N/A: Lo poco bueno que pude hacer con este capítulo fue inspirado por el instrumental de "Keep the car running" de Arcade Fire y "Home" de Edward Sharpe & the Magnetic Zeros.


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El pelo de Kallian había crecido bastante los últimos meses. La niña repetía el gesto de retirarse el flequillo de los ojos y los bucles castaños ondeaban en al aire. Acto seguido, Anora sacudió la cabeza y abandonó sus cavilaciones para prestarle atención a lo que las apremiaba. Esquivó al mabari con un movimiento que emulaba la gracilidad élfica de su compañera. Le dio alcance y logró colar su mano entre la de ella. A su espalda se oyeron los alegres ladridos y la protesta encolerizada del hombre a cargo de las perreras. Cerca de la entrada a otro pasaje, la chiquilla rubia emitió una risa ahogada.

El pasadizo se oscureció conforme avanzaban y al llegar a la torre el ascenso las obligó a soltarse. Frente a una puerta estrecha por poco derriban a un sirviente. La segunda estaba atrancada. La elfa tiró de ella para saltar a través de una gran ventana, hacia un largo pasillo que corría por el exterior. Fuera, el tiempo fresco les suministró una dosis de vitalidad adicional. Aceleraron el ritmo de sus pasos hasta alcanzar de nueva cuenta las escaleras. Bajaron por unos peldaños estrechos y altos donde sus pisadas resonaron con un eco tétrico; cruzaron un comedor inmenso y, al final, alcanzaron las cocinas.

El tintineo se detuvo al soltarla. Interrumpió su risa para darle a sus pulmones el aire que suplicaban. Se tocó el vientre con extrañeza. No estaba familiarizada con aquella sensación en el estómago al reír durante largo rato.

—Para ser una niña tímida, eres muy revoltosa —declaró como un cumplido.

Se arregló la falda del vestido de seda verde que una de sus doncellas le había escogido para lucir en la tarde veraniega frente a las otras jóvenes de la corte. Lamentó que no estuviera roto o arruinado de otro modo y echó un vistazo a los pantaloncillos de la elfa y su blusa blanca con cierto anhelo. A ella, oficialmente, solo se le permitía portar ropa cómoda cuando entrenaba, cosa que no ocurría con la frecuencia que a ella le habría gustado. Ferelden estaba en paz, así que su instructor confiaba en que un par de sesiones a la semana estaba bien para una señorita como ella.

—No soy tímida —protestó Kallian.

Estaba al otro lado del comedor, regulando su respiración mientras apoyaba las manos sobre sus rodillas.

—¿Revoltosa sí?

La niña elfa se encogió de hombros.

—Tenías hambre —señaló con obviedad.

—Y la escandalera para llegar aquí…

—Vale, tal vez sí soy un poquito revoltosa —zanjó Kallian.

Meses atrás había sido imposible arrancar de ella otra cosa que no fueran monosílabos o fórmulas de reverencia. Impensable en la misma medida que había sido convencerla a ella de corretear hasta la cocina a una hora indebida. Kallian y Anora habían estado perfeccionando el arte de volver posible lo altamente improbable. Las cosas inmutables podían doblegarse con el método adecuado y una dosis alta de paciencia. De esta manera, el futuro sería todo para ellas.

—La próxima vez deberíamos cambiarte de ropa —sugirió la elfa mientras empujaba una última puerta—. Llamas la atención vestida así.

Anora coincidió con un silencioso asentimiento. Luego, un vaho de calor y el aroma del pan recién horneado asistieron su llegada a la roja penumbra de la cocina. En un principio, un grupo de mujeres giraron en su dirección y contemplaron, sin comprender, la llegada del par de niñas. La que cargaba una olla entre las manos debía ser la mujer encargada. Su atención se quedó unos instantes más en Kallian. Distinguió a la niña elfa en su ropa gastada y su cabello revuelto como una figura habitual, pero reconocer a Anora Mac Tir en los ojos azules de su padre, el cabello rubio, la ropa fina y una expresión impávida, debió ser una novedad.

—No queremos distraeros, buena señora. Venimos por un poco de pan y queso... tal vez miel —habló Anora con seguridad.

La perplejidad de la cocinera las mantuvo a todas inmóviles y, al final, no hizo sino profundizarse en cada arruga de la expresión de su rostro congestionado. Anora recibió un ademán respetuoso. Kallian, por otro lado, fue atravesada por una mirada asesina que ardía como la lumbre frente a la cocinera.

