N/A: Otra veloz actualización, no creo que los siguientes capítulos lleguen antes de diciembre porque necesitan una seria edición antes de poder ver la luz.
Música: "Lo extraño que soy" (Phil Collins); "Lovers" de la BSO de La Casa de las Dagas Voladoras; Cold Desert de Kings of Leon.
- 17 -
—Tu ojo... está morado.
—Yo también me alegro de verte, Kallian.
La inquietud que había estado revoloteando nerviosamente en la base de su estómago durante las últimas semanas, el temor de no conseguir solidificar la naturalidad de sus cartas al estar frente a él, y ese riesgo que corría de haber perdido perspectiva y ser incapaz de conciliar su idea de Nelaros con lo que él era en verdad, se apagó de golpe cuando el elfo sonrió con cierta hilaridad un saludo en el que el sutil tono de burla evidenciaba la familiaridad y el cariño que se había tejido en fibras de sincera cotidianidad.
—No me vas a decir que eso te lo ha hecho Ágata, ¿o sí?
—La verdad es que no —replicó, riendo por lo bajo.
Cuando Nelaros no agregó nada, Kallian enarcó una ceja y él le dedicó una sonrisa apenada como la súplica de no profundizar más en el tema, al menos por el momento. Accedió con un leve asentimiento y justo entonces una idea surcó sus extrañados pensamientos.
—Espera, ¿te has metido en una pelea? —Su voz se había vuelto un demandante susurro y Nelaros comenzó a mover los dedos pulgares en un gesto nervioso.
Pese a haber resuelto no indagar, Kallian no pudo contra la oleada de asombro y curiosidad que la conjetura volcó sobre ella. Con un movimiento de cabeza lo invitó a una caminata hasta el mercado. Las puertas de la ciudad estaban repletas, como todos los días, y era más difícil conversar entre el griterío y el continuo ir y venir de la gente.
—No... Tal vez.
—Lo que fuera que lo originó debió ser grave —observó la chica—. ¿Estás bien?
—Nada salvo un par de oscuros trofeos sobre la cara y la espalda —aseguró. Había dado un suspiro de alivio antes de hablar y la tensión de sus hombros parecía haber comenzado a ceder—. Gracias por preocuparte.
Kallian le restó importancia alzando un hombro y retirando su atención de Nelaros para fijarse en la callejuela que los estaba llevando hasta el distrito mercantil por una ruta menos concurrida.
—No estaba seguro de si la caravana estaría aquí antes de Satinalia.
Kallian elevó un poco la cabeza para devolver la mirada.
—Dicen que la vista de la ciudad desde las colinas es espectacular, especialmente luego de varias nevadas.
—Lo es —confirmó—, pero me imagino que aquí abajo son menos gratas.
Kallian hizo una mueca pensativa y sacudió levemente la cabeza.
—En parte. El viento limpia el aire de la ciudad, así tenemos unos días libres del hedor habitual. —Tiró de la capa de lana de él, señalando con un movimiento de su cabeza la dirección que debían seguir en la siguiente calle—. ¿Nadie te extrañará en casa? —Inquirió al mirarlo sobre el hombro.
—Me han tenido cada Satinalia durante los últimos veintitrés años, mi ausencia les dará algo para las conversaciones frente a la hoguera. Demasiado, tal vez.
Mediante un rápido vistazo, desentraño lo que la teatralidad de esa última frase arrastraba.
—¿También?
—Antes que nada, en mi defensa, la carta de tu hahren lo comenzó todo. —Su efusivo acceso de risa abortó el ceño fruncido y un brote de mal humor que, sin mayor problema, habría alcanzado para amargarle toda la semana—. Tiene algo de gracia. Primero los espías en el correo, luego un par de elferías.
—Pues yo no le veo la gracia por ningún lado. —Kallian bufó, pero ni siquiera se esforzó por llevar su fastidio más allá—. Si les pagaran por exagerarlo todo en beneficio del cotilleo, no lo harían tan bien.
—Por favor, no les des ideas.
