Nota: ¡Vaya! Ha sido un fin de semana largo :-) Este capítulo, el penúltimo, si mi tendencia a la retórica no lo impide, está dedicado a Agus y Moony porque además de ser más fieles que los seguidores del Atlético de Madrid, preguntaron (bueno, una al menos) por cierto personaje. Yo ya tenía la escena pensada desde el principio de la historia, así que me pareció una feliz coincidencia.

Por cierto, igual os sorprende que mi futuro no sea muy… bueno… futuro. Eso se debe a que el hecho que rompe el universo canon para dar paso al mío ocurrió, según yo, a finales de los 90. Y claro, si a, por ejemplo, 1998 le sumas 17 años, lo cierto es que no sale un tiempo tan lejano. De esta forma también oculto mi poca maestría en la ciencia-ficción :-)


CAPÍTULO 7

— ¿Dónde está mi hija?

La voz de Henry McCoy mostraba un deje histérico muy poco común en él.

— Está bien, Hank. Está en su habitación – respondió Jean sin apartar su atención del panel de control.

— ¿Tiene algo que ver en todo esto? – preguntó él, su voz un poco más calmada.

— Supongo. Aún me faltan algunos datos. Aunque, sin duda, Aurora les ayudaba. De hecho, el numerito de esta noche con el gato habrá sido una sucia maniobra de distracción.

Jean atenuó la rabia en su voz por el bien de Bestia. En realidad, no estaba enfadada con la chica, sino con ella misma por dejarse engañar.

— Si quieres, puedo preguntárselo a ella – se ofreció Hank.

Ella se giró por primera vez desde que él entrara.

— No, no. No es necesario. –Le sonrió, aunque no supo de dónde sacó la fuerza de voluntad-. Además, te necesito aquí. Pueden producirse complicaciones a lo largo de la noche, por no mencionar que tal vez se nos averíe algo. Ya sabes cómo funciona la Ley de Murphy.

— No os preocupéis, gentil dama –dijo Hank poniéndole las manos sobre los hombros-. El encantador Merlín estará aquí para lo que gustéis. ¿Mandáis acaso que requiera los servicios de mi esposa la curandera?

Jean tenía que admitir que Hank se estaba esforzando por levantarle el ánimo.

— Deja a Cecilia en el hospital. Está bien donde está. –Suspiró, intentando aligerar el nudo en su estómago-. Prefiero no dar la alarma general al resto de mutantes. Eso significaría… significaría… la guerra. –Jean clavó en Hank unos ojos acuosos-. Aún tengo esperanza… de que no llegue a tanto.

Bestia apretó aún más los hombros de su amiga, poniendo mucho cuidado en no excederse con su brazo mecánico.

Logan entró en la estancia, un móvil en la mano, una arruga vertical surcando su entrecejo.

— No puedo ponerme en contacto con Gambito. Al parecer está en una misión secreta.

— Sí, es cierto, lo había olvidado – se lamentó Jean.

— Y Ororo se encuentra sacando fotos en la cuenca del Orinoco. Totalmente incomunicada, por lo que parece ser. Si quieres, puedo—

— No, no, prefiero dejarla tranquila un rato. Ya sabes lo mucho que necesita esas temporadas lejos de nosotros. Ya matará a su hija cuando vuelva.

¿Señora? –llamó una voz desde el intercomunicador de la consola-.Ya está todo preparado en Cerebro, señora.

— Muy bien, gracias Manuel. ¿Se ha avisado al resto de unidades?

Sí, señora. Sólo falta el Colegio Mayor.

— Estupendo, yo me encargaré de eso. Vosotros esperad ahí hasta mi llegada.

Sí, señora, así lo haremos.

Jean cortó la comunicación y se mantuvo un rato quieta, con la mano en el botón de llamada, mientras Hank y Logan la observaban en silencio. Lo había preparado todo para que ella sólo tuviera que preocuparse de llevar a sus telépatas y de proteger al resto. Con la esperanza de que, teniéndolo todo dispuesto, pudiera obedecerla y preocuparse por lo que le era realmente importante al mismo tiempo.

Y luego iba diciendo por ahí que no le caía bien…

Jean suspiró y llamó.

Un tono, dos tonos, tres tonos, cuatro…

La sala se llenó con el suave resplandor proveniente del reproductor de imágenes holográficas. De la nube borrosa que apareció al principio, se fue perfilando una figura femenina, hasta convertirse en una Emma Frost de cuerpo entero, vestida con un camisón de seda blanco que gritaba "Channel" en cada curva y rostro despejado y natural que sólo puede lograrse tras dos horas con los mejores productos de belleza.

— Grey, será mejor que tengas una buena excusa –le saludó, nitrógeno líquido en cada letra-. Debes entender que soy una mujer ocupada, con una agenda. No todas podemos darnos el lujo de una vida social tan escasa que nos permita despertar a otros a las tantas de la madrugada.

