NA: Escribí bajo la influencia de... el alcohol... Nah, bajo la influencia de "Sorrow" de The National.
Segunda parte
- Cenizas -
"Creí que la tierra me recordaba"
- 8 -
El repiqueteo de las campanas inició cerca del amanecer.
Ahogó un grito que en sus labios dejó un sabor a hierro y sal. El violento despertar aclaró su turbio sopor, pero el dolor en la base del cráneo la persiguió a través del conjunto de malestares que el movimiento había alborotado. Apretó los dientes y empujó el cuerpo contra la pared. Notó que las punzadas en la cabeza no competían contra el dolor en el estómago.
El aire era pesado en el reducido cubículo, olía a humedad y cosas mucho menos agradables que se esforzó por ignorar. Bajó las piernas para quedar sentada sobre la banca, el potente rechinido de la madera le taladró la cabeza y el mareo la llevó a estirar una mano hacia la pared en busca de estabilidad. Se sentía desorientada. En la boca persistía el sabor repugnante. Cerró los ojos al tiempo que enterraba la cara entre sus manos, temblando con la adrenalina del sueño contenida en sus venas todavía. Al cabo de un rato, dejó caer las manos sobre sus rodillas, observó la celda y soltó un resoplido desalentado. La realidad remplazaba poco a poco los remanentes de su pesadilla, aunque el estado de vigilia era difícilmente un escape de lo que el Velo le tenía reservado cada noche.
Otra pesadilla. No había tenido una noche de descanso en años.
Las campanas tañían con ahínco su anuncio fúnebre. El compás espaciado y afligido clamaba el principio de las exequias largamente pospuestas. Un vago sentimiento de pérdida la embargó y pensó en Anora.
Se frotó las sienes en el intento de aplacar el dolor de cabeza. Al apartar el chaleco y levantar la blusa, una mancha violácea de bordes amarillentos provocó que enarcara una ceja. Se lo tenía merecido. Si le ocurría que un lapso de heroísmo le daba ganas de meter las narices donde no la llamaban para defender a un mocoso ladrón, recordaría, por seguro, el puñetazo y la patada con que un humano le había arrebatado el aire y la había dejado tumbada en un callejón. Oh, Hacedor, lo recordaría.
Soltó el aire muy despacio y jaló una bocanada más lento aún. Se quedó inmóvil. Entonces, poco antes de permitir que la somnolencia acaparara sus sentidos otra vez, le dio alcance, al fin, la intranquilidad. El motivo del escándalo de las campanas reclamaría la atención de Anora en el desastre dentro de palacio. Ella no iba a liberarla. Kallian soltó un resoplido, de cualquier forma, Anora había especificado que no movería un dedo para sacarla a ella o a su familia de un problema de nuevo.
Muy a su pesar, se enderezó e inspeccionó la oscuridad de su celda, gesticulando el malestar que la aquejaba. Esta sección no era el destino de los criminales peligrosos -claramente ella no era una-, acaso actuaría como el área de espera, mientras se decidía qué hacer con los pobres diablos de la ciudad, criminales de poca monta que a la larga eran más un estorbo dentro de las instalaciones. Si tenía suerte, con el tiempo la dejarían ir. Pero ella nunca tenía suerte y a aquellos acusados de robo los liberaban, desde luego, tras un justo intercambio. Una mano, perder una mano. La posibilidad la acometió, Kallian no estaba dispuesta a ceder una de sus manos. Se frotó una muñeca, nerviosa.
Transcurrió algún tiempo antes de que detectara movimiento en el pasillo. Hasta entonces no había logrado elaborar un plan más o menos congruente. Miró en dirección a la reja y alzó una ceja, no esperaba la aparición el sargento Kylon con el aro de las llaves tintineando casi en consonancia con las campanas de la ciudad. O quizá no la deseaba. Como una extensión de su pesadilla, llegaba el guardia para rescatarla.
Se detuvo frente a su celda. Los ojos acusatorios y decepcionados la observaron desde esa pose recta con las manos entrelazadas sobre la espalda. Ella le devolvió una mirada impávida que no dejó entrever su indescriptible alivio.