—Nosotros ni siquiera... Es decir...
Nelaros la miró con sumo interés, incluso cuando sus piernas dieron pasos más largos y escondió la cara detrás de su desordenada cabellera, persistió la sensación de esos ojos verdes fijos sobre su persona.
—¿Fingiremos demencia?
Kallian se paró en seco. La voz de él sonaba sincera y triste. Como si de verdad estuviera cuestionando la forma en que abordarían su anormal situación, al mismo tiempo que intuía lo delicado que era preguntar algo así en ese momento, lo fácil que sería para una duda verbalizada como aquella derrumbar el frágil sistema bajo el cual se desarrollaba aquella tentativa.
Se volvió, mordiéndose los labios y escondiéndolos mientras los apretaba, sin la audacia suficiente para encontrar su mirada, temiendo lo que podía encontrar allí.
—Supongo que no, pero creí que podría hacerlo menos incomodo para ti.
—¿Para mí?
Apretó los puños y por los pelos consiguió ahogar un gemido indigno de su edad. Un gimoteo, pueril mezcla de enfado e impotencia.
—Convertí tu proposición inicial en esto. Huiste de esta trampa tanto como yo y...
Y ahora estaban en este callejón, dando vueltas, esperando que todo funcionara, preguntándose si acaso no se habían puesto, voluntariamente, en esta situación; porque quizá, quizá desde el primer momento habían comenzado a rendirse, cediendo de forma deliberada para alcanzar este objetivo, hacer feliz a sus respectivas familias pero no aceptar que habían sido vencidos, conservando cierta dignidad o algo que se le pareciera.
—¿Tú crees que esto es alguna clase de condena?
—Una obligación que debes cumplir —corrigió con amabilidad. Aspiró una larga bocanada de aire helado y finalmente elevó la vista—. Di por supuesto que tu lógica era similar a la mía. Antes de unirte de por vida a alguien, más vale que conozcas a esa persona primero.
Esperaba que su mirada se endureciera y la observara desde un punto distante con desagrado, o incredulidad en el mejor de los casos. Pero lo que fuera que estuviera pensando, sobre ella o la situación en general, aquellos ojos verdes lo ocultaron a la perfección bajo una mirada indescifrable.
—Es básicamente lo que la gente con suerte hace. —Tras unos momentos deliberando en silencio, Nelaros dio un paso para cerrar un poco la distancia—. Soy una persona con suerte —dijo, y luego se disculpó con un mohín por si aquella afirmación cruzaba alguna línea.
Sin duda, había traspasado un límite. Lo que quedaba implícito la dejó paralizada, aturdida. La sangre agolpada en sus sienes apagó los sonidos de la ciudad y el único asidero que halló fue la sonrisa conciliadora de Nelaros. Allí estaba, ofreciéndole una elección. Sí o no, o cualquier cosa que hubiera entre ambos. Las reglas eran suyas para escribirlas.
Libertad.
—Te he cogido cariño —confesó con un tono débil—. Si lo pienso... —Me da vértigo y el corazón podría hacer que me reviente el pecho de miedo—, me agrada la idea de estar contigo. Cerca. Pero yo...
—No estás enamorada —dijo con toda calma, sin mostrarse herido o intranquilo—. No tienes que disculparte por no sentir como los demás dicen que debes sentir.
Libertad, libertad, libertad.
¿Mamá había llegado a sentirse así con papá al inicio de todo?
Él cortó abruptamente su siguiente frase, dejando que lo recién dicho se asentara y Kallian, a quien manejar las emociones se le daba decididamente mal, comenzara a asimilar la posibilidad de que aquella cosa, que mucho había temido y rehuido, fuese más bien una gama antes que un único e insípido color, que se tratase de todo un espectro dentro del cual uno se ubicaba según gustos y necesidades. Que a veces uno tenía un amigo antes que un amante, o viceversa. Que podía querer de una manera diferente y eso no iba a restarle mérito a lo que sentía.