— Llama a los telépatas mejor preparados de tu Colegio y mándalos a vuestro Cerebro. Vamos a preparar una niebla psíquica.

Emma necesitó parpadear.

— ¿Es una especie de… simulacro?

— No, no lo es. Por favor, Emma, no discutas conmigo y reúne tus telépatas.

Era tan extraordinario que Jean le pidiera algo "por favor" que Emma tuvo que parpadear de nuevo.

— Está… bien. Pero deberías hacerme un resumen de la situación, Grey. Me merezco tanto como eso. Al menos si es peligroso. –Observó el oscilar en el brillo ocular de Jean-. ¿Es una situación de alto riesgo?

— Sí.

— ¿Cuánto?

— Aconsejo encarecidamente que todos aquellos psíquicos que no vayas a utilizar desconecten sus poderes.

— ¿Incluso Edward?

— Sobre todo tu hijo. –Jean apretó los dientes, conteniendo las lágrimas hasta que los ojos le quemaron-. Emma, la PAM ha capturado a Daniel—

— ¿Daniel? ¿Qué Daniel? –preguntó la Reina Blanca confusa. Al segundo cayó-. ¿Tu Daniel? ¿Cómo—

— Emma, de verdad, no tenemos tiempo. Que tus telépatas acudan a vuestro Cerebro, necesitamos crear una niebla psíquica que desoriente a los Comandos Psíquicos dentro del plano astral. Al menos así evitaremos los psi-escaneos. Espero llegar a tiempo. Si los sabuesos psíquicos consiguen entrar en la mente de Daniel—

— No creo que lo hayan hecho o ya estarían ahí.

— Sabes tan bien como yo que esto funciona a través de nódulos de información. Pueden acceder a cualquiera y seguir desde ese punto. Tal vez aún no han llegado porque el nódulo desde el que comienzan es un pensamiento lejano a nosotros—

— Tranquilízate, Grey, no caigas en el histerismo. Resulta deprimente. –Jean le echó una mirada cortante-. Somos telépatas, una perturbación de tal magnitud en el plano psiónico sería detectada al instante.

— ¿He de recordarte a Betsy?

— No, gracias. Y no traigas a colación ese asunto, eres perfectamente consciente de que no guarda parecido con este caso. Además, yo te recuerdo a ti que Edward es inusualmente sensible a los cambios en el plano psiónico si se producen cerca de su radio de acción.

— Sí, pero Emma, no exageraba, es mejor que lo alejes de todo esto.

— No calientes tu cabecita, si es necesario lo encerraré en un cohete y lo mandaré a la luna. –Emma esbozó una sonrisa carente de todo humor-. Ahora, si me disculpas, voy a llamar a mis chicos.

— Oh, antes de que se me olvide, avisa a Niklaus de lo que está ocurriendo.

Por tercera vez en aquella noche, Emma parpadeo.

— ¿Acaso no lo sabes? Niklaus ha abandonado el Colegio Mayor esta tarde. Dijo que iba a la Mansión.

Jean sólo pudo encogerse de hombros y dejarle desconectarse. Luego llevó el intercomunicador de su muñeca hacia la boca.

— ¿Benjamin?

¿Sí, señora Directora?

— La visita que me anunciaste… por una casualidad no sería mi sobrino Niklaus…

El mismo, señora.

— Gracias, es todo.

Volvió a bajar el intercomunicador y tecleó varios comandos en la consola de control. El ordenador le informó sobre la situación en el hangar.

Faltaba uno de los Pájaros Negros.

'Et tu, Niklaus?'


De todas las personas que podrían haber salvado a Jamie, Niklaus sería la menos deseada.

Por ponerlo en palabras suaves, no se soportaban.

Y eso era así incluso antes de que Niklaus saliera con Sarah. Este hecho sólo aumentó las divergencias entre ellos.

La simple idea de deberle una a "ese giliflautas remilgado" hacía enfermar a Jamie.

El muchacho observó los limpísimos puños de la camisa de Niklaus y luego los comparó con su vestimenta, raída y manchada de sangre. Hemos de decir en favor de Jamie que se mordió la lengua por un tiempo. Incluso se dedicó a doblar y desdoblar el pañuelo de Garazi para entretenerse y mantener la boca cerrada, pero cuando notó a Niklaus mirarle de reojo y chasquear la lengua, estalló:

— ¿Qué?

— ¿Qué de qué?

— ¿Qué te pasa conmigo?

— Nada.

— Ya. Claro. Suéltalo, rubiales. –Le miró con toda intención-. Si te lo guardas puede fastidiarte la salud.

— Muy buena. Pero no creo que tú puedas hablar de salud, dadas las circunstancias. –Giró un momento la cabeza para inspeccionarlo de arriba abajo-. Das pena. Más de lo habitual, quiero decir.

