N/A: La música esta vez: "Already gone" (versión de Sleeping At Last).


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A lo largo de la muralla ondeaban los estandartes y, más alto que cualquiera, el par de mabaris escarlata sobre el fondo dorado y crema se agitaba con violencia en el viento. Una tormenta se aproximaba, las nubes bajas y la humedad del aire prometían días de un clima agitado. Kallian había visitado los muelles durante la mañana, allí el mar rugía contra los malecones, rompiendo sobre los cascos de los barcos y ahuyentando a los perros y gatos callejeros hacia el interior de la ciudad.

—Me gustan los muelles —gimió su acompañante. Ella parpadeó y bajó la mirada. A su alrededor, el ajetreo de los sirvientes disimulaba su presencia—. Preferiría ser un marinero.

—Eres muy joven —Kallian gruñó su respuesta. Le dio cabida a la posibilidad un par de segundos antes de que una incomodidad similar al miedo la disuadiera.

—No lo soy, el próximo invierno cumpliré doce años.

—Once es muy poca edad sobre un barco —insistió—. ¿Sabes cómo es la gente del mar? Terrible.

Flynn torció el gesto.

—La vida en los establos apesta. En verdad, apesta.

—En palacio pagan a la servidumbre con monedas, ¿no te lo dijo tu madre?

—¿Qué con eso? —rezongó—. Seguro la paga es mejor en un barco.

—Ni siquiera sé si el caballerizo te aceptará.

Flynn hundió la cabeza entre los hombros y comenzó a arrastrar los pies. Kallian le dedicó un gesto cansino y caminó más rápido al interior de las dependencias menores de palacio. Anduvieron un rato por los estrechos corredores de piedra, donde la débil luz del tormentoso atardecer obligó a los sirvientes a encender las antorchas y las lámparas de aceite. Llegaron a un patio solitario y cruzaron una enorme puerta hacia las caballerizas.

Al franquear el portón, los recibió el estruendo de los establos. La horda, instalada desde hacía varios días, había incrementado y el lugar, como cualquier otra área del palacio, no daba abasto a tantos ocupantes. Los mozos de cuadra circulaban continuamente, guiando preciosas monturas al interior. Kallian no sabía gran cosa sobre caballos, pero no creyó que hiciera falta más que echarles un vistazo para reconocer las buenas bestias que tenía en frente.

Flynn y ella se abrieron paso entre el gentío, preguntando por el paradero del caballerizo del rey. Transcurrieron algunos minutos hasta encontrar al hombre en un establo secundario, impartiendo órdenes. Lo conocía desde niña, había sido amigo de su madre; sabía que era un humano estricto, pero no intransigente. Si tenía suerte y era lo bastante listo, Flynn aprendería un par de cosas de él.

—Se le dan bien los animales —dijo mientras el humano lo inspeccionaba con ojo crítico—. Por lo demás, yo responderé si lo que no debería suceder —le dirigió una mirada significativa al niño—, sucede.

Flynn manifestaba su desacuerdo mediante todo tipo de muecas, sin despegar su vista el piso, más allá de eso, le sorprendió que no se resistiera de ningún otro modo. Quizá fuera más maduro de lo que Kallian quería admitir.

—¿Tú? —Inquirió el caballerizo, arqueando una ceja con interés. Al cabo de un rato de mirarlos con recelo, soltó un largo suspiro—. Ojalá no te arrepientas de confiar en este mocoso.

—No la meteré en problemas —refunfuñó Flynn, ofendido—. No soy un tonto.

—Eso está por verse... a partir de mañana —respondió el humano—. Ahora, largo. Ya tengo mucho trabajo sin encargarme de ustedes dos.

Los dejó en medio del caos. Dieron media vuelta para emprender el camino hacia el interior. El niño elfo esquivó algunos caballos, mientras Kallian intercambiaba coloridas expresiones con los descuidados mozos de cuadra.

—Ahora, lo divertido —dijo sin ninguna alegría.

Lo había guiado detrás de un almacén, al reducido espacio que había entre el pequeño edificio de madera y un muro de piedra que los guiaría hasta una torre cercana al ala de las estancias del los reyes.

—¿Ahora? —Preguntó Flynn, abriendo los ojos emocionado y enderezando la espalda. Alzó la cabeza, su entusiasmo se diluyó al instante—. ¿Vamos a escalar? —Le dio la impresión de que idea no lo hacía feliz, porque Kallian había visto esa expresión en Soris un centenar de veces—. ¿No hay otro camino?

