Nota: Síiii… ¡Lo he acabado, lo he acabado! ¡Casi no puedo creérmelo!

En fin, gracias a todos los que habéis mandado vuestros cometarios; muchas gracias, habéis sido como el agua dulce para alguien perdido en el desierto; y gracias a todos los que, no habiendo dejado comentarios, habéis seguido la historia hasta el final; vosotros habéis sido el silencioso colchón sobre el que me he reclinado a descansar cuando no sabía cómo seguir la historia. Qué pedante soy, ¿verdad:-)

Hablando de pedantería… Por si os lo preguntabais, la palabra "genus" viene del latín y significa "linaje", "descendiente", "raza", "pueblo" o "nación", según las circunstancias.

Y hablando de preguntas… Sí, estoy segura de que os habéis quedado con muchas dudas y sí, serán respondidas en su momento y sí, soy una chica. Lo comento ahora para no dar lugar a malos entendidos. Lo que pasa es que yo siempre he creído que el narrado debe ser alguien sin sexo, raza o religión, salvo que el relato lo requiera, por eso no daba más datos sobre mí. Pero sí, soy una chica.

Por fin, si alguien tiene un comentario, crítica o chascarrillo que trasladarme, que hable ahora o que calle para siempre :-)


EPÍLOGO

Greenpeace pondría el grito en el cielo si se enterara de que un grupo de gente utilizó dos jets para recorrer una distancia tan corta como la que existe entre Nueva York y Salem Center. Y eso que los Pájaros Negros funcionaban a base de gasolina, pero podían utilizar una pequeña cantidad de hidrógeno, en un intento de ahorrar combustible.

Aún no se había perfeccionado el motor alimentado en exclusiva a base de hidrógeno que sirviese para un avión a reacción de tal potencia, aunque Niklaus, en el MIT, ya estaba experimentando al respecto.

Los muchachos, triunfantes de su misión, hubieran preferido haber utilizado un coche esta vez. Así habrían tardado más tiempo. Y cada minuto era oro cuando se trataba de decidir qué estrategia seguir respecto a Jean Grey-Summers.

Para Garazi, por ejemplo, el exilio era una opción viable e incluso honrosa. Y eso sería lo mínimo, dado que habían desobedecido órdenes directas de la Directora del Internado, habían robado equipamiento reservado y habían emprendido una ofensiva no autorizada contra el enemigo. Si por llevar los pantalones caídos te podían expulsar de algunas escuelas, no quería ni saber lo que les harían allí.

Luc sólo esperaba que no le reprendieran en público. Más concretamente, que no le gritaran, intimidaran y/o humillaran delante de cierta beldad de ébano y ojos azules.

Niklaus… Bueno, los miedos de Niklaus eran de una naturaleza un poco distinta. Él ya no estudiaba en el Internado, era un chico mayor de edad que vivía en el Colegio Mayor Charles Xavier de Massachussets y cursaba una carrera en el MIT. No dependía de Jean Grey-Summers ni educativa ni económicamente. Pero sí emocionalmente. No tanto porque la consideraba como una tía sino más bien por el hecho de que era la madre de Sarah. Su novia todavía era menor de edad (cosa que le producía pesadillas, a veces) y si Jean decidía que su relación había acabado, les iba a resultar casi imposible llevarla adelante. Y Jamie lo aprovecharía, sin duda.

Sarah, por su parte, se encontraba sentada al lado de su novio, con la cabeza muy lejos de esas mundanas preocupaciones. Apenas captaba nada a su alrededor, como si alguien le hubiera metido algodón en las orejas. Y el plano astral también parecía cerrado. No podía sondearlo, cada vez que lo intentaba sentía una fuerza ajena conteniéndola. Los sabuesos mentales también habían desaparecido, como si no los buscaran. Como si nunca hubieran existido. La cercanía de Niklaus era una bendición, tenía una mente tan ordenada y estable…

Luego estaban Aurora y Daniel.

— ¿Crees que mamá nos librará de las clases hoy? – preguntó él con tono adormilado, arrebujado en su asiento.

— ¿Tú madre? Ni lo sueñes –respondió Aurora, mordaz. Luego suavizó el tono-. ¿Por qué? ¿Estás muy cansado?

— Oh, no, no tanto. No lo decía por eso.

— ¿Y entonces?

— Es sólo por la clase de Química, es que no he hecho el trabajo.

Aurora puso los ojos en blanco.

— Por qué no me extrañará…

— Y me preguntaba si me perdonarían el no entregarlo.

