N/A: Como viene sucediendo desde el inicio, la fidelidad al juego no está garantizada. Me he tomado algunas libertades.
Odio con toda mi alma los capítulos que vienen, así que esperen una totalidad oscurosa y triste, pero que se siente floja al final. Mis headcanons sobre magia y el Velo andan por allí, encubiertos e inspirados en Fullmetal Alchemist (Ya dilo, Luna, a partir de ahora es como un cruzado de FMA, Shingeki no Kyojin y Avatar con Dragon Age).
Música: "Let Me Follow" de Son Lux. "Von" e "Is" de la BSO de Zankyou no Terror. "La despedida" parte de la banda sonora de "El amor en los tiempos del cólera".
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Sí, pensó él de pronto.
¿Por qué no?
Sí a todo a partir de ahora.
Sin decir nada más, la pareja se ocupó en recobrar el aliento, descansando en la calidez de la humedad compartida. Transcurrido un rato, buscó las mantas a los pies de la diminuta cama. La corriente de aire frío había perdido el efecto gratificante sobre la piel caldeada y Theo había percibido la manera en que su compañera, instintivamente, se apretaba contra su cuerpo en busca de calor.
Neria descansaba la cabeza sobre su pecho y uno de sus brazos lo rodeaba por la cintura. Intuía, en la penumbra, la paz de su rostro. Guardó silencio para permitir que los fuertes latidos de su corazón la arrullaran. Bañados como estaban por una pátina de siena conjurada por un candil parpadeante al fondo de una habitación abarrotada de objetos, el cabello de Neria era como hilos de cobre. Estiró una mano, atraído por la marea roja que se extendía sobre su piel, pero se detuvo antes de enredar esos bucles rojizos entorno a sus dedos; su respiración profunda y acompasada le indicó que la joven se había quedado dormida.
Sí, se dijo, a medida que la somnolencia se extendía también sobre él.
Fue extraño y liberador, pero aquél arriesgado sí que había evadido todos esos años, resonaba hoy dentro de él cada vez con mayor potencia, cuanto más imprescindible se perfilaba, más incómoda y demandante era su protesta. No bastaba ya su libertad si Neria se sentía prisionera de aquel sitio; era egoísta, siempre lo había sido, querer que los otros -Surana, Jowan, Anders- renunciaran a sus proyectos de fuga y se conformaran con lo que había allí dentro como él había hecho. La engañosa atmósfera al interior de la torre del Círculo oprimía, esto él lo sabía muy bien, y no todos estaban hechos para soportarlo. Para otros no había nada allí, salvo conveniente mansedumbre, comodidad para el pusilánime.
Él no era —no podía ser— nada parecido a eso.
No después de haber cruzado la delgada línea hacia un peligro del que ahora creía imposible esconderse. Habían sido años de aleccionar las necesidades de su piel para que coincidieran con lo que la razón exigía. No obstante, los diques que había construido para sus anhelos se resquebrajaron en un pestañeo; el límite trazado con milimétrica precisión se desdibujó cuando se dio cuenta de que él no tenía que actuar deliberadamente para conseguir hacerse un lugar entre el afecto de Neria. No tuvo voluntad para no traspasar el umbral cuando supo que todos sus esfuerzos por mantener a raya sus sentimientos habían sido en vano, pues ella lo estuvo esperando del otro lado durante mucho tiempo, silenciando aspiraciones gemelas a las propias.
Se había sentido desamparado en la fría oscuridad de aquel escondrijo en la torre, incapaz y frágil. A merced de sentimientos que eran como bestias alargando sus extremidades para soltar un último zarpazo. Theodore había deseado fervientemente estar equivocado, escuchar una negativa o los pasos de de ella alejándose con rapidez en las tinieblas; por una vez en su vida quiso no tener la razón. Pero había pasado días enteros dándonle vueltas en la cabeza, repasando evidencias y diciéndose que eran locuras suyas sin lograr convencerse. Anhelar lo que no se puede tener (amor, libertad, familia, cualquier imposible), era una muestra de debilidad mental. Las personas fuertes aprovechan las dificultades, para ellas no son otra cosa que oportunidades.
Y sin embargo, había decidido avanzar, había optado por vulnerabilidad. Había decidido decir sí, porque ella no estaba diciendo no. Amell no había sido bueno negándose ningún placer a su alcance, era infame por ello. Neria siempre fue la excepción. Dijo no a la sola idea de tenerla hasta sepultarla bajo amistad, hasta estar dispuesto a verla prodigar sonrisas y cariño a un templario, quien con todo, era un poco más digno de Neria de lo que él jamás sería. Solo quería su felicidad y si tal cosa él no podía proveer, al menos podía intentar protegerla.
