Nota: ¡No puedo creer que no vaya a terminar en el capítulo 8! ¡No puedo creer que necesite un epílogo! ¡No puedo creer que no sea mantequilla de Yac!... Ejem…
En otro orden de cosas, me he dado cuenta de que no he mencionado el nombre completo del padre de Aisha. Ups. Menudo despiste. Claro, he tratado de darle tanta intriga que me he pasado. Es lo que suele pasar cuando tratas con personajes inventados, tienes que hacerlos interesantes porque si no nadie quiere saber nada de ellos. Pero igual me he pasado.
Otro tanto con Aisha, aunque lo de hacerla tan misteriosa sí que tiene su razón de ser.
Por cierto, hay una frase muy conocida de "El Señor de los Anillos". Está un poco cambiada, pero no tanto como para no ser reconocida por cualquier fan. Daré un no-premio a quien acierte :-)
CAPÍTULO 8
— Perdona… ¿podrías repetir lo que has dicho? – pidió Garazi, tras un minuto entero de callada estupefacción.
— Que vamos a entrar de nuevo en el gueto – satisfizo Jamie.
— Ah, pues no, había escuchado bien…
— ¿A ti la palabra "experiencia" no te dice nada, primo?
Él la miró, como si hubiera recibido un gran insulto, y fingió haber sido herido en el corazón.
— Tu falta de fe me hiere.
— Más te herirá la PAM cuando te capturen – comentó Aisha, sin alterarse lo más mínimo.
— No me van a capturar. Además –agregó, esbozando una sonrisa encantadora-, no voy a estar solo.
— La última vez que estuvimos todos juntos en el gueto, tuvimos que salir por piernas, dejando a mi hermano atrás.
— Razón por la cual nos encontramos en esta problemática – puntualizó Niklaus.
Jamie se pasó la mano por la cara, sintiendo una desacostumbrada rigidez en la espalda fruto de la frustración.
— ¿Queréis dejarme explicar mi plan, al menos, antes de que os pongáis Inmortus conmigo?
El resto del grupo coreó una especie de débil afirmación.
— No mostréis tanto entusiasmo… -se quejó Jamie-. Bien, vale. Nuestro principal problema en todo este asunto ha sido nuestra dolorosa falta de equipación. No podíamos hacer mucho con los viejos uniformes remendados que "tomamos prestados", sin armas y con un coche como único medio de transporte. Con eso no podíamos hacer nada. Para ser verdaderos miembros de la Patrulla, necesitamos los más nuevos uniformes, las mejores armas y el Pájaro Negro.
— Siento ser aguafiestas, Jamie, pero seguimos sin tener esas cosas –recordó Sarah. Tras la llorera y los pocos minutos de descanso, sólo se sentía con fuerzas para enunciar lo obvio-. Ese maravilloso equipamiento se halla a buen recaudo en las instalaciones a las que no tenemos acceso.
— Pero él sí – exclamó Jamie, jubiloso, señalando a Niklaus con un puntiagudo índice.
El rubio, por pura costumbre, iba a negar este punto, hasta que advirtió su veracidad.
— Jean me dio un pase, al graduarme – murmuró, pensativo.
Jamie dirigió una enorme sonrisa a los congregados, como diciendo "¿veis?".
— Muy bien, tendremos trajes nuevos, ¿y qué? –quiso saber Aisha, reacia a dejarse convencer-. Seguimos siendo los novatos de siempre. Esos que no se atreven a usar sus poderes por desconocer los resultados.
— ¿No sería… - comenzó Luc, pero pronto se dio cuenta de que los demás lo miraban y se calló, enrojeciendo.
— Habla – dijo Jamie, animándolo con un asentimiento de cabeza.
— ¿N-no sería mejor dejar esto a los mayores? Jean ya habrá preparado su estrategia. No estaría bien… bueno… estorbar.
— El primer paso de tía Jean ha sido convocar a los telépatas para crear una "niebla psíquica".
— Y así impedir los psi-escaneos – agregó Sarah lo obvio.
— Bien. Supongo que el segundo paso será llamar a los Action Force o, en su defecto, a la unidad de asalto más cercana – supuso Aisha, esperando cerrar así la conversación.
— Pero no tenemos ni idea de dónde están los Action Force,
— Júbilo está aquí – declaró Aisha.
— ¿Sola?
— Me parece.
— Entonces estará descansando y vete tú a saber dónde estarán los demás y cuánto tardarán en reagruparse o cuánto tiempo tardará cualquier otra unidad en llegar al gueto – argumentó Jamie.
— ¿Y?
— ¡Pueden llegar demasiado tarde! Veréis, Jean se basa en una teoría errónea. Piensa que no han descubierto a Danny y que la "niebla psíquica" confundirá a los sabuesos mentales, dándoles tiempo. Pero es justo al revés.
— No te entiendo… - cortó Sarah, acercándose al borde de la cama, con una expresión de profunda atención.
— Christian, si me he enterado bien, ya sabe quién es Daniel. Si le conozco algo, habrá aislado a Danny Boy, convenciendo a la PAM de que no es nadie, sólo un divertimento, y alejándoles de él.
— ¿Y por qué haría Christian algo así? – preguntó Sarah.
— Porque está loco –afirmó Jamie-. Le gusta saber más que el resto de mortales.
— Saber es poder – añadió Aisha.
— Él ya tiene el poder – comentó Garazi.
— No, su hermano mayor es quien lo posee –respondió Aisha. Había un poso oscuro en su tono de voz-. Si Christian quiere detentar la jefatura alguna vez, tendrá que hacerlo a través de la acumulación de conocimiento.
— Como sea –cortó Jamie, impaciente-. Cuando los sabuesos mentales capten la "niebla psíquica" sumarán dos y dos y sabrán que Danny no es un simple prisionero. Y ahí acabará todo.
— ¿Le has dicho a Jean algo de todo esto? – inquirió Niklaus.
— ¡No me ha dado tiempo! Primero he tenido que deducir que Christian conocía a Danny y para cuando lo he hecho, Jean ya estaba encerrada en Cerebro.
— Mentira. –habló Aisha, contundente. Se levantó, para encararse con él-. Este plan ya se te había ocurrido antes de descubrir esa información. Lo dices para convencernos.
— Utilizar la mentira y el engaño, qué extraño en él – ironizó Niklaus.
— Tú no te metas – le espetó Aisha antes de que lo hiciera el propio Jamie-. ¿Por qué este nuevo plan?
— ¿Acaso prefieres quedarte aquí sin hacer nada? ¿Con Danny allí, sufriendo quién sabe qué? Me pone enfermo tanta inactividad. Tenemos que hacer algo.
— ¿Tenemos? No nos metas en este asunto sólo porque seas incapaz de soportar tu propia culpabilidad.
— ¿Mi culpabilidad? ¿Qué sois ahora, angelitos? –Los miró a todos, buscando herir su conciencia-. Que yo sepa, nunca os obligué a venir conmigo. Pero cuando algo malo pasa es mi culpa.
— Yo no he dicho eso, no pongas palabras en mi boca. –Aisha era, sin duda alguna, la más severa y rigurosa de los ocho. Solía decirse que incluso podía hacer palidecer a su madre, la gran Ororo Munroe-. Eres incapaz de interiorizar el dolor. Escapas de él como de la peste, corriendo lo más rápido que puedes y realizando cualquier clase de estupidez, por muy peligrosa que sea, para poder alejarte. Porque si te paras sólo un momento, la angustia te dominará y temes que eso te lleve de nuevo a la locura.
Jamie se quedó callado, entre estupefacto y dolido. ¿A qué venía eso? ¿Cómo se atrevía a decirle esas cosas, a recriminarle aquello delante de los demás, como si fuera su madre?
— ¡Tú no sabes nada de mí! – chilló al fin.
— No nos llevarás a la muerte sólo porque la prefieras a la reflexión.