— Sí, claro, por tu cara bonita.

— ¡He estado prisionero en el Cuartel de la PAM! ¿No merezco un poco de compasión?

— Danny, hace dos semanas que nos asignaron el trabajo de Química y en esas dos semanas no eras prisionero de nadie.

— He estado ocupado con las clasificatorias para el campeonato de béisbol –se justificó él, haciendo aspavientos. A continuación, volvió a cruzarse de brazos, enfurruñado-. Supongo que tú ya habrás hecho el trabajo.

— Por supuesto, hace más de una semana.

— Podrías dejar que le echara un vistazo…

— Oh, no. Me conozco tus "vistazos". En tu vocabulario, son sinónimo de la palabra "copiar".

— Andaaa… porfaaa… No seas mala, Dawn.

— No – respondió Aurora, aunque con un tono de voz que parecía contener una lejana afirmación.

— ¿Qué te cuesta?

— ¿Qué te cuesta a ti hacer los deberes, en vez de copiármelos siempre?

— Mira que eres—

Su discusión fue alargándose y subiendo octavas hasta parecer llenar toda la cabina. Era su tira y afloja habitual y sonaba como música celestial, precisamente porque era lo que siempre hacían. Porque Danny estaba allí, con ellos, y podía discutir.

Jamie meneó la cabeza y caminó hacia la parte trasera del avión antes de que los gallos de Daniel le dañaran los oídos. Estaba deseando que al chico se le estabilizara el tono de voz de una maldita vez. Ya iba siendo hora.

Aisha se encontraba en la zona de cola, aislada y con el semblante reflexivo. Daba la impresión de que algo la preocupara. De hecho, Aisha tenía fama de callada de por sí, hasta tal punto que sus padres parecían charlatanes en comparación, pero esa expresión grave resultaba excesiva tras rescatar a Danny.

¿Qué pasa, prima?– saludó Jamie en un susurro apenas audible, sentándose a su lado y dándole una palmada en el muslo.

Aisha arrugó el ceño ante el calificativo y el contacto físico, pero se abstuvo de comentar nada.

Te veo muy seria – pinchó Jamie. Aún le dolía hablar y sospechaba que cuanto más pasara el tiempo más agudos serían los pinchazos en su laringe.

— Sólo… pensaba.

Qué novedad… ¿En algo en particular?

— No.

Venga, vamos, Ash, tiene que ser algo importante para que tengas esa cara de Siniestro en vinagre.

— No es más que una sensación extraña… -se justificó ella, intentando quitarle hierro al asunto-. Como si algo en todo esto no estuviera bien.

¿A qué te refieres?

— Me da la impresión de que con el rescate de esta noche hemos desencadenado una serie de acciones. –Pese a su intento por parecer despreocupada, su tono volvió a oscurecerse-. Y tengo este ominoso presentimiento de que esas acciones causarán la muerte de uno de nosotros en el futuro.

¿No podrías pensar en algo agradable como flores o pajaritos, para variar?

— Es culpa tuya, por preguntar.

Jamie no pudo evitar sonreír.

Tú siempre tienes una respuesta, ¿verdad, prima?

Aisha volvió a fruncir el ceño ante el apelativo.

¿Y ahora qué te pasa? – quiso saber él.

— He visto a Christian – confesó ella, a regañadientes.

¿En serio? ¿Y qué te ha dicho?

— Nada coherente, como de costumbre. –Aisha se permitió el lujo de esbozar una sonrisa. Luego volvió a ponerse seria-. Trama algo, de eso estoy segura.

Cristian siempre trama algo.

— Sí, pero esta vez parece que su plan tiene algún sentido.

No te preocupes, chére. Te preocupas demasiado.

Aisha iba a seguir la broma, pero la imagen de Sarah con la cabeza gacha le hizo cambiar de parecer.

— Oye, Jamie…

Dime.

— Vigila a Sarah.

A Jamie le sorprendió la petición.

¿Que vigile a— ¿Por qué?

— Estoy preocupada por ella. Ese nivel de poder que ha demostrado hoy no es normal.

El subidón de adrenalina, por lo de su hermano.

— Tal vez… pero, por si acaso, mantente alerta.

¿Y por qué no vas simplemente y se lo comentas a ella?

— Prefiero no hacerlo.

Pero sí que me echas en cara cosas a mí –recalcó Jamie, rencoroso-. ¿A qué venía lo de antes? ¿Lo de decirme todo eso frente al grupo?