Y había fallado, porque ahora estaba aquí, enredado en ella... Y Neria en él.
Su mayor deseo era mantenerla a salvo y había fallado.
No iba a atraparla, decidió entonces. No con él y no en esta jaula, marchitando su libertad con amor. Theodore no castigaría a Neria con esa atávica y asfixiante interpretación de sentimiento.
Su mente comenzó un vertiginoso, si bien breve, recuento de todo lo que sabía sobre la torre y quienes la habitaban. Había sido un ratón de biblioteca la mayor parte de su niñez, un chiquillo raro que vagaba solo por los rincones, aquella parte de su vida tendría que ser útil.
Theodore se despidió del joven que había sido, sacudiéndose de encima los últimos retazos de adolescencia, mientras se armaba de entereza y encontraba que la perspectiva de vivir el mundo exterior, luego de tantos años, era incluso atractiva. El espacio en el que había crecido y cultivado sus pasiones no era capaz de contenerlo. Aquel pequeño dominio suyo, donde se gobernaba sin prever nada porque el futuro era un traidor consumado, había estado bien cuando sólo se trató de él, en ese tiempo en que pesar cual lastre para Neria ni siquiera pasó por su mente, imposible ante sus ojos como el afecto de la joven maga.
Su reino comenzaba a venirse abajo, arrasado por el fuego de aquel mar de rizos.
Sí, insistió al cerrar los ojos y deslizarse hacia un breve sueño, abrazado a Neria.
La respuesta era sí, y cada oportunidad que brindara.
La caravana de una familia aristócrata avanzaba lentamente hacia el interior de la ciudad. El viento arrastró el polvo de la calle, azotando el carruaje y arrancando protestas de los sirvientes y los guardias; los estandartes muertos en el calor veraniego cobraron vida ante el escrutinio de una saqueadora. Kallian torció el gesto, esforzándose en localizar la información que su mente pudiera relacionar con el emblema que enarbolaban los escuderos. No estaba de más tener una idea de a quien estaba por atracar. Desechó un par de nociones erradas antes de acceder a esa pieza de antiguo conocimiento. Empujó la consciencia de que su aceptable dominio de las familias nobles y sus divisas lo había aprendido de la reina antes de que pudiera hacerle daño.
Una efímera sonrisa apareció en su cara.
—¿Guerra? —Preguntó al fin, con tedio. No había estado prestando atención a su interlocutora—. ¿Cuál guerra?
Miró sobre su hombro a la jovencita de cabello claro. La compañía era del todo extraña, pero la cercanía de su boda —Kallian sentía que las tripas se le volvían un nudo al pensar en su próximo casamiento— y la insistencia de Shianni, Cyrion y Valendrian por convertir aquello en un espectáculo público, habían derivado en el repentino interés de la elfería en el par que estaba pronto a casarse. Soris tenía a Alarith y los planes de mudanza al piso que el tendero tenía desocupado. Y las elfas más jóvenes se mostraron emocionadas, sus ojos soñadores y suspiros de anhelo le robaron a Kallian el valor para tratarlas con aspereza y, en su lugar, optó por reconocer que su boda era un solaz para la comunidad élfica de Denerim y que si esas pobres chicas eran felices con todo aquello no sería ella quien les arrebatara ese entusiasmo.
Kallian preferiría morir mil veces antes que aceptarlo en voz alta, pero de cuando en cuando, sucedía que casi —casi— se las arreglaban para contagiarla de su alacridad.
Si tenía que decidir, Nessa era su preferida. Sabía cuándo guardar silencio, Tabris no debía preocuparse por tropezar con su cuerpo cuando daba media vuelta y, hasta donde sabía, nunca la había juzgado por no ser el estándar de muchacha decente. Ejemplo más claro que el actual no se le ocurría; era el asalto a la mansión lo que justo se hallaba preparando. El interés de Nessa estaba en otro lado y había días en los que parecía dispuesta a aprender. Quizá su único defecto (y en otro tiempo, el puesto que ostentaba al lado de Anora hubiera encontrado ese "defecto" muy útil) era su aptitud... comunicativa. Los rumores estaban bien, siempre y cuando fueran un poco coherentes. O no la hicieran sentir, por milésima ocasión, fuera de la vida actual de la reina.
—En el sur, según dicen.
—¿Quién dice? —Kallian gruñó su pregunta, meditando superficialmente la posibilidad de hojear los documentos del rey o, de hecho, prestar atención a otra cosa que no fuera Anora durante sus clandestinos paseos por palacio—. No tiene sentido.
