Nota: Errr… EXAMEN. Con eso está todo dicho (y, por cierto, era muy importante y lo he suspendido, así que estoy que descabezo al primer listo que se me presente). Aunque parezca mentira, tras la reestructuración de capítulos éste iba a ser el penúltimo, pero ha ido extendiéndose y extendiéndose y he tenido que partirlo en dos. Creo que para el fin de semana ya habré terminado el siguiente. Pero claro, nunca se sabe.
CAPÍTULO 6
Jean Grey-Summers no podía dormir.
Había algo rondándole la cabeza. O, mejor dicho, era la ausencia de algo pasando por su mente lo que la molestaba.
En el nivel mínimo, simplemente dejando existir sus poderes, sin utilizarlos de forma activa, un telépata puede tener un hilo de unión con todos sus seres queridos. La palabra hilo es lo que mejor lo define, porque se asemeja a cuerdas entre la mente del telépata y la del resto. Basta con evocar a alguien y se siente un tirón en el hilo, muy tenue, apenas perceptible en el mundo psíquico. Sólo para la arañita telepática sobre su red de relaciones.
Sin embargo, algo fallaba aquella noche. Ya no era que cada vez que intentara sentir a alguno de sus chicos viera disminuida la señal, como si agarraran la cuerda con las manos para evitar la vibración; sino que cuando específicamente se dirigía a Daniel, no conseguía hallar nada.
Empezaba a pensar que tal vez había subestimado las actividades de sus alumnos.
En la penumbra de su habitación, trató de captar algún movimiento extraño. Sentía el leve rastro psíquico de las chicas tras la puerta, dejada cuando volvían a sus habitaciones. Pero faltaba una, Garazi, y, en cambio, iban acompañadas de Luc. Luego, Luc volvió a su ala de la Mansión correspondiente.
Un sentimiento de indefinible recelo se aposentó en su pecho.
A pesar de su fama de impulsiva, Jean no se decidió a levantarse hasta bastante tiempo después. Qué hubiera ocurrido si lo hubiese hecho antes, no lo sabemos, pero lo que sí sabemos es que su tardanza determinó la cadena de acontecimientos posterior.
Comenzando por su resolución de saltar de la cama, coger su bata y salir furtivamente de la habitación.
El rastro psiónico dejado por una persona es diferente a su mente o incluso a su esencia. El rastro psiónico es muy difícil de enmascarar. Sería como intentar disimular el olor corporal para no ser descubierto por un lobo. Se puede hacer, por supuesto, pero se necesita práctica, mucha fuerza de voluntad y un poder respetable. De hecho, no suele requerirse porque, para un telépata, la búsqueda de un rastro en concreto puede resultar abrumadora. Sería como poner al lobo del símil anterior en un almacén de especias. Incluso los Comandos Psíquicos detestaban esa tarea.
Por fortuna para Jean, el rastro de sus chicos era reciente, y se superponía al resto de vestigios. Decidió seguir el de Luc, por una mezcla de intuición y comodidad: el muchacho dejaba a su paso una línea casi tangible de presencia. Luc había vuelto a su habitación, pero hete aquí que no entró. Jean observó el pañuelo blanco atado al pomo de la puerta. Luego percibió el rastro de Jamie. Y el de Garazi. Él parecía nervioso, ella mostraba unas trazas estriadas provocadas por el dolor físico.
Aquello era una escuela; no iba a permitir relaciones sexuales entre menores. Menos aún tolerarlas tan abiertamente.
Pero antes de entrar hecha un basilisco, se preguntó a dónde habría ido Luc y lo siguió. El muchacho era nuevo en el lugar y, aparte de Jamie y su familia, conocía a muy poca gente lo suficiente como para pedirles dormir en su habitación. Tres puertas antes de su destino, la mujer sonrió. Claro, se quedaría con Daniel; su hijo era incapaz de negarle cobijo a nadie, por muy íntimo de Jamie que fuera. Ahí estaba, la estela de Luc entrando en el cuarto.
Pero ni rastro de Daniel.
Jean sintió una oleada de pánico casi física que le hizo tambalearse. Necesitó un minuto entero para sobreponerse lo suficiente y abrir la puerta.
Luc yacía hecho un ovillo en la cama de Daniel, intentando por todos los medios caber en un catre mucho más pequeño que el suyo. Jean trató de calmarse. Su hijo (como Aurora), por su edad, al no haber alcanzado el grado superior que cursaban Sarah y los demás compartía su cuarto con otros tres compañeros. Jean trató de sentir a su hijo en alguna de las camas. Fue inútil.
Daniel no estaba allí. Su débil rastro confirmaba que hacía horas que había abandonado la habitación.
Jean convirtió su inminente ataque de ansiedad en un ariete furioso dirigido contra Jamie. Corrió al cuarto del chico como alma que lleva el diablo. Al abrir la puerta descubrió a Garazi dormida en la cama y a Gato, en la ventana, mirándola de hito en hito. Jamie había desaparecido. Antes de correr de nuevo, descubrió el píe de Garazi vendado.
