El viernes por la mañana, Harry se levantó, se duchó y se fue a clase. La noche anterior había vuelto a discutir con Stephen, últimamente parecía que el castaño estaba más susceptible y Harry no sabía por qué. En esa ocasión, por el tema de los estudios de Harry, tema que ni venía a cuenta. Stephen le decía que el salvador del mundo mágico no debería estar asistiendo a la universidad como un muggle más, sino que él se merecía todo el reconocimiento del mundo mágico por su labor. Harry, contrario a todo esto, odiaba ser popular. Él disfrutaba asistiendo a la universidad –era medio muggle y medio mágica, por lo que debían acatar una serie de normas sobre el uso indebido de magia en los estudios-, mezclándose con toda esa gente anónima que no le valoraban por ser quién era, sino como a uno más de su grupo.
Por eso había congeniado tan bien con Isaac y Denis. El rubio y el moreno eran medio muggles, como él, y habían pasado toda su vida en el Londres y París muggle, respectivamente, sin muchas vinculaciones con la magia. Le reconocieron, eso era evidente, ningún mago vivo era incapaz de no reconocer a Harry Potter, pero lo habían tratado como a un igual, no como alguien a quien alabar o adorar, como pretendía Stephen. Además, Harry se sorprendió por esos comentarios, normalmente su novio no se metía en su vida ni le decía qué tenía que hacer ni cómo debía llevar a cabo sus prioridades.
Mientras aparcaba el coche delante de la universidad recordó que esa noche no cenaría en casa. Denis e Isaac le habían invitado a una cena de estudiantes, pues querían ligar y no sabían cómo, y Harry podía ayudarles en eso, pues estaba considerado un buen partido entre chicas y chicos de toda la facultad. Harry había aceptado encantado, al menos esa vez su conocido rostro serviría para algo, y si así sus amigos encontraban a alguien especial, pues mucho mejor. Pensó que tenía que avisar a Stephen del cambio, y se lo anotó para que no se olvidara, sólo faltaría otra escena añadida a la de ayer por la noche y a la de esa misma mañana. Stephen se había ido a trabajar sin ni siquiera decirle adiós, pero Harry sabía que en esos momentos era mejor no reprocharle nada, ya el enfado se iría solo, como siempre. Stephen era así.
Cruzó el campus, atravesando el pequeño jardín donde una fuente con un magnífico Poseidón presidía el emblemático lugar. El patio de la facultad de literatura estaba lleno de gente. Seguramente se debía a que había terminado la primera clase de la mañana hacía pocos minutos, aunque siempre había estudiantes hablando en pequeños grupos, otros estudiando o leyendo en algún rincón, sentados en los bancos de piedra o en el verde césped, oyendo el agua caer lentamente, una y otra vez, relajante. Buscó a sus amigos y los divisó cerca del aula donde les tocaba la clase de Literatura Contemporánea.
Eh, compañero, toda la semana sin venir… - Isaac dejó las bromas al ver la cara de Harry -. ¿Qué te ocurre?
Nada…
Harry… - reprochó Denis.
Ha vuelto – no faltó que dijera nada más, los dos sabían la historia al detalle.
¿Pero… pero cómo se atreve después de… lo que hizo?
¿Lo has visto? – Harry asintió -. ¿Y habéis hablado?
No… yo, el sábado choqué con él… - les contó la historia con todo lujo de detalles.
¡Joder! Ya es mala suerte…
¿Y Stephen?
No sabe nada, no debe saber nada… - miró a ambos con cara de reprobación.
¿Se enfadaría?
No… no sé, yo… no lo he buscado ni nada, yo estoy bien con él y Severus… es pasado.
Así me gusta, amigo, sólo hay que mirar adelante. Haz como yo. Aquí me tienes, abandonado por mi última conquista, muriéndome de pena y tan feliz.
¿Con eso de última conquista te refieres a esa chica que no quiso dejarte los apuntes y a la que perseguiste por todo el claustro?
Eh… ¡vale, pero no me hizo ni caso! Así que cuenta como un desengaño¿no? Me dio calabazas… ¿te lo puedes creer, Harry?