—Ninguno que sea seguro. Colócate la capucha, no hables y sígueme.

Kallian estudió las partes más desgastadas de la piedra mientras extraía un gancho y una cuerda del pequeño morral que llevaba cruzado sobre el torso. Actuó guiada por el hábito, instruyendo a Flynn con aspavientos silenciosos. Estaba más allá de lo que hacía, intentando adivinar el motivo de Anora para llamarla tras haber indicado que descansase —de cualquier forma tenía que soportar a la modista por las mañanas— el tiempo que restaba hasta la Gran Asamblea.

—Ey, ustedes dos. ¿Se supone que deberían estar allí?

Frunció el ceño y siguió la voz masculina entre el barbullo que hacía eco desde otras partes del palacio. Distinguió el ruido sordo del cuerpo de Flynn al golpear el suelo y un fuerte quejido. El extraño se apresuró hacia él y la extrañeza de la elfa se disipó por completo.

—Por el hálito del Hacedor, es un niño.

Kallian bajó, empujó al intruso, haciendo que trastabillara hasta caer y se apresuró a examinar a Flynn. Comenzó con su cráneo, siguió por su cuello hasta sus brazos, pasó por su torso, cerciorándose de que ninguna costilla estuviera rota. Luego sus piernas y sus pies. La exploración no reveló ninguna herida y tampoco creía posible que existiera daño interno. Dolía, eso era seguro. Los débiles quejidos de Flynn durante el registro no eran, sin embargo, signo de un daño más serio.

La escasa luz que había fue suficiente para que Tabris viera el rostro del extraño, pero muy tarde se dio cuenta de que, en su frenético descenso, había dejado al descubierto sus propias facciones para que él pudiera reconocerla. El metomentodo se le quedó mirando un segundo más, luego dirigió sus ojos al sitio por el cual Kallian y Flynn habían intentado subir y al final de vuelta a ella.

—¿Qué...?

Durante el instante en que él desvió su atención, ella aprovechó para buscar cualquier objeto contundente a la mano. Sopesó una roca del tamaño de su puño. Lo golpeó lo bastante fuerte para dejarlo inconsciente sobre el césped crecido en el oscuro rincón.

Al virar, Flynn la observaba con los ojos bien abiertos.

—Está vivo —le aseguró. De reojo notó que, en efecto, su pecho aún oscilaba lentamente—. ¿Puedes sujetarte de mí?

El niño asintió, así que lo ayudó a colocarse sobre su espalda. Sus brazos rodeaban el cuello de Kallian mientras ella le sujetaba las piernas. Le admiró lo ligero que era, lo frágil que se sentía apretado contra su cuerpo. No habría tenido que obligarlo a realizar el ascenso, fue irresponsable.

Los caballos relinchaban no muy lejos de allí. La vida nocturna de los insectos despertaba entre la hierba crecida. Risas en la parte alta. Inhaló profundamente, concentrándose en la ruta de salida más viable. El camino a la elfería, cualquiera que fuera, sería largo y complicado aquella noche. La primera gota de lluvia resbaló sobre su nariz. Anora tendría que esperar.


Leonard Cousland se tambaleaba sobre el caballo cuando la partida de caza entró por las puertas con un jolgorio auspiciado, en gran medida, por las bebidas y, en menor cantidad, por los resultados. A sus espaldas, un murmullo de risitas femeninas se alzó. El segundo hijo del teyrn de Pináculo no había despertado admiración entre las damas de la corte con la facilidad de su hermano mayor. Fergus Cousland, incluso casado desde hacía tiempo, seguía inspirando las fantasías de las doncellas.

Kallian miró a la reina de reojo. La desconcertante estela de una sonrisa de ternura prevalecía sobre el acostumbrado gesto en blanco. Anora no podía estar menos interesada en las damas de la terraza o, en el mejor de los casos, su padre, la excusa que estaba empleando para mirar desde aquel punto sin levantar sospechas.

Se bebía con la mirada la figura y proximidad del joven Cousland. Todo el mundo se había reducido a su risa profunda y ronca, mientras se mofaba de sí mismo con tanta sinceridad y tan poca vergüenza que incluso Kallian se vio obligada a albergar cierta admiración por él. Se retiraba el cabello húmedo del rostro, los mechones eran ondulados y de un castaño claro que se oscurecía bajo la sombra del toldo. Otra explosión de risa agitó a la reina. Cousland acarició las crines del caballo e hizo el primer intento por bajar con la máxima dignidad. Los hombres alrededor de él, a excepción de Loghain Mac Tir, soltaron potentes carcajadas.