Jamie iba a gritar como un descosido cuando se dio cuenta; el pequeño brillo malicioso en los ojos de su prima, apenas perceptible, pero real. Hija de… ¿Qué trataba de probar? Fuera lo que fuese, Jamie no le iba a dar esa satisfacción. Así que enseñó la más seductora de las sonrisas que jamás hubiera intentado.
— Como ya he dicho antes, para aquellos que tengan problemas de entendimiento, no vamos a morir. Tengo un plan.
Lo dices como si significase algo – dijo Niklaus, despectivo.
Sarah puso una veloz mano en el brazo de su novio, sin mirarlo. Garazi se separó del marco de la puerta, preocupada. Luc se despegó de la pared, alerta. Aisha lo observaba todo, ladina.
— Por favor, ¿puede el fondo sur callarse un rato para que pueda exponer mi brillante, impresionante e infalible plan? - pidió Jamie exudando seguridad suficiente para meter la cabeza en la boca de un león.
Niklaus sonrió y asintió en silencio. Era lo suficientemente adulto para ceder cuando lo veía oportuno. En eso, se diferenciaba de Daniel.
— Bien –dijo Jamie, feliz, en el fondo, por no tener que hacerse oír a la fuerza-. Esto es lo que vamos a hacer… Primero, nos vestiremos con los uniformes último modelo que hay por aquí, cogeremos varias armas y "tomaremos prestado" el mejor Pájaro Negro de la casa. Luego, volaremos hasta el gueto y –se dio la vuelta hacia Garazi- os soltaremos a ti y a Luc en una de las calles para que volváis locos a los soldados.
— Eso es muy peligroso – advirtió Sarah.
— Somos parisinos, hemos vivido cosas peores que ésta –tranquilizó Jamie. Luego volvió a dirigirse a Garazi-. ¿Puedes andar?
— Sí, no siento el tobillo. La verdad es que no siento nada.
— ¿Pero puedes andar?
— Estoy drogada hasta arriba pero consciente.
— Estupendo. Mientras vosotros dos despistáis a los guardias de la calle, yo entraré al Cuartel a través del alcantarillado y rescataré a Danny Boy.
Se hizo un molesto silencio, que engulló la bravata de Jamie.
— Ehhh… ¿Ése es tu plan? – quiso saber Garazi, dudosa entre reírse o darse de cabezazos contra la pared.
Sarah puso los ojos en blanco y Niklaus sonrió, de lo más ufano, al ver cumplirse sus predicciones sobre el muchacho.
— ¿Cómo, si puede saberse, vas a rescatar a Daniel? – preguntó Aisha, la única que no había puesto mala cara.
— Llegando hasta el lugar donde esté encerrado y sacándolo de allí –respondió él, como si fuera de los más obvio-. ¿No confías en mí?
— No. Y tampoco creo que seas capaz de llegar hasta allí.
— Perdona, bonita, pero estás hablando con el chico que lideró la liberación del gueto de París.
— París fue una carnicería – recordó Garazi, tras él.
Sarah supo, en ese instante, que algo había ocurrido en aquella época que aún se interponía entre ellos como un muro invisible. Algún acontecimiento de entonces separó sus corazones y ni todo el tiempo (o las disculpas) del mundo volvería a arreglarlo. Jamie había estado en el gueto. Garazi no. Lo curioso era que parecía ser ella quien le guardara rencor a él y no viceversa.
Jamie no miró hacia atrás, decidiendo continuar su razonamiento y no ahondar en viejos temas.
— He dicho que llegaré y llegaré.
— ¿Sin poderes?-preguntó Niklaus-. Imposible.
— Ah… pero es que sí los tendré.
— ¿En serio? ¿Cómo? –inquirió Aisha-. ¿Has robado alguna piedra portadora de un antiguo poder místico?
— No –Jamie le sonrió a su prima-. Tú te encargarás de eso.
— Lamentaré preguntarlo pero… ¿cómo?
— Desconectarás los anuladores del edificio.
— Jamie, eso sólo puede lograrse desde el ordenador central.
— Sí, ¿y?
— Que no puedo acceder a él. Es un sistema cerrado, autónomo, sin conexión externa. Nadie puede introducirse o inocularle un virus; la única manera es hacerlo físicamente. Razón por la cual se halla en una cámara acorazada, cerrada mediante el más sofisticado sistema de seguridad y una puerta de adamantium de, al menos, 24 pulgadas. –Jamie puso cara de concentración-. Unos 60 centímetros – explicó ella.
— Te colarás cuando la abran – explicó Jamie, incapaz de resistir su propia astucia.
— Cuando la abran… ¿Y por qué iban a hacer tal cosa?
— Porque van a creer que los anuladores no chutan. –La explicación acalló a Aisha-. Eso les hará pensar que el ordenador se ha estropeado y tendrán que llegar hasta él, momento que tú aprovecharás para entrar.
— ¿Y cómo vas a conseguir que crean que los anuladores no funcionan? – preguntó Niklaus, verdaderamente curioso.
Luc señaló a Jamie, pálido de repente, descubriendo el plan antes que nadie.
— ¡Lo vas a hacer! ¡No puedo creer que te atrevas!
— ¿Hacer qué? Por favor, un poco de información para los ignorantes – pidió Sarah.
Jamie la sorprendió con la sonrisa nº 385: "confiando sorprender a la única chica que de verdad he amado".
— Veréis, tengo una… mutación en las cuerdas vocales, una especie de anomalía no mutante que me permite agudizar mi voz. Con ello puedo conseguir un tono tan agudo que daña el oído de la gente. Casi nunca lo utilizo, porque podría fastidiarme la voz para el resto de mis días; suelo reservarlo para emergencias.
Luc se estremeció en silencio, tratando de olvidar la vez que lo usó contra él.
— ¿Tan horrible es como para conseguir que lo confundan con un poder mutante? – preguntó Niklaus, en su modelo "Ken investigador".
— ¿Sabéis el chirrido de las uñas sobre una pizarra? –trató de explicar Luc, aún temblando-. Pues mil veces peor.
— Con eso tal vez consigas convencer a los soldados y puede que abran la sala del ordenador central –habló Niklaus-, pero… ¿cómo pretendes que Aisha se cuele dentro? Las cámaras la verán en algún punto. En particular, cuando algo invisible deje KO a los soldados que hayan entrado.
Jamie miró a Aisha y ésta dibujó una sonrisa aviesa, al advertir el plan.
— Dime, prima, ¿dejaste tus conexiones en el panel de control?
— Sí, me temo que sí.
— ¿Y podrías volver a controlar las cámaras?
— En teoría sí, y de forma mucho más fácil, siempre que no los hubieran quitado.
— ¿Y crees que los soldaditos de la PAM son tan inteligentes como para haber previsto algo así y se los habrán llevado?
— No, seguro que no – respondió ella, ensanchando su sonrisa hasta su propio record.
— Vuelvo a necesitar información – se quejó Sarah levantando una mano.
Niklaus se giró hacia ella, le cogió de la mano y le obsequió con la suave sonrisa carente de emoción que utilizaba con casi todo el mundo. Jamie tuvo ganas de hacer muecas.
— Jamie pretende llegar hasta el panel de control –le explicó a su novia-, reconectar las conexiones olvidadas a un dispositivo enlazado a otro ordenador lejano que, sin duda alguna, mi hermana utilizará para desactivar las cámaras.
— ¿Pero eso no daría la alarma? – se sorprendió Sarah.
— La alarma ya habrá sonado –recordó Jamie-, porque yo estaré dentro, haciendo creer a los soldados que conservo mis poderes mutantes.
Sarah fue comprendiendo y al tiempo que iba tomando conciencia del plan, una orgullosa sonrisa iba asomando a sus labios. Estaba a punto de exclamar "¡Es un plan brillante!" cuando se dio cuenta del inconveniente.
— No podrás llegar. Estoy segura de que habrá Comandos Psíquicos en el edificio. Niebla psíquica o no, descubrirán y neutralizarán a cualquier mutante en las cercanías.
La habitación pareció curvarse hacia Jamie, como el espacio-tiempo sobre un objeto con masa. Él la observó, muy serio, en un intento por prepararla tanto como prepararse a sí mismo.