Isaac, no vas a cambiar nunca.
En eso tienes razón. ¿Pero qué haríamos tú y yo sin sus toques de humor? – preguntó Denis a Harry.
Uffff… estaríamos deprimidos, al borde del suicidio – se rieron los dos.
¿Lo veis? Encima que consigo que vuestra vida más divertida… - dejó la frase a medias y miró hacia un punto fijo -. ¡Oh, por Merlín y todos los magos y dioses del universo…¿Estáis viendo a ese bombón?
¿Te refieres a ese moreno, de ojos azules, cuerpo de escándalo y con un culo que no me cansaría de tocar? –dijo Denis embobado.
No… evidentemente que no – respondió Isaac, negando con su cabeza -. Me refería a esa chica de ahí – señaló un poco más a la derecha del moreno de Denis.
Es su novia.
¿QUÉ? – los dos dos exclamaron a la vez mirando a Harry.
Se llama Ann y él, Joseph. Son pareja.
Vaya… todos pillados - dijo Denis desanimado.
¿Entiendes ahora que sin tu ayuda nos moriremos de hambre? Tienes que venir a la cena… - Isaac insistió.
Sí, ya he dicho que iría, pero si no ligáis será sólo culpa vuestra¿entendido? – les miró con el ceño fruncido, señalándolos con el dedo.
Perfecto, compañero – respondió Denis asintiendo.
No puedo estar más de acuerdo. Estoy convencido de que esta noche vamos a triunfar – Isaac, siempre tan optimista.
Por la noche asistieron a la cena, organizada por varios alumnos de último año, los de su clase. Habían quedado en encontrarse en casa de Denis para ir los tres juntos y así empezar a planificar bien la OELAD (Operación Encontrar Ligues para los Amigos Desesperados), tal y como la había denominado Denis. Harry llegó bastante después de la hora prevista.
Eh… llegas tarde. ¡No va a quedar ninguna chica libre! – protestó Isaac cuando abrió la puerta, pero cambió el tono de voz rápidamente -. Harry… – el chico traía un rostro totalmente abatido -. ¿Stephen? – asintió -. ¿Qué te ha dicho ahora?
Se ha enfadado un poco cuando le he contado lo de la cena, porque se ha quejado que debería de habérselo comentado ayer como mínimo, porque había hecho planes para no sé qué esta noche.
Pero… vienes¿verdad? – preguntó el rubio.
Le he dicho que os lo había prometido y que no iba a fallaros.
Así me gusta – Denis se apoyó en su hombro.
Y me ha dicho que él también saldría con sus amigos. Se ha ido antes que yo – Harry ya no era el mismo de esa mañana, ahora estaba desanimado y no sonreía.
Pues mejor, que escampe un rato, a ver si se quita ese mal rollo que trae siempre – Harry parecía querer regañarle por su comentario -. Y, no me mires así… sabes que es la verdad.
Dejaos de novios. Esta noche vamos a divertirnos. Es nuestra noche, chicos, y tenemos muchas horas por delante. Además, necesitamos urgentemente al 'salvador' – dijo Isaac riéndose y agarrando a ambos -, ya no puedo esperar más para echar un polvo – susurró.
Ya lo ves, Harry, siempre tan directo.
Y tú aunque no lo digas piensas lo mismo que yo – le regañó el rubio.
Pero no lo voy soltando por ahí, a los cuatro vientos.
Eso es porque eres un reprimido – le contestó Isaac burlándose.
Chicos… ¿no dejáis nunca de competir?
¡NUNCA! – exclamaron los dos al unísono.
Finalmente la cena fue mejor de lo que Harry esperaba. Había al menos 50 alumnos y, a la mayoría, ni les conocía, pero se divertía escuchando las historias que contaban. Eso sí, dudaba mucho que Isaac y Denis ligaran si tenía que ayudarles. Apenas había solteros conocidos y a los desconocidos tenía muy claro que ni se acercaría. Mientras pensaba en todo esto, vio que Isaac se le acercaba con paso decidido.
Harry… ¿me puedes prestar tu coche?
Oh… ¿tienes plan?
