N/A: La revisión de este capítulo fue de lo más superficial, lamento los errorcillos.

Música: "The Shape of Water" - Alexandre Desplat


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Soris avanzó por el angosto pasaje, echando un vistazo al cielo plomizo mientras su aliento creaba una nubecilla blanca frente a su rostro. El azul estallaba con nitidez en diminutos parches. El viento barría con los olores del puerto y se colaba debajo de su ropa más abrigada, obligándolo a castañear los dientes y caminar con apremio hasta la taberna. En el suelo, la nieve se amontonaba sucia, derritiéndose poco a poco, así que más le valía pisar con cuidado si no quería romperse la cabeza contra el adoquinado.

El local era cálido, apestaba, sin lugar a dudas, pero era mejor que congelarse o terminar empapado, la amenaza de una fría llovizna que caía en las colinas no era tan lejana como parecía. Al cerrar la puerta, el rugido del mar se amortiguó de súbito, el elfo lo encontró sumamente agradable. Hubo un instante de relativa tranquilidad. Luego, resquebrajando el silencio como una fina capa de hielo, las risas terminaron sumergiéndolo en la algazara. Soris sintió como el último estremecimiento causado por el frío trepaba por su espalda, sacudió la cabeza y comenzó el registro visual del local.

Shianni gritó para dejarse oír entre las otras voces, muchos callaron y ella recobró su tono habitual. El muchacho elfo no pudo escuchar lo que explicaba, pero los que se congregaban en torno a ella, no lejos de la barra, tenían expresiones atentas. La enérgica pelirroja volvió a su silla y explotó el vocerío con renovadas fuerzas.

Kallian estaba apartada, su cara fúnebre pendiente de los movimientos de quienes se acercaban demasiado a Shianni. Aunque la batahola lo tentaba, tras pedir un vaso de whisky y realizar su apuesta frente a la euforia de Shianni, dirigió sus pasos hasta donde estaba refundida su prima de oscuros cabellos.

—Lo está disfrutando, bien por ella.

Kallian paró de tamborilear con los dedos sobre el vaso de su bebida habitual (hidromiel, porque Soris la conocía demasiado bien) y alzó la mirada justo antes de que él arrastrase una silla para sentarse al otro lado de una mesa para cuatro personas. Al advertir la distracción de su prima, repitió.

—Lo está disfrutando —dijo al señalar con un gesto de su barbilla el barbullo que Shianni y otro muchacho protagonizaban en las mesas del centro. La competencia de pulseadas se había inclinado, como de costumbre, a favor de su prima.

Una sonrisa iluminó el lúgubre gesto de Kallian.

—¿Has apostado por ella?

—Por supuesto —replicó él con obviedad, tras un largo trago de un whisky que era tan terrible como todo lo que se servía en la taberna—. No me refería a la competencia... Ser el centro de atención. Quiero decir, usualmente lo es porque la gente quiere un favor. Me alegra que tenga un lado bueno, casi me sentía triste por ella.

Otra risotada de la pelirroja al vencer a su cuarto oponente atrajo la atención de todos. El hermoso cabello rojo, más bello en libertad de lo que nunca había sido prisionero de su trenzado diario, le caía sobre la cara al inclinarse. Conversaba con los chicos de la taberna, muchos de ellos marineros, humanos o elfos, gente que trabajaba en el puerto.

—No está descansando. No en realidad. —Kallian sumergió la punta del dedo índice en el hidromiel y se lo llevó a los labios con aire distraído.

—¿Todavía hay accidentes?

Ella asintió y regresó aquella cara taciturna. Esta vez, lo contagió a él, llevándolo consigo a ese rincón de frustración.

—Nadie está pagando a las familias de los muertos.

Soris parpadeó, miró en dirección a Shianni quien, definitivamente, estaba más seria ahora que escuchaba a un elfo mayor, un marinero, si la piel curtida le estaba dando alguna pista.

—Shianni hará algo. —Soris torció el gesto—. Todos deberíamos, ¿no, Leah?

Pero el miedo a una purga en la elfería era demasiado grande para intentar nada muy osado, nada que fuera muy radical a ojos de los comerciantes mejor avenidos o las familias nobles que se beneficiaban de las deudas perpetuas de sus siervos.

—Están demasiado ocupados tratando de sobrevivir como para preocuparse por algo más.