— Ahí es donde entras tú –dijo al fin. Sarah arrugó el ceño, pero le dejó seguir-. Necesitamos una distracción no sólo en el plano físico sino también en el plano astral. Necesitamos un señuelo para los sabuesos mentales. Odio pedírtelo, Sarah, pero eres la única telépata del grupo y no pod—
— ¿Estás loco? –le cortó Niklaus, sorprendentemente furioso-. ¡Es peligrosísimo!
— ¡Lo sé! No se lo pediría si no tuviera más remedio. ¡Es la única manera!
— Entonces no habrá manera.
— Quiero hacerlo – murmuró Sarah.
— Oye, yo estoy tan preocupado como tú –siguió Jamie, sin haberla oído-. No te hagas el noviete indignado para ganar puntos.
— Quiero hacerlo.
— Y tú no me descalifiques delante de ella cuando tus intenciones son aún peores.
— Que quiero hacerlo.
— ¿Ahora eres telépata? Porque eso sí que sería útil—
— ¡Que quiero hacerlo!
Niklaus y Jamie se pararon sorprendidos ante su grito. Sarah les dirigió una mirada fulminante.
— No, cariño, el riesgo es—
— Ya sé cuales son los riesgos, soy telépata –recordó ella, echando los hombros para atrás frente a su novio con intención de reforzar sus palabras-. Es mi hermano el que han capturado y si puedo hacer algo para rescatarlo, por peligroso que sea, lo haré.
— Ni siquiera hemos aceptado este plan – dijo Niklaus, desesperado.
— Eso es cierto – admitió Aisha, de píe con los brazos cruzados.
Jamie se encontró de repente rodeado de gente que esperaba una palabra, una arenga final capaz de llevarles en volandas hacia la victoria. Y por primera vez en mucho, mucho tiempo, no se le ocurría ningún discurso.
Sólo la verdad.
— Tal vez no sea el mejor plan y tal vez acaben matándonos a todos, pero creo que debemos hacerlo. Si queremos tener una posibilidad de salvar a Danny, al menos. Aunque sólo aguantemos unos minutos, aunque sólo seamos los teloneros de los Action Force, será mejor que no hacer nada. Si está allí es por nuestra culpa. –Jamie se calló, suspiró como si quisiera sacarse un gran peso de encima, y prosiguió-. Es mi culpa. Si pudiera hacerlo solo, lo haría. Pero ya lo he intentado y he fracasado. Así que yo… yo… necesito vuestra ayuda. Por favor…
Y aunque el tono de voz fue quedo y las palabras sonaron estranguladas, ni el llamamiento a la oración de un muecín se hubiera escuchado mejor.
— Cuenta conmigo – dijo Garazi, poniéndole una mano en el hombro.
— Y conmigo – se unió Luc, acercándose a él.
— Parece divertido – opinó Aisha.
— ¿Tan difícil es pedir las cosas por favor? – preguntó Sarah, mostrando una brillante sonrisa.
Niklaus no dijo nada, se dio por vencido.
Cuando salían hacia las instalaciones subterráneas para prepararse, Aurora, que venía corriendo por el pasillo, se topó con ellos.
— ¡Pensé que os habíais perdido en una dimensión paralela o algo así! – fue su saludo.
— No, estábamos… - comenzó Jamie, pero luego se paró. ¿Cómo explicarle a ella el plan, sobre todo cuando no iba a participar en él? ¿Debían contárselo siquiera?
Como siempre, Aisha tomó el control de la situación.
— Aurora, nos coges en un mal momento. Íbamos al hangar a hacernos con un Pájaro Negro.
— ¿Para qué? – preguntó ella, extrañada.
— Para volver al gueto y rescatar a Daniel –respondió Aisha con ligereza, como quien repasa la lista de la compra-. ¿Nos haces el favor de quedarte aquí y vigilar el fuerte?
— No.
Aurora pocas veces era tajante, pero cuando lo era, se podía esperar ver la congelación del Infierno antes que convencerla.
Aisha miró hacia atrás, esperando algún tipo de ayuda. Sarah asintió en silencio y se adelantó para coger de la muñeca a Aurora.
— Dawn, sé cómo te sientes, y lo comparto, pero eres demasiado pequeña para ir con nosotros.
— Apenas un año y medio menor que vosotros.
— Es suficiente. Tienes la edad de mi hermano, no permitiré que nada malo te ocurra.
Aurora estuvo a punto de gritar o de discutir aquello frente los demás. Luego se lo pensó mejor. Agarró a Sarah por un brazo y la condujo dentro de su cuarto.
— Tengo que ir, es importante – le dijo, una vez allí.
— Dawn, ya te lo he dicho—
— Escúchame, por favor –pidió la chica, desesperada. Sarah la observó con un punto de preocupación, pero le dejó seguir. Aurora se mojó los labios, nerviosa, antes de hacerlo-. Yo… se lo prometí.
— No entiendo…
Aurora volvió a mojarse los labios.
— Cuando éramos pequeños… en el Día de la Catástrofe… Fue tía Ororo quien vino a nuestra clase para informarle de… de… de la muerte de su padre. –Aurora bajó la vista para no ver cómo Sarah endurecía sus facciones en un acto reflejo-. Salieron al pasillo y… Yo no sabía lo que estaba pasando y me empecé a preocupar, así que… así que pedí ir al baño y salí y una vez fuera… Danny y tía Ororo estaban sentados en uno de los bancos, ella le abrazaba muy fuerte mientras él lloraba. Yo… A mí se me partió el corazón. Le cogí de la mano y él me miró… y… Jamás había visto unos ojos tan tristes. –La propia voz de Aurora estaba tomando un tono lloroso-. Parecía como si todo el dolor del mundo fuera a derramarse por ellos. Yo le cogí de la mano –repitió-, y le dije… le dije que todo se iba a arreglar, que todo iba a salir bien. –Aurora soltó una corta carcajada, entre histérica y desolada-. Fui bastante ingenua, pero no se me ocurría nada más que decir. Le apreté la mano y le dije que yo estaba allí, con él. –Aurora levantó la vista-. Le prometí que siempre estaría con él, pasara lo que pasase.
— Dawn…
— No pude cumplir mi promesa cuando Schultz lo secuestró junto con su madre, pero ahora puedo. Puedo estar allí cuando lo rescatemos. O, si fallamos, más razón para estar con él, en el último momento. Se lo prometí, Sarah –repitió, con más ímpetu aún-, le prometí que estaría con él siempre, le prometí que estaría con él al final de todas las cosas.
A Sarah ese argumento le bastaba y cuando volvió al pasillo, al resto le bastó su mirada ardiente.
— Ya casi estamos – avisó Niklaus desde el asiento del piloto.
Jamie pasó una vez más la mano por el peto de su uniforme. Un uniforme nuevo, no esos saldos de segunda mano que se vistiera hasta entonces. Éste era uno de los trajes oficiales de los Action Force. Por ahora tenía un color entre el gris y el negro, pero cuando lo activara, se mimetizaría casi a la perfección con el entorno. Y su tejido isotérmico podría engañar a los sensores de calor. Sólo quedarían los detectores de movimiento, pero él era muy rápido, más que esos cacharros. Así lo esperaba, al menos.
Suspiró, para quitar parte de la presión que aprisionaba sus pulmones. Podía sentir la adrenalina golpear en sus sienes y las manos temblar por la excitación.
— ¿Estás segura de que retienen a Danny en el lugar que me has dicho? – le preguntó a Aisha.
— Totalmente.
Eso le valía; Aisha no solía equivocarse en esas cosas.
Avanzó para ponerse frente a la puerta de salida. Luc estaba a un lado, más pálido que de costumbre. Cuando vio a Jamie trató de sonreírle. No lo consiguió.
Niklaus puso el piloto automático y se acercó a ellos.
— Bueno, LeBeau, eres el primero. Te toca.
Jamie asintió. Luego le hizo un gesto con la mano para llevarlo aparte.