Anora miró de soslayo a la elfilla. Un momento después, el nombre de la menor de las dos, gruñido por la mujer, atrajo su atención.

—Mamá no puede enterarse —soltó Kallian de manera instantánea, alternando sus ojos entre el suelo y la irritada mujer.

—Tu madre no es el problema, sabemos las tibias reprimendas que suele darte —rezongó al dejar la olla sobre la mesa y arquear una ceja.

—Convendría que nadie se enterara, a decir verdad —terció Anora con educación.

La cocinera exhaló. Sacudió la cabeza, como si pidiera paciencia a un ser superior. No obstante, su abordaje tuvo un buen final. Tras un extenso sermón, preámbulo bastante aceptable, el triunfo y el alivio correspondieron los muchos riesgos corridos. Restos de panceta y queso ocupaban su plato mientras Kallian se ocupaba de una manzana roja.

—¿No deberías estar ayudando a tu madre? —manifestó Lysa, la cocinera, con una mirada de soslayo.

—Terminé todo lo que debía hacer muy temprano —replicó con cierto orgullo—. Mi madre me ha permitido estar con Anora, siempre y cuando no la meta en problemas.

La cocinera emitió un sonido con la nariz a modo de incrédula respuesta y Kallian se mordisqueó la parte interna de los labios. Anora no pudo interceptar la sonrisa que tiró de sus labios. Una de esas sonrisas tan grandes que transforman el rostro. Se llevó un par de dedos a la comisura izquierda de su boca. Fuera de Gwaren, nadie solía arrancarle muestras tan manifiestas de alegría salvo su padre. Tras pestañear rápidamente, notó que Kallian la había atrapado en medio del ademán con su fija mirada gris. Una levísima curva contorsionó los labios de la elfa.

—Pero si meter en problemas a los demás es tu especialidad —comentó ácidamente la cocinera—. Debe estar costándote no meter la pata.

—A veces no tiene mucho éxito —intervino Anora, divertida.

Kallian le lanzó una mirada traicionada antes de dar un último mordisco a su manzana y ponerse de pie de un salto desde el banco alto frente a la barra.

—Gracias, Lysa —le dijo a la cocinera. Luego, volvió a ella y la contempló en aparente calma. Suspiró y una lánguida sombra de malicia asomó en sus facciones—. La última en llegar al puente es el más feo de los engendros tenebrosos.

Sin ningún otro aviso echó a correr hasta la salida. En breve, Anora procesó las palabras, saltó del banco y salió como una exhalación no sin antes agradecer, apresurada, la amabilidad de la cocinera. Se sostuvo la falda del vestido con ambas manos, detestándolo más y más a cada paso, pero también volvía a reír. Unos mechones lograron escapar del moño que tiraba de su cabello. El viento provocaba que se le pegaran al rostro y le estorbaban la vista, pero estaba bien, porque eso la hacía sentir libre.


Su preceptor no había escatimado con las tareas aquella mañana. Anora evitó resoplar, pero seguía trazando letras con patente molestia. Dentro de la biblioteca había un área de lectura bastante agradable, junto a una serie de ventanas amplias por las cuales entraba la cálida luz de la tarde y así la monótona labor tenía un lado positivo.

Mientras la pluma de Anora se deslizaba por el pergamino, Kallian asaltaba el último nivel de anaqueles. Estaba entre los apretados pasillos, equilibrada sobre la escalera; sostenía su peso aferrada con una mano y con el brazo libre cargaba varios los volúmenes de historia y geografía. Había llegado a reconocerlos nada más mirar las envejecidas tapas de cuero.

Anora lo pensó: Kallian estaba haciendo toda la parte divertida.

—Al menos lee los títulos —le indicó con voz potente para dejarse oír desde su escritorio junto a un ventanal—. Quiero escucharte.

La chiquilla castaña refunfuñó sobre caer y romperse la cabeza, aunque terminó obedeciendo. Anora rio en voz baja.

—Son títulos y algunos nombres, Kallian —le dijo la segunda vez que bajó para colocar los tomos sobre el escritorio.

—Pues un día me los voy a aprender de memoria y no vas a tener ningún poder sobre mí.