— Al menos yo no parezco sacado de un anuncio de GAP, norm.

El jet dio un pequeño tumbo.

— Oye, Jai, podrías ser más amable, ¿no? –intercedió Garazi-. Te ha salvado la vida y tú ni siquiera has dicho un triste "gracias".

Jamie miró a Garazi.

Gracias. Sé que tú me has salvado la vida. –Volvió su atención a Niklaus-. Tú por qué estás aquí.

— Jamie…

— No, déjale, es así de retrasado siempre.

— Para que lo sepas –habló Garazi antes de que Jamie pudiera replicar-, está aquí porque es una buena persona.

— ¿En serio?

— Sí, en serio. Cuando me he despertado y notado que me habías abandonado –Jamie reculó ante la acusación-, fui a la habitación de Sarah, para ver si me podía ayudar. No sabía donde estabas, nadie lo sabía, y tampoco podíamos salir de la Mansión así como así. Tienes suerte de que Niklaus apareciera entonces y se ofreciera a "tomar prestado" un Pájaro Negro para salvarte. A riesgo de su propia vida. – Jamie no pasó por alto el leve tono de admiración en la voz de la chica.

— ¿Dónde está Sarah?

— En casa –respondió Niklaus, flemático-. Me pidió venir principalmente porque no puede salir de su habitación.

— Ya, claro, está destrozada por lo de su hermano.

— No es eso. Jean se lo ha prohibido. –Al ver que el otro muchacho no sabía nada, Niklaus se explayó: Jean lo sabe todo.

A Jamie se le quitaron todos los dolores de golpe, para dar paso a una sensación de frío ártico.

— Oh, genial – masculló.

— Sí, genial. No sirve de nada lamentarse, pero eso es típico en ti, ¿verdad?

— ¡Oye!

— Primero la fastidias y luego te lamentas.

— No lo he hecho queriendo.

— Más vale.

— Ha sido un accidente.

— Muy bien, pero es la clase de accidentes que sólo te pasan a ti. ¿Por qué no me pasan a mí, eh? ¿Será porque tengo cerebro?

— Seguro, encefaloplano.

— Al menos yo estoy en la Universidad. Cosa que no se podrá decir de ti, teniendo en cuenta tu deplorable expediente académico.

— Las graduaciones de los "homo inferiores" no me interesan.

— ¿Es esa una excusa para no admitir tu fracaso?

— ¿Es este un patético intento para quedarte mejor y poder olvidarte de que tu novia te ha rogado por mi vida?

Hasta Garazi sabía que se había excedido. Jamás había visto a Niklaus hasta aquella noche y nunca había presenciado conversación alguna entre éste y Jamie, pero conocía lo suficiente sobre las relaciones amorosas complicadas para concluir que existían ciertos límites. Sarah hablaba de "su Nick" y de Jamie, pero siempre trataba de que fuera en conversaciones o temas diferentes y nunca los comparaba; Jamie podía despotricar contra Niklaus delante de Sarah, pero jamás le exigía explicaciones ni le preguntaba por qué estaba con él.

Pero Jamie acababa de dejar implícito que si bien Sarah mantenía una relación con Niklaus, a quien quería era a él.

Garazi se preguntó dónde guardarían los paracaídas en el jet.

Durante todo ese tiempo, sin embargo, Niklaus no apartó su mirada del paisaje. Agarraba los mandos con ambas manos y sus nudillos estaban blancos como el centro de una explosión nuclear, pero eso era todo.

— Ya casi estamos – anunció de repente, con voz hueca.

Las luces del panel de control delineaban sus facciones y Garazi creyó ver, antes de sentarse y abrocharse el cinturón, cierta vidriosidad cuando iluminaban sus ojos.

El aterrizaje resultó impecable. Jamie sintió arcadas por ello. Niklaus "el Perfecto". El perfecto hijo de su padre que, al morir, se convirtió en perfecto hijo de su madre adoptiva. Conseguía la excelencia en todo lo que se proponía. Hijo modelo, hermano modelo, estudiante modelo, novio modelo. Hubiera sido el ideal de las nuevas generaciones mutantes si no fuera por dos ínfimos, insignificantes detalles: era humano y hemofílico.

Eso, en la escala de Jamie, lo ponía por debajo de las piedras.

Una vez apagado los motores, Niklaus cedió el paso a los dos adolescentes. Él se quedaría atrás para asegurarse de que todo quedaba en perfecto orden.

Jamie soltó un ruido inarticulado, entre un bufido y una carcajada. Niklaus le clavó una mirada heladora, pero lo dejó estar. Sin embargo, su posición le permitió darse cuenta, por primera vez en todo ese tiempo, de que Garazi cojeaba. Solicito, le agarró del brazo.