— Tienes que prometerme algo – susurró, una vez lejos de oídos ajenos.
— ¿El qué?
— Prométeme que si ves que os van a capturar, te largarás y te llevarás a Sarah y Aurora contigo. Da igual que los demás no hayamos llegado. No importa si me dejas a mí, a Luc, a Garazi o incluso a tu propia hermana atrás. Tú te marcharás. Con Sarah.
Niklaus no tenía por qué prometerle nada, asintió sólo porque era lo que iba hacer de todas formas.
Jamie se dio por satisfecho y volvió a la compuerta. Sintió que alguien le agarraba el hombro. Se dio la vuelta, esperando ver a Garazi o a Luc, y se topó con Sarah. Tenía la expresión de alguien a punto del sollozo que, sin embargo, ha conseguido la suficiente valentía para mantenerlo a raya.
— Lo que te dije… antes… Lo de que ojalá… te hubieras quedado en el gueto… No era cierto. Me alegro mucho de que estés aquí, de verdad.
Súbitamente, le envolvió en un fuerte abrazo. Jamie respondió abrazándola a su vez, más como un acto reflejo que como fruto de su propio deseo, dado lo repentino del suceso. Los dos rubios del grupo, Garazi y Niklaus, les echaron la misma mirada contrariada. Aurora tuvo que recoger su mandíbula del suelo. Aisha trató de no arquear ninguna ceja.
— Vuelve sano y salvo – pidió Sarah al fin, tras soltarlo.
Jamie no contestó; ni siquiera asintió. Se puso el pasamontañas, activo el camuflaje del uniforme, enganchó una cuerda de nylon de su cinturón al avión, abrió la puerta y saltó a la calle.
Niklaus volvió a cerrar la compuerta y se sentó a los mandos. Ni cinco segundos después, se paró de nuevo.
— Luc, Garazi, vuestro turno. –La pareja tomó su posición delante de la salida-. Recordad que vuestra misión es tratar de despejar el camino de Jamie. Debéis ser detectados.
— Buena suerte – deseó Sarah, antes de concentrarse en su poder. Jamie poseía unos escudos telepáticos que le permitían pasar desapercibido de momento, pero eso no ocurría con todo el mundo. Hasta que comenzará la acción, era su deber ocultar su rastro lo más posible.
Luc y Garazi saltaron del avión. Aisha cerró la compuerta. Ahora sólo faltaba ella.
Cuando llegaron a destino, Niklaus puso el piloto automático para despedirse de su hermana.
— Si fuera por mí, tú no estarías aquí – declaró, un tanto protector.
— Si fuera por mí, tú tampoco. Y yo tengo más razones para no dejarte venir. Si las cosas se ponen feas, yo puedo usar la fuerza física, tú en cambio…
— Alguien tenía que pilotar el jet.
— Yo podría hacerlo.
— Ya, pero ni siquiera tú puedes estar en dos sitios a la vez, ¿verdad?
Aisha esbozó una corta sonrisa, pese a lo poco apropiado de la broma. Niklaus, para darle ánimos, le dio varias palmadas en el brazo.
No se abrazaron. No eran ese tipo de personas.
Aisha decidió dejar en paz a Sarah, para que pudiera mantener la concentración. Aurora le hizo un gesto positivo, con el pulgar hacia arriba, desde una distancia prudente. Aisha enganchó su cuerda al jet y se deslizó hasta su posición, unos tejados más allá del Cuartel. Quitar de en medio a los guardias hasta llegar a él sería la mejor de las medicinas para su inquietud.
Niklaus llevó por fin el Pájaro Negro al lugar de reunión: el estadio abandonado del gueto. Por fortuna para ellos, a la PAM no se le había ocurrido poner vigilancia en el lugar. El joven rubio apagó el motor y sintió de repente el peso de toda la responsabilidad. Cuando se levantó del asiento, sus rodillas temblaban.
Sarah mantenía la vista fija en su punto de concentración.
— Aurora –llamó Niklaus, pero le salió un inoportuno gallo. Carraspeó, tratando de recuperar compostura-. Aurora, sabes lo que tienes que hacer, ¿verdad?
— Sí, jefe. Vigilar y elevar un campo de fuerza cuando los enemigos se acerquen, jefe.
— Eh… bien. Eh… no me llames jefe.
— Vale, capi.
— En fin, déjalo… —Niklaus observó a Sarah, quien seguía dentro de su cabeza-. Sarah –la llamó. No hubo respuesta-. Sarah – repitió, más alto.
La chica parpadeó y lo miró, con esa mirada nubosa y un poco vacía de alguien que hubiera despertado de un profundo sueño.
— Es la hora – avisó él.
Sarah asintió, como en trance. Niklaus abrió la boca para decir algo más, pero se calló. Si decía las palabras en alto, si les daba voz, entonces se harían realidad y ya no podría desdecirse. Si decía "te quiero", no podría obviar el dolor cuando todo terminara, fingiendo que no había importado.
— Ten mucho cuidado – fue lo único que dijo.
Sarah ladeó la cabeza y una vaga sonrisa se perfiló en sus labios, habiéndole leído la mente sin necesidad de poderes. Atrajo su rostro con una suave caricia de su mano y le rozó los labios con un beso tan ligero que casi perdió tal definición.
Luego, tranquila como el agua de un estanque, se sentó en el suelo, adquiriendo la posición del loto, y abrió su mente al plano astral. Todo a su alrededor perdió consistencia para tomar verdadera realidad y fue consciente, verdaderamente consciente, del mundo. Había una especie de estática que desdibujaba la forma de las cosas y como un ruido sordo desvirtuando los sonidos, pero a lo lejos, notó a los sabuesos mentales advertir su presencia.
Niklaus abrió la línea de los intercomunicadores.
— ¡Tora, tora, tora!
Vivir en París tenía sus ventajas, determinó Garazi. Sí, había cacerías todos los días y sí, disturbios todas las noches, y precisamente por eso, resultaba el mejor de los entrenamientos para un mutante. Si sobrevivías en París, sobrevivías en cualquier sitio. Hasta resultaba divertido patear culos de soldados.
Garazi se dio cuenta de que lo estaba disfrutando. De vez en cuando, se subía el pasamontañas hasta la nariz y sacaba la lengua. El grito de frustración de los soldados era música para sus oídos. Luego usaba sus poderes, se convertía en sombra y reaparecía a sus espaldas.
Era muy divertido. Sobre todo porque alardear y ser vista eran parte del plan. No estaban usando el camuflaje. No lo necesitaban. Lo que querían era ser detectados. Lo único que debía preocuparles era atraer a los guardias de la alcantarilla y no ser capturados. Tenían que estar muy atentos a los ataques por sorpresa, a no caer en ninguna triangulación de anuladores y a no ser apresados con anuladores personales.
El resto era espectáculo.
Garazi dejó inconciente a uno de los soldados de un puñetazo mientras Luc dejaba a otro inconciente convirtiéndose en un torrente de agua contra su pecho.
— ¡En formación, en formación! – ordenó uno de los jefes.
Garazi vio un pelotón de hombres tomar posiciones.
— ¡Luc, a cubierto!
Los soldados dispararon a una sombra y a una nube. Por supuesto, no sirvió de nada.
— ¡En mi vida he visto gente más negada! – gritó Kurt Schultz, corriendo hacia ellos desde otro punto del gueto.
Garazi sintió tensarse todos sus músculos. Kurt Schultz, el Carnicero de París. ¿Cuántos inocentes habían pasado por su cuchillo? ¿Cuántos niños, mujeres y hombres? ¿Cuántas niñas por su cama? Era un monstruo. Una rabia pura y candente recorrió sus venas. Impulsada por esa ira informe, se dirigió hacia él. Mientras era una sombra podía moverse a velocidades vertiginosas, así que cuando surgió, retomando forma humana y sólida, la inercia mantuvo esa aceleración que tuvo dramáticas consecuencias en los genitales de Schultz cuando Garazi le propinó un rodillazo.
