El capítulo logró escribirse gracias a: "Deliver us" (El Príncipe de Egipto); el tema "Severus and Lily" con "Dumbledore's Farewell" (la versión utilizada en Las reliquias de la muerte), y sobre todo "Light of the seven" de la banda sonora de Game of Thrones.
- 7 -
"Río, oh, río, con él sé gentil
Llevas mi felicidad
Si hay donde libre, pueda vivir
Río, condúcelo allá"
...
Aquél había sido, para asombro de nadie, el fin de la discusión. Shianni no gastó aliento tratando de razonar una vez más y se lanzó contra el desgarbado chico. Entre una simple discusión y un enfrentamiento físico existía una muy reducida distancia cuando la paciencia de su prima había sido perseguida hasta ese punto. No era que a Shianni le gustara buscar gresca con los chicos mayores para saciar su vanidad de guerrera o su orgullo como defensora de los desprotegidos en la elfería, pero el diálogo se eliminaba como posibilidad cuando alguien había logrado tocar una fibra sensible en ella.
De buena gana, Soris y Kallian habrían aplaudido para alentarla mientras sacudía con violencia a un elfo lo suficientemente mayor como para estar rozando la adolescencia, empero no deseaban restarle protagonismo. El chico, derribado sin esfuerzo, se hallaba sobre el suelo con su prima hecha una fiera sobre él.
—¡Repítelo!
El inesperado grito de la niña pelirroja causó que los espectadores retrocedieran, temiendo que la ira de Shianni los alcanzara por error.
—Lo tiene bien agarrado. —Soris silbó. Su comentario le granjeó las carcajadas de otros chicos.
Kallian coincidió. Los dedos de Shianni estaban crispados sobre la tela que protegía los hombros del muchacho. Lo sostuvo un momento muy cerca de su rostro antes de azotarlo contra el polvo del suelo. Insultar la orfandad de los niños del hospicio era una grave ofensa que Shianni no había sabido perdonar ni siquiera en el tiempo en que éste todavía se encontraba en funcionamiento. De un tiempo a la fecha (desde la tragedia durante el otoño del año anterior), la sensibilidad de la joven elfa ante el tema podía considerarse un asunto grave.
—¿No haremos algo? —Preguntó Soris en voz baja, inclinándose un poco hacia ella.
En respuesta, hizo un movimiento de negación con la cabeza. Estaba cruzada de brazos y pretendía mantenerse así. Ella consideraba que la pregunta de Soris había sido una especie de formalismo cumplido, el extraño sentido de justicia de los Tabris era pesado en su sangre y no podría juzgar las acciones de la elfa pelirroja sino como un deber moral. Su primo no hizo amago de detenerla y aquella fue la prueba que aceptó para apoyar su hipótesis. Todos lo decían: las ideas y el comportamiento de esa familia terminarían por acabar con todos sus miembros.
A ella no le importara lo que se comentara de su familia. Alguien debía defender la poca justicia que pudiera haber en la elfería. Nadie mejor que Shianni.
Kallian sabía que se culpaba por lo ocurrido hacía casi un año, por no confesar la existencia de una niña maga dentro del orfanato, pero para ella no era posible ni siquiera especular sobre otro curso de acción. Shianni era una chica leal y valiente, cuidaba de las personas vulnerables y detestaba a quienes abusaban. Tras reflexionarlo, Kallian no obtuvo conclusiones alentadoras sobre lo que habría hecho en su lugar. Había estado muy cerca de compartir el secreto de Shianni y Neria, de no haber sido por la cosa de los bichos en su cabeza, quizá ahora se hallaría en una situación peor que su prima. Ella no sabría llevarlo. Shianni, cuando no estaba golpeando a los cretinos, era un dechado de madurez y razón; la gente, en especial Valendrian, lo señalaba constantemente.
—¿Qué sucede aquí? —La exclamación provino de una voz conocida.
Kallian lamentó haberlo invocado con el pensamiento. Su expresión neutral mutó a una preocupada mientras el mayor se aproximaba a la causante del revuelo y la obligaba a separarse del muchacho. No obstante, no permitió que la arrastrara lejos de allí sin antes propinarle otro puntapié. El chico gimió una última vez y le arrancó a los tres niños Tabris una sonrisa de satisfacción.
—¡Así se hace, prima! —Gritó Soris, alzando un puño, a medio camino entre el respeto y el regocijo.
Por supuesto, Valendrian giró la cabeza para dispararle una mirada severa. Al advertir que sus ojos también la acusaban, y sin evadir la expresión inquisitiva e implacable que formulaba preguntas en silencio, tuvo una suerte de presentimiento: un día Shianni se convertiría en hahren. Detonaron en el fondo de su mente las imágenes de tal portento como un desfile de coloridas posibilidades. No sería convencional. No tradicional y asfixiante. No al modo de Valendrian, no sumiso y dispuesto a cortarse una oreja para mantener las precarias pero "seguras" condiciones en la elfería. Shianni, quien hoy ofrecía los tempranos destellos de su amor por la justicia, iba a sacudir ese lugar.
Sus labios se rindieron ante otra sonrisa de satisfacción aún más amplia.
—Ni mamá ni papá están en casa —puntualizó al volverse hacia Soris—. Nos toca rescatarla de Valendrian.
Soris estuvo de acuerdo y ambos echaron a andar para darles alcance.
Adaia se hallaba en palacio, donde debía realizar una excelente labor para resarcir las acumuladas ausencias cada vez más difíciles de explicar; el tiempo transcurrido desde la última de ellas no había logrado que el mayordomo, quien le profesaba cierto odio, le concediera paz respecto al único fallo en su desempeño. Por otro lado, Cyrion no estaría en casa hasta bien entrada la noche, pues trabajaba para un mercader a las afueras de la ciudad. Ambos habían confiado en Shianni para mantener a Soris y a Kallian en calma y fuera de cualquier mortal peligro. Todo había ido a la perfección las últimas ocasiones, al regresar sus padres encontraban la casa en orden y nadie se había abierto la cabeza al caer de un tejado.
No era un buen momento para causar problemas -no que hubiera un momento ideal para causarlos-, y tendrían que recompensarlo de algún modo en los días siguientes.
Una profunda somnolencia se impuso gradualmente sobre sus párpados. Los labios de Adaia se curvaron la última vez que los grandes ojos grises de Kallian la miraron. Sin embargo, su vocecita gruñó una protesta en élfico y consiguió que extraviara su sonrisa en el reconocimiento de aquellas reacciones como la manifestación de un dilema interno más obvio día tras día: pronunciar por lo bajo y con un deje de irritación algún vocablo en la lengua de su gente, contemplar con detenimiento un juguete o aparejo dalishano o utilizar una expresión contrariada al escuchar un cuento de Alarith.
