Nota previa: Bueno, un capítulo más. Primero, quisiera dar mi más sentida enhorabuena a todos los que habéis llegado hasta aquí, pasando por el primer capítulo. Hasta yo admito que el capítulo 1 es un poco… ¿denso? ¿confuso? ¿más lioso que la trama de "Perdidos"? Y segundo, lamento haberme retrasado con este cuarto capítulo, pero he sufrido migrañas estos últimos días (los que las hayan padecido alguna vez ya saben lo que significa). Este capítulo también es un poco más corto que los anteriores, cosa que tal vez agradezcan algunos :-b
Lo que siempre me ha preocupado de este fic es el hecho de que yo conozco los dieciocho años que lo preceden, tanto lo que le ocurrió a la Patrulla-X original como a sus hijos en la infancia. Pero quienes leen esta historia lo ignoran, lo cual puede complicar la comprensión. Siempre ha sido mi deseo tratar de explicarlo todo dentro de la propia narración, pero he pensado hacer un pequeño glosario por si alguien siente curiosidad o le ayuda a clarificar las cosas. La historia, espero, puede leerse sin el glosario, pero su examen no perjudicará a nadie. Si no os interesa para nada, podéis saltároslo olímpicamente.
Anulador: Ingenio tecnológico, desarrollo de los "collares de Genosha", que, como su propio nombre indica, suprime el poder mutante. Existen diversos modelos, que van desde los anuladores personales (con eficacia sólo para el individuo que los porta, muy parecidos a los collares) hasta los gigantescos anuladores construidos para los guettos. Su tecnología se basa en la manipulación de campos magnéticos, lo cual es su mayor innovación, pero también mayor defecto, al probarse cancerígenos en las personas. De ahí que los anuladores gigantes fueran desmontados y sustituidos por anuladores personales.
Comandos Psíquicos: Sección de la PAM constituida por telépatas y telekinéticos, encargada de la captura de mutantes psíquicos, así como de la vigilancia del plano astral. También son conocidos como "sabuesos mentales".
Día de la Catástrofe: También conocido como "Jornada del Dolor" o "Día de las Lágrimas Infinitas". Dícese del día en el que los humanos no mutantes operaron simultáneamente en todo el globo para lograr el encierro de los mutantes aún fuera de los guettos, así como la destrucción de los grupos insurgentes (entre ellos la Patrulla-X) que hasta entonces se oponían a las políticas de los gobiernos internacionales. Se calcula que murieron alrededor del 25 por ciento de los mutantes del planeta. Al tiempo que esto sucedía, telépatas reunidos por Charles Xavier en la Antártida unieron su poder para trastocar la memoria de los humanos no mutantes, en un intento de borrar la identidad de los miembros de la Patrulla-X y lograr librarse de una muerte segura. Aunque la operación tuvo éxito, acabó con la vida del 80 por ciento de los psíquicos congregados (que a su vez constituían el 70-75 por ciento de los existentes en el mundo), entre ellos el propio fundador de la Patrulla Charles Xavier. Se trata de una jornada de luto, caracterizada por la tristeza, el recogimiento y el ayuno.
Inhibidor: Aparato tecnológico (normalmente en forma de reloj, pulsera o banda metálica) que sirve para contener los poderes mutantes. A diferencia de los anuladores, no los suprimen, sino que los mantienen a raya a nivel inconsciente, por lo que pueden cambiar las ondas electromagnéticas del mutante que las lleva y hacerle pasar por humano normal. El inhibidor no impide el uso de los poderes, sólo su utilización no voluntaria; por ejemplo: un telépata deja de poder leer la mente de las personas, si bien, concentrándose, llegaría a hacerlo (a un nivel muy bajo, sin embargo).
Policía Anti-Mutante (o PAM): Cuerpo de seguridad bajo el control directo del Ejército. Encargado de la detención, encarcelación, vigilancia y control de los mutantes; tanto de los que se hayan en los guettos o en los "campos de reclusión", como aquellos "rebeldes" que están fuera, bien por estar huidos, bien por no haber sido nunca inscritos en el Registro de Mutantes.
