N/A: Una vez más, muchas cosas difieren respecto a lo que se cuenta sobre el origen de elfo urbano en el juego. Y como vivo en un constante "¿esto lo soñé, lo leí, lo vi o me lo contaron?", quizá se ponga raro xD El capítulo es mega largo, así que disculparán los errores y las tonterías que se me escapan de cuando en cuando. La maldita costumbre de subir capítulo en la madrugada (pero si no es a esta hora, ¿en qué otro momento? T_T).
Música: "Jinora's Light" y "Service and Sacrifice" BSO de la "Leyenda de Korra". "Iroh's Speech" de "El último maestro aire". Y, sobre todo, "Neigborhood #1" de Aracade Fire.
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Había parado de llover.
Amell quedó rezagado, absorto en el paisaje que se desenvolvía en capas de verde ante el ávido escrutinio de su mirada. Desde hacía días, las terminaciones nerviosas de su cuerpo respondían con presteza a los más leves impulsos, agudizando su percepción del entorno, tratando de acaparar el máximo posible de información sobre el exterior y de esa manera compensar el tiempo de encierro.
Había sido un zoquete al creer que lo que había en el mundo lo aprendería de un libro. La descripción más detallada no hacía justicia a la manera en que su piel respondía al frío viento del sur y seguro, no había un dibujo que compitiera con las pinceladas que la naturaleza pintaba para el deleite de sus desorbitados ojos. Los quevedos resbalaron unos milímetros sobre su nariz. Amell parpadeó rápidamente, reacio a abandonar la vista en favor de reanudar la marcha. Sus pies lo estaban matando, pero incluso las ampollas le proporcionaban un grato dolor; aquél escozor era el camino andado, las pequeñas maravillas que había contemplado y las conversaciones que había entablado con gente que, incluso sin ningún tipo de educación formal, le había obsequiado alguna pieza de inusitada sabiduría.
—Andando, Theodore —lo llamó el guarda gris. Se había retirado la capucha y lo estudió con curiosidad un momento antes de girar hacia el camino—. El sol se ocultará pronto y no hemos hallado un sitio para acampar.
La lluvia había limpiado el mundo, matizando los colores a la última luz del sol que ya había desaparecido a sus espaldas detrás de los riscos desnudos del oeste. No por primera vez, Theodore odió su vista atrofiada. Más allá de cierta distancia, el panorama se fundía en un amasijo colorido pero carente de significado. Se acomodó las gafas, empujándolas un poco sobre el puente de su nariz. Todavía recordaba la contrariada reacción de Duncan cuando, al desembarcar en el muelle del lago, la primera acción del mago fue extraer el aparejo enano y colocarlo en su lugar con enorme naturalidad. El guarda gris pronto enmascaró la decepción o cualquiera que hubiera sido la emoción que el desperfecto despertó en él. A Theo le pareció un poco hilarante -y preocupante- que el veterano estuviera dispuesto a conformarse con un recluta tan poco prometedor.
Inhaló profundamente, el aire cargado de la agotada tormenta hablaba una lengua semejante al de la magia que Amell hospedaba en su interior. Sin hacer mucho más que desearlo, podría conjurar grandes cosas desde el Velo, si se daba a la tarea de desentrañaba los secretos que unían leyes naturales y mágicas.
—El mundo me recuerda, Duncan. —Las palabras escaparon de su boca, vivas y perfectamente transparentes, simples como todo tendría que ser.
—Lo veo —replicó. El guarda había decidido acercarse hasta la saliente y se paró al lado de Theodore—. Los viejos huesos tienden a pasar por alto la exuberancia y la delicadeza. —Duncan colocó las manos sobre la espalda y miró el ondulante relieve. La caída de la noche succionaba el color y el lienzo se manejaba ahora en tonos de gris; de cualquier forma, Amell sólo era capaz de contemplar belleza—. Pero peleamos por esto —asintió hacia el paisaje.
—A Neria le encantará —su voz fue un suspiro—. Debiste reclutarla a ella, es mil veces mejor hechicera que yo —agregó, la pesadumbre se colgó de sus huesos de repente, agriando su entusiasmo—. Neria ama el verde. Ama los arroyos y correr descalza entre el barro. Ella ama el sol. Volveremos a por ella, ¿no? Lo prometiste.
Duncan había vuelto la mirada hacia él, su semblante no traicionó ninguno de sus pensamientos. No obstante, el prolongado silencio que hubo entre ambos no se le antojaba un buen augurio.
—Sobrevive a Ostagar, Theodore —sentenció—. No habrá un mundo afuera que tu amiga pueda ver si los engendros tenebrosos no son derrotados.
—Entonces... —se escuchó hablar luego de un penosos titubeo—, así es como termina.
Su estómago fue devorado, de un momento a otro, por una potente sensación de vacío. No oír una respuesta del otro lado la llenó de pánico. ¿La esperanza la había embaucado una última vez? No parecía capaz de aprender la lección incluso tras vadear el río de tragedia. Cerró los ojos y domó el lacerante anhelo de escuchar una voz amistosa. No se movió sino para temblar de frío en la oscuridad. Pero detrás de sus párpados, detonó una imagen extraña, luces brillantes, apagándose poco a poco; y risas despreocupadas que resonaban en su oído como si aquello fuera real; el eco de pasos apresurados y la sensación de una mano tibia. Luego, siluetas furtivas bailando amenazantes en el crepúsculo. Un profundo silencio. La visión la consumió hasta que se transformó en una escena más nítida. Un despliegue de figuras grises y chispazos de rojo, sin otro sonido que el acelerado latido de su corazón. Estaba asqueada ante ese último conjunto de pensamientos que desfilaban y pronto cayó en la cuenta de que no eran ideas que habían brotado: estaba recordando. Había matado a Vaughan Kendells. Si su cerebro repelía el recuerdo, se obligó a razonar, no era el asesinato lo que la alarmaba tanto como su siniestra actuación. Lo había disfrutado. No hubo, antes de ese día, una satisfacción ni un placer que se le igualara.