—Mis fuentes.
—Tus fuentes —replicó, sacudiendo la cabeza ligeramente. Se movió hasta la siguiente callejuela y apoyó la espalda en el muro, cruzándose de brazos y mirando de frente a la chica elfa que la seguía. Más tarde haría una ronda por la finca, eso tendría que bastar para encontrar una forma de entrar cuyo desenlace no ocurriera en las mazmorras del arl o el fuerte Drakon—. No te fíes mucho de lo que dicen en la cocina, Nessa.
—Jenn trabaja en la casa del arl —debatió como si se tratara de una obviedad y mencionar "Jenn" tuviera que bastar para convencerla de que sus fuentes eran fidedignas—, ella escuchó que los soldados se preparan para partir. El rey los ha llamado.
—Si hubieras mencionado otro lugar... —meditó Kallian—. En el sur no hay nadie con quien luchar, salvo tribus.
—Yo no sé, pero lo que es seguro es que el rey está reuniendo a su ejército y planea partir pronto.
Kallian frunció el ceño. Era imposible que ella no lo hubiera notado y que algunas doncellas se enteraran antes. No obstante, pronto recordó en quién se había convertido al dejar de ser la sombra de la reina: una más en los enjambres de nadie, una entre las abejas anónimas del reino. Sus excursiones al palacio real cada vez eran menos frecuentes y siempre ocurrían durante la noche. Nadie intercambiaba una sola palabra con ella. Kallian no existía dentro de aquellos muros, era una mera ilusión suya que necesitaba ahuyentar de una vez por todas. Desvió la mirada, dio media vuelta, avanzando entre el lodo que comenzaba a secarse y parpadeó rápidamente en el intento de aclarar la visión borrosa que sus lágrimas contenidas habían causado.
Habría tenido que dejar de intentar seguir el ritmo de los monarcas de Ferelden ahora que se había desterrado a sí misma de la corte.
—He echado un vistazo a tu vestido esta mañana. Es precioso, Kallian —habló su compañera con voz soñadora, ajena a su conflicto interno, cosa sobre la cual ella no podía estar más agradecida.
Llenó sus pulmones de aire y supo que había ganado la batalla contra el llanto esta vez. Durante el camino de vuelta a la elfería, empujó fuera de su mente la nada propicia iniciativa para otra incursión, esta vez al despacho del rey. No más, suplicó una voz entristecida y agotada.
—No está terminado.
—Y aun así, ve como el de una princesa.
Kallian la miró por encima del hombro, sintiendo gran compasión por ella.
Tu destino está al final del sendero que elegiste para evadirlo.
Su sueño había sido turbio y lo hacía sentir ansioso. Algo le habló más allá del mundo de la vigília, una voz cavernosa que se parecía a las cosas que escuchaba cuando era niño. Una vez despierto, continuó sintiéndose endeble y lejano; dentro del Velo había algo que tiraba de él.
Estarás allí y entenderás, lo que hacías para eludirlo te arrastró hasta ese sitio.
No es cierto, pensó Amell con obstinación, sin saber exactamente de dónde surgía este rabioso obstinación. Obligado a espabilar de una forma abrupta, avanzaba tiritando en la madrugada con los ojos bien abiertos, tratando de darle sentido a las siluetas oscuras que se cortaban sobre una oscuridad más profunda aún. Le temblaban las piernas y su estómago había dado lugar a un vacío que comenzaba a rayar en lo doloroso. Lo escoltaban Cullen y otro templario al que no pudo dar un nombre.
Nadie dijo nada y así anduvieron. El ascenso lo dejó exhausto. Abrumado por el peso de sus propios huesos tras cada escalón que lograba pisar, Amell apenas pudo mantener el paso de los templarios. Había alcanzado a balbucear una petición en el primer instante, cuando la somnolencia se aferraba a su mente todavía, para que le dejaran llevar las gafas enanas con él. El "no" de Cullen titubeó, mas la mirada de su compañero le proporcionó la firmeza de la que carecía. En consecuencia, a la débil luz de los pasillos y cámaras, el mundo era un borrón ondulante. Al llegar a las estancias de los templarios, estaba mareado y le palpitaba un horrible dolor de cabeza en la frente y las sienes.
El olor del lirio era penetrante en ciertas áreas; era más cálido que ninguno de los niveles inferiores y Theodore habría podido jurar que menos abarrotado y más espacioso, pero en la penumbra no podía saberlo por seguro.