De un tiempo a la fecha, el conflicto respecto a su raza, a su origen y la situación de los elfos ante los humanos se exteriorizaba en Shianni mediante actos de determinación. Ella, siempre dispuesta a proteger a quien lo necesitara, se preocupaba por evidenciar su desacuerdo. Por otro lado, la supuesta pasividad de Kallian, que Valendrian aplaudía como pasos de inminente madurez, escondía efímeras miradas que ardían más con la rabia de alguien que desea resarcimiento, que la esperanza de alguien que busca un cambio.
Se abrió paso en el rostro de Adaia un gesto adolorido y meneó la cabeza como si de esa manera pudiera ahuyentar la aciaga reflexión. Estiró una mano para retirar el cabello de su cara y luego de una breve pausa entonó el final de la canción de cuna mientras se inclinaba con sumo cuidado para arroparla.
Revisó a Shianni en la parte superior, estiró las mantas y acarició su frente. Adaia exhaló un suspiro. Que su influencia sobre los tres niños tuviera un mal final, como Valendrian temía, era una posibilidad que la carcomía desde hacía un tiempo. No podía esperar que el trío reaccionara igual, se recriminó. Su hija no era Shianni. Como resultado, quizá, de lo que ella había inculcado en ella, Kallian sufriría dentro de la elfería; no habría lugar para ella, palidecería o estallaría consecuencia de años de frustración. Donde la pequeña pelirroja encontraría fuerza para seguir intentando, Kallian hallaría amargura e ira sin un propósito; su carácter le impediría desahogarse hasta que fuera demasiado tarde.
Apesadumbrada por la posibilidad de no lograr corregirlo a tiempo, Adaia miró furtivamente al cofre en un rincón. Antes de acudir a él y sustraer el objeto que incontables dudas había infundido en ella, giró para encaminarse hacia el lugar de Soris. Su sobrino había empujado las pieles hasta el suelo y se desparramaba sobre su pequeño lecho, abrazado al endiablado mabari que ya había pasado por las manos de Kallian y Shianni y era una desgracia cuyo sitio se encontraba en un vertedero. Adaia sacudió la cabeza cuando los dedos del niño se rehusaron a dejar ir el juguete; Soris balbuceó un "no" por lo bajo y apretó otro poco al mabari con alas, porque el día que el mítico juguete pasó a ser de su propiedad, Kallian se las había cosido por petición de Soris, quien creía que los mabaris deberían tener la habilidad de volar. Aquél día el perro había pasado de llamarse Mercurio, el nombre que Shianni delicadamente le había otorgado, a Abominación, mucho más adecuado.
Soris, un niño alegre y dulce, era también imaginativo y distraído, pero lo compensaba siendo una de las personas más persistentes que conocía. Terco, para la mayoría, pensó tras su segundo intento de quitarle el juguete. Resopló y no lo movió de nuevo, limitándose a cubrirlo con la más grande de las pieles.
—¿No se había quejado de ser muy mayor para las nanas? —cuestionó Cyrion con una nota entretenida.
Adaia pasó al lado de él, ya en la cama, y se arrodilló frente a un baúl. Sus músculos protestaron, pero a pesar del cansancio, Adaia negó con la cabeza, regalándole una sonrisa dulcificada.
—Nunca será muy mayor para eso —replicó en voz baja, revolviendo el contenido del cofre hasta conseguir llegar al fondo.
—No pensarás cantarles ya casados —se burló Cyrion—. Puede que a un marido o a una esposa no le parezca tan tierno.
Adaia interrumpió su tarea para voltear y exteriorizar cuánto le incomodaba el tema.
—Podrías permitir que disfrute a mis niños otro poco, gracias —dijo al volverse—. Antes de que Valendrian me los arrebate con el matrimonio.
—Te quedan algunos años.
En el fondo de su mente se reveló la pequeña bestia de su incertidumbre otra vez, la misma que le había arrebatado la felicidad muchas veces durante los meses anteriores. Dando coletazos, rugiendo amenazante. El rostro de Adaia se ensombreció y tuvo que hacer acopio de fuerza para no permitir que resultara muy escandaloso para su marido. Lo último que quería sumarle preocupaciones venidas de la más absurda paranoia. Si bien no había recibido ninguna carta confirmando el buen desenlace de su trabajo y ella ni siquiera había insistido en recibir la otra mitad de la recompensa prometida, las semanas y los meses transcurrían sin ninguna señal. Jenny la Roja no era nada demasiado formal, así que quizá solo… se había olvidado todo.
Extrajo el estuche y se dirigió a la cama, repitiendo un "estás paranoica" para sí misma hasta acomodarse al lado de Cyrion.
—Me quedan muchos años —contestó en el intento de imprimir en su afirmación la confianza que de repente era incapaz de sentir.
Él la contemplaba extrañado y curioso, el gris azulado de los ojos demostrando aquella agudeza legado de su familia. Ella echó un rápido vistazo por una esquina hacia el sitio en el cual dormían los niños, con la intención de parecer juguetona y espontánea.
—Cumplirá diez el próximo verano —susurró al fin. Le extendió a su marido un estuche de considerable volumen. La madera tenía un aspecto viejo que revelaba la existencia de uno o varios dueños antes de que se ganara un sitio entre las pertenencias de su esposa.
Cyrion colocó la caja en su regazo tras empujarse sobre la cama. La extrañeza fue cediendo y al tirar de la pequeña cerradura para revelar el contenido, preocupación fue todo lo que hubo.
—No es muy mayor para canciones de cuna y planeas regalarle esto. —Cyrion señaló con sus ojos el par de dagas que reposaban en reluciente silencio sobre su regazo.
Adaia se mordió el labio inferior a modo de disculpa y se contuvo para no arrebatarle las dagas y desecharlas de una vez por todas, como había considerado desde que las había conseguido de un enano mercante en el bannorn.
—No irá por allí empuñándolas a la vista de todo mundo —se apresuró a explicar—. Aprenderá a usarlas con… relativa seguridad. —Otra consternada mirada de parte de Cyrion la hizo soltar un tenue gruñido—. Esto es necesario.
La verdad era que cada vez que lo pensaba, ambivalentes pensamientos resurgían. Su propia vida había adquirido un elevado nivel de complejidad el día que su padre la obligó a sostener a Colmillo por primera vez. ¿Quería eso para su hija? ¿Para sus sobrinos llegado el momento?