Eso depende de si tengo algún sitio para llevarlo a cabo, ya me entiendes…
Por favor… no me tortures de esa manera – dijo Harry dramatizando -. Toma – le dio las llaves – ¡y no lo ensucies!
Tranquilo, Harry – gritó Isaac desapareciendo como un rayo.
Harry pasó buena parte de la noche hablando con distintos compañeros de las asignaturas, de temas muggles y mágicos, dependiendo de la persona en cuestión, y poca cosa más. Entonces, mientras mantenía una conversación sobre las obras de Cervantes y la importancia del Quijote en la literatura universal, vio aparecer a Denis con una sonrisa triunfante acompañado de un chico rubio al que no había visto nunca. Se separó de la conversación excusándose y fue al encuentro de su amigo.
Bueno… por lo que veo… todo bien¿verdad? – Denis acababa de despedirse de su ligue con un apasionado beso.
¿Bien? Harry… ¡fantástico! Por Merlín, Isaac tenía razón¡soy un reprimido¡El sexo es lo mejor de la vida¡Hacía tanto tiempo que ni me acordaba!
Shhht, baja la voz, todos nos están mirando… - Harry se sonrojó.
Anda, no te preocupes. ¿Dónde está Isaac? – miró a ambos lados, pero el rubio no estaba.
Se fue hace rato.
Quizá haya tenido suerte, con lo desesperado que estaba…
Yo apostaría que sí – Denis se volteó para mirar hacia donde le señalaba Harry.
¡Hola, chicos¡Al fin¡Síiii! – gritó -. ¡Dos meses después, he triunfado de nuevo! Si es que soy irresistible…
Tú y otros – Harry le guiñó un ojo.
¡No¿Tú también has echado un polvo? Oh¿por qué nunca tengo la exclusividad?
Vamos, no te quejes.
¿Y con quién?
Eres un cotilla… - Isaac puso cara de pena, sabía que el moreno no podría resistirse -. Está bien, con uno de segundo…
¿Segundo? Vaya, te van los jovencitos…
Bueno, no estaba mal – Denis quería quitar hierro al asunto, no le gustaba mucho hablar de su vida privada.
Era un rubio impresionante – añadió Harry.
¡Joder! Este tío tiene siempre una suerte …
¿Y tú?
Pues una de cuarto de infarto. Morena, ojos marrones, una belleza, lástima que tuviera novio.
¿QUÉ? – Harry había atado cabos enseguida.
No me digas que… - Denis también lo había relacionado todo.
Sí, amigos, sí. La chica de esta mañana, vuestra Ann con novio, ha sucumbido a mis encantos sin que apenas insistiera. Cabe decir a mi favor que es normal…
¡Pero tiene novio¿Cómo has podido?
Harry, cariño, a Isaac le da absolutamente igual.
¿Tú no te liarías con alguien aunque estuvieras con Stephen? – preguntó el rubio.
¡No¿Qué dices? – se quedó callado unos segundos y un solo nombre cruzó por su cabeza, quizá con él… No, no, ni con Severus, sólo Stephen -. No, no lo haría.
Bueno, pues tú te lo pierdes. Yo no quería desaprovechar la oportunidad. Seguramente iba mal atendida, ya me entendéis, el novio parece algo paradillo en este tema…
Ya, y tú te has encargado de mostrarle lo que se pierde¿no? – Denis terminó de meter baza en el asunto.
Pues claro… ¡estás hablando conmigo! – Isaac dio una vuelta mostrando sus encantos, cual modelo de pasarela.
¡No tiene remedio! – dijeron Harry y Denis al unísono mirándose cómplices.
Chicos, yo me voy – continuó Harry -, quiero llegar pronto al apartamento para ver a Stephen. Nos vemos el lunes, portaos bien…
Eso depende del caso que nos hagan – rieron los tres ante el comentario del rubio. Sus amigos eran así, pero les quería.
