Había vuelto a discutir con Stephen y ya era la cuarta vez en una semana. Celos. El tema estrella de todos los días. Los celos y el carácter fácilmente irritable del castaño. Y cada vez peor. Harry no aguantaba más, estaba harto de su palabrería y se fue, dejando a su novio en el sofá mientras le estaba echando la bronca "por no avisarle con la suficiente antelación" –en palabras de Stephen- de que saldría mañana por la noche. Así que cogió la chaqueta y se largó. Nunca hubiera pensado que podía ser tan fácil, pero ya empezaba a estar harto de toda esa situación. Necesitaba hablar con alguien, contarle todo lo que le ocurría, pero no sabía a quién recurrir.

Caminó por las calles abarrotadas de gente. Era la hora en que los niños salían del colegio, las madres aprovechaban para ir a comprar, la gente mayor paseaba con sus amigos aprovechando los últimos rayos de sol y los jóvenes se divertían después de la jornada laboral. Todos sonreían. Todos se lo pasaban bien. Todos eran felices. Todos menos Harry. Siguió paseando, arrastraba los pies, no sabía dónde ir, las piernas le guiaban, dejándose llevar, sin rumbo. De repente una gota. Y otra. Y otra más. Empezaba a llover y, como siempre, él sin paraguas. Levantó la vista, el cielo estaba nublado, de color negro, eso no sería sólo un poco de lluvia sino que se estaba avecinando una tormenta. Miró a su alrededor. Reconoció la calle. Estaba cerca de la casa de Draco, podía visitar a su amigo y desde allí regresar a su apartamento.

Llamó al timbre, oteó de nuevo hacia el cielo, los rayos iluminaban las calles y la lluvia caía incesante, como si fuera a caer un gran diluvio. Se giró al oír que la puerta se abría. Bajó la vista. No era Draco. Era moreno, pero no era Sirius. Era él. Tenía que encontrarlo de nuevo.

- Draco… yo… adiós - sólo conseguía decir incoherencias.
- No te vayas… - la voz fue casi una súplica, pero Harry dio media vuelta, escapando de nuevo.

Severus observaba tristemente desde el umbral como el chico se alejaba, pero esta vez no corría, avanzaba lentamente, empapándose, como si no supiera dónde ir o lo que realmente quería hacer.

- Puedes esperarle dentro – gritó Severus para que el otro lo oyera -. Vuelve…

Harry echó a correr, no quería verle, hoy no, se sentía demasiado solo, abandonado por su novio, y tenía que encontrarse con el hombre que lo abandonó en el mismo altar.

- No te vayas – Severus lo alcanzó, le agarró del brazo y le obligó a mirarlo a la cara -. Por favor, espera dentro, te estás empapando – le acarició suavemente el pelo y Harry sintió como si su cuerpo despertara de un largo letargo, reaccionó ante el tacto de los dedos de Severus, como siempre había sido, como siempre debió de ser -. Entra…

No supo por qué pero accedió a la petición. Quizá había sido por el tono de voz, dulce y melodioso; quizá por la caricia, que le había recordado tan buenos momentos… De lo que Harry estaba seguro era que había sido sobre todo por sus ojos. Los ojos de Severus eran su perdición.
Al entrar se dirigieron al salón, y se sentaron en el sofá, cerca de la chimenea. Ambos chorreando. Severus aplicó un hechizo para secar la ropa y se fue a la cocina. Preparó un par de tazas de te y, al regresar, le ofreció una a Harry, que permanecía sentado en el sofá en la misma posición, contemplando las llamas, sin siquiera dar señales de haber pestañeado.