No obstante, en contraste, había un cierto alivio en la imagen de su hija sosteniendo un arma como una ventaja contra quien deseara herirla. No podía arriesgarse y dejarlos desprotegidos, a merced de la maldad que pululaba en Denerim. Los había fortalecido físicamente durante años con esa idea en mente, era natural que al crecer obtuvieran el privilegio y la responsabilidad de esgrimir espadas, escudos y dagas.
—Convertirás a nuestra hija en una pequeña ladrona —intentó Cyrion de nuevo—. ¿Quiere eso? Tú no tuviste opción, pero ellos...
Ella parpadeó, sintiéndose lejana en pensamiento un segundo más. En seguida, como un acto de cordialidad en medio de la opinión divergente que parecía tener, una de sus manos capturó la de él y la acarició con tenues círculos dibujados con su pulgar. Le dedicó una larga mirada.
—Nuestra hija… nuestros niños, podrán defenderse.
Necesitaba llegar a él, lograr que viera las cosas a su manera. Denerim era un sitio de crímenes terribles y el resto de Ferelden no era distinto. Los abusos podían llegar tanto de humanos como de elfos e incluso enanos. El instinto le suplicaba volver esta medida una realidad.
Él lo meditó, sin desviar los ojos de los suyos salvo para contemplar de manera fugaz las dagas con un aire de recelo que iba remitiendo muy despacio. Al cabo de un prolongado silencio, emergió una sonrisa de sus labios, sutil, pero que anunciaba la confianza que le profesaba. Si Adaia estaba segura, él también. Evitó suspirar con alivio. El escozor de sus ojos la hizo notar cuánto había estado necesitando el apoyo de Cyrion.
—Solía ser más fácil cuando sólo los llevabas al río a recoger plantas —sonrió pesaroso.
—Lo sé —replicó comprensiva—. Pero esto será más divertido —sonrió como si aquello fuera una actividad de lo más normal para pasar tiempo con los niños.
En lugar de causar en él mayor desasosiego, logró que soltara una risa sincera. Cerró el estuche y se lo devolvió. Adaia fue a colocarlo en el cofre, cubriéndolo con ropa y pieles para extraerlo hasta aquella fecha especial. Regresó y debajo de las pieles lo abrazó, permitiendo que su cabeza descansara sobre el pecho de Cyrion.
—Soy afortunada —murmuró transcurrido un rato, levantó un poco la cabeza para mirarlo. Adaia comenzaba a sentir el firme tirón de somnolencia. Había sido un día largo en Palacio.
—¿Sí? —Inquirió él, estirándose para alcanzar la lámpara y apagarla.
—Por ti… No habría podido pedir un mejor compañero —dijo al recostarse esta vez junto a él, uno de sus brazos todavía rodeándola—. Nadie mejor.
—También te amo, Adaia —dijo con la voz ronca, medio adormilado.
Ella suspiró, sonriente y tranquila.
Cualquier fantasía sobre la vida como aventurera o guarda gris por la cual hubiera llorado tanto en el pasado, palidecía comparada con esto, con la sensación de pertenencia, con el cariño, la confianza, la admiración y la complicidad. Su loco sueño de juventud y las complicaciones dentro de la elfería eran eclipsados por su familia, por la impresión de ser útil y necesaria aquí, donde podía ayudar a cambiar el mundo para las personas que la rodeaban. Aquí era necesaria, aquí podía hacer germinar revoluciones y agitar el pensamiento de su gente, más que con un arco y algunas flechas en el camino.
Todo había salido bien, después de todo.
Estaba justo donde debía estar.
El calor de la tarde sofocaba la ciudad. Incluso en pleno verano, no era habitual que la temperatura se elevara hasta aquel extremo. Alzó la vista al cielo, mientras aguardaba a su madre del otro lado de la puerta balanceándose sobre la punta de los pies; en lo alto ninguna nube surcaba el azul intenso, pero las tonalidades rosadas y anaranjadas empezaban a tornarse vívidas en el horizonte. La más leve brisa hubiera sido agradecida inmensamente por los habitantes de Denerim, acostumbrados a la vivificante sensación de la lluvia fría o la nieve.
Kallian buscó refugio a la sombra de un edificio. Estaba a punto de sentarse al borde de una jardinera cuando su madre emergió de las dependencias de los sirvientes. Anduvieron tomadas de la mano entre las callejuelas hasta alcanzar un paseo ancho. Cruzaron un puente debajo del cual el río escurría lentamente hacia el mar. Pasaron entre casas de pequeñas puertas donde la gente andaba vestida con lo más ligero que poseía. Los niños pequeños corrían desnudos persiguiendo perros o gatos mientras las madres se quejaban desde las ventanas, añorando el invierno.
La ciudad se hallaba sumida en un sopor atípico y el bullicio del distrito mercantil, que no aminoraba su ajetreo ni siquiera aquél día, anunciaba su multitudinario y alegre flujo de objetos y personas muy por lo alto, hendiendo el aire denso que aplastaba Denerim. Atraídas por el característico griterío, no volvieron de inmediato a casa; ni siquiera la sombra de los muros de la elfería las protegería de la temperatura, así que emplearían el tiempo libre para dar un paseo antes de que el sol se pusiera.
Los años habían implantado una especie de fascinación en Kallian, en el mercado toda Thedas parecía congregarse, entre tenderetes, toldos, mesas de exhibición, armerías, tabernas y carromatos que entraban y salían. Se podían distinguir las robustas figuras de los enanos, la brillante piel oscura de un marinero deseoso de comerciar las mercancías que transportaba desde tierras lejanísimas al norte, el acento gracioso de un orlesiano ofreciendo vistosa moda a las damas que se animaban a salir de vez en cuando de sus lujosas mansiones. Había guardias de la ciudad y gente de la Capilla, elfos cumpliendo mandados, e incluso, si estaba de suerte, podía divisar a uno de los dependientes del Emporio de Maravillas, un "tranquilo".
Allí había vibrantes colores en las telas, el aroma de las especias que ella no probaba salvo que Anora le hubiera reservado algo del desayuno, el olor del cuero, del pescado, de los animales en sus jaulas. Allí estaba el mundo, todo el mundo.