Riedle Enterprises: Multinacional tecnológica francesa propiedad de los hermanos Riedle, Frédéric y Christian. Conocida por tener la mayor parte de las patentes de artefactos para la detección y captura de mutantes. Lo irónico es que ambos hermanos son mutantes, en secreto. Los dos psíquicos.
Schultz, Kurt: Austriaco. Amigo de los Riedle, ejerce de guardaespaldas no oficiosos de Christian. Jean Grey-Summers mató a su padre, por lo cual busca venganza. El hecho de que su padre secuestrara a Jean (junto con su hijo Daniel) y la violara no la excusa, al parecer.
CAPÍTULO 4
'Corre, corre, corre'
En contra de la creencia popular, uno no recuerda toda su vida mientras huye, como si de un cinematográfico flash-back se tratase. No se tiene tiempo para esas tonterías mientras corres por tu vida. Lo único que se puede hacer es ordenar una y otra vez al cerebro que no deje de mover las piernas, que no deje de respirar, que no permita que el cansancio haga mella, que ni se le ocurra desmayarse del agotamiento. De vez en cuando, se puede pensar "gira a la izquierda" o "tuerce a la derecha"; pero la situación no suele dar para mucho más.
Y en el caso de Garazi, esprintando a toda velocidad, la situación se estaba deteriorando a pasos agigantados.
Por suerte, había sido rápida. No tardó ni un segundo en reconectar sus poderes cuando sonó la alarma. Con una celeridad mitad instinto, mitad experiencia, manipuló las partículas de su cuerpo para permitirle convertirse en sombra. En esa fluidez agradable en que consistía su don, se unió a las demás sombras reflejadas en la pared, esas pequeñas oscuridades y finas manchas que incluso un pasillo iluminado por fluorescentes posee, y nadó a través de ellas. Podía moverse a velocidad vertiginosa en la oscuridad, gracias a propiedades explicadas por la mecánica cuántica que a ella le daban dolor de cabeza, pero que le salvaron la vida, porque consiguió superar la puerta de seguridad a través del minúsculo resquicio hasta el marco, justo antes de que los guardias conectaran los anuladores del edificio.
Y entonces fue como si le dieran la vuelta a su piel. Como si metiesen todas y cada una de sus células en ácido sulfúrico. Como si hubiese sido absorbida por un agujero negro, sin posibilidad de retorno.
No hay nada peor para un mutante que la supresión forzosa de sus poderes.
Durante varios ¿segundos? ¿Minutos, tal vez? No fue capaz de realizar ningún movimiento coherente. Casi no podía respirar y su campo de visión estaba cegado por un campo de estrellitas blancas. Sabía que debía reanudar su marcha, pero no podía sacar fuerzas ni para parpadear.
Amortiguados por un remolino resollante dentro de sus oídos, pudo percibir pisadas tras ella. ¿Estaban lejos o cerca? No podía estar segura. Sólo podía sentir el terror atenazándola. Afortunadamente para ella, el miedo actuó como revulsivo para sus doloridos músculos.
Arrancó de nuevo; a más velocidad, si cabe.
'Corre, corre, corre'
Miró un momento por encima del hombro. Varios soldados la perseguían. Soldados muy altos; de largas zancadas.
Garazi no pudo frenar para coger la siguiente curva, estampándose contra la pared.
Continuó como si nada. Porque, por fin, a unos 60 metros, vislumbraba el patio interior donde se hallaba la alcantarilla de acceso. La única salida. En medio del patio.
Los soldados la acorralaban; pero no la disparaban.
Porque iban a neutralizarla en la habitación de enfrente.
El pequeño duendecillo mordaz aposentado en el fondo de su mente alabó su claridad de pensamiento. No tuvo tiempo ni de insultarse a sí misma. Llegó al patio interior justo entonces, sólo para ser recibida por un pelotón de soldados, rodilla en el suelo, apuntando a su cabeza.
— ¡Detente!