Jean estaba tan aterrorizada que era incapaz de sentir verdadera furia. Se negaba a creer que algo malo hubiese sucedido. Sus chicos eran unos adolescentes impulsivos, sí, pero no tanto como para no acudir a ella si había problemas. Sobre todo por Sarah; Sarah no le ocultaría ninguna información vital concerniente a su hermano. Se parecía demasiado a Scott en eso.
Justo unos metros antes de llegar a la habitación de su hija, una sofocante conmoción aprisionó su cerebro, como si de una prensa se tratase. La energía necesaria para lograr aquello era inconmensurable. Más si tenemos en cuenta que se trataba de una presión psíquica reducida a un espacio concreto sin producir efectos en el conjunto del plano astral. Sin duda se trataba de Sarah, aunque Jean jamás le había visto utilizar ese nivel de poder. Y se preguntó qué lo habría desatado.
En otra situación se hubiera preocupado más por esa demostración de fuerza, pero en aquellos instantes sólo tenía a Daniel en la cabeza.
Años más tarde, los papeles se invertirían y Jean se preguntaría, angustiada, si hubiese podido cambiar algo. Aunque, por supuesto, la duda resulta inútil, ya que lo único que ella podía hacer en esos instantes era obviar la presión telepática de Sarah para poder averiguar el paradero de Daniel.
Más que tocar, aporreó la puerta. La intensidad de los impactos causó un retumbar sordo, como el golpeteo de los tambores en una galera.
La opresión sobre la mente de Jean se hizo casi insoportable.
— ¡Sarah, desconecta tus poderes y abre la puerta!
Escuchó ruidos apresurados tras la puerta. También notó a los demás alumnos en sus correspondientes cuartos, intentado enterarse de qué iba el asunto sin salir al pasillo.
— No lo voy a repetir.
Discutían dentro. Demasiado bajo para entender las palabras. Suficientemente alto como para captar los sollozos en la voz más aguda. La de Sarah.
Al tiempo que la puerta se abría, la presión dentro de su cabeza desapareció. Un torrente de ansiedad llenó el vacío. Su hija no era capaz de detener sus emociones primarias. Algo horrible estaba sucediendo.
Fue Aisha quien salió al encuentro de Jean, parándose en el umbral con intención de obstaculizarle el paso.
— Sea lo que sea, estoy segura de que tienes asuntos más urgentes—
Sarah cortó a su amiga, posicionándose entre ella y su madre. Tenía los ojos enrojecidos y dos sendas húmedas recorrían sus pálidas mejillas.
— ¿Necesitas mi ayuda, es eso? Pide lo que quieras, ¡lo haré! ¿Quieres que me una a un grupo de búsqueda en Cerebro? ¿O un grupo de apoyo? ¿Quieres que lleve cafés? ¡Lo que sea! Quiero ayudar, mamá. Por favor, ya sé que estás muy enfadada pero—
— ¿De qué diantres estás hablando?
Jean sabía, en el fondo sabía a qué se estaba refiriendo. Podía ver todos los datos sueltos y hasta ahora inconexos encajar en su lugar. Pero el cerebro es una máquina extraña, que puede cegarnos ante la verdad más evidente y mantenernos en un mundo soñado.
— No te lo ha contado… Joder, Jamie no te ha dicho nada – masculló Aisha. Era extraño ver cualquier clase de expresión en su rostro. Un gesto de absoluta inquietud resultaba más aterrador que el ejército persa al completo.
Sarah giró la cabeza hacia ella (tan rápido que su cuello casi crujió) y hubiera palidecido aún más si hubiese sido humanamente posible. Lo que sí hizo fue apoyarse en el marco de la puerta para evitar caerse al suelo.
¡Cielos! Su madre lo ignoraba todo. Daniel atrapado, presa de los sádicos de la PAM, y ellos no habían movido un dedo. Todo porque Jamie, por alguna de sus inexplicables razones, había mantenido la boca cerrada.
— ¿Qué no me ha contado? –Jean miró de Aisha a su hija y de ésta a aquella. Su temor iba en aumento-. ¿Dónde está Daniel?
Sarah comenzó a hiperventilar.
— ¡Decídmelo ahora!
La última palabra fue reforzada por un latigazo psíquico sin la menor restricción que reverberó por toda la estructura ósea de las chicas, haciéndoles rechinar los dientes.
Aisha Munroe decidió entonces revestirse con el manto de responsabilidad patrimonio de su familia y aclarar las cosas del modo más directo, objetivo y descarnado posible.
