Parecía que los días no pasaban para Harry. Todos los días le parecían iguales, todos los días se le hacían igual de eternos. Se sentía extraño con Stephen a su lado. Ya no estaba enamorado de él. En realidad nunca lo había estado. Lo quería mucho, eso sí, pero enamorado no. Sólo estaba enamorado de una persona, pero no quería hacer daño a Stephen. Estaba convencido de dejar al castaño, quería estar un tiempo solo, sopesar todas las opciones, reflexionar sobre su vida, tomarse unos días de vacaciones y evadirse, olvidarse de todo y de todos. Olvidarse de Stephen y también de Severus.

Lo amaba y sabía que él también lo amaba. Pudo sentirlo cuando estuvieron juntos, pudo sentirlo cuando le confesó sus más profundos sentimientos. Pero no era el momento. En el corazón de Harry la herida aún era reciente, no podía olvidar que de la noche a la mañana le hubiera plantado. No sabía sus motivos, no quería saberlos, pero en el fondo se moría de ganas de poder descubrir qué había impulsado a Severus a huir de esa manera sin más explicaciones que una tarjeta. Quizá algún día se lo preguntaría, pero de momento no se sentía con fuerzas para volverlo a ver.

Cada noche recordaba lo que sintió estando entre sus brazos, lo que sintió gimiendo bajo su cuerpo, lo que sintió cuando alcanzó el orgasmo. Su relación iba bien, mejor que nunca, estaban a punto de casarse y formar una familia¿por qué tuvo que irse¿Y por qué había vuelto¿Por qué quería intentar de nuevo una relación con él¿Había cambiado algo¿Ahora ya se sentía seguro? Harry sacudió la cabeza. Demasiadas preguntas. Y no tenía la respuesta a ninguna.

Se levantó de la cama, sólo conseguía dar vueltas. Hacía varios días que no dormía bien y el cansancio estaba haciendo mella en su rostro. Para distraerse se acercó a la facultad, a lo mejor así conseguiría dejar su mente en blanco y dejaría de pensar en las S que regían su vida. Stephen y Severus.

- ¿Qué te ocurre? – Denis y el rubio hacía rato que lo estaban cosiendo a preguntas.
- Nada…
- Ya¿y esas ojeras¿Te las has pintado o es que eres Drácula en persona?
- Muy gracioso, Isaac.
- ¿Por qué no nos lo quieres contar? Somos tus amigos, sabes que puedes confiar en nosotros – el moreno seguía insistiendo.
- Ya lo sé, chicos, no es eso…
- ¿Y entonces qué es? – Isaac ya empezaba a estar harto.
- Es… complicado…
- Bueno, tenemos tiempo. Mira – dijo señalando el reloj de la torre de la facultad -, ya no llegamos a la primera clase, así que tenemos hora y media para tomarnos unos cafés y para que nos cuentes todo lo que te preocupa – Denis arrastraba de él como si fuera un muñeco, no se sentía con fuerzas para oponerse.
- No os cansáis nunca… - fue una afirmación, Isaac y Denis sólo negaron con la cabeza.

Sentados en una mesa, algo alejada para evitar indiscreciones, los tres estuvieron charlando casi toda la mañana. Ya pedirían los apuntes a sus compañeros. Ahora lo importante era Harry.