Ante las escaleras que daban acceso a la Cámara de la Angustia, sus rodillas flaquearon y dio un traspié con el primer peldaño. Cullen lo ayudó a ponerse de pie y Amell se dio cuenta de que no tenía fuerza que gastar en dignidad u orgullo frente a los templarios.
—Si sucede —dijo Theodore antes de que su voz se quebrara, dándose un minuto para girar sobre los talones y encarar al joven de la orden templaria—. Si sucede lo peor, que sea rápido. Si puedes ser tú, más que mejor. No estás en mi lista de personas favoritas, pero es mejor la espada de un viejo conocido.
—No tendrías que saber...
—Sí que lo sé —lo interrumpió con un mohín irritado. Agachó la mirada un instante y tragó saliva con esfuerzo antes de elevar la cabeza. El compañero de orden de Cullen hizo un gesto apremiante—. Una última cosa. Si muero aquí, tienes que cuidarla. —Puso su fija mirada sobre la del templario y suplicó en silencio, sin agregar un nombre por no delatarlo, a sabiendas de que Cullen entendería.
Él joven rubio hizo un ínfimo gesto que selló la promesa. Amell dejó escapar el aire que contenía en los pulmones y se volvió hacia la escalinata. Era una pena que no hubiera podido despedirse de ninguno, ni siquiera de Anders. Había sido duro tener que renunciar a la imagen dorada de quien le salvó la vida; él siempre lo había querido, incluso cuando se convenció de que no era así. Despedirse de Jowan habría sido más difícil incluso, pero pensar que su tonto mejor amigo -Hacedor, prácticamente un hermano- se despertaría para enterarse de la angustia fallida lo atacaba con un dolor que lo atravesaba de parte a parte, ¿quién lo protegería? No era un favor que pudiera pedir ahora a uno de los templarios. ¿Quién lo salvaría de ser atrapado con la iniciada? Las nociones de Jowan sobre sutileza y buen juicio no bastarían si Theodore no estaba allí para catalizarlas.
Muchas cosas inconclusas todavía. Había anhelado este día durante mucho tiempo; no obstante, ahora se antojaba más bien una trampa y una injusticia.
Iba a morir.
Cualquiera que fuera su problema con la magia, el tiempo se había agotado para los estudios de Neria.
Nosotros, las últimas semanas habían estado plagadas de sueños y fantasías protagonizadas por constantes "nosotros"; sin embargo, no habría más de esos. Eran fugaces las ilusiones.
El tiempo se había agotado.
Oh, Andraste, el maldito tiempo. Un poco más, unos días, unas horas, lo necesario para despedirse. Un adiós. Un "lamento que mi debilidad nos dejara sin tiempo", "se nos agotó el tiempo, pero cada segundo fue precioso para mí", incluso antes de que "nosotros" existiera como algo confesado, físico y no tácito. "Lamento todos esos "sí" que se amontonaron en un rincón y el polvo pronto cubrirá".
Una corriente de aire lo recibió al interior de la cámara apartándole, de momento, de sus amargas cavilaciones. Amell lidió con el deseo de cerrar los ojos —esperando que al abrirlos se revelara que todo era una pesadilla— y avanzó con la piel erizada y sus piernas que apenas lo sostenían. El Hacedor le impidiera perder dignidad adicional frente al caballero comandante o frente al primer encantador.
Tiempo. Hacía tiempo, en los jardines de la mansión de su familia, en Kirkwall, jugaba con sus hermanos y otros niños antes de que las pesadas nubes comenzaran a llorar sobre la ciudad. El recuerdo acudió vívido mientras escuchaba, sin prestar su entera atención, el discurso de Greagoir y la posterior intervención de Irving. Luego, tuvo espacio únicamente para pensar que el primer encantador le había dado esperanzas, pero ahora estaba aquí, sin ninguna.
Tiempo, tiempo, tiempo.
Fuera llovía, como aquella vez en Kirkwall. Repiqueteaban las gotas sobre los coloridos cristales. La cámara era un lugar hermoso y tendría que ser un espectáculo cuando la luz del sol golpeaba sobre los vitrales en la parte superior. La arquitectura de la torre era un alarde de belleza. Amell tenía problemas tratando de pensar en la arquitectura de Kirkwall, pero recordaba la lluvia aquella tarde y a los otros niños, perdidos en el tiempo.
—Estás pálido —musitó sin apenas voz, alzando la mirada de su regazo, donde retorcía los dedos sobre la tapa de un libro al que había renunciado hacía un rato, cuando comprendió que no lograría enfocar ni un ápice de atención en la lectura—. Muy pálido.