— Hemos estado saliendo a la ciudad a tus espaldas, intentando dificultar el trabajo de la Policía Anti-Mutante y salvando cuantos mutantes fugitivos pudiéramos. Esta noche decidimos entrar en su Cuartel General. –Jean soltó una exclamación ahogada. Aisha la ignoró-. Por razones que desconocemos, la alarma saltó de pronto. La mayoría pudimos salir de allí, aunque Garazi se lesionó un pie. Desgraciadamente, capturaron a Daniel. Ahora está en manos de la PAM, tal vez siendo interrogado. Así pues, agradeceríamos que dejases tu justificable reprimenda para más tarde y avisases a los telépatas, a los X-Men Action Force, a la Liga de Mutantes, o a quien estimes oportuno y prepares un plan para sacar a tu hijo de allí. De hecho, tendrías que estar en ello ahora mismo si Jamie hubiese cumplido su palabra y te lo hubiera confesado.
Demasiadas emociones atravesaron el corazón de Jean para concretar ninguna. Resultaba abrumador tratar de lidiar sólo con una centésima parte. Lo único que pudo conseguir fue mirar durante largo rato a Sarah (quien se hallaba encogida de hombros, llorando de nuevo), para terminar dando dos pasos hacia ella y cruzarle la cara de una bofetada.
— ¡Niña irresponsable! ¡¿Cómo has podido?! ¡¿Cómo te has atrevido?! Es un niño… ¡sólo un niño! ¡Por el amor de Dios, es tu hermano! ¿Tienes idea—
— Jean, ya basta – le cortó Aisha, agarrándola de los hombros y apartándola hacia un lado-. Entiendo cómo te sientes—
— ¡Tú! ¿Qué sabrás tú, insensible hija de su padre? Eres peor que ella… ¡que todos ellos! ¡Tú deberías haberlo impedido! Cuando tu madre lo sepa—
— Me matará, sí, muy bien. ¿Ya has gritado lo suficiente? –Jean le dirigió una mirada asesina-. Lo digo porque tu hijo sigue prisionero mientras pierdes el tiempo desgañitándote.
Jean sintió como si una lanza de hielo le agujereara el pecho. Imágenes de Daniel surcaban su radio de visión, como si de diapositivas se tratase, reconstruyendo la imagen de chico amable y cariñoso que ella había elaborado. Salvo que ahora nuevas escenas se intercalaban, imágenes de violencia y muerte, sustituyendo a todas aquellas que representaban a un Daniel crecido y maduro, su futuro hasta entonces.
— ¿Directora Grey-Summers? –sonó una voz desde el intercomunicador de su muñeca-. ¿Está ahí, Directora? Siento molestarla, pero se ha producido una novedad que quizá quiera conocer.
Jean parpadeó, para borrar las lágrimas de los ojos, y haciendo acopio de suficiente fuerza de ánimo, respondió la llamada.
— ¿Sí, Benjamin? ¿Qué ocurre?
— Disculpe las molestias, Directora, pero hay un visitante en la puerta que tal vez quiera recibir.
— ¿Es alguien de la Policía Anti-Mutante?
— No, señora.
— ¿De los Comandos Psíquicos?
— No…
Jean hizo chirriar los dientes, contrariada.
— ¿De alguien de las Fuerzas Armadas o de las Fuerzas y Cuerpos de Seguridad de cualquier país?
— Eu… pues no, señora.
— Entonces no me interesa. Si lo crees conveniente hazlo pasar, y si no échalo.
— Sí señora, pero—
— Benjamin, no voy a repetirlo. –Se pasó una mano por la cara como si quisiera borrar todo lo anterior. Luego volvió a llenar el pecho de aire para proseguir-. Benjamin, ya que estás ahí, quiero que des la alarma a todos los grupos de emergencia, a aquellos que estén en situación de disponibilidad y llames a los reservistas.
— ¿Señora? ¿Está usted segura? ¿Qué ha ocurrido?
— No hay tiempo para explicaciones. –Jean clavó unos ojos vitriólicos en su hija y Aisha-. No hay tiempo para nada. Haz lo que te ordeno. Yo marcho ahora para la Sala de Guerra. Pásame cualquier llamada importante allí. Pero Benjamin…
— ¿Sí?
— He dicho importante. Cualquier otra cosa tendrá que esperar, ¿me has entendido? Dejo en tus manos sopesar el grado de importancia y asumir o retrasar todo lo demás.
— Sí, señora Directora.
Jean cortó la comunicación. Se sentía vacía y llena de un líquido incandescente, al mismo tiempo. Quería seguir gritando a las chicas, aun cuando no sirviese de nada. Siempre había sentido una incontrolable inclinación hacia la futilidad.
— Ahora no puedo seguir con vosotras –se decidió-, aunque cuando todo esto acabe, vamos a tener una larga charla. Con vosotras y con el resto, por supuesto. Sobre todo con Jamie. –Entonces cayó-. ¿Dónde está Jamie?
Sarah y Aisha se miraron sorprendidas.
— ¿No está en su habitación? – preguntó Aisha, mientras sopesaba las implicaciones de esa nueva información.
