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En el exterior, el viento levantó el polvo y las hojas quebradizas del otoño, sacudíó las ramas del vhenadhal violentamente y los alcanzó con un alboroto de tela y cabello que terminó arrancándole de las manos la vitela desenrollada. El odio de Kallian resistió en el vacío unos segundos, luego su prima agachó la cabeza y se cruzó de brazos para continuar avanzando contra la corriente de aire.
Con un pie, Soris detuvo el pergamino, se agachó para recogerlo mas tuvo la prudencia de no tendérselo de inmediato. Lo agitó vacilante, tanteando en su mente las muchas maneras de aproximarse a su prima eludiendo el riesgo de ser premiado con la más experta de las miradas venenosas y una orden de guardar silencio.
—Justo cuando pensaba que no podías tener una cara de miseria más pronunciada, querida prima, desafías mis apuestas... —aventuró con una alta nota de humor.
Kallian masculló al mismo tiempo que un gesto abatido medraba sobre sus facciones, pero su molestia tenía un destinatario diferente aquella tarde y, por todo cuanto él sabía, seguramente el depositario del odio no sería otra persona que sí misma. De haber sido un poco menos testaruda, justo ahora estaría derramando lágrimas de rabia.
—¿Te parece que es para menos? —habló al fin en voz alta.
—No —replicó Soris más serio, agitando la vitela en el aire—. Pero ya hemos escapado de este mismo aprieto antes. —Se encogió de hombros.
Anduvieron en silencio gran parte del trayecto de la casa de Valendrian a su propio hogar. El sol había desaparecido detrás de las murallas. Soris sentía la espalda dolorida y los pies molidos tras una larga jornada de trabajo. Debía admitir que el sermón y la amenaza del hahren le habían arruinado lo poco bueno que restaba de la tarde a él también. No obstante, la peor parte había sido para Kallian y Soris sospechaba que eso se debía, tristemente, al hecho de ser mujer.
El matrimonio pendía sobre sus cabezas como el hacha de un verdugo y mientras su futuro estaba lleno de posibilidades todavía, la tendencia favorable de parejas para su prima había ido en picada desde que cumpliera los veinte años. Y claro, suspiró mentalmente, no podía omitir el error de haber difundido el cuento de su esterilidad. Había sido un arma de doble filo; usarla, por un lado, la había puesto a salvo del matrimonio con un desconocido de Risco Rojo, pero el rumor que Kallian misma había hecho volar junto a los mensajeros que comunicaba ambos lugares, había terminado por volverse del dominio de muchos elfos ávidos de un chisme en el cual recrearse un rato antes de ir a dormir. No que a ella le importaran las habladurías. Valendrian, sin embargo, había montado en cólera y les había obsequiado un regaño que nada pedía a aquellos que habían recibido cuando aún eran niños.
—¿Crees que tu padre pagaría una dote tan alta como la de Pináculo?
Soris no supo si la respuesta de su prima fue más una de desconsuelo, enfado o completa ofuscación ante el callejón sin salida al que, sin querer, habían dado en su desesperado intento de escape. La culpa le picoteó la mente otra vez. Entre los recursos de los que el hahren se había valido para aplacar la obstinación de la joven elfa, resaltaba bastante su responsabilidad en la negación de Soris también. Él quiso intervenir, argumentar que Kallian no era responsable por su soltería, faltaba más, pero el anciano lo había hecho callar en el acto, demasiado inspirado en su propia arenga como para permitirle defenderla.
—Escapemos, Leah —le dijo en un extraño momento de determinación que lo dejó sorprendido y asustado un segundo después de expresado—. Podemos vivir en el bosque, como esos otros elfos —continuó, pero su seguridad ya se hallaba mermada.
La réplica de Kallian fue más clara esta vez. Se detuvo a unos pasos de la puerta de su casa y lo miró con tristeza.