- Harry… - el chico levantó la cabeza como un autómata al oír su nombre -, sé que… bueno… no esperabas encontrarte conmigo pero yo… quería hablar… El otro día quedamos…
- Ya nos lo dijimos todo, quedamos que intentaríamos ser amigos, nada más – el tono de Harry era frío y cortante, Severus se sentía incómodo, algo inusual en él, pero Harry tenía esa capacidad, lo descolocaba, por eso lo amaba tanto.
- Sí, tienes razón – aceptó algo abatido -. Pero quiero explicarte…
- Ahora no – Harry le cortó rápidamente y le miró a los ojos, apenas brillaban -. Hace tres años sí necesitaba explicaciones, pero ya no me importa, sé que no me amabas.
- Yo sí te amaba, nunca he dejado de hacerlo… - la frase quedó en el aire, Severus se levantó y caminó hasta la ventana.

Harry no sabía qué decir. Las palabras aún resonaban en su mente. Aún le amaba.

- Sé que te hice daño y lo siento, lo siento en el alma – dijo Severus contemplando la lluvia que caía incesante -. Sé también que has sufrido mucho, sólo te pido que puedas perdonarme completamente algún día para poder quitarme esta angustia que no me deja vivir – permaneció unos segundos en silencio, estaba siendo sincero y abriendo su corazón y le costaba -. Fue por eso porque regresé. Fuese donde fuese, pensaba en ti. Pensé que viajando me distraería, que conseguiría olvidarte y dejar de sentir dolor, pero cada país que visitaba, más lejos de Londres en cada ocasión, me acordaba de tus ojos… Regresé porque comprendí que alejarme no era la solución del problema.

Harry se había levantado del sofá, silenciosamente, y se había situado al lado de Severus, pero éste no se había dado cuenta. Estaba demasiado ausente reviviendo los momentos tristes de su vida. Notó como alguien le acariciaba el hombro.

- Severus… - la voz del chico era apenas un susurro.
- Lo siento, Harry, lo siento… - intentaba contener sus lágrimas pero era en vano y supo entonces que Severus se arrepentía de corazón.
- No podemos cambiar nuestras acciones, no te mortifiques por ello, ya olvídalo… - le secó las lágrimas con el dorso de su mano.
- ¿Me perdonas?
- Sí, te perdono – los ojos verdes brillaron ténuamente -. Tú también has sufrido, ahora lo sé…
- Harry… yo…
- No sé qué te llevó a tomar esa decisión, ni lo quiero saber – añadió al ver que el mayor iba a decir alguna cosa -, quiero olvidarlo y dejar de pensar que hice algo…
- No – le interrumpió -, no fue tu culpa, aquí sólo hubo un culpable…
- Da igual ahora, olvidemos todo eso, quedamos en empezar de cero, pues hagámoslo. Tenemos que seguir con nuestras vidas – un amago de sonrisa cruzó por el rostro de Harry.
- Nuestras vidas… - suspiró mirando de nuevo hacia la ventana. Las lágrimas resbalaban por sus mejillas como las gotas por el cristal -. Tú tienes la tuya, pero yo nunca volveré a amar a nadie.
- Pero…
- No te he olvidado y no pretendo conseguirlo ahora – le miró fijamente a los ojos, aunque le doliera tenía que hacerlo, por eso lo había abandonado -. Vive tu vida, sé feliz, Harry, es lo único que deseo – se separó de él.
- Yo sólo puedo ser feliz a tu lado… - fue apenas un susurro pero ya estaba dicho.

Harry salió casi corriendo del salón directo a la puerta, pero Severus fue más rápido y con un brazo le cerró el paso. No sabía por qué lo había dicho, pero sabía que era la verdad, por eso había vuelto a huir. Bueno, lo había intentado. Tenía miedo de sus sentimientos. Ése era el motivo. Sabía que si seguía unos minutos más en presencia de Severus se dejaría llevar por su corazón y acabaría en sus brazos. No se movió, ni cuando Severus le volvió a acariciar el pelo y la mejilla.

- Harry, por favor… mírame – el chico no reaccionaba -. Por favor – la súplica enterneció a Harry y se volteó para encarar la verdad -. ¿Tú aún… tú aún sientes algo por mí, verdad? Es por eso por que te pones así…
- Yo… no he podido… - cuánto costaba, tenía una lucha interior. Su corazón pertenecía a Severus pero su mente le decía que eso no estaba bien -. No he podido olvidarte a pesar de intentar odiarte – finalmente triunfaron los sentimientos.