Abrió la puerta del garaje con el mando a distancia, aparcó el coche en su plaza y cogió el ascensor hasta el tercer piso. Entró, no había señales de Stephen por ningún lado, así que supuso que o bien estaba aún con sus amigos o esa noche quizá no aparecería. Se sintió mal, debía habérselo dicho el jueves, pero se olvidó. Como recompensa, Harry decidió que ese fin de semana sería sólo para ellos, sin nada más que hacer, se olvidaría de los apuntes y de los exámenes, se lo debía. Decidió darse una ducha para quitarse el olor a tabaco que le impregnaba la piel y luego dormir, ya era tarde y quería descansar para poder levantarse mañana y prepararlo todo. El agua caliente recorría su cuerpo, estuvo un buen rato bajo el chorro dejando que se llevara toda la tensión de los últimos días. Salió de la ducha, agarró la toalla y se la anudó a la cintura, se secó el pelo con un hechizo para ir más de prisa y abrió la puerta para pasar a la habitación.
¡Stephen! Me has asustado. ¿Cuándo has llegado? – el castaño estaba sentado en la cama, sin mirarle ni decir nada -. ¿Aún estás enfadado?
¿Qué es esto, Harry? – le enseñó algo que traía en la mano.
Pues… no sé… parece un medallón o algo así…
¿No lo sabes¿NO LO SABES? – levantó un poco la voz -. ¿Entonces, qué hacía en tu coche?
¿En mi…? Ah, sí, esto tiene una explicación…
¿EXPLICACIÓN? – gritó alzándose frente a él con los ojos inyectados de rabia -. ¿Qué explicación, Harry? – el nombre resonó por todo el piso con un tono de asco -. "Te quiere, Joseph" – leyó Stephen en el reverso del medallón -. Eso pone aquí, Harry – escupió de nuevo el nombre -. ¿Quién es¿Quién cojones es este tío?
Yo… - Stephen le daba miedo, Harry en ese momento estaba totalmente paralizado por el pánico. Nunca su novio se había comportado de esa manera, nunca le había levantado la voz, nunca le había visto tan enfadado.
¿No tienes nada que decir? – Stephen se plantó frente a él, acusador, amenazante.
Sí… yo… - se le atragantaban las palabras, estaba paralizado.
¿O sea, que reconoces el medallón?
Sí… - dijo - no… - respondió rápidamente al ver la cara del castaño.
¿Cómo te has atrevido? Me desvivo por ti, estoy pendiente de ti las veinticuatro horas del día, te doy todo lo que quieres¿y me lo pagas de esta manera?
Steph… - Harry se acercó un poco hasta él, para intentar calmarlo.
¡NO ME LLAMES ASÍ¡NO TE ATREVAS A TOCARME! – gritó el castaño totalmente fuera de sí y empujando con todas sus fuerzas a Harry, quién se dio un fuerte golpe contra la puerta del baño, y cayó al suelo.
Pero Harry no dijo nada, no protestó. Permaneció medio tumbado, tal y como había quedado al caerse. Sabía que ese no era su Stephen, su dulce y atento Stephen, su perfecto novio del que se había quedado prendado sólo al mirarlo, el que compartía su vida con él.
Oh, por Merlín… Harry… - se llevó las manos a la cabeza y después le tendió una mano que el moreno tardó en aceptar -. Lo siento… Lo siento, no quería ponerme así… He bebido mucho… Yo… Ven, por favor – lo abrazó fuerte, acariciando su brazo en el que empezaba a salir un cardenal -. Harry, perdóname, por favor… yo… yo te quiero… - el castaño dijo las últimas palabras ahogando un sollozo.
Yo…
Shhht… déjalo, seguro hay una explicación a todo esto, cariño – Harry asintió levemente -, ya lo hablaremos en otro momento. Ahora vamos a dormir, debes… debes descansar.
Se tumbaron en la cama, Stephen como siempre se situó a su lado, muy pegado, como si no quisiera que nada malo le ocurriera. A pesar de los esfuerzos del castaño para que todo volviera a la normalidad, Harry tuvo la sensación de que entre los dos empezaba a crecer un pequeño muro que los separaba y los alejaba lentamente. Stephen se acercó más y lo envolvió entre sus fuertes brazos, como siempre hacía después de hacerle el amor.