Suspiró y la elfa volvió a realizar el ascenso. Si creía que se iba a salvar tan fácil de un par de sesiones de lectura, estaba muy equivocada. Se hallaba pensando en los temas que podría usar para comenzar, sus ojos fijos sobre la página y en su mano una pluma, cuando aquel tarugo arrogante y sus no menos desagradables secuaces aparecieron en la biblioteca. Escuchó sus pasos y se puso alerta. No era el andar de una persona preocupada por estudiar o perturbar a otros en sus asuntos.

—Os hemos visto por la ventana, Lady Anora.

Contuvo un bufido, elevando su mirada con obvia reticencia para posarla sobre el hijo del arl de Denerim. No hubo, en la forma muy propia de dirigirse a ella, un atisbo de verdadero respeto. Apretó los labios y lo miró de manera impersonal, como si no estuviera allí.

—¿Habéis acabado ya de aterrorizar a otros? —Dijo sin ningún rodeo—. No sois bienvenidos aquí.

Se levantó despacio, con un movimiento cuidado que resaltó la dignidad de su pose. Vaughan tardó en esgrimir su típica sonrisa arrogante e incluso ya formada titubeó un segundo. Sin embargo, no reprimió completamente el deseo de amedrentarla. Se escudaba en lo simpático que Cailan lo encontraba y el conflicto paterno que tenían en común, fingiendo ser un alma incomprendida frente al hijo del rey. Algún día ella le abriría los ojos a Cailan y nadie más en palacio tendría que soportarlo de nuevo.

—Ya nos íbamos. —Realizó una horrible reverencia y giró para fingir que susurraba. El volumen tuvo la potencia suficiente para que ella escuchara, no obstante—. La solidaridad de la servidumbre entre ellos es encantadora, ¿no lo creéis?

Los severos ojos de Anora se estrecharon y su mente buscó la manera de replicar al insulto. Cuando estaba por abrir la boca, observó como un libro cruzaba volando la biblioteca desde uno de los anaqueles y golpeaba a Vaughan en la nuca. Anora abrió los ojos con sorpresa y alarma. Lo primero que se le ocurrió, antes de que el muchacho se sobrepusiera a la sorpresa y persiguiera a la verdadera fuente del proyectil, fue lanzar otro libro. Le atinó a un hombro mientras se volvía hacia ella.

—¿Qué...?

La incredulidad iba grabada en el rostro del muchacho.

—No vuelvas o el próximo te descalabra —le advirtió—. Y puedes decírselo a Cailan, al rey, o a mi padre y tratar de convencerlos como el mocoso manipulador que eres. —Respiró profundamente y apartó su atención de él, se sentó y cogió la pluma—. Fuera de aquí.

No se fijó en la última expresión en el rostro de Vaughan, pero no albergaba duda sobre el odio que debía profesarle luego de una agresión tan directa, era casi como si le hubiera declarado la guerra. Dejó escapar el aire. Esperaba que la idea de exhibir su humillación ante los adultos le resultara lo bastante vergonzosa como para mantenerlo callado, de otro modo, quien quedaría expuesta como una mentirosa manipuladora sería ella. Existía un grado de verdad en ello, aunque si había algo sobre lo cual podía enorgullecerse, era de no haber usado aquella herramienta de su carácter para dañar a las personas en desventaja. Ella era mucho mejor que Vaughan.

—Lo siento.

La vocecita de Kallian la plantó en la realidad. Ataviaba, sin querer, su semblante contrito con dulzura infantil al pestañear rápidamente. Sus manos estaban entrelazadas detrás de su espalda y se balanceaba sobre la punta de sus pies. Anora negó con la cabeza.

—No lo vuelvas a hacer, ¿de acuerdo? Vaughan no es la clase de enemigo para una elfa revoltosa.

Acto seguido, sonrió. Kallian asintió y se aproximó, mostrando el libro que su cuerpo había escondido para ofrendarlo a la normalidad. Ello lo inspeccionó.

—Cailan ama relatar esa parte de la historia, uno de estos días haré que lo escuches.

La joven elfa frunció el ceño y ladeó un poco la cabeza.

—¿El príncipe Cailan le contaría historias a una sirvienta?

—A veces lo olvido —suspiró.

Se había puesto seria otra vez. Ser una chiquilla de once años que correteaba por allí, asaltando los patios de entrenamiento y las bibliotecas, era fácil con Kallian. Lo imperdonable de la aparición de Vaughan no era la habitual mofa sobre su origen, sino el salto que la obligó a dar de ese idílico estado de enajenamiento a la dura realidad. Prefería guardarse sus reflexiones para la noche, antes de dormir y pensar en cada cosa que le gustaría cambiar del mundo.