— ¿El rapapolvo sobre que preferías morir a sentir dolor emocional? –supuso Aisha, sin necesitar preguntarlo realmente-. Es la verdad.

¿Por qué delante de todos?

Aisha se tomó su tiempo. Miró el rostro de Jamie, buscando en cada curva y pliegue la palabra apropiada.

— Necesitamos un líder. Yo no conecto bien con la gente. Mi hermano carece de poderes y tiene problemas de salud que le impiden estar en primera línea de fuego. Sarah es demasiado complaciente, se le da mejor obedecer que ordenar, por ahora. Danny es muy inmaduro e inconsciente aún. Aurora se pierde en su propia cabeza. Y Luc y Garazi son ajenos a nuestro círculo, forjado en la infancia, y no los obedeceríamos. Sólo quedas tú. Eres el jefe ideal. Eso no significa que no tengas obvios fallos. Tiendes a tomarte las cosas de forma personal y a atacar siempre, como defensa. A veces es lo que hay que hacer, pero otras no es más que una vía directa al suicidio. –Aisha le clavó unos ojos glaciales-. No permitiré que tus ansias de venganza o tu incapacidad para admitir tus errores nos pongan en peligro. –Exhaló un suspiró, para recuperar un tono conciliador-. Tenía que saber si tu plan era bueno y si lo estabas proponiendo porque era la mejor alternativa, no porque no tuvieras otra cosa mejor que hacer. –Volvió a echarle una de sus miradas heladoras-. Recuerda que tienes un límite y que tu límite reside en mi voluntad.

Jamie tragó saliva. Las advertencias de Aisha había que tomárselas en serio. Resultaba letal incluso sin poderes.

— Ya llegamos –avisó Niklaus, desde los mandos-. ¡Oh, joder!

Todos y cada uno de los chicos se quedaron pálidos y callados mirándolo. Ver a Niklaus jurar era tan increíble como que el Papa llamara a tu puerta para venderte la última edición de la Biblia.

Jamie corrió hacia la parte delantera del avión.

¿Qué pasa?

Niklaus señaló hacia el parabrisas. El sol despuntaba por las montañas, cerca del cabo, y derramaba una creciente luz grisácea que perfilaba los muros de la Mansión, los amplios jardines y una colérica Jean Grey-Summers en medio de los mismos.

Uno de los hombres a su lado hizo señas al Pájaro Negro para que aterrizase allí. Niklaus obedeció, viendo con resignación cómo el Pájaro Negro Dos de Júbilo volaba hacia el hangar, alejándose de ellos.

No abras – le pidió Jamie, cuando Niklaus apagó los motores.

— No podemos quedarnos aquí eternamente.

No, no, que vengan ellos.

— Sí, claro, como que eso nos beneficiará de alguna manera.

— ¿Qué… pasa? – quiso saber Sarah, incapaz de levantar la cabeza del asiento, con los ojos vidriosos y la voz pastosa, como la de un paciente psiquiátrico.

— Tu madre está aquí – le informó Niklaus, acariciándole la mejilla.

Sarah tuvo la fuerza de ánimo suficiente para tragar saliva.

— ¡ABRID YA, DESGRACIADOS! – retumbó la voz de Jean.

Luc no pudo resistirse a ese tono imperativo absoluto y se dirigió a la compuerta con intención de abrirla.

Jamie lo paró de un placaje.

Nononono…

— Jamie, en serio, deja de ser tan infantil – le reprendió Aisha, pasando por encima suyo y pulsando el botón de apertura.

Jamie se levantó de un saltó y se resguardo detrás de la espalda de Aisha.

¿Crees que estará enfadada, prima?

Decir que Jean estaba enfadada era el eufemismo del año. Sería como comentar que Charles Manson tenía problemas para canalizar su ira o que Julieta sufría mucho por amor.

Jean se encontraba en ese estado de ira concentrada donde la cólera se ha convertido en un ente propio con capacidad para fluir a través de los ojos en una serie de ondas expansivas. Todos a su alrededor podían percibir la rabia. De hecho, Logan estaba allí más por controlar a Jean que por castigar a los muchachos.

Por la abertura del avión, Jean podía vislumbrar a sus chicos agruparse con un talante más bien reluctante. En tono bajo discutían quién iba a bajar primero. No se ponían de acuerdo. Entonces, Aisha empujó a Jamie escaleras abajo. Luego bajó ella. Niklaus la siguió, sujetando a Sarah por la cintura. Aurora fue la siguiente, acompañada por Daniel, quien iba tapado con una manta. Jean suspiró de alivio al verlo, pero su enfado no amainó. Por último, Garazi y Luc se unieron al grupo, ambos con los hombros caídos y una expresión expectante.