—¿Tú lo estás? —Se forzó a salir de sus cavilaciones y su pregunta fue un tanto abrupta a juzgar por el respingo que Nelaros había dado—. Enamorado, es decir.
—Creo que podría estarlo en algún momento. —Su sonrisa fue cálida y la ayudó a mitigar un poco la sensación de que aquello estaba sucediendo a una velocidad vertiginosa. Era injusto ver cómo todo se había simplificado de pronto, tras muchos años de haber hecho un lío de ello. Él la comprendía tan bien que era casi exasperante. Encajaba perfectamente el estar atrapado con la persona más emocionalmente inepta, que Kallian no sabía si debía sentirse afortunada, agradecida o preocupada—. Lo he estado antes —aclaró con cautela—. Pero si me preguntas, es un alivio que no sea el caso y de cualquier modo tener la seguridad de esto. La gente hace cosas de las que se arrepiente toda una vida cuando están enamorados.
—Podrías arrepentirte toda la vida —le advirtió, una última vez, segura de que no encontraría otra excusa bajo la cual ampararse.
—Espero... —Dio un paso más, rozando su espacio personal, lo bastante cerca para advertir que el verde claro de su iris tenía vetas doradas—. Espero —repitió con más seguridad— una mañana puedas despertar y darte cuenta de lo equivocada que estabas al creer que no mereces las cosas buenas que te suceden. Espero un día puedas verte a través de mis ojos y contemples a la persona que realmente eres.
Era una puerta pesada de madera negra y, al otro lado, la voz airada de Uldred. El Encantador Superior Uldred, le recordó la voz de Wynne en su mente con idéntica censura que la Wynne de la vida real. Se adelantó un par de pasos para apoyar la cabeza contra la puerta y así pescar algo de lo que el Encantador Superior le gritaba a un aprendiz.
A Jowan, de todas las personas posibles.
—¿En qué se habrá metido? —murmuró Amell detrás de ella. Miraba la puerta como el sólido monstruo que había engullido a Jowan—. Únicamente los raros se acercan a Uldred.
—Los raros, ¿eh?
Amell lanzó un suspiro de cansancio y deslizó el dedo índice sobre su ceja derecha, irritado.
—Estoy hablando de raros, Surana
Ella abrió la boca para replicar que sí había pillado la idea a la primera y que si su más querido secuaz lo estaba cambiando por un encantador superior, no tenía porqué cargarle a ella el mal humor que le causaba. Sin embargo, escuchó pasos del otro lado de la placa de madera tallada, cerró la boca y se alejó con toda la gracia que su herencia élfica le permitió.
Neria trastabilló, trató de sostenerse de la túnica de Amell y finalmente ambos terminaron en el suelo frente a la puerta abierta de Uldred. La luz del interior iluminó el pasillo que los primeros suspiros de oscuridad habían dejado a oscuras antes de que los Tranquilos los disipasen encendiendo las lámparas. Ahora que tenía tiempo para notarlo, los tranquilos llegaban tarde. Desde el suelo, miró a Uldred con desconfianza, porque ningún tranquilo se retrasaría con una de sus tareas en circunstancias normales.
—Surana y...
—Amell. —Theo quiso rescatar su dignidad herida socorriendo al encantador, quien había optado por olvidar su nombre a sabiendas de que hería el orgullo del muchacho. Uldred enarcó una ceja en una desinteresada expresión, afrenta suficiente para Amell.
—¿Puedo saber qué hacían allí abajo?
Uldred esperó hasta que ambos estuvieron de pie. Después, Theo lo hizo esperar un poco más, hasta que hubo acomodado y sacudido su túnica a gusto. Elevó lentamente la cabeza desde el suelo, haciendo uso de una sonrisa que no lo era en absoluto.
El estómago de Neria dio un vuelco. Cuando no era la receptora, esa sonrisa laxa, con una ligera y altiva curva en el lado izquierdo tenía efecto instantáneo en ella, acusando su susceptibilidad con una revolución dentro de su estómago y la flojedad de las rodillas. Perfectamente erguido, Theodore era tan alto como el encantador.
