5
Retrocedieron por los corredores en penumbras hacia zonas más frecuentadas. Fred guiaba Harry sin palabras, lo conocía lo suficiente como para saber que el moreno deseaba reunirse con Lupin. Se detuvieron frente a una habitación individual en una zona preparada especialmente para los aurores sin heridas graves, pero que se encontraban agotados por la batalla. El lugar se distinguía por la ausencia de parientes con ojos expectantes clavados en las puertas, aquí había genuina paz, un lujo extraño dentro de un hospital. El pelirrojo abrió la puerta y se apartó para que Potter pasara. El joven le dio una mirada agradecida y ordenó en tono cansado.
–Dame diez minutos con Remus, por favor. Entretanto busca a Hermione,
Kinsley Shaklebolt, Mundungus, Bill y Percy, nos reuniremos aquí para
discutir lo de Malfoy y ver qué política seguimos dentro del Ministerio.
¿Claro?
–Perfecto. –Fred fue a moverse en busca de los otros miembros de
la Orden, pero Harry lo retuvo.
–Ten cuidado Fred. No comentes nada en los pasillos, esto es...
–No te preocupes amigo, yo inventé las oreja extensibles ¿recuerdas?
Weasley se alejó con paso rápido y Potter entró a la habitación.
El local estaba decorado con blanco y azules muy pálidos. Era pequeño, pero cálido y agradable. Tomas sintió que el corazón le daba un vuelco al ver tendido en la cama a Lupin. Tenía un brazo en cabestrillo, la túnica rasgada, el pelo castaño revuelto y los mismos ojos dulces de siempre. Al verlo así, ajeno y joven, deseó saltar a sus brazos y gritarle cuánto lo extrañaba. Bendijo al pensadero solo por esa visión, que le permitía conocer al último de los Merodeadores antes de que la soledad y el desgaste de las transformaciones mensuales lo mataran, cuando él contaba diez años. Tenía dulces recuerdos de Lupin, y atesoraba en su memoria las anécdotas que sus padres le narraban sobre el licántropo y su difícil amor por Severus Snape, el adusto profesor de pociones. Lleno de envidia, vio cómo su padre se derrumbaba en los cálidos y fuertes brazos del licántropo, sus lágrimas corriendo a raudales.
–¿Qué ocurre Harry? –pero el joven no dejaba de gemir–
Lo de Draco no es tan grave.
–Remus, vengo de hablar con el sanador... es horrible, Remus... por Merlín,
mi Draco.
–Cálmate, serán felices ahora. Ya todo acabó Harry.
–No acabó... no acabará nunca...
–¿Qué manera de pensar es esa? El tiempo sana todas las
heridas.
–Él me lo dijo Remus, me lo dijo, y yo reí como un tonto.
Eso es lo que soy, un estúpido Gryffindor.
–Harry –le obligó a levantar la cara y mirarlo a los ojos–
Nada es irreparable, en especial con el amor que Malfoy y tu se tienen. Ahora
te vas a calmar y me explicarás qué te puso en ese estado.
Harry suspiró y le contó a Remus todo. El rostro del licántropo se iba endureciendo ante la descripción de los abusos a que fuera sometido el rubio. Cuando acabó de hablar, se dejó caer sobre su pecho y se ovilló como un niño pequeño. Lupin estrechó sus brazos, intentando confortarlo.
–Hay algo más, ¿no? Al entrar dijiste que él te
lo había dicho. ¿A qué te referías?
El menor dudó, se veía que le costaba seguir adelante.
–En la batalla, cuando me enfrenté a Voldemort, hubo un momento,
cuando ya estaba en el suelo y sangrante, en que empezó a reír
como loco. Decía cosas que me parecieron ilógicas en ese instante,
pero... Dijo que yo no podía ganar, que su heredero acabaría la
partida, que esto era solo una tregua. También dijo que Draco ya no me
pertenecía. En ese momento me reí de él. Nada podrá
separarme de Draco, contesté, él es un veela y soy su elegido,
ni un imperius logrará borrarme de su corazón. El se revolvió
en el suelo, su risa era estrepitosa, inhumana. Rió tan fuerte que se
ahogó en su propia sangre, luego lo decapité y reduje a cenizas,
como habíamos planeado. Me sentía ligero hasta que llegué
ante esa puerta y el sanador me dijo... ¿Entiendes?
La respuesta fue queda, dolida.
–Entiendo.