No lo comprendía. No quería comprenderlo.
—Temí esto durante muchos años.
La sorpresa que le provocó la voz de Anora la obligó a separar los párpados. Darse cuenta de que la presencia de la reina no había sido parte de su delirio la hizo sentir más tranquila. Agradeció, además, la interrupción de sus pensamientos. Moriría pronto, pero le gustaría hacerlo tan cuerda como fuera posible.
Kallian se incorporó, sintiendo como si cada hueso de su cuerpo hubiera sido soldado por las articulaciones. Sus músculos estaban rígidos y el frío se introducía debajo de su piel y hacía doler su prominente esqueleto, dificultando cada movimiento y prohibiendo cualquier intento de respirar profundamente. Elevó la cabeza y escudriñó más allá de las sombras. Anora Mac Tir había descendido a la fosa de los criminales para una última visita. Había tardado dos semanas, aguardando hasta el último momento. Kallian se encontró apretando en un puño la tela mugrienta del vestido. La soltó en cuanto las vívidas memorias amenazaron con atraparla una vez más. Mucha de aquella sangre era de Nelaros. Sintió sus ojos arder ante un nuevo golpe de lágrimas y el peso sobre el pecho apenas la dejó respirar.
—Gracias, majestad —saludó con tirantez—. Esta no merece el favor de vuestra presencia, es este un sitio tan lúgubre.
—No hagas eso —comandó Anora, pero al quebrarse su voz la orden se desmoronó hasta quedar reducida a una desmayada súplica—. Mírame.
El escozor en las fosas nasales anunció que pronto habría gimoteos y sollozos que traicionarían lo que el orgullo demandaba mantener en secreto. De pronto, la visita no era la excelente distracción que había supuesto.
—La luz me cegaría ahora —dijo con terquedad.
Hubo un sonido de frustración e impaciencia que brotó desde la garganta de la reina. Se acababa el tiempo de ambas. A la elfa no le importaba. Lo que fuera que Anora pretendía salvar -posiblemente su conciencia- estaba más allá de su alcance y ni siquiera su poder valdría para rescatarlo. Kallian no otorgaría semejante privilegio y, desde luego, no se plegaría a las veleidades de la reina cuando su muerte era segura y muy próxima.
—En una semana te traerán ante mí —informó, tras deliberar unos segundos—. Los convencí de posponer tu juicio hasta el regreso del arl, pero los nobles han perdido la paciencia y algunos de ellos, delegados de sus tierras, ven como un peligro la ausencia de un castigo ejemplar para la asesina de Vaughan Kendells.
—Juicio —musitó Kallian, frunciendo el entrecejo. Echó el cuerpo hacia atrás, descansando la espalda dolorida sobre el muro que le prodigó una gélida bienvenida. Se estremeció y contrajo el cuerpo, buscando conservar el poco calor que le restaba—. No habrá juicio, sólo una sentencia —aseveró, lidiando con el deseo de cerrar los ojos y no hablar hasta que Anora se hubiera marchado. Si su orgullo arruinaba esto, no se lo perdonaría—. Estoy muy asustada. Tengo miedo de morir, pero no me arrepiento de lo que hice. Y no lo haré cuando ese dichoso juicio ocurra. Tienes que saberlo. Sé sacrificó demasiado para librar al mundo de Vaughan. Es así como debe ser y está bien. Ya todo está bien.
No podía ser de otra manera. Cuando mirara hacia atrás para contemplar el camino que la había llevado hasta la horca, se derrumbaría si no tenía otra razón que un vil montón de casualidades. Aquello debía disputárselo al mundo. Había un motivo, velado para ella. Ese sendero de constante pérdida y miseria tendría que justificarse de un modo u otro, porque Adaia y Nelaros estaban muertos, Shianni había sido destrozada, Soris y Cyrion quizá no pudieran sobreponerse, y ella estaba allí encerrada, preocupándose por no morir en el delirio.
—Mírame, Kallian —repitió la reina.
Un trémulo suspiro fue la obertura a un miserable concierto de sollozos sofocados contra sus rodillas. Sacudió la cabeza enérgicamente. El grito de un prisionero reverberó en los muros del corredor y se perdió poco a poco mientras el recluso era arrastrado hacia otra zona de la mazmorra. Ya había estado antes dentro del Fuerte Drakon, en aquél entonces el área había sido distinta. Era en su totalidad un sitio horrible, cada vez más umbrío conforme se adentraba en él. La brutalidad crecía de forma inversa a la cantidad de luz de sol que se colaba al interior. Si hubiera podido, habría reído con amargura: de algún modo, ella se las había ingeniado para llegar hasta el corazón. La habían golpeado y más de uno había intentado violarla; pronto probó no ser una presa fácil. Kylon la mantuvo a salvo después. Él ya la había rescatado antes. Quince años atrás era un joven recluta de la guardia; la ciudad había hecho madurar su sentido de la justicia, se había desprendido del idealista pero nunca del obstinado irremediable. Kallian expresó muy claramente, según recordaba, que la reina no debía intervenir esta vez. Por supuesto, lo que había hecho Kylon fue buscar a Erlina, como en los viejos tiempos, y pasar la información sobre cierta elfa.
Era un traidor, se dijo, sin conseguir reunir fuerza para darle vida al resentimiento.
—Estamos más lejos que nunca —masculló por fin—. Pero tu vas a mirarme como solías hacerlo antes de aquella vez —Como si todo fuera posible, incluso cuando sabes que no lo es en absoluto... hasta que despertemos y la realidad nos quiebre—. Esta vez las acciones no hablarán en consonancia. No puedes hacer nada por mí. No lo hagas más difícil.