Su madre la guiaba en un recorrido meramente visual, muy rara sería la ocasión en que pudieran costearse algo bonito, algo comprado por el placer de ello. De hecho, la comida y el resto de los artículos básicos debían conseguirlos en locales de aspecto menos agradable o directamente de Alarith. No obstante, la experiencia, poder mirar incluso desde la distancia -pues los vendedores confiaban poco en los elfos por temor a ser robados, como si su madre no tuviera sensatez o dos dedos de frente o algo que se le pareciera para saber que aquello sería una tontería–, tener la oportunidad de un pequeño solaz significaba ya una pequeña victoria.
—¿Has visto ese vestido?
Siguió la mano de su madre hasta el objeto que señalaba. Un mercante había extraído de un cofre una pieza magnífica. Lo extendió hacia la posible compradora y la luz del sol le arrancó destellos como los de un arcoíris a la tela lila plagada de cristales. La mujer la examinó unos segundos con una mueca de insatisfacción. La pequeña elfa no lo entendía, el vestido le parecía digno de un puesto de honor entre las pertenencias de una joven noble. A ella le maravillaba la belleza que podía crearse con un poco de tela y una cantidad justa de creatividad. La pequeña elfa podía pasar horas arreglando y acomodando los vestidos de Anora con esmero y cariño, embelesada con la sensación de las telas bajo sus dedos, ya un poco callosos, encantada con los detalles, la pedrería, los encajes, los brocados. Ella era consciente de que jamás se le permitiría usarlos, ni siquiera estaba segura de quererlo, porque en palabras de su rubia amiga, esos vestidos eran un insufrible estorbo. Le gustaba admirarlos, justo como hacía ahora.
Alzó los ojos hacia Adaia. Ella usaba una expresión a medio camino entre una ternura maternal y cierta curiosidad, debía ser raro hasta para ella -quizá sobre todo para ella- que Kallian tuviese semejante interés. Su madre no lo sentía en lo absoluto, pero siempre que era posible, le hacía notar una joya de la sastrería como aquella, dispuesta a participar de sus gustos solo por tratarse de su hija.
—Es bonito.
Adaia sonrió en acuerdo. Al sujetar su mano de nuevo y dar media vuelta, Kallian recordará, su madre comenzó a actuar diferente.
La moda, en cualquiera de sus variantes, nunca había sido depositario de su interés; no poseía una apreciación estética muy desarrollada, suponía. Kallian sí. Cyrion había sido el primero en advertirlo y se había mostrado muy entusiasta al alentar el gusto de la niña. Por aquel camino y si conseguía un sastre o costurera que no quisiera abusar de ellos con el cobro del aprendizaje o restringir a su hija a una mera sirvienta suya, la niña no tendría que trabajar fregando pisos, sirviendo la mesa o lavando sábanas y ropa.
La idea debería resultar menos desalentadora para Adaia, se recriminó mientras apretaba la mandíbula. No tenía valor para terminar de decidir si iba a poner un arma en las manos de su joven hija, exponiéndola de alguna manera al peligro de una muerte violenta en el futuro, pero tampoco deseaba consentir convertirla en aprendiz de un oficio que, fuera menos arduo o no, seguía ofreciéndola al servicio de un humano, justo como ella, justo como generaciones de elfos antes. ¿Qué mensaje estaría dando? Contradecía todo lo que había intentado inspirar en ella. Habría sido más fácil algunos meses atrás, antes de que esa maldita incertidumbre, aquella angustia e irresolución, la aquejaran. Tajantemente se habría negado, sin titubear empujaría a su hija a convertirse en un ser libre y si para eso necesitaba un par de dagas, no se discutiría.
Ahora, temía por ella. Temía por ambas, detonó el pensamiento para su súbito horror. Acentuó la fuerza del agarre a la mano de su hija y caminó tensa hasta el extremo opuesto de la calle. Sentía miedo, qué tontería. Siempre había actuado con confianza, en despliegues de una ciega fe en sus habilidades y su buena suerte. Pero la buena suerte no era firme cimiento para ninguna seguridad. La fortuna se agotaba y la ominosa sospecha de que ella estaba a punto de beberse su última dosis se manifestaba como un extraño vacío en la boca del estómago, como un peso constante sobre el pecho.
—¿Mamá?
Adaia frenó de golpe la marcha para atender a su hija, inmersa en la laguna turbia de sus pensamientos. Kallian la miraba extrañada, pero antes de eso, un golpe con el hombro de parte de un transeúnte le arrancó una protesta.
—Sería de mucho agradecer si se fijaran por dónde caminan —rezongó—. Lo siento, Kallian, tenemos que volver —dijo con auténtica pena, ella no tenía por qué pagar su repentino mal humor.
Mal humor o…
Se enderezó y miró de reojo hacia un tenderete frente al que habían pasado hacia unos minutos. Recordaba haber visto un hombre extraño del cual alejó a Kallian tirando de su brazo para interponerse entre ambos. Había sido un acto reflejo, no confiaba en los hombres con esas miradas en la cara, temía que quisiera intentar arrebatarle a su hija. Era habitual que se robaran a los niños, sobre todo a los niños elfos, en sitios concurridos como aquél.
Ahora, pensaba otra cosa.
—Está bien —la voz de Kallian atrajo su atención. Le regalaba un gesto serio pero comprensivo—. Regresemos.
Volvían a vibrar sus nervios al son de una paranoia impropia de su carácter. Detestaba no ser capaz de pensar con entera claridad. Se apresuró a salir de la plaza central, preocupada por la postura vulnerable en un espacio abierto, cual si estuviera en medio de un enfrentamiento en lugar de dando un paseo vespertino. Llevó a su hija entre las calles y su temor rehusó ceder hasta verse de frente al rastrillo elevado que daba paso a la elfería. Por primera vez en su vida, el terrible lugar donde se hacinaban los elfos fue el sitio más confortable y seguro de Thedas.
No obstante, el sabor del alivio permaneció muy poco con ella. Sus sentidos se pusieron alerta al notar por el rabillo del ojo la furtiva sombra que intentó protegerse detrás de un muro justo cuando emergían de las escaleras. Adaia se detuvo en seco, el golpe de la sangre en sus sienes silenció la voz de su hija preguntando el motivo de la interrupción.
Cerró los ojos y apretó la manita tintineante de Kallian mientras inhalaba, preparándose, sin saberlo, para el final.
No era su paranoia, las perseguían.
Todo este tiempo, en el fondo de su mente, lo había sabido.
El titubeo de su madre había sido un indicativo estridente a ojos de Kallian, un relámpago de lúcida premonición caído en medio del aciago preludio a la ruina que podía intuir apenas y que solamente desentrañaría conforme profundizara en sus tinieblas. Ningún paso podría desandarse y las raíces de la tragedia, la joven elfa no podía verlo, se hundían demasiado lejanas en el tiempo como para lograr cambiar algo.
