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And since there's no one else around
we let our hair grow long
and forget all we used to know
Then our skin gets thicker
from living out in the snow.
(Neighborhood 1, Arcade Fire)
…
Una ráfaga arremolinó la nieve en el patio. Kallian retrocedió un paso. El viento le arrancó un escalofrío, pero estaba más preocupada por mantener su carga de lienzos y pieles, prolijamente doblados, en el orden perfecto con que le habían sido entregada. Estiró el cuello para otear por encima del borde. Su lengua asomó entre los dientes como signo de la concentración empleada en llevar a buen fin su misión. Parada en el peldaño más alto de la escalinata, inhaló muy despacio, aguardando al tiempo que procuraba reunir valor, justo como había hecho ya infinidad de ocasiones desde que su madre la apremiara a salir de la elfería.
Echaba de menos los atardeceres en lo alto del vhenadahl, la sensación de relevancia cuando alcanzaba la rama gruesa que servía de mirador, el viento frío ululando entre las hojas como una canción de libertad. Allí abajo, en medio de las opresivas paredes de granito y los penetrantes olores, no era sino una elfa flaca y pecosa que por lo general la gente ni siquiera notaba; un hecho que Kallian no sabía si urgía en ella las ganas de llorar o de suspirar aliviada.
Se animó a bajar un par de peldaños y para combatir los aguijonazos de frustración y desconsuelo hubo de recordarse, entre tanto, la promesa acerca de comportarse debidamente. Después de todo, la mejoría se notaba en el reducido número de sermones recibidos de parte de Valendrian y la matizada hostilidad en los ojos de la hermana de la Capilla. Kallian ya no pasaba mucho tiempo en compañía de Shianni y Soris, salvo las madrugadas de entrenamiento, el rato antes de dormir o si mamá le permitía quedarse por algún motivo. Los juegos se habían reducido al mínimo, aquello era tristemente cierto, pero los días cerca de su madre pagaban muy bien por las nuevas privaciones.
Kallian se mentalizó para su más reciente trayecto y repasó a media voz cada uno de los sitios que tendría que atravesar, dispuesta a seguir religiosamente el plan trazado y repasado con anterioridad incontables veces.
El palacio real era una mole gigantesca de piedra. Visto desde el suelo, desarmaba a Kallian mediante un torrente de angustia y curiosidad cuya discordancia aumentaba su consternación. Molesta consigo misma y sus temores, más de una vez reflexionó sobre la obligada negativa que debía dar a una promesa de aventura semejante. Aquella era una invitación a explorar la formidable serie de edificios que ella no podía aceptar.
Si tan solo no estuviera plagado de personas desconocidas, se extraviaría días enteros en aquellos pasillos retorcidos donde las escaleras descendían a una fría y misteriosa oscuridad o ascendían a torres infinitas que parecían acariciar las nubes; donde las puertas viejas y pesadas gemían sobre los goznes sin que ella se atreviera a franquear o siquiera asomar la cabeza un poquito y descubrir las maravillas ocultas a sus ojos. No habría sido sensato, tenía a bien recordarle la voz del hahren cada vez que el interés le carcomía un poco más el cerebro, hasta casi vencer sus propios temores. Podría provocarle problemas a su madre. De modo que Kallian domaba sus inquietudes y renunciaba a todos estos misterios, dejándoselos a alguien cuyas obligaciones no le impidieran adentrar en salas inmensas y escalar hasta los altísimos tejados.
Kallian no estaba en posición de aspirar a aquella o ninguna otra hazaña. Valendrian diría que era más sensato mimetizarse y demostrar cierta resignación como síntoma de madurez. Se forzó a recordarlo, reacomodó su carga, dispuesta a concluir de una vez ante la apacibilidad del viento.
Luego de un breve ritual de preparación, inició su avance a través del patio. Por fortuna, y tal vez favor de su madre, el camino desde los lavaderos había ocurrido en silencio y una calma absoluta. Adaia se preocupaba por otorgarle tareas cuya dificultad aumentara gradualmente, según el progreso de sus pueriles terrores. Kallian sabía que no había ni una pizca de sentido en vivir aterrorizada de esa forma y que no podría amparar su bienestar bajo la ayuda de mamá para siempre.
«Valor, tonta, valor.»
Una vez alcanzara el otro lado podría respirar aliviada. A partir de allí restaba un pasillo corto y estrecho hasta las escaleras. Luego, subiría a la habitación, entregaría su carga y si la suerte le favorecía, apenas tendría que intercambiar unas pocas palabras con otro sirviente. La indicación, una vez cumplida su labor, era volver donde su madre y partir a la elfería.
Había enterrado todo anhelo de aventura, con la esperanza de entenderse con el hahren e intercambiar conformismo por madurez, cuando aquello sucedió.
