Estaba ordenando el pequeño apartamento alquilado en el sur de Londres. Salón-comedor, cocina, baño y dos habitaciones, decía el anuncio. A Severus le pareció un buen sitio para pasar desapercibido y para que ningún mago le molestara. Estar rodeado de muggles no era lo que más le apetecía del mundo pero se había acostumbrado con el paso de los años, sobre todo después de los viajes que había hecho en los últimos tres años. Miró a su alrededor, tenía muchos paquetes por abrir, montones de ropa por colocar y apenas había empezado a desembalar un par de cajas. Pero regresar a Londres le había traído demasiados recuerdos y había preferido volver a pasear por la ciudad que tanto amó, respirar el aroma de las calles conocidas y contemplar los edificios que le vieron crecer. Por ese motivo había ido al callejón Diagon. Pero no entraba en sus planes encontrarse con él, encontrar a Harry. Cuando el chico levantó la vista, pudo ver en sus ojos que no lo había olvidado, igual como le pasaba a él. Pero también descubrió que ahora tenía una nueva pareja y había rehecho su vida con un chico que le pareció muy apuesto, cosa que le dolió más aún y le hizo sentir feo, viejo y amargado. Harry era feliz sin él, como había escogido, como tenía que ser.

El timbre sonó en ese preciso instante. Caminó hasta el recibidor preguntándose quién podría ser, pues nadie sabía de su regreso. Cuando abrió, un torbellino rubio se coló directamente hasta el salón.

- Puedes pasar si quieres… - hizo un gesto con la mano, invitándolo a entrar.
- Deja de lado los sarcasmos conmigo – respondió el otro ya sentado en el sofá -. ¿Por qué has vuelto?
- Vaya, veo que sigues siendo el de siempre, directo a lo que te interesa – se sentó en el otro extremo.
- Te he hecho una pregunta – los ojos denotaban resentimiento.
- Que no me apetece responder. Además, no tengo que darte ningún tipo de explicación.
- ¿Por qué has vuelto? – la voz mucho más dura y pudo ver odio en los ojos.
- Eso no te importa, ya te lo he dicho – no quería dar explicaciones a nadie, era su vida.
- Sí me importa porque me importa Harry.

Severus boqueó un par de veces. Esa respuesta le desconcertó. Reflexionó unos instantes y comprendió. Harry y Draco habían hablado y el moreno le había contado ya su fugaz encuentro.

- Las noticias vuelan, por lo que veo – dijo con sarcasmo.
- Déjalo en paz, ya le hiciste demasiado daño.
- No he regresado por él.
- ¿Y entonces por qué?
- Me cansé de viajar¿de acuerdo?
- No… Podrías seguir viajando…
- Me aburría, deseaba volver a establecerme en un lugar fijo – su voz sonaba sincera.
- Y tenía que ser Londres…
- Me gusta esta ciudad.
- Ya… y tenías que toparte con Harry – el rubio daba muestras de incredulidad.
- No busqué ese encuentro, fue casualidad. Yo también m sorprendí.
- ¡Oh, vaya! Te sorprendiste… Muy bonito – el lado Malfoy hacía su aparición estelar -. Tú te sorprendiste pero yo he tenido que consolar a Harry, llorando entre mis brazos hasta hace pocos minutos – exclamó Draco alzando la voz. Severus no decía nada, se levantó, se sirvió una copa de coñac y se sentó de nuevo -. ¿No piensas decir nada?
- Para ti sólo hubo un culpable, ya juzgaste. Si no tienes nada más que decir, puedes irte.
- Aún no… Quiero que me prometas algo.
- Tú dirás – abrió las manos, transmitiéndole que acataría lo que fuera.
- No quiero que te acerques a Harry, no quiero que le vuelvas a hacer daño, no quiero que sufra de nuevo por tu culpa. Él… él es feliz con su vida ahora, no deseo verlo destrozado de nuevo. Prométemelo.
- Te lo prometo, Draco. No veré a Harry. No era mi intención encontrármelo ni buscarlo. Sólo quiero vivir mi vida.
- No sé por qué, pero te creo.

Un silencio incómodo se adueñó del apartamento. Severus observó el rostro de su ahijado. Había cambiado, seguía tan perfecto como siempre, pero irradiaba madurez por los cuatro costados. Era un digno Malfoy, en el fondo. Draco también contemplaba todo en silencio, las cajas, los escasos muebles, y sobre todo a su padrino. ¿Qué pudo pasar para que hiciera lo que hizo? Después de tres años aún seguía sin encontrar una razón lógica.