Te quiero, Harry, perdóname, por favor… te quiero tanto… - oyó como Stephen lloraba y sollozaba sin controlarse, pero no se giró, no le consoló, el castaño debía asumir su culpa y expiarla en solitario.
Se levantó de la cama, cansado de dar vueltas en ella y de no poder conciliar el sueño de ninguna manera. Stephen seguía durmiendo, seguramente por efecto de la resaca, había bebido demasiado la noche anterior. Contempló al castaño, su belleza serena, sus cabellos revueltos y su cuerpo bien proporcionado… Todo en él era perfecto, toda su convivencia había sido un pequeño paraíso… hasta hacía pocas horas. No sabía por qué había reaccionado de forma tan violenta, no había podido ni explicarse… Stephen no era así. Él era dulce, cariñoso y atento, pero ayer parecía un monstruo. Le gritó y le empujó. Le hizo daño. Y Harry se repetía una y otra vez que ese no era Stephen, que todo era fruto del alcohol y la rabia acumulada. En el fondo se culpaba, no tenía que haber ido a esa cena o debía habérselo dicho con anterioridad. No había pegado ojo en toda la noche, le había sido imposible. Cuando llegó ya eran las cuatro de la madrugada y cuando ocurrió todo… pues bueno, después ya no pudo dormir. Se sentía cansado, le dolía todo el cuerpo.
Decidió salir a tomar el aire para alejar esa culpabilidad que le carcomía el alma, para poder analizar qué había provocado ese cambio en Stephen, su hasta entonces perfecto novio. Consultó el reloj antes de salir a la calle. Las 7.45. Podría pasear tranquilamente, nadie le buscaría a esas horas, sólo Stephen, y ya le había dejado una nota en la mesita para que fuera lo primero que viera el castaño al despertarse. Fue andando sin rumbo fijo, calles y calles de edificios altos y grises, todos le parecían iguales, hasta que se percató de que había llegado a una preciosa plaza donde no había estado nunca. Miró a su alrededor, se trataba de un barrio muy tranquilo, al menos a esas horas de la mañana. A Harry le gustó de inmediato, casas unifamiliares, muchas de una sola planta, con jardines y parques cercanos para pasear, era un buen sitio para refugiarse en ese momento.
Un fuerte ronquido provinente de su estómago le alertó de que debía desayunar, en ese momento las campanas de una iglesia lejana anunciaban las nueve de la mañana. Era una buena hora. Se sentó en la terraza de una cafetería y pidió un zumo de naranja, un bocadillo de queso y un café bien cargado, lo necesitaba si hoy pretendía hacer algo con los apuntes. Se lo tomó todo muy despacio, mordisqueando con lentitud el bocadillo mientras daba pequeños sorbos de zumo. Miró a la gente que junto a él se habían sentado a disfrutar de la tranquilidad que regalaba ese sábado por la mañana. Una mujer junto a su hija estaban en la mesa de al lado. Harry sonrió al ver a la pequeña, era una auténtica preciosidad. Rubia, de ojos azules, no debería tener más de tres o cuatro años, quizá cinco, a Harry nunca se le daba bien acertar la edad de las personas y con los niños era aún peor. Su madre se desvivía por ella, bastaba con observarla un rato para darse cuenta de cuánto quería a su hija. A Harry casi se le caía la baba con la pequeña. Muchas veces había pensado en formar su propia familia, pero aún era joven y se decía que ya tendría tiempo más adelante. Su consciencia sabía que omitía ese tema desde que estaba con Stephen. Al castaño no le gustaban mucho los niños, mejor dicho, los aborrecía y Harry lo sabía, pues cada vez que veía a uno se quedaba embobado y Stephen siempre le regañaba.
Stephen… eran tan distintos. Sacudió la cabeza. Ahora no quería pensar en nada de eso. Cogió el café y lo probó, estaba delicioso, ni muy amargo ni muy dulce. Se separó un poco de la mesa y miró de nuevo a su alrededor. La niña y la madre ya no estaban, no sabía cuándo se habían ido, había estado demasiado ocupado en sus pensamientos. Llamó al camarero y pagó la cuenta. De nuevo, consultó su reloj. Las 10.15. Pensó que lo más acertado sería volver a casa e intentar hablar con Stephen, seguramente estaría preocupado. Pero de todas formas, ya no venía de unos minutos. Decidió regresar por otro camino, aunque seguramente por ahí tardaría un poco más, pero no le importaba. Si Stephen estaría igual de enfadado¿qué importaban unos minutos de más?
