Nota: Siento muchísimo la tardanza. He tenido que hacer una reestructuración de capítulos (odio tener que reestructurar capítulos) y he estado escribiendo otra cosa, y se me ha ido el santo al cielo. Lo sé, no tengo perdón. Sobre todo porque este capítulo en principio iba a ser bastante corto, y mira. Después de leerlo igual alguien quiere matarme. Lo comprenderé :-) Pero paciencia, sólo quedan dos capítulos, tres a lo sumo.
Quisiera aprovechar este capitulo para dar las gracias a Lindo Usagi (a ver cuando encuentro tiempo para leer tranquilamente "Adiós"), por ser la primera persona que me dio ánimos.
En cuanto a los reviews, normalmente no los pido tan abiertamente, pero tengo la duda de si Jamie me ha salido complejo o sólo contradictorio, y me ayudaría saber la opinión de la gente. Pero sin presión, ¿vale?
CAPÍTULO 5
En cierto modo, una discusión es como un alud.
Puede empezar con un pequeño guijarro desprendiéndose de la superficie pétrea.
— Ese idiota debió obedecerme – masculló Jamie, hablando sin duda para sí.
Es curioso como una cosa tan pequeña puede causar un cataclismo.
Sarah, que hasta entonces se había mantenido medio ausente, mirando por la ventana sin dejar de hipar, se dio la vuelta para clavar una mirada en Jamie que hubiera hecho pedir perdón al mismísimo Doctor Muerte.
— ¿Obedecerte? Estabas ahí para impedírselo.
El guijarro suelta más piedras para que lo acompañen.
— Habías entrado en el Cuartel General, ¿verdad? – dedujo Aisha, escrutándolo a través del retrovisor.
— ¡¿Qué?! – chilló Sarah, incapaz de reprimirse.
— No podía quedarme allí, con los archivos secretos tan cercanos.
— Lo sabía – siseó Aisha.
— ¿Cómo que no podías quedarte? Tenías que quedarte. –Sarah aspiró aire, de la impresión-. ¿Han capturado a mi hermano porque querías espiar unos papeles? ¿Lo han cogido por tu culpa?
— ¡Ey! Yo le dije que no entrara. Éste tentetieso de aquí es el que no le ha impedido colarse – dijo Jamie, señalando a Luc.
El grupo de pedruscos consiguen, en un momento dado, arrastrar nieve y tierra con ellos.
— Ni se te ocurra echarle la culpa a Luc, so idiota – intervino Garazi, apretando los dientes para aguantarse el dolor pulsante de su tobillo derecho.
— ¡Estaba allí! – alegó Jamie.
— No podía pararlo –explicó Luc, encogiéndose de hombros-, es el hijo del sagrado Cíclope.
— Es un maldito crío.
— ¡Gracias por darte cuenta! – gritó Sarah.
Las piedras, la nieve y la tierra forman una masa que baja por inercia propia y se anexiona más tierra, nieve y piedras.
— Oye, yo no tengo la culpa de que tu hermano sea imbécil y haya cometido una locura para intentar demostrarme algo.
— ¡Pero cómo puedes tener tanta cara! – acusó Sarah.
— No puedes culpar a nadie por hacer lo que tú haces todos los días – razonó Aisha, que intentaba dividir su atención entre la conversación y la carretera frente a ella.
— Yo sé lo que hago.
— Ya lo vemos, primo, ya lo vemos.
La amalgama de elementos se lleva árboles, animales e incluso casas por delante, en una caída libre hacia el vacío.
— Me iba muy bien solo, ¿sabéis? Me las arreglaba de perlas sin ninguno de vosotros y sin ese niñato de Danny Boy.
— ¿Y entonces por qué viniste? – preguntó Sarah, resentida.
— Tal vez porque tu madre me obligó.
— ¿No te cansas de utilizarla como excusa?
— Sólo digo la verdad.
— Te sacó de un sanatorio mental. Te curó y te trajo a casa para que pudieras tener una vida normal. Con nosotros. Con tu familia.
— Yo no tengo una vida normal. ¡Yo no tengo familia!
— ¿Y te vengas destruyendo la mía?
— ¡No ha sido mi culpa! ¡No lo he hecho queriendo!
— ¡Pero no te apena, ¿verdad?! –Los ojos de Sarah volvieron a llenarse de lágrimas de dolor-. Seguro que piensas en lo bien que te ha venido esto.
— ¡Sólo pienso que ojalá no hubiésemos traído con nosotros a ese crío!
— ¡Ojalá te hubieses quedado en el puto guetto de París!
Y al final, la avalancha termina en seco, con un atroz estruendo, para dejar el mundo en silencio, tal y como empezó todo, como si nada hubiese sucedido. Pero lo ha hecho.
Jamie disimuló su expresión de aflicción muy rápido, pero no lo suficiente para no ser vista por Sarah.