- Por cierto¿cómo me has encontrado? – Severus rompió la tensión.
- Digamos que tengo algunos contactos en el ministerio y tu magia es demasiado poderosa para pasar desapercibido para cualquier mago.
- Contactos… ya… - Draco sabía qué quería decir con ese "ya" pronunciado en el tono típico del Snape profesor, pero no le apetecía darle más explicaciones.
- Tengo que irme, tengo trabajo que hacer – se excusó el rubio.
- Draco… me gustaría… ahora que he regresado, me gustaría que pudiéramos… que todo volviera a ser como antes – miró al moreno, nunca le había parecido un ser débil, pero en ese momento pensó que necesitaba a alguien que cuidara de él.
- Nada puede volver a ser como antes, pero eres mi padrino y te quiero – dijo poniendo una mano sobre su hombro -. Pero recuerda lo que te he dicho. Si Harry sufre te las verás conmigo y conocerás mi otra cara.

Severus contempló sentado como Draco desaparecía tras la puerta. Pensó en sus palabras y en las advertencias. Harry había hablado con Draco poco después de su encuentro y… había llorado. Severus se odió a sí mismo por haberle causado dolor de nuevo. Harry era el ser más maravilloso del mundo y parecía que él sólo sabía lastimarlo. Si pudiera cambiar las cosas… no sólo Harry había sufrido con la separación, él también, pero de distinta forma. Sabía que no presentarse a la boda sería un golpe muy fuerte para el chico, pero no pudo, no tuvo el valor suficiente para hacerlo, no quería que el hombre al que amaba, y al que seguía amando tres años después, sufriera a su lado. Severus fue egoísta, pero para él esa fue la mejor decisión que en ese momento pudo tomar. Si se hubiera casado con Harry el chico no habría sido feliz, y lo que más deseaba Severus en el mundo era que alcanzara la felicidad que tanto se merecía. Y si tenía que ser sin él, pues que así fuera. Ese fue el motivo principal para renunciar a ese amor que aún seguía doliéndole en el alma.

Tenía que estudiar. Los exámenes se acercaban y tenía poco tiempo para preparárselos. Cogió los apuntes que tenía encima de la mesa, estaba harto de estar en esa incómoda posición, sentado en la silla giratoria delante del escritorio. Movió el cuello a ambos lados y oyó como crujía. No podía seguir así, debía cambiar para no terminar con la espalda hecha añicos. Se encaminó hacia el sofá, el precioso sofá rojo burdeos, y se sentó. Al menos ahí no le dolía nada, quizá así se concentraría un poco más. Ordenó los folios por temas. Vuelta a empezar.

- Tirso de Molina, pseudónimo de Gabriel Téllez, nació supuestamente en el año 1583, aunque no se tiene constancia fidedigna de ello, y murió en el año 1648 – recitaba Harry en voz alta.

Sonrió, al menos había conseguido retener un poco de información, aunque no le sorprendía, llevaba dos horas estudiando ese tema y no había sido capaz de llegar ni siquiera al final de la primera página. Siguió con su tarea, vocalizando bien para retener la información que le llegaba a través de la vista y el oído.

- El burlador de Sevilla y convidado de piedra, recoge por primera vez el mito de Don Juan Tenorio. El protagonista es un libertino que cree en la justicia divina y que confía en que podrá arrepentirse y ser perdonado antes de comparecer ante Dios. El personaje del burlador, inspirado en la leyenda popular sobre un seductor nato… ¡JODER! – gritó Harry incapaz de concentrarse de nuevo en el estudio -. ¡Jamás conseguiré aprenderme esto si no me concentro! – se regañó, cansado de no poder avanzar más.

Pero Harry no tenía la mente concentrada en la obra de Tirso de Molina ni en su visión del Don Juan, bueno, en cierto modo sí, puesto que cada vez que leía y releía el personaje del burlador, tan apuesto y seductor, sólo veía en él a Stephen, su novio, su perfecto novio. Apuesto, como Don Juan, un gran seductor, como Don Juan… Demasiado perfecto para alguien como él.

Llevaba días pensando en eso, sabía que no merecía a su novio, sabía que le quería en exceso y le consentía hasta la saciedad, pero le gustaba, en el fondo adoraba esa preocupación. En la escuela mucha gente lo admiraba sólo por ser quién era, pero Stephen lo amaba por ser Harry. Cierto que siempre insistía en el hecho de que Harry debía aprovechar su fama, pero el moreno no le tomaba en cuenta esos discursos de adoración. En el fondo, Harry sabía que a Stephen no le importaba lo más mínimo que no lo idolatraran por la calle ni que no tuviera esculturas en cada plaza mágica, como había pretendido el ministerio al término de la guerra. Harry sabía que Stephen lo amaba con todas sus virtudes y con todos sus defectos, y por ese motivo lo quería tanto.