Lejos de Anora, la risa de Leonard Cousland lo era todo y nada.

La frustración se impuso sobre la ronda de pensamientos dedicados a cada una de las las imposibilidades que se entendía entre ambos como la única manifestación de amor consentida. Anora estaba casada con otro hombre y, sin importar con cuánta fuerza ella quisiera negarlo, Cailan Theirin no despertaba las sensaciones que Cousland podía encender en un vivo fuego con su voz tan solo. Años después de haber renunciado a la oportunidad de estar juntos, Leonard convertía en cenizas muchos de los reparos de Anora.

—Majestad —susurró para traer a la reina de vuelta. El gélido azul de sus ojos se había derretido en lágrimas contenidas con un supremo esfuerzo—. El rey os espera en el estrado para dar inicio al banquete.

—La caza de este año parece haber sido especialmente entretenida, ¿no estáis de acuerdo? —Anora domó sus emociones en el acto. Giró sobre sus talones y las otras mujeres se retiraron de su camino. Erlina y las demás doncellas siguieron el rumor de su vestido hasta el gran comedor.

Kallian se quedó atrás, girando en dirección al patio, donde Cousland se había quedado de pie con una mano sobre su caballo. Le conmovió el gesto de miseria y anhelo entremezclados que dirigía hacia la terraza. Sus ojos perseguían el fantasma de Anora.

Fantasmas era lo que atesoraban como preciosos recuerdos y espejismos de futuro era lo mejor que podían reclamar a la realidad que los había apartado.

El amor solo causa desolación, repitió en sus adentros, el amor es el peor de todos los venenos.


—¿Estás seguro de esto? —Kallian frunció el ceño, mirándolo por encima del hombro—. Puedo decir que tuviste un accidente.

El niño declinó el ofrecimiento con una enérgica sacudida de cabeza que lamentó en seguida.

—Estoy bien.

Soltó el aire y alzó los hombros, de nada iba a servirle discutir la decisión, Flynn podía ser tan cabezota como ella. Sin embargo, no se deshizo por completo de su inquietud. El chiquillo tenía una amplia mancha púrpura en la espalda. El punto de todo aquello había sido independizarlo. Su padre ya no lo golpeaba, pero ¿de qué servía si el muchacho de cualquier forma terminaba luciendo como si acabara de salir de una riña cuando pasaba el día con Kallian?

Soris lo había señalado en más de una ocasión: Adaia nunca los expuso a peligros mortales durante sus entrenamientos.

—Te estaré vigilando.

El chiquillo sonrió de la manera más enigmática, con el propósito de enervar, por seguro. Había algo en aquel gesto que simplemente no podía creer. Un rastro de sinceridad, una especie de calidez.

Apartó la mirada y la fijó en sus pies. Las botas estaban sucias de barro. Un hombre con una carretilla la había salpicado al salir de la elfería, incluso sus pantalones estaban manchados. Bonita presentación para hablar con un noble. Se aseguraría de robar otro de los vestidos de las sirvientas en los baños, con algo de suerte estaría en mejor condición que su ropa.

—Gracias. —La firmeza de Flynn la pilló descuidada. Cuando él lo notó, elaboró—. Por... Todo. Nadie había hecho tanto por mí.

El asombro de Kallian se disparó. Como una respuesta más allá de su control, sus piernas dieron pasos más largos y veloces. Desde la distancia, alzó un brazo y lo agitó.

—Olvídalo. No lo hago por ti...

—Lo haces por ti —recitó Flynn, pero al echarle un vistazo, Kallian pudo ver ese gesto demasiado elocuente y a la vez indescifrable, que gritaba indulgencia, respeto..., cariño.

El pensamiento la abrumó.

—Ve con el caballerizo del rey —le indicó con voz inexpresiva—. Pasaré por ti al atardecer.

Él asintió y corrió entusiasmado. Kallian encumbró una ceja, justo ayer su actitud habría hecho pensar a cualquiera que lo habían condenado a un calabozo de por vida. Soltó un suspiro nasal y sacudió la cabeza para así ahuyentar ideas demasiado extravagantes como para entregarse a ellas cuando ya tenía un problema por resolver.

Una tarea a la vez.

Robar el vestido de una mucama fue pan comido. Le iba holgado y corto, las prendas habían pertenecido a una mujer más robusta y baja que ella, pero estaba limpio. Lujo suficiente, si le preguntaban. Limpió sus botas en un estanque porque sus pies se negaron a entrar en los pequeños zapatos de la criada.

