Los días pasaban con una desesperante lentitud para Harry. Hubiera deseado poder pasar página rápidamente, olvidarse de ese pequeño defecto de su perfecto y adorable novio y no pensar en ello nunca más. Pero le era imposible. No dejaba de preguntarse por qué Stephen había reaccionado de esa manera. Sí, era celoso. Sí, era posesivo. Todo esto lo sabía perfectamente, pero nunca había llegado hasta el extremo de amenazarlo y lastimarlo. Pero por otra parte, no podía quejarse. Desde ese día Stephen se desvivía por él, como nunca antes había hecho. Incluso demasiado, a veces era agobiante. Stephen siempre llevaba las cosas al límite: amaba, sentía, sufría y odiaba hasta el extremo de cegarse por cualquiera de ellas. Harry también sabía que el castaño se sentía culpable y quería hacerse perdonar con todos y cada uno de sus actos, a pesar de haberle dicho cientos e veces que ya lo había hecho y que se olvidara del incidente. Pero Stephen no había tenido suficiente. A Harry le parecía que el chico quería expiar sus culpas, como en un purgatorio, tal como hacían los condenados en los siete círculos de la Divina Comedia de Dante.
Suspiró. Estaba cansado, quería poder pensar en otras cosas, centrarse en los trabajos de la universidad, en salir a divertirse con sus amigos, pero ese cardenal inexistente en el brazo seguía torturándole en la mente. Una parte de su conciencia le repetía hasta la saciedad que eso no era un hecho casual, que Stephen era demasiado posesivo y que, algún día, quizá volvería a repetirse. Harry descartaba esta idea tan rápidamente como se le ocurría. El moreno sabía que Stephen le quería y que no deseaba hacerle daño. Stephen lo amaba, simplemente lo amaba demasiado. Era perfecto y era él quién le había fallado. Harry se echaba las culpas de lo sucedido, no tenía que haber salido. Stephen era perfecto. Y ahí concluía su habitual monólogo interior.
Flashback
Harry llamó a la elegante puerta de madera que franqueaba la entrada a la mansión. Esperó un par de minutos pero nadie salió a abrir. No se veía ninguna luz encendida, seguramente habían salido a pasear, cosa nada extraña pues hacía un día precioso. Dio media vuelta y descendió el par de escalones de piedra de la entrada. Justo había llegado a la verja cuando una figura asomó la cabeza y lo llamó.
- Pensaba que no estabais… - dijo Harry volteándose hacia la puerta de nuevo.
- Venga, entra, no me hagas salir así.
- ¡Por favor! – exclamó el chico cuando vio a su padrino sólo en calzoncillos -. ¿Nunca paráis?
- Sí, cuando tenemos visita – le respondió Sirius con un deje de ironía.
- ¡Sirius! – el rubio apareció en escena -. Deja de traumatizar a Harry.
- Pero si ya sabe muy bien de qué va todo – le guiñó un ojo.
- Sí, claro, pero sigues siendo mi padrino y hay ciertas cosas que no querría imaginarme – protestó Harry.
- ¿Qué cosas? – preguntó con un tono inocente que no pegaba con él y Harry torció la cabeza y con los ojos le dijo "ya sabes a qué me refiero" -. Oh, ya… bueno, que ame devotamente a Draco es una cosa que no daña tu casto cerebro…
- Ya… pero que te cojas a Draco en cualquier sitio de la casa casi delante de mí… Oh, genial, ahora me lo he imaginado – se rieron cuando vieron a Harry sonrojarse -. Por cierto, os he interrumpido¿verdad?
- En realidad, sí – respondió Sirius afirmando con la cabeza.
- No, Harry, no – Draco miró a su pareja serio- , tranquilo, ya habíamos terminado.
- Pero habías dicho…
- Sirius, sé qué había dicho, pero ya tienes suficiente – le regañó el rubio.
- ¿Suficiente? Harry¿te parece que ocho son suficientes?