La oración finalizó con el despertar de aquella cosa, una fiera hecha de indignación, confundida y triste, pero sobre todo, furiosa. Ninguno sabía muy bien cómo lidiar con ella, así que optaban por reprimirla, empujándola al fondo más recóndito de la mente, donde no pudiera actuar y herir a alguien en el proceso.

Soris se dio cuenta de que estaba mirando a su prima con demasiada fijeza y que ella devolvía la mirada con la misma elocuencia. Hervía la sublevación debajo de la piel de los Tabris y había brevísimos momentos en los cuales quemaba tanto que se inclinaban a pensar que un día explotarían en combustión espontánea. No obstante, la rabia de los siervos suele tener un único final. Desterró esas ideas de su mente, permitió a la calma (pero no paz, nunca paz) ganar terreno en los caminos escabrosos de su mente y encerró a la bestia hecha de rebelión. Al cabo de unos segundos, Kallian desvió su atención al hidromiel y se apresuró a beberlo de golpe, apurando el líquido de un trago y evitando un acceso de tos.

—Y claro —dijo ella—, después, el único esparcimiento del que gozan es venir a lugares como este a beber... orines. —Pasó la manga por sus labios para limpiar el rastro húmedo del licor e hizo otro gesto de asco.

—¿Por qué no has pedido algo menos repugnante? —Inquirió él, una sonrisilla de aires burlones bailaba en la comisura de su boca.

—¿Te parezco una persona adinerada? —Kallian arqueó una ceja.

El elfo pelirrojo soltó una risotada mientras se reclinaba otro poco en su silla.

—Estaba seguro de que beber eso era parte de un rito sádico para templar el carácter.

—Solía ser bueno —se defendió Kallian—, pero el viejo tacaño dejó de comprarlo para preparar el suyo. Podría estar bebiendo vinagre, por todo lo que sé.

Soris alzó su vaso a la mitad e hizo el gesto de un brindis con la corrección y solemnidad de un gran señor. Leer, escribir y ser una persona afable se le daba de maravilla y tenía encantada a su señora, la esposa de un comerciante. Kallian lo observó menos divertida. Los embustes de aquiescencia no se le daban mal, pero no era una ninguna eminencia en el tema. Tarde o temprano terminaba revelando al bicho gruñón que comandaba sus acciones.

—¿Cuál es el plan? —Inquirió el elfo tras un rato.

—Beber vinagre hasta que no pueda sentir la lengua y el sabor no importe.

—No. —Soris sacudió la cabeza, riendo por lo bajo—. Bueno, sí. Pero hablaba de lo que haremos para ayudar a Shianni.

—Evitar que algún idiota la mate, evitar que cabree a algún ricacho, evitar que Valendrian la vuelva loca.

—Tú sabes que no estoy hablando de eso...

Kallian gruñó y apoyó el mentón sobre la palma de su mano.

—Ves eso. —Kallian se irguió y señaló con la mirada el extremo opuesto de la taberna, una mesa donde elfos, hombres y mujeres, discutían y, de cuando en cuando, giraban hacia donde ambos primos se hallaban—. Suelen mirarme como si fuera el mago villano de algún cuento. No soy buena con la gente.

Había sido una niña rara, por decir lo menos. Los elfos de su edad la consideraban espeluznante, y los adultos, el negro en el arroz dentro de una familia de por sí rara. La adolescencia pasó sin preocuparse por arreglar muchos de los desperfectos de su niñez. Su atractivo siempre había sido escaso y nunca se le había dado bien cuidar de su aspecto; no obstante, algunos chicos habían acogido su naturaleza taciturna y su escasa preocupación por la opinión ajena con cierto entusiasmo juvenil. Hacía de ella -Kallian solía decir con desdén- un misterio. La clase de muchacha con la que ninguna madre querría ver casado a un hijo. Luego, los años la habían convertido, en la opinión de los vecinos, en una adulta altiva y huraña.

—Me entristece ver las condiciones en las que vive nuestra gente —siguió, jugando distraída con el vaso—, pero no puedo hacer por ellos nada que no quieran que yo haga. Jamás me convertirán en su hahren (y no tengo ninguna intención, de cualquier manera), no confiarán en mí nunca. Pensé que podría hacer algo cuando... estaba al servicio de la reina. Ahora solo puedo asegurarme de que Shianni esté bien.

Soris movió la cabeza, dando a entender que estaba comprendiendo. Frunció los labios antes de recuperar su sonrisilla malévola.

