Nota: Los X-Men son de Marvel, blá, blá, blá. Si sabéis quién es Félix Rodriguez de la Fuente leed el el extracto de fauna exótica con su entonación, está redactado para eso. He puesto un homenaje a "Los Cazafantasmas" (a ver quién lo pilla) y unos de los chistes, si no me equivoco, lo cogí de "La Víbora Negra".
Po cierto, las opiniones del "joven uniformado" no son las mías. Vivimos en un mundo tan políticamente correcto que se deben decir cosas obvias como que el escritor no tiene por qué compartir la ideología de sus personajes. En fin.
CAPITULO 2
Antes de que el Internado Charles Xavier rebasara los cien alumnos (y se llamaba Escuela Charles Xavier para Jóvenes Talentos), cuando el fundador aún vivía, no existía megafonía, ni servicio-despertador, ni timbres, ni nada de eso.
El propio Profesor X se encargaba de despertar a sus pupilos con un ligero toque telepático.
Jean, más práctica (y prudente a la hora de entrar en mentes ajenas), decidió que lo mejor para levantar a la gente era el "Himno de la Alegría" a 300 decibelios.
Los científicos dirán que eso es imposible (porque un sonido a ese volumen destrozaría tímpanos y ventanas), pero también dicen cosas como "todo lo que sube baja", "nadie puede vivir dentro de un capullo en la Bahía de Jamaica", "los viajes por el tiempo son imposibles" o "nada puede viajar a la velocidad de la luz"; y mira.
Si no había ningún susto como que un telepático se despertara de repente en mitad de un sueño y le borrara la mente a su compañero de habitación o que un energético sufriera un accidente y volara su propia cama o que uno de los mutantes físicos terminara por golpear a su compañero con un brazo que se alargaba de repente o unos pinchos que le brotaban de la espalda (había gente que prefería dormir sola y si no que se lo preguntaran a Timmy Edwards); si no había ningún susto así, se servía el desayuno en el gran comedor 15 minutos más tarde.
Había buffet libre (si querías te comías lo que preparaban y si no, no). Los alumnos se sentaban en las largas mesas rectangulares e intentaban mantener una conversación por encima del escándalo armado por ellos mismos; los psíquicos tenían una ventaja a este respecto.
Jean, siguiendo alguna rocambolesca teoría psiquiátrica, había decidido instaurar un "sistema de comunicación aleatoria" por el cual se prohibía a los chicos sentarse únicamente con sus amiguitos, creando así los acostumbrados grupos cerrados típicos del Instituto. Aún cuando la idea tenía obvios fallos, no acarreaba excesivos problemas (aunque tampoco grandes avances). Servía, sin duda, para integrar a los hijos de los X-Men con el resto de chicos.
Desde la tarima, donde se ubicaba la mesa de los profesores, Jean rumiaba que lo que en realidad necesitaban esos chicos era des-integrarse.
Cría cuervos...
Aún no sabía en qué estaban metidos sus niños, pero lo averiguaría. Y cuando lo hiciese, Jamie lo pagaría con creces. LeBeau tenía que ser. Sabía que tanto tiempo con su padre acabaría por corromperlo. Luego meditó esas palabras y se retractó. Remy no tenía la culpa, Jamie ya era de por sí un chico bastante imposible. Tal vez si las cosas hubieran sido diferentes, habría podido cambiar; pero nunca tuvo esa opción.
Bebió un trago de café para quitarse el mal sabor de boca.
Mientras, Jamie notaba la escrutadora mirada de Jean sobre su cogote, pero siguió charlando como si no pasase nada. Era muy extravertido, tanto por naturaleza como por necesidad. Hasta hacía poco había vivido en una tierra extraña, alejada de la mano de Dios y llena de gente rarísima que algunos se empeñaban en llamar Francia. Conversar con perfectos desconocidos al tiempo que una mutante Alfa le espiaba no era nada para él.
Sarah, en cambio, se mostraba inquieta. Intentaba hacerle algún gesto a Jamie, pero éste ni la miraba. Qué majo… Menos mal que nada iba a cambiar aunque tuviera novio. Le hubiera dado la risa histérica si no fuera porque su madre había adquirido esa pose de ave de presa a punto de caer en picado sobre su víctima. Cogió el móvil y decidió escribirle un mensaje a su querido Niklaus. Cualquier cosa menos ver lo que se avecinaba.
— ¿Soy yo o Fénix está mirando a alguien?
Jamie giró la cabeza para atender a Garazi (la muchacha rubia que la noche pasada le rechazara). A pesar de la prohibición, Jean había decidido hacer una excepción y permitir que Garazi, a quien Jamie conocía desde hacía años, comiera junto a él, por considerar que se ayudarían mutuamente a integrarse.