— No quise decir…
Jamie se encogió de hombros, haciéndose el insensible, y se apartó hasta la otra esquina del coche, provocando que Luc tuviera que replegar las piernas y deslizarse al lado contrario.
— Es que… Yo… -balbuceó Sarah, intentando hallar no tanto una justificación como una simple explicación-. Sólo de pensar que… que mi hermano terminará en un guetto.
— Lo más probable es que lo manden a un Campo de Reclusión –indicó Jamie, áspero-. Eso si no lo condenan a muerte.
— ¡Es sólo un niño!
Jamie bloqueó de su mente la imagen de decenas de chavales, menores incluso que Daniel, ahorcados en las calles del guetto "para dar ejemplo".
— Ha entrado en el Cuartel General de la PAM –explicó, con voz ronca-. Ni siquiera debería saber de su localización. Lo interrogarán para averiguar cuánto sabe.
— Eso nos da tiempo, ¿verdad? – intervino Aisha.
Jamie se encogió de hombros, volviendo a reclinarse en su esquina del coche.
— ¿Cuánto tiempo? – presionó Aisha.
— Depende.
Luego se hizo de nuevo el silencio, consciente, palpitante, como una pantera a punto de abalanzarse sobre la caza.
— Depende… ¿de qué? – logró preguntar Sarah. Le dolía el corazón y sentía el cerebro como puré de patata de tanto concentrarse para evadir a los "sabuesos mentales".
Jamie no quería contestar a las preguntas. Así que, sorprendentemente, Luc lo ayudó:
— Según el tipo de interrogatorio, ¿no es así? – intervino, mirando a su amigo en un gesto tanto de apoyo como de verificación.
— Muy bien –concedió Aisha, muy comprensiva y muy paciente-. ¿Y qué tipo de interrogatorio le podrían practicar a Daniel?
— Empezarán con el normal. Preguntas, gritos… amenazas… -Luc se dio cuenta de que Sarah lo miraba, espantada-. Golpes…
— No – saltó Jamie-. Empezarán directamente con un psi-escaneo.
— ¿Por qué? –quiso saber Aisha-. ¿No intentarán averiguar la verdad con métodos más fáciles, antes de eso?
— En casos normales sí, pero creo que llevaban artillería pesada con ellos.
— ¿A qué te refieres?
— He visto soldados franceses en el edificio.
— ¡Sabía que no me los había imaginado! – exclamó Garazi.
— Por eso me iba a retirar, cuando la alarma sonó.
— A todo esto, ¿qué ha ocurrido? – preguntó Garazi, ansiosa por saber la razón de su tobillo dañado.
— Ni la más remota idea, chére. Yo avanzaba por el pasillo cuando he visto a varios guardias. He reconocido sus uniformes y he decidido marcharme, intuyendo problemas. Entonces ha saltado la alarma. Yo sé que yo no he sido, pero no sé nada más, salvo que han capturado a Daniel, porque los soldados han recibido la información por radio. –Jamie suspiró, acongojado, antes de proseguir-. Pero creo que debéis saber que, si no me equivoco, los franceses eran parte de la guardia personal de los Riedle.
— ¿Los Riedle? –inquirió Aisha en un inusual tono agudo-. ¿Los todopoderosos hermanos Riedle? ¿Los de "Riedle Enterprises"? ¿Los que crean todos esos aparatos para detectar, controlar y eliminar mutantes?
— ¡Oh, Dios mío! –gritó Garazi de repente, apoyándose en un codo-. ¿Y tú cómo estás? –Aisha le dirigió una mirada interrogadora a través del retrovisor-. Te dispararon en el Cuartel. ¡Te dieron varias veces!
— No es verdad. Lo imaginaste.
Luc se inclinó hacia delante. Tras observarla detenidamente, frunció el ceño y llevó la mano al chaleco de Aisha.
— Hay marcas de disparos. – Para remarcar sus palabras metió dos dedos en un agujero en la tela.
— Estaban de antes –adujo Aisha apretando los dientes-. Nadie me dio. ¿Cómo iba a estar aquí si me hubieran acertado? Debió de ser un reflejo de la luz, el ángulo… cualquier cosa.
Jamie podía ver, a través de la rendija entre su lado de la puerta y el asiento delantero, el brazalete de Aisha. Tenía dos hebillas sueltas, en vez de la única de siempre.
— Dejad a mi prima en paz, ella no es importante – medió.
— Cierto –asintió ella, casi agradecida-. Debemos preocuparnos por Daniel. Ahora sabemos que no sólo está en manos de la Policía Anti-Mutante, sino que probablemente se enfrente, si no a los propios Riedle, sí a su guardia, con la fama que tiene—
— ¡Oh, se acabó! – gritó Sarah, llevándose la mano a uno de los bolsillos y sacando un móvil.
— ¿Qué haces? – preguntó Aisha.
— ¿Tú qué crees? Llamar a casa.
Aisha pegó un volantazo al abalanzarse hacia Sarah para quitarle el móvil.