- Bueno, yo… ocho en una semana… - no sabía muy bien qué decir.
- ¿En una semana? No, no, ocho en dos días, dos días… – puntualizó Draco.
- Dos… ¿dos días¡Par de pervertidos!
- Jajajajajaja – se rieron los dos pervertidos.
- Venga, sentémonos¿no? He venido de visita y me tenéis de pie casi en el umbral de la puerta. Vuestra hospitalidad empeora por semanas.
- Sí, vayamos al salón – Draco pasó delante -. Sirius, vístete, por favor.
- Tú te lo pierdes… - dijo el moreno saliendo del salón paseando su cuerpo perfectamente modelado.
- Ohhh… me saca de quicio – bufó el rubio.
Permanecieron unos segundos en silencio. Harry no sabía por qué había ido allí. Bueno, en realidad sí lo sabía. Echaba de menos hablar con ellos, desde que estaba con Stephen no les visitaba con tanta frecuencia como antes.
- Bueno, y ¿cómo va todo, Harry? - Draco rompió el incómodo silencio.
- Bien, bien, ahora ya han pasado los exámenes. Espero haber aprobado todo.
- Me refería a Stephen.
- Oh, bien, mejor que nunca.
- ¿Seguro?
- Seguro. Draco… deja tus paranoias.
- Vale, pero…
- Todo bien, muy bien – Harry sonrió, era feliz.
- Ui, esa sonrisa… - Sirius apareció de nuevo ya vestido, aunque esa camiseta de tirantes dejaba poco a la imaginación -. Y luego los pervertidos somos nosotros….
- Anda cuenta…
- Draco…
- Venga, un poquito. Así que Stephen te tiene bien satisfecho… - el moreno tan cotilla como siempre.
- Sí – susurró.
- No sé de dónde sacas tu rubor teniendo a este como padrino – le dijo Draco.
- Quizá me pasó toda la suya al aceptar ser mi padrino – dijo Harry entre carcajadas.
- Seguramente – añadió Draco.
- Eh, no tiene gracia – protestó Sirius.
- Sí, sí la tiene¡que eres un sinvergüenza! – le dijo el rubio.
- Eh… - quería protestar pero desistió -, vale, pero sólo un poco.
- Pues me alegro de que estés más que satisfecho sexualmente.
- ¡Draco! – Harry no daba crédito a las palabras de su amigo, era bien notable que Sirius ejercía una gran influencia sobre él, una terrible influencia.
- Harry, ya era hora de que encontraras a alguien así. Me gusta ese chico, parece perfecto – Sirius le guiñó un ojo y le abrazó.
- Sí, lo es… Demasiado perfecto – añadió Harry sonriendo de nuevo.
Fin flashback
"Demasiado perfecto". Esas palabras regresaron a la mente de Harry. Como había cambiado todo. Dos años y pocos meses después, ya no le parecía tan perfecto.
Salió de la facultad. El reloj marcaba la una del mediodía. Hoy terminaría pronto, así que seguramente por la tarde iría al gimnasio. Hacía casi dos semanas que no iba. No se sentía con fuerzas. Y no quería dar explicaciones a nada sobre su brazo. Se metió en el coche, dejó la carpeta al asiento del acompañante y colocó bien el retrovisor. Desde hacía varios días tenía la sensación de que alguien le estaba siguiendo. Seguramente serían fantasías suyas pero… ¿y si no lo eran? Se acomodó en el asiento, introdujo la llave en el contacto y arrancó el motor. Puso la primera y avanzó lentamente. Poco después, vio como otro coche también se ponía en marcha. Un coche negro, con los cristales tintados, pero no podía ver quién conducía, pues el reflejo del sol impactaba en el parabrisas delantero. Ahora sí estaba convencido de que alguien seguía sus pasos y le controlaba. ¿Sería Stephen o alguien contratado por su novio? El castaño era capaz de todo. Se maldijo por tener a un novio tan celoso y desconfiado, pero en el fondo le quería, todo iba bien entre ellos, como antes de… antes de "eso". Harry no había vuelto a referirse a ese suceso y casi lo tenía olvidado, al menos eso es lo que intentaba creer y dar a entender a sus amigos.
