TRES AÑOS DESPUÉS

Stephen se había empeñado en ir a comprar un sofá para su nuevo apartamento ese mismo día. La idea no le entusiasmaba del todo a Harry, pero le hacía ilusión a su novio y él no iba a discutírselo. Por eso se había levantado de la cama temprano un sábado, demasiado temprano para su gusto, había desayunado un pequeño bocadillo de jamón, algo de fruta, un zumo de naranja y leche con cereales preparado por su novio, siempre lo cuidaba en exceso, y ahora se encontraba paseando por el callejón Diagon, buscando y mirando tiendas de sofás que le gustaran. Harry prefería los muebles muggles, mucho más prácticos a la hora de escoger y comprar, pero para Stephen todo lo que tenía que ver con los muggles era sinónimo de menor calidad. No es que los menospreciara, pero en el fondo, a pesar de ser un buen Ravenclaw, tenía ideas de Slytherin. A diferencia de Stephen, Harry hacía la mayoría de tareas sin magia, odiaba tener que llevar a todos sitios su varita por cualquier tontería -bastante la había usado en un pasado- y aparecerse por las chimeneas. Así pues hacía su comida al modo muggle, adoraba cocinar, y conducía su propio coche por Londres. Stephen no le había dicho nunca nada al respecto y Harry seguía haciéndolo de esa manera porque disfrutaba con ello.

Siguió caminando y mirando escaparates. Un sofá verde, demasiado Slytherin, nunca se perdonaría escogerlo de ese color. El azul no combinaba con las paredes. El negro, demasiado tétrico. Se paró delante de una tienda de sofás de diseño que le cautivó rápidamente, pero a medida que miraba los precios los iba descartando. Tampoco era cuestión de gastarse todo el sueldo de Stephen en un sofá, por muy bonito que fuera. Prosiguió calle arriba mientras resoplaba, realmente esa tarea le estaba agotando. Se paró de nuevo y lo que vio le encantó, pero en ese aparador no había sofás, sino una vela naranja, pequeña, cuadrada, con la mecha encendida, irradiando calor. Se quedó contemplándola un buen rato, abstraído, recordando el momento en que conoció a Stephen.

Había pasado un año de su 'ruptura', para decirlo de alguna forma, con Severus. Apenas había vuelto a salir, se había pasado muchas tardes y noches llorándole en la distancia, llorando por lo desgraciado y solo que se sentía sin él. Dejó de asistir a las clases durante más de un semestre y permaneció encerrado en el lujoso apartamento que habían comprado meses antes de la boda que nunca se celebró y que más tarde vendió, no quería conservar nada de él. "Espero que seas feliz", esas palabras retumbaban en su mente. ¿Cómo podía ser feliz sin Severus a su lado? Esa era la pregunta que se había hecho todos los días, horas, minutos y segundos de ese año que se le hizo eterno.

Pero una tarde todo cambió. Sus compañeros de universidad le habían insistido para que los acompañara a una conferencia de un profesor de la facultad sobre 'Literatura Española del Barroco', una de las épocas literarias más interesantes para Harry. Así que, sacando fuerzas de flaqueza, se vistió con lo primero que encontró en el armario, cogió las llaves del coche y se dispuso a pasar el resto del día con sus amigos. Salió del garaje con su Audi TT negro, haciendo rugir el motor. Adoraba conducir y hacía mucho tiempo que no se daba ese placer. Puso rumbo a la universidad, cruzó las calles llenas de gente a gran velocidad, observó a las parejas cogidas de la mano mientras aguardaba que los semáforos se pusieran verdes y les envidió, sintió celos de que esa gente anónima que paseaba ajena a los problemas de los demás tuviera a alguien y él no.

A las 18.30 llegó al campus, aparcó el coche y entró para buscar el Aula magna, donde se celebraba la conferencia. Cuando cruzó la puerta de la sala, se llevó una sorpresa, pues casi estaba ya del todo llena. Había un sinfín de alumnos, que tenía vistos de las clases, repartidos en varias filas, algunos conocidos y, en primera fila, sus amigos. Un chico rubio y de ojos verdes, Isaac, le saludó con la mano y le indicó que habían guardado un sitio para él.