Garazi no lo hubiera hecho ni aunque hubiese podido.
Entonces ocurrió algo que sí concuerda con las películas: todo a su alrededor pasó a moverse a cámara lenta. Vio al único hombre de pie (el superior jerárquico, supuso) vocalizar una orden; observó a varios soldados mover sus dedos en el gatillo (algunos de ellos, ¿o eran imaginaciones suyas?, llevaban enseñas francesas); percibió las armas neutralizadoras en el techo virar hacia ella.
Fue testigo de cómo una aparición saltaba desde la alcantarilla.
El ritmo volvió a acelerarse y mientras los soldados se decidían entre disparar y quedarse boquiabiertos, el desconocido se lanzó en dirección a Garazi. Cuando logró alcanzarla y cogerle del brazo, Garazi reconoció a Aisha; desfigurada y desdibujada en su uniforme y pasamontañas. La hija de Tormenta no se quedó para las presentaciones: tiró de la adolescente rubia con una fuerza ciclópea, dirigiéndola al agujero en el suelo.
Los guardias salieron de su marasmo y dispararon a la vez.
Mientras Garazi caía abertura abajo, vio varios de los haces acertar en Aisha. Luego sólo fue consciente de la ardiente punzada en su tobillo derecho, al aterrizar en mala postura.
Aisha tomó tierra a su lado.
— ¿Estás bien? – preguntó Aisha, dientes rechinando, ojos chispeando, al tiempo que la levantaba del suelo y pasaba su brazo por sus hombros para cargar con su peso.
— Sobreviviré. –Ruidos precipitados sobre su cabeza-. Creo.
Aisha asintió y huyó túnel adelante, llevando consigo a la renqueante Garazi, que en circunstancias normales no hubiera podido seguir su ritmo, pero ahora era capaz, gracias al subidón de adrenalina.
Ninguna de las dos miró hacia atrás.
— ¿Qué ha pasado? – se atrevió a preguntar Garazi, aunque sospechara que no era muy sensato, dadas las circunstancias.
— No lo sé. Todo iba… -Aisha cogió aire, sin necesitarlo realmente-. No sé lo que ha pasado. La alarma ha saltado de repente.
— ¿Sarah? – jadeó Garazi.
— Preparando el coche.
Había algo que no le estaba contando.
— ¿Los demás?
— He perdido comunicación con ellos.
— ¿Qué les ha—
— No lo sé.
Garazi pudo sentir su cuerpo tensarse.
— Pero te diré una cosa: tengo mis sospechas.
Los soldados chapoteaban tras ellas, pero parecía lo suficientemente lejos como para abrigar esperanzas.
— Jamie saldrá de esta – aseguró Garazi, obviando el dolor en sus pulmones, en su corazón, en su tobillo.
— Eso no me preocupa. –Aisha enseñó los dientes en una mueca salvaje-. Lo que me preocupa es ¿dónde demonios se ha metido ese chaval?
— Por última vez, no tengo ni idea.
Aurora esperaba que su tono destilara convicción incontestable.
— No te creo – contestó Jean.
— Si tan segura estás de que miento, escanea mi mente. O la de los demás.
— ¿Con vuestras barreras psíquicas? Sería más fácil aprehender humo con una mano. –Jean esbozó una mueca de fastidio-. A veces me pregunto por qué os adiestraríamos en la habilidad de bloquear ataques telepáticos.
— ¿Porque era necesario para defendernos de los "sabuesos mentales"?
Jean le dirigió una mirada larga y fría que Aurora no pudo ver en la oscuridad.
— ¿Sabes lo que es una pregunta retórica?
— Sí, la excusa de un entendimiento incompleto.
— ¿Quieres que te pegue?
— No.
Aurora escuchó a Jean sisear algo parecido, muy parecido, a una invectiva sobre su árbol genealógico. Decidió dejarlo estar. Si se enredaba en otras cosas, tal vez dejara de preguntarle por Jamie. Y después de muchos minutos recorriendo el campo anochecido soportando el interrogatorio de Jean, lo cierto es que Aurora necesitaba un respiro.