El lodo demoró en limpiarse del cuero. Al final, torció el gesto, conformándose con lo que había logrado. Una vez estuvo presentable, se apresuró a escribir una nota con su terrible caligrafía y la guardó en uno de sus bolsillos para colocarla en el tocador de Anora cuando tuviera oportunidad.

Encontrar a Leonard Cousland ocupó más tiempo y esfuerzo de lo que había supuesto. Escuchaba de Fergus en cada esquina, pero del hermano menor solo pistas que la llevaron a recorrer la totalidad del palacio un par de veces.

Valiente espía eres, Kallian Tabris.

Se había detenido a descansar sobre el alero de una torre. La gente rara vez alzaba la vista del suelo, de modo que estaría a salvo, al menos hasta que la tormenta se desatara sobre la ciudad. Desde aquel punto distinguió la revuelta cabellera castaña justo después de que su voz, particularmente grave, la pusiera alerta. Se incorporó, tambaleándose un instante. Fue a colgarse del borde y entró por la ventana más próxima. La brusquedad de sus movimientos repercutió sobre sus rodillas y tobillos. Kallian apretó los dientes por el dolor, apresurándose a bajar los escalones de dos en dos, de tres en tres, rápida y poco precavida. Al llegar a la base, recorrió vertiginosamente el lugar con la mirada.

—Mi señor Cousland —lo llamó. Los músculos de las piernas le ardían lo mismo que los pulmones, pero se esforzó en una reverencia más bien patética. Luego de todos aquellos años, desde la primera lección de su madre, las cortesías y el protocolo no dejaban de hacerla sentir tremendamente estúpida—. Un momento, por favor.

El joven viró y se apartó a la sombra de un edificio, invitándola a protegerse de la lluvia también.

—Menuda carrera la que has tenido —dijo entretenido, queriendo hacerse una idea de dónde había salido al mirar más allá de ella—. Oh, Andraste... ¿hay elfos tan altos en Denerim?

Kallian esbozó una fría sonrisa y sacudió la cabeza.

—¿De qué se trata? —Cousland entrelazó las manos sobre su espalda, quizá tratando de conceder seriedad como una forma de disculpa por su impertinencia. Ella dio una bocanada de aire y se preparó, mirando entorno.

Sus ojos se abrieron completamente. El criado que acompañaba a Leonard Cousland era el mismo que había causado el accidente de Flynn, una mancha purpúrea y una cicatriz sobre el pómulo no dejaban lugar a ninguna duda. La reconocía, comprobó horrorizada. Una serie de fatídicos escenarios desfiló por su mente, hasta que el cambio de postura y la sonrisita ladina en los labios del noble atrajeron su atención. Pestañeó, consciente de cada una de sus respiraciones.

—¿Es conmigo o con mi sirviente...?

Cuánta gracia le causaba al muy desagradable. Ambos, Kallian y el sirviente de los Cousland, fueron muy transparentes respecto a lo que pensaban de la insinuación.

—Para nada, mi señor —se forzó a decir, apartando la vista del elfo rubio que parecía indeciso sobre exponerla ante su amo—. Esto tiene que ver con la reina.

El gesto de alegría se apagó en sus facciones como la luz de una vela bajo una ráfaga de aire, titubeó en su boca y alrededor de sus ojos, hasta que no pudo sostenerlo más. El invierno se instaló en el bosque de sus enormes ojos.

—¿Su majestad desea verme? —Cousland tuvo el aspecto de un niño perdido cuando hizo la desmayada pregunta. La posibilidad de encontrarse con Anora debía parecerle demasiado abismal, un deseo que de pensarlo imposible durante largo tiempo, lo atrapaba desarmado.

—Así es. —Ella asintió y de reojo se percató de que el sirviente intentaba ponerlo al tanto de lo acontecido la noche anterior—. Pero, comprenderéis que no puede suceder... a la vista de otros —agregó con cautela.

Ambos la observaron como si acabara de brotar de la tierra.

—Mi señor...

—Soy de la confianza de la reina. —Kallian interrumpió al otro elfo al agachar la cabeza en un papel sumiso. Su mirada encontró la del noble al erguirse—. Estáis seguro.

La estudió con aire sombrío.

—No podéis confiar en ella —dijo el criado.

—No hay ninguna garantía...

Kallian evitó por poco rodar los ojos.