No obstante, el recelo la hizo replegarse y su optimismo flaqueó. ¿Anora lo había enviado? Sus circunstancias nefastas dentro de esa celda significarían una deuda demasiado alta si tal era el caso.
—Levántate, tu prima ha venido por ti —le indicó tras un gruñido—. Rápido, convencí al comandante de que esto era un error, no le des tiempo de arrepentirse.
—¿Convencer? —Farfulló.
Gracias al Hacedor, esto no era obra de la próxima reina de Ferelden.
—Eh, hice un intercambio. —Kylon tuvo un sospechoso titubeo—. Tú limítate a salir de aquí.
Aparentemente, gruñó para sí.
De todas maneras, Kallian asintió y obedeció sin agregar ningún comentario, sería muy tonta si alguna clase de orgullo se atrevían a oponerse. Anduvieron en silencio a través de pasillos cuya oscuridad apenas la disipaba la luz anaranjada de las antorchas. Un par de veces el oficial se detuvo para intercambiar algunas palabras con sus compañeros, entretanto, ella paseaba sus ojos alrededor, agradecida de no haber terminado en las mazmorras del arl, entonces su oportunidad de escape habría sido nula. Alcanzaron una puerta de servicio que provocó la curiosidad de Kallian a cerca del acuerdo del oficial y su superior, si este existía en primer lugar. Allí, Kylon empujó la placa de madera remachada en hierro, interrumpiendo el derrotero que había elegido su mente. Entornó los ojos, deslumbrada por la incipiente claridad del cielo al emerger del Fuerte Drakon. Ahogó un quejido en su garganta, el tañido resultaba irritante allí arriba.
Kylon estudió su reacción e hizo ademán de inspeccionar el horizonte.
—Lo han declarado muerto. Buen rey él.
Ella lo había contemplado fascinada desde la distancia. Salvador de cabellos dorados. Nunca tuvo la gracia de servir a su mesa o siquiera ingresar a sus aposentos para la limpieza. Fue el único de sus héroes de infancia al quien la lejanía mantuvo intacto, impoluto, a salvo de la mundana política, materia en el que Anora, en cambio, se desenvolvía como nadie. La atravesó un extraño dolor en el pecho, muy parecido a la nostalgia. Los héroes y las valientes hazañas se marchitaban a un ritmo implacable y era una verdadera desgracia tener que mirar mientras se desvanecían.
—Todo lo bueno ha ido muriendo —dijo con aire ausente—. Pronto solo quedaremos las ratas, ¿quién salvará la nación la próxima vez?
—No todo lo bueno —apuntó Kylon—, el niño me dijo que lo defendiste.
—Me defendía a mí misma —debatió con toda calma—. Me veo en cada mocoso harapiento que se arrastra por allí.
Los ojos del oficial se tiñeron de compasión y no de censura, como cabría esperar. La descolocó y la hizo sentir incómoda. La primera vez que recibió aquel gesto, había sido en el bosque, diez años atrás. Cada vez que él le miraba así, volvía a sentirse la niña extraviada y rota, el saquito de huesos húmedos que recogió del suelo.
—La pelirroja nos espera, andando.
Ella asintió con un cabeceo distraído. Dio pasos cortos para ir detrás del oficial, a salvo de sus ojos indulgentes que continuaban viéndola como la chiquilla abandonada en el bosque.
—¡Allí estás, maldita sea! —La exclamación la hizo volver la cabeza.
Al bajar las escaleras a un descuidado jardincillo, advirtió la silueta de Shianni aproximándose a toda prisa. Se reunieron a medio camino. Kallian tuvo la decencia de arreglar una expresión contrita en su rígida faz. Las arrugas de preocupación sobre la frente y alrededor de los ojos de su prima eran profundas y la dotaban de un semblante cansado. La primera acción de Shianni al tenerla cerca fue estrecharla con toda su fuerza y soltar una especie de sollozo aliviado sobre su hombro. El dolor detonó, aunque agradeció poder esconderse en su abrazo.