Giró a la derecha y luego a la izquierda, quería comprobar si eran imaginaciones suyas o realmente le estaban siguiendo. El coche negro hizo lo mismo. Iba detrás de él, a una distancia prudencial para no delatarse. Pero ahora sí estaba seguro, alguien lo controlaba. Alguien seguía sus pasos. Alguien observaba sus movimientos. Se sintió indefenso en ese momento, tan sólo anhelaba el momento de llegar a casa y encerrarse para saberse seguro. Cruzó otra calle que desembocaba en una plaza y dio la vuelta. El coche negro siguió recto. Harry tardó unos segundos en reaccionar. Quizá no le seguían y había sido casualidad pero él lo hubiera apostado todo a que alguien lo estaba espiando. Bueno, a lo mejor sólo era una jugada de su imaginación pero… No, ahí estaba de nuevo el coche negro. ¿Quién podría ser? Siguió conduciendo, ya faltaba poco, veía el edificio de su apartamento a pocos metros, e impaciente, con el mando a distancia abrió la puerta del garaje. Antes de cerrarse completamente, volteó la cabeza para ver cómo el coche negro pasaba de largo. Al fin estaba a salvo.
Tres meses, cuatro días y diecisiete horas fue lo que tardó Stephen en mostrar de nuevo su fuerte carácter, su rabia y sus celos. Harry había salido a cenar con Isaac y Denis. Era viernes, las dos de la madrugada para ser exactos, y Stephen seguía tan despierto como dos horas antes, cuando se había metido en la cama. El moreno le había dicho que saldría a cenar, pero ningún restaurante en todo Londres cerraba tan tarde, por ese motivo estaba enloquecido. Harry tendría que darle muchas explicaciones. Los celos y la ira acumulada por el paso de los minutos no ayudaban nada y no le dejaban dormir, estaba completamente cegado. Cuando oyó la puerta del piso, se levantó y fue al encuentro de su novio.
- Hueles que apestas… - siempre con una palabra bonita en los labios.
- Gracias, buenas noches – respondió Harry con ironía -. Estoy cansado – añadió al ver que Stephen se enfadaba más con su comentario.
- ¿De dónde vienes? – el tono no era para nada amigable.
- Ya te lo dije ayer, anteayer y la semana pasada. He salido con Isaac y Denis – Harry ya estaba un poco harto de dar tantas explicaciones -. Fuimos a cenar y a tomar algo.
- Ya… - se acercó y empezó a olerle.
- ¿Qué estás haciendo?
- ¿Y ese perfume? – la voz de Stephen era otra, casi daba miedo.
- ¿Qué perfume? – contestó el moreno sin dejarse intimidar.
- No es tu perfume, huele distinto.
- Stephen… - otra de sus paranoias.
- No me engañes, Harry. ¿Con quién has estado? – gritó el castaño.
- No te engaño – Harry intentó ser conciliador, hablaba despacio y mirándole fijamente -. Debe ser de Isaac o…
- Denis¿verdad? – el moreno asintió -. Y tengo que creérmelo, claro…
- Pues sí, te digo la verdad. Creo que no te he dado ningún motivo para…
- Motivos¿quieres motivos? Te pasas el día fuera de casa, sales cuando quieres y regresas a la hora que te da la gana y encima apestando a perfume barato de vete a saber quién. ¿Te parece normal, eso, Harry? – escupió el nombre como si fuera el de su peor enemigo.
- Sabías perfectamente que iba a salir… - protestó el moreno -, y te digo siempre lo que hago en todo momento. ¿Te parece normal este control policial cada vez que salgo? – ahora él también empezaba a enfadarse.
- Si me engañas… - Stephen se acercó señalándole con un dedo amenazante.