Se había detenido de repente y permanecía con la vista clavada en el sendero retorcido que penetraba en la elfería, más allá del puente que no habían cruzado aún. El atávico hogar que no relucía a la luz del sol no sospechaba de la adversa travesía que ellas dos estaban por emprender. Kallian notó los labios apretados de su madre y cuando, por fin, reparó en los grandes ojos enturbiados por lágrimas contenidas, sacudió el brazo para llamar su atención. Su propio horror se había disparado en un instante. No recordaba haber visto llorar a su madre nunca y no podía pensar en nada que hubiera sucedido para causar una reacción así.
La brusca respuesta que dio Adaia a cada incertidumbre suya la descolocó otro poco, sus pies tardaron un segundo en reaccionar al movimiento y prácticamente la mayor la arrastró en su carrera hacia el extremo del puente. Iniciaron el descenso por la estructura precariamente montada en la muralla. La madera protestó bajo cada paso que las alejaba de allí. Siguieron el río hacia el oeste, apremiadas por una sombra, errando al pensar que huían. En el algún punto, el miedo de la niña se enfocó en cualquiera que fuera el peligro del que se escabullían más que en el terror que le causaba dar un mal paso y precipitarse a las profundas aguas.
Los pulmones le ardían mientras jadeaba por aire. Corrieron lo que pareció una eternidad con ella al frente, guiada por los espavientos silenciosos de mamá. Kallian miraba los puentes improvisados mientras pasaban debajo de ellos, se estremecía al entrar en la oscuridad de un túnel que la obligaba a andar con el agua hasta la cintura; veía pasar a la gente que reía, sentía el sol de la tarde acariciando su piel, ansiando un respiro, esperando respuestas. Emergían y se zambullían periódicamente, trotaban si el espacio lo permitía y andaban con cuidado en los trechos angostos.
Huimos, pero ¿por qué?
En la parte final, la estructura se elevó en inestables escalones, llegó al tope, eludiendo un túnel y luego descendió hasta un estrecho camino a ras de la muralla. Adaia subió por unos peldaños de piedra que las devolvieron a la ciudad. Kallian se permitió albergar esperanza, creyendo que la aterradora aventura había concluido. Anduvieron entre la gente, camufladas en el ajetreo frente a las puertas de la ciudad. Ambas tenían el pulso desbocado y respiraban con dificultad el aire espeso de la multitud. La pequeña elfa se limpió el sudor de la frente con el dorso de la mano, con el único deseo de tumbarse en algún sitio para darle descanso a sus piernas. Dentro de las botas sentía los pies lacerados, aquejados por heridas ardientes que le suplicaban parar.
—Camina hacia las puertas.
La orden disimulada de su madre puso en su rostro una expresión de súplica y horror. Miró sus pies y apenas evitó soltar un gimoteo. Al final, obedeció, hostigada por el mal presentimiento. Franquearon la entrada ante la atenta mirada de un guardia de la ciudad, pero éste, atareado con el flujo de personas que intentaban ingresar antes de que anocheciera, no se dio el lujo de preocuparse gran cosa por quienes salían.
Habían caminado una distancia considerable cuando cayó en la cuenta: jamás hasta ese día había estado fuera de Denerim. Lo había imaginado, no exenta de un poderoso terror, incontables veces, sin embargo, no tuvo tiempo de procesar la emoción y el miedo que esto le implantaba a partes iguales, porque Adaia tiró de ella hacia el bosque. El cielo se apagaba lentamente y tuvo otra corazonada de funesta índole que se tragó a medida que la carrera se reanudaba con el máximo sigilo. En las ocasiones que sus zancadas la salvaban de caer en un desnivel o enredarse en una raíz, echaba de menos la madera de la pasarela que crujía, allá en la ciudad.
Echó de menos la felicidad, porque ahora, yendo detrás de su madre, era incapaz de sentir nada parecido.
Lo inevitable sucedió cuando Kallian quedó relegada, sus piernas, incluso obligadas por las más testarudas órdenes, no lograron mantener el ritmo de su madre. Le temblaban con cada nuevo intento de acelerar la marcha. Aguijonazos de dolor anticipaban la tortura de las extremidades pronto agarrotadas; sus rodillas estaban a punto de perder toda solidez. Y se desplomó, con un aullido de dolor y lágrimas de rabia en sus mejillas; enterró los dedos en la tierra húmeda, sin atreverse a enfrentar a su madre, avergonzada hasta extremos insufribles de cara al suelo.
—Un poco más, mi niña. —La voz dulce de su madre emitió una súplica y Kallian levantó la cabeza.
Adaia se aproximó para ayudarla a ponerse de pie, le secó las mejillas con los pulgares y le besó la frente. El cálido gesto materno aplacó el dolor con su extraña magia.
—Lo siento —murmuró antes de sorber por la nariz y restregársela con el dorso de su mano. Hubo un tintineo, fuera de lugar entre toda aquella tristeza—. Tengo miedo.
Contuvo un sollozo dentro de su pecho y su cuerpo se lo cobró con más lágrimas. Adaia sacudió la cabeza antes de prodigarle un rápido y enérgico abrazo. Se permitió apretar los párpados y aspirar con el rostro hundido en su cabello húmedo. Al separarse, rogó con todas sus fuerzas quedarse en los brazos de mamá un poco más.
Ella, sin previo aviso, le retiró la pulsera de cascabeles que usaba todos los días y la abandonó sobre el suelo. Kallian la observó anhelante, tentada a recogerla y guardarla en alguno de sus bolsillos.
—Yo lo siento.
El río apareció entre los destellos de luz moribunda de la tarde. Se desplazaron entre las piedras, abriéndose camino a través de la tupida floresta, a veces obligadas a andar con el agua hasta las rodillas. Kallian mantenía un espantado silencio, sin atreverse a inoportunar con preguntas. Sus ojos aterrorizados inspeccionaban los alrededores, desesperada por descubrir esa amenaza que había alterado a la valiente mujer que era su madre, pero ella sólo veía los árboles en su gloria veraniega, escuchaba el río crecido que se deslizaba lentamente sobre las rocas, sentía la caricia, a veces punzante, de las hojas y ramas sobre la cara, percibía las aves en su regreso a casa, y un nudo en la garganta la estranguló al sopesar la posibilidad de no regresar, de quedar apartada para siempre de Shianni, de Soris y de papá.