—Esperando a un amigo —dijo, imprimiendo en su respuesta la mejor inflexión de inocencia que tenía. Acribilló a Jowan con un rápido vistazo y, para el mayor estupor de Neria, le tendió un brazo y giró para ofrecerle una sonrisa que sólo se daba el tiempo de ocupar con sus "víctimas", como Jowan las llamaba. Tras parpadear, privada momentáneamente del don del habla, entendió que se trataba de una pantomima, una escena creada para no generar ni la más remota sospecha frente a un mago que le causaba escalofríos nada más verlo: eran un par de jóvenes tonteando en una zona apartada y oscura de la torre—. Dejemos a nuestro amigo, Neria. —Esa sonrisa, que prometía cosas que la imaginación de la joven maga pintó para la pronta alteración de su corazón y el abrasador anhelo de su piel, se extendió otro poco hacia sus ojos, oscuros a la escasa luz—. Busquemos... a otros amigos.
Notó la segunda mirada que le dirigía a Jowan, no tan asesina como inquisitiva. El aprendiz se quedó un instante más junto a Uldred y luego corrió detrás de ellos. Los estúpidos anhelos de Neria se asfixiaron en la conversación siseada que sostuvieron ambos muchachos. Suspiró, soltó la mano de Amell e intervino, reconociendo la muerte definitiva del momento sin otra protesta que una sonrisa cálida pero melancólica. Antes de eso, había sido deliciosamente consciente de la electricidad en cada segundo de fricción provocada por la paulatina fuga de su mano desde el antebrazo masculino hasta encontrar los dedos y alojarse entre ellos, tibios en el frío de las escaleras.
Había durado lo que un suspiro, pero igual que aquél espacio de libertad entre Denerim y el lago Calenhad -su hermoso sueño de libertad infantil- este momento lo atesoraría, enriquecido y magnificado con los colores y los aromas de los que no había sido plenamente consciente entonces. Recordaría la fugaz dulzura de la anticipación, la sensación de vacío en el estómago y la certeza de que se había enamorado como cualquier chica, como sucedía fuera del Círculo a la gente normal. Se recordaría mareada, embriagada de deseo y sentimiento, de posibilidades. De la posibilidad. Amell le estaba haciendo un regalo sin saberlo, y Neria no precisaba que fuera de otra manera. A fin de cuentas, descubrir el ansia de su corazón y su cuerpo ante él, resolvió ella en los últimos días, incluso siendo correspondidos, los marchitaría a nada de comenzar a florecer. Los haría sentir miserables y se perderían el uno al otro.
De esta manera, Neria tenía una colección de románticos recuerdos, que jamás pensó vivir y a los cuales había renunciado en su adolescencia, y Theo no estaba obligado a responder un sí o un no, cualquiera de ellos con un final desgraciado.
Asomó la cabeza por el borde para vigilar el progreso de los otros dos. Esperó hasta que Flynn se encaramó en el arbotante más próximo y estiró el brazo para ayudarlo a subir al techo. El niño no la soltó de inmediato, por el contrario, Kallian sintió sus uñas enterradas en la piel. Caminó sobre las tejuelas hasta aproximar al chico a una bóveda donde la pendiente era menos peligrosa y aun entonces, Flynn se demoró unos segundos más en abrir los ojos y liberar su dolorido brazo.
Detrás de ellos, las pisadas de Soris hicieron protestar la superficie. Estaba pálido y lucía como si estuviese a punto de vomitar.
—Vamos a rompernos algo —lo oyó decir antes de echar un vistazo hacia abajo, al distrito mercantil que se extendía ante ellos, más allá algunas fincas y las callejuelas apretadas que arañaban el azul apagado del mar recamado en el blanco de la espuma. El invierno comenzaba a diluirse en mañanas claras y atardeceres dorados, pero aquél día se había encargado de dar un último zarpazo sobre la incipiente primavera—. O nos descubrirán y pasaremos una temporada memorable en alguna mazmorra. Yo sé lo mucho que te gusta pegarle visitas a los calabozos en Denerim, prima, la vas a pasar en grande.