Cruzó el parque, giró a mano derecha y atravesó una calle bastante céntrica. Las tiendas ya habían abierto y de ellas entraba y salía gente constantemente. Se paró frente a un aparador cuando un traje negro, con una camisa también negra y una corbata roja, captaron su atención. Perfecto para Stephen. Harry sabía que su novio adoraba los trajes, y mucho más los de color negro. Y también sabía que tenía cierta debilidad por el color rojo. Pensó que le sentaría como un guante y memorizó el nombre de la tienda para comprárselo para su cumpleaños. Sería perfecto para el castaño, un regalo totalmente acertado. Continuó satisfecho, estaba aprovechando muy bien aquella mañana. Al final de la calle giró a la izquierda y continuó unos dos cientos metros en línea recta. Pensaba aún en el traje y en la cara que pondría Stephen cuando se lo regalara. Saldrían a cenar, seguro que le encantaría poderlo lucir en un buen restaurante y que todo el mundo se fijara en él. Stephen adoraba ser el centro de atención. Otra cosa que no compartían. Harry odiaba que todo el mundo lo mirara, bastante tenía con ser quién era como para añadirle más leña al asunto, por eso intentaba vestir de forma discreta.
Llegó a otro parque que unía los dos barrios. Este era mucho más grande y había un pequeño lago en el centro, decidió sentarse en un banco un rato a contemplar como los patos nadaban y otros limpiaban su bello plumaje. A su derecha, un niño pequeño pasó corriendo, dispuesto a atrapar a los pobres animales que se habían acercado a la orilla para buscar algo de comida. Harry se fijó en el niño, llevaba un trozo de pan en su mano izquierda, mientras con la derecha intentaba tocarles, sin éxito, pues los patos huían ante el temor de ser atrapados. Sonrió. No sabía qué le ocurría con los niños esa mañana. Ya era la segunda vez que pensaba en el deseo de tener a sus propios hijos, quizá el hecho de estar algo decaído y triste había contribuido a hacerle pensar en tener su propia familia. El niño, al ver que el moreno también observaba a los animales, se acercó hasta él, llamando la atención de un distraído Harry que se imaginaba cómo sería pasear por el parque de la mano de sus hijos mientras les enseñaba a amar a la naturaleza y a los animales y les iba contando historias.
¿Teres darles tamén? – el niño se plantó frente a él con una gran sonrisa.
¿Eh…? – Harry no entendía qué quería decirle y frunció el ceño, quizá eso de tener hijos no era tan fácil.
Si teres darles tamén… - el niño insistió de nuevo.
Perdona, aún no habla muy bien – un chico joven y elegante, más o menos de su edad, se les acercó -. Te pregunta si quieres darles comida a los patos, como hace él.
Oh… sí, claro – el niño puso algunas migas en su mano y sonrió feliz. Harry las dejó cerca de un pato que rápidamente se las comió.
Me llamo Albert, y él – señaló a su pequeño –, Jeremy.
Yo soy Harry, encantado.
¿No tienes hijos?
Eh… no, de momento no.
Son lo mejor del mundo. Tengo la impresión de que serás un buen padre, Harry. Se nota que los adoras.
Yo… gracias.
Jeremy, nos vamos. Mamá nos estará esperando. Hasta la vista, Harry.
Igualmente, Albert.
En otro banco, algo más alejado de allí, un par de ojos negros habían observado toda la escena con dolor. Cuánto le había dolido tener que encontrarse con Harry de nuevo, pero le había dolido más verlo cerca de un niño. A Severus eso le dolió en lo más profundo. Harry estaba radiante al lado de ese pequeño, incluso con ese chico muggle hacía buena pareja. Harry hacía buena pareja con todos, menos con él. Él nunca le hubiera hecho feliz. Severus supo que había hecho bien tomando aquella decisión tres años atrás.