Kurt se retorció de dolor.
Oh, sí, decidió Garazi, esto iba a ser divertido.
'Mientras vaya vestido de tul, orificio A con cable azul, no me mojo, orificio B con cable rojo.'
Jamie seguía la estúpida rima en su cabeza. Había resultado la única forma eficaz para poder conectar la mini-computadora al panel de control sin fastidiarla. Jamie dominaba muchos campos, pero el informático no era uno de ellos.
Tras varios minutos, terminó de formar la estructura de cables, enganches, puertos y esparadrapo. Tardó otra serie de minutos en quitarse un pedazo de esparadrapo rebelde de los dedos.
— Conectado, Aisha.
— ¿Estás seguro?
Jamie volvió a repasar la rima.
— Sí.
— Pues ahora te toca entrar.
Jamie tragó saliva, más preocupado de lo que había demostrado delante de los demás. Había una razón por la que se negaba a utilizar esa pequeña anomalía en sus cuerdas vocales. No era sólo porque no fuera un poder mutante, o porque podría dañarse la voz hasta el punto de quedarse mudo, sino sobre todo por el horrible dolor que le producía. Era como si alguien tratara de quemarle la garganta con un soplete.
Pero bueno, qué le iba a hacer, tendría que utilizarlo si quería salvar a Danny Boy. ¿Qué era eso que siempre decía su amigo Alain? "Cuanto mayor sea el sacrificio, más buenas estarán las enfermeras que te cuiden".
Cómo echaba de menos tener a Alain a su lado. El chico odiaba a los Riedle más incluso que él.
'Menos compadecerse y más acción.' Jamie golpeó su mano abierta con el puño, en un intento de conjurar todas sus dudas. Sacó el explosivo plástico de uno de los bolsillos y lo pegó a la tapa de la alcantarilla mientras canturreaba "Ne me quitte pas". Calculó la distancia de seguridad, cogió aire, hizo detonar el explosivo y entró al Cuartel de un salto.
Mientras la alarma sonaba, y antes de que los soldados tuvieran siquiera tiempo de ponerse en guardia, atacó al hombre más cercano, partiéndole la nariz. Al siguiente le rompió la mandíbula de una patada. Bueno, eso parecía haber captado su atención, tiempo para desconectar su propio inhibidor. Varios detectores pitaron al unísono, informando de la presencia de un mutante.
Los soldados apuntaron a uno y otro sitio, intentando dar con él. Jamie corrió hacia el grupo a su izquierda y saludó a su Cabo 1º con un puñetazo en el estómago.
— ¡Allí! – gritó uno de los guardias, habiendo captado como un espectro, y disparó una ráfaga.
— ¡Ten cuidado, imbécil, que nos vas a dar! – se quejó otro de los soldados perteneciente al grupo al que había disparado.
Jamie se paró, de cuclillas. Ya habían detectado la presencia de alguien y habían descubierto su naturaleza mutante; era el momento de hacerles creer que aún poseía poderes. Tragó saliva, en un intento de aliviar el futuro ardor. Eligió un soldado aislado, con cara de atontado, saltó hacia él y, tras derribarlo, le gritó al oído con todas sus fuerzas.
Su tímpano sufrió el mismo destino que una copa de fino cristal ante una nota demasiado aguda.
Aisha, sentada sobre el cuerpo inconsciente de un guardia ante la puerta de la azotea, escuchó la alarma de intrusos sonar. Tranquila, como siempre, sacó su pc-pocket y anuló las cámaras del Cuartel. Se levantó, sacudió la parte trasera de sus pantalones, abrió la puerta de una patada y bajó las escaleras con un ritmo de saltitos que se asemejaba más a Caperucita Roja que a la Red Sonja que hubiese sido más adecuada.
También tuvo un punto demasiado frívolo su forma de acabar con los soldados apostados en su camino. La facilidad con la que Aisha hacía las cosas siempre daba la impresión de ser… bueno… demasiado fácil. Su intervención en los asuntos era habitualmente de lo más "Deux ex machina". Era odiada por eso.
Y temida.
Así pues, llegó sin muchas dificultades a uno de los pasillos de acceso a la sala del ordenador central y, una vez allí, se apoyó en la pared y esperó.
'Uno Mississippi, dos Mississippis, tres Mississippis…'
Cerca del doscientos Mississipis, las voces histéricas de varios soldados igual de histéricos se desplazaron corredor abajo, en un volumen cada vez más alto. Gritaban sobre un fantasma loco, daños incurables en oídos internos, licuefacción de sesos y algo sobre demandar a Microsoft. Aisha sonrió ante el saber hacer de Jamie.
Los soldados, sin dejar de jurar y perjurar, introdujeron la ultra-mega- inasequible tarjeta de acceso, colocaron los respectivos pulgares para que sus huellas fuesen leídas, se dejaron analizar el iris con el escáner y teclearon la aún más imposible clave de apertura. Aisha la memorizó, por si acaso.
La enorme puerta de adamantium tardó unos diez minutos en abrirse, debido a su volumen. La espera puso a los guardias aún más nerviosos y a Aisha a punto del arrebato homicida. A un pelo estuvo de no esperar a que los soldados entraran. Pero se calmó, conciente de que dejarlos KO dentro de la sala le ahorraría muchos disgustos. Además, alguien tenía que introducir la clave de acceso a la computadora. A pesar de su paciencia, el golpe en la nuca que asestó a cada uno de ellos pecó de excesiva intensidad.
Se quedó un momento parada, admirando el ordenador central. Oh, había tantas posibilidades que podía contemplar con ese aparato. Pero no había tiempo. Sacó el disco con su mejor virus informático (de su propia cosecha) y lo metió para que se comiera, literalmente, la programación enterita. Luego se dispuso a esperar: incluso un virus de última generación como aquel necesitaría tiempo. Tan concentrada estaba que no advirtió los pasos en la puerta.
— Hola, prima – saludó una suave voz tras ella.
A Aisha se le heló la sangre, y se maldijo por no haber previsto aquella contingencia. En ese tiempo, aún existían cosas que se escapaban a su control. Y, aunque en realidad no lo necesitaba para reconocer al recién llegado, se dio la vuelta porque le habían enseñado que las personas educadas no daban la espalda a la gente.
— Christian.
Jamie llevaba un buen rato brincando de aquí para allá, como un saltimbanqui lisérgico. Sentía su garganta arder, como si se hubiera bebido una botella de lejía. Y pese a hallarse ileso y tener una cantidad de adrenalina extraordinaria, comenzaba a notar los efectos del cansancio.
Lo que no notaba era los anuladores desconectándose. ¿Qué demonios estaba haciendo su prima? Sabía que los soldados habían caído en la trampa y habían llamado para examinar el ordenador ¿Acaso le parecía un momento adecuado para tomarse las cosas con calma?
— Ash, ¿se puede saber qué haces? – preguntó por el intercomunicador, a pesar de que cada sílaba se le clavaba en la laringe como un puñal y casi no podía respirar.
Silencio al otro lado. Disparos por todos lados.
— A-i-sha– rogó, desesperado.
— Um… Jamie… Ve a rescatar a Daniel.
— Pero
— ¡Ya!
Jamie puso en marcha sus dos piernas. Los soldados tal vez intimidaran, pero Aisha gritando daba pavor.
— Así que tenía razón al suponer que ese muchacho estaba relacionado con vosotros.
Aisha no contestó.
— Por favor, prima, quítate el pasamontañas para que pueda admirar tu hermoso rostro.
Este requerimiento sí que lo cumplió. Complacer a Christian tenía sus ventajas en situaciones como aquella.
— Diría que es un placer verte, pero mentiría condenadamente – dijo, porque no quería resultar demasiado complaciente.
— Oh, prima, qué dura eres conmigo.
— No me llames prima.
— ¿Por qué no? – preguntó él, y pareció realmente sorprendido.
— Porque no soy tu prima.
— Mi tía—
— Se casó con mi progenitor y de su matrimonio nació Niklaus. Luego ella murió y él se lió con mi madre y de ese "asunto" surgí yo. Tú y yo no tenemos lazos de sangre.