La reina se mantuvo callada por lo que a Kallian le pareció una era completa. Hubo otros gritos de agonía a lo lejos. Le pareció escuchar a una rata chillar en alguna esquina. Se habían reencontrado en el límite de la decadencia, en el peor escenario. El dolor de la injusticia era tan intenso que mataba cualquier otra noción o sensación.
—Hice lo posible, pero es el bannorn contra el que tendría que luchar para mantenerte con vida.
Y mi vida no vale una corona.
Ella lo sabía y, lo que era peor, lo entendía. Comprender el razonamiento de Anora no lo volvía menos doloroso, no bastaba para espantar lo que su pensamiento juzgaba como una traición. Kallian se sintió tan infeliz que tuvo ganas de volver a gritar. Vivir le pareció, de pronto, tan complicado que casi no se creía capaz de esperar hasta la semana siguiente para la ejecución.
—No bajé aquí a pedir perdón —continuó la reina, su voz sonaba contenida. Imaginar sus lágrimas le dio cierta paz mental—. Te insultaría. Vine porque, equivocadamente, pensé que necesitabas escuchar que lo que te ha traído aquí fue una buena acción. Vaughan eran un hombre terrible y merecía morir, pero tú... tú no merecías matarlo.
Kallian no sentía nada, salvo ese renovado vacío que había consumido sus entrañas, absorbiendo los pedazos rotos de su corazón. No hallaba en el aire el oxígeno suficiente para sus débiles pulmones. Estaba perdida, arrojada desde la seguridad del reino que construyó durante su niñez, en lo alto del más grande roble, pretendiendo ser señora. Actualmente, se miraba como la cautiva que era en realidad. El exilio ya no era una opción, pues su falta había sido grave. La condenaba a morir, en cambio.
—No dejes que nadie le haga daño a mi familia —pidió cuando reunió entereza para volverse hacia la reina. Su dorado cabello y sus exquisitas facciones estaban escondidas bajo de la capucha de su capa azul profundo; se sostenía de los barrotes, muy cerca de la celda—. Nadie, ni siquiera tú.
Las sombras impidieron que la elfa detallara la expresión de Anora, pero notó la tensión de sus hombros y cómo elevaba ligeramente la cabeza. Asintió, liberando el metal de la reja.
—Gracias.
Kallian apretó los labios mientras se encogía de hombros.
—Ya habías dejado a Cousland atrás, pensé que si me alejaba me ahorraría un destino parecido. Y es patético, porque ahora soy parte de ese juego. Me uní a Leonard y soy un alfil sacrificado en tu estrategia. Admiro tu pericia política, hallaste la forma de ganar algo a cambio de mi vida que, de otro modo, se habría entregado en vano. —Kallian rio brevemente y sin ganas—. No puedo ignorar que no ofreciste ayudarme a escapar.
El cuerpo de la monarca ganó en rigidez y Kallian agradeció la oscuridad que ocultaba los ojos azules.
—Sé que prefieres la muerte al exilio. Allá fuera perdiste a tu madre...
Un fugaz pinchazo de rabia la hizo fruncir el ceño.
—¿Sí? Y aquí dentro perdí... —tragó saliva y apretó los labios en una fina línea mientras los mordisqueaba, ansiosa—. Ya no importa.
—Ordenaré que te den un cambio de ropa —dijo al advertir que las manos de la elfa se crispaban sobre la tela manchada de sangre. A su voz había regresado la inflexión indulgente.
El silencio que siguió se prolongó lo suficiente para que Kallian creyera que la visita había concluido. La sinceridad era lo mejor que Anora había podido ofrecer y, de algún modo, estaba agradecida por ello. No obstante, cuando la reina hizo amago de emprender la partida, las palabras escaparon de sus labios, débiles.
—Estuve allí, estos dos años. Ahora que yo no...—Lanzó un suspiro, derrotada—. No confíes en nadie.
—Has sido una buena amiga, Kallian. Te lo agradezco.
La elfa gruñó.
—Tus agradecimientos pierden valor cada vez que los pronuncias.
Anora no habló de inmediato, mas era obvio que había algo que deseaba agregar. Logró atraer la atención de Kallian cuando se descubrió la cabeza. Sus ojos eran un mar de oscuridad bajo la exigua luz de la antorcha; no brillaban, pero de cualquier forma el dolor estaba escrito en ellos y en cada facción. La elfa quiso apartar la mirada y no pudo, hipnotizada por la determinación en el rostro de la reina.
Era una hermosa visión para unos ojos que no habían mirado el mundo bajo la luz del sol en muchos días.
—¿Recuerdas lo que dijiste poco después de conocernos? Aquello de hacer cambiar las cosas.
Kallian parpadeó y movió la cabeza afirmativamente.
—Sí —replicó con cautela—. No veo cuál es el punto...
—Lo cambiaste todo —le interrumpió con su declaración—. No te agradezco el sacrificio, te estoy agradeciendo el cambio.
El sincero y desarmante afecto que subrayó cada sílaba articulada pilló a Kallian con la guardia baja. Sin poder evitarlo, dio libertad a la que, estaba segura, sería su última sonrisa, y asintió, enmudecida por lo que Anora estaba concediéndole como el último deseo de un condenado a muerte. Aquí expiraban los sueños compartidos, en el silencio de una última sonrisa. Naufraga en la inusitada paz. Había sido un viaje accidentado, pero no por eso menos apasionante. Ojalá hubiera podido darse cuenta de ello antes. La aventura la había dejado exhausta y la había exprimido, le había exigido todo; ahora podría enfrentar el final con orgullo.
Aquel monstruo de ira que le había sorbido la cordura los últimos días reculaba, intimidado por lo que Anora había descubierto.