Harry permaneció aún varios minutos sentado, tocando su mano, la mano que había acariciado el pequeño al despedirse de él. Toda la reflexión de no querer tener hijos que se había propuesto en los últimos años se había venido abajo en apenas un par de horas. Harry supo entonces que el deseo de formar una familia era su mayor sueño en la vida, antes lo creía, pero ahora lo sabía del cierto y lucharía para cumplirlo.
Decidió regresar al apartamento, echó un último vistazo al lago, sonrió al ver a los patos chapotear alegremente y al recordar a Jeremy. Empezó a andar, jugando con las hojas que había por el suelo, arrastraba los pies, miraba el lago y el suelo indistintamente, abstraído. No se percató, hasta que fue demasiado tarde para evitarlo, de que sentado en un banco, tal y como había hecho él durante un buen rato, había una figura conocida, demasiado conocida para él. Severus se levantó y salió a su encuentro. Cruzaron las miradas. Harry había cambiado, pero seguía siendo el mismo en el fondo, cualquiera podía leer en sus ojos las emociones que sentía. Por eso Severus supo que sentía miedo. ¿Pero, de él o de otra persona? Harry no se movió hasta que vio a Severus acercarse un poco y entonces reaccionó.
Espera…
Pero fue demasiado tarde. La voz de Severus le llegó desde lejos. Harry echó a correr tan rápido como pudo. Cruzó el parque sin girarse ni una sola vez. Corrió y corrió atravesando las calles hasta llegar a su apartamento, cerró la puerta tras de sí y, extrañamente, se sintió a salvo. Apoyado aún en la puerta, se dejó caer hasta el suelo, con la espalda en la madera, sollozando y llorando, de nuevo había tropezado con él.
De aquel amor que nunca fuera mío
y sin embargo se tomó mi vida,
me queda esta nostalgia repetida
sin fin, cuando sollozo y cuando río.
¿Por qué tenía que sentirse así¿Por qué tenía que llorar por ese amor perdido que nunca fue suyo¿Por qué tenía que verter lágrimas por Severus cuando éste nunca le amó a pesar de haberle entregado la vida? Nostalgia, recuerdos, sollozos… Siempre estaba presente en todo, incluso en sus alegrías.
A veces desde el fondo del estío,
llega la misma música entre oída
en el tiempo gozoso, la encendida
música que cayera en el vacío.
En momentos así, lo único que podía oír en su cabeza era la música de Mozart, obligandole a recordar el día más triste de su vida, el día en que tenía que salir del brazo de Severus de la preciosa capilla, al son de la música celestial de Mozart. Música alegre, música divina… ahora no era nada más que un recuerdo que le provocaba un gran vacío, el gran vacío de saber que todo lo que había soñado no se había cumplido.
Y quiere asirla el corazón. Beberla
como un vaso de vino. Retenerla
para creer de nuevo en la dulzura.
Pero el corazón se empeñaba en recordar, su cerebro recordaba las notas del piano, quería retenerlas, como si fuera lo último que quedara en el mundo. Retenerlas para creer que era música dulce, que era música alegre, pero Harry sabía muy bien que nunca más esas notas sonarían de esa forma, para él eran como las notas de la muerte, ese día un trozo de su alma y de su corazón murieron en la capilla al son de esa melodía.
Pero se escapa y huye con el viento,
y me deja tan sólo este lamento,
donde esconde su rostro la amargura.
Las notas se iban, lo abandonaban, para volver algún otro día. Siempre volvían. Las lágrimas desaparecían de sus ojos, la calma regresaba. En su corazón, habitaba la amargura. La amargura de volver a ver al hombre al que amaba, al hombre que no había dejado de amar a pesar del daño que le hizo. La amargura de saber que no podría dejar de amarle hasta que muriera. Ése era el lamento de Harry y su amargura se llamaba Severus Snape.
Esta vez el poema es de una autora más contemporánea, una poeta colombiana llamada Meira Delmar, pseudónimo de Olga Chams Eljach, nacida en 1921. El poema se titula Pasa el viento, y en cuanto lo leí supe que tenía que estaba destinado a este trozo de historia.