- ¡Hola, chicos! – Harry saludó al rubio y a otro chico moreno.
- Casi llegas tarde – dijo Denis, el moreno.
- Pensábamos que ya no vendrías. Me alegro de verte – respondió el rubio.
- Bueno, no me apetecía mucho, pero al final ha podido más mi interés por la literatura que mi pereza.
- Pues mejor, ya te echábamos de menos.
- Y los trabajos sin ti no son lo mismo.
- No, ahora sólo sacamos aprobados; te necesitamos para volver a los excelentes.
- No tenéis compasión de mí¡sólo me queréis para vuestros intereses! – dijo Harry riéndose.
- Ya… pero somos sinceros. ¿Nos perdonas? – pidió el moreno con su mejor cara de inocencia.
- Tendré que pensármelo. Quizá si después me invitáis a cenar…

Pero Harry no fue a cenar con ellos esa noche. Cuando terminó la conferencia, los tres fueron a saludar al profesor Louis Siegert, que había sido el orador en aquella ocasión. Estuvieron hablando un buen rato comentando los puntos más interesantes del tema. Después de repasar uno por uno los autores más destacados, como Lope de Vega, Tirso de Molina y Pedro Calderón de la Barca, empezaron a discutir sobre la importancia de la comedia nueva creada por Lope. Fue en ese momento, mientras Denis alababa El arte nuevo de hacer comedias, dónde precisamente el autor defiende jocosamente su teatro, cuando Harry se volteó y vio al chico más encantador del mundo acercarse hacia ellos con paso decidido. Cabello castaño, ojos verdes, complexión atlética y un gusto exquisito en el vestir.

- Oh, Stephen… - se sorprendió el profesor cuando el adonis se situó a su lado -, te presento a Harry, Isaac y Denis. Chicos, este es mi hijo, Stephen.
- Encantado – dijo el rubio.
- Igualmente – contestó el moreno.
- … - Harry estaba embobado hasta que Isaac le dio un codazo -, eh… sí, encantado.

Y ahí empezó todo. Stephen y él cenaron juntos en un restaurante del centro, bastante íntimo, en cuya mesa había una vela de color naranja, idéntica a la que miraba en ese momento. Desde esa noche ya no volvieron a separarse. De eso hacía dos años y ahora estaban amueblándose el apartamento que habían comprado hacía pocas semanas. A Harry no le gustaba mucho ir de compras, pero si Stephen lo encontraba necesario entonces iban. La vida en pareja le resultaba complicada al moreno, no se acostumbraba a tener que dar explicaciones de todo lo que hacía a su novio, pues Stephen era algo celoso y quería saber dónde, cuándo, cómo y con quién estaba Harry las veinticuatro horas del día. El moreno soportaba estoicamente las interrogaciones policiales a las que era sometido, pero no le importaba. Sabía que Stephen se preocupaba mucho por él y no quería que le pasara nada. En realidad, le mimaba demasiado, ése era el problema. Todo lo que Harry quería, Stephen se lo compraba. Si el moreno quería hacer algo o ir a algún sitio, al cabo de poco Stephen ya lo tenía todo organizado.

Harry sonrió. A veces era algo desconsiderado con Stephen, el pobre trabajaba mucho para poder pagar el piso y para que Harry terminara sus estudios, y él a veces no se lo agradecía lo suficiente. Pero en el corazón de Harry siempre habitaba el miedo y eso era lo que no le dejaba disfrutar al máximo de la relación. Tenía miedo del compromiso, de volver a sufrir, de que Stephen le abandonara, como hizo Severus. Por eso intentaba alejarse a veces de él, pero cuanto más se alejaba, se daba cuenta de que con eso sólo lograba hacerle daño a Stephen y el chico no se lo merecía.

Por ese motivo había accedido a ir de compras, por eso se encontraba delante del aparador de esa tienda, mirando sofás y pensando en cuál quedaría mejor en su salón. Pero no le convencían, así que decidió pasear y ver otras tiendas. Cruzó la calle y, de lejos, vislumbró el sitio del que le había hablado Denis, Sofa's, seguramente ahí encontraría lo que buscaba. Giró a la derecha y luego a la izquierda, pero cuando quiso hacerlo chocó contra algo, haciendo que la bolsa que llevaba en la mano, conteniendo sus galletas favoritas, cayera al suelo.

- Oh, yo… lo siento – recogió la bolsa disculpándose y, a medida que se levantaba, iba mirando a la persona que tenía delante. Zapatos negros, pantalones del mismo color, chaqueta larga de piel negra y… sus ojos se abrieron, boqueó un par de veces pero no consiguió decir nada.