Jean maldijo por lo bajo; era lo único que le faltaba. Pero no tenía tiempo, ni fuerzas, para lidiar con aquello también.
— Me preocuparé de eso luego, ahora debo irme.
— Mamá, espera. ¿P-puedo hacer algo?
Jean frenó unos segundos su carrera y se giró.
— Quédate donde estás. Y tú también, Aisha.
— Q-quiero ayudar – musitó Sarah.
— ¿No has hecho ya bastante? –espetó su madre, incapaz de reprimir su disgusto-. Desconectarás tus poderes y te quedarás en tu habitación. No saldrás a no ser que ocurra una emergencia o yo te requiera. Y eso no va a ocurrir. –Jean hizo una pausa meditada-. No quiero verte, Sarah, esta noche no.
Luego se marchó a la carrera.
Sarah se quedó apoyada en el quicio de la puerta, sintiendo su corazón partirse una vez más para hundirse en un mar de lágrimas. Pero esta vez, el sufrimiento era casi soportable, acaso porque, al mentirle, Jamie ya la había preparado para el eventual comportamiento de su madre. Aún así, una pequeña parte de ella se deshizo, como las nubes de algodón de azúcar que su padre solía comprarle cuando iban a la feria.
Aisha le apretó un hombro con la mano; un signo externo de gran cariño por su parte.
De repente, una sombra cruzó la pared del pasillo, pasó la habitación de las chicas, se paró, volvió atrás, se paró de nuevo y de la negrura surgió la cabeza de Garazi.
— ¡Oh, estáis aquí! –Emergió del todo, con un papel en la mano, y se acercó a ellas cojeando-. ¡No imagináis lo que ha hecho el desgraciado de Jai!
— No le ha contado nada a Jean – afirmó Aisha.
Garazi la miró, momentáneamente atónita. Luego se fijó en Sarah.
— ¿Estás bien? – preguntó, preocupada de veras. Tal vez la hija del sagrado Cíclope no le cayera bien del todo (sentimiento que sospechaba era mutuo), pero su dolor no le era indiferente.
— La excelsa Fénix nos ha honrado con su presencia y su mal carácter, nos ha condenado al encierro y ha machacado un poco más la ya de por sí minúscula autoestima de Sarah – informó Aisha mordaz.
— ¿Jean lo sabe? Dios, qué desastre. –Garazi examinó el papel que asía, meditando sobre sus opciones. Tal vez fuera mejor volver a Francia-. Las cosas empeoran. El imbécil de Jai me ha dejado esto. El muy hijo de… su padre me ha dormido para poder largarse.
— ¿Largarse? ¿Largarse adónde? – preguntó Sarah, intentando parecer indiferente ante la información de que Garazi durmiera en la habitación de Jamie.
— El muy… Ese pedazo de… Te juro que cuando vuelva lo mato. El idiota de Jai se ha marchado de vuelta al gueto. En esta notita de aquí confiesa que no le ha dicho nada a Jean, esperando poder rescatar el solito a Daniel. –Garazi se mordió una retahíla de insultos que hubieran hecho enrojecer a un estibador-. Si en dos horas no ha vuelto, nos da permiso para revelárselo a Jean. Incluso ha puesto la hora de escritura, el muy… sinvergüenza.
— ¡Oh, cielos, no puedo creerlo! – exclamó Sarah, demasiado agotada ya para llorar.
— Veo que mi decisión de venir aquí ha sido un total acierto – declaró una voz, desde el fondo del pasillo.
Sarah levantó la vista, incrédula. Pero no erraba; era él. Él en persona, de píe frente a ella, dirigiéndole una mirada de aliento.
Sarah se sintió aliviada por primera vez en aquella noche.
Frère Jacques.
Jamie esquivó el puñetazo de Kurt Schultz sólo para ponerse al alcance de uno de sus hombres, quien lo agarró de los brazos hasta inmovilizarlo.
Frère Jacques.
Kurt le metió una puñada en todo el estómago, como si quisiera horadárselo. Jamie se torció de dolor.
— Por favor, no me digas que te vas a rendir tan fácil –lamentó Kurt-. Quiero algo de diversión.
Dormez-vous?
Jamie evitó el siguiente golpe en su cara, pero no el rodillazo contra sus genitales. Se suponía que había reglas contra ese tipo de cosas.
— Me han obligado a vigilar las calles, algo que odio, y tú vas a pagar el pato.
Dormez-vous?
¿Quién necesita el bazo? Si se lo extirpan a los motoristas accidentados no tenía que ser vital. Eso esperó Jamie, mientras escupía la bilis.
Sonnez les matines.
Kurt se ensañó con sus costillas.
Sonnez les matines.
Jamie consiguió recuperar suficientes fuerzas para apartar a Schultz de una patada. El hombre que lo sujetaba apretó sus brazos. El muchacho trató de desasirse mientras veía a Kurt recobrarse.