Ella nunca había gozado de libertad para soñar, pero si con un movimiento había protegido los anhelos de otros, el sacrificio no sería en vano. Era todo cuanto Kallian podía pedir actualmente.
La elfería era un sitio deprimente, un rincón cetrino encajado entre las colinas, trepando las laderas con cubiles de madera que se aferraban al relieve siempre hacia arriba, estirándose en dirección a un cielo suspendido en azul arrogancia sobre los despojos de una civilización cuya decadencia tenía un hedor real y cuyo color se deslavaba con cada año que transcurría. El barrio élfico era una visión casi dolorosa, un pinchazo en el sentido del olfato no menos cruel y un asalto a la consciencia que se manifestó en él como bilis que hubo de tragar.
—Vaya sitio para hallar a un recluta —dijo en voz alta, bajando los peldaños para unirse a Duncan. Sin decir una palabra, el guarda gris le comunicó que sus observaciones estaban de más. Amell alzó un hombro—. La Torre era un palacio comparado con esto —continuó—. Seguro, no soy el recluta modelo, pero dudo que aquí encuentres algo mejor que un criminal.
—Agradezco tu opinión —replicó Duncan con un tono de sorna que no escapó de Theodore.
El joven mago volvió a alzar los hombros y lanzó un suspiro.
—¿Por dónde empezamos? —Preguntó, dándose por vencido. No iba a discutirle la decisión; sin embargo, eso no quería decir que su pragmática naturaleza no le llevara a estar en desacuerdo con el guarda gris.
—Hay que encontrar al administrador de la elfería —respondió, retirando sus oscuros ojos hacia el depresivo panorama—. Su nombre es Valendrian.
Amell accedió con un cabeceo y añadió una réplica en voz alta cuando notó que Duncan no lo estaba mirando. Al cruzar el acceso, Theodore advirtió el escrutinio hostil de los vecinos. Anduvieron a través de una calle angosta que adentraba en el barrio, abriéndose paso entre ceños fruncidos y expresiones temerosas. Amell hubo de recordarse que nadie, salvo otro mago, podía saber lo que él era. El bastón lo había dejado en las puertas de la ciudad, por recomendación de Duncan, y había renunciado a la túnica por una vestimenta que le permitiera mimetizarse. Buscó instintivamente la daga que había obtenido a cambio de su bastón. No tenía ningún entrenamiento con armas, pero tantear la empuñadura regulaba la sensación de vulnerabilidad, nutrida por la aversión élfica a medida que avanzaban.
—Odio incordiar —dijo Amell, inspeccionando el entorno con persistente desconfianza—. Pero, ¿sabrás dónde vive esta persona? Si me permites otra observación —añadió con una nota alta de socarronería—, tampoco creo que vayan a cooperar.
—Valendrian vive cerca del árbol —informó, pasando por alto la inflexión que el mago había exigido a su voz.
—El... árbol —repitió , arqueando una ceja. Las casitas de madera apiñonadas no respaldaban la aclaración del guarda—. ¿Cuál árbol?
Duncan no respondió. En cambio, estiró el brazo para señalar la nueva dirección que tomarían. Un camino serpenteante bajaba, perdiéndose en una cerrada curva tras un tramo de lodo que hizo agradecer al mago el haber cambiado la túnica por unos pantalones y unas gruesas botas de cuero. Hicieron el descenso hasta la esquina. La elfería se abrió en un espacio relativamente llano, un claro con un gran roble en el centro, viejo y muy adornado. Theodore apenas prestó atención al recelo y la tensión, más preocupado por encajar piezas nuevas dentro de su rompecabezas sobre la cultura élfica.
—¿Duncan? ¿En verdad eres tú?
Ambos se volvieron, buscando la fuente de la voz. Un elfo mayor se hallaba parado frente a una puerta desvencijada. El recelo de los otros lo suplantaba en este una mirada gris y cansada. Los años y la tristeza se colgaban de sus hombros al caminar. El elfo parpadeó rápidamente al detenerse cerca de los recién llegados, como si no pudiese ver apropiadamente. Su rostro arrugado y pálido no tuvo fuerza para exhibir ningún asombro por encontrarse con un viejo conocido, menos aún alegría. Theodore jamás había visto a una persona tan cansada.
—Cyrion —saludó el guarda, inclinando la cabeza. Amell se fijó en que fruncía el ceño, preocupado, y había obviado cortesías—. ¿Qué ha pasado en este lugar? ¿Dónde está Valendrian?
Los ojos del elfo se llenaron de lágrimas al instante. Theodore sintió una fría sensación trepando por su columna y erizándole la piel, dejando una impresión desagradable.
—Habrías tenido que llevarte a Adaia aquella vez —musitó, sus dedos nudosos se aferraron a la caja de mediano tamaño que cargaba en ambos brazos.
Duncan, un hombre intuitivo y compasivo, apretó los labios y colocó una mano sobre el antebrazo del anciano como una forma de demostrar empatía. A Theodore le tomó un par de segundos darse cuenta de lo que la declaración del elfo implicaba.
—Jamás me habría permitido alejarla de su hija —sonrió el guarda, pesaroso—.La madre murió, pero tienes a tu hija.
Había sido un buen recurso de parte de Duncan. No obstante, después de un agónico silencio, el anciano elevó el rostro. Sus facciones vencidas por el tiempo se endurecieron como el granito y de sus ojos apagados surgió un brillo, penetrante como el ácido.
—Tú —dijo Cyrion con vehemencia, soltando la caja que desparramó su valioso contenido: piezas de plata. Los dedos, que anunciaban un estado temprano de artritis, lucharon por aferrarse a la armadura de Duncan—. Tú puedes salvarla. Llévala contigo. Mi hija, la han encerrado el Fuerte Drakon.