«Una a la vez, Anora».

—No vas a leerme la historia, ¿verdad? —Preguntó su amiga.

Su intensa mirada gris había intuido el viaje de sus pensamientos a sitios desagradables. Abandonó el libro sobre el escritorio y la sujetó del antebrazo para tirar ligeramente de ella. Anora opuso cierta resistencia en un principio.

—Vamos a hacer algo tonto.

Sus modales le impedían bufar, pero arqueó una ceja con disimulo. La verdad era que cada vez que se juntaban terminaban haciendo algo tonto. Divertido, liberador... y tonto.

—Tengo mucho qué hacer aquí.

Kallian negó de manera efusiva y puso más fuerza en su arrastre. Al final, se dejó guiar hasta su dormitorio, no sin emitir varias protestas durante el trayecto. Le indicó que se sentara junto a la ventana mientras ella rebuscaba en los baúles a un costado de la cama. Después de extraer las prendas, se las tendió y la mandó a cambiarse entretanto ella iba a buscar ciertas cosas. Regresó con una espada de madera y un palo alargado y retorcido. Salieron al jardín.

—Yo seré un mago —informó por fin, caminando unos pasos lejos de ella—. Un poderoso mago —matizó—. Y tú la comandante de los templarios.

Parada a mitad del jardín, con la espada en mano, Anora permaneció confundida un instante. Sus pestañas aletearon un par de veces y sus ojos alternaron entre el arma y Kallian.

—Soy demasiado mayor para estos juegos —se negó.

En lugar de bajar el bastón e ir en busca de su madre para marcharse, la elfa trazó un círculo en el aire, como ella debía creer que lo haría un verdadero mago, y realizó una onomatopeya. Casi se le escapa una risa al ver la expresión de Kallian.

—¡Congelada! —Gritó y salió corriendo para buscar cobertura.

Su edad perdió importancia y corrió para darle alcance.


Los mechones rubios se rebelaron una vez más, animados por la brisa, para volver a caer sobre su rostro. Pese al intenso escozor de su rodilla, Anora sonrió cuando su padre elevó la vista e intentó suprimir una expresión abatida. Su dorada cabellera era una desgracia y su vestido azul estaba rasgado y lleno de barro.

—Es graciosísimo —refunfuñó.

Anora esgrimió una inmensa sonrisa, su padre no pudo mantener el falso semblante serio y enarcó una ceja, divertido.

Él mismo se estaba haciendo cargo de la herida. Había pedido los enseres necesarios a una sierva, por lo demás, él curaba la considerable lesión sobre la piel. No sabía de ningún padre dentro de la nobleza fereldena o extranjera que hiciera tal cosa por una hija, pensó la niña. Estaba hincado frente a ella, frotando con sumo cuidado un paño limpio para luego untar una sustancia que acrecentó la sensación de ardor sobre el área lastimada. Anora se mordió el labio inferior, pero soporto el dolor sin proferir una sola queja.

—Hace años no te causabas una de estas —comentó él mientras se incorporaba. Le hizo una señal que Anora entendió en seguida. Se puso de pie y giró para permitir a su padre arreglar el caos de su cabello—. ¿Se puede saber qué has estado haciendo?

—Jugar en las perreras —confesó sin esfuerzo. A su padre no iba a ocultarle nada en absoluto—. Y buscar ranas en el abrevadero.

—¿Cómo resultó eso?

—Había sapos —respondió desalentada—. No los tocamos.

Kallian había dicho que no enérgicamente, para luego contarle de aquella vez que se causó un horripilante sarpullido jugando en el río. Mejor era no arriesgarse, dijo. Sonaba a que alguien -Anora no creía que su madre, pero no podía saberlo por seguro- había estado riñéndola de nuevo por entretener a la hija de un noble y Kallian, en consecuencia, intentaba comportarse. O tal vez solo era que creía necesario volver pronto a las escaleras donde Anora la había encontrado fregando los peldaños. Se había sentido tan triste cuando la joven Tabris levantó la cara y ella observó perlitas de sudor sobre su frente, que no le permitió a su cepillo dar una barrida más sobre el suelo, tiró del brazo de Kallian para ir a encontrar algo qué hacer en palacio.