—Estoy bien. Hice algo estúpido, pero estoy bien —ofreció para calmarla, apretando los dientes para no aullar a medida que la otra elfa la apretaba más.
—¿Qué te sucede? No puedes hacerle esto a tu padre. —Se apartó y empezó a reprenderla con severidad. Los ojos de la elfa castaña vagaron en el sendero que conducía a una callejuela aledaña, su ceño fruncido y su talante desdichado escondían el dolor que los brazos de su prima habían acentuado—. Le he dicho que estabas fuera por trabajo acumulado.
Kallian se mordió los labios. Las consecuencias físicas no eran la única secuela de su aventura nocturna. Debió actuar menos como la niña que ya no era y reflexionar, en lugar de lanzarse sin miramientos. Por muy buena intención que tuviera, era su deber pensar en su padre primero. Verlo sufrir a costa suya la hacía preferir diez puñetazos más en la barriga.
—No le mientas a papá, ni siquiera por mí —le rogó en voz baja.
—¿Qué se supone que debía hacer? La última vez que desapareciste toda una noche, tía Ad...
«No... No, mamá, no».
—Entendí. —La brusquedad de Kallian pilló a Shianni y a Kylon por sorpresa—. Sólo... No lo digas. —Se adelantó con largas zancadas hasta el corredor que las sacaría de allí, sin esperar a identificar las emociones escritas en ambos rostros. A medio camino recordó al oficial, inhaló irritada y giró sobre sus talones—. Encontraré la manera de recompensar la ayuda —le prometió.
—No vuelvas a meterte en problemas... Oh, y Kallia, Lady Anora desea verte.
Ella no agregó nada más. Ambas elfas comenzaron a caminar y pronto se hallaron entre las apretadas calles de la ciudad. Kallian iría a casa a recobrar fuerzas, después de todo, la deuda con Anora era ineludible y parecía ansiosa por cobrarse.
Con la mente envenenada por el recuerdo de su madre y el de aquella dorada amistad de infancia que ella misma se había arruinado, avanzó mitigada bajo el peso de todo. Se sentía dolida, culpable y desencantada de su presente, uno que había imaginado, en su ingenuidad infantil, como el desfile de generosas oportunidades. Lo había esbozado todo diferente. Qué estúpida había sido.
Evitó chocar con un humano al doblar en una esquina, sorteó el improvisado puesto de un panadero y a una vieja mendiga. Anduvo medio abstraída hasta que una figura saltó detrás de unas cajas apiladas junto a un edificio abandonado. Se detuvo de golpe y alerta, lista para soltar un golpe al necio en turno.
—¡Escapaste!
Frunció el ceño tan profundamente que sus cejas estuvieron muy juntas. Apretó los puños para no arrearle unos fuertes coscorrones al insufrible mocoso. Al cabo de unos segundos, relajó la postura únicamente para que dolor la hiciera emitir un leve quejido.
—Aléjate.
El chiquillo revoloteó entorno, mientras ella inhalaba despacio para aplacar el castigo con que su cuerpo premiaba su heroicidad. Si el dolor no la hubiera estado fastidiando, seguro le habría mostrado al incordio de cabello rubio lo flaca que había quedado su paciencia luego de lo de anoche.
—Fue increíble —el niño continuó—. Hasta que te golpearon y te quedaste allí tirada.
Ella no creía que fuera increíble. Caminar sin doblarse le estaba costando un monumental esfuerzo y quizá fuera su dignidad la que estuviera realizando gran parte del trabajo.
—¿Hiciste un nuevo amigo, prima?
—Es un jodido fastidio y un pésimo ladrón —le dijo a Shianni. Kallian señaló al chiquillo elfo al estirar el brazo con desgana, sin molestarse en dirigirle una sola mirada—. El puñetazo que me derribó, te mataría. Sé útil, ayuda a tu madre y evítale la angustia.
—¿Qué hiciste exactamente?