El guarda gris mantuvo una expresión serena, pero interesada.
—Cyrion, el reclutamiento no es...
—Cualquiera, pregúntaselo a cualquiera —prorrumpió el desesperado anciano—. Ella es como su madre, ella es... Kallian es mejor opción de lo que fue su madre —le aseguró—. El asesinato del hijo del arl. Fue ella, lo hizo por nosotros.
Cyrion continuó enunciando las infames proezas de su hija. Pasado un rato, Duncan sugirió entrar a la casa del anciano. Estaba por colapsar, temblaba y sus ojos hundidos lloraban con una gran dignidad. Mientras ellos ingresaban, Amell se agachó para devolver las piezas a la caja. Entró el último, dejó el cofre sobre la mesa y fue a pararse a un lado de Duncan.
El asesinato del hijo del arl de fue la primera noticia importante que los cansados viajeros recibieron al cruzar las puertas de la ciudad. Numerosas versiones circulaban en los distritos de Denerim; por simple razonamiento, Amell había descartado la más disparatada de todas: un elfo se había colado a través de las dependencias de la servidumbre y había asesinado a sangre fría al heredero del arl. Cualquiera que fuera la verdad, lo cierto era que el Vaughan estaba muerto y su padre se hallaba en algún lugar al sur de la nación.
Después de un par de turbulentas noches en Pináculo, la noticia de la capital fue asimilada por ambos como un acontecimiento de la misma naturaleza. Alguien estaba atacando a las principales familias de Ferelden mientras el rey cabalgaba hacia el sur. Duncan había dicho que los guardas grises no podían intervenir en la política, salvo en el extraño caso de que esta tuviera algo que ver con los engendros tenebrosos. En Pináculo los rumores sobre el ataque a la familia Cousland había sembrado la inseguridad y dado paso al desorden. Pese a la necesidad de nuevos reclutas, y de que Pináculo parecía el lugar ideal para hallarlos, el guarda no movió un dedo por investigar si lo que se decía en el pueblo era verdad o un malentendido. Como única respuesta a la sombra que había caído sobre el teyrnir, Duncan había apresurado el paso hasta Denerim.
Amell tenía ampollas en los pies por los largos tramos recorridos a pie y los muslos en carne viva por las jornadas excesivas a lomos de un caballo; nunca había cabalgado y eso únicamente empeoró las lesiones. Sospechaba que un descanso no ocurriría en el futuro inmediato y que tendría que cargar con el dolor en la cintura hasta hallar a quien sanar se le diera un poco mejor que a él. El itinerario de Duncan luego de la ciudad capital los llevaría al bosque de Brecilia, Gwaren y finalmente Ostagar. La escasez de reclutas quizá los obligase a abortar todo aquél viaje a través del sureste, pero no era nada de lo que Amell estuviera seguro y, de cualquier forma, en Ostagar aguardaba una guerra a la que todavía debía sobrevivir para tener el consentimiento de Duncan para echarse a descansar sobre la primera superficie mullida que encontrara.
Al emerger del hogar élfico, Duncan se detuvo, contemplando algún punto que Amell no pudo seguir. Estaba perdido en sus cavilaciones, seguramente calculando los beneficios de sacar de una mazmorra a la chica que había dejado un río de sangre detrás; quien, sin importar sus buenas intenciones y lo que hubiera querido salvar, había puesto en peligro a toda la elfería al cometer el asesinato de un noble. Theodore no creía que estuviera en posición de juzgar; no obstante, una persona así podía ser de gran ayuda tanto como estropearlo todo.
—Usaremos el derecho de llamamiento —declaró el guarda luego de una prolongada deliberación.
—Claro. ¿Qué puede salir mal? —Theodore sonrió de medio lado y siguió al veterano de la orden.
Permaneció quieta, sin levantarse esta vez, apretando los párpados y abrazándose a sí misma. Los pasos en el corredor anticiparon la visita hasta morir con un breve eco frente a la reja. Respiró la humedad de la celda, sintiendo sus extremidades agarrotadas. Tenía sed, la garganta le ardía como si hubiera intentado tragar un metal caliente. Tenía en el fondo de la boca un sabor acre y una jaqueca le latía en las sienes al ritmo de la gotera en el pasillo.
Escuchó un tintineo y voces apagadas que no distinguía a través del pesado sopor. Aturdida, apenas advirtió el rechinido de las bisagras metálicas antes de que la luz de una antorcha le diera de lleno en el rostro. Sin embargo, su tentativa de espabilar fracasó incluso bajo la caricia del fuego en su rostro. Parpadeó lentamente, a su alrededor únicamente había sombras oscilantes. Alguien la sostuvo de un brazo, en vano conminándola a incorporarse.
—Tiene fiebre. —Era como escuchar sonidos debajo del agua que acentuaban la impresión de irrealidad—, puedo ayudarla, pero necesitará una revisión completa para descartar una enfermedad grave.
Kallian, incapaz de hallar sentido a lo que se hablaba, alcanzó a fruncir el ceño antes de que un hormigueo se alojara debajo de su piel. No era del todo desagradable, pero el pánico correspondió a la peculiar sensación de cualquier manera y, a medida que la suave sacudida de sus nervios se propagaba, empezó a revolverse, tratando de liberar el brazo que una mano áspera le sujetaba con firmeza.
—Todo está bien —musitó una voz cerca de su oído. Quien la sostenía maniobró para atraparla con ambos brazos y cargarla.