—¿Sabes cuál es el nuevo rumor?

—¿Cuál?

—Eres la matrona de un local de prostitución.

—Por supuesto —resopló—. Ayudé a una de las chicas de la Casa de las Sirenas a escapar del cabronazo ebrio que tenía por cliente.

Y luego, contó, había amenazado al dueño el deplorable lugar, una advertencia con un veneno menor para dejar claro que no estaba jugando, porque por alguna razón Kallian creía que envenenar a alguien era dar una advertencia. No que Soris se opusiera a dar una lección a alguna de las muchas personas que se aprovechaban de los desafortunados y los vulnerables. El asqueroso rufían había estado matando de hambre a las chicas, había abusado de ellas a golpes y las obligaba a los trabajos más degradantes con promesas de libertad y ni una sola pieza de cobre. La clase de escoria que su prima mandaría a criar malvas de no ser porque había hecho una promesa: ninguna muerte. Para la reina había sido relevante mantener su mente y esencia a salvo, o eso era lo que Soris había concluído. Kallian se valía de cosas como aquella para no enloquecer pensando que algún día no significaría nada para la reina de Ferelden.


Tras un ingreso atropellado, Neria avanzó hacia su asiento habitual en el comedor con una naturalidad que negaba rotundamente el hecho de que había estado a punto de romperse las narices en la puerta.

—¿No era cosa de Amell eso de ir dando tumbos por la torre?

Neria miró al mago por encima de su libro, entrecerrando los ojos. Cerró el tomo con cierta teatralidad y se hizo de un lugar al lado derecho de Anders. Sentado al lado izquierdo de él, estaba Jowan, más interesado en unas notas escritas en antiguo tevinterano que en su comida. Más allá estaba Amell, picoteando los alimentos con aire aburrido.

—Ja, ja, ja —profirió lentamente, irónico—. Me parto de risa. Cuando dejéis lo de mi visión por algún otro detallito con el cual fastidiar no sé si seré capaz de encajarlo.

Neria rio en voz baja, colocó el libro sobre la mesa y lo deslizó cerca de Theo.

—Léelo, para mañana —indicó antes de proceder a robar un trozo de queso del plato de Anders y ponerse de pie—. Sal al patio, no queremos renunciar al recurso de tu débil vista para burlarnos de tu nula vista.

—Y allí está de nuevo —gruñó él. Elevó la vista, miró a sus compañeros de mesa con cierto desagrado y optó por seguirla—. No has comido —señaló al darle alcance.

—Tú tampoco —replicó con un gesto en blanco, alzando un hombro.

Cruzaron la puerta, esta vez sin accidentes, y anduvieron en silencio todo el camino hasta alcanzar el dormitorio de los magos.

—Te lo agradezco —dijo Amell por fin. No necesitaba ninguna aclaración, así que ella inclinó la cabeza.

—Eres capaz de mucho más de lo que crees, mi querido nug sin modales —le sonrió con afecto. Los labios de Amell respondieron con una brillante sonrisa que iluminó el día de Neria.

Luego, Cullen apareció. Estaba apostado junto a una puerta, vigilante, con un aspecto espléndido dentro de la armadura de la orden. Neria exhaló, desanimada, antes de sentir el golpecito en sus costillas de parte de Theodore. Neria trató de recomponer la curva de alegría que había adornado sus facciones unos momentos atrás.

—Lo encuentro indigno, pero sospecho los detalles escandalosos lo valdrán —murmuró, inclinándose sobre ella para hablarle al oído. Su estómago se hizo un nudo que se retorció cuando Theo le dedicó aquél gesto cómplice.

Neria no tenía ningún detalle jugoso para Amell. No los había en absoluto. Por alguna razón, que Neria no lograba localizar dentro de los hechos, sus amigos se habían hecho la idea de que ella ostentaba sentimientos románticos hacia el templario; sin embargo, esa sospecha no podía ser menos cierta, no existía ni siquiera un solo detalle dentro de la realidad -lejos de las tonterías sobre las cuales Theo y Jowan solían parlotear- donde un romance pudiera construirse.

La admiración del joven templario no era correspondida. No había afecto de vuelta, salvo cierta simpatía más cercana a la amistad que al amor romántico. Neria lo había intentado, cuando notó la mirada de Cullen por primera vez mientras paseaba por la biblioteca, se dijo que podría intentarlo, vencer sus prejuicios y el amor que profesaba por alguien más. Sin embargo, ella tenía bien claro lo que buscaba, y Cullen, templario callado y tímido, no era ese algo. Ninguna de sus conversaciones logró encender sus mejillas o acelerar su pulso, ni hablar de despertar un remolino en sus entrañas.