— De eso nada.
— ¡Tenemos que avisarles! Aisha, ¡han detenido a mi hermano!
— Lo sé y se lo diremos. Pero no ahora. No aquí.
— Tiene razón –apoyó Jamie-. Estamos huyendo, en tierra de nadie. Tenemos que esperar hasta encontrarnos entre los seguros muros de la Mansión. ¿No querrás guiar a la PAM hasta casa?
— Por ahora los hemos despistado –tranquilizó Aisha, viendo a Sarah temblar-, pero mejor no correr riesgos. Además, todavía tenemos tiempo. Daniel ha sido preparado por la telépata más poderosa de la tierra, mejorando lo presente. Podrá aguantar un psi-escaneo, incluso de un "sabueso mental" de primer orden.
— ¡Pero es tan impresionable! – suspiró Sarah.
— Tendrá miedo, eso seguro, pero podrá soportar el interrogatorio. Es un deportista, así que aguanta bien el dolor y si un ataque telepático es lo peor que podemos esperar, tendremos tiempo suficiente para avisar a todos, preparar un plan de rescate y sacarlo de allí.
— Dios mío, mi madre nunca me lo perdonará. Yo no puedo perdonármelo. ¿Cómo se lo voy a decir?
— Yo se lo diré – se ofreció Jamie; su rostro era un mar en calma y sus ojos, un ancla emocional.
La visión de Sarah se volvió borrosa a causa de las lágrimas y, por un momento, no vio al Jamie adolescente, sino al Jamie niño, con su mirada dulce y su sonrisa abierta; el chico dispuesto a curar las heridas del mundo. No el muchacho amargado, ansioso de venganza.
— Jamie, no tienes que hacerlo, es mi hermano—
— Estás deshecha. No necesitas más peso sobre tu conciencia. Si además te encargas de comunicárselo a tu madre… te destrozará. Yo se lo diré. Yo… La gente se espera lo peor de mí así que… No me dolerá tanto.
Pero en el fondo sabía, en lo más hondo de su corazón, que había muy pocas cosas que le producirían mayor sufrimiento.
Gato avanzaba con la cabeza erguida y la espalda arqueada hacia adentro, enseñando pecho. Como si no hubiera sufrido una humillación apabullante hacía varios minutos.
Jean y Aurora lo seguían en la oscuridad, intentando no hacer movimientos bruscos y reabrir las heridas.
— No puedo creer la fiereza con la que se ha defendido – comentó Jean. Contó una vez más las tiritas en sus antebrazos. Sí, sumaban quince.
— Bueno, ¿qué harías tú si alguien quisiera introducirte un dedo en el—
— Por favor, no me lo recuerdes. Creo que tendré pesadillas durante un mes.
— Pues imagínate Gato.
El pobre animal llevaba unos andares de lo más peculiares.
— Ya verás cuando Jamie se entere de lo que le hemos hecho – dijo Aurora, fastidiada al pensar en cómo complicaba las cosas el muchacho.
— Hablando del rey de Roma… ¿Vas a decirme por fin dónde está?
Aurora había sido testigo de sucesos muy desagradables durante aquella noche, así que decidió dejarse de chorradas y plantarle cara a su tía.
— ¿Puede saberse por qué piensas que yo sé dónde está? Y aunque lo supiera, ¿qué más da? Fuiste tú quien le dio permiso para salir.
— Creo que sabes dónde está porque sospecho tu participación en un complot más grande que incluye a mis propios hijos. –Jean le iluminó la cara con la linterna y la chica apartó la mirada, disimulando su sorpresa-. Y sí, le di permiso para salir. Para salir, no para meterse en líos.
— Es Jamie, ¿acaso no es lo mismo para él?
Jean pareció molestarse.
— Me hizo una promesa antes de venir aquí.
— Vamos a ver… ¿puede saberse, si no es mucho preguntar, por qué el señorito tiene privilegios especiales como poder salir de marcha por las noches sin castigo preceptivo?
— Lo creas o no, es parte de un ambicioso plan para reformarlo.
— Conociéndote, te creo, pero no lo veo yo muy eficaz.
— Jamie está acostumbrado a la violencia como diversión. Solo, en compañía de su abuela, eso era muy fácil de conseguir. Me temo que aquí no encontrará nada de eso. Estados Unidos le resultará una tierra muy aburrida. –Jean esbozó una sonrisa amarga-. Nuestro bajo perfil en este país ha logrado una relajación de la PAM. Si Jamie quiere acción, tendrá que provocarla, y no lo hará. –Se quedó pensativa un par de segundos-. Eso espero.
Aurora tragó saliva, sintiendo la culpabilidad subir por su garganta.
— Pe-pero… aquí también hay disturbios y… y cacerías.
— Por favor, no compares esto con el guetto de París. O con la propia ciudad cuando fue liberado.
— Entonces… ¿por qué tantas ganas de saber a dónde va?