Tomas pensó que, de poder caminar, habría caído sentado en ese mismo instante. Se apartó con un empujón de la cama donde ambos magos permanecían abrazados. Eso no podía ser, era una broma, alguien había manipulado el pensadero, estaba en una pesadilla de su padre. Todas esas descabelladas ideas se agolparon en su mente y fueron desechadas a igual velocidad. Respiró en busca de serenidad, su saliva tenía el sabor de la hiel. Deseó salir de allí, y casi rompe el hechizo, pero la voz de su padre le detuvo.
–Lo peor es saber que Draco lo quiere, que quiere a esa vida sin forma
que late en su interior. Su magia está en mínimo por haber protegido
a su bebé. No puedo dañarlo Remus. Aunque sea el hijo de Riddle,
es hijo de Draco también. La maldita serpiente me ganó, me lo
ha quitado.
–Nadie pierde nada que no está dispuesto a dejar ir. –afirmó
con voz dura Lupin– ¿Vas a dejar que esto te separe de Draco? –le
obligó a levantar la cabeza– ¿Es que ya no lo amas?
–Pero... –la voz del Gryffindor era casi un balbuceo– el niño...
es el hijo de Riddle... no puedo criar al hijo Lord Voldemort, el Ministerio
le quitará ese bebé a Draco, estoy seguro... y él se morirá
de pena o perderá la razón.
–¡Casi me da vergüenza oírte! Es el hijo de Draco, de
tu esposo ¿recuerdas? Dentro de unos minutos llegarán otros miembros
de la Orden y debes decidir si te quedas con Draco, o si lo abandonarás
a su suerte. Es ahora cuando te enfrentas con Voldemort en realidad Harry Potter.
¡Ahora!
Ambos hombres quedaron en silencio, sus miradas enfrentadas, el hombre lobo estaba erguido en el lecho, sus manos sujetaban al joven por los brazos. Potter parecía al borde de sus fuerzas, su rostro estaba gris y desencajado. Poco a poco, los ojos recuperaron el brillo asesino que vieran sus enemigos en el campo de batalla. Sus labios se curvaron en una sonrisa decidida.
–Lo amo, Remus. Ningún mago demoníaco nos va a separar.
Tomas soltó el aire que había estado reteniendo y sintió que alguien le tocaba el hombro. Para su horror, descubrió a Draco a su lado, su rostro lívido y sus ojos chispeantes. Solo una palabra salió de sus labios.
–¡Vámonos!
Lo tomó del brazo y la oscuridad se adueñó de sus sentidos.
El regreso fue tan violento que casi cae de su silla. Por instinto, lanzó sus manos adelante, tratando de alcanzar el borde de la mesa de estudios. Su equilibrio era precario y sintió que el ligero mueble no lo sostendría mucho más, un rápido vistazo le reveló que su silla estaba ladeada y por eso tendía a lanzarlo. Decidió dejarse caer y arreglar las cosas desde el suelo, tomó aire y aflojó los dedos, pero nunca tocó el piso.
Unas manos delgadas y fuertes le sostuvieron por la espalda y, con un gesto que denotaba gran fuerza muscular, lo alzaron varios centímetros. Libre de cargas, la silla recuperó su posición de equilibrio, y entonces lo pusieron sobre ella de nuevo. El chico intentó girar y enfrentar a su padre, pero Draco fue más ágil y hurtó el cuerpo yendo hacia el pensadero. Lo tomó y salió sin decir una palabra.
Tomas se quedó solo en la gran estancia llena de sus viejos amigos de papel, ahora ninguno de sus arcanos secretos podría confortarlo. La biblioteca nunca le pareció más hostil y ajena. Se dirigió a su habitación y saltó a la cama. Lloró hasta que el sueño y el cansancio se apiadaron de su alma.
YO TE AMO
6
Harry Potter salió de la chimenea con un claro gesto de inquietud, a medias feliz por librarse de la insoportable recepción que el Ministerio preparara por sus cuarenta años, a medias inquieto por la repentina llamada de su esposo. Draco le había solicitado desde el fuego para pedirle que regresara, alegó no se sentía bien y le era imposible asistir a la recepción. Amparado con tal demanda, había sido fácil decir un breve discurso y desaparecer. Sin embargo, estaba seguro de que algo grave esperaba en casa. Llevaba mucho tiempo a su lado y la sutil tensión en sus finos labios era más que elocuente para él. El rubio salió de la cocina al oírle y se detuvo a unos metros, extremadamente tenso. El ojiverde decidió aclarar las cosas pronto.
–¿Qué te ocurre?
–¿A mí? Nada. El problema es Tomas.
–¿Otra vez con eso? –se apartó de las llamas y dirigió
sus pasos a la cocina– Hoy es mi cumpleaños, por favor, deja tus
temores por un día.