Kallian trató de protestar antes de que la amenaza de otro síncope se manifestara; no tenía una gota de energía en su cuerpo que pudiera emplear en una lucha. El suave bamboleo de la marcha hasta el exterior bastó para arrullarla, brindando a su exhausta mente la oportunidad de fundirse en la tan ansiada bienvenida que el Velo estaba dispuesto a prodigarle. ¿De qué podía estar asustada? Había rumiado decenas de escenarios durante los últimos días, se había visto morir de diferentes maneras y había instruido a su imaginación para que ninguna emoción resultara tan monstruosa en el último momento. Por supuesto, nunca creyó que su camino hasta el cadalso lo haría en brazos de alguien, incapaz de sostenerse en pie. El letargo era una bendición, razonó. No estaría agobiada por el miedo natural a la muerte, quizá ni siquiera tendría la claridad mental mínima como para darse cuenta de que moría.
Hacía frío, demasiado frío.
Había tumulto y luz en el exterior. Convertida en una criatura de la sombra a través de los últimos días, quiso rehuir de la luz casi por instinto. Lo que, pobremente, distinguió como el sol no calentaba su piel tampoco. Por un momento, se creyó capaz de reptar de vuelta al agujero del que había sido extraída. Había coordinado cabalmente su rudimentaria serenidad con la oscuridad, de tal manera que el fulgor del sol la repelía. Ebrias de luz, las polillas encuentran la muerte.
Quiso apartarse del abrazo gentil (y por lo tanto, traicionero), y fue recompensada con una oleada de calma artificial. Todo alcanzó una espléndida quietud. Hubo un silencio profundo en el mundo y una oscuridad insondable en la que naufragó aliviada del asalto a sus percepciones.
Allí halló palabras perdidas en la memoria y los cálidos ojos de su madre.
"No dejes que te venza, que te convierta en alguien que no quieres ser".
Pero Kallian había fallado, no tenía una sola pista de qué era aquello que deseaba para sí misma.
Hubo de luchar contra el estrangulante dominio del Velo sobre su conciencia. Emergió de sus sueños sin aire suficiente en los pulmones, sintiéndose desorientada y débil. Se incorporó muy despacio; un gimoteo surgió desde la exhausto cuerpo y pasó la lengua sobre sus labios resecos. Permaneció inmóvil, haciendo acopio de voluntad sobre mantas cuya textura resultaba agradablemente familiar. Se esforzó en capturarlos, pero los detalles de su pesadilla y sus delirios febriles se disolvieron rápidamente. Apretujó las mantas con un puño y prestó atención al inesperado ámbito en el cual despertaba, renunciando al vano propósito de entender lo que sucedía en el Velo.
La realidad se presentó en fragmentos aislados. El aroma del estofado al fuego; una cama dura, paredes desiguales, goteras en el techo y recipientes con agua de lluvia en el suelo. La casa de su padre no había sido tan acogedora desde la muerte de Adaia. La sonrisa nostálgica que ambicionaba adueñarse de sus labios se desmoronó antes de lograrse.
Nada de esto estaba bien.
—Mi opinión es que necesita descanso —dijo una voz masculina—. Pilló algún bicho en ese lugar, nada grave.
Kallian se acomodó al borde de la cama, rogando haber conseguido estabilidad suficiente para caminar. Respiró profundamente, recolectando sus pensamientos. Su mente había regresado a una relativa normalidad, ningún eco la perseguía. No confiaba en que la tranquilidad que imperaba en su cerebro fuera a durar. Las articulaciones todavía protestaban por el largo tiempo en aquella posición dentro de la celda.
El crujir de la madera debió alertar a Cyrion y sus invitados, porque los oyó aproximarse.
—¡Mi niña! —Cyrion se abalanzó sobre ella para apretarla en un fuerte abrazo que desarmó a Kallian al instante.
En ese momento, la consciencia de lo que estaba sucediendo la golpeó con fuerza. Su corazón latió rápidamente. Su memoria no localizaba el momento en que había sido extraída de la celda y, a pesar de todo, justo ahora no se sentía libre.
Sin embargo, estaba viva y papá estaba bien. Sus ojos se llenaron de lágrimas al rodearlo con ambos brazos. Hundió el rostro en su hombro, estrechando a Cyrion lo más fuerte que pudo. Lo sostuvo por largo tiempo, obedeciendo el recóndito deseo de no abandonar el hogar nunca más; no negarse de nuevo la seguridad de la voz paterna, aquella música espléndida y, actualmente, tan triste. Existía en ese abrazo el preludio de una despedida. La niña asustada lloraba por la inminente perdida, pero al franquear sus anhelos, entendió que su vida no había pertenecido nunca a la elfería. Era incluso egoísta -además de infantil- querer soslayar el pago de una vida salvada. No tenía la prerrogativa de vivir según sus deseos cuando había permitido que Shianni caminara a través del horror. Debía, por lo tanto, desprenderse de Cyrion como se había desprendido de Anora.
Había renunciado a su vida en aquella celda, nada era diferente.
—Padre —masculló sin apenas voz, relajando los músculos que se aferraban a él—. ¿Qué ha pasado?
Cyrion se apartó, secándose las lágrimas con el dorso de la mano.
—Te han rescatado —dijo al posar la mirada sobre el par de desconocidos que les habían permitido cierta privacidad hasta hacía un momento—. No lo recordarás, eras muy pequeña. Él es Duncan de los Guardas Grises.
La elfa consagró su interés al mayor de ellos, el otro era simplemente muy joven para haber sido amigo de su madre.
—Me alegra poder presentarme en mejores circunstancias —dijo el humano. Sus ojos oscuros eran expresivos y estaban revestidos de una inherente calidez que le recordó a los ojos de Adaia—. Lo ha dicho tu padre, conocí a Adaia hace veinte años. —La tenue sonrisa en sus labios obtuvo vida de cualquiera que fuera la memoria que cruzó su mente y Kallian encontró difícil desconfiar de él—. He oído que has heredado la mayoría de sus cualidades. —Casi enarcó una ceja ante esa última aseveración—. Fue mi intención reclutarla para la orden entonces. Ella se negó a abandonar a su familia.