—Has dicho que haríamos algo divertido —reclamó el menor.
—¿Y qué estamos haciendo? —se indignó ella—. Además, si no recuerdo mal, tu molesta insistencia era por hacer algo "tonto y emocionante" y henos aquí.
—Vale, pero ¿la Catedral de Denerim? —terció Soris, caminando muy despacio hasta donde ellos estaban.
—No he obligado a nadie. —Kallian encogió los hombros, sacó una manzana de entre su ropa y se sentó justo sobre la hilera del techo, mirando hacia el mercado.
Siempre y cuando se mantuvieran en ese lugar, parcialmente protegidos por la nave principal de quienes pudieran estar interesados en escudriñar la parte alta de la catedral, tenían la posibilidad de sortear al menos uno de los peligros de estar allí arriba.
—El final de tu insigne soltería te ha regresado de un solo golpe al fondo de la imprudencia.
Soris halló lugar seguro a los pies de Kallian, entre la cubierta y la cornisa, remontó las rodillas hasta que pudo apoyar la barbilla sobre ellas y miró hacia arriba. Se había puesto serio, desdiciendo la intención burlona de su afirmación.
—Ha sido una tontería —se oyó decir, evadiendo la mirada de su primo para fijarse en la curiosa anciana que parloteaba debajo de ellos.
Le agradaba su versión del Cantar. Sonrió y volvió para tratar de encontrar en la cara de su primo algo que le devolviera el sueño por las noches.
—Qué inaudito —exclamó él sin perturbar demasiado la gravedad de su semblante—. Estás reconociendo que sí estás un poco loca y que las alturas no son divertidas.
—No —gruñó—. Ha sido una tontería que aceptaras lo que Valendrian quiere.
—Esto tarde o temprano iba a pasar, la verdad no creí que conseguiría esquivarlo por tanto tiempo. Y esta muchacha, eh, Valora, Nelaros y Valendrian hablan bien de ella.
Su miseria resultaba tan escandalosa que dolía distinguir las grietas en su endeble fachada; la culpa y la impotencia le picotearon las entrañas el mismo momento en que advirtió cómo su primo intentaba disimular curvando los labios en un gris pretexto de entusiasmo. Soris fingía felicidad. El alegre niñito que trepaba en busca de flores venenosas en el río, el chiquillo que creía con firmeza que los mabari debían tener alas y que había accedido a seguirla hasta la parte más alta de la catedral de Denerim en la plenitud de su adultez. Soris era una de las mejores personas que conocía y era injusto que se obligase a esto. A la normalidad que ahorcaba de un modo que el desdén y la infravaloración que toleraban de los humanos no; que consumía los ánimos y la vida y los sueños.
Merecía lo que ella recién había descubierto. Más, merecía mucho más.
Él, con un rápido cambio de postura y guiñando un ojo, le restó importancia. Un acceso de irritación casi la orilló a propinarle un coscorrón. Sus labios desaparecieron al apretarlos en una fina línea, una sonrisa que le pedía no darle muchas vueltas al asunto, pero la desazón sobrevolaba los pensamientos de Kallian como un ave de mal agüero.
—Eh, no te irás a casar tú también, ¿a que no? —La intervención de Flynn estuvo aderezada por la dulce manifestación de su preocupación. La respuesta de Soris fue una sonrisilla pesarosa—. ¿Por qué? —Demandó con espanto.
—Nelaros pagará el viaje de mi prometida y me ahorraré yo el dinero —dijo Soris con una soltura que solo quien poco lo conociera se tragaría.
Se inclinó sobre la madera para revolverle el cabello al infante. No obstante, eso no consiguió aplacar el desconcierto de Flynn.
—¡Qué tontería! —prácticamente chilló. La preocupación surcó sus facciones un segundo, seguida de por un brote de desnuda tristeza y al final su cara se contrajo con enfado—. No es justo, ninguno pensó en mí.