— Nueva York puede ser pacífico, no inocuo. Jamie desconoce el equilibrio de poderes por aquí; con quién puede meterse y con quién no. Ya no tiene a su abuela y su grupo terrorista para apoyarle. Está solo y eso puede conducirle a situaciones muy peligrosas.
— Y me atosigas a mí porque…
— Sospecho que Jamie está intentando recabar información para ayudar a los mutantes de forma más "activa" de lo que hacemos nosotros y que vosotros, tan víctimas de la utopía juvenil como él, le estáis cubriendo las espaldas.
Aurora fue presa de sentimientos encontrados: por una parte, alivio, porque Jean no sospechaba la magnitud de sus acciones; pero por otra parte, angustia, por haber roto su confianza.
— Yo ni confirmo ni desmiento nada – dijo al fin, tratando de dar ligereza a su tono de voz.
— Como quieras. En cuanto descubra el pastel vas a estar tan castigada como todos los demás…
Aurora sospechaba que, en cuanto supiera la verdad, iba a estar más bien tan muerta como los demás.
— ¿Qué demonios? – exclamó de pronto Jean e iluminó su propia manga.
Aurora pudo ver a contraluz, un largo hilo colgando.
— El gato lo ha rasgado – lamentó. Y lo hizo en serio, como si se hubiera roto un objeto muy valioso.
— Bueno, pues cóselo. Aunque también podrías aprovecharlo para comprarte una bata nueva. Sin ánimo de ofender, tía Jean, pero la que llevas es vieja, está llena de bolitas y su color no te pega nada.
Jean soltó una suave risa.
— Lo sé.
— ¿Lo sabes?
— El rosa me queda horrible, con mi pelo y la tonalidad de mi piel.
— ¿Entonces por qué—
— Me la regaló Scott –reveló Jean. En su voz se notaba el viejo timbre alegre, aquel que sonaba hacía años-. Cuando llegué a la Escuela, me traje muchas cosas, pero no una bata, así que cuando el Profesor nos llamaba a horas intempestivas para informarnos de una misión o para castigarnos con un entrenamiento sorpresa, yo terminaba abrazándome a mí misma con los labios amoratados mientras nos daba las instrucciones. Scott fue el único en darse cuenta. –Aurora no pudo verlo, pero pudo notarle sonreír-. Fue el primer regalo que me hizo.
— Eso fue hace años.
— Ventajas de mis poderes telekinéticos. Puedo remodelar cualquier material. Aunque no sirve con las dichosas pelusas.
— ¿Pero por qué rosa? – quiso saber Aurora, aún perpleja.
Jean volvió a carcajearse.
— Él creía que era blanco. Por las gafas de cuarzo de rubí, ¿sabes? No se nota la diferencia entre el rosa y el blanco.
— ¿Y no se lo dijiste?
— Estaba tan azorado e ilusionado a la vez… No pude.
El silencio acompañó a la pareja mientras les inundaban los recuerdos de una época más feliz, que les parecía tan lejana en el tiempo como la última de las estrellas.
— Lo echo de menos – confesó Aurora, no muy segura de hacer lo correcto.
Jean no pudo más que asentir.
— ¿Alguna vez… alguna vez se supera? – La muchacha siempre se había sentido culpable por no haber perdido a ninguno de sus padres el Día de la Catástrofe.
— No. –Jean hizo una pausa para tragar saliva-. Pero se aprende a sobrellevarlo. –Vio a Aurora agachar la cabeza-. Oh, no te aflijas, Dawn. El tiempo lo cura todo y lamentarse sirve de bien poco. Además… hay otras cosas por las que vale vivir, como mis hijos. Sarah y Daniel son lo mejor que me ha pasado en la vida. Cualquier sacrificio, cualquier dolor, vale la pena por ellos.
Ya habían llegado al porche de la Mansión. Las luces exteriores iluminaban el rostro de Aurora, que parecía más joven de lo habitual, una niña casi.
— ¿Eso quiere decir que, si algo ocurriera, no nos castigarías?
— Oh no, vais directos al paredón. Cuanto más amor, mayor es el castigo.
Justo al pisar el recibidor fueron acogidas por lúgubres notas musicales tocadas al piano. Aurora McCoy no era una experta en clásicos, pero pudo reconocer el "Claro de luna" de Beethoven.
— Mira quién ha regresado al hogar, dulce hogar – murmuró Jean.
Aurora aprovechó para escabullirse antes de que nadie la detuviera.
Jean Grey-Summers, Directora del Internado Charles Xavier de Nueva York, se quedó unos momentos a solas, más ausente que meditabunda, mientras acumulaba suficiente fuerza de ánimo para ocultar la melancolía por el pasado y hacer frente a los dilemas del futuro.
Luego, suspiró y caminó hacia el Salón de lectura.
Al entrar se golpeó la espinilla con un objeto dispuesto de forma homicida y cayó al suelo.