- Me tiene vigilado – respondió Jamie, un poco presuntuoso.
- No, no es a ti – contradijo la Torre de Babel humana que era Luc.
Luc y garazi habían sido sus mejores amigos y compañeros en Francia. Cuando Jean le conminó a volver al "hogar dulce hogar", decidió traérselos consigo, no sólo porque serían un apoyo importante para sus planes, sino porque acudir al Internado Charles Xavier original era un honor disfrutado por muy pocos.
¡¿Cómo que no es a mí?!
Luc tuvo que encorvarse para no sobresalir (cosa harto improbable) y así poder señalarle un rincón de la sala.
— ¿Por qué mira a su hijo? – preguntó Garazi, apoyándose en el hombro de Jamie.
— El eslabón más débil – susurró él.
La única no preocupada era Aisha. Mojaba tranquilamente una magdalena en el café, disfrutando del respetuoso vacío que le hacían sus compañeros, gracias a esa aura de intangibilidad heredada de su madre. Mientras Sarah aporreaba los botones de su móvil, Luc se encogía aún más, Garazi apretaba la clavícula de Jamie y éste meditaba sobre la conveniencia de huir; Aisha se reclinó en su asiento, reprimiendo un bostezo.
Aquello le parecía tan aburrido y tedioso como uno de esos documentales sobre fauna exótica que reponían una y otra vez en la televisión.
En las extensas e inhóspitas llanuras del comedor de la Mansión-X habita una cantidad innumerable de criaturas; pero entre ellas, destaca la increíble y poderosa ave Fénix. Esta rapaz se aposenta en las más altas cumbres de la mesa para profesores, desde donde otea con su afilada vista, en busca de su presa.
A varios metros de ella, el indefenso Danielus Summeriticus-Greyus, o ratoncito de los pasillos, mordisquea su bacon, desconocedor del peligro que se cierne sobre él.
El Fénix abandona su atalaya y se dirige a grandes zancadas hacia la cría.
— Se lo va a comer – murmuró Jamie.
— ¡Venga ya! – exclamó Garazi, incrédula -. Es su madre, no puede hacer eso. No lo hará¿verdad?
— Por supuesto que sí.
— Zorra.
— No, Fénix.
El astuto ave se aproxima por detrás, haciendo señales a los seres a su alrededor, los vulgata studiantis, para que no alerten a la presa. Mientras tanto, el Danielus, ignorante del cercano cazador, intenta meter una tostada de 15X10 en una taza de apenas 8 cm. de diámetro. Sus hábitos nocturnos le pasan factura.
Cuando abre los ojos y se da cuenta de lo que está haciendo, el Fénix posa una de sus garras en su hombro.
— Daniel¿puedo hablar contigo?
El ratoncito tensa sus músculos, preparándose para el inminente ataque.
— ¿Sí, Directora Grey-Summers?
— Aún no estamos en horario lectivo, Danny, llámame mamá.
Ante la brutal embestida, lo único que puede hacer el Danielus es bajar la cabeza.
— Claro… mamá. ¿Qué pasa?
— Pareces cansado, cariño¿has dormido bien?
El ratoncito se encuentra acorralado…
— La verdad, no.
— ¿Y eso?
— El gato de Jamie se puso malo y tuvimos que cuidarlo.
El Fénix abre y cierra el pico, sin saber qué hacer tras el sorprendente contraataque. Pero muy pronto se sobrepone y utiliza la táctica "¿me estás tomando el pelo o qué?"
— El gato.
— Mmm-hmmm… No sé qué tiene, pero no dejaba de maullar, el pobre. Si quieres puedes echarle un vistazo luego, a ver si tú averiguas lo que le pasa.
Las armas de que dispone el Danielus son limitadas, pero muy efectivas.
— Ya. Y hoy habéis quedado para cuidarlo de nuevo.
— No. Hoy vamos a salir todos a Harry's.
— ¿A Harry's?
— Sí. ¿Por qué¿No podemos?
El Danielus utiliza sus ojitos lastimeros para confundir aún más al Fénix.
— Claro que podéis, cariño. ¿Por qué no ibais a poder?
Justo en ese momento llegó Aurora McCoy, a la carrera, para acabar resollando frente al dúo materno-filial.
— Lo siento mucho, tía Jean. Sé… que me he… retrasado de forma… forma… forma intolerable… buf… pero… me he… arf… me he dormido.
— Qué¿tú también te acostaste tarde?