—No podemos hacerle eso a mi padre, niño tonto —le sonrió y estiró una mano para revolverle el cabello. Acto seguido, entró en la choza que compartían desde hacía años—. Allá afuera no hay nada para nosotros —agregó, dándole la espalda.
Soris permaneció de pie fuera de la casa unos instantes, parpadeando rápidamente a medida que asimilaba la irónica injusticia de vivir rozando la miseria y además verse obligados a acatar una costumbre que ajustaba más a las necesidades de la nobleza.
Al otro lado de la celosía escucharon el primer indicio del regreso de los templarios. El corazón de Jowan dejó de latir un instante. Después, arrancó en un furioso galope. Su cuerpo se irguió y la adrenalina fluyó por sus venas. El instinto reconoció el peligro en el eco de las pisadas, exigiéndole huir. Se replegó hacia las sombras hasta que lo envolvieron por completo. Sus pies se movieron silenciosos rumbo a la puerta.
—Es él, Jo —murmuró Amell. El muchacho avanzó con sumo cuidado un par de pasos hacia la luz de una antorcha. Allí abajo el aire era helado, olía a humedad y las baldosas del suelo estaban rotas y resbaladizas—. Volvió.
"Volvió" no era el término que él escogería. Amell, por otra parte, lo había pronunciado con cierto alivio. Jowan quiso tener una vista más amplia de lo que sucedía en el pasillo inferior. Al conseguir otear, se retiró de inmediato. Apretó los párpados con la imagen tatuada a fuego en sus párpados. Se aferró al muro opuesto y se quedó allí, cuidando no respirar muy hondo por no delatarse.
—Amell, hay que salir de aquí.
El aludido giró la cabeza, sus facciones dominadas por el horror y la perplejidad.
—Estás viendo lo que pasa con él...
—¡No! —interrumpió con un quedo chillido—. Debemos salir de aquí. Ahora.
Amell logró captarlo, echó un vistazo más al desfile de templarios que escoltaban a un inconsciente Anders, y asintió reticente.
—Si no es con un varón de Pináculo, tendré que aceptar marcharme a Gwaren.
Kallian se pinchó el dedo índice con la aguja y soltó una maldición entre dientes. Apartó la blusa que se había propuesto remendar, sostuvo su dedo y se removió sobre la silla. Al prestarle atención, notó que su padre fruncía el ceño. La callada preocupación de Cyrion hizo que Kallian se mordiera los labios en un despliegue de ansiedad.
—Shianni y Soris tendrán familias propias algún día —comenzó él tras un largo suspiro—. Esposos e hijos por quienes preocuparse... —Quizá advirtió lo lejos que estaba de hacerla entrar en razón, porque apartó la cuchara, olvidándose de la cena durante un rato, y extendió una mano para alcanzar la de ella sobre la mesa—. ¿Quién se preocupará por ti entonces?
—Sé cuidarme sola, papá. —Sus ojos estaban fijos sobre los movimientos de sus dedos nerviosos.
—No lo pongo en duda, pero no está de más tener el cuidado desinteresado de otro. Un compañero.
La furiosa obstinación de Kallian, que había comenzado a bullir de nuevo, huyó miserablemente ante aquellos ojos bañados de súbita tristeza. En un parpadeó, Adaia se había instalado entre los dos, descansaba en una de las sillas vacías, vigilando con una sonrisa débil el curioso desastre de familia que eran sin ella. Kallian distinguió aquella herida de muerte palpitando de nuevo y de algún modo supo que su padre atravesaba no menos arduos pesares.
Años atrás, el hombre había restringido los recuerdos y, por ende, la presencia de Adaia en sus días a pequeñas dosis de vez en cuando. La opción sana tras un prolongado luto había sido pensarla menos, de ese modo menos podía recrearse en las memorias a las que el tiempo había conferido un sabor amargo, que le causaban un dulce dolor desde la distancia, desde la soledad a la que su muerte lo había condenado.