Jamie no dejó de tocar. Gato, indiferente también, corrió para tumbarse en el regazo de su amo.
Tras varios segundos de quejidos y maldiciones, Jean utilizó su telekinesia para encender las luces de la pared cercanas al piano. Se levantó de nuevo, pero no se movió, escuchando la música. Le producía una congoja tremenda, casi insoportable, como si le hubieran comunicado todas las malas noticias de su vida a la vez.
La melodía era lúgubre, sí, pero no tanto como para hacerla sentir enferma. Jamie, con los ojos cerrados, estaba tocando con su corazón.
Jean escudó sus centros empáticos y se sentó a su lado.
Jamie seguía tecleando.
Parecía realmente agotado. No en el sentido usual, inclinado para aplacar las presuntas (ahora lo sabía) restricciones de la ebriedad, sino consumido hasta el alma.
— Te has dignado a volver. Antes de lo habitual, debo apuntar. —Él consiguió encogerse de hombros utilizando sólo uno-. Y me alegra que ya no intentes tomarme el pelo con esa pantomima de la borrachera.
Jamie abrió los ojos. Pero se mantuvo callado.
— Si no te importa, me gustaría que me devolvieses las botellitas robadas.
— ¿No vas a gritarme? – preguntó al fin.
— En cuanto sepa sobre qué. –Jean esbozó una sonrisa ladina-. Deberías estar orgulloso de tus dotes de persuasión; por mucho que la he presionado, Aurora no me ha revelado en lo que estáis metidos.
El muchacho hizo una mueca de pesar. Por un momento creyó que ella lo sabía todo y que le ahorraría el mal trago de la confesión. Ahora tendría que contarle eso y lo ocurrido con Danny.
— Ignoro a dónde vas y qué haces, pero estoy segura de que no sales a divertirte. No al menos en el sentido de música, drogas y sexo.
— ¿Preferirías que me drogara? – se sorprendió él.
— De eso te puedo salvar.
Jamie giró la cabeza hacia ella y en sus ojos se reveló un dolor más allá de toda comprensión.
— No necesito que hagas esto.
— ¿El qué?
— Cuidarme. –Dijo la palabra al borde del desprecio-. No soy un niño. He estado en un guetto. He visto cosas que ni imaginarías.
— Soy telépata, mi imaginación abarca mucho más que la del resto. Y no te pongas chulito conmigo, tú tampoco sabes de lo que he yo he sido testigo. –Jean contuvo su temperamento antes de que aquello se le fuera de las manos-. No importa quiénes seamos o a qué nos hayamos enfrentado, todos necesitamos ser cuidados de vez en cuando. Incluso Logan.
Jamie volvió a fijar su atención en las teclas del piano.
— Ahora dime la verdad. –Jean elevó su mano para acariciarlo, pero él apartó la cara-. Cuéntame qué ha pasado esta noche.
Si hubo un momento de la humanidad perfecto para confesarse, fue ése.
Aurora se encontró con los demás frente a la habitación de Jamie.
Sentía un alivio extático por poder librarse de Jean o, al menos, encontrar compañeros de fatigas. El rostro de sus amigos, sin embargo, la estampó contra la realidad.
— ¿Qué ha ocurrido? – preguntó con un hilo de voz.
Aisha sólo le dirigió una mirada desalentadora mientras intentaba consolar a una inconsolable Sarah, que lloraba sobre su hombro.
Garazi se mantenía apoyada contra la pared, su cara un sudario mortecino, mientras trataba de no pisar con su pie derecho.
Luc parecía hallarse en estado de shock.
— ¿Dónde está Danny? – Mientras preguntaba sintió una agobiante sospecha rodearle la caja torácica.
Cuando Sarah sollozó aún más fuerte, el temor se convirtió en certidumbre.
Y Aurora descubrió que no podía respirar.
La sonata llegó al cambio de tonalidad al re sostenido y Jamie lo completó automáticamente, sin siquiera ser consciente de que lo hacía.
La música siempre había sido su refugio, el monasterio tibetano por encima de los problemas mundanos. Cuando acudía a la música, penetraba en una realidad cálida y acogedora, capaz de hacerle olvidar los horrores más descarnados.
Pero en ese instante no lograba entrar en ella; era como si tuviera el alma endurecida, como una canica de hielo aprisionando sus sueños.
Dejó de tocar. Quitó las manos del teclado. Dio a Gato una caricia ausente. Suspiró para aliviar la tensión en sus pulmones. Giró el tronco hacia Jean. Puso sus manos en los hombros de ella. La miró.
Jean lo observaba, paciente, con su característico brillo compasivo delineando los iris esmeraldas. Excepto cuando murió Cíclope. Entonces sus ojos se cubrieron de un velo brumoso, y su mirada no irradiaba más que glauca vaciedad. Jamie aún lo recordaba. Antes de marcharse a París, en plena recuperación por el Día de la Catástrofe, se despidió de ella. No, perdón. Intentó despedirse de ella. Jean se mantuvo sentada sobre la cama, su vista perdida en un punto indeterminado, mientras el niño, aún temeroso de hablar para no reabrir el tajo en su garganta, balbuceaba su adiós. Cuando la abrazó, ella no devolvió el abrazo.
