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El primer mes había pasado, Las maneras suaves de Zeo se habían mitigado, o al menos las disimulaba mejor, y aunque con él Takao hacía todo lo posible por ser amable, Rei y Max sufrían los estragos de sus arranques al expulsar la frustración reprimida.

Los enfrentamientos con Kai eran más duros, los otros diez alumnos comenzaron a temerles, alejarse sutilmente, admirarlos más intensamente, pero a mayor distancia, tanta como había entre sus técnicas avanzadas tanto en Kendo como en otro tipo de combates, y la de los demás estudiantes.

Kai comenzó a reafirmar algo de lo que ni el mismo Takao se había dado cuenta.

- Homosexual – susurró ligeramente, el encuentro había terminado en empate, había sido a solas, pelea en el Arte Marcial Estilo Libre.

Takao se había metido ya al Dojo, mientras Kai respiraba agitado, la palabra salió tan natural, que él mismo se sorprendió de decirla en voz alta, al menos su amigo, y mejor rival, no lo había escuchado

-"Su voz interna será más sabia que yo para decírselo" pensó con una ligera sonrisa, provocando que la pequeña herida se abriera, y la sangre corriera libremente- "quien iba a pensarlo, no solo fue de un chico…sino de ese muchacho… aun así no me interesa juzgarle, supongo… que me tocara seguir apoyándole"

Se sobó los músculos de los brazos, esa era su forma de brindar apoyo, permitiendo que descargara su ira, en combates limpios, justos, y equilibrados, a la vez que él conseguía el beneficio de entrenar aún más intensamente

- "Pero seguirá siendo a mi manera".

Se recargó en el árbol, dejándose derrapar hasta el suelo al instante, de cansancio.

La respiración de Takao era más dificultosa que la de Kai, Zeo estaba sentado dentro del Dojo, el piso de madera estaba tan limpio, ante la laboriosidad de Zeo por la mañana, que podía ver su reflejo en la madera.

Seguramente había observado a hurtadillas la batalla que debió ser secreta, lo supo por el tono sonrosado, la excitación en la mirada, la emoción de las manos que apretaban a puños la ropa en las rodillas.

Y lo peor no es que supiera de los constantes encuentros con Kai, y pudiera ser el soplón que enteraba al abuelo, sino ese aroma que inundaba toda la habitación, que respiraba ya todo el día aunque Zeo no estuviera presente.

Lo exaltaba, en las noches lo enloquecía, y en el día lo llenaba de una fiebre semejante a la que causa la atmósfera saturada de algún tipo de contaminante, o al menos, así lo juzgaba él.

Con cara de asco salió de la habitación, Zeo al fin, dejó de contener el aire.

-Tenemos que ayudarlo… a nuestra manera –sugirió Max, al oído del chino, cuya presencia, al igual que la de Max, había sido totalmente ignorada por Takao. Rei suspiró con resignación, negando con la cabeza.

- ¿Estas sugiriendo que le ayudemos a ser hom…- se mordió la lengua, no podía decir la palabra- a un hombre que debe seguir la línea de sangre familiar, y honrar su nombre?

- No… estoy diciendo que ayudemos a salir de problemas a un amigo- sonrió, con una sonrisa que por primera vez, a Rei no le pareció tan hueca, sino llena de ese tipo de sabiduría innata, nacida del aprecio.

-Insisto en que deberíamos conseguirle la cita con una dama- La sugerencia, ya no dicha con tanta seguridad como en días anteriores, fue tomada acertadamente por Max, como el consentimiento

-Bueno… habremos de hacer un plan para juntarles

-No se metan

La voz del capitán del equipo, casi sepulcral, tras ellos, los hizo sobresaltarse, Kai pasó detrás casi como un muerto viviente, pero disimulando el cansancio.

- Mejor le hacemos caso

- Oh vamos Rei…

-Lo apoyaremos mas quitándonos del camino.

Esta vez fue Max el que suspiró con resignación, moviendo negativamente la cabeza, y Rei se preguntó si siempre sus amigos se sentían tan pequeños y estúpidos cada vez que recibían, como él en ese instante, el movimiento. De alguna forma extraña Max maduraba, y sorprendentemente, alcanzaba y a veces rebasaba a Rei.

Pero Takao estaba harto… no perdería la guerra en contra del amor, porque, aunque no sabía que existía esa batalla, la sentía necesaria.

Se encontró con Kai en el pasillo, al pasar chocaron sus hombros, porque ninguno se quitó.

-¿Qué te pasa viejo? ¿Te golpe tanto que estas ya mal de la cabeza?

Sintió un golpe duro en el pecho, pero no lo suficiente para tirarlo o moverlo de más, miró hacia abajo, entre sus brazos tenía un par de espadas de madera, las shinai le habían golpeado también la cara, pero no lo desconcertó tanto como la actitud.

-No es para nosotros, sabes que no me gusta.

Era verdad, Kai odiaba el Kendo, si estaba ahí era porque su abuelo lo había obligado a aprender el arte japonés familiar antiguo, el Kenjutsu.

Al no considerar ninguna escuela buena, terminó mandándole a estudiar Kendo con los Kinomiya, considerándolo una buena derivación, además de que compartían el estudio de ese arte con el uso de la katana samurai; se encontró de pronto a gusto en el Dojo, con nuevos amigos como los tres que, aunque lo sacaban de sus casillas, les tomó aprecio con los años.