Din, dan, don.
Kurt se abalanzó hacia él, situación que Jamie aprovechó para girarse, llevándose a su opresor con él. Schultz golpeó a su propio hombre, haciendo que soltara al muchacho.
Din, dan, don.
Jamie se encontró libre; en medio de un círculo de soldados con los puños dispuestos, sin embargo.
Jean no había nacido para dar órdenes militares.
Todos los mutantes (o, al menos, la mayoría) la respetaban como líder y la seguirían hasta el fin del mundo, pero ella era consciente de sus limitaciones y eso se reflejaba hacia el exterior, haciendo que, en ocasiones, sus decisiones fueran cuestionadas. El hecho de haber pasado parte de su vida tras Scott (un estratega nato) y Tormenta (una sargento excepcional), tampoco la ayudaba.
Esa noche necesitó exorcizar todos sus demonios para dar toda una serie de indicaciones tácticas incuestionables.
— Jeannie – sonó una voz tras ella.
No necesitaba girarse para reconocer aquel tono grave y ronco. Lo hizo para acercarse al recién llegado y rodearlo entre sus brazos.
— Logan, no te imaginas cuánto me alegro de verte.
Lobezno prolongó el abrazo largo tiempo, permitiendo a Jean desahogarse sobre él. Hacía mucho que sus sentimientos románticos habían desaparecido, tornándose una diamantina muralla de amistad. Logan era una de las pocas personas que podían ver los momentos de debilidad de Jean Grey-Summers.
— Siento mojarte con mis lágrimas – habló ella, al fin.
— Tranquila, estoy hecho a prueba de oxidación. –Logan secó las mejillas de Jean con el pulgar-. He venido en cuanto me he enterado.
Ella asintió, desasiéndose del abrazo.
— ¿Has conseguido recopilar algún tipo de información mientras venías hacia aquí?
Logan se puso serio.
— Por lo que he podido averiguar, un grupo de soldados venidos de Francia están en el gueto.
— ¿Franceses? ¿A santo de qué?
Lobezno esperó varios latidos de corazón antes de contestar. Pese a su factor curativo, apenar a Jean lo mataba.
— Uno de los hermanos Riedle está aquí.
— ¿Los hermanos Riedle? ¿Cuál… cuál de ellos?
— No lo sé.
Jean se dio la vuelta y apoyó las manos sobre la mesa de control. Demasiadas cosas se estaban acumulando.
— Con un poco de suerte… tal vez sea Christian – aventuró Logan.
— No sé si yo lo llamaría suerte.
— De los dos, el más joven, Christian, parece el más racional.
— Sí, y el más débil. Por eso su hermano mayor le puso a Kurt Schultz como guardaespaldas. Para asegurarse de que no perdía el norte y le daba por perdonarle la vida a la gente. –Jean giró la cabeza y miró a Lobezno-. Kurt se la tiene jurada a mi familia desde que maté al cerdo de su padre. Como reconozca a Daniel…
— Pero apenas sí vio al chico, no creo que se acuerde de él – razonó Logan, intentando levantar el ánimo de Jean.
— Christian, en cambio, sí que lo vio. Y mucho. Estoy segura de que se acuerda de él, y como se le ocurra contárselo a Kurt, Daniel está… estará…
Jean no pudo acabar la frase.
Daniel recuperó la consciencia de repente, como si despertase de una pesadilla. En seguida notó una punzada de dolor atravesarle la cabeza de parte a parte, desde la nuca hasta la frente.
Inclinó el cuello hacia abajo, con los ojos bien cerrados, tratando de calmar el calor pulsante dentro de su cráneo. Pronto se dio cuenta de que no podía torcer el torso, pues sus brazos se hallaban encadenados a su espalda, sujetos a lo que parecía el respaldo de una silla, al igual que sus piernas. Estaba sentado y atado. Pero no amordazado.
Apretó los dientes, para evitar soltar alguna exclamación, y se dispuso a abrir los grilletes.
Inútil.
Logan lo había llevado en innumerables excursiones y le había enseñado miles de nudos, pero no cómo deshacerse de unas esposas. Tal vez debería haber ido de acampada con tía Ororo. Intentó liberar una de sus muñecas por el conocido método "estira hasta que se te salga la clavícula". Casi lo consigue. Sacarse la clavícula, queremos decir.
Ahogó un gemido. Recordaba todo lo que tío Logan le había dicho en estos casos.
'No hagas ruido. Hazte el inconsciente mientras averiguas lo más posible sobre el lugar donde te hallas, sobre tus captores y sobre la razón de tu captura.'
