Harry regresó a la universidad al cabo de pocas semanas, suficientes horas de clase había perdido y no tenía intención de volver a repetir esas asignaturas, por mucho que disfrutara con ellas. Asistir a las clases del doctor Siegert se le hizo costoso al principio, pero pronto olvidó que se trataba del padre de Stephen y éste tampoco le hizo ningún comentario. Así que continuó disfrutando de las clases magistrales que daba ese hombre, siempre con la palabra justa en su boca, con todos los ejemplos dentro de su cabeza y con los versos más preciosos que nadie pudiera recordar a punto de ser leídos. Y ahí se encontraba ese lunes, entre Denis e Isaac, con una barriga de más de ocho meses –bien disimulada gracias a la magia- y su libro de lectura abierto por la página indicada.

- Bien, Bécquer como sabéis ha sido denominado muchas veces, y con acierto – puntualizó -, el poeta del amor. No por ende sus poesías están cargadas de romanticismo y de bellas palabras que nos remiten a este sentimiento. El poema que leeremos y analizaremos a continuación es una perfecta muestra del arte del autor y es de los más conocidos de su obra Rimas y Leyendas. Adelante, pues – se colocó sus gafas y comenzó a recitar en voz alta.

Volverán las oscuras golondrinas
en tu balcón sus nidos a colgar,
y, otra vez, con el ala a sus cristales
jugando llamarán;
pero aquéllas que el vuelo refrenaban
tu hermosura y mi dicha al contemplar,
aquéllas que aprendieron nuestros nombres...
ésas... ¡no volverán!

Las golondrinas, los pájaros más interesantes que Harry recordaba, sólo le traían recuerdos de su antiguo amor. Harry adoraba a esos pequeños animales que anidaban bajo su tejado y que volvían al año siguiente, puntuales, con la llegada de la primavera. Severus se reía de él, por fijarse en esas pequeñas cosas, pero Harry era así, a veces le emocionaba más una pequeñez que un gran regalo. Y Severus admiraba esa cualidad del moreno, pese a ser un gran héroe nunca había dejado de apreciar las cosas que pasaban desapercibidas a la mayoría de la gente. Por eso, al oír la palabra golondrina, vinieron a la mente de Harry un sinfín de recuerdos de su relación con Severus. Sonrió al acordarse del día en qué había comparado a su adorado ex profesor con una golondrina, por su traje negro y blanco, dos colores que el mayor usaba con frecuencia y por el hecho de volver siempre a su nido, a su lado, con él. Pero Severus no era una golondrina y ese año no había vuelto.

Volverán las tupidas madreselvas
de tu jardín las tapias a escalar,
y otra vez a la tarde, aun más hermosas,
sus flores se abrirán;
pero aquéllas, cuajadas de rocío,
cuyas gotas mirábamos temblar
y caer, como lágrimas del día...
ésas... ¡no volverán!

Las flores volvían a florecer con la cercanía de la primavera, su jardín se llenaba de olores y colores pintorescos y variados. Pero cuando contemplaba los lirios mojados por el rocío de la mañana, suspiraba y su corazón se encogía. Las lágrimas rodaban como aquellas pequeñas gotas de agua en las flores. Los lirios ya no le parecían bonitos desde que Severus se había ido de su lado, ya no adoraba esa flor ni hacía ramos con ella. Dejaba que crecieran a su antojo, despreocupándose y evitando contemplarlas en algún momento. No volvería a ver nunca más los lirios de la misma forma como lo hacía con Severus a su lado.

Volverán del amor en tus oídos
las palabras ardientes a sonar;
tu corazón, de su profundo sueño
tal vez despertará;
pero mudo y absorto y de rodillas,
como se adora a Dios ante su altar,
como yo te he querido..., desengáñate:
¡así no te querrán!

¡Cuánta razón tenía Bécquer! Él era incapaz de amar a otra persona con la misma intensidad que había amado al moreno. Nunca nadie le querría igual como Severus lo había hecho. Pero se había ido¿quizá no lo quería tanto como siempre decía¿Quizá ese amor no era más que promesas y palabras vacías?