Su determinación se hundió. El corazón roto de su padre jamás había logrado sanar, seguía tan roto como el primer día, escondido debajo de la rutina, del trabajo, de la preocupación por el futuro de aquella chiquilla pecosa que Adaia había dejado a su cuidado. Pero ahora lo veía, los trocitos rotos, la nostalgia que apretaba en un puño mientras avanzaba cada vez más despacio y cansado hacia ella al final.
—No puedo casarme con un desconocido —dijo con voz apenas audible—. El padre de ese niño que me sigue a todos lados es un monstruo y yo...
Tampoco sabía si estaba dispuesta a dejarse embaucar por el amor y terminar perdiéndolo. No lo soportaría, veía a su padre y no podía evitar pensar que ella en su lugar se moriría de pena.
Cyrion le apretó la mano otro poco y le regaló una sonrisa amable, mas no feliz. Él parpadeó y aquellos ojos perspicaces, en los que el gris había ganado terreno al azul al pasar los años, recobraron una chispa cálida.
—Te prometo que me encargaré de esto de ahora en adelante. Nunca te dejaría marchar con alguien que pudiera hacerte daño. —Hubo una pausa durante la cual las intensas miradas fueron más elocuentes, después Cyrion le soltó la mano y cogió de nuevo la cuchara—. Tu madre nunca me lo perdonaría.
Kallian perdió la batalla contra las lágrimas y el nudo gigantesco que la ahogaba. Retomó la tarea de zurcir su blusa e intentó recobrar un ritmo de respiración que no la hiciera sentir como si se asfixiara. Observó una de las sillas vacías, deseando fervientemente que Adaia estuviera allí en carne y hueso y no como un fantasma hecho de adoloridos recuerdos. Lo deseó y ya no tanto en nombre de su propia melancolía como por los sueños rotos de su padre.
—No puedo creerlo —lo censuró con un siseo.
Amell tuvo la bondad de arreglarse la túnica al salir del almacén de la segunda planta seguido de una muchachita de largo cabello oscuro que escapó hacia el corredor sin decir una palabra bajo la incrédula mirada de Jowan.
—Debe haber un motivo excelente para arruinarme el día —dijo Theodore, arqueando una ceja con patente disgusto.
—¿Ahuyente a tu víctima? —Inquirió, sardónico.
Theo hizo un ademán de remarcada indolencia que contradecía la sonrisa cordial de su expresión. Qué imbécil mejor amigo tenía. Tampoco es que hubiera mucho de dónde escoger entre la sarta de extrañas personas que plagaban la fortaleza.
—Para nada... Y entonces, ¿me vas a decir qué es?
Amell se sacudió el polvo de la túnica y después puso su curiosidad a entera disposición de Jowan. Él alzó un hombro, como tratando de restarle importancia al asunto, sorteando una reacción inconveniente de parte del otro mago.
—Tenemos un plan.
Fue un error ponerlo así.
Los ojos de aquél intenso y exótico color, que nunca había clasificado realmente como azul y que bajo cierta luz se asemejaban más a un par de oscuras amatistas, le dirigieron una airada amonestación antes de que el muchacho lo arrastrara dentro de las cuevas del almacén. Se dejó arrastrar, de nada le habría servido oponer resistencia cuando Amell era una maldita torre.
—¡Se han vuelto completamente locos! —Jowan se liberó del agarre de Amell sobre sus hombros y negó con la cabeza repetidamente—. Terminarán todos convertidos en tranquilos como no paren de idear estupideces. —Retrocedió un paso y se echó el negro cabello hacia atrás—. ¿Dónde está Surana?
—Con Anders, en la biblioteca.
—Por supuesto —gruñó—. Las estupideces de esta clase tienen su nombre escrito por todos lados.
Jowan torció el gesto. Surana se lo había advertido, pero él no planearía una fuga ocultándolo todo de Theodore. Cierto, era un imbécil cegatón, pero era su amigo imbécil cegatón.