— Pues sí. Cuando examiné mi colección de hongos, esporas y mohos varios, observé que el Geotrichum había desaparecido, al parecer porque algún desalmado había tirado el CD donde se incubaba a la basura. –Y al decir esto atravesó con la mirada a Daniel-. Afortunadamente encontré otros interesantes especimenes en el criadero natural.
Jean elevó las cejas y estiró el cuello hacia la chica, expectante.
— El congelador estropeado del sótano – explicó Aurora.
— Oh, por favor. –La mujer hizo un gesto de repugnancia-. Recuérdame que tire ese cacharro.
— Oh, no, no, no, no, no. No hagas eso. "Ese cacharro", como tú lo llamas, es una perfecta bio-estructura micológica. Creo que si permitimos su expansión y añado una sección de crecimiento controlado donde combinar varias muestras, lograré—
— Muy bien, Dawn, me parece perfecto. Así que has estado toda la noche recogiendo hongos¿verdad? – Jean sonrió astuta.
— En realidad, acabé interesándome más por las curiosas especies de moho; pero sí, vulgarmente podríamos decir que me dediqué a ello. La verdad, lo prefería a cuidar el gato de Jamie.
— ¿El gato de Jamie?
— Sí, está malito. Yo creo, en realidad, que no está enfermo, sino que se trata de una maniobra para recibir mimos. Leí algo sobre eso en el Science—
— Ya, ya, sí, muy interesante. –Jean paseó su mirada de Aurora a Daniel y de este a ella-. O sea, que cuidando al gato…
Las fuerzas combinadas del Danielus y la Auroras, o ratón de biblioteca, vencen al Fénix, que pliega las alas en señal de derrota.
Jean iba a formular una última pregunta desesperada, pero sonó el timbre y decidió dejarlo.
— Muy bien niños, a clase.
Daniel se levantó de un salto y besó a su madre en la mejilla.
— Que tengas un buen día, mami.
— No se estrese, Directora – añadió Aurora.
— ¿Qué, nos vamos? –preguntó Jamie acercándose a ellos, con Garazi pegada a su hombro como si hubiera usado "super-glue".
— ¿Qué tenéis ahora? – quiso saber Danny, intentando parecer compuesto, pese a que su voz aguda lo delataba.
Jamie señaló a Jean.
— Historia.
— Es el eufemismo que utilizamos –dijo Aisha, ya a su lado. Como de costumbre, nadie entendió el chiste-. Y a vosotros os toca…
— Biología – contestaron al unísono Daniel y Aurora.
— Dawn, querida, si sonríes más se te va a romper la mandíbula – bromeó Jamie.
— ¿No me puede gustar la Biología?
— Por poder… - murmuró Danny.
— Oye, yo no digo nada porque te guste el béisbol.
— Lo acabas de hacer – dijo Aisha, casi sonriendo.
— El béisbol no tiene nada de malo –entró en la conversación Sarah, con la cara pegada al móvil-. La obsesión de mi hermano por obvios símbolos sexuales sí que es preocupante.
Daniel le pegó en el brazo.
— Sarah, cariño, si sigues así vas a tener que conectarte al teléfono por vía intravenosa.
La chica no abandonó su tarea.
— Estoy escribiendo a Niklaus.
— Norm – masculló Jamie, lo suficientemente alto como para que Jean lo oyera.
Quien, por cierto, lo hizo y le mandó la patentada mirada "no quiero volver a escuchar comentarios como ese en mi casa". Una de las más estrictas reglas del internado era la prohibición absoluta de despreciar a los demás por su aspecto o poderes (o, en aquel lugar, por la falta de los mismos), pero Jamie se pasaba por el arco del triunfo dicha norma. Él había visto y sufrido lo suficiente de los homo sapiens inferiores, de los norms, como para despreciarlos durante diez vidas más. Niklaus no era diferente de los demás norms, fuera quien fuese su padre; o su madre.
Jean suspiró, intentado controlar sus deseos de ir y partirle la cara. En vez de eso, decidió poner punto y final a la reunión improvisada:
— A clase niños, que os toca.
El grupito soltó un gruñido a coro, desvirtuando el animoso tono de Jean.
— ¡Directora Grey-Summers, Directora Grey-Summers! – llamó uno de los alumnos, corriendo hacia ella y arrastrándola del brazo para comentarle algo, al parecer, muy urgente relacionado con petardos, un bote de ketchup y unos calzoncillos.
Jamie y compañía decidieron que era momento oportuno para hacer mutis por el foro. Pero antes de que salieran, Jean consiguió acallar lo suficiente al angustiado alumno para agregar en voz alta:
— No me he creído nada de lo que me habéis contado. Desde ahora, os estaré vigilando.
— Es decir, que sospecha algo.
— No, Luc, lo dijo sólo para probar la acústica del comedor. ¿Tú que crees? – espetó Jamie.