—Ni siquiera me estabas mirando —protestó él. Interrumpió el paseo constante que había estado dando frente a la cama, pero el nerviosismo resistió a su mejor intento de sofocarlo.
—Lo has estado durante días —explicó. Jowan había desviado el tema el tiempo suficiente y este no era el momento ideal, pero no se le ocurría en qué más podía ocupar la mente para no terminar volviéndose loca—. Es la iniciada, ¿no es así?
El lenguaje corporal traicionó la vehemente negativa de Jowan. Lo observó mientras inspeccionaba los alrededores, temeroso de que alguien pudiera escucharle. Resignado, se tumbó sobre un taburete. En otras circunstancias su semblante desdichado se habría ganado una risotada de parte Amell.
Amell no estaba y la probabilidad de que no regresara era altísima. Si no deseaba que el golpe de una noticia fatídica la destrozara, no podía huir de ella ni guardar grandes esperanzas.
—No es ella... —comenzó Jowan, desanimado—. O sí. Un poco de ambas, creo.
Neria sonrió un gesto indulgente.
—Sé un poquito más claro si puedes.
—Te metería en problemas.
Neria asintió y con un ademán de su mano le indicó que tenían compañía y más valdría callar.
—Irving está buscándote, Jowan —informó el mago recién llegado, la tarea de buscar al aprendiz no debió hacerle la menor gracia.
—¿A mí? —Inquirió, sus ojos se abrieron con horror—. ¿Para qué?
El otro se alzó de hombros y abandonó el cubículo de Neria sin una respuesta.
—Vaya, te has puesto más pálido —comentó ella, tratando de cubrir su preocupación -y aligerar la de él- con un poco de humor.
La posibilidad de perder a Theodore y luego a Jowan le llenó los ojos de lágrimas.
Equivalente no siempre significa justo.
La consciencia regresó a él como esporádicos chispazos. Los sonidos no fueron más que ecos aterradores, había sombras que se inclinaban sobre él. El corazón le latía con fuerza, estallando en su pecho en consonancia con el pánico que le nublaba la mente. Comprobó, para su creciente horror, que la fuerza de sus brazos y piernas era nula.
Era un saco de huesos, pero estaba vivo. El hecho de hallarse respirando no tendría por qué ser tan desalentador ni despertar la certeza de que estarlo era un error. Que, al sobrevivir, hizo cambiar algo, obligándolo a ir mal.
Había desenterrado una verdad y, sujeto a ella, había atravesado los horrores del Velo. No obstante, no consiguió iluminar los rincones de olvido que trajo consigo la vigilia. Los espacios inexpugnables de su memoria agravaron su estado de alarma.
Que había sacrificado algo en beneficio de su vida y los bienes mayores que traería consigo, eso era lo único claro cuando, tras un largo rato de parálisis, dio una gran bocanada de aire y se incorporó con un grito ahogado. Su primera acción fue flexionar los músculos de las manos, los brazos, el cuello y las piernas, comprobando que todo funcionaba y era real. La sensación de angustia lo persiguió un rato, las garras hundidas en su mente aturdida. La garganta le ardía y la incomodidad en los pulmones le hizo preguntarse si acaso había gritado en algún punto de la madrugada.
Los auténticos peligros del Velo son los prejuicios, el exceso de confianza... el orgullo.
Se llevó los dedos a la sien, tratando de contener el mareo. Su mano libre buscó asidero en la cama durante el momento en que la desorientación colocó la absurda idea de que se encontraba en el aposento junto al jardín, en Kirkwall.
Cuando el ir y venir de ilusiones y fantasmas se detuvo para abandonarlo en la realidad, Theodore escuchó como el insistente eco, submarino casi, se aclaraba y la voz ya no resultaba tan ominosa.
—¿Te encuentras bien? Di algo, por favor.
Estaba vivo.
Si no hubiera estado bajo el encanto de la proeza que acababa de realizar, se habría dado cuenta de que algo no marchaba del todo bien con Jowan. Su abrazo desmayado y la sonrisa cansada no acapararon su curiosidad tanto como el alivio de poder ver a su viejo amigo de nuevo.
El pecho volvió a dolerle cuando distinguió la cabellera abundante y rizada de Neria; sin embargo, Theodore sintió sus labios curvarse en una sonrisa por puro instinto al notar la alegría y el alivio de sus ojos azules cuando cruzó el umbral del despacho de Irving. Todavía aturdido y débil, se esforzó por controlar el tambaleo de sus pasos. Neria e Irving tenían compañía, el misterio de su angustia tendría que aguardar a un momento en el que el caballero comandante no se hallara cerca.