Allí estaban; sus niños. Jean hizo crujir su cuello. Logan avanzó un paso hacia ella, mientras los chicos se retrasaban otro.

— Bien, bien, bien –comenzó la Directora Grey-Summers-. Decidme, chicos, ¿acaso hablo una especie de chino? ¿Algún derivado del pastún? ¿Un extraño dialecto conocido tan sólo en la Mongolia septentrional? ¡¿Acaso hablo un idioma que no entendéis?! ¡Por qué si es así, decídmelo! Si digo algo que no comprendéis, ¡preguntad! –Jean sonrió sin pizca de humor, al tiempo que los chicos palidecían-. Así pues… ¿hay algo en las órdenes estrictas que os impartí que por alguna razón ¡no os entrara en la cabeza!?

Jamie iba a decir algo. Aisha le acalló de una colleja.

— Vosotros, por ejemplo –continuó Jean, dirigiéndose a Luc y Garazi-. ¿Hablo demasiado rápido para que un francés pueda seguirme?

La pareja no supo qué contestar. Jean se encaró con Aurora, quien intentó la proeza física de meter la cabeza entre los hombros, tanto por la expresión de Jean como por la punzante mirada de su padre.

— ¿Y tú, Dawn? ¿Algún problema? Porque esta noche, mientras íbamos con Gato, juraría que podías conversar conmigo sin complicaciones. ¿No? –Aurora meneó la cabeza en silencio. Jean dio un paso lateral hacia su hijo-. Daniel…

El muchacho apretó los dientes y entrecerró los ojos, preparándose para el ataque de las Furias. Jean se mantuvo quieta, clavándole unos ojos ardientes de un verde casi fosforescente. Daniel siguió esperando. De repente, Jean se abalanzó sobre él y lo abrazó. Danny no pudo moverse. Tras tres segundos de unión, Jean volvió a retrasarse, se secó una lágrima a punto de caer, suspiró, y le cruzó la cara a su hijo de una bofetada.

— No vuelvas a hacer nada parecido.

Daniel trató de realizar una negación afirmativa o una afirmación negativa con un ambiguo meneo de cabeza, mientras su cerebro se convulsionaba.

Jean pasó por delante del alerta Niklaus.

— Ya se encargará tu madre de ti –murmuró. Luego miró a Aisha-. Tú puedes esperar otro tanto.

Cuando se posicionó delante de Sarah, el aire convergió a su alrededor como un enjambre excitado. La condensación de energía psíquica era audible y producía una desagradable vibración en los huesos.

… - gruñó Jean, con un control tan férreo de sus emociones que hacía temer lo peor-. Tú… ¿tienes idea de lo que has hecho?

Sarah parpadeó y mantuvo la boca cerrada.

— ¡Te he hecho una pregunta!

La chica pasó su lengua por los labios resecos. Le costaba enlazar las ideas para formar una frase coherente.

— He… salvado… a… Danny…

— ¡Has creado un caos en el plano astral, eso es lo que has hecho! Has organizado el mayor lío que he visto en muchos años y, lo que es peor, ¡has puesto sobre aviso a todos los sabuesos mentales en cien kilómetros a la redonda! Todavía quedan telépatas en los distintos Cerebros, tratando de arreglar el desastre y despistar a los Comandos Psíquicos. ¡¿Cómo has podido hacer algo así?!

— He… salvado… a… Danny…

Jean abrió la boca para dar rienda suelta a toda su frustración, pero la cerró al observar el vacío en la mirada de su hija y su rostro ceniciento, perlado de sudor. La sección "madre" de Jean tomó el control.

— Sarah, ¿cómo… -Le puso una mano en la frente para tomarle la temperatura. Ardía-. Cariño, ¿estás bien?

— Sí… sólo… cansada… - La muchacha notaba las pautas mentales como melodías.

— Tú consciencia está en nivel tres.

Jean hizo un gesto hacia uno de los guardias de la División Psíquica (reconocible gracias a su uniforme de mangas blancas), quien, tras cerrar los ojos para escanear la mente de Sarah, asintió. Jean examinó el reloj-inhibidor de pulsera de Sarah hasta dar con el botón de encendido.

— Lo siento, cariño, esto puede que te duela un poco – lamentó Jean mientras pulsaba el interruptor.