Bueno, eso último no era difícil. Daniel recordaba haber observado a Jamie entrar en el Cuartel General; haber paseado por la azotea varios minutos, mientras una rabia blanco-verdusca lo dominaba; haber decidido seguir a ese malnacido de Jamie; haber silenciado las débiles protestas de Luc con una de las "miradas Grey" patentadas; haberse deslizado por la cuerda hasta la ventana; haber recorrido una habitación vacía que tenía toda la pinta de sala de reuniones para proletarios de segunda y haber recorrido un largo pasillo; haber escuchado voces que se acercaban; haberse pegado a la pared esperando camuflarse a la perfección; haber notado que los individuos productores de aquellas voces no pasaban de largo; haber abierto un ojo; haber visto a un soldado frente a él, apuntándole con un arma; haber tratado de escapar al estilo Juggernaut; haber sido refrenado por unos fuertes brazos y un objeto de tacto metálico alrededor de su cuello; haber sentido como si metieran todas y cada una de sus células en ácido sulfúrico; haber seguido luchando, a pesar de ello; y, por último, haber sufrido un imposible dolor en su cabeza procedente de su nuca y haber perdido el conocimiento.
Sí, como resumen no estaba mal.
Segundo paso: aguzar el oído y calibrar la situación. No percibía ningún objeto a su alrededor; ni ninguna persona. La única respiración procedía de él mismo. Hizo chirriar uno de los grilletes de forma disimulada. El ruido produjo algo de eco, pero no mucho. Se encontraba en una estancia vacía, aunque no muy grande. Olfateó humedad. Se trataba de un lugar cerrado, carente de ventanas. Tal vez un sótano. Al mover las manos sintió unos desagradables pinchazos. Llevaba tanto tiempo atado que el cuerpo se le había entumecido.
Con mucho, mucho cuidado, abrió un ojo. Lo primero que vio fue la pared frente a él, de un triste hormigón gris. Luego, el fluorescente en el techo. Por algún motivo (tal vez, el gusto de Dios por el dramatismo), parpadeaba. A su derecha (pero lo suficientemente lejos para no poder alcanzarla de ninguna manera), una mesa-camilla tapada por un enorme plástico negro y sobre él, parte de su uniforme de camuflaje. El suelo estaba embaldosado y se inclinaba ligeramente hacia el centro, hacia un desagüe. A su alrededor, como caminos cobrizos, resaltaba la sangre seca.
Daniel sintió nauseas.
Un corto chasquido le avisó de que alguien se disponía a entrar, así que volvió a cerrar los ojos.
Pasos sobre las baldosas. Luego nada.
— Olvida el teatro, sé que estás despierto – habló una voz joven, de una suavidad engañosa, con el mismo acento sutil de Jamie o Garazi.
Daniel dudó un momento, pero luego resolvió que era mejor aparentar mansedumbre el mayor tiempo posible.
— Así me gusta. Mucho mejor. Alguien con unos ojos tan bonitos no debiera querer tenerlos cerrados.
El muchacho frente a él sonrió. Aquella sonrisa mostraba menos espontaneidad que los regalos navideños de su madre a Emma Frost.
Daniel observó al extraño con más detenimiento. Conocía a ese muchacho. Si no se equivocaba, había compartido, unos cuatro o cinco años antes, varios días con él, cuando Bernhard Schultz lo secuestró junto con su madre. La última vez que lo vio era más bajo, sí, un niño preadolescente, pero el cabello dorado y ese mirar melancólico… Se trataba de Christian Riedle. Él pareció adivinar sus pensamientos (no quedaba otra, pues no le sintió utilizar la telepatía) y le devolvió la mirada.
Poseía ojos de osmio, lacerantes como un corrosivo químico.
Había algo en los telépatas que les impedía tener los ojos oscuros, Daniel estaba seguro de eso. Jamás había visto a alguno de ellos con una mirada negra o, siquiera, castaña. Oscilaban entre el gris-azulado y el verde mar. Es posible que tanta abstracción y la magnitud del plano psiónico diluyeran el color. Y sin embargo, sus iris siempre estaban cuidadosamente perfilados, unas perfectas circunferencias que los separaban de la esclerótica; como si temieran que ese poder que guardaban, esa inmensidad inconcreta, escapara hacia el exterior.
Mirar a un telépata produce atávicos escalofríos.
— Cuánto tiempo –continuó hablando Christian. Mantenía ese tono susurrante, aunque ahora era más grave-. Has crecido.
'Tú también' pensó Danny para sí, reparando en su alta figura espigada. Su indumentaria, su cabello… su aspecto eran impecables.
— Lamento que siempre nos tengamos que encontrar en estas situaciones. Espero verte alguna vez sin correas o cadenas. –Suspiró, abatido-. Aunque no sé si eso será posible.
Se acercó a la mesa-camilla y retiró parte del plástico, dejando a la vista varios instrumentos de aspecto afilado y altamente nocivo para la salud. Christian acarició varios de ellos, sin decidirse a coger ninguno.