Kallian ahogó un grito de angustia y simple dolor al tocar el piso, en medio del suave tintineo proveniente de su muñeca.
«No, no, no, no, no».
Su lista de preocupaciones la encabezaba la ropa de cama dispersa a su alrededor. Sus ojos siguieron, en un vertiginoso movimiento, la fatalidad de un trabajo que había consumido muchas horas y energía de su madre; aterrorizados al advertir las sábanas sobre una mezcla de tierra y nieve, en una charca de aspecto asqueroso y cerca de los zapatos de fino diseño de la causante de su tragedia.
Los ojos de Kallian se estrecharon con creciente enojo al observarla de los pies a esa cabeza coronada de abundante cabello rubio. Sentía tal preocupación que en un primer momento no pudo albergar pánico ante la cara nueva que la medía desde arriba con un destello de confusión en sus facciones.
—Pensé que aquí no habría nadie —habló ella con la voz más bonita que Kallian hubiera escuchado.
La pilló por sorpresa. El gesto de angustia y disgusto todavía estaba allí, pero en los ojos de la pequeña elfa había surgido un atisbo de curiosidad. Kallian siguió el libro que bajó desde la altura del pecho hasta medio muslo y después volvió a su cara. Un par de orbes azules absorbieron su atención un instante. Su mente se encontró trabajando a marchas forzadas, aturdida de repente, vagamente consiente de la palpitante herida en la rodilla y el dolor en la muñeca con la cual había evitado que su cabeza rebotara contra el suelo.
La niña rubia se aproximó de nuevo. Su andar era casi tan ligero como suave era su voz y le arrancaba un agradable rumor a la tela del precioso vestido de terciopelo añil. Estiró su mano con un movimiento elegante y Kallian respondió al ademán casi por inercia, sosteniéndola para incorporarse. La piel de la niña era suave bajo el tacto áspero de la palma de su propia mano y se quedó mirando un rato el punto en que sus dedos se tocaban.
—Tienes sangre en la rodilla —señaló al soltarla. Kallian parpadeó, muy atontada aún, y se inspeccionó la zona. El pantalón se había rasgado y sentía un ligero escozor, pero no era grave, se había causado heridas mucho peores en la elfería—. No me viste por las pieles, ¿pero no me escuchaste?
Observando de nuevo el desastre entorno a ellas, unos crecientes nervios se instalaron en la boca del estómago de Kallian. Por un lado se había cumplido lo que tanto temía: fallarle a su madre en un encargo que se suponía simple. Nada parecido había ocurrido hasta entonces y quizá ahora Adaia no podría llevarla más consigo y el entrometido hahren tendría a bien honrarla con el regaño de su vida, acusándola de actuar deliberadamente para poder quedarse en la elfería. El solo pensamiento le hacía doler el estómago con un fuerte nudo, porque Kallian nunca sabotearía a su madre.
Y claro, como no era suficientemente malo, justo estaba atascada en un intento de conversación con una chiquilla con la pinta entera de una noble, a la cual, además, había golpeado en otro despliegue de su mala suerte.
—Eres silenciosa —repuso, indecisa sobre el trato adecuado para la situación tan poco usual. Hasta entonces, había corrido con la suerte de eludir cualquier intercambio de palabras con nadie que no fuera un sirviente.
Al volverse, notó que su comentario había despertado una expresión curiosa en el rostro pálido de la otra. Kallian juntó las cejas, sin comprender.
—Eso me han dicho —comentó ante su recelo.
Una enigmática sonrisa se insinuó en la comisura de sus labios, pero no llegó a formarse. Quizá sería muy educada para mostrar ninguna alegría ante la reciente desgracia. Ah, vaya desgracia. Kallian decidió que era hora de recoger los lienzos y pieles y volverse a los lavaderos, por más vergonzosa que resultara la perspectiva de encontrarse con su madre en la situación actual.
—Con su venía, milady.
A Kallian, las frases y los ademanes obligados, como esa reverencia -torpe reverencia- con que su madre la había aleccionado, le resultaban extraños y la hacían sentir ridícula. No era como si en su vida pudiera realizar algo diferente a travesuras sin sentirse realmente tonta. Ahogó un suspiro y comenzó a juntar las telas, pero al cabo de un rato los ojos fijos sobre ella fueron algo que no pudo pretender que ignoraba. Se detuvo y se irguió al girar en dirección a la joven.
—Nunca había visto niños por aquí —explicó ella de manera espontánea. A pesar de lo improbable, Kallian creyó que se estaría dirigiendo a alguien más.
Pero continuaba hablándole a ella, por supuesto.
—No volveréis a verme, lo prometo —se excusó—. Mi presencia no… —titubeó, saboreando las palabras que salían por su boca de forma entrecortada—. No os incomodará de nuevo.
—No me incomodas —se apresuró a corregirla.