Y una linterna más grande. Sí, porque la que llevaban apenas iluminaba nada frente a ellas. Aurora intentaba abarcar la mayor cantidad de terreno posible, moviendo la luz de un lado a otro del camino, pero resultaba tan eficaz como barrer en un tornado.
La zarpada de Gato contra su mano derecha casi le provoca una apoplejía. El minino, indiferente a su estado de salud, lanzó un maullido lastimero.
— Tus quejidos melindrosos no me afectan lo más mínimo.
— Ten un poco de compasión. El pobre animal está enfermo.
— Sí, ya veo con cuánto amor lo llevas en brazos.
Jean mantenía a Gato a un prudencial codo de distancia.
— Es por si vomita.
Jean no vio la irónica mirada de Aurora, pero la sintió.
— Bueno… puede ponerse a vomitar.
— Esa cosa es el diablo; sólo vomitará cuando esté al alcance.
— ¿No le estamos atribuyendo más inteligencia de la debida? – preguntó Jean, aunque su propia respuesta era negativa.
— No. Ese bicho posee una mente extraordinariamente desarrollada. No sé de dónde lo sacó Jamie, pero apostaría por algún lugar cercano a la dimensión de Belasco. De ahí su aptitud para el mal y esa fidelidad extraordinaria para con su amo.
— Sí, ¿verdad? Lo sigue a cualquier parte y lo protege de todo y todos. A veces parece su madre.
El gato se revolvió furioso. Jean iba a hacer un comentario jocoso, pero entonces notó una sensación extraña en, lo que podríamos llamar, la parte posterior de su mente, donde se elevaba el muro contra el plano astral. Era como si alguien se irguiera tras la puerta, pero se hubiera conformado con golpear la gatera, a modo de aviso. Luego, se esfumó.
— ¿Ocurre algo? – preguntó Aurora preocupada.
— No estoy segura…-Jean intentó realizar el equivalente telepático de pegar la oreja a la pared para intentar oír alguna cosa-. Ahora no percibo nada.
— ¿Y antes?
— Una… una disrupción en el plano psiónico. Una batida de los "sabuesos mentales", lo más probable. Muy cercana.
— ¿Quieres que volvamos?
— No… -Intentó captar algo una vez más-. No. Ya ha pasado. Sería inútil tratar de monitorizar el plano, a estas alturas. Sólo conseguiría ponerme en peligro.
— ¿Estás segura?
— Sí. –Su tono era cualquier cosa menos firme -. Además, estamos más cerca del embarcadero que de la Mansión.
En efecto, a los pocos pasos, Aurora iluminó una bifurcación.
— Iremos por la parte de atrás – decidió, viendo que Jean se había sumergido en un silencio contemplativo.
El serpenteante sendero les condujo a la pequeña escollera de madera. A partir de ahí, acompañadas por el suave rumor del agua, avanzaron hacia su izquierda, hasta toparse con unas toscas escaleras cinceladas en la roca. Al final de la subida, llegaron a una elegante puerta blanca, de preciosistas adornos forjados, en la parte trasera de una cuidada cabaña de dos pisos.
— Está dormido – comentó Aurora, fijándose en las luces apagadas del interior.
— ¿Por qué entramos por la cocina?
— Para evitarnos problemas. Sé dónde se encuentra la llave y por aquí me aseguro de que no me tropezaré con un experimento de papá al primer paso. –Antes de que Jean preguntará, se explicó: La cocina es "territorio libre de experimentaciones". Órdenes de mamá. Y ya sabes cómo se pone si la contradicen.
Jean asintió, comprensiva. Todo el mundo conocía los famosos arrebatos de Cecilia Reyes. Gambito incluso tenía una foto.
Aurora le pasó la linterna a Jean, pidiéndole que iluminara la pared. Saltó a la enredadera, trepó por ella hasta el primer alfeizar del segundo piso, cogió algo escondido allí y volvió a bajar. Una vez en el suelo, enseñó la llave en un gesto triunfal.