Daniel tragó saliva. Ya cuando lo conoció, los gestos de Christian eran extraños, como si no salieran de él, sino que fueran una especie de representación aprendida que él se limitaba a repetir. Ahora, en cambio, resultaba aún peor: se movía despacio, calculando no sólo la acción, sino su extensión exacta. Parecía como si alguien lo hubiera mantenido atado hasta forzarle a conducirse de una manera determinada. Conociendo a Bernhard Schultz, el "adorable" padre de Kurt, hasta podía ser cierto.
Christián volvió su atención hacia él. Sonrió de nuevo. Fue tan falso como la vez anterior.
— Mucho me temo que esta no es una visita de cortesía. Según me han informado, has penetrado en estas instalaciones por la fuerza. –Christian tomó el chaleco antibalas de Daniel y lo examinó. Frunció el ceño al ver un remiendo con el dibujo del ratón Mickey. Luego lo volvió a dejar en su lugar-. Y, si no me equivoco, no venías solo. Me han hablado de otro, cuya forma de huir concuerda con ese truhán de James Thierry LeBeau. Y chicas. También me han hablado de mujeres. Aunque no me preguntes cómo han podido discernir su sexo bajo un pasamontañas y el uniforme de camuflaje. –Hizo una pausa para soltar un suspiro hastiado-. Por desgracia, todos ellos se han marchado. En un BMW 750, debo añadir. –Anduvo hacia Daniel hasta quedar a un codo de él-. Mi tarea sería mucho más sencilla y tu estancia aquí mucho menos dolorosa si alguien hubiera cogido la matrícula del vehículo; desgraciadamente, los hombres de mi hermano no se caracterizan por su maestría con los números.
Daniel lo sintió entonces: el leve golpeteo de una mente ajena contra la suya, como si probase la firmeza de la superficie. Poco a poco, la presencia extraña fue tomando confianza y reforzó las acometidas. Todas ellas fueron rechazadas sin mayor dificultad.
— Tu madre te ha entrenado bien – murmuró Christian, apenas arqueando una ceja.
La presión en su cerebro aumentó. No parecía que quisiera dañarlo a las primeras de cambio, pero Danny supo que, tarde o temprano, Christian utilizaría todo su poder; y su poder, temía, era suficiente para exprimirle los sesos. Aquello, sin embargo, no lo acobardó. Él era Daniel Philip Summers-Grey, el hijo del sagrado Cíclope y la telépata-telekinética más poderosa del planeta. Desde niño lo habían instruido contra los psi-escaneos. Sólo tenía que tranquilizarse, respirar hondo y concentrarse en algo sólido para rechazar el ataque. Un muro. Sí, una gran pared de ladrillos.
— Oh, qué cliché.
Un ariete psíquico sacudió el muro. Pese a la reverberación, la pared se mantuvo en su sitio.
— Al menos podrías decirme si acierto en cuanto a lo de LeBeau.
Daniel mantuvo su atención fija en su bonito muro imaginario.
— ¿Y qué me dices de mi prima? ¿También estaba con vosotros?
'¿Quién demonios es su prima?' pensó, pero pronto desechó cualquier idea que no tuviera que ver con la pared en su mente. Su madre le había comentado más de una vez que el pensamiento, por pequeño que fuera, era un camino para un telépata.
— Supongo que si LeBeau ha venido, se habrá traído con él a la pizpireta Garazi.
Una ráfaga de cabello trigueño. 'No, no, no, no'. Daniel luchó contra ello y se concentró en los ladrillos; sólidos, indestructibles ladrillos. Nuevecitos. Capaces de soportar el embate del mayor de los huracanes.
— Mmmm… eres más duro de lo que aparentas. Tu madre estará tan orgullosa de ti… Aunque apuesto a que cada vez te interesa menos su opinión y buscas la aprobación de otras personas, ¿eh? Dime, ¿hay alguien que te guste?
Daniel logró no desconcentrarse, aunque una palabra brotó sin querer.
— ¿Geotrichum? ¿Eso no es una especie de hongo con especial predilección por los CDs?
Christian utilizaba una voz persuasiva, un tono tentativo, capaz de introducirse en cualquier grieta como una cuña. A pesar de sus miedos interiores, Daniel le cerró el paso, fortaleciendo aquella pared psicológica con puntales, una capa de yeso y un murete de recias piedras frente a él.
Tendrían que utilizar la fuerza para sonsacarle algo. E incluso así, no les diría nada. Moriría antes de traicionar a los suyos. Probablemente, acabaría muriendo. No importaba, estaba preparado. Logan siempre le había dicho que en un encierro nunca tuviera esperanzas en el rescate.
Así jamás se derrumbaría cuando nadie viniera a liberarlo.
Jamie bloqueó un nuevo puñetazo de Kurt y un codazo del soldado tras él y un rodillazo desde su izquierda y otro puñetazo hacia su estómago y una patada contra sus rodillas y el intento de apresamiento de otro soldado y la llave de kárate del siguiente…
Así una y otra vez, durante minutos (que parecían ya horas), sin un momento de respiro, sin un segundo para pensar, sin una oportunidad de huída. Sus pulmones ardían, su corazón punzaba cada vez que latía, sus músculos parecían querer desgarrarse a cada movimiento.