—Eh, hola —saludó con voz ronca.
Theo sintió la intensa mirada de Greagoir perforándole la nuca. Un vistazo de soslayo fue insuficiente para determinar si lo que prevalecía en sus facciones era desconcierto, ira o una mezcla de ambos. Irving lucía llanamente aliviado. Justo en ese instante sintió el mordisco de una emoción que no estaba habituado a vincular con el primer encantador. El resentimiento tuvo fuerza suficiente para escapar del escondite dentro de su pecho y volverse patente en su rostro con un ceño profundamente fruncido. Ese hombre lo había lanzado a un abismo, sabiendo que sus expectativas de supervivencia eran ridículas. Irving no pudo haber sabido que Amell haría un intercambio dentro del Velo con un espíritu (¿o era un demonio acaso?), ni siquiera él mismo lo sabía. Lo había mandado a morir, él y esa basura de la orden de los templarios. Su recorrido desde la puerta hasta donde el viejo mago se hallaba lo realizó en amargo mutismo. Como un trago de bilis, Amell asimiló lo que Anders pregonaba día sí y día también, la ideología radical de ser libre a toda costa que tanto los había alejado: la vida dentro de la Torre del Círculo siempre había sido menos que eso. Nada parecido a vida. Una cosa indigna que los rebajaba el nivel de animales...
—¿Se trata de...?
—Sí, se trata de él.
Amell renunció a sus reproches acumulados en contra del primer encantador, recibiendo a cambio la presencia del visitante con creciente curiosidad. No percibió la melodía de la magia en él. Tampoco se encontraba ante un templario o alguna clase de acólito de la Capilla. Era un hombre ciertamente mayor, no obstante, lejos de alcanzar a Irving. Extranjero, si se le permitía deducir algo por su aspecto (desde luego, no era que rasgos externos fueran determinantes en la nacionalidad de una persona, como él bien sabía) y aunque algo brincaba de cuando en cuando en su acento y su armadura lucía desgastada y sus armas viejas, nada pudo delatarlo como lo que pronto supo que era: el comandante de los guardas grises en Ferelden.
Historias había leído muchas, pero Duncan lucía como un hombre nada más. No se atrevía a dudar de sus habilidades, mas su aspecto no correspondía a las figuras míticas de los libros. Theodore hubo de esforzarse por no permitir que sus expectativas lo distrajeran de la novedad de ver a uno andar entre ellos, emergido del secretismo de una orden que iba y venía y que cuando aparecían era porque perseguían la oscuridad y la oscuridad a ellos.
—Neria, acompaña a nuestro invitado a su habitación, ¿quieres? —pidió Irving con gentileza luego de un breve intercambio de palabras—. Aún hay un asunto que deseo discutir con nuestro nuevo hermano.
Los más jóvenes intercambiaron una rápida mirada teñida de incertidumbre antes de despedirse.
Jowan aguardaba por él en el exterior.
Hubo dudas, por supuesto. Una ausencia aleatoria demasiado parecida a un acto deliberado por no estar. Una veloz desaparición al salir de la capilla y su imprevista llegada unas horas más tarde durante el almuerzo. Momentos de miradas lejanas, tristes o anhelantes. La repentina apetencia por aquello que estaba fuera de su alcance, el rescoldo de lo que Anders había implantado en sus mentes desde niños avivado por la ráfaga de un viento de naturaleza anónima.
Era un rumor, nada más que un rumor, había dicho él cuando Theodore demandó sinceridad. Amell sospechaba, pero Jowan lo había mirado a los ojos cuando dijo que la excusa para convertirlo en tranquilo no era sino uno de los recursos de los que Irving se valía para mantener su consciencia a salvo de la culpa. Mentiras, dijo él, nada más que mentiras.
Jowan había transgredido un principio imprescindible de su amistad. Había decidido arrastrar su sagrada promesa de lealtad por el suelo y pisotearla, todo mientras lo miraba a la cara para mentirle. Sin el pilar que acababa de demoler, el bendito orden de las cosas que Theodore había instaurado meticulosamente, se derrumbaría sobre ellos. Todos ellos.
No había espacio en la razón ni en el corazón de Theodore Amell para la deslealtad. Él habría devuelto la vida que acababa de pelear dentro del Velo en nombre de aquel al que una vez había considerado su hermano. No esperaba que Jowan respondiera de la misma manera, pero le parecía aberrante que se hubiera atrevido a mentirle mientras regalaba su futuro.