— ¿Dejáis la llave ahí arriba?
— Claro.
— ¿Y tu madre también sube para cogerla?
— Mi madre nunca olvida su llave.
Al entrar, Jean aspiró el conocido perfume de la casa. Siempre olería igual, fuera quien fuese su dueño. A Jean siempre le venía la palabra "hogar" cuando lo percibía.
— Voy a despertar a papá. ¿Tú te quedas aquí?
Jean asintió en silencio, indiferente a si la chica la veía. Al parecer lo hizo, pues salió de la estancia para subir las escaleras.
Jean Grey-Summers se quedó a solas, en una cocina que una vez fue suya. En una casa que una vez fue suya. En una vida que una vez fue suya.
Hank y Cecilia no había cambiado demasiadas cosas. El frigorífico, claro, cuando se hizo viejo; la distribución del fregadero, ahora frente a la ventana; las mesas y sillas; y los azulejos. Salvo en una parte de la pared cercana al marco de la puerta, donde habían respetado la pintura original. Jean se acercó al lugar, pulsó el interruptor de la luz y examinó las marcas dibujadas. Eran medidas; las diferentes envergaduras de sus hijos a lo largo del tiempo. Las había hecho Scott. Una pequeña línea horizontal y, junto a ella, el nombre y la edad. Jean acarició la precisa letra de su marido. Las mediciones terminaban a los seis años de Sarah y cuatro y medio de Daniel. Nadie las había retomado. Aquello era trabajo de Scott.
Y Scott estaba muerto.
Tras la puerta unos suaves sonidos adquirieron intensidad hasta convertirse en la voz de Henry McCoy, enronquecida por el pronto despertar.
— …qué es eso de un "gato enfermo"? –iba diciendo-. ¿No eres un poco mayor para cuentos de bruja, Aurora?
Apareció en el umbral, tambaleante, con la bata a medio vestir y el cabello ensortijado (y eso, en el caso de Hank, era mucho pelo). Aurora lo tiraba de un brazo. El natural. Jean apartó los ojos del otro brazo: el mecánico; con su textura metalizada, sus pistones ruidosos y ese desagradable contraste que producía al unirse a la musculatura del pectoral.
— Oh, hola Jeannie. ¿Qué haces tú por aquí?
Jean le puso a Gato frente a su cara.
— La mascota de Jamie ha enfermado. Si por mí fuera, lo dejaría agonizar por las esquinas, pero se trata de un animal muy querido para nuestro adorable muchacho y no querría que su muerte pudiera afectarle.
— Porque luego quién aguanta al hijo de Pícara, ¿verdad?
— Muy sagaz, viejo amigo.
— Bueno, pues tendremos que evitarlo, ¿no crees?
Pusieron al felino boca arriba sobre la fría encimera de mármol (lo cual, no le gustó) y Hank comenzó a inspeccionarlo (después de que su hija le entregara las gafas que se le habían olvidado en la habitación).
— ¿Sabes, Aurora? Tu madre sería mucho más adecuada para una labor semejante. Aun con mis conocimientos de anatomía, la cirujana es ella; su análisis sería mucho más preciso.
— Lo harás bien, papá. Confío plenamente en ti.
Hank esbozó una infantil sonrisita de satisfacción.
— ¿Tenemos algún diagnóstico previo?
— Por sus molestias estomacales, numerosas flatulencias y todas las galletas que se ha zampado, yo votaría por un desarreglo gastrointestinal, vulgo, empacho – proveyó Aurora.
Hank asintió, apretando los lados de la panza de Gato con sus grandes pulgares. El animal maulló de dolor.
— Muy bien –dijo al fin, colocando al gato sobre sus patas-. Lo más probable es que mi despierta hija aquí enfrente haya acertado. Pero, para curarnos en salud, mejor asegurarnos. Aurora, tráeme los guantes de látex del botiquín. No, mejor dicho, tráeme el botiquín.
— ¿Qué vas a hacer? – quiso saber Jean.
— Un examen proctológico.