Harry's siempre había sido el local de la Patrulla-X. Cuando conseguían un momento de descanso, se reunían allí para tomar una copa o simplemente para visitar a Harry, ese extraño espécimen que parecía llevarse bien con todo el mundo.
Algunas costumbres se heredan. Y algunos trabajos también. El estimado Harry ya no estaba detrás de la barra con una simpática sonrisa en el rostro y una oportuna cerveza en la mano. En su defecto se encontraba Joshua, sobrino de aquel.
Alguien (Jamie) lo definió como "una mezcla entre Timmy Edwards y Poncio Pilatos". Alguien cuyo mayor deseo era alejarse de los problemas, pero con tan mala suerte que siempre acababa en medio de alguno.
No se sabe muy bien por qué Joshua seguía regentando el local. Tal vez se lo había prometido a su tío; o, más probablemente, Lobezno le metió tal miedo en el cuerpo cuando se vieron por primera vez que se juró a sí mismo no marcharse jamás. Al fin y al cabo, no era tan mal trabajo: pasar las inspecciones esporádicas por sorpresa de la Policía Anti-Mutante, aguantar las borracheras de los jóvenes de Protección Cívica, soportar las canciones subidas de tono de los miembros de Pureza, ser servicial con el profesorado del Internado y, sobre todo, atender solícitamente a los adolescentes "raros" provenientes de ese mismo lugar.
Cuando Jamie volvió de Francia, decidió por impulso (como hacía siempre) que aquel se convertiría en su taberna favorita. Siendo menor como era, no podía beber alcohol (y Joshua no estaba dispuesto a proporcionárselo; el muchacho le producía resquemor, pero le tenía verdadero pánico a Logan y no pensaba hacer nada que pudiera cabrearlo). De todas formas, Harry's era bastante ecléctico: tanto te podías pedir una birra, como comerte un helado o trincarte un sándwich.
Así pues, los siete adolescentes "extraños" pedían dos coca-colas, una coca-cola light, un zumo de pomelo, una limonada, una pepsi, un té frío y un bol gigante de helado de chocolate con siete cucharillas de plástico y se sentaban en la mesa del fondo, al lado de la cristalera, para tener buena panorámica, pero lo suficientemente escudados para que sólo fuera visible la mitad del grupo.
— Yo creo que deberíamos dejarlo –dijo Danny, perforando el helado con su cuchara-. Mamá sospecha y no parará hasta pillarnos.
— Mira lo que me importa.
— ¿A ti te da todo igual, verdad? Claaaro, como el niño ha estado en Francia montando todo el follón que—
— ¡Daniel! – le acalló Sarah, echándole una mirada de estupefacción.
Danny siguió horadando, huraño, sin abrir la boca. Jamie lo miraba intrigado.
— Como iba diciendo antes de que Danny Boy me interrumpiera, no importa que sospeche, no tiene pruebas y ni se imagina que seamos capaces de hacer lo que hacemos. Además, el argumento del gato la ha dejado chafada. ¿Cómo os habéis coordinado?
Aurora dejó de inspeccionar la curiosa abrasión anaranjada cubriendo su esquina de la mesa.
— Fue idea de Aisha. Ayer por la noche nos dijo a Danny y a mí que si Jean nos preguntaba sobre lo que hacíamos por las noches le contestáramos esa milonga del gato. –Sonrió, casi orgullosa-. Lo del Geotrichum se me ocurrió a mí, para pillarla por sorpresa. Aunque es cierto que ha desaparecido. – Y al decir esto echó una subrepticia ojeada a Daniel.
Jamie miró a Aisha en silencio.
— Sentí su presencia cercana – respondió sucintamente, sin levantar la vista del viejo libro que sostenía entre las manos. Parecía tener la mandíbula más tensa de lo habitual, pero ése era el único signo de emoción discernible en sus serias facciones.
— Podrías haberlo mencionado, chére.
Esta vez sí apartó los ojos de la lectura, clavándolos en los de su primo. Asemejaban dos trozos de cielo invernal.
— No me pareció oportuno.
Volvió al libro. Jamie no supo qué hacer durante un par de segundos. Luego soltó una carcajada.
— ¡Y se queda tan pichi, la tía!
— Mamá no se lo ha tragado – masculló Daniel, a lo suyo.
— Mamá, en realidad, no sabe lo que pasa. Si lo supiera, yo sería la primera en darme cuenta. –Sarah se señaló la sien-. Puede que sospeche, pero tardará tiempo sólo en esbozar nuestras actividades.
— Pero… ¿y cuándo lo descubra? – se alzó la tímida voz de Luc.