Draco le dedicó una mirada fría y el hombre se tensó.
–No te burles, Harry. Soy un veela, pero no un juguete. Te llamé
por una razón real, me encontré a Tomas en la biblioteca, mirando
el pensadero. Creo, creo que lo sabe.
La luz se hizo de repente en el cerebro del hombre. Miró lleno de asombro a su pareja y se lanzó escaleras arriba, sentía tras sí los pasos del esposo. Por un instante deseó increparlo por no decirle antes, pero desistió, consciente de que su primera prioridad era Tomas. Alcanzó la puerta en pocos saltos, respiró hondo, y trató de hallar dentro en su interior calma para la conversación que le esperaba.
La habitación estaba silenciosa, Tomas estaba frente a la chimenea y giró al sentir la puerta abrirse. Harry alcanzó a reconocer sorpresa en su rostro, antes de que las emociones fueran escondidas en la máscara de fría impasibilidad que aprendiera de Draco. Notó que, de la parte trasera de la silla, colgaba una abultada mochila, así que puso un hechizo para que la puerta no se abriera si no era por su mano. Luego arrastró una silla hasta quedar cerca del muchacho.
–Buenas tardes.
–Buenas tardes –pareció que el chico deseaba decir algo más.
Señaló el equipaje en su espalda.
–¿Y esa bolsa?
–Me voy –pareció dudar antes de darle más información–.
Me voy a Hogwarts.
El hombre negó lentamente y quedó a la espera. Tomas sintió que la dulzura de sus ojos era intoxicante. Se sentía tan culpable, tan arrepentido. Su voz tembló, pero halló fortaleza para usar las palabras que tenía planeadas.
–Por favor, señor Potter, déjeme ir.
–Hasta hace unas horas era, simplemente, papá.
Tomas bajó los ojos ante el leve reclamo.
–No puedo ahora que sé... –el hombre hizo un gesto de entendimiento.
–Draco me dijo que miraste el pensadero. ¿Puedo saber, qué
viste exactamente?
Tomas tragó en seco, le costaba trabajo hablar de su reciente experiencia.
–Desde que sacudiste a Pravus por burlarse de mi papá, hasta tu
conversación con Remus, cuando él te preguntó si dejarías
a Draco.
Harry resopló de asombro. Si bien creía que, eventualmente, Tomas podría saber la verdad, ninguno de los posibles escenarios que imaginó incluía tantos detalles escabrosos.
–¿Y ahora quieres irte? –el chico asintió–
¿Te parece una solución?
–¿Hay alguna otra? –puso su mano pequeña y delgada
sobre la grande del adulto– Yo no quiero que papá sufra viéndome
cada día. Déjame ir, por favor.
–No Tomas. ¡Somos tu familia!
El chico negó con expresión decidida.
–Sé quién era Riddle, tengo varios compañeros cuyas
familias desaparecieron bajo La Marca. Por su culpa, papá se quedó
sin familia, tú te quedaste sin familia. ¿Cómo puedes pedirme
que me quede?
El moreno atrapó la manita entre las suyas y acercó su cara a
la del joven.
–Porque eres mi hijo.
–¡No! Soy hijo del hombre que mató a tus padres.
–Eres mi hijo –repitió en tono amenazante el adulto–,
y mataré a quien se atreva a negarlo. –sus ojos adquirieron el
mismo brillo bélico que Tomas viera en el pensadero, cuando la guerra
y el dolor eran moneda corriente– Al principio, no, lo admito. En los
primeros meses no pude tocarte ni mirarte demasiado, pero luego te colaste en
mi corazón con tus manías para comer, tu curiosidad, tu inteligencia.
Fueron horas viéndote dormir entre las mantitas: tu piel pálida,
las piernas deformes y la respiración trabajosa. El odio que debía
sentir luchando con el cariño que se me instalaba, sin entender de sangres
o guerras. El amor no respeta ninguna de esas divisiones, aprendí mi
lección dos veces, primero con Draco, luego contigo. Eres mi hijo Tomas,
nadie cambiará eso.
El chico lo miró lleno de asombro, todos los argumentos que urdiera en sus horas de soledad se derrumbaban ante la confesión de aquel hombre tan poderoso y débil a un tiempo. Recordó que la infancia de Potter distaba mucho de haber sido feliz, para él la familia era el más caro sueño ¿y ahora le pagaba con el abandono? Intentó un último recurso.
–¿Y papá Draco? Dice que me parezco demasiado a Ya–Sabes-Quien.
El adulto lo miró con ojos cansados.