Severus le miró fijamente en los ojos. Amor, nada de miedo, sólo convicción y sinceridad. Le acarició la mejilla, cuánto había extrañado su piel, su fina piel. Se acercó hasta él, el corazón de ambos latía deprisa, casi podía oírlos bombear al unísono. Observó al muchacho. Sus mejillas ligeramente ruborizadas, los labios entreabiertos, los ojos casi suplicantes. Juntó los labios con los de Harry, sin hacer caso de la razón que le recordaba que el chico tenía pareja. Pero ni el uno ni el otro se acordaron en ese momento ni hicieron caso de sus conciencias. Sólo había lugar para los corazones, ellos eran los únicos que mandaban.

Cuando Harry rompió el beso por falta de aire y abrió los ojos se encontró en un sitio completamente distinto. No estaba en la mansión de Draco sino en un pequeño apartamento. El apartamento de Severus.

- No era el sitio adecuado, Draco hubiera vuelto… - empezó a justificarse el mayor -. Si no quieres…
- Sí quiero y no me importa – Harry se lanzó a los brazos de Severus buscando esos labios que tanto había recordado en sus largas noches de llanto.

Tenían prisa. Prisa para amar al otro, prisa para tocar de nuevo ese cuerpo prohibido durante tanto tiempo, prisa para volver a besar ese cuerpo tan amado en el pasado. Se quitaron la ropa de camino a la habitación y terminaron tumbados en la cama y completamente desnudos. Harry se sentía embriagado por la pasión, poseído por una extraña necesidad de aferrarse a ese hombre que tanto daño le había hecho pero que tantas sensaciones despertaba en su cuerpo. Acariciaba el torso de Severus, quien acariciaba su erección y jugueteaba con su entrada. Harry conocía cada milímetro de su cuerpo de memoria, recorría con las manos cada centímetro de piel, besando y mordiendo dónde más le gustaba al mayor, recordando cada gemido que salía de su boca, saboreando ese cuerpo que lo enloquecía. Lamió el cuello justo debajo de la oreja, sabía que lo hacía estremecer; descendió para torturar los pezones y siguió hasta el ombligo. Quería continuar pero Severus le interrumpió.

- No… ahora no – y obligándole a voltearse enterró su miembro en el cuerpo de Harry que ahogó un gemido de dolor ante la intromisión.

Severus no se movió, dejó que el chico se acostumbrara, no quería hacerle daño, pero a Harry no le dolía y, retirándose, se volteó de nuevo para quedar sentado a horcajadas encima de Severus y deslizarse encima de su erección. Ahora fue Severus quien soltó un gemido ronco y un jadeo, y Harry empezó a moverse lentamente, aumentando el ritmo poco a poco, para sincronizar los movimientos.

Severus no podía creer lo que estaba ocurriendo. En ese momento contemplaba a Harry cabalgándole como nunca antes había hecho. Hacía varios minutos le había confesado que no había podido olvidarle y ese recuerdo le llenó de felicidad. Los gritos y los gemidos resonaban en la habitación. Ambos estaban terriblemente excitados. Severus, aprisionado en el interior de Harry, conseguía una estimulación directa de todo su miembro que lo estaba llevando a la locura, y el chico con su miembro en manos de Severus y las embestidas certeras a su próstata le provocaban unas sensaciones no experimentadas hasta entonces. Aumentaron el ritmo de la penetración. Los dos orgasmos llegaron rápidos, ambos ansiaban ese momento y los cuerpos no tardaron en reaccionar. Una explosión de placer los invadió cuando ambos alcanzaron el clímax. Jadeando, Harry se separó y se tumbó a su lado, acostumbrando su cuerpo al ritmo normal de respiración. Severus apoyó la cabeza en la almohada y contempló al muchacho. Era perfecto. Con las mejillas teñidas de rojo, el pelo alborotad y pequeñas gotas de sudor que resbalaban por su frente y se perdían por su cuerpo. Se dispuso a abrazarle pero, cuando casi lo tenía rodeado con sus brazos, Harry se levantó y empezó a andar por la pequeña habitación, barboteando cosas sin coherencia.