Daniel y Jamie tragaron saliva al mismo tiempo.
— ¡Oh, por favor, no seáis cuentistas! – exclamó Sarah.
— Jean no es un ogro –añadió Aisha tras el libro-. Tiene fama de serlo, pero la verdad es que es bastante blanda. Sólo nos castigará…
— Para el resto de nuestra vida – puntualizó Jamie.
—…a no salir o a quedarnos sin postre o algo así.
Luc asintió, respetuoso. Agachó la cabeza y encorvó los hombros, como si estuviese ante el Muro de las Lamentaciones o ante el propio Jehová.
— Y deja de hacer eso – advirtió Aisha.
— ¿El qué?
— Tratarnos como irascibles dioses.
— Vuestros padres—
— Nuestros padres son nuestros padres. Nosotros somos nosotros. –Levantó la vista una centésima de segundo-. No me gusta que me traten como a una deidad. No le gusta a mi madre y a mí aún menos.
— Tranquila, prima, Luc es así. Tardó más de un año en hablarme de tú y no de usted¡y teníamos siete años!
— Lo que yo no entiendo –saltó de pronto Garazi, quien se había mantenido en silencio hasta entonces, removiendo el contenido de su lata-, es por qué, si Jean Grey-Summers no nos va a comer crudos, no le explicamos lo que hacemos.
Se hizo un consciente silencio.
— Mamá jamás nos permitiría salir de misión – respondió Sarah, sintiéndose como la portavoz de la familia.
— Piensa que no estamos preparados – dijo Jamie.
— Y que aún somos demasiado jóvenes – agregó Daniel.
— Intenta protegernos, supongo – murmuró Aurora.
— Ya, a ver si lo entiendo. Salimos todas las noches sin permiso de Jean y cagados de miedo de que nos castigue, porque si le pidiéramos que nos dejara jugar a los X-Men adultos no nos dejaría porque cree que somos muy niños y lo único que desea es protegernos. ¿Lo he pillado bien?
Se hizo un avergonzado silencio.
— Demasiadas oraciones subordinadas, pero la idea es correcta – dijo Aisha y pareció sonreír.
— Ah, bueno, haberlo dicho antes. Estaba un poco harta de darle leña a los antimutantes y no saber por qué nos escondíamos. Resulta que los niños tienen aires de grandeza, pero aún están sobreprotegidos. Me alegra saber cuál es la situación. Ya sabéis, nosotros, los mutantes normales sin grandes apellidos, preferimos saber por qué hacemos las cosas.
Luc miraba a Garazi espantado, como si acabara de gritar el innombrable nombre judío de Dios delante de Él.
— No te lo dije porque en realidad no le dí importancia – se excusó Jamie encogiéndose de hombros.
— Si fueras tan empático como guapo, serías mucho mejor persona.
— De hecho, sería una persona.
Ambos sonrieron, pero se notaba una tensión reprimida en las comisuras de sus labios. Parecía una mueca usual. Sarah, superando la acostumbrada punzada de celos, se preguntó qué habría pasado para que, a veces, se mirasen como si tuvieran asuntos pendientes.
— Ahora que lo sabes –intercedió- ¿lo vas a dejar?
Garazi le echó un larga mirada y Sarah, aún sin poderes, notó trabajar las ruedecitas de su cabeza rubia. Al final, relajó las facciones y esbozó una suave sonrisa.
— Claro que no. Sólo me quejaba porque Jai nunca me cuenta nada.
De nuevo la misma tirantez, pero esta vez más matizada.
— No me lo puedo creer¿con todo lo que habla? – ironizó Daniel.
Sarah puso una mano en su brazo de forma automática y llevó la otra al hombro de Jamie. Descendía de una larga tradición de mujeres diplomáticas, pacifistas, compasivas y, en general, buenas; odiaba las peleas entre conocidos como los latverianos a Reed Richards.
Advirtió que la melena de Jamie le rozaba los dedos. Poseía esa clase de cabellos que mantiene su brillo incluso en invierno y pueden provocar la envidia de cualquier mujer. Era castaño-rojizo, suave y liso y olía a primavera. De hecho, si acercaba un poco más la nariz…
— ¿Has hablado con Niklaus? – cortó Aisha.
— ¿Qué?
— Ya sabes, Niklaus, mi hermano, tu novio. Metro noventa, rubio, ojos—
— Me ha mandado un video-mensaje.
— Ah, mira qué bien, que majo, qué… empático.
Jamie se atragantó con su coca-cola y comenzó a toser. Aurora pensó que era por el comentario de Aisha, pero pronto se dio cuenta de que algo iba mal. Estiró el cuello hacia un lado y miró a través de la cristalera.