Kallian recordaba la anécdota y se perdió un instante en la inútil ilusión de una vida diferente. Tal vez su madre no hubiera muerto si este hombre...
No.
El pasado era inaccesible. Aclaró la garganta y se dirigió al humano.
—Me has rescatado. —Prefirió obviar el motivo, porque no era ninguna estúpida. Lo que este hombre iba a pedirle resultaba una posibilidad tan abismal que la hacía sentirse mareada de nuevo—. ¿Cómo lo has hecho? —preguntó en voz baja.
Su juicio y su indiscutible ejecución estaban planeadas y no imaginaba que una orden de furtivos guerreros pudiera contra la influencia del bannorn en la reina.
—He usado el Derecho de Llamamiento, una potestad de los Guardas Grises, Kallian —explicó en calma. Hubo en seguida un prolongado silencio, hasta que Duncan se irguió, colocando las manos sobre la espalda—. Me parece que comprendes lo que eso implica.
La muchacha elfa hundió la cabeza entre los hombros, apoyando ambas manos sobre la cama.
"Sé que prefieres la muerte al exilio".
Anora conocía a la perfección a aquella chiquilla que había encontrado indecisa en la nieve hacía más de dieciocho años. No obstante, Kallian no podía seguir siendo aquella niña, y tampoco podía darse el lujo de morir cuando mucho se había hecho por mantenerla con vida.
—Entiendo. —Kallian Tabris sintió un golpe de terror en el acto, su antiguo miedo por el exterior y la gente desconocida estuvo cerca de arrancarle un suspiro muy parecido a un sollozo. Duncan y su acompañante la habían salvado, eran conocidos de su familia, pero para ella no eran más que caras nuevas, máscaras, siluetas, peligro. Hubo de tragarse el pánico, apretó los labios y cerró los ojos antes de ponerse de pie—. Iré contigo.
—Muy bien —asintió el guarda gris, su tenue sonrisa había regresado—. Haremos un largo viaje hacia el sur, Theodore te ayudará a sanar.
Kallian se fijó en el acompañante de Duncan. Un muchacho esbelto, fino como un hilo de oro. Un par de ojos rasgados, de un inusual azul-púrpura, la observaron con curiosidad detrás de un par de cristales circulares. Su sonrisa le daba un aire arrogante y su postura ostentaba cierta pomposidad, como un niño de la nobleza que quedaba totalmente fuera de lugar en casi cualquier parte excepto su propia mansión.
—Mago del Círculo de Ferelden y tu compañero recluta —se presentó, intuyendo lo que Kallian estaba pensando de él gracias a la expresión que usaba—. Theodore Amell. —Su sonrisa tenía una fuerte similitud con el filo de un cuchillo. Y en sus ojos bailaba a cada momento una curiosidad a veces infantil y en otras más bien maliciosa, gradada, en cualquier caso, con involuntaria intensidad—. No se tiene la oportunidad de arrancar de las manos de la tiranía aristocrática a una de sus víctimas. Soy un gran admirador de tu trabajo.
Aquello bastó para que Kallian enarcara una ceja y optara por pasar de él con un ligero asentimiento en su dirección como única manera de presentación.
—Partiremos al amanecer, estas horas podrás utilizarlas para despedirte, zanjar cualquier asunto pendiente y descansar un poco —ofreció Duncan antes de salir de la casa con la intención de alistarse para el viaje.
La perspectiva de ese nuevo futuro bastaba para hacerla doblarse de dolor. El desencanto brotó de las esquinas de su mente, amenazando con empujarla al vórtice en el cual había deambulado las últimas semanas. Nelaros estaba muerto y Shianni había sufrido lo indecible. Kallian se miró las manos mientras se dejaba caer sobre el lecho. El recuerdo de la sangre de Nelaros y la ingravidez del cuerpo de Shianni las manchaba. El placer de la impresión de control cuando se vio reflejada en las pupilas dilatadas de Vaughan fatigaba su alma, era un pecado más pesado que su propios huesos.
—Te agradará Duncan —dijo el mago, examinándola—. Y yo también, desde luego. —Enarcó una ceja, entretenido con la hosca reacción que había recibido. La sostuvo por el mentón y la contempló largamente, haciendo muecas dubitativas—. ¿Te confieso algo? Tengo un dolor de cadera que no he sanado, verás... es que no es mi especialidad. Puedo ayudarte con algunos síntomas, claro. Descuida —dijo, alejándose rumbo a la puerta, ante la mirada recelosa de la elfa—, con suerte hallaremos a Wynne, una mentora del Círculo, y ella nos dejará en condiciones para luchar.
Caminando sin ningún tipo de preocupación o prisa, salió de la casa, dejándola con Cyrion y el prolongado silencio que ninguno de los dos supo llenar durante los primeros momentos.
—Si esto es lo que el Hacedor tenía planeado para ti, supongo que es lo mejor. —Cyrion titubeó un instante y tragó saliva con esfuerzo—. Tu madre estaría muy complacida... Mi valiente hija, no sólo harías sentir orgullosa a Adaia. En el fondo, siempre supe que no pertenecías a un sitio como este y que tendrías que buscar tu propio lugar. Una guarda gris serás entonces, pero recuerda volver a casa alguna vez.
—Volveré, te lo prometo.
—Cuídate mucho, Kallian. —El ceño de su padre traicionó la preocupación que bullía en su corazón—. Sé prudente y sensata. Y... Bueno, ya lo sabes. Todos te echaremos de menos... Y antes de que te vayas hay una cosa más...