Kallian y Soris compartieron una rápida mirada, sin palabras que no terminaran sonando a una excusa.
—No te estamos abandonando.
—¡Lo harán! —protestó Flynn, sus ojos brillantes con lágrimas furiosas todavía sin derramar.
Quiso decirle que si estaba hablando de cambiarlo por hijos propios, no tenía que preocuparse. Y en cualquier caso, no había nada que Nelaros pudiera hacer para apartarla de su molestia favorita, la pulga rubia que la perseguía allá donde iba y que tanto la admiraba, incluso si ella era un aporte más a la escoria que pululaba en la ciudad.
Por supuesto, la proverbial incapacidad de la muchacha de expresarse primó los actos antes que los discursos.
—Serás... —Kallian avanzó hasta auparse en el siguiente tejado, donde había dejado a Flynn, quien, a su vez, hizo amago de rehuir su cercanía. Ella se estiró sobre la superficie para alcanzar el tobillo del menor y lo retuvo allí hasta que pudo deslizarse sobre la hilera y atraparlo en un abrazo que más allá de ser afectivo era una manera de ayudarlo a mantener el equilibrio en la viga—. ¿Te he mentido alguna vez? —Flynn pareció pensarlo un poco antes de sacudir la cabeza—. Entonces, para con las tonterías.
Lo liberó y él dio media vuelta para abrazarla con fuerza. Algo incómoda, Kallian le dio unos golpecillos cariñosos en la cabeza ante la actitud totalmente socarrona de su primo. Le dedicó un gesto que gritaba "vete a la mierda" antes de zafarse del chico e indicarle que bajara con el máximo cuidado porque si se partía la cabezota y manchaba la catedral de sangre, además de estar muerto, el Hacedor lo recibiría con un par de demonios porque ser un redomado zopenco también era considerado un pecado.
—El fuego azul quema más oxígeno, es una combustión más limpia, pero proporcionalmente más complicada y de escasa eficacia para nosotros los magos. Un conjuro de fuego azul puede consumir la reserva de maná entera.
Sentada con las piernas cruzadas sobre el piso, Neria enrolló el pergamino y lo colocó en el cinturón de su túnica, sobre su espalda, temerosa de que un movimiento accidental pudiera hacerlo arder. Al girar, suspiró todavía impresionada. En la penumbra, el brillo de la llama entre las manos de Theodore poseía un efecto hipnótico.
—¿Te sientes cansado? ¿Mareado? ¿Tienes sudores fríos?
Amell sacudió la cabeza con una atípica actitud de serenidad, atento al añil que fulguraba consistentemente frente a sus ojos.
—Cambiaré el enfoque de la investigación —dijo con voz queda—. La falta de control es únicamente un síntoma, no la raíz de tus problemas. ¿Has intentado con frío? ¿Hechizos de hielo de algún tipo?
Detrás del brillo de la llama, notó que una expresión abatida había tensado sus facciones. Ella le indicó que hiciera una demostración, pero Amell se negó en redondo, casi demasiado efusivamente. La llama azul osciló.
—Cuando era niño —comenzó a explicarse él, calló unos instantes antes de exhalar en una señal de incomodidad impropia del dechado de seguridad y autosuficiencia. Neria no se atrevió a proferir una sola palabra—. Cuando era niño, maté por accidente a un par de ardillas. Suena ridículo, no lo menciones. Yo sólo me acerqué y los animalillos murieron congelados.
Neria sabía que intentar consolarlo pondría a la defensiva al muchacho, así que guardó silencio y eligió pensar en el problema, previniendo de esa manera dirigirle una mirada de compasión que él se tomaría muy mal.
—Tus instructores debieron darse cuenta de esto muy pronto, pero no te han enviado a realizar el rito de tranquilidad a pesar de ello.
—Tampoco he sido llamado a mi angustia.
—Obviamente alguien tiene alguna esperanza de de ayudarte. ¿Irving?
Amell alzó los hombros.