Y de repente hizo una perfecta imitación de una mulata Jamie Lee Curtis en Halloween. Bueno, de hecho, se puso tan pálida que parecía albina.
— ¿Qué ocurre? – preguntó Daniel, a quien Aisha obstaculizaba la vista.
— Cazadores.
Hay palabras que caen como una bomba. Ésta fue como 20 nucleares.
Jmaie hizo ademán de marcharse, pero ya era tarde: la puerta se abrió con un chirrido metálico.
Ciertas teorías dicen que las botas militares tienen un sonido característico y fácilmente identificable cualquiera que sea la superficie sobre la que paseen. Esto suele conjugarse con las doctrinas "Frodo en el camino", que aseguran que un hombre armado con, al menos, una pistola y un cuchillo pueden percibirse a 100 metros de distancia. Todo ello unido al efecto "no se escuchan ni las moscas cuando los problemas acechan" hizo que los siete adolescentes se deslizaran hacia abajo en sus asientos (desgraciadamente para él, Luc sobresalía más de dos cabezas).
— Buenas tardes, señor. ¿Desea algo? – saludó Joshua, solícito.
El joven uniformado (quien ostentaba orgulloso las siglas de Pureza) no respondió, limitándose a asentir de forma ausente, acostumbrado a que le lamieran el culo. Se quitó los guantes de cuero muy lentamente (tan despacio que un ent podría haber terminado una frase en su idioma) y miró la mesa del fondo, la única ocupada, donde se aposentaba un grupito de jovenzuelos.
Jamie llevó la mano a su reloj mientras Frére Jacques sonaba en su cabeza (como siempre lo hacía cuando la Muerte le sobrevolaba). Sarah lo observaba inquieta. Aisha echó un vistazo a sus espaldas, volvió a girarse y negó con la cabeza.
Había diez hombres afuera, tres de ellos armados con ametralladoras, custodiando un camión blindado de ventanucos enrejados.
Jamie apretó la correa de su reloj. Una luz roja brillaba sobre la pantalla digital. Eran las 16:16 p.m., una hora muy interesante para morir.
El joven uniformado avanzó hacia la mesa. Joshua decidió que los vasos necesitaban una buena limpieza, así que sacó un trapo y se dispuso a frotar hasta todo acabar. Tenía ganas de echarse a llorar: era tan difícil quitar la sangre de la madera. Pero claro, a quién le importa la higiene cuando ves ante ti las puertas de un "campo de reclusión". Pues a Joshua, aunque parezca mentira.
— Buenas tardes – habló el joven uniformado.
Los chicos consiguieron articular una respuesta cordial, incluso alegre.
— ¿Ocurre algo, agente? – preguntó Sarah, con su patentada sonrisa de chica norteamericana modelo.
— Teniente.
— Oh, disculpe, qué despiste el mío. Debí suponer que tenía un rango mayor.
El joven uniformado no vio a Jamie taparse el rostro con una mano. En vez de eso, sacó un curioso artilugio electrónico de la parte trasera de su cinturón, al lado de un collar de Genosha.
— Este es un procedimiento rutinario de detección de mutantes no registrados – informó en voz monocorde.
— ¿Mutantes? – fue lo único que le salió a Sarah.
Jamie se dio la vuelta hacia el teniente. Había adquirido la expresión "María Antonieta cuando le dijeron que para detenerla miembros de la plebe iban a tocarla".
— ¡Mutantes! ¿Está insinuando que podríamos ser uno de esos sucios mutis?
El joven uniformado encendió el aparato y pulsó varios botones para configurarlo. Le salía muy bien eso de hacer oídos sordos. Un corto pitido le avisó de que ya estaba listo. Lo levantó por en cima de su cabeza e hizo un pase general.
Nada.
— Me parece insultante. Si fuéramos mutis no podríamos entrar en este establecimiento. – Jamie señaló el arco metálico pegado a la puerta.
El joven uniformado se encogió de hombros. Sarah lo estaba mirando con una expresión que esperara que él encontrara alentadora y el teniente creyó oportuno suavizar su comportamiento para agradar a esa chica tan encantadora.
— Esos monstruos usan triquiñuelas – explicó, sólo para ella.
— ¿Triquiñuelas? ¿A qué se refiere? – preguntó Sarah como si e verdad fuera ignorante.
— Usan cacharros que disimulan sus especiales ondas electromagnéticas, como relojes de pulsera y cosas así. –Hubo un ocultamiento general de artilugios móviles de medición de tiempo-. También ocultan rasgos físicos que pudieran identificarles, poniéndose lentillas o tiñéndose el pelo. –No vio cómo Aisha se llevaba una mano a su lustroso cabello azabache, estaba muy ocupado dándole a los botones-. Sus nombres, por favor.