Una patada de su hijo provocó que regresara a la realidad. Acarició la prominente barriga, faltaba poco para ver el rostro a su pequeño, muy poco. Nacería con la llegada de las golondrinas, de los lirios, pero no de su amor. Su hijo le traería felicidad, una que nunca había experimentado antes, pero había perdido mucho en el camino.


El parto fue largo y complicado. El canal para el alumbramiento no se formó completamente y, después de más de dos horas de agonía, le practicaron una cesárea. Harry aguantó estoicamente todo lo que le sucedía. Quería abrazar a ese bebé cuanto antes, aunque parecía que el niño se empeñase en retrasar ese encuentro. Por eso, cuando pudo sostenerlo limpio y vestido, lloró de felicidad al poder besar ese pedacito de su propio ser.

- Deja un poco para los demás… - Sirius estaba ansioso por cogerlo en brazos, sentía que era como su nieto.
- Sí, el padrino quiere cogerlo – protestó Draco.
- De acuerdo, de acuerdo – Harry sonrió. El rubio y el moreno eran, y habían sido todos estos meses, su mejor apoyo.
- Es precioso, suerte que se parece a ti…
- ¡Sirius! – exclamó el rubio.
- Déjalo, Draco… En realidad tenía la esperanza de que tuviera algo de él… Pero, por lo que veo, no ha podido ser.
- Harry, no te mortifiques por eso… No pienses más, ya fue suficiente. Ahora tenemos que preocuparnos sólo por el niño… Que por cierto, no tiene nombre – le reclamó el rubio.
- Sí tiene. Lo elegí antes de que naciera. Se llama Adrien. Adrien Potter – recalcó con el rostro serio.
- Pues Adrien se va a dar una vuelta con su abuelito – Sirius lo cogió en brazos y salió de la habitación.
- Eh, ven aquí… Yo también quiero cogerlo – Draco salió como un rayo de la habitación.

Harry aprovechó la tranquilidad para dormir un poco. Desde que había nacido Adrien apenas había dormido. Además, le dolía los puntos de la operación, así que era mejor quedarse quieto y descansar un rato.

Pero cuando cerraba los ojos sólo podía ver a Severus. Deseaba tanto que estuviera a su lado en ese momento, que pudiera coger la manita de su hijo, como había hecho él hacía unos minutos, acariciarlo, besarlo, sentir como ese ser forma parte de ti. Pero no estaba. Severus no había aparecido por el hospital, en realidad no sabía nada de él desde hacía meses, desde su última conversación. ¿Por qué no podía aceptar que era su hijo¿Acaso no confiaba en él? Harry nunca podría engañar a nadie con un tema tan delicado como el de un hijo, y mucho menos al amor de su vida. No entendía por qué Severus no quería ni siquiera plantearse el hecho de que fuera el padre.

Cuando Draco y Sirius regresaron de nuevo a la habitación encontraron a Harry completamente dormido pero con restos de lágrimas en las mejillas. El moreno quería demostrar que estaba bien pero ambos sabían que lo pasaba mal aunque disimulara y que aún amaba a ese hombre que tanto le había hecho sufrir. Depositaron a Adrien en su cunita y velaron por el sueño de los dos.


Cuatro años después

Nunca hubiera imaginado que aquél día su vida iba a dar un giro tan importante. Si Severus hubiese sabido quién iba a encontrar al otro lado de la puerta cuando llamaron a su apartamento y lo que le iba a contar quizá no habría abierto. Pero sin embargo lo hizo, y cuando estuvo solo se sintió el ser más despreciable del mundo.

Flashback

- Dijiste que no te buscara – dijo de mala gana y algo resentido aún.
- Y no lo has hecho. He venido yo.
- ¿Y se puede saber a qué debo el honor? – no podía dejar de lado el sarcasmo, había demasiada confianza con él y ese día no estaba para sermones.
- ¿Puedo pasar? – preguntó aún en la puerta.
- Sí, claro… - le señaló el salón -. Tú dirás – dijo cuando se sentaron en el sofá.
- Harry no se merecía lo que le hiciste – le soltó y vio cómo a Severus le cambiaba la cara.
- ¿Por qué…¿Cómo te atreves…? – sus facciones se endurecieron.
- Tuvo al bebé, un niño – el moreno dejó escapar un suspiro -. Ahora vive con Sirius y conmigo – prosiguió Draco.
- Con la fami…
- Con los que le queremos – le cortó el rubio.
- ¿Y Stephen?
- No sabemos nada de él. Y mejor, mucho mejor.