- ¿Qué haces ahí embobado?
- ¡Stephen! – dijo Harry saltando al cuello de su novio.
- Vaya…
- Te echaba de menos – se excusó ante tal reacción.
- Y yo, cariño, pero ya lo sabes, el trabajo…
- No hablemos de trabajo, ahora sólo me apetece estar un rato contigo. ¿Tienes hambre?
- Un poco, pero te ayudo a cocinar, ya sabes que me encanta verte con el delantal puesto, eso sí, preferiría que no llevaras nada debajo, pero no quieres… - Stephen le lanzó una mirada pícara.
- No empieces y ayúdame. ¿Quieres cortar las verduras o lo hago yo?
- Voluntario, por una vez que puedo colaborar… Bien, tengo que cortar el calabacín y la berenjena a rodajas¿verdad?
- Sí, y luego les hechas un poco de sal y a la parrilla. Se me está haciendo la boca agua de sólo pensarlo.
- ¿Y de segundo?
- Compré bistecs de vuelta de la universidad.
- Perfecto, siempre tienes las cosas tan bien planeadas…

Y es que Harry odiaba no poder controlarlo todo. Adoraba saber qué haría cada minuto de su vida. Era poco amante de los cambios bruscos, pero le encantaban las sorpresas que le preparaba su novio. Era un poco incoherente quizá esto último, pero una sorpresa era una sorpresa y aunque escapara al control del moreno, le gustaba que Stephen tuviera esos detalles con él, eso sí, sin pasarse. Pero en todo lo demás era muy estricto. Sabía qué haría exactamente al día siguiente, la semana siguiente, el mes próximo… A veces cuando los planes se alteraban, se enfadaba un poco y tardaba en volver a recuperar la normalidad, y Stephen al principio quedaba descolocado. Pero con el paso del tiempo descubrió que si le daba un beso y le mimaba, Harry ronroneaba como un gatito y dejaba de protestar. Así fue como se enamoró de él, porque Stephen adoraba protegerlo, saberse único, puesto que sólo él ejercía ese poder en el moreno.

Harry miró a Stephen de reojo, mientras terminaba de preparar la carne. Estaba guapísimo como siempre, incluso por las mañanas, recién levantado, con el pelo alborotado y los ojos medio cerrados, parecía un modelo de pasarela. Lo repasó de arriba abajo. Ese día llevaba un pantalón negro y una camisa verde pistacho, que se le pegaba a su cuerpo lo justo para poder intuir que debajo de toda la ropa se escondía un cuerpo de infarto. Harry se mordió el labio inferior, como hacía siempre cuando algo le gustaba o se sentía cómodo con la gente. Stephen también sabía que lo hacía cuando estaba excitado, y no le pasó desapercibido, pero decidió jugar un poco con él. Otra cosa que adoraba de Harry, su inocencia. Podía prepararle una sorpresa delante de sus narices y el moreno no se daba ni cuenta. Así que al ver como se mordía el labio de forma sugerente, tuvo la genial idea de hacerle sufrir un poco, seguro que Harry, al final, estaría muy feliz.

- ¿Me puedes pasar el aceite, cariño? – el tono de voz del castaño no podía ser más sensual.
- Eh… - Harry salió de su ensimismamiento estremeciéndose, ese "aceite" le había sonado incluso pervertido -, sí, claro. Voy poniendo la mesa – dijo saliendo de la cocina rojo como un tomate.

Cenaron casi en silencio. Comentaron algunas cosas del trabajo de Stephen y de los estudios de Harry. Pero cada vez que el castaño decía algo, conseguía sonrojar a su novio, quien estaba ya completamente excitado y apenas podía pensar en comer lo que tenía en su plato. Tan sólo le apetecía Stephen, fuera al horno, a la parrilla o en su salsa.

- ¿Te ocurre algo, Harry? – el moreno negó con la cabeza –. Tranquilo, después te recompensaré - le guiñó un ojo y Harry se atragantó con un trozo de berenjena -.
- ¿Re… recompensarme?
- Claro, cariño¿acaso crees que no me he dado cuenta de que me estás devorando con la mirada desde que he llegado¿Tan tonto crees que soy que no me entero de cuándo mi novio me desea? Pero tendrás que esperar, antes quiero terminar de cenar – vio como Harry quería protestar pero desistía, lo tenía en el bote, justo como deseaba.

Recogieron los platos y los pusieron en el lavavajillas. Harry se sentó rápidamente en el sofá esperando a su novio, que se estaba lavando los dientes. Y de eso hacía ya diez minutos como mínimo. Miró en dirección a la habitación. ¿Por qué tardaba tanto? Estaba impaciente, sabía que hacía varios días que ignoraba sus caricias y sus mimos, y no quería que Stephen se enfadara. Tenía que dejar el pasado atrás y vivir el presente, centrarse en su relación y dejar de lado las historias que le hacían daño. No pudiendo aguantar más sin estar un rato a solas con Stephen, decidió ir a su encuentro. Entró en la habitación decidido, pensando que lo encontraría aún en el baño. Estaba todo a oscuras, dio media vuelta para poder encender el interruptor pero chocó con algo.