— Sarah Summers-Grey.
El teniente respondió a la sonrisa de Sarah con otra, incapaz de resistirse.
— Aisha Munroe.
El joven uniformado parpadeo, extrañado, al estudiar los datos en la pantalla. A Aisha siempre le ocurría lo mismo.
— No consta el nombre de su padre – dijo el teniente, como si no pudiera creerlo.
— Lo sé.
— Sólo aparece información de su familia materna.
— Sí, ¿intenta decirme algo, teniente?
Lo que el joven en realidad quería decir era: "Donde debería consignarse el nombre de tu padre aparece el rótulo información altamente confidencial. ¿Quién es él, el puto Presidente?". Pero no abrió la boca, porque mira que si fuera el Presidente de verdad (o alguien más poderoso aún), su carrera tendría menos futuro que Lincoln cuando dijo "me aburro en el despacho oval¿Por qué no vamos al teatro?".
Aisha respiró tranquila (aunque su rostro, como siempre, no demostró emoción alguna). Podía odiar a su padre, pero la influencia que éste ejerció sobre ciertos sectores le salvaba la vida a ella y a su madre. Lo de Niklaus era una situación muy diferente.
El joven uniformado carraspeó, cambiando de víctima.
— Aurora McCoy.
Mientras tanto, el teniente vio cómo la pijita rubia metía la mano en su bolso e inmediatamente llevó la suya a su pistola.
— Deténgase.
— Tranquilo, ¿quiere? Tengo que sacar un documento.
Él la miró desconfiado, apretando la culata.
— No soy de aquí –explicó ella, muy despacio, mientras con el mayor de los cuidados sacaba un objeto blanco y rectangular-. Esto es una certificación administrativa. –Puso la hoja encima de la mesa, junto al pasaporte-. Aún no estoy inscrita en el Registro norteamericano. El papel es una prueba de que no estoy en la lista de mutantes franceses. Soy humana.
Si hubiera sido Pinocho, le hubiese crecido la nariz 20 metros. Claro que en ese mundo, Pinocho hubiera sido calificado de mutante y no estaría vivo.
El joven uniformado escrutó tanto el documento como el pasaporte. Aquella mierda estaba en francés, pero hizo como si lo entendiera.
— Yo también soy de allí – dijo Luc, enseñando los correspondientes papeles.
— ¿Ambos sois franceses?
Los dos chicos asintieron. A decir verdad, fue Garazi quien asintió. Luc estaba demasiado absorto observando cómo el teniente estudiaba su documentación mientras no cejaba en acariciar su pistola de forma pelín masturbatoria.
Algo no iba bien del todo, parecía como si el joven uniformado intentara recordar algo, sin lograrlo. Al final desistió, dejó los papeles sobre la mesa e hizo un gesto a Danny.
— Daniel Summers-Grey.
El aparato produjo un pitido atroz.
— ¡Quiero decir Daniel Philip! Es Daniel Philip Summers-Grey.
— ¿En qué quedamos, Daniel o Daniel Philip?
— Daniel Philip – respondió el adolescente, cuya voz oscilaba entre el contralto "niño cantor de Viena" y el barítono.
Esta vez la máquina sí aceptó los datos, pero el teniente no tanto.
— Es mi hermano – dijo Sarah sonriendo, como disculpándose por la existencia del pobre chaval.
Había algo en la sonrisa de las Grey que lograba que incluso las piedras se derritiesen.
— Es un crío, no sabe lo que dice.
Y había algo en el sentido de la oportunidad de los LeBeau que hubiera podido sacar de sus casillas a Job.
El joven uniformado miró a Jamie como aquel que mira un escupitajo e el suelo.
— Nombre.
— No puedo creer que sospeche de nosotros.
— Nombre.
— James-Thierry-LeBeau.
El rostro del teniente se iluminó con un brillo feroz.
— LeBeau. – Había conseguido encajar las piezas perdidas.
Uh-oh pensó Jamie. Era uno de los inteligentes. Uno de los que podían pensar y masticar chicle a la vez, o andar y hablar al mismo tiempo.
— Levántese.
Jamie se irguió con la fluidez de una obra de Paganini tocada en un Stradivarius. Observó la marca del artilugio: "Riedle Enterprises". Casi sonrió al ver el nombre de uno de sus más enconados enemigos.
El joven uniformado pasó su detector cerca del cuerpo de Jamie, desde la cabeza hasta la parte alta de los muslos. No se agachó, porque eso le hubiese dejado en una postura indefensa.
— ¿Lo ve? Humano.