Se levantó del sofá y se sirvió un whisky. Tendió otro vaso al rubio, pero éste ni lo tocó. Severus terminó el suyo de un trago y lo llenó de nuevo. Intuyó que su ahijado no estaba ahí para cualquier tontería, le conocía bien, sabía que Draco iba a contarle algo importante. Le encaró y el temido profesor de pociones surgió de nuevo del interior del moreno, con el mismo porte, con la misma expresión de dureza en su rostro, con la misma lengua afilada que entonces.

- ¿A qué has venido? – estaba intrigado. Draco no había contestado ni una llamada desde que le contó lo del bebé de Harry y ahora lo tenía delante sin decir nada.
- Toma – fue todo lo que respondió antes de tenderle un sobre cerrado.
- ¿Qué es? – Severus lo observó detenidamente, no había nada escrito en el exterior.
- Ábrelo.
- ¿Papeles? – sacó varios folios del interior. ¿A qué estaba jugando su ahijado?
- Si te limitaras a leer, sabrías de qué se trata.
- Pero esto… ¿son ecografías? – preguntó extrañado. ¿Por qué se las daba a él?
- Sí, de tu hijo – Severus le miró fijamente pero Draco no se acobardó -. De tu hijo y de Harry.
- Draco…
- Es tu hijo – dijo con un tono convincente, más seguro que nunca.

Draco cogió entonces el vaso de whisky, en esos momentos sentía que lo necesitaba. Estaba a punto de ver cómo reaccionaba su padrino ante la noticia, y estaba nervioso. El whisky le calmaría, o eso esperaba.

- Lee el segundo informe – le indicó al ver que el moreno no sabía muy bien por dónde empezar -. La última vez que te visité, cogí un vaso y conseguí tu ADN de él – Severus lo miró, no sabía si estaba preparado para escuchar lo que iba a decirle -. Lo analizaron, eres el otro padre del bebé.
- No… no es posible. Yo… Harry… dije…
- Sí es posible, aunque es una situación un tanto extraordinaria. Aunque para Harry nunca ha habido imposibles, eso deberías saberlo mejor que nadie. La magia de Harry unida a la tuya es muy fuerte, y aunque un miembro de la pareja sea estéril es posible la concepción.
- Pero… entonces, el embarazo… - Severus no entendía nada, ahora Draco le confirmaba que era el otro padre del bebé, pero él era estéril, no podía ser verdad.
- Sólo sucede en dos casos: cuando los dos padres son dos magos muy poderosos, eso es fácil de comprobar en vuestro caso…
- Harry nunca me perdonará.
- Quizá no, pero es tu hijo. Yo creí que debías saberlo. Ahora haz lo que quieras.
- Draco… ¿y la otra condición?
- Los dos progenitores tienen que amarse de verdad y el portador, o sea Harry, tiene que estar completamente enamorado de su pareja. Las personas que, como Harry, cumplen esas dos condiciones, sólo se enamoran una vez en la vida. Harry nunca te olvidó, padrino. Hay milagros posibles, deberías saberlo.

Draco dejó todo lo que había traído y salió por la puerta tan silencioso como había llegado. Severus contempló largo rato el último sobre. No sabía si abrirlo. ¿Qué más le habría traído Draco? Finalmente se decidió. Dentro había varias fotos. Un par de Harry abrazado a un niño; en otras aparecía Draco con el pequeño y también Sirius. Había otra que captó mucho más su atención al ver al niño soplando las velas de su cuarto cumpleaños. Cuatro años, y él se había perdido cada segundo de esa vida que también era la suya.

Fin del flashback

Con la primera fotografía de su hijo en sus manos, seguía llorando como no había hecho en su vida. No sólo había alejado a Harry de él sino también a su hijo. Pero lucharía por ellos y nada ni nadie se interpondría entre él y su felicidad. Ahora ya no.