—Me defendió del shem que me atrapó cuando intentaba robarle una bolsa de monedas —explicó con cierto orgullo el infante, para la exasperación de Kallian—. La golpeó y la acusó de ladrona cuando unos guardias vinieron. No me delató. Oye, sabes robar, ¿verdad? Y sabes pelear, bueno... algo así. Vamos, dame lecciones, podemos formar un grupo, los dos, seré tu aprendiz y puedo enseñarte unos movimientos también. Te voy a hacer caso, en serio, y más pronto de lo que crees tendremos dinero e iremos a otro lugar... —La mueca de fastidio de Kallian continuó tensando sus facciones a medida que el chico parloteaba animadamente.
A su prima le causaba mucha gracia, lo que era ella, deseaba despachar al mocoso e ir donde Alarith por algo que le aliviara el dolor.
—Vuelve con tu madre —insistió.
—No puedo —fue la respuesta automática de él—. Trabaja en palacio.
Con un rápido movimiento, Kallian puso sus ojos sobre el niño y lo observó como si fuera la primera vez. Apenas sin parpadear, se dio cuenta de que tenía la tenue huella de un golpe en el ojo.
—¿Qué te pasó en la cara?
—Oh, ¿esto? —Se señaló a sí mismo—. Nos correrán de los departamentos en poco tiempo y mi madre dice que padre está bajo mucha presión. Yo estaba siendo muy ruidoso y... y lo hice enfadar.
Con disimulo, siguió examinándolo. Al parecer, era algo normal para que le acomodaran golpes de cuando en cuando porque su padre estaba "bajo presión". A Kallian podían irritarle muchas cosas, entre ellas los chiquillos que le recordaban lo muy estúpida que había sido ella misma cuando niña, pero nadie merecía a un bastardo golpeador como padre.
—Los departamentos en la elfería, ¿eh? —Inquirió al arquear una ceja. El chiquillo asintió—. ¿Cómo te llamas?
—Flynn.
—Yo me llamo Shianni, Flynn —habló su prima al inclinarse un poco hacia él. Kallian se fijó en que usaba una expresión interesada. Había un padre abusivo en la elfería, aquello era de la incumbencia de Shianni sin lugar a dudas.
—Hola, Shianni. ¿Tú también eres ladrona?
La mueca de desagrado se adhirió a sus labios de nueva cuenta.
—Niño, ¿sabes leer al menos? ¿Contar? —Lo amonestó, exasperada por su tozudez. El silencio de Flynn fue la única respuesta necesaria. Kallian apretó los labios—. Te diré algo, voy a enseñarte a ser sigiloso —enfatizó la última palabra—. Y quizá no te atrapen cuando intentes hacer algo idiota como lo de ayer.
—Hay... algo que debo hacer a cambio, ¿verdad? —Flynn parecía seguir su razonamiento, al menos no era un completo tonto.
—Aprender a leer, escribir y llevar cuentas. Si demuestras no ser un mocoso inútil, tal vez yo cumpla mi parte.
Él lo dudó un instante, su entusiasmo se había evaporado casi en su totalidad y Kallian no supo decir si aquello era para bien. Torció el gesto, porque seguro las aburridas tareas de una apática elfa le resultaban del todo desagradables en una edad en la que lo más importante era salir y jugar.
—Mi oferta expira a la cuenta de tres. —Alzó una mano en puño y desdobló el primer dedo, impaciente—. Uno... dos...
—¡Acepto! —exclamó—. Trato hecho.
Shianni soltó una risita alegre y estruendosa. Kallian rodó los ojos, meneando la cabeza. Tarde o temprano iba a querer retractarse de su espontaneo acto de altruismo y para entonces sería tarde. No tenía por qué soportar aquello y debería darle igual, ese niño arrastraba un cúmulo de problemas que no estaba segura de tener la paciencia para corregir, pero es que ya no le daba igual. Estaba demasiado involucrada como para voltear la vista hacia otro lado. Antes de reanudar la marcha, inspeccionó otra vez al infante y se formó un mohín en su cara. Adaia nunca habría permitido que un bastardo le tocara un solo cabello, pero Adaia...
—¿Alguien sabe por qué tocan las campanas?
—Tu decisión te traerá honor.
Honor era una palabra amarga.