Una breve mueca se adueñó de su semblante. "Una cosa a la vez", se forzó a recordar en el intento de rechazar la amargura que le provocaba la situación. Poner en calma su mente fue fácil a percibir el vaivén de su cabello mientras su padre lo trenzaba. Había ganado en habilidad a lo largo de los años y en la labor que realizaba iba impresa una ternura que aliviaba la nostalgia y la desilusión en los días de Anora.

—¿Ha habido carta de madre?

—No todavía —respondió. Él había finalizado, así que giró sobre sus talones—. Acabas de responder, la carta tardará en llegar.

Las sonrisas de Loghain Mac Tir no eran como las del resto y para muchos ni siquiera eran gestos a los cuales se les pudiera conceder el rango de "sonrisa". En las más sinceras, sus labios se apretaban un poco y una curva levísima se insinuaba en una de las comisuras. Anora no buscaba la felicidad o el beneplácito paterno en las expresiones que lograba con sus labios.

Se fijaba en sus ojos. Pálidos y fríos, parecían nunca cambiar. Sin embargo, Anora era capaz de ver más allá y le gustaba pensar que solo ella podía percibir aquella calidez naufraga en un mar azul.

—Ve y has un cambio de ropa —le indicó, una mano sobre su hombro.

—Se ve preciosa como está.

La reacción de su padre ante la aparición del rey desde otro pasillo fue enarcar una ceja. Anora apostaba que no era por su presencia en sí, como por la pequeña comitiva de consejeros que lo seguía, preparados para la siguiente junta. La niña lamentó haber robado tiempo al teyrn de Gwaren, era probable que tuviera planes y documentos que organizar antes de verse atrapado en una sala con aquellos nobles.

—Siempre se ve preciosa —añadió el rey—. Me apuesto el reino a que debió heredar el encanto de Celia, de ningún modo de ti —rio.

Loghain se limitó a mirarlo impávido, aunque se podía leer un tácito: "Divertidísimo, como siempre".

—Es muy amable, majestad. —Anora realizó una delicada reverencia, aunque cayó en la cuenta del lamentable estado de su vestido y un pinchazo de dolor en la rodilla casi la hizo fallar.

En verdad estaba siendo amable, pero de cualquier forma recibió una sonrisa cálida de parte del rey Maric.

—Espero valiera la pena —señaló la macha roja sobre su vestido—. Ve, busca a Cailan y enséñale cómo se hace —la apremió antes de suspirar—. Lo aburrido es para nosotros —se dirigió a su padre. Caminó hacia él y le propinó varias palmaditas en el hombro—, pero sé lo mucho que te gusta lo aburrido, lo vas a disfrutar.

—Podremos echarnos de cabeza a un pozo cazando ranas cuando hayas cumplido con tus obligaciones —replicó serio, le dedicó una última mirada a ella y giro para adelantarse a la sala del consejo.

La imagen mental del rey y su mano derecha haciendo tonterías como esas la acompañó el resto de la tarde.


—Quédate quieta.

—Estoy quieta —protestó Kallian en voz baja.

Sus facciones se retorcían constantemente en muecas de impaciencia y dolor. Adaia resopló antes de apartar un mechón y deslizar el pequeño peine de cerdas apretadas con cierta dificultad. Cada tirón era fuerte; Kallian lo había soportado bien en un inicio, pero su cabellera abundante lo había convertido en una penosa labor para ambas.

Cyrion y sus sobrinos contuvieron una carcajada.

—Esto es imposible. —Adaia dejó caer los brazos a sus costados. A Cyrion se le ocurrió que finalmente había una empresa ante la que su esposa parecía dispuesta a rendirse—. ¿De dónde ha venido esto?

—Hay una plaga de piojos en el orfanato —informó Shianni. Miró intrigada a Adaia mientras ella estrechaba los ojos para localizar a los pequeños insectos en la basta cabellera castaña—. Ayer hahren Valendrian le advirtió que no se acercara, pero quería averiguar si era cierto... algo que le dije... sobre los piojos.

—¿Valió la pena, pequeña chismosilla?

Kallian arrugó la nariz.

—No. Nadie...

El resto de su oración quedó en el aire, alzó un hombro y miró sus pies. Se estaba guardando algo. Cyrion dedujo que su hija se había sentido demasiado curiosa ante el aviso dado por Valendrian como para mantenerse lejos del orfanato. A él había comenzado a causarle cierta gracia. Al fin y al cabo, la cantidad de animalillos sobre su cabeza no era un problema tan grave como habían temido cuando Soris corrió hacia ellos, medio atragantado de risa, afirmando que su prima estaba llena de bichillos.