— Por favor, permítame ayudarla a bajar las escaleras del avión.

Garazi se le quedó mirando, intentando hallar su voz. Niklaus era muy alto, olía extraordinariamente bien, y poseía los atractivos rasgos de su padre. Garazi era una adolescente mutante y, como todas ellas, había visto fotografías de él (y había salivado sobre las mismas). Niklaus resultaba más delgado, pero añadía al conjunto cierta suavidad en la línea de la mandíbula y unos ojos azules de la tonalidad oscura de los zafiros.

— Puedo ayudarla yo – dijo Jamie, sobresaltándola.

— Tú estás peor que ella – argumentó Niklaus, haciendo caso omiso a sus objeciones y pasando el brazo de Garazi por encima de sus hombros.

La muchacha trató de no obsesionarse con la idea de lo mal que llevaba el cabello y lo poco atractivas que eran sus ropas.

— Mira que puede herirte –continuó Jamie-. Está hecha toda una tigresa.

Garazi alargó el brazo libre para tratar de estampar la cabeza de Jamie contra algo, mientras sentía sus mejillas arder.

— ¿Lo ves? – remató el chico.

Ella consiguió agarrarle del pescuezo y acercarlo a su rostro. Jamie sonrió, divertido por la situación. Garazi no pudo seguir enfadada ante esos ojos astutos y esa cara de pillo. Aunque no salieran juntos, aunque conocieran a otras personas e incluso se casaran con ellas, siempre les quedaría esa conexión, como bramante, anclada en una buena amistad.

Jaime se consideró indultado y pasó el otro brazo de Garazi por sus hombros, haciendo que la muchacha dejara de tocar el suelo con los pies. Niklaus observó el detalle y, aunque no sonrió, sí que movió la cintura adelante y atrás de forma disimulada para que ella se balancease en el aire.

— Por cierto –saltó de pronto Jamie-, ¿cómo demonios sabíais en qué parte del gueto estaba?

— En alguna calle cercana al estadio era la opción más viable –respondió Niklaus sin mirarle-. Escondido a la par que cercano al Cuartel General.

— Te estás volviendo convencional, Jai – bromeó Garazi.

Las cosas estaban lo suficientemente sosegadas entre los tres para que Jamie no lo tomase como una provocación.

Pero entonces, sorpresiva e implacable como el ataque de un cocodrilo a una cría de ñu, una recia voz exclamó:

— ¡!

Por el mismo instinto natural de las nombradas crías de ñu, Niklaus y Garazi se separaron de Jamie, dejándole aislado en el hangar.

Justo en el punto de mira de la felina Jean.

— Jean, ¿qué haces—

No le dio tiempo a terminar la pregunta, pues tan pronto estuvo a su lado, Jean le atizó un puñetazo que a punto estuvo de arrancarle la mandíbula.

— ¡Pedazo de cabrón, ¿cómo te has atrevido?! – chilló, agarrando al pobre muchacho del peto.

— Jean, por favor…

— ¡¿Quién te ha dado derecho para jugar así con la vida de mi hijo?!

— Jean… en serio…

— ¡¿Quién te crees que eres, la reencarnación de Magneto?!

Llegados a este punto, Jamie no podía respirar. Notaba una presión invisible cerrándole los conductos respiratorios.

— ¡Por favor, déjale! – rogó Garazi.

— ¡Tía Jean, ya basta! ¡Lo estás ahogando!

La petición de Niklaus, en especial por provenir de alguien con tanta inquina contra Jamie, detuvo a Jean.

El chico cayó al suelo, boqueando mientras se agarraba la garganta, ahora libre. Jean, a su vez, recuperó el resuello.

— Vosotros –dijo, dirigiéndose a los otros dos-, marchaos de aquí.

Niklaus asintió con la cabeza y comenzó a alejarse, Garazi lo siguió, cojeando.

— Nick –lo llamó Jean. Él se dio la vuelta para atenderla-. Acompaña a Garazi a la enfermería, su pie necesita cuidados.

El joven volvió a asentir, en esa forma sumisa que había aprendido de su familia paterna, ofreció su brazo a la chica rubia para que se apoyara en él y juntos abandonaron el recinto.

Jamie se quedó solo ante Jean. Y su cólera.

— Todos me decían que no debía ayudarte –comenzó la mujer-. Que era mejor para todos si te dejaba en el sanatorio. Que sólo me traerías problemas. Pero yo no les escuché. Yo creía que podía ayudarte. Yo creía que aún quedaba algo bueno en ti, que eras capaz de cambiar. Yo creí en tu palabra.

— Jean, escúchame… -trató de serenar Jamie, levantándose a duras penas del suelo.

— ¡Cállate!

— Jean, créeme—

— ¡¿Cómo has podido?!