Gato levantó la cabeza de repente, con las orejas apuntando al techo, y una expresión de profundo terror.
Sarah llevaba un tiempo sola, en el asiento del conductor, sin saber qué hacer.
Aisha le había ordenado que preparase el coche, entendiendo como tal que lo pusiese en marcha. Y no hiciese nada más.
No se trataba de que Sarah no supiese conducir (en teoría, sabía), sino de que el coche era el punto de reunión. Si Sarah conducía hasta la alcantarilla de entrada usada por ellas para acceder al edificio, los chicos quedarían desamparados.
Pero Aisha y Garazi iban a tener que correr un buen trecho a través del subsuelo y, una vez en la superficie, el automóvil no quedaba precisamente cerca. Además, sentía a los "sabuesos mentales" próximos, husmeando en la toda la extensión del plano astral, buscando mutantes; buscándoles a ellos. Sarah no se atrevía a contactar con sus amigos, intimidada por la posibilidad de ser acorralada por los Comandos Psíquicos. Sólo podía intentar escudar sus ondas mentales y tratar de despistarlos, lanzando llamadas sin destino a través del plano. No obstante, era una táctica arriesgada de la que no podía abusar, a riesgo de delatar su propia localización.
Los segundos iban corriendo, convirtiéndose en minutos, y allí no llegaba nadie.
'¿Quéhagoquéhagoquéhagoquéhago?'
No existía una respuesta correcta. En la vida, rara vez hay alguna.
Si las atrapaban por quedarse allí… Pero si detenían a su hermano por marcharse… ¿Y dónde estaba su hermano? Los chicos deberían haber llegado ya; su camino era mucho más fácil. ¿Significaría eso que no podían avanzar?
Sarah no estaba hecha soportar tanta incertidumbre, era totalmente ajena a su naturaleza. Decidió buscar a las chicas. Así al menos se acercaría al Cuartel General. Y lo más probable era que los chicos la vieran por el camino.
Eso deseaba ella.
Ya estaba decidido. Una vez convencida, Sarah no dudaría más. Reguló el asiento a su estatura (si bien apenas lo movió, pues casi medía lo mismo que Aisha), se puso el cinturón de seguridad, ajustó los retrovisores y al ir a darle al contacto se dio cuenta de que el coche tenía cambio de marchas manual. Mierda de tecnología alemana. Bueno, daba igual, conduciría de todas formas. Al fin y al cabo, había visto a Aisha manejar el coche. Y era psíquica, ¿no? Parte de su poder consistía en poseer una memoria fotográfica.
Lo primero que hizo fue estrellar el parachoques delantero contra la pared cuando por equivocación metió primera. Luego se le caló tres veces el motor. Y cuando por fin le pilló el truco al asunto y pudo sacar el coche del callejón marcha atrás, giró demasiado rápido y rompió el retrovisor derecho con la esquina de la pared. Sin olvidar la raspadura por toda la puerta.
Pero lo importante era que se dirigía a salvar a las chicas. Ese sería el argumento cuando Aisha descubriera los desperfectos.
Mientras se acercaba a su destino, Sarah se fue preparando para lo peor. No en el sentido emocional, esperando la muerte o desaparición de nadie, sino en el sentido profesional, imaginando vías eficaces de usar sus poderes y lograr salir vivos de la situación. Al tomar la última curva (haciendo chirriar las ruedas), había decidido servirse de la telekinesia, por poco que la controlase. Sin embargo, no fueron necesarias medidas tan drásticas: justo frente a ella, Aisha y Garazi venían corriendo; más concretamente, Aisha avanzaba cargando a Garazi sobre la parte derecha de su cuerpo mientras ésta cojeaba, agarrada a su cintura.