- No… no… - se removía el pelo, se le veía inquieto, asustado -, eso no debió… tú… yo… no… esto…
- Harry, te quiero y tú… - Severus no entendía muy bien esa reacción.
- No, no, yo quiero a Stephen, es mi novio, esto fue un error…
- Harry… - vio como desaparecía sin que pudiera hacer nada.

Severus se quedó tumbado en la cama, analizando lo que acababa de suceder. Había hecho el amor con Harry, se sentía feliz, pero no quería que el muchacho se arrepintiera. Él deseaba volver a tener a Harry cada noche en su cama, para poder abrazarle y susurrarle cuánto le quería al oído. Pero se había ido. Había vuelto a huir. Había regresado con Stephen. Eso era lo que Severus más odiaba de todo. Que Harry compartía su vida con ese individuo egocéntrico y no se daba cuenta de cómo era realmente. Harry había vuelto a él, pero se había ido de nuevo.


Escapó. Huyó. Harry no podía permanecer más con él. No había estado bien. No debieron acostarse. No había sido lo correcto. Había engañado a Stephen y se sentía peor que nunca. Regresó a su apartamento y se metió rápidamente en la ducha para poder sentirse limpio. No quería que Stephen se diera cuenta de lo que había ocurrido. Sabía que se pondría hecho una furia y lo último que quería Harry era que su novio se enfadara. Frotó su cuerpo con la esponja hasta dejarlo rojo, casi se arañaba para eliminar completamente cualquier señal, cualquier aroma que le recordara a Severus. Porque aunque Harry no quería reconocerlo, le daban más miedo sus sentimientos que Stephen. Le daba más miedo reconocer que nunca había dejado de amar a Severus que enfrentarse a su novio.

Se metió en la cama, sin cenar. Stephen no había vuelto aún pero no le preocupaba. Estaba adormecido cuando unos golpecitos en el cristal de la habitación hicieron que se despejara completamente. Abrió la ventana y una lechuza negra se posó encima de su mesita. En la pata llevaba un pergamino enrollado. Harry le dio un par de galletas de Hedwig y el animal regresó a su hogar, perdiéndose en la noche.

Harry analizó el pergamino. No llevaba nada escrito, no había destinatario. Lo desenrolló y empezó a leer.

Puedes irte y no me importa, pues te quedas conmigo
como queda un perfume donde había una flor.
Tú sabes que te quiero, pero no te lo digo;
y yo sé que eres mío, sin ser mío tu amor.

El primer verso se clavó directamente como una puñalada en la espalda de Harry. Sabía que se había ido sin dar explicaciones, sabía muy bien que Severus no se merecía eso, pero no había podido, necesitaba irse de allí cuanto antes, regresar a su casa, sentirse seguro. Severus tenía razón. Él también se había quedado impregnado en su cuerpo, como el perfume más embriagador. A Harry le parecía que aún podía oler el aroma de Severus, ese aroma a saúco y lavanda, con ese toque de malva, que lo hacían único. Sí sabía qué le quería, hoy lo había comprendido, con sus palabras, con sus gestos, pero sobre todo con su mirada. Harry se sintió despreciable. Severus le amaba con toda su alma y él había huido. Eso sí, dejando todo su amor y su corazón en ese apartamento. Harry se lo había entregado de nuevo, como había hecho años atrás.

La vida nos acerca y a la vez nos separa,
como el día y la noche en el amanecer…
Mi corazón sediento ansía tu agua clara,
pero es un agua ajena que no debo beber…

Cuánta razón tenía. Parecía que la vida se empeñaba en jugar con sus sentimientos. Primero lo había alejado de su lado, después volvió a acercarlos y ahora los volvía a alejar. Otro error. Harry sí era un agua ajena, como bien había dicho. Había Stephen, era su novio, y sabía que eso mortificaba a Severus. No le había pedido que dejara a Stephen, pero seguramente lo hubiera hecho.