—Habría preferido morir antes de permitir que te despojaran de lo que te hace tú —dijo con voz monótona.
Pero no más. No había espacio en su ecuación para la ingratitud.
—No podía confiar en ti.
Escurría escarlata desde las muñecas de Jowan.
Más que amigos, eran hermanos. Si en ese mismo momento hubiera decidido clavarle el cuchillo en un costado habría dolido menos que la conciencia del engaño en que había vivido. Y la mentira, curiosamente, tampoco era la peor parte de la chocante escena.
No había confiado en él.
Había mantenido en secreto la existencia de Lily un tiempo, eso ya le había costado mucho perdonarlo. Hasta que fue indispensable, Amell no supo nada más sobre la muchacha misteriosa salvo la fuerte influencia que tenía en Jowan.
Mientras él se reía de lo mucho que había tardado en desvelar su preferencia por Neria, Theodore debía especular sobre la aprendiz o maga con quien Jowan estaba liado. Su amigo era una persona influenciable y lo bastante imprudente para caer en la trampa de algún templario. Theo sólo quería cuidarlo.
—En ese caso, qué desesperado tuviste que estar para venir a mí buscando ayuda.
Jowan hizo un patético gesto de pesadumbre, él no tuvo compasión adicional para gastarla en la persona que de repente se le antojaba poco más que un desconocido cuyo engaño le generaba a la vez miedo e hilaridad. Caía en lo burlesco. Su "lo siento" articulado parecía querer derribar la aparición de una súbita barrera entorno a Theodore.
Un hilo de sangre recorrió la mano de Jowan y en esa pequeña y agónica aternidad, Amell observó la piel que la maniobra había descubierto. Bajo la túnica había cicatrices, huellas de cortes hechos a conciencia. ¿Había sido tan mal amigo? ¿Había sido tan mal hermano que únicamente cuando el conflicto alcanzó la cumbre se dignó notar que algo iba muy mal con Jowan?
Se estremeció a medida que la rabia cedía terreno.
Él mismo no era menos culpable. Le había fallado antes.
Amell apartó la mirada, buscando la manera de hacer entrar en razón a Greagoir. No obstante, Jowan dio otro paso, yendo demasiado lejos como para merecer ninguna misericordia, y empleó el poder de su sangre. Lo último en que pudo pensar antes de que el hechizo lo golpeara fue lo mucho que había reído la primera vez que hablaron.
Le había fallado a Jowan.
Amell había perdido un hermano más.
Llovía en Kirkwall aquél día...
Neria no lo había notado hasta ese momento, pero algo en el semblante de Theodore denotaba un cansancio más allá de lo físico, estaba lívido y sus ojos no participaban en la intensidad de ninguna emoción recientemente vivida. Lo aquejaba algo además de las omisiones de Jowan. La Angustia había ocurrido hacía muy poco y nadie podía saber, salvo él mismo, lo que había tenido que ver dentro del Velo. Neria rastreó el sobrante del lirio y otra energía a partir del aura mágica que caracteriza a cada mago. Cuidó de no delatar ningún sentimiento que volviera más difícil su partida.
—Tuviste que haber sido tú —opinó, mirando de reojo al guarda gris junto a la puerta. El endeble talante del mago no cazaba con el verdadero Amell—. Él vino aquí buscando a alguien como tú.
—Te va muy mal esto de la humildad —respondió, una entristecida sonrisa tomó posesión de sus labios sin aviso. Neria cerró los ojos un momento y respiró profundamente, obligándose a imprimir vivacidad en su voz al continuar—. Nunca serás tan bueno como yo, pero seguro que el guarda gris termina encontrándote algún uso. —Se puso en puntillas para depositar un beso en la comisura de su boca, mas no consiguió que perdiera la rigidez de su mueca. Neria suspiró, sacudiendo la cabeza, esta vez sonriendo un gesto indulgente—. Ven a visitarme algún día. —Cambió de tema.
El muchacho retorció los labios otro poco. Le llevó un par de pestañeos más caer en la cuenta de que la emoción que predominaba en las reacciones de Theodore era la vergüenza. Neria, parpadeó, admirada. Habría dado cualquier cosa por adentrar en el misterio detrás de la respuesta menos característica de Theodore.
Al cabo de unos segundos, elevó la vista, reticente. La resolución en el momento en que le buscó la mano y la sostuvo con firmeza casi logró encender el brillo de sus ojos una vez más.
—Saldrás de aquí, Neria. Te lo juro.
La elfa ladeó un poco la cabeza, frunciendo el ceño.