—Vais a tener que confiar en mí o arrepentiros toda la vida —zanjó—. ¿Querríais un mensaje firmado por ella misma? Vos conocéis muy bien el riesgo que implica.

Su paciencia se agotaba y el mensaje que había dejado en el acostumbrado lugar sobre el tocador de Anora, antes de comenzar la búsqueda de Leonard Cousland, le dejaba un reducido margen de tiempo para actuar.

—Anoche, lo que viste era parte de una tarea encomendada por la reina —le habló directamente al elfo—. Lamento haberte golpeado —susurró.

Él frunció profundamente el ceño, pero notó que brotaba una chispa de duda en su mirada. Una pequeña victoria para ella. El otro muchacho no pronunció su extrañeza.

—Seguidme.

No se detuvo para cerciorarse de que la obedecían.


—Leo.

Tabris tuvo tiempo suficiente para sonreír, deteniendo al sirviente por la muñeca. La puerta parecía haber revelado el sol para Cousland. En espléndida sintonía, Anora, pillada con la guardia baja, adquirió una expresión de anhelo y alivio.

Luego, el asombro se abrió paso y, un momento después, maestra como era en el arte de negarse lo que deseaba por un bien mayor, trajo de vuelta la rigidez a cada una de las líneas de su rostro.

Tabris cerró los ojos, sabiéndose derrotada. Al abrirlos, vio cómo Leonard hincaba una rodilla en el suelo y pronunciaba un "Majestad" antes de incorporarse y desandar el par de pasos que lo habían acercado a Anora en el antiguo dormitorio de su infancia.

Él viró hacia el corredor. Al pasar a su lado, inclinó la cabeza con gratitud en los acuosos ojos verdes. Kallian meneó la cabeza, sin comprender. ¿Por qué le agradecía? Esto había sido un desastre, Cousland no había podido decir una sola palabra cuando comprendió que Anora no buscaba su presencia (y por cada demonio en el Velo, eso era una maldita, enferma mentira) y, de cualquier forma, la perdonaba por arrastrarlo hasta esa situación.

—la llamó la reina. Vaciló, pero al final se acercó y cruzó la puerta sin cerrarla—. Nunca, jamás te atrevas a hacer algo como esto de nuevo —le ordenó.

Le ordenó.

Para Kallian era difícil entender lo que había hecho mal.

El fracaso de su plan, la repentina certeza de que ella no tenía idea de cómo funcionaban las relaciones, de cómo pensaba o actuaba la reina, y la orden impartida como si ella fuera una más de las decenas de elfos sin nombre que recorrían el palacio como hormigas, le impidieron el habla. Abrió la boca y la cerró, boqueando como un pez.

—Vuelve a tu hogar —continuó—. Te recomiendo que pongas sobre aviso a alguno de los ancianos de la elfería, ha habido un accidente en los muelles y mañana...

Kallian se quedó mirando sus manos, retorciéndolas nerviosa.

—Lo hice por ti —declaró de repente.

La reina soltó el aire y aspiró, pidiendo paciencia para lidiar con esto.

Con ella.

La elfa alzó la vista, sus ojos muy abiertos.

—No necesito estos favores tuyos.

—Es obvio que no tienes una idea de lo que le sucede a tu cara cuando lo ves —interrumpió, vehemente, mientras daba un paso al frente.

Tenía que hacerle entender a Anora que esto era por ella, para ella. Anora debía comprender que no soportaba ver aquella sonrisa laxa que dejaba entrever lo mucho que algo le dolía, mientras que Cailan Theirin hacía de su capa un sayo. Anora tenía que saber que a Kallian le interesaba su felicidad más que a cualquier otra persona en todo Thedas.

—Cailan, mi amado esposo...

Anora tenía que dejar que se acercara, tenía que permitirle esto porque era su amiga, su única amiga y la persona que más la quería además de su padre. La reina no podía ser solo eso para ella, Anora no podía poner ese muro entre ambas, no podía usar esa arma y alejarla. Anora y ella... tenían que ser más que solo sierva y ama.

—Cailan es tu rey, tu amigo y, sí, tu esposo, pero no es tu amado.

El aire no se respiró igual en aquella habitación a partir de ese punto. No quiso mirar a Anora, pero ella era capaz de tocar sus huesos con la gélida mirada que le dirigía. Tabris había abusado de la libertad que su benevolente ama no, amigas, somos amigas— le había concedido y ahora...