- Sabes… a veces te merecerías que lo hiciera… - Harry habló sin pensar, pero pudo más la lengua que su cerebro.
- ¿Cómo te atre…? – Stephen levantó la mano, la dejó caer, pero al ver el rostro del moreno retrocedió -. ¡Por Merlín! Yo… yo… - salió corriendo.
Harry permaneció varios minutos en la misma posición, sin mover ni un músculo, en mitad del salón. Le había faltado poco, muy poco. La mano se había parado justo a tiempo para no impactar en la mejilla derecha. Stephen le había levantado la mano de nuevo. Ya no era un hecho aislado. Era la segunda vez, y ésta sin alcohol de por medio. No estaba borracho, esta noche no, sólo enfurecido y cegado por los celos. Había actuado igual que la otra vez, pero ahora no había excusa. Finalmente se sentó, las piernas le temblaban, el corazón le palpitaba y notaba que le faltaba el aire. Algunas lágrimas resbalaban por sus mejillas. Por la mejilla que hubiera recibido el golpe, quizá el único o quizá el primero de muchos. ¿Stephen era realmente así¿Cómo no se había dado cuenta antes¿Cómo se puede querer a alguien que lastima a la persona que ama? Harry no encontraba respuesta a sus preguntas, quizá mañana sería otro día y lo vería de otra manera. Pero una parte de la conciencia, esa que Harry siempre quería descartar, le decía que no podría verlo de ninguna otra manera. Sin pensar más en su novio, se metió en la cama y se olvidó de él. Cuando quisiera ya regresaría, ahora él quería descansar.
- Buenos días, dormilón – una voz a su espalda hizo que se volteara.
- Oh, hola, Denis.
- No has venido a primera clase. ¿Ocurrió algo?
- No, nada, tranquilo, sólo me dormí. ¿Dónde está Isaac?
- Bufff – resopló -, no te lo pierdas. Está de cacera – levantó una ceja y sonrió-. Ha encontrado una chica en clase que no había visto nunca y ha decidido que pasará de la siguiente clase para poder estar un rato con ella. De momento le ha salido bastante bien – señaló hacia un rincón dónde se veía al rubio hablando con una chica morena, de bastante buen ver, para ser chica, claro.
- Bueno, entonces, vamos…
Entraron en clase. Denis le obligó a sentarse casi al final de la clase, cosa que Harry odiaba, pues apenas se oían las explicaciones desde ahí. Pero por otra parte le parecía bien, no estaba en las mejores condiciones para rendir completamente, y así quizá podría desconectar un poco sin que se notara demasiado. La clase de hoy trataba sobre la Generación del 98, centrándose en la figura y la obra poética de Antonio Machado. Harry permaneció atento a las explicaciones del profesor tan sólo un par de minutos, había desconectado con facilidad cuando empezaron a tratar la biografía del autor. Apenas tomaba apuntes, ya se los pediría a Denis, eso sí de vez en cuando regresaba al aula y escuchaba las palabras del orador.
- En la obra Campos de Castilla, podemos encontrar varios temas recurrentes, que la diferencian sustancialmente de la anterior, Soledades. Uno de esos temas claves será la presencia de la muerte. En 1912, morirá Leonor, su amada esposa. Es precisamente este poema, titulado A un olmo seco, uno de los más tristes de su antología, pues en él vemos reflejada la desesperación del poeta ante el avance de la enfermedad de Leonor, sin que él pueda hacer nada para evitarlo. Fue tanta la desesperación por la muerte de su esposa, que años más tarde confesará que habría deseado contagiarse también de tuberculosis para poder irse con ella. Eso es amor¿verdad? – los alumnos de las primeras filas asintieron y Harry pensó que nadie haría eso por él -. Bien, vamos a leerlo.
Al olmo viejo, hendido por el rayo
y en su mitad podrido,
con las lluvias de abril y el sol de mayo,
algunas hojas verdes le han salido.