–Se llamaba Voldemort, y si, la verdad es que eres idéntico a él,
cuando tenía tu edad. ¿Sabías que cometió su primer
asesinato a los quince años? Pocos lo saben. Creo que ahora que comprendes
sus temores, podrás ser paciente, ¿no? A Draco le perturbaba sobre
todo la posibilidad de que lo supieras y lo odiaras de alguna forma por ello.
–¿Odiarlo? –se asombró profundamente ante tal idea–
Pero... ¡él no tuvo la culpa!
–No y tú tampoco, sin embargo, planeabas abandonarnos.
Tomas quedó mudo ante tal análisis. Ambas posiciones eran igual de insostenibles, en efecto, pero él había estado tan seguro de que debía huir. Se sintió terriblemente triste por Draco, acosado por el miedo a ser descubierto durante diez y seis años.
–Entiendo –comentó–. Ahora que ya no teme descubrirse.
¿Estará mejor?
–Podemos trabajar en eso, los dos ¿no? Sería un excelente
regalo de cumpleaños que me prometieras semejante ayuda.
–Pero, para no parecerme a Voldemort, tendré que saber cómo
era. ¿Te molestaría...?
–No inventes trucos para hacerme hablar de tu padre, Tomas –las
mejillas del chico se colorearon de vergüenza–. Hablando francamente,
yo lo veía en las batallas o en las sesiones de tortura. El que sabe
cómo era el día a día es Draco, pero nunca habla de esa
época. Lograr algunos comentarios al respecto, puede ser tu próximo
proyecto de espionaje –sonrió afectuoso y le acarició la
mejilla, su voz se tornó evocadora–. Te pareces tanto a Draco.
–¿De veras? Yo siempre desee parecerme a ti: ser un héroe.
–Odio ser héroe, y lo sabes. A mi me parece que en eso eres todo
un Malfoy, paciente, sutil, discreto y no te arriesgas si no hay ganancia asegurada.
Tomas rió ante semejante descripción de su carácter.
–Yo me he arriesgado sin estar seguro de nada –opinó una
voz desde la puerta de la habitación.
Padre e hijo contemplaron con asombro a Draco Malfoy. El rubio estaba apoyado en el vano de la puerta con esa estudiada dejadez que parecía natural en él. Sin embargo, pocas personas le habían visto así: con el cabello revuelto, los ojos rojos, rodeados de sombras, las manos temblorosas, apretando el picaporte como si en ello le fuera la vida. Por su rostro agotado y las arrugas de su túnica, Harry dedujo que había escuchado toda la conversación sentado en el suelo, junto a la puerta. Draco intentaba recomponer su máscara de fría tranquilidad, pero la inquietud de cómo sería recibida su intervención era evidente. Ante la ausencia de respuestas, se atrevió a dar un paso hacia el interior, hablo con una voz ronca y extrañamente sensual.
–Ahora no recuerdo ningún riesgo así, pero estoy seguro de haberlo hecho –fingió meditar al respecto–, alguna vez.
Harry se le quedó mirando asombrado, Tomas rodó en su dirección lentamente. Al ver la distancia disminuir, Draco dejó escapar un ligero quejido y dio un paso atrás. Tomas se detuvo y volteó en demanda de ayuda. Harry se levantó y fue donde su esposo, deslizó un brazo alrededor de la cintura en dulce y férreo abrazo. Tomas volvió a moverse, y esta vez Draco no pudo retroceder. Su rostro se crispó un tanto, pero Potter le besó el cuello y murmuró palabras en su oído para confortarlo. Tomas se detuvo a medio metro de sus padres. Los esposos empezaron entonces a flexionar las piernas, hasta que sus rodillas tocaron el suelo y las tres cabezas quedaron a similar altura. La respiración de Draco era trabajosa, su cuello rígido indicaba a las claras todo el esfuerzo que le costaba permanecer tan cerca de su hijo. Tomas levantó una mano para acariciar los cabellos casi blancos.
–¡No! –la voz revelaba un miedo antiquísimo, pero
Tomas no se detuvo y dejó las suaves yemas de sus dedos vagar por la
suave cabellera de su padre.
–Es nuestro Tomas ¿ves? –susurró Harry.
Draco asintió, con un brillo de sorpresa en sus ojos grises.
–¿Todavía soy tu Tomas?
Sus miradas se encontraron. Por mucho que Draco se esforzó, no descubrió
en esos ojos la furia y el odio que esperaba, en su lugar había ternura,
inteligencia, respeto y, mucho temor al rechazo.
–Tomas –alcanzó a decir–, te extrañaba.
–¡Papá! –había tanta gratitud en esa palabra–
Yo, yo también te extrañé.