- ¿Ya te has cansado de buscarme? – la voz del castaño sonaba muy sensual.
- ¿A qué estás jugando? – preguntó Harry haciéndose el inocente. Finalmente había captado el juego de su novio.
- ¿A ti qué te parece? – esa voz lo enloquecía.
- Stephen… - protestó al notar la mano de su novio que no le dejaba llegar al interruptor.
- "Soy un hombre sin nombre" – recitó Stephen, adaptando un verso de la obra de Tirso de Molina, antes de lamer el cuello de Harry con mucha lentitud, consiguiendo arrancar un gemido de su novio.
- Steph… - siempre lo llamaba así cuando estaba al límite.
- ¿Sí?
- Steph, por favor…
- ¿Qué ocurre, cariño? – siguió deleitándose con el cuello y fue bajando, lentamente, por su pecho, desabrochando la camisa del moreno, quien estaba siendo sometido a una deliciosa tortura.
- Por favor…
- ¿Qué pasa? – Stephen sabía que Harry no le pedía nunca nada, pero hoy le apetecía que su novio le pidiera las cosas, y sobre todo le apetecía que le pidiera que le hiciera el amor. Terminó de desabrochar la camisa y la echó al suelo, acarició el torso y la espalda desnudos y se lanzó de nuevo a por el cuello, el punto débil de Harry. Sólo era cuestión de segundos.

El que un bien gozar espera,
cuanto espera desespera.

- Ahmmmm… Steph…
- ¿Sí? – la tortura seguía, ahora con las manos acariciando su miembro por encima del pantalón.
- Por favor… hazlo ya… quiero… quiero…
- ¿Qué quieres, Harry? – la voz ronca de Stephen fue lo último que pudo aguantar el moreno.
- Hazlo – dijo casi ordenando, estaba demasiado excitado para pedir las cosas con dulzura -, quiero… sentirte dentro de mí. ¡Ahora!

El castaño no se hizo rogar. Cogió a su novio y lo depositó en la amplia cama. Le quitó el pantalón y el boxer y, con un hechizo, se quitó su ropa, quedando ambos completamente desnudos. Se situó encima de Harry y, intencionadamente, rozó su erección con la del moreno.

- Mmhhhmmm… Steph… por… ya… ahora…

Le besó en los labios con toda la pasión contenida y situó su miembro en la entrada de Harry. Sin pensárselo dos veces, lo penetró de una estocada, aguardando un segundo para que su novio se acostumbrara a la intromisión.

- Ahhmmm… ya… muévete…

Stephen le hizo caso y empezó a moverse encima de su novio a gran velocidad. Él también estaba terriblemente excitado, llevaba varios días pensando en poder estar así con Harry, echaba de menos oírle gritar su nombre y los gemidos de placer que provocaba en él. Después de algunos días en que el moreno parecía algo distraído, finalmente hoy todo volvía a ser como antes.

- Des… desde atrás – pidió Harry, pues en esa postura la penetración era mucho más profunda y las embestidas más certeras.

Se separaron los segundos justos para darse la vuelta y volver a enterrar el miembro en el cuerpo de su novio.

- Oh, Dios… Harry… - Stephen enloquecía por momentos, las nalgas del moreno atrapaban su miembro y el roce era más que placentero.
- Steph… más… rápido… - el castaño obedeció, acertando la próstata en cada movimiento, logrando que Harry jadeara y gritara palabras incomprensibles.
- Ha… ¡Dios¡Harry! – gritó Stephen al alcanzar el orgasmo.
- Ahmmm… oh… sí… mhhhmmm… ¡Steph! – se corrió poco después, había sido una de las mejores sesiones de su vida.

Se tumbaron en la cama, exhaustos, sudados, pero felices. Con cuidado, Stephen se retiró del interior del moreno y le se acurrucó a su lado. Le besó en el hombro, y se situó detrás de él, acariciándole el pelo para después abrazarlo. Harry era suyo y él se sentía el ser más afortunado del universo. Sonrió y le besó de nuevo antes de ponerse cómodo para dormir. La normalidad, que habían perdido el día que compraron el sofá, parecía estar de vuelta, Harry se había entregado como nunca y Stephen había demostrado ser el amante perfecto, como todo buen Don Juan. Harry se durmió con una sonrisa en los labios, todo estaba bien, muy bien.


Las dos referencias son, evidentemente, versos de la obra de Tirso de Molina sobre el Don Juan. Ya dije que este fic tendría muchas influencias mías y, como buena filóloga, amo la literatura. No sé si os gusta o pensáis que sobra... pero esta vez Harry es, en ese aspecto, como yo.