Entonces, se trataba de aquello. Eran las nociones pesimistas de Amell respecto al amor como respecto a todo. Él no confesaría nunca que lo temía tanto como cualquiera, porque eso sería bajar un escalón y unirse a aquellos necios sin esperanza que sufren en nombre de cosas inmutables. Amell se había exigido la máxima eficacia posible ante las situaciones complicadas desde pequeño, imponiendo razón a sentimientos, y solo el Hacedor sabía de qué manera regresaría todo aquello que asiduamente se negó a lo largo de los años. Theodore se había forjado a sí mismo como una persona práctica, más allá del alcance de las futilidades que complican la vida. Él era un espíritu simple en muchos sentidos, calculador, meticuloso y sujeto únicamente a su percepción de lo que era correcto y, más aún, necesario.
Lo que fuera que hubiera detrás de este súbito despliegue de vergüenza, estaba estrechamente relacionado con esa visión de lo que conocía del mundo. Según él, había fallado de alguna manera. A Jowan y a ella. O quizá, a sí mismo.
Neria apenas pudo suprimir una imposible expresión, mezcla de piedad y aversión. La verdadera naturaleza de su carácter había crecido en esa torre durante todos esos años, dormida y sin escollos que salvar. En tranquilo confinamiento se había desarrollado, frente a todos. Nadie lo había evitado. Neria nunca había sido especialmente buena leyendo a las personas, pero conocía a Theodore casi demasiado bien: allá fuera, su personalidad impulsada por el deber lo volvería una criatura inmune a las normas morales de los demás y el eje de su propia ética cambiaría y resultaría aborrecible para los otros; lo convertiría en algo cercano a un monstruo.
El dominio de las cuestiones de la psique humana eran la especialidad de Theodore, de modo que era imposible que nunca hubiera notado los vericuetos de su propia mente. ¿Había sido posible para él detenerlo una vez advirtió el desastre que él mismo había auspiciado? ¿Lo vio y no decidió continuarlo? ¿O había estado atrapado todo este tiempo?
Era demasiado tarde, pensó al llevar su mano libre a la frente del mago para acariciar con delicadeza su ceño fruncido.
—Voy a extrañarte —confesó con la voz estrangulada por el nudo en su garganta. No volvería a encontrarse con él, era un presentimiento que se había instalado debajo de su piel. No volvería a ver a este Amell, el mundo no iba a regresarlo a sus brazos así, intacto. Ahogándose en hiel, Neria tuvo que admitir que no estaba preparada para el cambio, que la libertad de él podía herirla a ella y que si habían sido compatibles en el encierro, no significaba necesariamente que lo serían en el exterior—. Quién sabe, tal vez cuando regreses no me encuentres. —La alarma que se encendió en esos exóticos ojos amatista la obligó a elaborar—. Anders planea algo —dijo en voz baja, inclinando la cabeza hacia su pecho y rodeándole la cintura con ambos brazos, aprovechando el abrazo para compartir el secreto—. De cualquier forma, me marcharé.
Jowan estaba más allá de su protección, Anders había aprendido a cuidarse solo y Amell sobreviviría al exterior... Pero, tal vez, cuando regresara, no hallaría sino inconvenientes fantasmas de una vida que había dejado atrás, tal cual había hecho al salir de Kirkwall, porque era lo que su mente exigía para seguir adelante sin demasiadas secuelas.
Neria se negaba a convertirse en un fantasma.
—Nos encontraremos allá fuera —musitó él.
Neria asintió, el corazón reemplazado por un vacío que amenazaba con devorar lo que le restaba de entereza. Tragó saliva y empleó a fondo su fuerza de voluntad. Odiaría permitir que Theodore se marchara con una imagen semejante.
—No dejes que ser guarda gris te arrebate tu encantadora personalidad, nug.
Un deseo rabioso de llorar acompañó el no menos intenso deseo de acompañarlo, compartir el sueño de libertad e impedir que la oscuridad del mundo le arrebatara a su mago humano tan pronto.
Sin embargo, ella no podía seguirlo, ese camino tendría que recorrerlo por su cuenta, o quien corría el riesgo de perderse era ella.
Iba a echarlo tanto de menos.
N/A: La angustia como tal he decidido omitirla, al menos por ahora. Ya que es parte de un experimento raro con el personaje (los fanfics son mi laboratorio, y yo el científico loco), no quiero cargarme el arco argumental de este pobre miserable (? si el experimento no evoluciona como espero.
Ya saben, no tengo beta y me rechoca leerme más de tres veces xD Disculpen los errorcillos.
Un montón de gracias por continuar acá :3