La extrañeza acudió a ella por enésima vez. Se estaba preparando para una reprimenda, otra materia en la que su madre había tenido la gentileza de instruirla. Aquella cantarina aseveración chocaba con todo lo que sabía sobre las relaciones entre siervos y amos.
—No hay muchas niñas por aquí —se explicó mejor—. No cuando yo estoy aquí y de cualquier forma no me agradan los jóvenes de la corte. Cailan es mi amigo, pero siempre está con los hijos de los otros nobles, ellos no quieren que una "niñita en vestido" entorpezca sus juegos. Por supuesto, pronto voy a cambiar eso. —Los dedos se crisparon sobre las tapas del libro como respuesta a la afirmación que acababa de realizar—. Tendrás problemas por esto, ¿no es así? —Cabeceó hacia el revoltijo de tela.
Kallian pestañeó rápidamente y asintió, abrazándose fuerte a las sábanas. Toda irritación se había esfumado. Estaba muy asustada y con cada segundo transcurrido se sentía peor. La hija de alguien importante, de alguien relacionada con el mismísimo príncipe, se había fijado en su existencia e insistía en hablar con ella. Los problemas suelen llover sobre los más ineptos, caviló desalentada.
—Puedes estar tranquila, diré que fue culpa mía —le aseguró.
—No, por favor, no hables de esto con nadie —la respuesta le salió tan atropellada que a su interlocutora le costó comprender.
Kallian abrió los ojos después. Había tratado a la niña rubia como a una igual. Qué endemoniado horror. Su día en palacio había estado cerca de concluir sin mayores incidentes, pero ahora estaba hasta el cuello en este conflicto. Tal vez, de ansiarlas tanto, las aventuras en su peor presentación le habían dado alcance. Sin embargo, a la otra niña no le molestó, o al menos no fue irritación lo que delató su sonrisa que, si Kallian sabía algo sobre sonrisas, era una de complicidad.
—Descuida, todo va a estar bien —insistió en completa calma.
Por alguna razón, Kallian no pudo contradecir una vez más, ni en pensamiento, las palabras pronunciadas con aquella dulce voz.
Anora se incorporó, dedicó una reverencia impecable y se dirigió a toda prisa hacia la puerta. Salió de la sala de música, esforzándose de manera sobrehumana para no llorar de rabia y blasfemar durante todo el trayecto hasta su habitación. Al llegar, una sirvienta y un guardia la contemplaron sorprendidos. Anora se limitó a gruñir que quería estar sola y tiró de la pesada placa de madera para encerrarse en su alcoba.
Aún entonces, aspiró aire muy despacio, afanándose con desesperación en mantener las lágrimas al borde de sus ojos. No les iba a dar el gusto, pensó obstinada. Pero a medida que deslizaba la espalda sobre la superficie de la puerta y la tela del vestido se le amontonaba en la cintura, varios sollozos de frustración se le escaparon. Testaruda como era, Anora transformó rápidamente su llanto en un grito de rabia que, al abrazarse a ellas, terminó sofocado sobre sus rodillas. Se quedó un rato en aquella posición, suspirando cada cuando para sustituir los gimoteos del llanto que se estaba prohibiendo.
Al cabo de un rato, la espalda comenzó a suplicarle un cambio de postura. Elevó la cabeza y miró entorno. Sus mejillas estaban húmedas y se odió por ser tan débil. Los comentarios de las otras niñas ya no deberían afectarla. Su padre había insistido –y ella no lo dudaba- en que no había nada malo con su ascendencia. A la mayoría no le importaba, a decir verdad, solo a aquel grupo de mocosas simplonas con las que era obligada a convivir cada día. Entrecerró los ojos y elevó el mentón. Sus tonterías infantiles eran indignas de ella.
Abstraída, buscó a tientas su capa únicamente para notar su ausencia. Frunció el ceño al caer en la cuenta de que, por seguro, la había olvidado en la sala de música en medio de su arrebato. Había estado demasiado indignada como para preocuparse por la temperatura del exterior. Planeando encender la chimenea para calentar el dormitorio, se puso de pie y caminó hasta la ventana con la intención de cerrar los póstigos. Distraída, miró el patio solitario… solitario casi en su totalidad, salvo por Kallian.
Desde allí arriba, la elfa tenía un talente enjuto debajo de su tosca ropa. La tela basta que usaba no debía ser un buen aislante contra el frío. Sin embargo, Kallian no aceptaría ninguna de las capas abrigadas que ella cedería. Supuso que tenía sentido, después de todo, ¿cómo le explicaría a sus padres la posesión de una prenda semejante? Un aguijonazo de tristeza la llevó a formar una mueca. Le agradaba la joven elfa. Era la clase de niña con la que le gustaría convivir en la sala de música o en los patios de entrenamiento en lugar del hatajo de bobas nobles. Le recordaba un poco a su propio padre, a casa.