— Me haces daño – dijo Jean, cortando sus pensamientos.
Jamie no supo de lo que hablaba, hasta que advirtió sus falanges clavándose en las clavículas de Jean.
— Lo siento –murmuró él, desasiéndose, y la disculpa abarcó más que aquel gesto-. Nunca quise hacerte daño, ni a ti ni a los tuyos. No en serio. ¿Lo sabes, verdad?
— Claro que sí. Aunque a veces no lo parezca.
Jean seguía mirándolo con completa seguridad. ¿Cómo iba a hacerle eso? Ella confiaba en él. ¿Cómo iba a confesarle que había condenado a su hijo a la muerte traicionando sus promesas?
— Sobre todo por cómo tratas a Danny – continuó Jean.
Jamie formó las palabras en su mente. De verdad. Sólo necesitaba hacer vibrar sus cuerdas vocales y mover la boca para darles corporeidad. Con ello se quitaría una tonelada de peso de encima, haría lo que tenía que hacer, salvaría a Danny.
Perdería a la única persona que había confiado en él, cuando ni él mismo confiaba.
— Yo… yo sólo quería información… - comenzó, intentando no perder la voz.
Jean asintió en silencio, animándolo a seguir.
Tenía que decírselo. Si no lo hacía, Danny estaba sentenciado. Jamie no confiaba para nada en la resistencia del muchacho. Si no confesaba, estaba poniendo en peligro a toda la Mansión. A todos los mutantes, de hecho.
— No puedo salvar a todo el mundo… - lo intentó de nuevo.
Pero la resolución volvió a fallarle.
— Nadie te lo pide –intervino Jean-. Eres muy joven, un adolescente aún, permite que seamos nosotros quienes nos encargamos de todo, mientras tú te formas. En realidad, como tu profesora, como tu familia, preferiría que te apartases de los problemas por unos cuantos años. Una década, a ser posible.
El quid de la cuestión era que los problemas ya habían llamado a la puerta y Jamie no tenía ni dos horas para alejarse de ellos.
¿O sí las tenía?
No, no, era estúpido. Peor que eso, era suicida. Lo mejor era contárselo a Jean y que ella reuniera a las fuerzas mutantes.
Pero cuando lo hiciese, lo odiaría para siempre. Tal vez incluso lo echara de la Mansión. Regresaría a París. Y esta vez no encontraría a nadie que lo apoyase.
Sarah volvería a ser sólo una imagen.
'Dos horas, dos horas nada más.'
Jean le puso una mano en el pecho. Jamie sintió su pulso, rítmico y calmado.
— ¿Qué ha pasado esta noche? – preguntó una vez más.
— ¿Puedo contártelo mañana? – fue lo que le salió, casi contra su voluntad, en un tono parecido a un graznido.
Ella suspiró, desasosegada. Notaba una tensión extraña en el muchacho, golpeando contra la fatiga, y se preguntó su origen. Sin embargo, decidió no presionar, convencida de que si le daba tiempo, Jamie lograría más confianza y, de ese modo, su recuperación tendría lugar antes.
Ya lo castigaría luego. Además, estaba en casa, sano y salvo, sin un rasguño aparente. No había sucedido ninguna tragedia. Si lo hubiera hecho, ella lo habría captado, ¿verdad?
Infalibilidades mayores han errado.
Jamie vio una sonrisa triste asomarse por la comisura de los labios de Jean. Tenía puesta su fe en él.
Casi vomita del asco hacia sí mismo.
— Mañana sin falta – apuntó ella, mirándolo con lo que esperaba fuese maternal severidad.
Él asintió. Jean amplió su sonrisa y le dio un casto beso en la mejilla. Jamie no se apartó.
— Buenas noches – se despidió ella.
Luego se fue.
Jamie se quedó sentado, conteniendo lágrimas de rabia y frustración. ¿Por qué le había tocado ser como era? ¿Por qué no era capaz de actuar como una persona decente? No podía dejar de pensar en Danny y en lo que le estarían haciendo. Lo cierto es que había mencionado la tortura física y los psi-escaneos, pero había omitido otro pequeño detalle, por no alarmar aún más a Sarah: Danny era un chico guapo.
Un sentimiento enfermizo le produjo arcadas. No permitiría que le sucediera algo así a Danny Boy. Nadie se merecía eso.
Así pues, respiró hondo, cogió a Gato en un brazo, se levantó, miró el piano, tocó las últimas notas de la sonata hasta arrastrar la melodía a su sombra final y, para acompañar la oscuridad de la música y sus propios pensamientos, apagó las luces y salió hacia su habitación.