— He intentado hacer lo que era mejor para todos, de veras.

— ¿No me digas? – exclamó ella, rozando el sarcasmo.

— Sólo trataba de ayudar…

— No, eso no es cierto. Sólo tratabas de satisfacer tu ego, de probar que aún eras capaz de luchar contra todos aquellos que consideras enemigos de "nuestro pueblo". Pero yo no te traje para eso. Yo te traje para que pudieras tener un mínimo de normalidad en tu vida, para que pudieras desarrollarte como persona entre quienes te quieren. Y tú –remarcó, señalándolo con el dedo índice-, tú aceptaste. Tú me prometiste que no te meterías en problemas. Me prometiste volver y obedecer las reglas. Integrarte en nuestro hogar. Prometiste portarte bien y abandonar tus viejos hábitos terroristas para siempre. ¡Me lo prometiste, Jamie!

Jamie, cansado tanto física como mentalmente, estalló.

— ¿Y qué querías que hiciera? ¿Quedarme aquí, cruzado de brazos, viendo a esos… monstruos… campear a sus anchas por las calles? Yo no soy como tú, Jean, yo no puedo mirar hacia otro lado mientras siguen exterminando a nuestro pueblo.

— Y lo arreglas todo entregándole a mi hijo.

— ¡Yo no lo he entregado! Le ordené específicamente que no se moviera del sitio. ¡No es culpa mía que no me obedeciera!

La irresponsabilidad sacaba de quicio a Jean.

— Es culpa tuya el haberle llevado a la boca del lobo.

— No hubiera pasado nada si me hubiese obedecido.

— Mira quién habla. –Jean esbozó una mueca parecida a una sonrisa si no fuera por su visible desolación. Al instante recuperó su expresión grave-. Cómo pudiste llevarlo contigo.

— Él quiso venir. No vi razón alguna para impedírselo. No había peligro aparente. ¡No existía riesgo alguno! Si se hubiese quedado donde le dije… Además, fueron los hombres de Riedle los que lo han capturado.

Jamie soltó una carcajada exacerbada.

— ¿No es irónico? Al final el peligro ha tenido que venir de Europa. Los estadounidenses sois negligentes. Apenas hay cacerías aquí. El Cuartel ni siquiera estaba custodiado.

— ¿Sabes por qué es eso? –intervino Jean, indignada de que no lo entendiera-. ¿Sabes por qué os ha sido fácil andar por aquí? ¿No lo sabes? Porque nos escondimos.

— Como ratas.

— Como única alternativa. ¿De verdad crees que seguiríamos vivos si les hubiésemos atacado abiertamente?

— Ni siquiera lo intentasteis.

— ¿Tú que sabes? ¿Acaso estabas en las reuniones que siguieron al Día de la Catástrofe? ¿Estabas ahí? –preguntó, sabiendo que era hiriente-. Porque si estabas, refréscame la memoria.

— Sabes muy bien que me encontraba en un hospital, en coma. Pero tras despertarme no me encontré un panorama muy alentador.

— Exacto. Mataron al 25 por ciento de la población mutante en un solo día.

— Y al resto, al menos a los registrados, los metieron en guetos. No recuerdo que intentarais salvarlos.

— Tratamos de realizar rescates puntuales – respondió ella, con voz tensa.

— ¡Actos de caridad para limpiar vuestras conciencias! Tras el Día de la Catástrofe tendríais que haber atacado, con todas vuestras fuerzas.

— ¿Cómo? Nos habían asestado un golpe letal.

— Excusas. Quedaba el 75 por ciento de los mutantes.

— Cierto. Un 75 por ciento esparcido por el mundo, sin organización, sin comunicación entre unos y otros, sin recursos, ni información, ni entrenamiento, ni nada parecido a un líder.

— Pudisteis haber—

— ¿Cómo? Aproximadamente el 80 por ciento de los telépatas reunidos por Charles en la Antártida murieron tras trastocar la mente de los humanos no mutantes y los que sobrevivimos tardamos meses en recuperarnos del proceso. Por no mencionar que otros habían sido hechos prisioneros antes del Día y trabajaban para las fuerzas anti-mutantes. Cualquier mutante parecido a un potencial líder estaba ocupado o… o muerto. No quedaba nadie. No se pudo organizar una mierda. Y cuando hubo oportunidad… ya era demasiado tarde.

— ¡Pues incluso entonces debisteis atacar!

A Jean no le quedaban fuerzas para lidiar con los prejuicios de Jamie o con el pasado. Ya ni siquiera discutía consigo misma sobre ese asunto.

— Hubiera sido un suicidio – replicó con una voz suave, carente de emoción.