Pero Kallian era la hija de una sirvienta, no tendría tiempo para juegos y las tonterías como la clase de protocolo la harían enloquecer quizá aún más que a ella misma. Aunque justo ahora, advirtió, estuviera parada, quieta y observadora, al borde de la puerta. Sospechó que tal vez le gustaba ver el jardín parcialmente cubierto de nieve.
A ella le gustaba.
—No tengo frío —insistió.
—Estás temblando.
—Me gusta —puntualizó con paciencia—. El frío —aclaró.
Anora torció los labios pero continuó con el brazo estirado. Si iban a tener una lucha para averiguar cuál de las dos era más obstinada, no se lo dejaría fácil.
—No —habló de nuevo, sacudiendo la cabeza. Parecía más firme que molesta—. Agradezco el gesto, Lady Anora.
—Anora, Kallian.
La elfa no replicó. Negó con la cabeza una vez y se volvió hacia el jardín con la sola intención de demostrar cuánto podía pretender que la ignoraba sin llegar a ser de veras irrespetuosa. Anora contuvo por poco las ganas de gruñir y bajó el brazo.
—Da la impresión de que quieres que te ruegue, niña.
Luego de eso, Anora enarcó una ceja, triunfal. El asombro de la menor, manifiesto en un ligero respingo, era el primer gesto espontáneo que lograba arrancarle en mucho tiempo. Una lástima que hubiera tenido que utilizar un tono de voz tan duro y eso tuviera un potencial efecto negativo.
Efecto negativo que no llegó a darse del todo.
—Eso sí es normal —declaró Kallian de repente, pero arrepintiéndose de inmediato—. Es decir... sois muy normal, Lady Anora —se apresuró a corregir nerviosa.
Un chispazo de ternura se encendió en ella. A veces costaba recordar que Kallian era varios años menor que ella. Casi nunca actuaba como una niña, no en su presencia, al menos. Ahora, la elfa la contemplaba desde abajo, sin atreverse a mirarla directamente a los ojos y se veía como la niñita que era en verdad. Anora ahogó un suspiro.
—No soy normal —admitió con suavidad—. Y tú tampoco lo eres mucho.
Hubo un silencio largo y extrañamente elocuente.
Y sucedió. Justo en ese momento, Kallian fijó los ojos sobre los suyos por segunda ocasión desde el día de su primer tropiezo. No parpadearon durante unos instantes. Luego, cuando se sintió lo bastante segura, una curva victoriosa contorsionó sus labios de nuevo. Lo había logrado –por supuesto que lo había logrado, Anora no se rendía ante nada-, Kallian comenzaba a confiar en ella, o en su anormalidad, y era suficiente de momento.
Volvió a tenderle la capa.
—No la lleves contigo a casa si no quieres —le dijo, su voz transformada en un susurro, temiendo romper el hechizo que la acercaba a la elfa—, pero vas a necesitarla.
Un atisbo de curiosidad surgió en los ojos grises, aunque todavía se rehusaba a sostener la prenda.
—¿Necesitarla?
—Te gusta la nieve. Bueno, a mí también.
La contrariedad se instaló en el rostro pecoso y oleadas de simpatía y confianza se abrieron paso en el pecho de Anora. ¿Era así como se sentía tener una hermana menor? ¿Una amiga, quizá? Se convenció de que sí cuando Kallian por fin aceptó la capa y se la colocó sobre los hombros.
El pacto quedó sellado mediante una sonrisa compartida. Sobre el jardín solitario, diminutos copos de nieve habían comenzado a caer. Anora estiró la mano y los sintió derretirse sobre su piel todavía cálida. Se echó la capucha sobre la cabeza y salió de la sombra del edificio. Kallian, insegura, elevó el rostro hacia el cielo, apartándose el flequillo.
—Me gusta que seas rara —le dijo la niña castaña con su vocecita—. Lo haces cambiar.
Acto seguido, imitó a Anora y cubriéndose la cabeza, saltó al exterior, sin darle tiempo a ella de preguntar qué era aquello que su rareza cambiaba. Pronto no importó, porque correteaba con Kallian y podía sentir -aunque no comprender- lo que habían hecho diferente según cada espacio de pasado y todo lo que podrían modificar en el futuro.
N/A: El capítulo estuvo "listo" desde hace ochenta y cuatro años, pero al tratar de revisarlo notaba que tenía todo metido con calzador y ugh... hoy parece que lo arreglé un poco (?) No he logrado amarlo y por lo mismo no he querido quedarme atorada más días con él. Juro que la incursión de Anora no es gratuita (no mucho xD) Y que el OoC tiene una explicación.
Como cada vez, agradezco desde el fondo de mi cora a las niñas que tan amablemente comentan :3
Tomatazos, quejas, dudas, lista de regalos de navidad, todo lo acepta el rectángulo mágico de allá abajo.