Todo el mundo le esperaba fuera de él, en el pasillo. Todos con el mismo aire expectante. Excepto Aurora, que se hallaba inconsciente en brazos de Luc.
— ¿Qué ha dicho? – preguntó Sarah atropelladamente, a través de los sollozos.
Jamie tragó saliva. Iba a tener que engañarlos a todos.
— ¿Qué le ha sucedido? – quiso saber, señalando a Aurora, para ganar tiempo.
— Un ataque de ansiedad – explicó Aisha, frunciendo el ceño suspicaz-. ¿Cómo ha reaccionado Jean?
La mentira debía ser convincente y definitiva, para poder librarse de ellos enseguida.
— ¿Tú qué crees, prima? Ha montado en cólera y ha salido para preparar un plan de rescate.
— ¿Y qué… qué ha dicho sobre mí… sobre nosotros? – preguntó Sarah.
— Estamos castigados. Así que ya vamos yendo a nuestras habitaciones para envejecer en ellas.
— ¿No… no me ha llamado? – se extrañó Sarah.
— En estos momentos no quiere verte.
Sarah tragó saliva, espantada, mientras nuevas lágrimas asomaban a sus ojos. Jamie advirtió que llorar le favorecía bien poco, dado su tono de piel.
— Ahora, por favor, antes de que nos coma vivos, obedezcámosla y entremos en nuestros cuartos. –Luc se quedó en el sitio, con Aurora en brazos, mirando a uno y otro lado sin saber cómo actuar-. Luc, llévate a Dawn a su cuarto.
Él sonrió agradecido y obedeció al instante. Aisha, por su parte, se alejó con una sollozante Sarah apoyada sobre su hombro. Antes de tomar la curva, dirigió a su primo una mirada harto recelosa.
Jamie miró a Garazi, quien no había hecho ademán de moverse.
— ¿Y tú?
— Podría ir cojeando, pero creo que prefiero tu ayuda. Anda, ven aquí y sopórtame hasta la enfermería.
Oh, no había contado con eso.
— ¿La enfermería?
— Sí, una estancia con camas y medicinas donde curan a la gente.
— No creo que sea necesario que vayas allí.
— ¿Y qué quieres, que me lo cure sola?
— No, yo lo haré. –Garazi adquirió una expresión irónica-. No, en serio. Yo te examinaré y vendaré.
Antes de que ella pudiera protestar, Jamie puso a Gato en el suelo y se le acercó, dejando que su sonrisa y el contacto de sus manos hablaran un idioma más sugestivo.
— Deja que te cure.
Garazi miró sus ojos, su boca, y se dejó convencer.
Tras entrar a la chica y sentarla en la cama, Jamie cogió un pañuelo blanco de la mesa y lo ató alrededor del picaporte, como señal para Luc. El pobrecito tendría que buscarse la vida y dormir en otro sitio.
— Oye, te he dado permiso para curarme, no para otra cosa.
Pero ambos sabían que no era cierto.
Tiempo después (no mucho, advirtió Garazi), la pareja yacía en la cama, en medio de un revoltijo de mantas.
— ¿Me vas a decir ahora a qué viene esto? – preguntó ella.
Garazi vislumbró la sonrisa de Jamie, como un arco blanquecino en la penumbra de su rostro.
— Me apetecía jugar a los médicos.
— Mientes. –El brillo nacarado desapareció-. Acabas de informar a Jean Grey-Summers de que su hijo ha sido capturado por la PAM ¿y quieres que me crea que tenías suficiente fuerza de ánimo para divertirte? Ni siquiera tú eres tan descerebrado.
— ¿Y tú por qué estás aquí? – inquirió él, mitad sorprendido, mitad acusador.
— Porque sentí que me necesitabas.
Jamie había olvidado que su manto de engaños era tan tupido que lograba desvirtuar cualquier sentimiento, por primario que fuese.
— Oh, no te preocupes, no te estoy ofreciendo mi alma y pidiendo amor eterno. –Garazi reprimió la mueca de sarcasmo-. Los dos sabemos que mi pelo no es del color adecuado.
— ¿Y no estás molesta?
— Si todavía tuviera doce años, cuando creía que eras el centro del universo, me moriría, pero ya ha pasado mucho de eso.
Jamie se sentó en la cama, rodeando las rodillas con los brazos.
— Y aún así, has entrado.
— Soy tu amiga. Algo te roe por dentro y no puedo dejarte solo. –Garazi le acarició la espalda desnuda-. No ha sido culpa tuya.
El muchacho se levantó de un salto, como si ella, la cama y hasta el aire alrededor quemaran. Garazi, aún tumbada, lo vio acercarse al escritorio. Gato se hallaba sentado sobre sus cuartos traseros, mirando por la ventana, como si quisiera dejar algo de intimidad a la pareja. Jamie revolvió sus cosas y al fin encontró la caja que buscaba. La abrió y sacó un violín.
Garazi hizo girar sus ojos hacia el techo. Volvía a refugiarse en la música. Todo podía resolverse a través de la música.