—No puedo encontrarlos todos y si dejo alguno por allí... —Adaia tenía la lengua entre los dientes, de vuelta a la inspección. Al final, soltó un suspiro e intercambió una mirada con Kallian—. ¿Al rape?

La niña lo encontró divertido, se encogió de hombros y asintió con una sonrisa emocionada. Sus sobrinos dejaron escapar una risotada, cosa que no hizo sino alentar a Adaia. En cambio, la expresión entretenida de Cyrion se difuminó del todo.

—Su cabello es bonito —terció él efusivamente, deteniendo a su esposa en su camino al cajón donde las navajas y las tijeras se guardaban—. Estoy seguro de que en el mercado habrá algo para resolver esto.

—Nos vamos a ver todos muy monos cuando hayamos tenido que cortarnos el cabello porque estábamos infestados.— ella cruzó los brazos sobre su pecho.

—Nadie va a perder el cabello en esta casa —le aseguró a su esposa con una sonrisa confiada.

Adaia apretó los labios, pero le concedió una oportunidad con una burlona advertencia más en su expresión. Él fue a relevarla. Separó el cabello en secciones, sujetó el peine con firmeza y lo pasó desde la raíz hasta la punta con toda la delicadeza que pudo.

—Anora se va a reír tanto —Kallian dijo de repente.

Sus padres se miraron el uno al otro, alarmados. Al intuir su reacción en el repentino silencio, Kallian alzó el rostro.

—Oh, no. No, jovencita. —Cyrion exclamó—. Suficiente es que todos los días el mayordomo le insinúe a tu madre que le pegarás una enfermedad de elfos a la próxima reina de Ferelden. Te quedarás aquí hasta que los piojos desaparezcan.

La desilusión cruzó su semblante un segundo. Duró muy poco, pues pronto lo sustituyó un chispazo de temor que se reflejó en su ceño fruncido. Se removió sobre la silla y sus ojos volvieron a sus pies.

—Las enfermedades élficas solo afectan a los elfos, ¿verdad, mamá? —Preguntó con preocupación—. ¿Papá?

—Descuida, Kallian —le dijo su madre—. Estoy segura de que si no le has pegado nada todavía, la niña sobrevivirá —bromeó, ganándose una mirada incrédula de parte de Cyrion.

El simple hecho de permitir que su hija se acercara tanto a la niña que algún día sería reina encendía un pánico inexplicable en Cyrion, sin importar cuánto se esforzara Adaia en tranquilizarlo con el discurso de "los Mac Tir no son como el resto". Los humanos eran peligrosos, nunca un ejemplo o una inspiración. Uno no podía entablar amistad real con ellos. Eran amos, no camaradas. Podían tratarte bien y ser, hasta cierto punto, razonables, pero nunca pensarían en un elfo, por más amigos que clamaran ser, como un igual. No podían esperar justicia humana. Le sorprendía que su mujer no pudiera mirar las cosas desde su perspectiva, después de todo, las actividades de Adaia la mantenían muy al tanto de lo que los shems eran capaces.

Anora Mac Tir no solo era una humana, era una noble humana prometida al príncipe Cailan. El pensamiento lo dejaba intranquilo y se vio tentado a mantener otra conversación al respecto con su hija. Al final, no lo hizo. Estuvo un rato concentrado en el cabello de Kallian, mientras ella y Soris se lanzaban puyas respecto a quien había sido cobarde y quien tonto al decidir entrar o no al orfanato. Shianni ayudaba a su tía en la cocina, ambas conversaban animadamente, preparando apresuradas la cena que el incidente de los piojos había retrasado.

En algún punto, se halló observando fijamente a su esposa. Verla revolotear por toda la casa provocó una sonrisa en Cyrion y un enjambre de recuerdos lo invadió con intensidad suficiente para alejar los amargos pensamientos que habían dominado su mente los últimos minutos.

El día que su matrimonio se había arreglado, Cyrion se propuso huir a la primera oportunidad. No existía forma de convencerlo de atarse de por vida a alguien que, si acaso, identificaba por su fama de loca. Estaba decidido, se marcharía, buscaría a los dalishanos para vivir libre entre ellos. Pasó noches enteras dándole forma al más descabellado plan que había ideado hasta entonces. Sus padres encontraron, cada vez, un motivo para retenerlo. Al final, cuando estuvo frente a ella por primera vez, Cyrion ostentaba ojeras tan horribles, tras largas noches de desvelo, que la joven de oscura tez le preguntó si estaba enfermo, en un tono esperanzado a espera, quizá, de tener un marido que estuviera pronto a fallecer.