El sonido de la respiración agitada de Adaia comenzó a delatar su propio cansancio y se preguntó cuánto habrían de recorrer antes de estar seguras, o de si alguna distancia, cualquiera que fuera, bastaría para alejarlas del peligro. No deseaba estar fuera de Denerim, el exterior la aterrorizaba, con sus sombras retorcidas alargándose mientras el sol continuaba bajando. Quería regresar con mamá a la elfería y tener una cena como todas las noches. Quería abrazarse a ella y cerrar los ojos hasta que esa pesadilla volviera a la parte del Velo de la que había escapado.
Los dilemas y las incógnitas se evaporaron al percibir el silbido de la primera flecha. Su oreja izquierda se movió, consecuencia del sonido, en esa dirección. Sin parpadear ni atreverse a respirar o realizar ningún otro movimiento, Kallian tuvo un instante de confusión. La flecha incrustada sobre el suelo era una declaración de hostilidad cuya contundencia abatía de un golpe las pocas buenas promesas que hubiera sobre el futuro y se sintió desorientada. Buscó el rostro de su madre y se preguntó a qué venía toda esta angustia si hacía un rato habían estado paseando por el mercado en una tarde calurosa.
No tiene sentido, no lo tiene.
La segunda flecha arrancó a Kallian de su embotamiento justo cuando Adaia, en el intento de protegerlas a ambas, se lanzaba al suelo, procurando actuar como su escudo mientras rodaban por una pendiente pronunciada hacia el agua. Escuchó su gemido de dolor y sintió su peso apretándola contra una roca húmeda. Un espasmo le recorrió un costado y al abrir los ojos su visión estuvo desenfocada. Permanecieron en aquella posición una pequeña eternidad, entre juncos y raíces, casi sin atreverse a respirar por temor a llamar a quienes las perseguían con el más ligero de los ruidos.
Antes de ponerse de pie y urgirla a seguir, le dedicó su madre una mirada entristecida y contrita. Kallian sacudió la cabeza, sus ojos derramando lágrimas de nuevo y advirtió la herida que mamá se había hecho sobre el pómulo izquierdo y el arañazo sobre la frente que escurría un grueso hilo de sangre hasta su sien y su mejilla. Hizo acopio de fuerzas para no sollozar ante la visión de Adaia -tenaz, dorada, inmortal- asustada y herida.
¿Por qué?
Avanzaron sobre el lodo, parcialmente protegidas por la vegetación que había crecido exuberante desde la última estación. Deambularon en la espesura como un par de ciervas temerosas, recelando del más mínimo ruido o peor aún, del silencio. Las cazaban con macabra experiencia. Las historias sobre esclavitud de las que hablaba Alarith plagaron su mente. Rezó al Hacedor o a quien quisiera escucharla, a los dioses élficos si es que existían, suplicó estar con su madre cualquiera que fuera el desenlace. Si no podían vencerlos, si no había un modo de escapar, si esa casita de madera frente a las charcas de lluvia era ahora un remoto y agridulce recuerdo suspendido estático en el pasado, Kallian rogaba que se le permitiera estar con ella.
En medio de su aturdimiento, alcanzó a escuchar aquellos repetidos "¿Quién? ¿Quién? ¿Quién?" pronunciados a la vez con voz queda y desesperada. Alzó la vista y contempló los trémulos ojos de su madre.
No entendía, hacía un rato eran tan felices.
La primera trampa la esquivó, gracia de un paso largo, en la cima de una colina, a mitad de un sendero abierto entre apretados árboles. Luego, y pese a no haber desacelerado la frecuencia de sus zancadas a través de la maleza, aguzó la vista para impedir que un par de metálicos dientes cerrados entorno a una pierna decidiera su destino. Se maldijo mil veces por haberse comportado de la manera más predecible. Ellos sabían que no entraría a la elfería, poniendo en riesgo a toda su familia. Si su muerte era inevitable, Cyrion debía cuidar de los niños. Aquél había sido su primer error. Quien quiera que estuviera detrás de aquella cacería, había intuido que al primer sitio que iría a buscar cobertura sería a la espesura que crecía a la ribera del río, fuera de la ciudad.
Estúpida, estúpida, estúpida.
Iracunda al percibir el líquido amargo de sus lágrimas, se habría abofeteado por su error -un error que podía costarle la vida- si la huida no la hubiera estado apremiando, si el obsesivo pensamiento de proteger a Kallian a toda costa no hubiera estado taladrando su mente. Nada, nada en absoluto, era más importante. Ni siquiera en sus más profundos pensamientos se planteaba una posibilidad tan asquerosa, tan infame como la de permitir que esos bastardos... Era una perspectiva que resultaba insoportable como su propia muerte no podía serlo.
Cuando supo lo que los arqueros tramaban, Adaia emitió un gruñido leve que no desfogaba toda la ira que sentía. Esquivar las flechas le impidió penetrar en la espesura, obligándola a quedarse siempre a la orilla del río, empujada hacia el descampado, a un sitio en el que no había escondite ni truco ni arma que la defendiera de sus perseguidores.
Como invocados, aparecieron los primeros. Dio un paso hacia adelante al mismo tiempo que de un empujón hizo retroceder a Kallian. Le indicó con la mirada que se escondiera en el hueco que se había formado bajo un árbol muerto, inmenso e inclinado sobre el río.
—¿Quién? —Preguntó. Su voz sonaba extraña, emergida de un lugar donde anidaban la frustración y el miedo.
Ninguno tuvo a bien responderle. Reprimió un gruñido. Luego, permitió que el primero se aproximara para desarmarlo con un par de ágiles movimientos. Se iban a dar cuenta, pensó mientras la ira la desbordaba y la adrenalina actuaba sobre sus reflejos,se iban a enterar de a quién habían perseguido y acorralado. No era una presa fácil, nunca lo había sido.
Adaia acalló el grito con una daga sobre la garganta del tercer hombre y se apresuró a esquivar una flecha, buscando la cobertura de un tronco, para, en seguida, abalanzarse sobre el arquero y estrangularlo con su propia arma. Kallian guardaba un nervioso silencio mientras los observaba con odio, deseando que estuvieran pronto muertos y que doliera, que fuera horrible del mismo modo que era horrible estar allí, que el agotamiento se alimentara de su miedo, que pensaran en aquellos a quienes querían -si los había- y los torturara la idea de no volver a verlos, que no encontraran reposo ni siquiera en la muerte, que doliera la mitad de lo que le estaba doliendo a ella ver a su madre herida, luchando por su vida, jadeante y con aquella expresión oscura en sus facciones.