—No voy a aceptar el consejo de una niña que nunca ha sabido una sola cosa sobre el amor. Tampoco espero que comprendas mis obligaciones o las de Leonard Cousland. —Vio como un delicado sistema de creencias se desmoronaba frente a sus ojos. ¿Era lo que creía de ella? ¿Esa era la imagen que había conseguido para sí misma? Una criatura más allá de cualquier capacidad de amor, ¿eso era? El deliberado menosprecio de Anora la atravesó de parte a parte—. Madura, Kallian. No puedes permanecer a mi lado pensando como una criada de la elfería.

Mordió con tanta fuerza la parte interior de sus labios, queriendo sofocar un sollozo, que saboreó su sangre. Anora la dejó atrás al traspasar la puerta.

Anora... la dejó atrás.

Había pronunciado aquél "" y creado una distancia abismal.

El viejo dormitorio de la reina quedó vacío. No se sintió parte del mundo hasta que la fría roca golpeó sus rodillas. Unas lágrimas, que no era capaz de aceptar, quemaron todo su recorrido sobre la piel hasta escurrir por su mentón. El sabor salado se instaló en las esquinas de su boca.

¿Anora se había rendido con ella? Porque sus conclusiones eran así de abrumadoras.

Un hondo sollozo fue preludio de un aluvión de suspiros y gimoteos. En la penumbra, Kallian se entregó al recuerdo de una pérdida muy anterior, sufrida entre el río y la hojarasca, diluyéndola con lo que creía haber extraviado aquí para siempre. Su fe en un cambio yacía junto a las cenizas mamá bajo tierra, porque Anora no la consideraba diferente, porque era un peso para ella. Su sacrificio se acercaba, peligrosamente, a formar parte de conclusiones devastadoras: no había servido de nada, todo fue en vano.

"Pensando como una criada de la elfería".

Buscó negarlo en un principio, pero es que ella era una criada de la elfería y Anora Mac Tir lo sabía. No era diferente, ni especial, ni necesaria y nada cambiaría y todo había sido en vano.

Todo en vano.

Lloró con renovadas fuerzas.

—Vamos, la elfería, ¿no es así? —La suave voz la arrancó de sus pensamientos y el frío -siempre el frío- cesó tan súbitamente como había llegado la voz. Al alzar la vista, enturbiada por aquel maldito líquido, notó que le habían cubierto y se aferró a la desgastada piel—. Es difícil relacionarte con un lugar así —continuó, sonriéndole con amabilidad—. Tienes más el porte de una bardo orlesiana.

Una parte de ella quiso decirle que la conoció vestida como varón, pringosa de barro, tratando de escalar un muro entre las sombras y, si bien poco sabía de los bardos de Orlais, estaba muy segura de que no apestaban a establo. Sin embargo, no consiguió articular una sola palabra.

—Nelaros —dijo él—. Mi nombre es Nelaros —aclaró.

Kallian parpadeó, detallando su rostro y mirando más que un metomentodo por primera vez. Asintió y dejó que el muchacho elfo le ayudara a ponerse de pie. Flynn todavía esperaba por ella. Su padre y sus primos no merecían el poco valor que ella les estaba otorgando. No le estaba permitido caer todavía.

Su camino no se había acabado aún.

Mamá no había muerto para que su vida se apagara cuando la brillante reina de Ferelden desaparecía de su vista.

Hacedor, ¿por qué había muerto su madre entonces?

—A las caballerizas primero —indicó con voz ronca. Se zafó de su brazo pero no apartó la piel, la habitación de Anora no la extrañaría, y caminó por cuenta propia, mas no hizo nada por detenerlo cuando advirtió que la seguía muy de cerca.


N/A: Tenía para este capítulo un contenido más largo y de la misma naturaleza que el final de la primera parte, pero no quise darle a la ruptura de la amistad entre Anora y Kallian el mismo peso que a la muerte de Adaia, si bien hay una cierta remembranza y similitud, no posee la misma intensidad, pues supuse que eso me complicaría mucho las cosas más adelante (muy adelante). Una parte de mi lo lamenta de veras, porque el vínculo de estas dos merecía algo muy dramático (?) Aunque, bueno, no es como si Anora estuviera muerta c;

Aprovecharé esta ocasión para disculparme. Una escritora, a quien admiro mucho, me ha ayudado a darme cuenta de que soy leísta, hago mal uso de conjunción copulativa "y" y la coma explicativa. Pastelitos, me avergüenza mucho no haber notado mis vicios antes y me disculpo si eso ha hecho la lectura pesada en algún momento. Cualquier error, de la índole que sea, no duden en dejármelo saber.