Harry tuvo la sensación de que el destino se había conjurado contra él. Así mismo se sentía. Hendido, dolido, partido por un rayo. Sin futuro, muriéndose, pudriéndose. Igual que ese olmo, estaba su corazón. Tan sólo sus amigos eran las hojas verdes que le alegraban el día a día, sin ellos no había motivos para renacer.
¡El olmo centenario en la colina
que lame el Duero! Un musgo amarillento
le mancha la corteza blanquecina
al tronco carcomido y polvoriento.
Se sentía viejo, cansado, centenario, como si el peso de los años hubiera hecho mella en él en un solo día. El día en que se dio cuenta de que Stephen no era el novio perfecto, de que quizá no era tan fantástico como había creído y como hacía creer a los demás. El día en que descubrió que, en el fondo, empezaba a tenerle miedo.
No será, cual los álamos cantores
que guardan el camino y la ribera
habitado de pardos ruiseñores.
En él no había música, no había cantos de pájaros en su corazón, tan sólo había lugar para la tristeza, la añoranza de un pasado mejor y el deseo de un futuro feliz.
Ejército de hormigas en hilera
va trepando por él, y en sus entrañas
urden sus telas grises las arañas.
Y en su interior, las telarañas. Quería poder sacarlas, alejarlas, pero ahí estaban. Las telarañas que le recordaban su tristeza, su desconsuelo, su congoja por la relación con Stephen. También su lamento por la relación con Severus. Otra vez recordándole, otra vez mirando al pasado. Pero las telarañas estaban perfectamente tramadas en su interior y no era nada fácil hacer como si no existieran.
Antes que te derribe, olmo del Duero,
con su hacha el leñador, y el carpintero
te convierta en melena de campana,
lanza de carro o yugo de carreta;
antes que rojo en el hogar, mañana,
ardas de alguna mísera caseta,
al borde de un camino;
antes que te descuaje un torbellino
y tronche el soplo de las sierras blancas;
antes que el río hasta la mar te empuje
por valles y barrancas,
olmo, quiero anotar en mi cartera
la gracia de tu rama verdecida.
Tan sólo deseaba que no fuera demasiado tarde, que aún tuviera tiempo de poder cambiar su destino, de poder dejar atrás las cosas malas de su vida, de poder tener un futuro mejor. No quería ser la madera podrida del olmo, no quería ser una lanza o un yugo, tenía otras metas, otros fines que conseguir. No quería que su corazón se partiese, ahora sólo estaba herido, era una herida grande y profunda, sí, pero sólo era una herida. Quería poder sentir que las ramas verdes crecían de nuevo en su interior, rompiendo las telarañas, y que todo florecía otra vez. Pero no sabía cómo. No sabía qué hacer para conseguirlo. No se sentía fuerzas para hacerlo.
Mi corazón espera
también, hacia la luz y hacia la vida,
otro milagro de la primavera.
Un milagro, necesitaba un milagro. Esa era la solución para llevar a cabo el cambio que deseaba. Quería cambiar su vida, aguardaba esa luz que lo llevaría hacia la felicidad. ¿Pero dónde la encontraría¿Dónde hallaría ese milagro de primavera, para poder reverdecer y florecer? Entonces recordó. Recordó su encuentro. Un encuentro fugaz, otra jugarreta del destino.
Flashback
Había salido a pasear. El apartamento le estaba asfixiando y no quería estar en casa cuando Stephen regresara del trabajo. Salió a la calle y caminó hasta el parque. El parque donde había reflexionado sobre su vida. Se sentó en el mismo banco y contempló de nuevo los patos. Eran las seis de la tarde. Muchos niños se acercaban hasta ellos para darles de comer, pero era en vano, los animales huían atemorizados. Eran desconfiados. Harry se sintió como ellos. Era como esos patos que no aceptaban la comida de los demás porque pensaban que querían herirlos. Él tampoco había aceptado la ayuda de sus amigos para no tener que reconocer todo aquello que su mente se negaba a aceptar. Contempló los niños, ahora ya no estaba tan seguro de querer uno, no sabía exactamente qué quería ni qué sería de su vida de ahora en adelante. Cerró los ojos y se dejó envolver por los sonidos. Los gritos y las risas de los niños, el viento entre las hojas, el ruido del agua avanzando hasta la orilla… Y una voz. Su voz.