Jamie necesitaba templar su ánimo y la única forma que conocía era tocar. De hecho, su costumbre era tan conocida que su cuarto estaba insonorizado.
'Un, dos, tres.'
Las notas de la sonata nº 1 para violín de Bach rasgaron las sombras. Jamie se esforzó en descargar su frustración en cada movimiento del arco, aún cuando su agitación no hacía más que aumentar.
A Garazi le pareció extraño que le entrara sueño. La melodía era repetitiva, pero no soporífera. A no ser…
— Jamie – llamó en un hilo de voz.
— Duerme – ordenó él.
Garazi trató de luchar contra la pesadez que cerraba sus ojos.
— Prométeme… prométeme que estarás cuando despierte.
Jamie no respondió. Lo último que la muchacha vio fue la luz de la luna delineando su figura. Luego se abandonó a la oscuridad.
Jamie tocó un poco más, para asegurarse. Garazi tenía los ojos cerrados y su pecho subía y bajaba rítmicamente. El muchacho guardó de nuevo el violín, escribió un mensaje en un cuaderno, poniéndolo bien a la vista sobre la mesa, y se vistió el uniforme a toda prisa. Ya había malgastado mucho tiempo. Demasiado. Abrió la ventana y, cuando iba a salir, echó un vistazo a su espalda. Suspiró y volvió a la cama. Arropó a Garazi, puso su pie vendado sobre una almohada y al final, tras dudar un segundo, le besó en la frente. Al volver a la ventana notó a Gato mirándolo.
— Tengo que hacerlo –se justificó-. Tú quédate y cuida de ella, ¿vale?
El animal asintió. Jamie saltó hacia el jardín.
El Internado Charles Xavier poseía guardias y sistemas de seguridad, pero lo cierto era que servían más para evitar entrar a la gente que para impedir su salida. Sobre todo cuando esas personas eran "simples alumnos". Además, aún no se había inventado sistema alguno que pudiera frenar a un LeBeau. Por lo tanto, a Jamie no le costó escapar.
Cuando estuvo lo suficientemente lejos, reconectó sus poderes. Necesitaba calma y concentración para su próxima acción. Pese a haber servido bajo las órdenes de su tía en su grupo (Jamie se negaba a llamarla "organización terrorista"), aún le quedaba mucho para dominar sus poderes. Tras un tiempo con los brazos separados del tronco y los puños cerrados, sintió el cosquilleo y la presión progresiva en sus antebrazos, señal de la recarga. Algo que había aprendido era que sus ondas sónicas, si acumulaban suficiente potencia, podían lanzarlo largas distancias. A la velocidad del sonido. No podía volar por sí mismo, pero sí empujarse mediante esas ondas. Qué curioso, que tuviera esos poderes tan distintos a los de sus padres, pero tan relacionados con ellos al mismo tiempo.
Por fin, la tensión llegó al punto exigido. Se aseguró de que sus brazos apuntaran verticalmente al suelo y, tras un corto inciso para replantearse el sentido de la vida, abrió las manos.
El choque de la onda sónica contra el suelo lo disparó varios kilómetros por el aire. Luego todo consistía en empujarse a intervalos regulares con nuevas sacudidas, calculando con precisión el último estallido para poder aterrizar en el lugar elegido; en este caso, la zona cercana al estadio, que resguardaría su llegada al tiempo que lo dejaba no muy lejos del Cuartel General.
El aterrizaje resultó complicado. Una vez alcanzado destino, Jamie tuvo que calcular la fuerza exacta para frenar su caída. Sus cálculos terminaron no siendo del todo correctos y se golpeó contra la pared de uno de los edificios antes de estrellarse contra el suelo. Pero, al menos, no se mató. Aunque le dolía todo.
En el suelo, hizo un informe de daños: brazos sanos, piernas funcionales, cabeza sin brechas, costillas enteras, cadera movible. Perfecto.
Al levantarse de un salto fue cuando se sintió como si le dieran la vuelta a su piel. Como si metiesen todas y cada una de sus células en ácido sulfúrico. Como si hubiese sido absorbido por un agujero negro, sin posibilidad de retorno.
Alguien había conectado un aparato anulador. Pero era imposible, los anuladores gigantes habían sido desmantelados hacía un par de años y para colocar anuladores posicionales había que saber la posición exacta de la víctima para poder atraparla en la triangulación. Jamie se preguntó, agonizante en el suelo, cómo podrían haberlo sabido.
— Siempre tan previsible, LeBeau – sonó una voz, al otro lado de la calle.
Jamie reconoció la voz. Sólo por si eran imaginaciones suyas, levantó la cabeza para mirar la figura acercándose a él. No, no se había equivocado. Allí estaba él, con sus andares de matón y esa expresión chulesca. El guardaespaldas personal de Christian Riedle: Kurt Schultz. El Carnicero de París.
Frére Jacques comenzó a sonar en su cabeza.