- ¿Y por qué no le dejas? Si estás enamorado de Severus… - Denis lo tenía ya todo planeado.
- No es tan fácil. Stephen…
- ¿Le temes¿Temes que te haga daño? – Isaac había dado en el clavo.
- No… yo… no lo sé. Sí, a veces le tengo miedo – Harry terminó por aceptar lo que su conciencia siempre le decía -. No sé cómo se va a tomar las cosas cuando le digo algo, por eso apenas salgo…
- Harry, esta situación no es normal. ¿No te das cuenta de que ese tío controla tu vida sin que te resistas?
- Sí, Denis, pero…
- No, nada de peros ni nada de que te quiere y de que se preocupa por ti, ya nos sabemos el cuento de memoria. Ese tío es un egoísta y punto – nunca había visto a Isaac tan comprometido con una cosa y Harry se alegró de tenerlos a su lado -. Te tiene encarcelado en tu propia casa, apenas te deja salir y tú, en vez de enfrentarte a él, acatas todas y cada una de sus locuras. Harry, tú no eras así.
- Isaac…
- Ni Isaac ni nada, sabes que tiene razón – le regañó Denis -. Tienes que tomar una decisión, pensar cuál es la mejor para ti. Stephen no te conviene. Y lo sabes – ambos asintieron.
- Chicos…
- Si te pasa algo, iremos a por él.
- Gracias… pero dudo de que haga algo. Sé que se lo tomará mal, pero me iré de allí rápidamente. Que destroce el apartamento si quiere, pero no me tocará ni un pelo. Esta vez no.

Pero Harry no había tenido en cuenta que Stephen no tenía ni un pelo de tonto.


Las semanas pasaron sin novedad. Harry no encontraba el momento de decirle cómo se sentía a su novio, no sabía cómo contarle que ya no quería ser su pareja, que no lo amaba, que nunca lo había hecho y que no deseaba estar encerrado en casa las veinticuatro horas del día bajo su control. Simplemente acataba las órdenes del castaño y punto. En silencio, cuando estaba solo, se maldecía por ser tan cobarde. Era un Gryffindor pésimo. Los leones no se defendían, atacaban. Él sólo encajaba los golpes. Y nunca mejor dicho. Esos pensamientos invadieron su mente en ese preciso instante. El león estaba herido.

Harry se levantó del suelo lentamente, no tenía prisa, mirando fijamente a los ojos de su novio. Esta vez no veía en ellos ni pizca de arrepentimiento. Stephen permanecía callado, no le pedía perdón como las otras veces. Estaba en la misma posición que hacía un par de minutos. Con la mano en alto, como petrificado. Las lágrimas no hicieron acto de presencia. Harry no quería demostrarle que era débil, quería que supiera que era la última vez que lo tocaba, quería que entendiera que ya todo había terminado, que ya no había más oportunidades, que era el adiós definitivo.

Cogió la chaqueta, las llaves y el móvil del mueble del recibidor y salió por la puerta con absoluta tranquilidad, como si no hubiera ocurrido nada. Cuando la puerta se cerró, Stephen salió de su letargo, pero ya era demasiado tarde. Harry se había ido, y el castaño sabía que era para siempre. No volverían a estar juntos. Ése era el castigo por sus actos. Regresó a la habitación. Decidió irse antes de que Harry lo echara del apartamento.

Mirase a donde mirase veía la cara de Harry ensangrentada, los brazos llenos de cardenales y el labio partido. Pequeñas gotas adornaban el suelo de la habitación. Todo le parecía del mismo color. Rojo. Abrió el armario. Sacó sus cosas y entonces se percató de un traje que no había visto antes. Un traje negro, con la camisa negra y la corbata roja. Tan roja como la sangre de Harry. El moreno debió comprar el traje para su cercano cumpleaños y él se lo había pagado con sangre. Rojo por rojo. Era fácil adivinar quién había salido perdiendo.

Stephen se sentó en el suelo y lloró, lloró por lo que había hecho, lloró por lo que había perdido, lloró por el amor que sentía, que le dominaba, que le impedía confiar en Harry. Lloró y las lágrimas cayeron al suelo, confundiéndose con la sangre. Parecía como si llorara lágrimas de sangre y en ese momento se sintió el ser más despreciable del mundo por haber lastimado a la persona que más amaba, a la persona que lo había hecho feliz.


Cuando salió por la puerta, toda la entereza contenida delante de Stephen se vino abajo. Se derrumbó. Bajó las escaleras corriendo, salió a la calle y cogió el teléfono. Necesitaba a sus amigos.

- El teléfono móvil al que está llamando… – decía una voz al otro lado del aparato.
- Mierda…

Buscó de nuevo en la agenda. Pero el siguiente contacto tampoco respondió.