Aisha ni siquiera tuvo un momento de duda al ver el coche, inmediatamente le dijo a Garazi algo al oído. La chica rubia asintió. Con una palidez extrema y los ojos vidriosos, se soltó de quien hasta entonces era su punto de apoyo, aspiró varias bocanadas de aire y entonces ocurrió algo de lo que Sarah había sido testigo pocas veces: su cuerpo se fue oscureciendo y volviéndose translúcido hasta perder sustancia, hasta no ser más que una sombra. El espectro se disolvió hacia el suelo y varios segundos después, Garazi se materializó dentro del coche. Mascullando mitad en francés, mitad en una lengua desconocida. Se agarraba uno de los tobillos con evidente gesto de dolor.
— ¡Quítate del asiento del conductor! – le gritó Aisha justo antes de llegar a su altura.
Sarah no discutió, alucinada por el tono autoritario de su voz, y se corrió hacia el asiento contiguo. Como casi se ahoga con el cinturón de seguridad, lo soltó y volvió a intentar la maniobra.
Aisha entró hecha un vendaval. Cambió la marcha, pisó el acelerador a fondo y se lanzó marcha atrás. Pasó varias bifurcaciones hasta encontrar la adecuada. Entonces, pegó un volantazo y puso el auto derecho.
— ¿A dónde vamos? – se atrevió a preguntar Sarah, intentando no mirar por la ventana y alucinar con la velocidad.
Aisha no le contestó. Mantenía sus manos firmemente sujetas al volante y su vista al frente, aunque de vez en cuando estiraba el cuello para observar hacia arriba, a los techos de los edificios.
Sarah advirtió que se estaban acercando al Cuartel General desde otro sector, si bien de forma algo tangencial.
— Estás buscando la ruta de escape de los chicos – asumió.
Aisha siguió sin contestarle, absorta en sus propias acciones, hasta que de repente esbozó una fugaz sonrisa de alivio, que duró tan poco como lo que tardó en pulsar el botón que abría el techo solar, bajar la ventanilla y sacar la cabeza por ella; todo esto mientras conducía.
— ¡Jamie, por aquí! – gritó a pleno pulmón.
Sarah sintió la súbita opresión dentro de su cabeza producida por la atención de los "sabuesos mentales" e intentó bloquearlos lo mejor que pudo.
— Están cerca de localizarnos – informó, con los dientes apretados.
El coche deceleró para acercarse a uno de los edificios. A los pocos segundos, un torrente de agua entró por el techo solar; dio un pequeño salto, como si se convirtiera en plastilina, mientras adquiría forma humanoide y, por fin, se transfiguró en Luc. Antes de que pudiera decir "hola", se escuchó un pesado golpe en el techo.
— Hola – saludó Jamie, metiendo la cabeza por la abertura. A continuación, se dejó caer al interior del automóvil. De hecho, aterrizó encima de Luc.
Ambos se precipitaron hacia delante, chocando contra los asientos, cuando el coche volvió a acelerar.
— No, no, un momento. Aisha, ¡para! –pidió Sarah, gesticulando con las manos-. Falta Danny. No ha subido. Tienes que… tienes que volver.
Aisha miró por el retrovisor hacia Jamie.
— ¡Tienes que dar la vuelta! – chillaba Sarah.
Jamie asintió. Hubiera preferido arrancarse los pulmones antes que dar esa noticia, pero no era él quien elegía. Sarah no paraba de manotear. Él le cogió una muñeca, con suave firmeza, intentando comunicar calma en aquel contacto.
Ella lo miró; sus ojos verdes reflejaban una desoladora consternación.
— ¿Dónde está Danny? – le preguntó. A él. Sólo a él.
Jamie notó su garganta ocluirse.
— ¡¿Dónde está mi hermano?!
— Sarah…
Ella trató de levantarse, de subir al techo. Jamie la interceptó, aprisionándola con fuerza entre sus brazos.
— ¡Déjame!
— Sarah, no.
— Mi hermano… - balbuceó ella, la realidad abriéndose paso a través de sus lágrimas.
— Daniel no va a venir. –Jamie hablaba muy despacio, en ese tono propio de las enfermeras-. Sarah, lo han capturado. –Hizo una pausa, como si él mismo necesitara asumirlo, y volvió a repetirlo: La Policía Anti-Mutante tiene a tu hermano.