La voz del arl le hizo traicionar la entereza que había logrado para sí mismo tras la semana de lágrimas y rabietas impropias de un chico de quince años. Su desasosiego quedó manifiesto en el estremecimiento que trepó por su espalda y una recóndita sensación de seguridad que él obligó a tornar en cólera al instante siguiente, porque el arl no le merecía ya nada bueno. Apretó las manos en puño y no tuvo a bien volverse y forzar reverencia o cortesía al menos. Allá afuera vibraba la vida. Los prados verdes revestían el ondulante relieve hasta encontrarse en el horizonte con el azul del cielo; un diminuto lago al que la luz del mediodía le arrancaba destellos reposaba en absoluta calma; los árboles se amontonaban en una esquina de la ventana a través de la cual se observaba el mundo desde la distancia.
Honor.
La palabra era una mancha gris en el lienzo coloreado de deslumbrante vida. Para él, el orgullo tenía el sabor y la sensación de la arena en la boca cuando se lo comparaba con la alegría al despertar y ser dueño de uno mismo, con las ilusiones infantiles y las grandes esperanzas sobre las cuales maquina la mente antes de deslizarse hacia el Velo.
Ahora, entre la riada de sombras que había irrumpido en su vida tan de repente, algo que se pareciera un poco a la felicidad era impensable. Le dolía darse cuenta de que ya había olvidado su última sonrisa, la última vez que había reído hasta las lágrimas, su último recorrido en compañía de una partida de mabaris con el pelaje sucio de barro en un atardecer dorado de Risco Rojo. Si había llorado había sido de tristeza y de rabia hasta cansarse, había ahogado gritos de abandono en una almohada y deambulado abatido entre los pasillos del monasterio.
Alistair reafirmó su decisión de no girar para encarar al arl pues tenía lágrimas en los ojos otra vez y no iba a permitir que él le viera llorar como un crío.
Pero cuando era niño, pensó desolado, él nunca había llorado. Se sintió intoxicado por la dulzura de su niñez en Risco Rojo y apretó los dientes para no gritar. El mundo no era como lo imaginó en aquel entonces.
—Te convertirás en un caballero templario, Alistair, debes sentirte orgulloso tú también —insistió el arl Eamon—. Maric lo estaría.
El temblor de su barbilla y los ojos invadidos de lágrimas lograron que se sintiera espantosamente mal. Alistair tuvo que hacer un esfuerzo sobrehumano para no confrontar al arl en medio de un despliegue de la furia originada en un horrible hecho que ni todos los berrinches tardíos del mundo iban a ayudarlo a soslayar como si nada estuviera sucediendo: su padre estaba muerto.
Él no podía entender de honor o de orgullo. Él sólo podía sentir la furia hervir en su sangre al pensar en el desaparecido rey Maric y lo dolorosamente lejos que siempre estuvo de él. Sus tontas quimeras le daban ganas de reírse con amargura de sí mismo. Estúpido niño, soñando con abrazos paternos y sonrisas cálidas en los labios de una madre muerta. Había sido un simplón, un iluso. Había permitido que su mente volara alto y el dolor de la caída era apenas soportable.
No le concedió la gracia de girar y aquella fue la última visita del arl, pero eso Alistair no lo supo ni le importó hasta que tuvo ocasión de arrepentirse por su comportamiento en los largos días dentro del solitario monasterio. Únicamente sus ocasionales metidas de pata pudieron imponer algo de vida entre las piedras grises del monasterio. La verdad es que no tenía mucho a lo cual aferrarse, todo aquello había sufrido una lenta y penosa agonía hasta extinguirse en el devenir de su entrenamiento como templario.
—Todo un honor —suspiró con la vista fija fuera, donde la vida, que vibraba con sueños y aventuras inimaginables, se había marchitado para él al morir Maric Theirin.
—A Teddy le gusta Anders.