— ¡Mejor eso que no hacer nada! Mejor morir luchando a ver los guetos, las purgas… Mejor morir que dejar… que dejar que esas bestias… -Jamie se tambaleo, mareado por un súbito ataque de ansiedad. Debía respirar, pero todas aquellas imágenes horrendas que eran su pasado le ocluían la laringe. Necesitó toda su fuerza de voluntad para recuperar el aliento; aún más para recobrar su voz y las ganas de hablar. Jean no le ayudó en ningún momento-. Cualquier cosa es mejor que quedarse de brazos cruzados.

— ¿Mejor? ¿Mejor para quién?

— ¡Para nuestro pueblo!

— Oh. Entiendo. Lo mejor para nuestro pueblo es el suicidio.

— No es suicidio, yo ya los ataqué y los vencí.

— Sí, es cierto, liberaste el gueto de París.

Jamie esbozó una sonrisa orgullosa, tan amplia como pudo, para ser capaz de borrar las atrocidades que representaba.

— Salvé a los mutantes que allí quedaban – dijo, al igual que se lo repetía una y otra ver a sí mismo, por si al final acababa creyéndoselo.

— Sí, ¿pero a qué condujo eso? Liberaste a alrededor de 100.000 mutantes en París y a consecuencia de ello murieron alrededor de 350.000 en otros guetos, como represalia.

— ¿Qué me estás diciendo? ¿Qué hubiera sido mejor no haberlo liberado? ¿Hubiera sido mejor que me sentara tranquilito y dejara que me matasen? Preferirías que hubiera muerto. ¿Es eso lo que estás diciendo?

— ¡No! No seas obtuso. Lo que trato de decirte es que cada acto tiene su efecto. Te hablo de responsabilidad. Uno tiene que ser lo suficientemente responsable para conocer los efectos que sus actos acarrearán y tener recursos para enfrentarse a ellos. No puedes cargar como una bestia contra la PAM, Pureza o cualquier otra organización. Toman represalias. Si no consiguen sacar información de Daniel ¡lo matarán!

Jean puso una mano sobre su boca; de repente era conciente de que había dicho en voz alta aquello que tanto temía.

Sollozó. Por primera vez desde hacía años, Jean Grey-Summers sollozó de verdad.

A Jamie se le partió el alma: no podía ver sufrir a una madre. Se acercó a ella. Jean manoteó para evitar cualquier contacto, pero Jamie logró agarrarle los brazos y abrazarla. Ella enterró la cabeza en su pecho y siguió llorando.

— Shhh… tranquila, todo está bien. No pasa nada, todo irá bien. Danny estará bien. Está vivo, estoy seguro de eso. Si algo le hubiese pasado, ya lo sabríamos.

Jean ahogó sus gemidos, haciendo temblar sus hombros por el esfuerzo de controlarse.

— Es sólo un niño…

— Pero ha sido entrenado por ti. Es fuerte.

— Lo tiene uno de los hermanos Riedle. –Ella alzó el rostro. Sus ojos mostraron un brillo esperanzado-. Tal vez sea Christian…

Es Christian. He visto a su perro guardián Schultz.

Jean tensó los músculos.

— ¿Ha visto a mi hijo?

— Por lo que he podido deducir, no. Christian le ha ordenado montar guardia en la calle. –Jamie escuchó a la mujer suspirar de alivio-. Siento decir esto, tía Jean, pero el que sea Christian quien lo tiene no es tan buena noticia. Por muy sádico y violento que sea Frédéric, al menos su comportamiento es predecible. Christian está loco. Créeme, hace mucho que ese muchacho perdió la cabeza.

Para su sorpresa, Jean sonrió.

— Bien, tal vez con un poco de suerte mi hijo esté inconciente y a él se le ocurra hacerle un psi-escaneo.

— No lo entiendo…

Nadie realiza un psi-escaneo a alguien inconsciente.

Aquella era una información nueva para Jamie.

— ¿Por qué no? ¿No sería más fácil?

— Oh, sí, entrar. No salir. La mente consciente se diferencia de la inconsciente sólo mientras la persona esté despierta. Si no lo está, es casi imposible diferenciarlas. –Jean observó la estupefacción dibujarse en las bellas facciones de Jamie-. Verás, los pensamientos son caminos. Los pensamientos conscientes son balizas que nos permiten ver a dónde vamos y, sobre todo, de dónde venimos. Aparte de la complicación de intentar desentrañar qué cosas son verdad y cuáles sueños o imaginaciones, si la persona inconsciente se despierta con un telépata dentro de su psique y ha sido preparado para soportar ataques psíquicos, puede encerrar la mente del telépata dentro de la suya. Y créeme, no es fácil salir. Los tiempos en que se podía psi-escanear a alguien desvanecido hace mucho que pasaron a mejor vida.

Jamie asintió en silencio, archivando esa información útil para el futuro.

Jean –sonó una voz áspera por el intercomunicador-, el operativo está dispuesto. Los psíquicos esperan en Cerebro. Sólo faltas tú.