—Tiene sentido. —A Neria le pareció que Theo se pensaba su siguiente oración, tanteando cada palabra, pero al final se decantó por lo más simple—. Gracias.
—Jowan y tú todavía deben llegar a convertirse en eminencias en el estudio de criaturas extraordinarias, ¿recuerdas? —Le arrancó una risotada al muchacho que resonó dentro del pecho de Neria.
Cerró los ojos, dejándose ahogar por la oleada de alegría que compartían. Lo siguiente fue la profunda oscuridad del pasillo. Aún sin abrir los ojos, supo que Theo había extinguido el fuego al juntar las palmas de las manos. Escuchó el nítido 'clap' y el éco que le siguió. Distinguió también el sonido de agua goteando abajo, donde los cimientos de la torre se entreveraban con la sólida roca de la isla.
—Jowan y yo —repitió Theo con aire insatisfecho. Ella había abierto los ojos, pero era difícil distinguir más que una silueta en la profunda oscuridad—. ¿Por qué no tú y yo?
La respiración se le congeló en los pulmones. Neria sintió que su corazón paraba un ínfimo segundo antes de amenazarla con una taquicardia que podría hacerla colapsar allí mismo, ante la mirada fija de Amell.
—Tendrías que escuchar cómo suena eso, nug asilvestrado —rio pero los nervios traicionaron su voz.
Por un momento, tuvo la certeza de que el aprendiz no continuaría andando por un terreno tan escabroso, aquél sendero a ras del desfiladero cuyo abismo resultaba terriblemente tentador. Tentador. Estaba enferma, en efecto estaba, oh Andraste, chalada; su caso era peor de lo que creía. Sensatez, exigió una voz de alarma, sensatez, cordura, cautela, ¡cerebro!
Nada. Nada respondió en ella, y nada parecía querer responder en él, a esa enloquecida súplica colgada sobre sus cabezas, sobrevolándolos cual ominosa ave. Prudencia, templanza, aquello era pedir imposibles, locuras, cuando cargaban con tantos deseos frustrados que la opción sensata, lo que haría un cuerdo, sería apagar el fuego antes de que lo consumiera todo.
Una vez. Esta vez, solo hoy y nunca más.
—Sé muy bien cómo suena. —La voz de Theo no era más que un murmullo, pero estaba tan cerca que Surana creyó que sus huesos mismos vibraban en sintonía—. ¿Por qué nunca lo aclaraste?
Neria frunció el ceño.
—¿Por qué no lo hiciste tú?
El amargo eco de una risa desde su garganta.
—Sé -casi- perfectamente qué clase de persona soy, y no tenía muchas razones para creer que tú podrías...
—Eres un poco lento, ¿eh?
De algún modo, hablar en la oscuridad era más sencillo, y no era que hablar hubiera sido muy difícil para ellos dos en circunstancias normales, pero traer a la vida sentimientos largo tiempo inánimes no ocurriría a la luz del sol, con el riesgo de llevar, muy vívidos en la memoria, gestos demasiado significativos, tanto buenos como malos.
Fue en la oscuridad que Amell volvió a reír en voz baja, más sincero y algo agitado. Neria sintió los dedos fríos buscando su barbilla para sostenerla con gentileza y se descubrió expectante, el anhelo de aquello contra lo que mucho había lidiado era titánico, apenas podía respirar y lo único que percibía era la cercanía (cada vez más y más), el olor del lírio que había utilizado durante sus experimentos (relámpagos al golpear la tierra, de lluvia, del bosque más allá del lago tras un temporal de otoño), y la nota cítrica de la poción que prepararon juntos antes del amanecer. Después, esos labios sobre los suyos propios, rozandolos como el baile de una pluma. Eran todo dulzura y reverencia y cuidado. Pero lo que comenzó como una chispa en el bosque de su deseo, pronto se convirtió en un incendio que amenazaba con reducirlos a cenizas.