Harry estaba sentado en su enorme sofá de cuero marrón mirando al techo y suspirando agotado. Ni los programas de la televisión lograban distraerle. Al fin el pequeño se había dormido, últimamente estaba más nervioso que de costumbre, quizá por la primavera, a él también le alteraba un poco. Contempló el rostro de su hijo y sonrió. Era un chico precioso. Idéntico a Harry en todo, menos en una cosa. Lo que más le atormentaba, lo único que hubiera deseado que no hubiese heredado del otro padre: sus ojos. Adrien tenía los mismos ojos que Severus, negros y grandes; ojos que le traspasaban constantemente, que intentaban analizarlo pero que le transmitían todos sus sentimientos a través de ellos. Harry había rezado a todos los dioses para que su hijo no tuviera sus ojos. Pero no le habían escuchado. Como siempre en su vida, el destino jugó sus cartas.

Cogió a Adrien en brazos y se dirigió hacia la habitación del chico. Había decorado la estancia con varios colores, entre los cuales no figuraba ni el verde ni el plata. No quería recordar más de lo necesario a Severus, ya tenía bastante con el dolor en su corazón y los preciosos –e hirientes- ojos del niño. El pequeño se acomodó al encontrarse encima del blando colchón y abrió un segundo los ojos.

- Duerme, cariño, papá está aquí contigo.

El pequeño medio sonrió y volvió a cerrar la fuente de la perdición de Harry. Si Severus no hubiera tenido esos ojos… Pero ahora ya no importaba. Lo que menos quería en ese momento era recordar a su gran amor, al amor de su vida, al único hombre al que había amado y podría amar. A pesar de haber transcurrido cuatro años desde el nacimiento de Adrien y posterior desaparición de Severus, no había ni un solo día que Harry no recordara a su ex profesor. Severus había sido el centro de su vida, no podía olvidarlo ni borrarlo de su corazón así como así, tal y como había hecho el otro al marcharse y dejándole solo con su hijo.

Esa era la única cosa que Harry no le perdonaba. No había creído en sus palabras, no había creído que el bebé que crecía en su vientre era hijo suyo. A Harry le dolió y mucho la actitud de Severus, por eso se prometió que si alguna vez regresaba –en el fondo era lo que más deseaba, pero nunca se lo había confesado a nadie- no se lo pondría nada fácil para que pudiera ver a Adrien. Un padre que no está al lado de su hijo no puede llamarse padre. Y Severus era un buen ejemplo de ello.

Se tumbó en la cama y consultó el despertador digital que alumbraba tenuemente la habitación. Las diez de la noche y ya estaba muerto de cansancio. Ir todo el día detrás de un chico de cuatro años era realmente agotador. Oyó como Hedwig ululaba y le extrañó, a esas horas debería de estar cazando ratones o volando por el bosque. Se levantó y abrió la ventana. Un búho blanco, muy parecido a Hedwig, se posó encima de la cama, mostrándole la pata. Con cuidado, Harry cogió el pequeño pergamino, le dio un trozo de galleta y dejó que el ave siguiera su camino. ¿Quién podría enviarle algo a esas horas de la noche y encima un sábado? Desenrolló el papel y empezó a leer. Con los primeros versos ya supo quién era el autor de la nota.

Recuerdo el día
en que te conocí.
Tú estabas mirando la luna,
yo contemplé tu cara
y me enamoré de ti,
de tus ojos esmeraldas
tu melena negra
y esa bonita cara
que la luna iluminaba.

Harry recordaba muy bien, demasiado bien la noche que conoció a Stephen. ¡Cuánto tiempo hacía ya de ello! Pero seguía muy presente en su memoria. Aquella noche pensó que Stephen podría hacerle olvidar a Severus, pero se había equivocado y encima había puesto en peligro su vida y la de su hijo. ¡Cuán equivocado estaba! Se había dejado engatusar por un maltratador y no se había dado ni cuenta de ello hasta que fue demasiado tarde.

¡Qué feliz me sentía,
yo te amaba,
tú me amabas!

Harry pensó que, en el fondo, nunca lo había amado, que nunca había sentido lo mismo que sentía con Severus. Sí había sexo, y muy bueno, y Harry en esos momentos olvidaba por completo quién era y su pasado, pero nunca pudo borrarlo de su corazón. Ahí residía el moreno, y seguía allí sin querer irse por completo.

Nuestra vida era perfecta
yo te cuidaba, tú me adorabas.
Todo sobre ruedas iba
y pensamos en formar
una familia.
¡Ese día
fue el más feliz de mi vida!