- ¿Dónde se han metido todos? – se dijo para sí -. ¿Es que no hay nadie cuando se lo necesita? – gritó y la gente que se cruzaba con él lo miraron extrañados y se apartaron rápidamente de su lado.

Sus recursos se agotaban. Ni Draco, ni Denis, ni Isaac. Sus pasos le condujeron delante de un edificio que conocía bien. Había intentado olvidar dónde vivía pero no podía e inconscientemente había ido hasta él. El destino de nuevo. En ese momento Harry no se sentía con fuerzas para luchar contra los hados, así que decidió llamar al timbre y dejar que ese destino decidiera de nuevo por él.

- ¿Qué estás…¡Por Merlín! – Severus lo cogió en brazos rápidamente y lo depositó en el sofá -. ¿Qué te ha pasado?
- Na… - le dolía todo el cuerpo, seguramente las magulladuras estaban saliendo y se resentía de todas.
- ¿Ha sido él, verdad?
- No…
- No disimules. También fue él esa vez en el brazo –dijo totalmente convencido -. ¿Cuántas has aguantado?
- Yo… - las lágrimas resbalaban por sus mejillas, se sentía tan avergonzado.
- Ahora te curaré, va a doler pero al menos desaparecerán las marcas.
- No… - no quería que fuera el mismo Severus quien viera lo que le había hecho Stephen. Se sentía un idiota por haber compartido su vida con alguien como el castaño y haber rechazado al moreno.
- Alguien tiene que curarte, estás sangrando. Te pondré una poción para los cardenales y… - miró el rostro de Harry, estaba llorando mares -. Eh… ven – lo acercó hasta su pecho -, no te preocupes, ahora estarás bien.
- Pero…
- Ahora estás aquí conmigo, nada malo te va a pasar – le dio un pequeño beso en la frente.

Lo abrazó, quería protegerlo, que nada malo le pasara, pero no lo había conseguido. Ese malnacido lo había vuelto a hacer y esta vez se había ensañado. Cuidaría de él, cuidaría de Harry, le demostraría cuánto lo amaba, sin presiones, sólo estando a su lado.

Pasó varios días en casa de Severus. El mayor le mimaba, le concedía todos los caprichos y era su paño de lágrimas sin protestar. Se sentía bien con él, pero sabía que aún tenían muchas cosas por resolver. Los cardenales ya habían desaparecido, y su labio volvía a estar perfecto. Apenas quedaban signos visibles de la paliza de Stephen, pero en el corazón de Harry aún había las marcas. Eran profundas y tardarían en desaparecer. Por eso rehuía cada caricia de Severus, cada abrazo, cada gesto cariñoso que el mayor tenía hacia él. Y Severus, armado de paciencia, se alejaba y lo dejaba solo, aunque sabía que le dolía, tanto como a él. Harry lo amaba, pero no estaba preparado para iniciar una relación con nadie. Ahora no.

Una noche, cuando hacía ya casi tres semanas que estaba en el apartamento de Severus, Harry le comentó sus planes. Ya lo tenía todo pensado. Las palabras de Harry terminaron por cortar las pocas esperanzas que tenía Severus de iniciar una relación con el chico.

- Mañana me iré – lo dijo sin apenas mirarlo a la cara, sabía que no resistiría ver sus ojos entristecerse.
- No tienes que irte – casi era una súplica.
- Necesito hacerlo.
- ¿Por qué¿Tan mal estás aquí? – Harry negó con la cabeza -. Entiendo… es por mí…
- No, no… necesito estar solo. Necesito empezar de nuevo con mi vida, cambiar muchas cosas, tener tiempo para pensar.
- Me alejas de tu vida…
- Severus, muchos días ya hemos hablado varias veces de todo esto. No puedo empezar una relación contigo, ahora no me siento con ánimos para hacerlo. Por favor… no me presiones. Tú no.
- Perdona… pero no puedo evitarlo. Te quiero, Harry. Te amo. No puedo estar sin ti y tú me alejas – se acercó hasta el chico.
- Severus… - el nombre apenas susurrado. Lo tenía demasiado cerca, podía reflejarse en sus ojos, esos ojos que brillaban con intensidad cuando estaban a su lado.
- Harry… te amo… - acercó los labios a los del chico, cerró los ojos aguardando el rechazo pero Harry lo aceptó.