Era guapo, Andraste, sí que lo era. También lo consideraba lo más cercano a un amigo que tendría dentro de la orden. Si había servido de algo, su convivencia había derribado mucha de sus ideas preconcebidas sobre los templarios. Cullen era amable y paciente, estaba dispuesto a escuchar y su vocación era ayudar a los desprotegidos y no la opresión de los débiles. Un caballero de cuento, que habría hecho caer a cualquier otra mujer. Tampoco podía negar que se sintiera halagada, mas aquello que maquinaban Theodore y Jowan (y quizá el mismo Cullen en el más absoluto secreto) nunca sucedería. Cullen era ese chico templario que ella continuamente rondaba con el fin de cuidar de su mente abierta, para estar segura que los otros no la contaminaban; si más templarios como él comenzaban a reemplazar a los viejos perros de la Capilla, la vida de los magos podría ser menos miserable.

Cullen no avivaba su imaginación de ningún otro modo, y si la piel de Neria ardía en el fervoroso deseo de alguna caricia, no era él quien lo provocaba.

—Te comerá la curiosidad en ese caso —contestó antes de empujarlo por una puerta para evadir al templario. De repente, no estaba de humor para aquello.

—Ah, vamos. Eres la envidia de la torre, Neria. No me cae nada bien, pero creo que incluso yo...

—No esta vez —con un siseo la maga se detuvo con brusquedad. Un tranquilo los observó antes de continuar su camino con la vista al frente. Neria se retiró un rizo rebelde de la mejilla, esperando que el hombre privado de emociones se alejara. Luego, hubo de enfrentarse a la mirada de extrañeza de Theodore—. Recita tus aventuras sexuales como la canción de un trovador en otro lado.

—¿Mis...? Pero si estábamos hablando de Cullen.

—Pues tampoco tengo ánimo para atender el relato de tus fantasías con un templario —dijo, incluso más frustrada.

Temerosa de que las lágrimas delatasen algo indebido, Neria giró sobre sus talones y avanzó tan rápido como sus piernas se lo permitieron, impidiendo que Amell revolviera más su cabeza con argumentos listillos. Una vez dentro de su habitación, se arrodilló junto al desastre que había dejado entorno a un baúl antes de salir, tratando de distraerse con cualquier tarea mientras la ira se disipaba y la riada de sentimientos se apaciguaba para volver a fluir con normalidad. Pocas veces las imposibilidades la conseguían abrumar como ahora, arrasando con la sensatez a su paso.

Pero el nudo que se había adueñado de su estómago se retorcía cada vez más. Una vieja frustración le atenazaba las tripas y le provocaba un intenso deseo de llorar y gritar. Antes de darse cuenta, estaba sofocando ambos contra una almohada.

Neria sabía lo que quería, tenía una idea perfecta de lo que su corazón anhelaba. El amor, para ella, tenía nombre y apellido, pero lo sabía tan imposible... Lejos de no ser correspondida (porque no lo necesitaba), los obstáculos se alzaban entorno a ella como fríos muros de piedra y se extendían como las tranquilas aguas de un lago.

Enjaulado, el amor no sobrevive.


N/A: No es Neria la que está loca por no gustar de Cullen, es Rosie. A pesar de lo mucho que amo leer de un Cullen romanceado, escribirlo es... imposible para mí. Amistad, sí. Romance... dios, me quedo en blanco. Lo intenté, esa era la idea inicial. Neria en una especie de relación con Cullen, donde Theo era el que recorría la torre arrastrando la toalla por Surana. Pero lo de Surana con el futuro comandante no se dio, y Theo es... no se prestó para su papel.

Otro capítulo de transición.
Espero no haya sido demasiado aburrido xD

Mil gracias a Katz por su veloz comentario :3

Oh, ¡oh! Por cierto, las citas que acompañan el comienzo de cada parte no son invención mía. La primera pertenece a la letra de "Battle born" de The Killers; la segunda al poema "Durmiendo en el bosque" de Mary Oliver; y la tercera es del libro de Mary Shelly "Frankenstein o el moderno prometeo". Había querido aclararlo desde el principio, pero siempre lo olvidaba xD