No se dejaría vencer. No podía dejarse vencer.
Uno de los soldados arremetió contra él a ciegas. Jamie lo esquivó con un salto de lado. Desgraciadamente, apoyó mal el pie y se resbaló al suelo. Sintió la primera patada contra su cuerpo al instante. Y luego otra, y otra, y otra, y…
De la nada surgió una luz cegadora y un torbellino de viento procedente del cielo tiró a los soldados al suelo.
Jamie miró hacia arriba, tapándose los ojos con el brazo. El aire y el resplandor no le permitían ver bien, pero si su imaginación no le jugaba una mala pasada, aquello que se recortaba contra el firmamento era la estilizada forma del Pájaro Negro. La falta absoluta de ruido de motores así parecía confirmarlo.
Jamás se había sentido tan aliviado de ver a nadie conocido.
En la oscuridad se recortó una forma rectangular y por ella apareció una ceñuda Garazi.
— ¡Tú si que sabes cómo montar una fiesta, Jai! – bromeó a voz en cuello.
Jamie sonrió casi a su pesar.
— ¿Quieres unirte? – preguntó, en su mejor voz de seductor.
Garazi negó con la cabeza, mascullando sin duda algún juramento, y le tiró una escala. Jamie se levantó de un salto, esquivó al primer hombre, desvió al segundo de una patada y se subió a la espalda del tercero para utilizarlo como trampolín hacia la escalerilla. El avión se elevó en cuanto se agarró a ella, dejando a los soldados a un palmo de narices. Y a un Schultz rabioso.
Jamie alcanzó la puerta del jet tras varios minutos, más por la ayuda de Garazi que por sus propios méritos. El muchacho se arrastró por el suelo del aparato para ponerse definitivamente a salvo. Sentía todos los huesos doloridos y un insistente escalofrío le recorría todo el cuerpo.
Garazi le pasó los brazos bajo las axilas para incorporarlo y sentarlo en uno de los mullidos asientos del avión.
— ¿Estás bien? – preguntó, arrastrando las "eses" como cada vez que se preocupaba.
Jamie intentó sonreír, pero terminó apretando los dientes y escupiendo un cuajarón de sangre que se deslizó por el suelo cual medusa moribunda.
No era la primera vez que lo encontraba en ese estado, y no sería la última.
La diferencia radicaba en que Garazi estaba harta.
— ¿Cuándo cambiarás, eh? ¿Cuándo actuarás como un ser racional? ¿Acaso intentas que te rompan todos los huesos?
— Intentaba… soltar a Danny Boy. –Aunque breve, Jamie logró esbozar una sonrisa. Incluso alargó el brazo para rodear la cintura de su amiga-. Awww… fíjate, estás… preocupada. Eso es tan lindo…
Garazi se zafó bruscamente.
— Deja de hacer el imbécil. –le miró a los ojos, tratando de transmitirle su congoja -. Déjalo ya.
Jamie aleteó las pestañas. Ella sacó un pañuelo y se lo tiró a la cara.
— Serás gilipollas – bufó, renqueando hacia la cabina del piloto.
Sólo cuando estuvo a solas se atrevió Jamie a agarrarse las costillas y gemir. No creía que le hubieran roto ninguna, aunque al día siguiente tendría un mapa en morado de Oceanía pintado sobre el pecho.
Cogió el pañuelo de su regazo y se lo puso en la ceja para detener la hemorragia.
Fue entonces cuando se dio cuenta de que estaba en el Pájaro Negro antiguo. El que guardaban en el hangar B, por si se estropeaban los otros tres.
Garazi no podía estar pilotando; Garazi no sabía pilotar.
Además, se necesitaba un pase especial para entrar en el hangar.
Con un ligero resquemor tras la nuca y miles de pinchazos sobre el cuerpo, Jamie se incorporó. Como un monito hacia un cacahuete en la mano de un desconocido, anduvo hacia los mandos de control.
Garazi estaba de pie tras el piloto, sin apoyar el derecho en el suelo, y ni siquiera se dignó a mirarlo.
Sentado a los mandos había alguien. Un hombre joven, observó Jamie.
Cada vez más receloso, se agarró al asiento del copiloto y se hundió en él. Levantó la vista lo suficiente para ver los pulcrísimos pantalones de pinzas del piloto. No quiso ver más.
— Veo que te has dignado a hacernos compañía – habló una voz de barítono con un acento tan perfecto al hablar el idioma que sólo podía ser fingido.
Con esfuerzo, Jamie clavó sus ojos en los azul zafiro del piloto, que lo miraba con expresión seria cercana a la petrificación.
Era Niklaus von Sachsen-Munroe. El hijo de Tormenta. El hermano de Aisha. El novio de Sarah.