Lentamente la persona con quién había chocado, se colocó bien la chaqueta y le miró fijamente. Harry repasó su rostro asombrado ante la visión. Ojos oscuros, mirada penetrante, pelo negro y liso atado en una coleta de la cual se escapaban algunos mechones, tez pálida y nariz grande y algo curvada. Harry sintió como todo su mundo se derrumba en ese preciso instante, como todos sus esfuerzos para olvidarlo habían sido en vano, sintió cómo dolía aún el corazón por la herida que creía cicatrizada… Pensó que el destino era cruel con él, de nuevo. El destino le había alejado de Severus y ese mismo destino se lo había devuelto. Tres años sin saber nada de él, tres largos años sin ni una sola noticia, excepto la escueta nota el día de la boda, tres años de sufrimiento en silencio y ahora tropezaba con él en mitad de la calle.

Severus tampoco pudo decir nada. Se limitó a reconocer al Harry que había amado en la figura de aquel chico con el que había tropezado, pero poco quedaba de ese muchacho frágil que había conocido y querido. Ante él había un hombre nuevo, completamente distinto, pero los ojos seguían siendo los mismos y no engañaban. Harry no había podido olvidarlo, de eso estaba seguro. Quería decirle algo cuando un joven se les acercó.

- ¡Harry! Al fin te encuentro, cariño. Ven, he encontrado el sofá que buscábamos – Stephen se llevó a su novio cogido por la cintura, sin parar atención al moreno que había encontrado a su lado.

Harry se dejó arrastrar. No se sentía con fuerzas suficientes para andar por sí solo. Cuando entraron en la tienda, giró la cabeza hacia el exterior, pero Severus ya no estaba ahí. Se había ido. Había desaparecido de su vida, otra vez sin ningún tipo de explicación.

Sin saber cómo había llegado dentro de esa tienda, Harry despertó de su sueño para regresar a la realidad. Delante tenía a Stephen que le estaba hablando y a otro hombre, reconoció que era vendedor por la tarjeta en su camisa. Los dos le estaban mostrando un precioso sofá de color rojo burdeos. Cuando Stephen le preguntó si le gustaba se limitó a asentir, en ese momento le importaba muy poco el color del sofá, tan sólo podía recordar el rostro de Severus al reconocerse mutuamente. No prestó atención a nada hasta que se encontró en su apartamento, su perfecto apartamento que había comprado hacía poco con su perfecto novio, el chico más guapo y atento del mundo. Una sensación de angustia y una opresión fuerte en el pecho le impedían respirar. Harry sentía que su vida, su existencia no valía la pena. Miró a Stephen, volvió a mirarle, él le sonrió sentado en el sofá, en el perfecto sofá, pero Harry no se sintió con fuerzas para hablar. Todo le parecía demasiado perfecto y él desencajaba completamente entre tanta perfección. Se sentía un vulgar gusano por no valorar lo que tenía. La opresión se hizo más fuerte y no pudo soportarlo más. Dio media vuelta y salió corriendo por la puerta, dejando a su novio con cara de no saber qué había sucedido.

Corrió hasta el final de la calle y desapareció. Cuando abrió los ojos un sofá de cuero negro le indicó que había llegado al sitio correcto. La chimenea caldeaba e iluminaba la estancia, llena de libros antiguos, de gran valor. Toda la casa estaba impregnada de elegancia, normal si allí vivía precisamente él, uno de sus mejores amigos, su mejor apoyo todo ese tiempo.

- ¿Harry? – dijo el rubio extrañado. ¿Qué haces aquí?
- Ha vuelto… - la angustia regresaba, las palabras le quedaban atragantadas.
- Cálmate. ¿Qué dices¿Quién…? – se acercó un poco hasta su amigo, no lograba entender nada.
- Ha… - empezó a sollozar -, Draco… ha vuelto – y corrió a abrazarse al rubio.

Draco no sabía qué hacer. Tenía a Harry entre sus brazos y no tenía ni idea de cómo ayudarle. Sabía perfectamente de quién estaba hablando el moreno. Si Harry había dicho que había vuelto tenía que ser verdad, y Draco pensó que ese regreso sólo complicaría las cosas. Intuía que el moreno no había olvidado a su padrino, pero sabía también que estaba bien con Stephen. El rubio había notado que Harry no estaba completamente enamorado de él, pero lo quería, más de lo que pensaba. Draco sabía que Harry sólo podría amar a un hombre en su vida y éste ahora había regresado. ¿Qué podría decirle para calmar ese dolor¿Cómo podría ayudarle a enfrentarse a sus miedos? Se sentía impotente. Draco sabía que Harry ya no volvería a ser el mismo de antes, sabía que su vuelta lo afectaría y quería hacer algo por él pero no sabía el qué.