— Tampoco Jamie y tú, pero os tratáis como primos – argumentó él, con una voz dolida parecida a la de un niño de cinco años enfurruñado.
— Porque él y yo tenemos una infancia en común y muchos más lazos de los que tú y yo tendremos jamás. –Aisha tomó aire, para volver a serenarse. No le haría perder el control-. ¿Has venido a discutir de problemas familiares?
Christian esbozó una sonrisa entre infantil y perversa.
— He venido por curiosidad. Quería saber qué estaba ocurriendo. No veas lo enfadados que están los sabuesos mentales con vuestros trucos. Menos mal que el ruido en el plano psiónico los está distrayendo…
No hay suelo en el plano astral. Ni cielo, ni paredes, ni puntos de apoyo. Uno se sustenta por pura fuerza de voluntad. La Voluntad lo es todo allí. El Pensamiento es el Universo entero.
Jean sabía que la sensación en las palmas de sus manos no era real, no en ese mundo. Sólo era una reminiscencia del plano físico, donde otros dos mutantes tenían sus manos enlazadas a las de ella.
Dentro de su cabeza estaba sola y conectada al resto al mismo tiempo. Podía sentir todas esas mentes conocidas unirse a la suya propia y crear aquella disrupción.
No hay niebla real en el plano psiónico, pues ese plano no es, en puridad, de verdad. No es posible que exista nada como la niebla, pues ésta es un fenómeno natural, una nube en contacto con la tierra. Y tampoco hay tierra en ese plano. Pero lo curioso del plano astral es que si piensas en niebla, ésta aparece. Y entonces es real. Porque lo has pensado.
Jean era consciente de que los sabuesos mentales estaban concentrándose para lograr que sus pensamientos fueran más poderosos y borrar aquella neblina. Advertía su malestar cada vez mayor.
Y de repente, frente a ella (sólo que, en realidad, no había nada enfrente suyo) brotó un resplandor ígneo. De un poder tan puro y concentrado que atravesaba las nubes y se desplazaba por el plano como un gigantesco faro. Los sabuesos mentales dejaron de combatir la niebla para concentrarse en esa nueva eventualidad. La propia Jean y sus telépatas perdieron parte de su enfoque para admirar ese atrayente brillo.
Era enorme. Y cálido, de una manera que no era posible describir con palabras y que no resultaba del todo amenazador. De hecho, Jean percibía una sabiduría protectora en él.
Y entonces advirtió la curiosa forma que tomaba ese resplandor y reconoció la identidad de aquella presencia filtrándose a través de ella.
'¡OH, NO!'
Jamie avanzaba por los pasillos del Cuartel, más por una especie de sentido de la orientación instintivo que por seguir conscientemente las indicaciones dadas por Aisha antes de iniciar la misión.
Haberte pasado gran parte de tu vida huyendo para salvar el pellejo tiene sus ventajas.
Lo extraño era que, cuanto más se acercaba a su destino, menos soldados había. Como si alguien le hubiera hecho el favor de quitarlos de su vista. Si hubiera sido una persona creyente, le hubiera dado gracias al Señor. Como no lo era, desconfió.
Así que, cuando llegó a las cercanías de la sala de interrogatorio donde supuestamente estaba Danny, se paró un momento. Inspeccionó el corredor frente a él y tras él. Agudizó el oído por si captaba algún ruido extraño. Incluso olisqueó el aire.
Nada sospechoso.
Corrió a la puerta, forzó la cerradura con una ganzúa en menos de un minuto, entró y cerró la puerta tras él.
No ocurrió nada.
La sala estaba tranquila y vacía, salvo por la patética figura de Danny, atado a una silla. Jamie se acercó a él. Danny no se apercibió de su llegada. Tenía los ojos desorbitados, con las pupilas minúsculas, una costra de espuma blanca asomaba a las comisuras de sus labios, un sudor pringoso mojaba su rostro pálido y respiraba en cortos jadeos. Jamie le tocó el hombro.
Nada.
Jamie volvió a tocarle. Cuando tampoco ocurrió nada, se quitó el pasamontañas y se agachó ante él.
— Danny, Danny despierta.
El muchacho gimió, pero no abandonó el trance.
— Danny, soy yo, Jamie
— Nonononono…
— ¡Danny Boy, espabila, coño! – gritó Jamie. Y casi lloró del dolor.
Danny parpadeó. Lenta, muy lentamente, sus ojos volvieron a una normalidad aparente y se dirigieron a la figura en cuclillas frente a él. Al principio se negó a creerlo, pensando que podría ser un truco de Christian, pero luego vio la expresión de fastidio que sólo el verdadero Jamie podría tener.
Sonrió como un bobo.
— ¡Jamie!
— Sí, sí, yo también me alegro de verte. Pero no tenemos tiempo para abrazos y memeces como esas. Hay que soltarte, y rápido.
Una de las pocas ventajas que tenía ser un LeBeau era el poseer una colección completa de llaves de todas clases. Las esposas y el collar de Genosha en el cuello de Daniel fueron coser y cantar.
Levantar a Danny costó un poco más. El pobre muchacho aún se encontraba débil y mareado. Una vez de pie, necesitó doblarse para controlar las ganas de vomitar. Jamie le hubiera dado varias palmadas en la espalda, pero no encontraba muchos ánimos, dadas las circunstancias.
Cuando ruidos de soldados acercándose fueron audibles muy cerca de allí, Daniel se recuperó como por arte de magia. Ambos chicos corrieron hacia la salida y se posicionaron a cada lado de la puerta.
— ¿Y ahora? – preguntó Danny.
— Tengo un arma. Yo te cubro y tú huyes
— ¿Por qué estás ronco?
— No preguntes y prepárate.
Daniel adelantó el pie derecho y apoyó las manos en la pared.
— A la de tres. Uno, dos—
Y en ese mismo instante, oportuno como la colocación de un cuchillo cuando atacan a la protagonista en una película de terror, sintieron sus células vibrar, la energía pulsar dentro de sus pechos y la consciencia de su propio poder estallar dentro de sus cabezas.
Volvían a tener poderes.
Jamie y Daniel nunca se llevaron demasiado bien, tenían gustos diferentes y una filosofía vital casi opuesta, y aunque con los años llegaron a respetarse mutuamente, las ocasiones en las que se sintieron cómplices fueron pocas. Ésta fue una de esas escasas ocasiones.
— ¿Tú o yo?
— Por favor, permíteme.
Jamie, magnánimo, le hizo un gesto con la mano. Daniel sintió la energía concentrarse, toda la rabia, la frustración, la ira, el miedo, condensarse hasta notarlos corriendo por sus venas. Se adelantó, extendió los brazos y un rayo sólido de energía carmesí brotó de ellos. Cuando paró, un boquete circular se abría frente a él, en una distancia de unos cien metros. Los soldados que no se había llevado por delante lo miraron aterrados. Danny los miraba con sus ojos ardiendo, con los puños cerrados y con los brazos desnudos, pues los rayos destrozaban todo a su paso, incluida su propia ropa.
Antes de que volviera a disparar, Jamie lo agarró del cuello de la camiseta y lo arrastró con él.
— ¡Ay! ¿Qué haces? – exigió Daniel.
— No hay tiempo. A salir de aquí.
Daniel estuvo a punto de discutir, pero luego se lo pensó mejor. La adrenalina estaba comenzando a bajar y empezaba a sentir la fatiga y a añorar su casa.
Cuando llegaron a una ventana, Jamie la destrozó de una onda sónica.
— Reúnete con los demás en el Estadio.Vete – ordenó, mientras daba varios pasos hacia atrás.
— ¿Y tú?
— Asuntos pendientes. Vete.
Danny asintió y salió volando.
— El pichón está fuera – informó Jamie por el intercomunicador.
Luego se dirigió corriendo hacia otro lugar del Cuartel.
— ¿Qué quieres? – demandó Aisha.