Sarah notó como un latigazo desde su muñeca izquierda hasta la nuca y apretó los dientes. El súbito dolor dio paso a un calor pulsante, hasta desaparecer en un vacío acolchado.

— ¿Mejor?

Sarah probó su estado mediante el test básico que aprendía todo telépata como primera lección: evocar un pasaje de la infancia, realizar una simple operación matemática y crear una frase simple con las palabras "cazador", "conejo" y "bosque". Sarah supero las tres pruebas.

— Sí, mamá, estoy bien.

Jean suspiró aliviada y continuó su reprimenda, aunque esta vez más matizada.

— ¿En qué demonios estabas pensando? Utilizar así tu poder… ¿Tienes idea de lo peligroso que es? Podrías haber fundido tu cerebro. Podrías haber sido capturada por los sabuesos mentales. Podrías… ¡Oh, no sé cuántas cosas más! Y ese nivel de poder… Jamás pensé que hubieras alcanzado tal grado.

Sarah bajó la cabeza, avergonzada; si bien una parte de ella refulgía de satisfacción por haber impresionado a su madre.

— Lo siento, mamá, pero tenía que hacerlo si quería salvar a Danny. –Sarah levantó la cabeza y la miró con unos ojitos lastimeros-. No volverá a ocurrir.

— Por supuesto que no. En primer lugar, porque como vuelvas a hacerlo te convierto en vegetal y en segundo lugar, porque para evitar que vuelvas a poner el plano psiónico patas arriba, voy a subirte de curso.

¿Qué?

— Ya me has oído. Desde hoy dejas de estar en 4º de Psíquica para pasar a 6º. De ninguna manera voy a permitir que vayas por ahí sin conocer cómo rodearte de las debidas barreras psíquicas y siendo un peligro para todo el mundo.

Sarah abrió la boca a causa de la estupefacción. ¡6º de Psíquica! Eso era como pasar de repente de jugar en las ligas universitarias a hacerlo en la NBA. Era… alucinante.

— No te alegres todavía –dijo Jean, con su poder maternal no mutante de leerle la mente-. Cuando estés hasta arriba de trabajo no te parecerá tan buena noticia.

Sin esperar su contestación, Jean se puso delante de Jamie. El muchacho llevaba ya un tiempo con la cabeza gacha, abriendo y cerrando los puños compulsivamente. Trataba de evitar mirar a Jean a la cara. Lo malo de este plan era que la mujer era más baja que Jamie, y podía interponer su rostro en el ángulo de visión del muchacho.

Jamie cambió de táctica y llevó su vista hacia las nubes rosadas.

— ¿Y tú? ¿Qué me dices de ti? ¿Qué voy a hacer contigo?

Mandarme a París, supongo – murmuró Jamie, contra su voluntad.

— ¿Es lo que quieres?

Jamie enmascaró su expresión de angustia con una sonrisa socarrona.

¿Acaso tengo alternativa?

— Portarte bien, para variar.

El muchacho se quedó tan sorprendido que miró a Jean a los ojos.

¿Y podría quedarme?

— Claro que… ¿Qué te hace pensar que no te quedarás?

Bueno, tú has dicho… Antes, en el hangar, dijiste que teníamos que hablar y yo supuse… supuse…

— ¿Qué? –cortó Jean, con voz gélida-. ¿Que como habían capturado a mi hijo iba a echar a un adolescente necesitado de mi casa? ¿Eso es lo que pensaste? ¿Que soy fría, rencorosa e insensible?

Pero dijiste que nuestra conversación no había acabado – remachó Jamie.

— Y no ha acabado. Tú y yo tenemos mucho que aclarar. –Jean movió su mandíbula de un lado a otro, en un intento de tragarse las palabras más duras-. Has desobedecido todas y cada una de las instrucciones que te he dado y lo que es peor, has roto la promesa que me hiciste.

Tía Jean—

— No quiero ninguna de tus excusas. No me valen. Prometiste algo y lo has incumplido. No puedes decir nada que repare eso.

Jamie agachó la cabeza de nuevo, deseando morir allí mismo.

— Has roto mi confianza en ti y tendrás que trabajar duro para recobrarla. –Jean puso dos dedos bajo la barbilla del muchacho y subió su rostro-. Pero te daré la posibilidad de ganar mi confianza. Tendrás una segunda oportunidad. Ese es el espíritu con el que Charles Xavier fundó esta escuela. Aquí aprenderás lo en París nunca tuviste oportunidad: el valor de la confianza.