El beso, que había empezado siendo apenas un roce, se estaba convirtiendo en una auténtica lucha para decidir quien tenía el control. Harry estaba recostado en el sofá con el cuerpo de Severus encima, notando como la erección creciente del mayor rozaba su muslo, notando como la suya propia empezaba a despertar.

- Te amo – repitió Severus antes de volver a apoderarse de sus labios.

Y ya no hubo más palabras. Harry se dejó llevar. Terminaron en la habitación, en aquella cama que habían compartido tantas noches sin apenas rozarse. Quería volver a sentirse amado, quería demostrarle a Severus cuánto lo deseaba, y así lo hizo. Se entregó con toda la pasión, se entregó con todo su amor, se entregó al hombre que amaba sin reservas. La magia, de una tonalidad rojiza, fluía de un cuerpo a otro, se centraba entre los dos cuerpos y se fundía en uno de solo. Severus nunca había visto algo así, pero en realidad si alguien podía sorprenderle, en todos los aspectos, pero sobre todo en el mágico, ese era Harry. El chico también se extrañó, pero siguió con lo que habían empezado.

Gimió. Jadeó. Gritó bajo el cuerpo de Severus. Harry nunca había disfrutado tanto del sexo como esa noche. Se notaba cuánto lo habían esperado. Severus recorría su cuerpo con la lengua, depositando besos y caricias donde hacía falta, repartiendo amor por todas partes. Y Harry lo aceptaba y pedía más y más.

- Severus… hazlo ya… - fue casi una orden, pero ya no aguantaba más, deseaba sentir ambos cuerpos unidos.

No se hizo de rogar. Severus se situó en su entrada y empezó a meter el glande dentro de Harry, poco a poco, para no lastimarle. Iba avanzando, besando al chico, quien envolvía su cintura con las piernas, para profundizar más la penetración. Cuando todo el pene estuvo en el interior de Harry, la danza dio inicio. El vaivén de ambas caderas era vertiginoso. Se amaban a un ritmo espectacular, ambos sudando y jadeando por el intenso esfuerzo que estaban haciendo sus cuerpos. Poco tardaron en alcanzar el clímax. No hizo falta que lo masturbara, sólo con las embestidas certeras en su próstata tuvo suficiente. Harry se corrió en medio de los dos con un impresionante grito. Y Severus, al notar como los músculos del muchacho se contraían y apresaban aún más su miembro, no pudo, ni quiso, evitar el orgasmo que sacudió todo su cuerpo.

Agotados pero felices se separaron y se tumbaron de lado, Severus abrazando a Harry por la cintura y el chico acomodándose en esa perfecta posición que le permitía sentirse protegido, deseando que esa noche no terminara jamás.

La mañana siguiente, Harry despertó temprano y, con lágrimas en los ojos, dejó a Severus aún durmiendo, viendo como el mayor descansaba plácidamente en la cama de sábanas rojas donde se habían entregado sin reservas, ambos sabiendo que era la última vez. Lloró hasta llegar a su apartamento, una vez allí se dedicó a destrozar cada uno de los muebles que había escogido Stephen. No quería conservar nada de su ex novio. Pero en el fondo sabía que se estaba desquitando por no poder ser feliz al lado de Severus.


Regresó a la facultad. Continuó con su vida. Era consciente de que había perdido muchas clases, pero aún tenía tiempo para prepararse los exámenes. Faltaba un mes para el fin del cuatrimestre y tanto Denis como Isaac se turnaban para dejarle los apuntes y contarle los detalles que no entendía. Además eran un gran apoyo para Harry en esos duros momentos. Ellos y, por supuesto, Draco.