Su canturreo le granjeó una mirada irritada y un resoplido mientras buscaban un par de asientos libres en la biblioteca. Jowan sonrió de medio lado, triunfal. A Theodore no le gustaba Anders, eso era casi seguro, pero desde hacía un tiempo se había esparcido el rumor entre los aprendices, porque si bien no estaba enamorado, si admiraba al rubio al punto en que su situación rozaba la idolatría... O quizá, si le agradaba de esa otra manera. Amell era extraño, hacia un tiempo habría jurado que sentía algo muy fuerte (a la vez que peligroso) por una aprendiz loca que ahora era la asistente tranquila del Primer Encantador.
—A Teddy le gusta Anders.
En la parte trasera, no muy lejos del acceso a la planta superior, consiguieron una mesa para ellos dos. Colocaron los pergaminos, las plumas y el tintero en el centro antes de que Jowan fuera a un estante y trajera consigo una pila de libros para comenzar con todos los deberes que tenía pendientes desde hacía semanas. Su compañero se quedó sentado, jugueteando con una de las plumas sobre la punta de su nariz.
—A Teddy le gusta Anders. A Teddy le gusta Anders. A Ted...
El muchacho se lanzó sobre la mesa con la intención de hacerlo callar antes de que el rubio que adentraba en la biblioteca con su típico semblante de insomne pudiera escuchar lo que él había decidido cantar a voz en grito. Un tintero y varias vitelas fueron impelidas y ocasionaron un reguero en el suelo, manchando sus túnicas como un remate a la trastada.
—Te estrangularé si lo repites —le advirtió entre dientes.
Jowan se alzó de hombros con su mejor sonrisa de inocencia. Antes de poder recoger los artículos del suelo, un fuerte librazo sobre la cabeza de cada uno los hizo emitir un patético gemido. El golpe mandó a su amigo de vuelta a la silla.
—Ouch, odio que hagas eso —se quejó Theodore Amell al frotarse la cabeza.
Jowan hizo lo propio, la elfa había decidido atizarle con un tomo de los gruesos. Odiaba los tomos gruesos incluso cuando no estaban abriéndole grietas en el cráneo. Literalmente.
—Es la biblioteca, par de nugs sin modales —siseó la joven pelirroja—. No pueden gritar. —Neria tiró de una silla. Los libros que había usado para agredirlos los extendió después hacia ellos. Jowan inspeccionó la tapa y compuso una mueca de la cual Amell hizo mofa un par de segundos antes de que Neria lo taladrara con uno de sus aterradores gestos—. ¿Estudiaron lo que les indiqué?
Theodore y Jowan encontraron miradas y menearon la cabeza en gesto negativo. Neria se vio tentada a partirles definitivamente el libro sobre la cabeza. Pobre ella, todavía guardaba la esperanza de volverlos buenos en las artes arcanas, en lugar de darse por satisfecha si conseguía instruirlos con el justo nivel de mediocridad para ponerlos a salvo del rito de tranquilidad.
—Nugs sin modales —reflexionó Amell en voz alta—. ¿Los nugs tienen modales? ¿Has conocido nugs con modales, Jowan? Es que no yo tengo el gusto.
Jowan se arregló la ropa mientras el otro muchacho continuaba parloteando.
—¿Sabes? Para tu tamaño, hay demasiada crueldad y mal humor en ti. Es cosa de las orejas, lo apuesto.
—Seguro se lo guarda todo allí —le apoyó Theodore, serio. Volvía de su monólogo sobre la precaria educación que los nugs recibían últimamente—. Creo que hemos encontrado nuestro campo de estudio, mi buen amigo. Investigación de criaturas extrañas. Primer volumen: los elfos.
Se embarcaron en una absurda charla sobre la vida fuera de la fortaleza como eruditos. Su fantasía se atrevió a viajar a través de las más alocadas aventuras a lo largo de Orlais y Nevarra y la posterior base que establecerían en Tevinter, donde finalmente se les respetaría y temería como era debido. Todo el tiempo, Surana mantuvo sus ojos en las amarillentas páginas de un libro, aburrida de sus tonterías.
—Ese trabajo suele dejarse a los tranquilos, nugs ilusos —intervino cerca del final.
—Es que de veras eres mala —gimió Theodore al poner la frente sobre un libro cerrado.