Kallian se mordía los labios para no distraerla con un grito de pánico cuando un enemigo pasaba un arma demasiado cerca. El miedo picoteaba su mente como un cuervo perverso. La furia la hacía apretar tanto los puños que las uñas le estaban causando daño a la piel. Adaia no había salido indemne del combate. En su desesperación, un mercenario le había mordido la oreja izquierda y le sangraba profusamente. En el antebrazo derecho tenía un corte cuya profundidad la evidenciaba la sangre y la condición de la piel alrededor. Se había llevado más de un codazo y los puñetazos dados con saña cuando el combate se inclinó más a favor de ella quedaban manifiestos en su rostro, en la sangre que goteaba de su nariz y el pómulo enrojecido, en el ojo lastimado que no podía abrir completamente.
El quejido de cansancio y dolor la hizo espabilar, parpadeó y su visión se volvió borrosa a causa de las lágrimas. Adaia se dejó caer de rodillas sobre el suelo y Kallian salió de su escondite, insegura en un inicio. Al segundo, cuando el aliento y la consciencia de la realidad regresaron a ella, echó a correr hasta su madre, sintiendo los fuertes golpes de su corazón en la garganta. Se quedó parada frente a ella, inmóvil y temblorosa, asustada porque su madre la miraba como si no estuviera allí. Sentía que se ahogaba en lágrimas y aquello alertó a Adaia.
—Kallian —la llamó sin que ella pudiera articular una sola palabra para tranquilizarla, todo su esfuerzo se estaba yendo en lograr respirar con normalidad—. Leah, mi niña. —Sus ojos enrojecidos se concentraron en ella, extrañada por el apelativo que sólo había usado un puñado de veces en toda su vida. El pánico fue remitiendo—. Está bien, todo va a estar bien.
Kallian hizo un gesto de negación, el sabor de sus lágrimas se instaló en las esquinas de sus labios. Una de sus manos alcanzó la cara magullada y delineó la herida del pómulo, sin rozar siquiera la piel. Sus pulmones alojaban aire y lo expulsaban ya con regularidad, sin embargo, un vacío se instaló sobre ellos, creciendo poco a poco, dejándola sin habla, sin pensamientos claros.
Adaia enjugó sus lágrimas, arrastrando sangre y suciedad sobre sus mejillas. Reunió fuerza para hablar sin interrumpirse con gruñidos provocados por el malestar de sus heridas. Puso sus manos sobre los tensos hombros de su hija, se relamió los labios e hizo una mueca de desagrado ante el sabor de la repugnante mezcla de sangre, sudor y tierra.
—Eres muy valiente —comenzó, parpadeando con rapidez. De repente, un acceso de tos cortó su siguiente oración y una expresión de abisal desdicha surcó como un cometa los ojos de su madre mientras intentaba recomponerse. El estomago de Kallian se contrajo—. Y fuerte... El mundo te hará daño —se lamentó, y ésta vez un sollozo escapó de su pecho. Quiso esconder su desconsuelo al abrazarla con fuerza, y en el significativo gesto, la pequeña elfa advirtió una inminente despedida—. El mundo es horrible, y siempre te ha hecho daño —dijo como si acabara de recibir la repentina revelación. A Kallian le dio la impresión de que aguantaba un grito. Mamá había perseguido el sueño de arreglar el mundo con una tajada de su diestra mano y ahora se ahogaba en hiel al caer en la cuenta de lo imposible que era, porque cualquier cosa que hiciera no bastaría para convertir Thedas en un lugar que no lastimara a los inocentes—. Pero eres fuerte, Kallian. No dejes que te cambie. No permitas que te venza, que te convierta en alguien que no quieres ser.
El discurso de Adaia perdió consistencia, volviéndose un incoherente mar de palabras élficas, desapacible y penoso de tal forma que Kallian quiso cubrirse los oídos con las manos para no escucharla hablar así. Al final, la creciente oscuridad y el ruido de la naturaleza se alzaron sobre la quietud que las paralizaba a ambas, sin mucho que decirse cuando los ojos hablaban tan claro por su sufrimiento, cuando la desesperanza y la amargura daban fríos mordiscos en las entrañas y la tortura de aquel tácito adiós era tan intensa que doblaba de dolor.
—No te despidas, mamá.
—No han sido los últimos, lo sabes, ¿verdad? —Sostuvo su mentón y los enormes ojos miel de Adaia quedaron fijos sobre ella—. Voy a por ellos, pero tú debes permanecer aquí. No quiero que salgas de ese tronco, Kallian. —Tragó el nudo que había hecho flaquear su voz. Lo que vino a continuación fue un titubeo difícil de someter, una breve pero dura vacilación a medida que juntaba voluntad para mentirle a la cara por primera y última vez—. Volveré por ti cuando haya terminado. Espérame.
Y no le dolió tanto saber que no estaba diciendo la verdad, que la miraba a los ojos y no decía la verdad. No le dolió tanto que su madre se incorporara para guiarla hasta el espacio que había entre el árbol muerto y la húmeda tierra para no regresar jamás. No sería la espantosa memoria de su última cálida caricia y su beso de despedida la que le perseguiría de ahora en adelante. No iba a ser la imagen de su silueta alejándose, perdida entre la espesura con un par de dagas embadurnadas de veneno en las manos, la que le otorgara a la vida un sabor acre y oprimiera el mundo con una cetrina atmósfera.
Las entrañas de Kallian se retorcieron un poco más, estremeciéndose a medida que el último beso de su madre se enfriaba sobre su frente. Se había rendido. Adaia Tabris se había dado por vencida cuando tuvo valor para contar una mentira y la abandonó entre la hojarasca. Y si el mundo podía vencer a Adaia - su tenaz, dorada, inmortal madre-, nadie tenía esperanza. Era la confirmación de la naturaleza horrible del mundo. Era la victoria de todas las cosas malas. Era el final, más allá había existencia pero no vida. Había formas, pero no colores.
Los zarpazos de la derrota la atormentaron con heridas que no sanarían con cataplasmas. No había magia para arreglarlo. Se encogió, deseando ardientemente olvidar.
Habían ido a la deriva en un mar de desdicha un rato, cuando alcanzó a escuchar pisadas caóticas acercándose. Se aferró a sus rodillas. Percibió los gritos a la distancia, su fuente imposible de localizar en la penumbra del bosque. Un humano pasó a escasa distancia de su refugio. Lo escuchó murmurar y vio una sombra cerca de los cuerpos de sus compañeros muertos. Profirió un sonido, similar al de un ave. En segundos, hubo un grupo de varios de esos hombres -Kallian no pudo distinguir a ninguna mujer, ni el número exacto de personas- que registraban el área. Se replegó hacia el interior de la cavidad. Su alarma y el disparatado plan para escapar que tejió en su cabeza fueron en vano, pues el rastro de Adaia saltaba mucho a la vista, quizá apropósito. Seguramente apropósito.
