. Le preocupaba, quizás estaba mal. Quizás no quería su visita. Aunque era sencillo comprenderla, encontrarte con tu ex no es nada agradable.
– Debe estar durmiendo. – La excusó su hermano mientras servía algo de café.
– ¿Hasta tan tarde? Son solo las doce y treinta, ya vamos casi a almorzar. – Comentó Tai desde el fondo de la habitación, no había hablado mucho pero estaba al tanto de la conversación.
– No durmió bien anoche, algo la mantuvo inquieta. – Y ese "algo" tenía nombre, un nombre que todos sabían pero nadie quería decir. Él no se encontraba en la habitación, al parecer aún no se había levantado tampoco. ¡Par de flojos!
"¿Quién será ese chico? La verdad no me interesa mucho su nombre, solo quiero volver a ver sus grandes y hermosos ojos, no quiero separarme nunca más de sus brazos…"
Que tonta había sido. Sus palabras habían sido ridículas, completamente absurdas. Pero era solo una niña probando el enamoramiento. Lástima que nunca más volvió a vivir esa sensación. O quizás debería agradecerlo. Llevaba dos horas o más, ya había perdido la noción del tiempo, leyendo su antiguo diario personal. Allí había escrito toda su vida desde que tenía doce años hasta que cumplió diecisiete y decidió abandonarlo, pues pensó que era estúpido e infantil seguir haciéndolo, pero hacía unos meses atrás había retomado la labor de escribir cada sentimiento y pensamiento que pasaba por su mente, por más fugaz en insensato que fuese. Lo último que tenía escrito era de la noche anterior. "Mi hermano es un idiota". Tenía tanto sentimiento, era algo tan profundo. Rió sarcástica y dejó el cuaderno forrado en cuero bajo la cama, simulando ser un libro olvidado, viejo.
– ¿Mimi? – Y ahí estaba el idiota causante de su inquietud e infortunio. Entró en la habitación y sacudió un poco su cabello antes de sentarse a lado de su pequeña. - ¿Te sientes bien? –
– No. – No tenía ni las más mínimas ganas de concentrarse y crear una buena mentira convincente y hacerle creer a toda su familia que detrás de su sonrisa no había nada más que pura felicidad. No solía decir cuando estaba herida o sentía algún sentimiento negativo, era de esas cosas que prefería guardar para escribirlas en su cuaderno, por lo menos sabía que aquel objeto inerte nunca la regañaría.
A pesar de la honestidad y el hecho de que la dulce Mimi nunca estaba mal – o nunca lo reconocía por lo menos – Susuke no se sorprendió. Sabía que esto ocurriría. Todo era demasiado predecible.
- ¡Yagami, aquí!
El juego de los chicos era aburrido. Un juego de básquetbol no era lo mismo con tan pocos jugadores y sin una cancha real, grande y con un buen piso. Rodó lo ojos y salió de la habitación, saldría un rato, daría una vuelta por el pueblito, compraría ropa, calzado, quizás algo para comer; la idea era mantener su mente ocupada en algo que no fuese Yamato y el tonto trato que le había ofrecido. Subió a su mini Cooper negro, la primera posesión suya y solo suya. Lo había comprado con el dinero que había ganado trabajando en un campamento aquel verano, su primer trabajo. Su auto era una de las pocas cosas por las cuales se sentía orgullosa.
Llegar al centro urbano del pueblo no le tomaba más de diez minutos, eso era una ventaja. Realmente odiaba los viajes largos en auto, generalmente la mareaban.
Era extraño llegar y ver todo listo para recibir la navidad, lucecitas de colores, escarcha, adornos, hombres disfrazados de Santa Claus fuera de las tiendas. No se había percatado que quedaba tan poco tiempo antes de las festividades, se le habían olvidado por completo. Y ya que estaba allí compraría los regalos para su familia y amigos, no le gustaba mucho bajar al pueblo. Era un lugar de poca población donde todos se conocían, en especial a ella, una de las hijas del hombre más rico de la región y casi uno de los más ricos de Japón. A Mimi se le podría llamar un rostro reconocido en la sociedad, otra de las tantas cosas que odiaba…
Por fin había encontrado el regalo perfecto para su hermano, para Kou, TK y Tai, los de Midori, Miya y las gemelas los compraría luego. Ahora lo que debía buscar era algo para Yamato, mierda, quizás esto de comprar cosas no fue la mejor de la ideas.
La mansión estaba vacía y la verdad Yamato tenía algo de miedo. Era una casa grande y apartada además de que una tormenta se avecinaba. Estaba sentado en la cocina maldiciendo a sus "amigos" mentalmente. Solo ellos eran capaces de gastarle una broma así. ¡Se habían ido a Kioto! Y no solo se habían ido sin decirle, también le habían dado la semana libre a los empleados. Así que ahora él estaría viviendo solo en una mansión comiendo sándwiches, debería haber tomado las clases de cocina que su papá le había sugerido.
Un ruido en la puerta de entrada llamó su atención y luego el sonido de algo chocando contra el suelo, como si hubiesen lanzado una caja, algo pesado. Tuvo miedo. No era que no supiera defenderse, pero si era una asaltante seguro que no andaba solo y por mucho que quisiera presumir, Yamato debía reconocer que él no podría con más de un hombre.
Salió silencioso de la cocina y miró hacia el gran recibidor, por debajo de las escaleras. Y vio a aquella mujer que tanto amaba. Al parecer Mimi tampoco se había ido. Quizás debería dejar de maldecir a los chicos y darle las gracias en cambio. Ahora por fin comprendía porque su tan repentino viaje a Kioto. Querían dejarlos solos, Mimi y Yamato, para que nadie los interrumpieran en su reconciliación. Era definitivo, Matt amaba a los chicos.
Cuando estaba por acercarse a ella, para saludarla o explicarle su nueva situación, un ruido estruendoso se escuchó, como un trueno. Sí, había tormenta. Aunque era compresible pues estaban en pleno invierno y en una zona donde era bastante común esa clase de fenómeno climático. Pero el trueno no fue todo lo que llamó su atención, sino que fue la reacción de Mimi ante el ruido. Se tapó los oídos y se arrodilló en el suelo ocultando su cabeza. Estaba llorando. Acaso, ¿le temía a los truenos? Y otro trueno reinó en la habitación haciendo que sus sollozos aumentaran. Cada sonido proveniente de su garganta le desgarraba por el interior. Él sufría diez veces lo que ella, pues ver a la mujer que amas llorar es una imagen nada recomendable.
Yamato la abrazó durante toda la noche y velo por su sueño. La vio dormir, la observó hacer muecas en sus sueños. Acarició su espalda, jugó con su cabello. Hizo todas las cosas que había deseado hacer durante todo el tiempo que estuvo alejado. Solo una cosa no pudo hacer y esa era robarle un beso. La idea había pasado por su cabeza, solo quería un roce de labios, no necesitaba más de cinco segundos. Pero aprovecharse de ella mientras dormía de esa forma no era algo que un caballero como él haría, aunque fuese algo tan inocente como un beso. Luego de horas dándole vuelta al asunto y haber contemplado a la belleza a su lado se durmió abrazado a la mujer con la que tendría que convivir los próximos siete días.
Esa sería la mejor semana de su vida. De eso estaba seguro.