— ¿Qué quiero ahora o que quiero a largo plazo? – preguntó Christian, medio en serio medio en broma.
— Oh, así que tenemos un plan…
— Por supuesto. ¿No lo tenemos todos?
Aisha no dignificó la pregunta con una respuesta.
— Sé que no soy dueño de mi Destino –siguió hablando él-. Sé que mis elecciones no son realmente mías, aunque así lo parezcan, y que éstas me llevarán allá donde estoy destinado.
— ¿Y qué supuesto Destino es ese?
— Seré como Erich von Sachsen.
— ¿Quieres ser como mi padre? – exclamó Aisha, intentando controlar un bufido de desprecio.
— No quiero, lo seré –puntualizó él, quisquilloso-. Hay destinos peores, supongo. Pese a que tu padre nos traicionó, hay secciones enteras de nuestro ejército que aún hoy lo adoran como a un dios.
— Mi padre fue torturado hasta la muerte.
— Sí, pero engendró un—
Entonces lo sintieron. Sus células vibrar, la energía pulsar dentro de sus pechos y la consciencia de su propio poder estallar dentro de sus cabezas. Christian cayó al suelo de rodillas, obnubilado por la vibración dentro de su mente, en el plano astral; maravillado por ese increíble resplandor.
— Es… hermoso – susurró.
Aisha no tuvo ni un segundo de vacilación. Decidió que salir de allí le ganaba a una agradable charla con un psicópata de todas, todas. Pero no corrió. Caminó a cortos pasos, sin quitar los ojos de Christian. Él pareció ser ajeno a su presencia, hasta que le rebasó. Entonces dijo con una voz entre calmada y triste:
— Somos esclavos de nuestros nombres, Aisa.
Ella apretó los dientes, pero no se giró. Al tomar impulso para correr, vio a un hombre joven aparecer por un recodo del pasillo. Lo reconoció: era el teniente que les había interrogado aquella tarde. Él se paró a su vez, el reconocimiento tiñendo sus facciones.
Aisha no se quedó para los saludos de rigor.
El teniente, tras la sorpresa, corrió hacia su superior.
— ¡Señor, la intrusa!
Christian no se movió. El teniente se giró un momento hacia él, luego avanzó varios pasos, excitado.
— Señor, conozco a esa intrusa. ¡La he visto esta tarde! ¡Sabía que esos chicos eran de mala jaez! Pero yo sé quiénes son. ¡Podremos detenerlos! Me acuerdo de ella, sí… Su nombre era… Su nombre era…
Aquel nombre fue el último de sus pensamientos, antes de que una psi-daga le traspasara el cráneo desde la nuca hasta la frente. Ni siquiera tuvo tiempo para advertir que le habían traicionado.
— Su nombre no te incumbe – le susurró Christian al oído, antes de dejarle caer al suelo.
Aurora se movía impaciente, de un lado a otro de la compuerta del Pájaro Negro, tratando de encontrar algún pensamiento más alegre, o productivo, que lo tirante que tenía el estómago a causa de los nervios.
Miró a Sarah, pero su postura de yoga y su aspecto de concentración absoluta no le ayudaron a calmarse. La estatua viviente en que se había convertido Niklaus tampoco la animaba mucho.
Dirigió su vista a las gradas del estadio. Una visión desoladora, dada la oscuridad. No se veía un ca— No se veía un pimiento. Salvo esa figura lejana bajando los escalones a trompicones.
El cerebro de Aurora giró sobre sí mismo para volver a retomar esa información.
Pero no se equivocaba, no. Una sombra bajaba por las gradas.
Aurora se puso en guardia y elevó un muro de fuerza. Que disparara si quería. Aunque no parecía que quisiera. De hecho, no daba la impresión de ser muy amenazador. Es más, parecía débil e indefenso. Parecía… Aurora parpadeo. ¡Oh, madre de Dios Virgen santísima, era Danny!
Daniel había utilizado las pocas energías que le restaban para llegar volando al estadio. Ya no podía ni caminar. Bajaba los escalones por pura inercia. Tanta, que al tropezarse, la gravedad hizo de las suyas y cayó rodando el último tramo. Gracias a su cabezonería, volvió a levantarse y dio varios erráticos pasos. Por fortuna para él, Aurora lo había visto y corría en su busca. Agradecido, Daniel se derrumbó sobre ella.
Muchos años más tarde, mientras se desangraba en el campo de batalla del Ruhr, ése sería el recuerdo al que se aferraría. No su primer beso, ni la primera vez que hizo el amor, sino los púberes brazos de Aurora rodeándolo mientras él descansaba en su regazo, sus suaves labios rozándole la frente y su voz susurrando "mi niño, mi niño"; aquella sensación de seguridad y calor envolviéndolo; el sentimiento de que tenía que mantenerse vivo, porque siempre habría alguien esperando su regreso.
Cuando Aisha había comentado en sorna si la palabra "experiencia" no le decía nada, no se equivocaba del todo. Jamie tendía a pasar por alto sus acciones pasadas. Muchas veces porque éstas habían dado como resultado actos horrible que prefería no rememorar, y otras, porque era un tipo de ideas fijas.
Al comenzar la noche, antes de la captura de Danny, su plan había sido entrar en el Cuartel para robar información secreta. Y eso era precisamente lo que iba a hacer entonces.
Nunca más iba a tener una posibilidad como esa.
Sospechaba, y no sin razón, que habían conseguido coger a la PAM desprevenida, pero que a partir de esa noche, las cosas se iban a poner muy crudas.
Varios soldados trataron de interponerse en su camino. Jamie los puso en otro sitio. A varios metros más allá, para ser exactos.
Cuando llegó frente a la puerta de los archivos, hubo una parte de él que no se lo creyó del todo. Le daba la sensación de que las cosas estaban siendo demasiado fáciles. Pero en fin… A caballo regalado no le mires el dentado y todo eso.
Además, aún no había conseguido abrir la puerta. Esperaba que todo lo que había hecho hasta entonces hubiera servido de algo. Esperaba que el aparato abridor de cerraduras electrónicas que le había costado un ojo de la cara y dos huesos rotos funcionara. Esperaba que la huella dactilar que tanto había sufrido por robar fuese de la persona adecuada. Esperaba que Danny no hubiera aguantado aquella tortura en vano.
Esperaba que todo saliera bien.
En principio, la huella fue reconocida y el artilugio electrónico pareció estar haciendo su trabajo. Aunque tardaba mucho tiempo. Demasiado, si tenemos en cuenta que varias voces, procedentes de lugares distintos dentro del edificio, iban juntándose y dando órdenes la mar de sensatas y eficaces.
'Vamosvamosvamos¡vamos!'
El indicador de cristal líquido se puso en verde y sonó el celestial chasquido de un cerrojo abriéndose. Jamie entró como una exhalación.
Se topó con un ordenador y todas las paredes cubiertas de unos archivadores sin cerradura, que se abrían introduciendo el código correspondiente en el teclado. Códigos que desconocía absolutamente.
¡Pues claro que había sido demasiado fácil!
Llegó a la computadora, aunque sabía que era inútil. Sólo por si sonaba la flauta, introdujo varios números. Por supuesto, allí no sonó ni un silbido. Salvo los gritos de los guardias acercándose. No había nada que hacer.
Y entonces lo vio. Un disco abandonado encima de la mesa. Jamie lo cogió para observarlo más de cerca. Tenía una inscripción: "Expediente doble ese". El nombre no se le hacía conocido. Pero claro, los de la PAM tampoco irían por ahí llamando a sus archivos cosas como "información ultra-secreta, mantener fuera del alcance de mutis" o "mirad aquí si queréis saber todos nuestros pins y contraseñas". Y además, menos daba una piedra. Así que hizo una copia.
Luego salió de ahí como alma que lleva el diablo. No sin antes cerrar la puerta, porque no era cuestión de telegrafiar a sus enemigos cada uno de sus movimientos.