- Ha… Harry¿cuándo ha vuelto?
- No… no lo sé, hace un rato…
- ¿Te ha venido a buscar?
- No, no… en el callejón Diagon, he chocado con él…
- ¿Y te ha dicho algo?
- Nada, supongo que él se quedó tan sorprendido como yo. Vi que quería decir algo pero luego… luego vino Stephen y se me llevó de allí.
- ¿Y Stephen?
- No me ha dicho nada, bueno yo… he salido corriendo del apartamento y he venido aquí.
- Harry, lo siento… Me gustaría ayudarte, pero…
- ¿Qué haré ahora, Draco¡No puedo vivir si él está aquí! Todo este tiempo… he intentado olvidarlo, pero no puedo. Sufrí demasiado y no he podido sacármelo de la cabeza ni un solo día en estos tres años. Y ahora… justo ahora…
- Harry, no sé qué razones tuvo – el moreno puso cara de molesto –, no le estoy justificando, pero si ha vuelto tiene que entender que tú tienes tu vida y que él decidió no formar parte de ella. Si me lo encuentro…
- No…
- Harry, aún lo amas¿verdad?
- Yo – bajó la cabeza -, sí, maldita sea… sí, he intentado olvidarlo, maldecirlo por lo que hizo, pero supongo que aún lo amo y yo… me siento tan culpable, Draco, yo quiero a Stephen pero nunca lo he amado como… como amé a… Severus.

Cuánto dolía decir su nombre. En todo ese tiempo, Harry había intentado no pronunciarlo nunca, ni una sola vez, como si el hecho de no decirlo ni oírlo pudiera dolerle menos, pero no era así. Se lo había prometido a sí mismo en la que hubiera sido su noche de bodas, mientras retornaba uno a uno los regalos de los invitados. Se hartó de llorar mientras releía todas las invitaciones con sus nombres entrelazados, fue en ese momento cuando decidió que la doble SS de Severus Snape desaparecería de su vida para siempre. Pero el destino le tendió otra jugarreta, enviándole a Stephen Siegert, con las mismas iniciales.

Después de un buen rato en casa de Draco, recordó cómo había marchado del apartamento y le dolió en el corazón al imaginarse a Stephen solo y preocupado. Se despidió de su amigo con un fuerte abrazo, sabía que el rubio estaría siempre ahí para él, como cada vez que lo había necesitado en esos tres años. Se apareció en su apartamento, quería regresar lo antes posible. Abrió los ojos, todo estaba a oscuras, pensó que quizá Stephen se habría ido o había salido a buscarlo. Se le encogió el corazón ante la idea. Entró en la habitación, era preciosa, la habían elegido entre los dos hacía pocos días. Una cama de gran tamaño presidía la estancia y, a su derecha, había la puerta que comunicaba con un cuarto de baño privado. Decidió tomar una ducha, quizá el agua caliente le relajaría y le ayudaría a olvidarse de todo y dormir un poco, pero no funcionó. Salió de la ducha, se enrolló una toalla a la cintura, se contempló en el espejo, el mismo rostro desencajado que antes, quizá durmiendo mejoraría. Decidió meterse en la cama lo antes posible, pero cuando abrió la puerta del baño un par de brazos se aferraron a él.

- ¡Dios¡Qué preocupado me tenías! – Stephen le abrazaba tan fuerte que casi lo asfixiaba -. He salido a buscarte – las palabras se clavaron en el corazón de Harry -, no sabía dónde ir, pero sin ti el apartamento… me sentía solo – se separó un poco y miró a Harry a los ojos, le besó en la punta de la nariz -. Anda, ven, tienes que descansar.

Harry se dejó guiar por su novio hasta la cama, le quitó la toalla y le acercó el pantalón del pijama para que se vistiera. Se acostó sintiéndose un ser despreciable, sintiéndose culpable por todas las atenciones que recibía de Stephen y por ser incapaz de amarlo como se merecía. El castaño se metió también en la cama y se volteó para quedar más cerca de él. Notó como se amoldaban los dos cuerpos a la perfección, como el miembro semiduro de Stephen rozaba sus nalgas, incluso podía oír los latidos de su corazón. El chico estaba totalmente pegado a él y Harry se sentía una vulgar cucaracha.

- Te amo – susurró Stephen en su oído.

Harry no respondió, ahogó un sollozo y una lágrima cayó de su ojo, bajando lentamente por la mejilla, mientras se maldecía por no poder corresponderle de la misma manera, condenándose por pensar todavía en Severus Snape