- ¿Te encuentras bien? – el rubio lo visitaba cada tarde.
- Sí… sí… - estaba harto de decir siempre lo mismo, pero quería ser fuerte.
- Nunca has sabido mentir.
- Está bien - aceptó que lo había pillado -, llevo un par de días con el estómago revuelto. Apenas como, estoy muy nervioso por los exámenes, no pienso perder este curso.
- Te exiges demasiado.
- Quizá sí, pero no quiero repetir las asignaturas el año que viene. Además, tenía pensado terminar ahora en junio…
- Ayer hablé con Severus – Harry seguía leyendo unos apuntes -. Harry… ¿me estás escuchando?
- Sí… - no había ni levantado la vista, en realidad no quería escuchar lo que le iba a decir.
- ¡Harry! – gritó finalmente.
- ¿Qué?
- Ayer hablé…
- Te he oído… hablaste con Severus, pero no me interesa.
- Harry… quizá si escucharas sus razones…
- Me abandonó, no puedo hacer como si nada. Necesito olvidarlo, pero con el tiempo, no puede esperar que ahora haga como si nada. Aún no he podido digerirlo.
- Te ama…
- Lo sé, bueno, al menos es lo que dice…
- Es cierto. Está triste, apagado, parece un alma en pena. Sé que mi padrino te hizo daño, pero no podrías…
- No, de momento no. Y basta ya de presionarme, Draco. Quiero estar tranquilo un tiempo¿tan difícil es de entender?
- Supongo que no, pero quizá luego será demasiado tarde.
- ¿A qué viene eso? – por primera vez Harry prestó toda su atención.
- Se va.
- ¿Qué? – sus ojos se abrieron desmesuradamente.
- Ya me has oído.
- ¿Y por qué se marcha? – los recuerdos invadieron su mente -. ¿Otra vez? – de nuevo lo abandonaba, Harry sintió como si una parte de él desapareciera.
- No lo sé, no me ha dicho sus motivos. Podrías hablar con él…
- Draco…
- Por favor… - el rubio podía ser muy persuasivo.
- De acuerdo, lo intentaré… - se rindió, sabía que Draco no hubiera callado ni bajo el agua.

Antes de llevar a cabo su promesa de hablar con Severus, Harry descubrió algo con lo que no contaba. Ahora más que nunca tenía que hablar con él.

- Harry… - se sorprendió al encontrar al chico al otro lado de la puerta.
- ¿Puedo pasar?
- Sí, claro, adelante.

Se sentaron en el sofá, algo distanciados. Harry no quería tenerle muy cerca, y Severus no quería presionarlo más.

- Draco me ha dicho que te vas.
- Vaya, no ha sabido tener nunca la boca cerrada.
- ¿Es cierto? – le miró con el semblante triste.
- Sí, a finales de esta semana.
- ¿Huyes de nuevo? – la voz de Harry sonaba entrecortada, como si intentara ahogar algunos sollozos.
- Harry…
- Escapas otra vez de mi vida.
- Dejaste muy claro que no querías nada conmigo – ahora fue el turno de Severus de dejar las cosas claras.
- Lo sé, pero las cosas han cambiado.
- ¿Cambiado? – no entendía qué había ocurrido, pero quizá sería bueno para él. Quizá Harry se lo había replanteado.
- Sí, verás… yo… - de repente empezaba a costarle que le saliesen las palabras -, sólo quiero que lo sepas, no te estoy pidiendo nada… Yo, bueno… he creído que es justo… y pues…
- Harry¿de qué estás hablando? No me entero de nada…
- Yo… tú… estoy embarazado – lo soltó de golpe.
- ¿Embarazado? – las esperanzas de Severus se vinieron abajo.
- Sí, y el bebé… bueno, es… tuyo – ya lo había dicho, ya se había quitado ese peso de encima.
- Harry – cogió su mano -, por mucho que odies a Stephen – aún se retorcía cuando oía ese nombre -, no puedes pretender…
- ¿No me crees¿Piensas que es de él y que quiero cargarte el muerto?
- Era tu novio, debíais tener relaciones…
- Oh, claro… pero no es de Stephen, él y yo…
- No es mío, no es mi hijo – Severus seguía con su letanía.
- Pero… tú y yo…
- Sí, claro que hicimos el amor, pero sé que no es mi hijo. Aunque sea de él, si tú quieres, yo podría hacerme car…
- No es de Stephen… - le interrumpió, no quería su compasión. Se levantó y le miró directamente a los ojos -. No es de él… es tuyo… - vio que Severus quería protestar de nuevo -. No, no digas más. Me abandonaste y ahora vuelves a hacerlo, pero ahora abandonas también a tu hijo. Sólo te diré una cosa, recuérdala bien. Nunca más nos verás a mí ni a tu hijo…
- No puede ser mi hijo…
- No, es sólo mío. Mío y de nadie más – salió dando un portazo que se clavó en el corazón de Severus.