Al girar en una curva fue recibido por la descarga de un cañón anulador móvil. Se dio la vuelta y corrió en dirección opuesta. Oh, maldición, a buenas horas se le había ocurrido dejar el pasamontañas en la sala de interrogatorios.
En medio de ninguna parte y ningún sitio en particular, algo a velocidad match-5 chocó contra él.
— Jamie, por fin te encuentro – exclamó lo voz de Aisha, camuflada con el entorno.
— ¡Ash! ¿Qué haces aquí? Pensé que habías salido.
— Varios asuntos me han retrasado. –Aún invisible, Aisha tiró de él para levantarlo-. Vamos, tenemos que salir de aquí.
— ¿Por dónde?– preguntó Jamie, mientras iba siendo arrastrado.
— Hay una ventana rota más adelante.
Oh, ¿había estado dando vueltas todo el rato?
— ¡Vamos! – urgió Aisha.
Jamie la siguió sin rechistar. Tampoco les quedaban muchas fuerzas para una agradable charla, mientras corrían. Al llegar a la salida, Jamie sintió que Aisha le empujaba.
— Vamos, muévete.
— ¿Y tú?
— Ya me las arreglaré.
— Te llevo conmigo.
— ¿Puedes controlar el vuelo cargando con otra persona?
Jamie se encogió de hombros, inseguro. La verdad era que nunca lo había probado.
— Entonces olvídalo.
— Pero
Aisha se quitó el pasamontañas y miró al chico fijamente.
— Jamie, vete. Yo ya me las arreglaré sola. Tú, márchate. –Como el muchacho seguía indeciso, le dio otro empujón-. ¡Vete!
Jamie asintió, recargó sus brazos de energía hasta que temblaron, se impulsó desde la ventana y, en mitad del salto, lanzó una onda sónica. Aisha lo vio alejarse en el aire.
Estaba sola, rodeada de enemigos y sin un helicóptero cerca. Odiaba la simple idea, pero no le quedaba más remedio.
Se llevó la mano al brazalete.
— Hay mucho alboroto ahí fuera – dijo Niklaus, asomándose a la puerta abierta del avión.
Aurora apenas asintió y siguió acariciando el cabello de Daniel.
— Vamos a prepararnos para salir.
Éste comentario sí que tuvo efecto en Aurora, quien levantó la cabeza, alarmada.
— Pero los demás—
— Lo sé –cortó Niklaus, en un tono seco poco habitual en él. Se acercó a Sarah, se puso en cuclillas ante ella y le sacudió un hombro con suavidad-. Sarah, tenemos que irnos. Cariño, tienes que salir del plano psiónico.
Niklaus sabía que no serían sus palabras las que llegarían a ella, sino el contacto de su mano. Por eso lo mantuvo, dejando que el calor corporal se filtrara por sus centros nerviosos hasta avisar al cerebro. La presión del contacto tenía que ser suave y el ánimo de la persona que la molestara sereno, o si no, una rabiosa descarga psíquica le dejaría como una coliflor.
Sarah parpadeó varias veces, sin perder su mirada vacía. Luego, poco a poco, el verde esmeralda del iris fue tomando fuerza hasta alcanzar el brillo acostumbrado. Sarah parpadeó de nuevo, en el mundo físico.
— Nick…
— No te esfuerces, cariño. Descansa. Yo tengo que poner el motor en marcha. – Y se alejó de ella con el propósito llevar a cabo la tarea.
Aurora se levantó de un salto para volver a protestar. Ruidos a la entrada le hicieron cambiar de intención y, en vez de gritar, elevó un campo de fuerza.
Un gran chorro de agua se estampó contra el muro invisible y luego se deslizó al suelo. El charco sobre las escaleras gimió. Con la voz de Luc.
La cabeza de Garazi emergió de las sombras.
— ¡¿Estás loca o qué?!
— ¡Me habéis asustado! –se justificó Aurora. Tras dos segundos, contraatacó a su vez-. ¿Dónde os habíais metido? Habéis tardado una eternidad.
Luc retomó su figura humana y señaló a Garazi con un dedo acusador.
— Aquí, Miss Marvel, que se estaba divirtiendo de lo lindo dándole una paliza a Schultz.
Garazi se encogió de hombros, restándole importancia al asunto, y entró en el Pájaro Negro. Luc la siguió, meneando la cabeza.
Niklaus, sentado a los mandos, puso en marcha el motor.
— Todos a vuestros puestos, abrochaos el cinturón.
— ¡Aún queda gente! – gritó Aurora.
— No podemos arriesgarnos a esperarles.
— Niklaus, por el amor de Dios, ¡tú propia hermana!
Niklaus hizo oídos sordos y cerró la compuerta. No quería escuchar nada más. No podía escuchar nada más. Si se paraba a pensarlo, nunca se marcharían.
A ver… Nivel de combustible: bien.
Temperatura del aceite: bien.
Potencia de los motores: bien.
Movilidad de los flaps: bien.
Maniobrabilidad de los mandos: bien.
Estruendo de trueno en el cielo: ¿bien?
A aquel estallido le siguió un grito agudo y angustioso cada vez más cercano que paró con un golpe seco sobre el techo del avión. Ruidos de fricción fueron audibles. Luego cambiaron a arañazos y a una retahíla de insultos, que se deslizaron por toda la cubierta hasta desaparecer en el suelo.
Y entonces volvió a hacerse el silencio. Hasta que un airado Jamie exclamó:
— ¡Toc, toc, idiotas! Abridme ya.
Niklaus a punto estuvo de dejarlo allí, pero luego pensó que Sarah se enfadaría con él.
— Oh, muchas gracias por tu amabilidad– espetó Jamie agarrándose al marco de la puerta, tras haberse arrastrado por las escaleras.
Niklaus no hizo ninguna mueca, pues no era ese tipo de persona, sólo parpadeó.
— ¿Y mi hermana?
El rostro de Jamie se demudó por una contenida cautela.
— Eh… ella… Verás… Ella…
— Estoy aquí – declaró Aisha a su espalda.
A Jamie se le escaparon diecisiete latidos.
— ¿Desde cuándo estás aquí?– logró preguntar.
— Siempre he estado aquí – respondió ella, en un tono tenso.
Antes de que Jamie pudiera replicar, se deslizó por su lado, intentando que nadie viera cómo se agarraba el brazalete. Afortunadamente, todos estaban demasiado aliviados y cansados para fijarse en ese detalle. O en cómo volvía a cerrarse la tercera y segunda hebillas abiertas.
— ¡Despegue! – avisó Niklaus, con el tono eufórico de Arquímedes cuando exclamó "Eureka".
El Pájaro Negro se elevó en el aire, sin emitir el más leve sonido. Niklaus revisó las coordenadas de vuelo. Perfecto. Antes de tirar hacia delante, sin embargo, la radio avisó. Alguien los había detectado y llamaba en su frecuencia. Niklaus abrió la línea de comunicación antes de ser consciente de lo que hacía.
— Aquí Pájaro Negro Dos a Pájaro Negro Uno, cambio. Responded, por favor. Cambio –habló la clara voz de Júbilo con cierto timbre grave que los jóvenes no estaban acostumbrados a escucharle.
Pese a ello, Niklaus suspiró aliviado.
— Aquí Pájaro Negro Uno, cambio.
— Niklaus, me alegra oírte. Sobre todo porque va a ser la última vez que oiga tu voz, cambio.
— ¿A qué te refieres? Cambio
— Jean está que trina. Está amenazando con lobotomizaros o incluso con ingresaros en una orden religiosa. Cambio.
— No será para tanto, cambio.
— ¿Estás de broma? Habéis birlado el Pájaro Negro Uno. Cambio.
— Era necesario. Teníamos que salvar a Daniel. Cambio.
— ¿Estáis todos bien? Cambio.
— Sí, todos bien. Sanos y salvos. Incluido Daniel. Cambio.
— ¡Genial! Entonces, ¿os escoltamos a casa? Cambio.
— Sí, volvamos a casa. Cambio y corto.
Y ni Dorothy hubiera estado más contenta de escuchar esa frase.