Sarah especuló irónica si Jamie sufría alguna enfermedad que le impedía estarse callado o si lo de ser un bocas era una simple opción personal.
El joven uniformado apretó las mandíbulas. LeBeau, era un LeBeau y sus jefes le habían ordenado que se mantuviera alerta por si se encontraba con un LeBeau acompañado de un chico y una chica franceses. No le concretaron más, sólo que mantuviese los ojos abiertos. Pero luego se enteró de que las instrucciones llegaban de las altísimas instancias: los hermanos Riedle. Era algo importante si los jefazos se interesaban por él. Aunque no sabía muy bien por qué, el tal LeBeau era un tirillas con cara de nena. Era un capuyo y probablemente maricón, pero nada más.
Entonces advirtió que llevaba un reloj.
— Quítese el reloj.
— ¿Perdone?
— Quítese el reloj – repitió el teniente, esbozando una sonrisa triunfal.
El tiempo se había detenido. Sólo se escuchaba el ruido de fricción producido por Joshua al limpiar los vasos.
— He dicho que te quites el reloj.
Jamie se encogió de hombros, como diciendo "si quieres llegar a esto…" y comenzó a soltar la correa.
Daniel cerró los ojos e intentó elegir entre todas las oraciones conocidas.
Jamie terminó la tarea, cogió el reloj de un extremo y, tras balancearlo unos segundos frente al rostro del teniente, lo dejó encima de la mesa.
El joven uniformado apretó aún más los dientes. Estaba a punto de detenerlo, fuese muti o no. Pero era alumno de ese apestoso Internado Xavier y si resultaba que no era mutante (y eso parecía, pues su detector no pitaba), los de allí moverían varios hilos y se encargarían de trasladarlo a dirigir el tráfico.
Abatido, pasó el aparato arriba y abajo una vez más.
Un silencio taoísta, de esos que no te los crees cuando te los cuentan.
El teniente guardó su detector y se alejó sin despedirse siquiera. Sarah le dio un pisotón a Jamie antes de que éste soltase alguna burrada.
Antes de salir, el teniente inspeccionó el arco metálico detector de mutantes (utilizando la sofisticada técnica de pegarle pataditas). Descubrir que funcionaba (gracias a la infalible prueba proporcionada por una pantalla encendida con letras brillantes y los botones parpadeando) no ayudó a levantar su moral.
Se acercó a la barra. Joshua seguía frotando los vasos como un poseso.
— Llamaré a los de Sanidad para que realicen una inspección.
Joshua palideció tanto como si le hubieran dicho "oye¿eso que sobresale por tu espalda es una cola prensil?". Hecha la mala acción del día, el joven uniformado se marchó definitivamente.
— Por poco – comentó Daniel.
— ¿Cómo-has-conseguido-hacer-eso? – preguntó Sarah, al tiempo que recogía el reloj de encima de la mesa.
— ¿El qué? – Jamie estaba demasiado ocupado observando el grupo armado y su teniente.
— Conseguir que los detectores no se pusieran en alerta cuando te quitaste el reloj inhibidor. –Hizo una pausa, asombrada-. ¿Eres humano y no nos lo has dicho?
— ¡Por supuesto que no, no sea ridícula! – Sin apartar los ojos de la cristalera, elevó su pierna y señaló el tobillo.
Fuera, uno de los soldados señaló con la cabeza hacia Harry's, pero su superior hizo un gesto negativo.
Sarah se agachó hacia el pie de Jamie. Al principio no vio nada raro, luego le bajó el calcetín. Una banda metálica le rodeaba el tobillo.
— Tienes un segundo inhibidor.
— Una muy buena idea – dijo Aisha, quien había vuelto a su libro.
— En Francia las cacerías son mucho más comunes –explicó Jamie-. Quien no tiene un segundo inhibidor, muere.
— No conocía este modelo – susurró Sarah, acariciando el liso metal con un dedo.
— Se inventó en unos laboratorios secretos de la República Checa. Me traje varios, os los prestaré. Me parece que, a partir de ahora, las cacerías van a aumentar por aquí también.
Los chicos miraron a los cazadores. Uno de ellos abrió la furgona escoltado por otro de sus compañeros. Utilizó un dedo para contar algo del interior y luego pareció decirle alguna cosa a su teniente. Éste volvió a disentir. Cerraron las puertas y el joven uniformado se metió en uno de los coches escolta.
Antes de partir, una mano se aferró a los barrotes de la ventana trasera de la furgona. Era verde hoja y una capa de sangre endurecida cubría sus uñas.
Los cazadores habían cogido sus presas y ahora se disponían a llevarlas al matadero.
— Esta noche, a la misma hora – dijo Jamie.
Ni siquiera Danny objetó.