Jowan abortó la siguiente ronda de chistes al percibir el peculiar sonido de una armadura bajar por la escalera entre el mar de susurros de la biblioteca. El trío cerró la boca en el acto. Las gastadas hojas de aquellos vetustos e inmensos tomos se ganaron toda la atención de Jowan y Theo. En el silencio, el andar del templario alcanzó la categoría de inquietante y escaló sin esfuerzo hasta aterrador. Él no se dio cuenta del aire contenido en sus pulmones hasta que el tintineo del metal fue sólo un eco lejano en el pasillo. Tragó saliva, elevó la vista y desenrolló un pergamino para aparentar normalidad. Las esquivas miradas de sus dos compañeros aprendices desdijeron aquella normalidad de manera escandalosa.
Por supuesto, no todos los templarios eran la personificación de la brutalidad. Sin embargo, cuando estaban dentro de aquellos armatostes se volvía imposible decir quiénes de ellos eran los buenos y de cuales había que huir si estando solo llegabas a toparte con uno.
—En su armadura tiene una abolladura en el peto, es muy obvia.
La voz de Anders instauró el contacto visual entre los muchachos.
Neria y Anders eran los mayores de ese pequeño grupo, aprendices que en cualquier momento serían llamados a realizar su Angustia. Anders tenía la suya un poco retrasada, comprensible si recordaba que el chico era famoso por su prominente lista de intentos de fuga. La otra, joven y destacada maga que, decía el Primer Encantador, llegaría lejos en el Círculo. Ambos conocían mejor que nadie la crueldad de algunos de los miembros de la orden templaria. Eran hábiles al reconocer de quiénes se podía esperar alguna clase de maltrato, y eran aún más diestros a la hora de esparcir los rumores entre los más jóvenes.
—Lejos de él —agregó al enderezarse, apretar un libro y marcharse en dirección a los dormitorios.
Hubo un lapso de elocuente silencio. Había cosas que no se decían porque verbalizarlas rompería los pilares frágiles de la sanidad mental y nadie quería terminar en Aeonar o pasar un año en confinamiento solitario. La vida dentro de ese lugar estaba bien mientras no meditaran más de la cuenta en sus gestos de horror cuando un templario aparecía de la nada. O le dieran muchas vueltas al motivo por el cual debían andar con la guardia alta todo el tiempo, calculando los movimientos para no despertar sospechas erróneas en sus celadores. Estaba bien, siempre y cuando no pensaran mucho en el exterior o en la familia o en la luz que se colaba en las altas y pequeñas ventanas de sus opresivos dormitorios. Estaba bien si no se alimentaban en serio ideas inverosímiles de libertad. Si se eludía la verdad: que estaban allí reclusos y afuera se les temía y odiaba. Su mundo era aquel reducido espacio, no tenían porqué aspirar a nada diferente. Lo mejor que podían hacer era bajar la mirada y fingir que estaba bien hacerlo.
—No deberíamos estar aquí —musitó Neria, como si de alguna forma hubiera descubierto las cavilaciones de Jowan.
Hubo un destello de determinación en ella y otro de vergüenza en él. Sin embargo, ambos compartieron el resentimiento cultivado a través de largos y penosos años como el objeto de los abusos. Había, además, una advertencia. Neria Surana no pertenecía a la jaula de los magos y no duraría mucho tiempo más allí. Jowan quiso pedirle que cualquiera que fuera su plan, no se olvidara de él.
Pero Neria sólo pensaba en su dolor cuando lo sacrificó todo por libertad y, al final, ¿Jowan podía culparla?
N/A: Los primeros párrafos que se dedican dedican a Alistair dentro de la historia fueron una decisión difícil, por decirlo de alguna manera. Desde que el chico dijo que no se portó muy bien con el arl en sus visitas supe que debía explorar ese lado de él. Me disculpo si se siente algo fuera de personaje.
Intenté que la última parte fuera algo ligero, but... la angustia canta una canción irresistible, me temo xD
Antes de zambullirme en el tortuoso proceso de escribir el próximo capítulo (?), quiero agradecer el constante apoyo de Fridda, Katzempire y c2stingray.