Por eso puedes irte, porque, aunque no te sigo,
nunca te vas del todo, como una cicatriz;
y mi alma es como un surco cuando se corta el trigo,
pues al perder la espiga retiene la raíz.

Igual que la raíz del trigo permanece en la tierra cuando han cortado la espiga, del mismo modo permanecía Severus en su corazón sin estar con él. Nunca había podido desenterrar esa raíz. Cuando Severus le abandonó había cortado la espiga, pero la raíz seguía estando ahí, viva, clavada en su corazón. Imposible de segar. Lo mismo había pasado en el corazón de Severus.

Tu amor es como un río, que parece más hondo,
inexplicablemente cuando el agua se va.
Y yo estoy en la orilla, pero mirando al fondo,
pues tu amor y la muerte tienen un más allá.

Sabía que con esos versos Severus estaba sufriendo. Le conocía. Sabía muy bien que no poder estar junto a él le dolía, tanto como en ese momento le dolía a Harry el corazón. ¿Un más allá¿Era eso un indicio de esperanza? Quizá sí, aunque Harry lo dudaba.

Para un deseo así, toda la vida es poca;
toda la vida es poca para un ensueño así…
Pensando en ti, esta noche, yo besaré otra boca;
y tú estarás con otro… ¡pero pensando en mí!

Sueños, ensueños, deseos, anhelos… Harry también deseaba una vida feliz junto a Severus. La soñó y la planificó, pero no pudo ser. Y ahora… Severus tenía razón. Estaba pensando en él, pero estaba con Stephen.

La puerta del piso se cerró, indicando que Stephen había vuelto. Harry apagó la luz y se recostó en la cama, simulando que dormía. El castaño entró a la habitación sin encender la luz y se fue al baño. Harry oyó como se desvestía, se lavaba los dientes y, después, notó como se metía en la cama. Stephen se acercó hasta él, buscando calor, como hacía todas las noches. Tenía los pies helados y Harry, al notar el contacto, se movió.

- ¿Estás despierto?
- Mmm… sí… - disimuló como si despertara.
- Lo siento… - la voz rota de Stephen no logró conmover al moreno -. Harry, perdona, lo siento. No quería discutir contigo. Quiero que te diviertas, que seas feliz.

"Vive tu vida, sé feliz, Harry, es lo único que deseo". Las palabras de Severus. Qué distintas sonaban en boca de Stephen, no parecían creíbles cuando salían de sus labios. ¿Por qué creía las de Severus y sin embargo era incapaz de creer que su novio deseara su felicidad?

Stephen le dio un beso en la mejilla y lo abrazó. Harry no se separó. Aceptó ese abrazo en silencio, sin articular palabra.

- Perdóname, Harry. Perdóname – su voz se estaba convirtiendo en sollozos -. Sé que estas últimas semanas… Quiero que olvidemos todo. Sé que puedes perdonarme. Te quiero, te amo, eres mi vida, Harry, sin ti me moriría. Perdóname por todo – le abrazó más fuerte.

Harry no dijo nada. Ya no había vuelta atrás. El muro estaba completamente formado. No podía volver a mirar a Stephen como antes, ahora ya no, y menos después de las discusiones y las pequeñas agresiones. "Y tú estarás con otro… ¡pero pensando en mí!". Cuánta razón tenía Severus. Por eso Harry tomó esa decisión. No había marcha atrás. Stephen le había hecho daño, y siempre le había perdonado. Hasta hoy. Porque hoy había comprendido que había cosas que, aunque quisiera, ya no podía perdonar.


El poema es de un autor más contemporáneo, José Ángel Buesa, poeta cubano (1910-1982) y se titula Poema del amor lejano. Espero que os guste, ya me diréis.

Anterior