¿Cómo había podido ser tan necio de insinuarle a Stephen que tuvieran un hijo, de aceptar su propuesta¿Cómo podía haber sido tan estúpido para proponer semejante bestialidad con un hombre como el castaño? Había sido por Severus, siempre Severus. El eje de su vida, el motor de su cuerpo.

Nuestra vida era perfecta,
yo te adoraba,
tú me idolatrabas
pero tus amigos
hicieron aparecer mis celos
y pasabas mucho tiempo
con ellos.

Celos. Siempre había sido celoso, pero nunca lo había demostrado con actos. No entendía cómo Stephen había cambiado tanto en tan poco tiempo. Esa era una pregunta sin respuesta. Aunque sabía bien que los celos podían cambiar completamente a una persona. Eran como un veneno que te iba corrompiendo, que se apoderaba de cada fibra de tu ser, quitándote la parte racional y creando a otra persona distinta, sin capacidad para razonar, sólo para actuar como un animal, con instintos. Eso era Stephen, en eso se había convertido.

Un día de celos me moría
pues tu amigo
se dejó en tu coche algo
que me hizo sentir mal,
y yo me prometía
que tu infiel no me serías,
pero llegó la primera bofetada.

Recordaba esa noche como si hubiera ocurrido tan sólo un par de minutos antes. Incluso le pareció que la mejilla le dolía, que aún le ardía por esa bofetada de su entonces pareja.

Después te pedí perdón
pero mis celos crecieron
y te encerré en una jaula de oro
y me volví loco:
golpes muchos y amor poco.

Pero no pensó que fuera algo preocupante. Le creyó, le perdonó y volvió a suceder. Stephen ya no podía contenerse, su mente estaba completamente envenenada por los celos, ya no tenía el control de sus acciones.

Un día casi te mato
y te fuiste de mi lado
y yo metido en mis celos
no quise hacerte caso.

Y finalmente lo abandonó. Finalmente se dio cuenta de la verdadera naturaleza del castaño, de todo lo que llevaba dentro y que había escondido. No era el mismo en quien se había fijado esa noche de luna llena. Ya no existía ese Stephen, sólo había un maltratador.

Cuando desperté de mi letargo
me refugié en el alcohol
y me dediqué a buscarte.
Seguro tenías otro amado,
yo tenía muchos celos
y pensé sin miramiento
que si lo tuviera en mis manos
lo mataba en un momento,
pues no podía pensar
que tu boca besara otra boca
y que tu cuerpo ya tuviera otro dueño.

Y entonces fue cuando apareció Severus de nuevo, para rescatarlo de ese infierno y llevarlo con él al paraíso. Aunque fuera por muy poco tiempo. Stephen apareció de nuevo, pero Harry ya estaba preparado. Su hijo era lo que le daba fuerzas para enfrentarse a su ex pareja, no iba a dejar que le ocurriera nada. Ya no estaba él solo, ahora había otra persona por quién velar, a quién cuidar y a quién amar.

Harry yo te quiero mucho,
pero si no eres mío,
para otro no te quiero.
Harry a morir te quiero,
si tú no me quieres
los dos nos moriremos.

¿Cómo pretendía amenazarlo después de todo lo que había hecho? Stephen no estaba bien, de eso estaba completamente seguro en ese momento. El castaño no había olvidado y seguía libre, podía regresar en cualquier momento. Harry tuvo miedo, no por él, sino por Adrien. ¿Sería capaz Stephen de hacerle algo a su hijo¿Sería capaz de vengarse de ese modo?

A unas cuantas manzanas de allí, en un pequeño apartamento alquilado, un chico castaño revolvía varios papeles que tenía encima de la mesa para terminar de ultimar sus planes. Si todo iba bien, muy pronto Harry sufriría. Conseguiría que el moreno sintiera dolor en cada fibra de su ser, se vengaría de él por el daño causado, por el abandono y el desprecio que había padecido en su propia carne. Había esperado mucho tiempo, cuatro años desde la denuncia por malos tratos, pero como bien decía él, la venganza es un plato que se sirve frío. Stephen, al recordar esa frase, rió, rió a carcajadas. Pronto, muy pronto Harry se las pagaría.