¿Entonces… no vuelvo a Francia?

Jean tuvo que sonreír ante su insistencia.

— No. A no ser que eso sea lo que quieres. Tal vez con tu padre estés mejor…

¡No! No… Prefiero quedarme aquí.

— Bien. Pero que te quede bien clara una cosa: no he olvidado lo que has hecho.

No, Jean.

— Y te estaré vigilando muy de cerca.

Sí, Jean.

— Y tendrás que trabajar duro.

Antes de que Jamie replicara "por supuesto, Jean", la mujer declaró:

— Esto va por todos vosotros. Vais a sudar la gota gorda. Es lo mínimo que espero de lo próximos miembros de la Patrulla.

El grupo, sumiso y cariacontecido, tardó varios segundos en asimilar esa frase. Jean sonrió al ver sus expresiones de extrañeza.

— Oh, sí, vais a ser miembros de la Patrulla. No ahora mismo, desde luego, pero sí en un futuro cercano. –Jean adquirió un semblante grave-. Tenéis mucho poder, más del que os imagináis, y pese a que os habéis comportado como unos críos y habéis puesto en peligro vuestras vidas y las de muchos mutantes, lo cierto es que habéis logrado una victoria increíble contra enemigos bien preparados. Pero no volverá a pasar. Primero, porque ellos contarán con mayor experiencia. Y segundo, porque vosotros vais a estar entrenando como locos.

Los muchachos se miraron unos a otros, tratando de reprimir su alborozo.

— No creáis que éstas son buenas noticias. Desde ahora no tendréis un minuto de descanso. Se acabó eso de salir por las tardes y ni soñéis con tener algún fin de semana libre. De eso nada. Se os impartirán clases de estrategia, táctica de combate, informática avanzada, pilotaje, espionaje, idiomas y, sobre todo, sentido común. En la primera semana ya querréis abandonar. Pero nosotros no os dejaremos. –Jean enseñó una sonrisa resplandeciente-. Bienvenidos a la Patrulla, niños. Esperamos que sobreviváis a la experiencia.

Los chicos pensaron, por supuesto, que aquello debía de ser una especie de broma. Después de lo que habían hecho, no podían ser recompensados con la militancia dentro de las filas de los X-Men. En fin… tal vez no tuvieran mucha idea, pero jurarían que el mundo no funcionaba así.

Luego miraron a los adultos y se fijaron en sus expresiones serias, sin una muestra de burla, aunque teñidas de un sutil orgullo. Logan se hallaba con los brazos cruzados sobre el pecho, en una perfecta imitación del padre viendo a su hijo andar por primera vez.

Resultaba un poco abrumador.

En ese instante, el "Himno de la Alegría" retumbó a través de los muros de la Mansión.

— A clase, niños – ordenó Jean, con cierto matiz admonitorio en su aparente tono alegre.

Aisha, tras encogerse de hombros en un gráfico "pues bueno, pues vale", fue la primera en encaminarse hacia el edificio. Luc la siguió porque… Bueno, porque siempre la seguía.

Aurora iba acompañando a Daniel, pero cuando pasó cerca de Logan, el muchacho se paró para abrazarlo. Aurora siguió hasta los amplios brazos de su padre, que la estrecharon como si quisiera partirle las costillas. La muchacha echó una rápida mirada a Danny. Éste juntó las palmas de las manos y las subió hacia ella, implorando que le dejara copiar su trabajo. La sonrisa de Aurora fue un "sí" remarcado por dos hoyuelos como exclamaciones.

Garazi sintió varios pinchazos cuando dio el primer paso. El efecto de los calmantes estaba pasando. Miró hacia atrás, para ver quién quedaba.

Niklaus pasó un brazo por los hombros de su novia, mientras le echaba un ojo a la expresión de Jean. La mujer no dijo nada, lo cual afianzó el gesto del joven. Sarah sonrió a Niklaus desde el fondo de su corazón y caminó junto a él.

Jamie los observaba, resignado, hasta que ruidos precipitados acercándose captaron su atención y Gato saltó hacia su pecho. Jamie lo recogió con un grito de alegría. Gato respondió a su amo ronroneando y acariciándole el cuello con su lomo. Los dos juntos, se alejaron también.

— Por cierto, chicos – llamó Jean, quien no se había movido del sitio.

El grupo se giró hacia ella. La luz del sol había adquirido su tonalidad áurea y hacía brillar sus expectantes rostros, sus sonrisas y sus ojos llenos de esperanza.

— Estáis castigados.

FIN