Cuánto deseaba que ese bebé que esperaba Harry fuera suyo. Pero no podía ser posible. Su esterilidad le impedía concebir. Harry estaba esperando un hijo de… de Stephen. Ahora aún odiaba más, si podía ser posible, a ese tipo. Había conseguido lo que él no podría jamás, darle un hijo a Harry. Envidiaba al castaño, lo envidiaba y mucho. Se separó de Harry por esa razón, y al fin el chico tendría lo que más deseaba del mundo. Un hijo. Pero no era su hijo. No lo era. Y eso a Severus le carcomía el alma.


Salió de ahí sin saber a dónde ir. No podía contar con sus amigos, ahora no. Estaba solo. No quería la ayuda de nadie. Se refugió en su apartamento, se tumbó en la cama y empezó a sollozar. ¿Por qué Severus no le creía¿Por qué le había dicho tajantemente que no podía ser su hijo¿Por qué¿Por qué? Ninguna respuesta. Criaría a ese hijo solo, lo tenía decidido. No necesitaba otro padre. Él cuidaría del bebé y lo amaría con todo su corazón. Era lo que siempre había deseado y al fin se había hecho realidad.

Cogió una caja de color rojo, que tenía escondida en el fondo del armario, donde guardaba sus más preciados tesoros. Para Harry los tesoros no eran materiales, sino más bien objetos que le recordaban a sus seres queridos o algunas de sus poesías. A Harry le encantaba la literatura. Pero si había algo que adoraba realmente era la poesía. Por eso, a veces, en sus ratos libres, intentaba escribir algunos versos. Quizá no se podían comparar con los de los grandes poetas de todos los tiempos, pero eran suyos, sacados de su corazón. Sus ojos se fijaron en un pergamino que hacía poco que había escrito, unas semanas antes, cuando tenía tantas dudas en su cabeza.

Por este amor verdadero
que, sin sentirlo lo siento,
que queriendo sentir odio
sólo siento que te quiero;
que te fuiste de mi lado
que aún así yo te quiero.
No sé cuál fue el motivo
para dejarme así de dolorido
y sentirme en vida muerto.
Quise tenerte odio
pero mi corazón
dijo no;
te quise y te quiero.
Pero después de estos encuentros
sentí remordimientos;
tengo novio
pero con él no puedo
si tu amor está conmigo.
Mataré mis demonios
y lucharé hasta muerto
porque Sev, mi amor,
te repito
te quise, te querré y te quiero.

Un par de lágrimas resbalaron por sus mejillas mientras acariciaba la pequeña curva que empezaba a notarse en su barriga.


En esta ocasión, el poema no es de ningún autor español del Siglo de Oro, ni de la Generación del 98, ni autores contemporáneos. Es de Artemisa, me lo escribió en un comentario y rápidamente supe que Harry se lo escribiría a Severus, tal y como ella me comentó. Así pues, si os ha gustado y emocionado tanto como a mí, es sólo culpa suya. ¡Un beso y gracias por leer!