—Entonces, ¿no vienes?
Amell respiró profundamente antes de hacer un movimiento de negación con la cabeza.
—Y tú tampoco —declaró con su vista fija sobre un descolocado Jowan. Se acercó a la puerta, posó una mano sobre la superficie y habló—. Ninguno de los dos irá a ningún maldito lado con Anders.
Había tristeza y determinación en la voz del joven mago al dictaminar aquello. Sin duda, verbalizarlo estaba matando a Amell de puro desencanto. No dejaba de ser una experiencia amarga seguir renunciando, incluso poco a poco, a la dorada imagen que atesoraba de Anders, aquel mago que los protegió y guió en sus peores años, el que había logrado que Theodore no llorara más durante las noches cuando eran niños y a quien hoy día consideraba más bien un peligro en su alocado sueño de libertad.
—No puedes detenernos. —Jowan dio un paso y detuvo a Theo al sujetarlo del hombro. El chico giró sobre sus talones y no había más tristeza, solo aquella atemorizarte determinación—. Amell, no puedes decirle a nadie...
Amell lo calló con su fija mirada, pero no dio respuesta alguna en ese momento. Reanudó la marcha.
—Anders se ha encargado de consumir la paciencia de los templarios, si fallan no esperen mucho de ellos —dijo, avanzando con urgencia por el corredor hacia las escaleras.
Jowan iba detrás, pasándola bastante mal en el esfuerzo de darle alcance y frenar definitivamente lo que fuera que planeara. Avanzó a través de las secciones de la biblioteca, inspeccionando a cada aprendiz y mago presente (una tarea no muy sencilla considerando su deficiente visión) hasta reconocer con un "¡Ajá!" a Neria Surana sumergida entre las páginas de un libro con Anders a un costado de ella en similar situación.
—Quieres seguir haciendo estupideces, perfecto. —Arrebató el tomo al mago rubio, provocándole un respingo—. Ya estás grande, puedes hacerlo tú solo.
El sorprendido muchacho buscó respuestas en el rostro de cada uno de los presentes. Jowan negó con la cabeza un segundo antes de que Neria interviniera.
—¿Qué bicho te ha picado...?
—No vas a ir a ningún lado con Anders, Surana.
Ante la orden, la perplejidad se evaporó de su rostro y el ceño fruncido de Neria pasó a formar parte de una expresión indignada.
—Te la pasas muy bien aquí, ¡qué envidia! —Neria profirió una risa sarcástica y volvió a bajar el volumen de su voz—. Bonita vida planeas, pero yo no esperaré a salir de aquí con los pies por delante.
—Neria, por amor a...
—No son tus posesiones, Theodore —alegó Anders enarcando una ceja, aunque por lo demás increíblemente tranquilo mientras sus dedos tamborileaban sobre la tapa de su libro—. No fueron puestos en este lugar para alegrar tu vida, no les puedes impedir largarse de aquí porque le tienes terror a la soledad.
—Puedes venir —insistió Jowan en voz aún más baja.
El taciturno intercambio de argumentos debió alertar a uno de los templarios. A medida que se acercaba, Amell les dirigió una mirada suplicante y herida a la vez.
—Yo... Yo no iré. —Jowan se alejó con Theodore, pasando a un costado de Cullen, demasiado nuevo e inexperto todavía como para sospechar lo suficiente de ellos. Un templario más curtido probablemente los habría detenido a los cuatro y mandado ante Gregoir.
Salió de la biblioteca hacia los dormitorios, persiguiendo las zancadas furiosas de Amell.
N/A: Como una pequeña aclaración (que no debería dar, o que debí dar desde el inicio de la segunda parte): los eventos de los arcos argumentales (la elfería y el círculo de magos) no ocurren de manera simultánea, el desface de tiempo es en ocasiones bastante considerable, aunque eso sí, todo es pre-origins.