- ¿Puedo sentarme? – Harry ni se movió, sabía bien quién era.
- Estamos en un país libre y el banco no es de mi propiedad – respondió.
- Entonces me sentaré un rato – Severus se sentó a su lado.
- Muy bien – intentó aparentar tranquilidad e ignorarlo, pero no pudo cuando la pierna del hombre rozó con la suya.
- Harry… - abrió los ojos al instante al oír como pronunciaba su nombre -. ¿Podremos alguna vez hablar de forma civilizada?
- Yo… - le había cogido por sorpresa, no esperaba tener que verle ni hablar con él, y mucho menos que le tocara, aunque fuera sin querer.
- No te pido nada, sólo que dejes de verme como un ogro, como el malo de la historia – reflexionó un poco y continuó -, sé que lo soy, pero…
- Para mí siempre serás alguien importante, eso no puedo negarlo – las palabras sorprendieron a Severus y Harry pudo verlo en la expresión de su rostro. Sacando fuerzas continuó -. Fuiste muy importante en mi vida, pero tienes que entender que no puedo olvidarlo así como así…
- Claro que te entiendo, por eso me gustaría empezar de nuevo, poder ser amigos. Nos vemos a menudo, coincidimos en varios sitios, no podemos hacer como si no nos conociéramos. ¿Qué me dices? – le tendió la mano y Harry se quedó mirándola.
- ¿Amigos? – balbuceó más nervioso aún -. De… de acuerdo.
Cuando la palma de la mano de Harry entró en contacto con la de Severus al encajarlas, notó como una especie de corriente eléctrica que le recorrió todo el cuerpo. No recordaba haberse sentido nunca así. Esa sensación, ese nerviosismo que se apoderaba de todos y cada uno de sus músculos, ese nudo en el estómago, esas mariposas revoloteando en su interior. Era algo nuevo para él. Pero su conciencia habló de nuevo. Mentía. Sí se había sentido así antes, todo el tiempo que había estado con Severus, todos esos años a su lado. Retiró su mano de inmediato pero sonrió al recordarlo.
- Lo echaba de menos – la voz de Severus sonó dulce.
- ¿Qué? – Harry aún no se había recuperado de la impresión.
- Echaba de menos tu sonrisa – se sinceró el mayor -. Cuando sonríes es maravilloso.
- Severus… - se sonrojó y agachó la cabeza.
- Lo siento, no quería…
- Déjalo, no importa, pero te agradecería que no me dijeras esas cosas. Yo… tengo pareja y…
- Entiendo, no volverá a suceder, tranquilo – le sonrió también.
Fin flashback
La clase terminó y siguió con su rutina diaria. No volvió a recordarlo hasta esa misma noche, metido en la cama, cuando miraba las estrellas y la luna a través de la ventana. Entonces, se acordó de la clase de Machado y de su encuentro con Severus. No pudo evitar esbozar una sonrisa mientras acariciaba su mano, la mano que había tocado al hombre que tanto había amado, al hombre que todavía amaba. Lo sabía del cierto ahora, lo supo cuando el moreno le había dicho lo de su sonrisa. Con Stephen nunca se había sentido de esa manera, ni al principio de su relación. "Cuando sonríes es maravilloso". Las mariposas se revolotearon de nuevo en su estómago. Acarició otra vez la mano y cerró los ojos. Se durmió con una sonrisa iluminando su rostro.
Quizá sí había esperanza, después de todo.
Bueno, en esta ocasión ha sido Antonio Machado, autor español (1875-1939), y el poema A un olmo seco, dentro de la obra Campos de Castilla. Espero que os haya gustado. Gracias por leer!