"No", había respondido con frialdad.

"¿Entonces las usas por puro gusto?"

Adaia se resistió al matrimonio tanto como él. Cyrion llegó a pensar que si se ponían de acuerdo, ambos podrían huir, cada quien por su cuenta para no verse nunca más, a salvo de una vida miserable junto al otro. Nunca sucedió.

La boda se llevó a cabo y vivieron en silencioso resentimiento el uno por el otro durante los primeros meses. Eran un par de desconocidos que se veían en la tesitura de vivir bajo el mismo techo, odiando las costumbres estúpidas de las elferías. La tarde que lo cambió todo en aquella taberna cerca de los muelles, no se comportaron diferente, hasta que Adaia se unió a él en una discusión con otros clientes que escaló rápidamente. Se habían encontrado allí por casualidad, poco sorprendidos del mal gusto del otro respecto a la elección de sus esparcimientos y deliberadamente se ignoraron toda la tarde y parte de la noche. Cuando la acalorada argumentación tornó en un enfrentamiento a puños, Cyrion no esperaba la ayuda de su mujer. No obstante, ella se había encargado de la mayoría. Al final, la sangre manchaba su blusa y no podía saber exactamente la magnitud de sus heridas, pero lo sacó de allí. Rieron gran parte del camino a casa.

Cyrion se enamoró aquél día, mientras Adaia suturaba sus propias heridas sin emitir una sola queja, vanagloriándose de la paliza que le había propinado a los inútiles shems de los muelles. Meses después de su boda, el joven Tabris había caído por la chica con la fama de loca, preguntándose si no estaría él mismo un poco chalado.

—¿Recuerdas la vez que intentaste convencerme de caminar por los tejados del distrito de palacio? —Le lanzó la pregunta de repente.

Se ganó la atención de toda su familia. Adaia giró tras dejar un plato sobre la mesa. Le dedicó una brillante sonrisa, una de esas que todavía tenían un fuerte efecto sobre él, encogiendo su estómago porque, dulce Andraste, era tan hermosa y había sido un completo zopenco al tratar de huir de ella.

—No traté, te convencí —declaró.

—¿En verdad caminaste por los tejados, tío? —Inquirió Soris. Le dedicaba un cuidadoso escrutinio, como si fuera demasiado increíble que el pacífico tío Cyrion pudiera ser capaz de algo así.

—Tu tía es una bruja —Cyrion rio y Adaia protestó desde el otro lado. Soris sonrió y volvió su atención a su tía, al igual que las dos niñas.

—¿Qué pasó?

—Adaia cayó por un agujero que su propio peso hizo en uno de esos tejados.

Y él, muerto de horror y preocupación, se había lanzado detrás de ella sin pensarlo. Por supuesto, Adaia solo se torció un tobillo; en cambio, él se fracturó el brazo derecho. A trompicones salieron de la mansión. No lucía abandonada, corrieron con la suerte suficiente de no toparse con nadie, salvo la amenazante sombra de un sirviente cerca de la última puerta.

Si lo pensaba, tenía mucho sentido que los niños estuvieran tan inclinados a la insensatez.

—La niña, el niño y el padre de los piojos, a comer —los llamó Adaia tras concluir con la anécdota.

Hicieron como pidió. Cyrion ató el cabello de su hija y después Soris y ella corrieron a la mesa.

Él permaneció un momento parado donde estaba, admirando el cuadro que conformaba su familia. Había sido afortunado de no poder huir.


N/A: Escribir fluff es difícil. Lo he editado mil veces pero no tiene remedio. Al final, elegí arreglar un poco la gramática, pero al segundo párrafo me dieron ganas de golpearlo y fue algo tipo "No quiero volver a verte nunca más en mi vida. No quiero releer, ni siquiera una vez más, una de tus mugrosas frases" xD

Algún día escribiré notas de autor normales (?)

Anyway, un enorme agradecimiento a las hermosas personas que, a pesar de los horrores (?) comentan: fridda, Katzempire, Ellistriel. Bienvenidos, pastelitos:FranTargaryen y c2stingray.