El ruido perdió intensidad poco a poco. Las voces y el repiqueteo de las armaduras se desvanecieron entre los árboles, eclipsado por el murmullo del río. Kallian se encontró deseando que volvieran, que se fijaran en ella. Se odio por no haber contado con el valor para salir y llamar su atención y salvar a su madre. Con rabia clavó las uñas en la piel de sus rodillas con la única intención de hacerse daño. Volvió a llorar.
La oscuridad fue ganando terreno al gris. La luna no había aparecido. Las estrellas titilaban muy en lo alto y su fría luz no iluminaría su camino a casa. Kallian también se rindió y dejó de sentir miedo.
Abatida pero no temerosa, relajó los hombros y liberó su piel de la saña con que las uñas se hundían en su carne para permitir que sus brazos cayeran muertos a sus costados. Inclinó la cabeza hacia atrás, apoyada sobre la superficie rugosa del tronco. Su corazón, cuyo potente y veloz latido había alcanzado los límites de lo doloroso, ganó un ritmo normal, emitiendo un sonido sordo que reconoció como una canción fúnebre. Y en algún punto empezó el frío. En plena noche veraniega, la más cálida que Ferelden había conocido o conocería en mucho tiempo, Kallian sintió los dedos de algo helado presionar su pecho hasta atormentarlo de nostalgia, de recuerdos dulces que envenenaban su sangre y la hacían sentir enferma.
Allí estaban las estrellas. No se desplomarían en ardiente descenso hasta colisionar con el suelo. Los bosques no arderían. Los muros de la ciudad no se derrumbarían. Los ciclos no se habían detenido y las estaciones continuarían sucediéndose. Ningún dios había bajado para guiarla. Ninguna peste azotaría Ferelden. A Denerim no la ahogaría el mar y continuaría pudriéndose en su injusticia. Allí estaba cada cosa en su lugar, se dijo como enloquecida de ira, donde siempre había estado y de la manera que había sido durante eónes, pero ella... Kallian la había perdido.
Mamá nunca volvería por ella al roble muerto y eso al resto del mundo no le importaba. Se incorporó con un chillido y se sacó las botas, luchando contra su cansado cuerpo.
El río la guió de vuelta, pero para entonces era tarde. En la madrugada, Kallian se abrió camino con pasos firmes hasta el cuerpo de Adaia. Ya no temblaba ni frotaba sus brazos en busca de calor, porque comprendió en algún punto antes de ganar la resolución necesaria para ponerse de pie y seguir la corriente, que al abrazarse a su cintura no podía ahuyentar el frío que le helaba los huesos desde dentro. No se apresuró, porque sabía exactamente lo que esperaba.
Y lo que esperaba no era la mitad de terrible que la realidad. No había artificio de la imaginación que hubiera podido prepararla para los horrores que aguardaban detrás de un par de arbustos pisoteados.
—No... No, mamá... no...
Se precipitó sobre ella, fuera de sí ante aquella pesadilla hecha realidad. La observó con ojos rebosantes de tristeza, sin parar de llorar. Le pasó los brazos debajo de los hombros para sacarla del río sin apenas advertir el esfuerzo que conllevaba arrastrarla fuera del agua. Se arrodilló junto a ella.
—No... No... —Kallian sollozo. Con suma delicadeza apartó un mechón empapado de su rostro. Estaba helada—. No has tenido que ir por mí. Estoy aquí. Yo he venido por ti. Por favor. Estoy aquí. Estoy aquí. Mama, por favor —le pidió con un susurro, acomodándose junto a ella y aferrándose a uno de sus brazos—. Por favor, no me dejes.
Kallian lloró hasta dormirse junto a ella, rogándole que despertara, dicéndole que había mucho por hacer, tenía muchas cosas que aprender y si ella no estaba ¿quién arreglaría el cabello de papá? Le juró que no volvería a comportarse mal, sería la mejor, debía volver para ver lo bien que se portaba, lo rápida que sería con sus tareas, que leería mejor, que ya no le asustaría la gente.
—Mamá, vuelve por mí —rogó por última vez.
Luego, se quedó con la vista fija en el cielo un momento y frunció el ceño, conciliando la ira con el dolor para convertirlo en un único y poderoso sentimiento. Algo había estallado esa noche. Algo había ardido en un feroz incendio y ahora Kallian lo apagaba con la humedad de sus lágrimas. Algo estaba roto y no podía siquiera soñar con remendarlo.
Apretó los párpados, exhausta. El Velo la reclamó poco después, con el final deseo de no abrir los ojos de nuevo.
No obstante, cuando el alba apenas se anunciaba y el frío erizaba la piel, la despertó el sonido de las pesadas botas de un guardia de la ciudad. Vagamente recordaría que aquel joven oficial la apartó de su madre muerta al cargarla en brazos y que cuidó de ella hasta devolverla a la elfería, con su familia.
—Mamá nunca volverá —le dijo a su padre antes de hundirse en un miserable llanto junto a él.
N/A: Se alargó horriblemente, pero maté tres capítulos de un tiro (?) Y un elfo (?)
Se acabó la primera parte, mijos. Pretendía ser más larga, abarcar los capítulos de introducción a la vida de Alistair y de otros personajes, pero no mando yo, manda la historia y ésta pedía que tras un evento de tal magnitud para la señorita Tabris, se cerrara la herida.
Tuve el mismo problema que en capítulos anteriores, empecé con mucho ánimo, pero al terminar, incluso la idea de tener que releer por enésima vez para arreglar los dedazos y demás me resultó insoportable. Jajaja, escribir es una tortura, solo dios sabe por qué lo hago xD (?) De cualquier forma, este finde prometo ponerme a revisar lo que va del fic para corregir sus errorcillos (esos "has" en lugar de "haz" uuuuugh).
En fin, ¿ha sido la mitad de angustioso que debería? Espero que sí, es la primera vez que lloro escribiendo una escena, debe significar algo xD Llegó el momento en el que me quedé sin sinónimos para "dolor" y "miedo" wtf
*Leah (pronunciado Lía), fue la única forma de utilizar los sonidos del nombre "Kallian" para tener un nickname cariñoso.