Aquello estaba mal, gritó en agonía su sensatez, su templanza; aquello tenía un fin y los finales nunca son felices. Era perecedero, era complicarse la vida a cambio de unos momentos de plenitud nada más, era... Glorioso, un alivio, un poder respirar sin ese peso sobre el pecho, esto sólo cuando podía respirar, cuando no se le iba toda la consciencia en la creciente impaciencia de sus bocas y la posterior propagación de esa ansiedad como un hormigueo que exigía ser aplacado de otra manera, que demandaba el roce de piel contra piel. Una tórrida necesidad que encendía hasta la última terminación nerviosa.
Cuando lograron separarse más de un segundo, algo mucho más fuerte que su voluntad (nada imponente, según demostraba lo que acababa de ocurrir) la llevó a invocar un pequeño fuego lo bastante lejos de su rostro. Notó, entre otras cosas, que se hallaba a horcajadas sobre él y que, a su vez, el joven humano apoyaba la espalda contra un muro. Escuchó a Theo reír y decir algo sobre prenderle el cabello en llamas. Cuando él encontró su rostro, dispuesto a ahogarse en otro intercambio de besos y caricias (cada vez menos castas) sin importarle la cercanía del fuego, la estaba mirando con una expresión de éxtasis y veneración que hizo acudir lágrimas de felicidad a sus incrédulos ojos.
No obstante, él se detuvo en el último momento, consciente de sus alrededores. Con el buen juicio devorado por el egoísta deseo de más, se abofeteó mentalmente por la inoportuna decisión de traer luz a este encuentro, a estos besos dentro de la sombras que los protegían de la realidad a su alrededor y de sí mismos.
—¿Cuánto tiempo hemos estado aquí?
Neria lo sopesó con un abismal desencanto.
—Suficiente para que resulte sospechoso.
Se dedicaron una mirada anhelante más y con un hondo suspiro ambos supieron que debían volver a la planta superior.
Ya de pie, Theo la atrapó en un abrazo y cubrió su boca con otro beso lento y dulce, una promesa de volver a ese refugio de labios suaves y brazos que se enredaban en su cintura, reacios a dejarlo ir. Jadeó tras el último de aquellos intercambios, la ronca protesta y la caricia ardiente de su aliento sobre la piel volvieron lava sus entrañas.
—Los templarios —lo oyó decir, incapaz de reconciliar sus palabras con sus acciones—, debemos volver...
Entre cada fugaz beso, Theo dio tregua a sus labios para crear un sendero húmedo por su mentón, hasta su cuello, donde mimó su garganta con roces delicados, insinuaciones tan solo, y aquello bastó para debilitar sus piernas al punto en que tuvo la certeza absoluta de que estaba de pie solo porque se sostenía de él. La ávida boca del humano hizo el camino de regreso hasta sus labios y se apartó, gruñendo su exasperación porque su conciencia debía continuar pidiéndole que no creara más problemas, los templarios ya no escatimaban en castigos, si alguien los encontraba en aquél lugar (peligrosamente cerca del muelle), la primera idea que tendrían sería la de un intento de escape.
Neria sujetó su mano al separarse y lo guió a los pisos superiores con la mayor concentración y cautela que un contacto tan inofensivo le permitía reunir. Antes de volver a la luz de las antorchas, detuvo a Theo y esta vez fue ella quien buscó su boca, poniéndose en puntillas al tiempo que él le rodeaba la cintura con un brazo y con la mano libre dibujaba caricias sobre la ropa, de nuevo anunciando lo que eran capaces de hacer, lo que harían cuando el tiempo y la situación se prestara para dar libertad al deseo que los abrasaba.
Esta era la antesala de su total perdición, un lugar al que ahora estaba dispuesta a dejarse guiar sin ninguna protesta.
N/A: Dosis de romance, porque escuchaba Cold Desert una tarde en el automóvil.
No creo que vayamos a tener lemon en este fic, pero pueden esperarse escenas como la de arriba.
Mil gracias a Frida, Katz y Fran por continuar aquí C':
Boda, la boda, tendremos una boda~ *reproduce el soundtrack de "El cadaver de la novia" a todo volumen*