Cyrion se alejó hasta desaparecer detrás de un muro. Ella se quedó inmóvil, escuchando la madera crujir y la respiración elaborada de su padre en el intento por no volver aquello más difícil llorando abiertamente. Los brazos inertes de Kallian dolieron de ganas de abrazar a una madre ausente, de compulsión por estrechar a su padre como una niña asustada. El miedo que había sentido por su casamiento era una memoria cada vez más pálida, eclipsada fácilmente por el remordimiento de las cosas que no había dicho ni hecho cuando tuvo la oportunidad. Nelaros siempre había merecido algo mejor que una tonta que no sabía lo que quería.
Actualmente, su nueva misión se presentaba aterradora, incierta de un modo que no lo era simplemente morir.
Había ocurrido tanto durante tan poco tiempo. La magia no iba a disipar aquel agotamiento. No obstante, se exigió otra dosis de entereza al suspirar.
—Aquí. A tu madre le habría gustado que tuvieras esto. Ha estado en su familia durante generaciones.
Le entregó la daga luego de sacarla de la vaina. La ligera curvatura y el mango denotaban una elegancia que pocas veces podía hallarse entre las posesiones de los elfos. Al sostenerla, notó que era más ligera que ninguna que hubiera usado; su filo centelló al atrapar la luz de la hoguera. Lucía antigua pero bien conservada.
—Yo... No puedo aceptarla, padre —dijo, sus ojos bien abiertos mientras sacudía la cabeza enérgicamente. Se arrepintió de esto último en el acto, una extraña presión se instaló detrás de sus ojos, anunciando el dolor de cabeza.
—Un arma, para quien no sabe blandirla, es un peligro constante —aseguró Cyrion con gran seriedad—. Shianni, como bien sabes, prefiere el arco, y Soris, el Hacedor me ayude, las espadas. Tu madre había comenzado a entrenarte con este propósito. Este legado de nobleza élfica sólo puede quedar dentro de su familia...Yo... Desearía poder hacer más por ti.
Kallian sacudió la cabeza.
—Tú enviaste a Duncan, ¿no es así? Me salvaste la vida. —Su voz se quebró al final con un pequeño sollozo. Puso el arma a un lado y, apretando un puño con fuerza contuvo el temblor de su cuerpo. Aspiró el aroma que impregnaba la casa, el último estofado de papá que probaría en mucho tiempo, y abrazó a Cyrion con todas sus fuerzas una última vez—. Promete que te cuidarás.
Cyrion rio, dando unas palmaditas sobre su espalda.
—Ya conoces a este viejo obstinado. Yo sé a qué te refieres con "cuidado", así que no esperes que me quede sentado todo el día mientras mi hija lucha en el sur.
—Debía intentarlo.
—Acabemos con las despedidas, todavía debes ver a tus primos y al elfillo que te sigue allá donde vas. Vete, niña, antes de Duncan regrese y yo nos ponga en evidencia a ambos.
Kallian asintió. Intercambiando emotividad por fortaleza, se irguió, le dedicó una sonrisa e hizo su camino hacia el exterior. Lo dicho por su padre le recordó que aún había un asunto pendiente dentro de la casa de Flynn. No iba a marcharse sin librar a un inocente de la maldad de un individuo podrido. El pensamiento que había frenado sus acciones, la angustia de Anora al respecto... Ya no eran un obstáculo. Había sesgado numerosas vidas en su camino hacia y desde la mansión del arl. Arrebatar la de un gusano élfico no suponía más un debate moral. Una vez aunada a la impureza en las venas de la ciudad, podía interrumpir el flujo de suciedad.
El mundo había creado a un asesino, pero estaba en manos de Kallian mermar los números de los malvados antes de caer.
Veía el sendero con una cierta melancolía. Una añoranza, como si estuviera tratando de retener lo que habían dejado atrás. Como si no pudiera terminar de aceptar que su deber era seguir avanzando, ya sin ellos. Se aferró al diminuto morral que colgaba de su hombro. Cuando caminaba, un suave sonido la acompañaba. Se le llenaron los ojos de lágrimas. Tras pasarse los dedos para estar segura de que no había derramado ni una sola de esas lágrimas, giró para trotar y adentrarse en el bosque.
Su clan habría avanzado bastante a esta hora. Viajaban hacia el norte. Merrill se detuvo y elevó la vista antes de lanzar un suspiro. Iba a tener que escalar uno de esos enormes árboles. Situarse en el entorno nunca había sido su fuerte. Solía perderse con mucha facilidad. Si subía para echar un vistazo al sol, todo se arreglaría para ella.
—No, no todo —se escuchó decir y volvió a sostener la bolsa con el par de fragmentos del espejo—. Todavía no.
N/A: No es que Kallian haya sanado y encontrado la paz definitiva, pero la chica sabe que no puede quedarse en la elfería. En el epílogo y a lo largo del próximo fic, continuará lidiando con ese bichillo de maldá y la tristeza por verse obligada a dejar atrás a tantas personas. De cualquier forma, que Tabris halla dado rienda suelta a su rabia en el anterior cap, no quiere decir que va a ir por ahí descargándola con todo el mundo (?
También se verá más de Duncan.
Referencias a la jugada de ajedrez en la que se sacrifican dos alfiles (tiene un nombre, no logro recordar cuál es) porque amo las referencias a el ajedrez.
La amistad de Anora y Kallian sigue siendo igual de contradictoria y caótica. Sorry not sorry xD
Otro dato: hace mil años la intención era que el lugar de Amell lo ocupara un niño Mahariel. Tenía todo su arco argumental planeado -hasta el final de Origins- y llegué a escribir sus primeras apariciones... No logro recordar por qué diablos me decanté por Amell xD En cualquier caso, Merrill será esencial para la trama muy (PERO MUY, MUCHO, DEMASIADO) adelante en la trama, así que sus apariciones no son gratuitas o porque Luna esté obsesionada con ella, ¿por quién me toman? xD
Mil gracias a Frida y a C2 por sus comentarios :3