— Gracias, Logan, voy enseguida. –Jean clavó unos ojos llenos de glauco resentimiento en Jamie-. Tú y yo no hemos terminado. Cuando vuelva concluiremos esta conversación y decidiremos qué hacemos contigo.

Jamie vio alejarse a Jean con un nudo en el estómago. Todo lo que temiera con la detención de Danny estaba haciéndose realidad. Y la culpa era suya, sólo suya. Siempre tenía que hacer las cosas a su manera, como un niño testarudo.

¿Qué pensaba conseguir él solo, frente a un ejército?

Y entonces, una bombilla se encendió en la cabeza del muchacho.


Aisha llevaba ya un rato considerable sentada en las escaleras del garaje, mirando su BMW 750. Sarah se había quedado dormida de puro agotamiento y el cuarto le pareció agobiante, con sus paredes cerniéndose sobre ella, como si encogieran.

A diferencia de su madre, Aisha no acudía a los cielos o a las montañas cuando buscaba introspección, sino a recintos llenos de máquinas o a bibliotecas. Salvo en la extraordinaria circunstancia de que la presión fuera insoportable, en cuyo caso optaba por salir de la atmósfera.

Porque cuando una lleva el apellido Munroe, es exhibicionista hasta la médula.

Sonaron pasos a su espalda. Lejanos, primero, acercándose, luego; aunque de esa forma desacompasada y errática de alguien que no sabe muy bien a dónde se dirige. Hasta llegar a las escaleras.

— Hola, Luc – le saludó Aisha, sin darse la vuelta.

— Ho-hola – respondió él, en un tono bajo casi de ultrasonido.

— ¿Vienes a ver la chatarra en la que ha convertido Sarah mi coche?

— Oh, no… Yo… errr… N-no podía dormir.

Aisha asintió.

Y no dijo nada más.

Luc se quedó allí, pasando su peso de un pie a otro, intentando hallar algún tema de conversación. Resultaba una labor difícil, pues unido al hecho de su consciente timidez, el muchacho no tenía ni la más remota idea sobre de qué hablar con alguien con la mente de Aisha. Era muy inteligente. Tanto como para haberse saltado cinco cursos y poder ir a la Universidad, si quisiera. Demasiado para involucrarse en diálogos intranscendentes.

Por fortuna, la propia Aisha lo ayudó.

— ¿Crees en el Destino?

— ¿E-en el Destino?

— Sí.

— Eh… no. Creo que ciertos comportamientos te llevan a finales concretos. Pero… pero siempre se p-puede cambiar. La vida sería muy triste si cada uno tuviera un camino marcado, del que no pudiera salirse nunca. –Aisha le miró por primera vez, curiosa-. B-bueno… es lo que yo opino. Ya sé que no sé mucho—

— Nadie sabe mucho, Luc, sólo lo aparenta.

Él sonrió nervioso, agachando la cabeza. De nuevo volvía el temible silencio.

— Puedes sentarte, si lo deseas – ofreció Aisha.

Luc lo hizo antes de que ella cambiara de opinión o el Fin del Mundo llamara a la puerta. De nuevo trató de hallar algún tema interesante de conversación. Frenético, miró hacia todos los lados. Sólo había coches; entre ellos, el de Aisha.

Bueno, menos daba una piedra… No podía ser peor que estar allí, callado y quieto como un besugo congelado.

— Yo no veo tu coche tan mal. Puedes llevarlo a un taller y repararlo.

— Si tú lo dices… -Eso le sonó mal a Luc-. De todas formas iba a tener que deshacerme de él…

— ¿Por qué?

— Mmmm… no sé… ¿Tal vez porque está envuelto en el asalto al Cuartel General de la Policía Anti-Mutante? No puedo quedarme con una prueba incriminatoria.

Luc asintió, sintiéndose imbécil.

— Es una pena, me gustaba este coche. Aunque fuera de él.

— ¿Es el que utilizaba tu padre?

Uno de los que usaba, supongo. Tenía cientos. Deberías ver su garaje… caben tres Mansiones dentro. Cuando lo vi por primera vez no me lo podía creer. –Aisha casi esbozó una sonrisa-. Mi madre no me quería llevar. Siempre piensa que la ostentación me corromperá. De hecho, trató por todos los medios que no cogiera ninguno de los coches.

— Pero a ti no te gusta la idea de usar algo que era de tu padre.

— No. Sólo lo hice porque mi madre se empeñaba en impedírmelo. Así que cogí uno. Éste me pareció bonito, elegante y no muy llamativo. En realidad quería quedarme con el Z4… aunque visto lo visto, me alegro de no haberlo hecho.

— De todas formas… podrías comprar otro igual, ¿no?

Aisha le dirigió una mirada cortante.

— No. Para eso tendría que utilizar su dinero y no pienso hacerlo.

— ¿P-por qué?

— Porque, por si no te habías fijado, odio a mi difunto progenitor.

— P-pero tu padre e-es un héroe.

— Esa no es la opinión mayoritaria, empezando por la de sus propios ex compañeros.

— T-tu padre… Él desafió a Jules Riedle y a Bernhard Schultz para estar con tu madre.

— Corrección: él traicionó a sus supuestos amigos para echar un polvo con mi madre.

Luc la miró boquiabierto. No podía creer lo que estaba oyendo.

— Tu padre… La-la historia de tus padres es una de las más románticas… ¡Tu padre lo dejó todo por ella!

Aisha bufó y enseñó los dientes en una mueca que sólo un ciego o un iluso natural hubiera calificado como "sonrisa".

— Todo… Sí, mi padre lo tenía todo. –Sus ojos parecían vagar lejos de allí-.Tres eran los Elites que gobernaban el mundo: Jules Riedle, el padre de Frédéric y Christian; Bernhard Schultz, el padre de Kurt; y mi padre. Eran ricos y poderosos y, como a todos los hombres arrojados e influyentes, la fortuna les sonreía. Hasta que uno de ellos, el rarito, el que siempre parecía estar maquinando tras ellos, se obsesionó con una mutante de pelo blanco que controlaba el clima y los dejó en la estacada. Muy mal por su parte, traicionar la amistad, romper la fidelidad, por algo tan fútil como el sexo.

— Fue más que sexo…

— En lo que a mí respecta, ese malnacido se acostó con mi madre aprovechando que estaba borracha. Esa es mi versión de los hechos y no pienso modificarla. Me niego a creer que mi madre se tirara de cabeza al abismo siendo plenamente consciente de lo que hacía. Por favor… liarse con un psicópata… si es de manual…

— Tu padre no era un psicópata – disintió Luc. Por alguna razón, perdía su timidez cuando se trataba de defender a ciertas personas.

— Bromeas… Comparado con él, Christian Riedle es un dechado de cordura y sensatez.

Luc iba a rebatirla de nuevo, pero al mirarla se lo pensó mejor. Aisha tenía su vista fija en el BMW, como si fuera capaz de radiografiarlo, mientras jugueteaba con la segunda hebilla suelta de su brazalete.

— Me llama "prima" – dijo de pronto.

— ¿Jamie?

— No. Bueno, sí, pero me refería a Christian.

Luc frunció el ceño, intentando hallar la explicación.

— Creí que no erais familia…

— Y no lo somos. Niklaus lo es.

— ¿Lo es?

Aisha le dirigió una mirada divertida.

— La tía de Christian se casó con mi progenitor y tuvieron a Niklaus. Fue luego cuando él y mi madre se liaron y me tuvieron a mí. Ni siquiera somos parientes políticos.

— ¿Y entonces por qué… por qué te llama "prima"?

— Porque está loco. –Aisha apretó los dientes-. Y porque, según él, ambos tenemos un Destino.

— ¿Qué—

Cual aparición celestial, Jamie entró por la puerta; tan rápido que el sonido de sus zancadas presurosas vino varios segundos después.

— ¡Ah, aquí estáis! – exclamó jubiloso, como si hubiese descubierto América.

— Sería difícil que nos vieras, de otro modo – ironizó Aisha.

Jamie dejó pasar el comentario.

— No hay tiempo para eso. Acompañadme al cuarto de Sarah.

— ¿Para qué? – quiso saber Aisha, recelosa en extremo.

— Os lo contaré cuando lleguemos. –Jamie volvió a ponerse en marcha-. ¡Vamos! – gritó sobre su hombro mientras se alejaba.

Luc miró a la chica, esbozó una sonrisa de disculpa y se levantó para irse.

— ¿Vienes?

— Ahora mismo – respondió ella.

Se incorporó a su vez, pero dejó pasar unos minutos, hasta que Luc estuvo a cierta distancia. Miró el BMW por última vez. Luego, como si tal cosa, chasqueó los dedos y el coche desapareció en la nada.

Antes de seguir a Luc, volvió a cerrar la segunda hebilla de su brazalete.


Jamie hizo un examen satisfactorio.

A ver, Aisha sentada en su cama, Sarah sobre la suya, el estirado de Niklaus a su lado, Luc en una esquina intentándo hacerse uno con el papel de las paredes y Garazi apoyada en el marco de la puerta.

Todos le estaban prestando una viva atención.

— ¿Y bien, LeBeau, qué es eso tan urgente que debías comunicarnos? – preguntó Niklaus, sin disimular su irritación.

Jamie dibujó una sonrisa resplandeciente.

— Tengo un plan para salvar a Danny. Pero no puedo hacerlo solo, porque… ¡Tenemos que volver al gueto!