Sobre todo halló un rival como Takao, que como el disfrutaba de romper las reglas y se entrenaban mutuamente en distintos tipos de arte marcial cuerpo a cuerpo, y se esforzaba como nadie pesar de que cuando creciera sería dueño de la poderosa empresa Hiwatari.

Y más que nunca, Takao le agradecía que permaneciera ahí, Kai se había graduado con el hachidan, podía haberse ido cuando quisiera.

- Entrénalo, como capitán te lo ordeno- Takao elevo la ceja, no pudiendo descifrar el gesto neutro, y la mirada amatista infranqueable – entraremos al torneo en tres meses, nos hará perder, tu estúpido abuelo lo puso en la lista del equipo.

Arrojó las Shinai al suelo, pateándolas con furia. En los torneos individuales los cuatro quedaban en las finales, aunque Takao había ganado ya varias veces.

Pero esas derrotas no contaban en los torneos de equipo, siempre habían salido como los mejores, iban invictos.

Kai omitió el arrebato.

-Puedes- afirmó más que preguntó, caminando al final del pasillo, Takao desconcertado parpadeó, luego sonrió ligeramente

-Gracias Kai-susurró muy bajo, para luego continuar en su tono normal-… claro que lo haré no necesito tu confiancilla barata- le gritó solo la última palabra- y veras que ni así me haré débil, ¿por eso lo haces, no? Quieres que me distraiga del entrenamiento, ¡pero ni así dejare de darte palizas!

Kai elevo elegante la mano, sin girar el cuerpo, en forma de despedida, cuando le dio vuelta al pasillo, Takao jamás sabría de la pequeña sonrisa que se le escapó.

Ya era el segundo mes. Había mostrado como ponerse la ropa de entrenamiento, la común, la armadura o Bogu, la forma de sostener la espada, las posiciones y las técnicas básicas.

Zeo era como una esponja que absorbía cada conocimiento, al menos teórico, el práctico siempre le costaba.

Takao pensaba que aquello que le henchía de orgullo su pecho, era el saber que se estaba convirtiendo en tan excelso maestro, pero en el fondo, muy en el fondo, su subconsciente le gritaba que era por la capacidad de Zeo, no de la suya.

Pero había cosas que aún no le agradaban. Se sentía enfermo, al no reconocer las nuevas sensaciones.

Takao concibió a Zeo como jamás nadie lo había visto: Un malvado que le robaba la tranquilidad, que se había colado calladamente en su vida para hacerla imposible, y se había ganado su amistad para manejarlo a su antojo.

Se conocía a la perfección, no por la reflexión como Kai o Rei, o la búsqueda de identidad de Max, sino por el extraño y acertado instinto malsano y natural que yacía en su interior.

Espiando desde lejos, también aprendió a conocer al amor. Y conociéndose, sabía que podía conquistar ese espíritu divino con facilidad, seducirlo como había hecho con los demonios de la rebeldía. Incluso sería más fácil. Se propuso, entonces, a asesinar al amor, aunque fuese a traición.

-Ven Zeo, te mostrare como se quita el Bogu correctamente, no lo haces del todo bien- su mirada brilló tan decidida como cuando estaba en la final del torneo.

No se detendría por nada, por nadie, ni porque fuera hombre o mujer el que contuviera dentro de si a ese ínfimo diosecito que lo sacaba de sus casillas, sin que Takao supiera tan solo de su existencia. El que lo ignorase, no quería decir que no existiera.

-Los protectores de brazos, quítate primero el Kote derecho- a pesar de la orden a segunda persona, Takao mismo los retiro, acariciando la piel de las manos en el proceso, ahora el men ¿para que sirve?

-Protege cuello y rostro, la rejilla protege la cara sin impedir visión…

-Bien…aunque es una lastima, un rostro hermoso no debería de cubrirse- Antes de terminar de quitarlo, lo levantó ligeramente, evitando el choque de narices, contactó lo que para Zeo fue (y no precisamente por ser de los primeros) el mejor beso de su vida.

Abrió la boca, y Takao sintió los labios tiritando como pergamino al viento, pero ni siquiera eso le disminuyó el deseo de colar su lengua. Zeo llevó la colección de músculos linguales a masajear la invasora, con inexperiencia, pero toda la pasión que pudo impregnarle.

-La rejilla no debe tocar jamás el suelo- dijo con dificultad al separarse - Ahora el Do ¿porque es imprescindible usarlo?

- Es importante protegerse el tórax y el abdomen, si se utilizan espadas con filo, y no de bambú, sería mortal dejar de hacerlo…

-…aunque es más importante la técnica que la armadura- completó Takao el texto literal, que Zeo había aprendido de memoria.

Disminuyó la distancia con el otro cuerpo, acariciando con la yema de los dedos las partes mencionadas, causando un cosquilleo inevitable, mientras daba la indicación y retiraba la protección de la armadura, la dejó caer al suelo, metió las manos en el cinturón, para jalar y dejar impecablemente sin arrugas la ropa.

-Al final…el Tare- desamarro de la cintura, no sin antes fingir necesario acomodar los faldones que componían a la protección de la parte pélvica, acaricio por encima de esta impúdicamente, Zeo se llevo las manos a los ojos apenado, cuando la mano de Takao se restregó sobre su sexo.

Dejo deslizar la pieza de la armadura hasta el suelo, siguiendo el recorrido con las manos, se puso en cuclillas, sonrió al verlo tapándose los ojos- primero se retira el Keigoki, Zeo- mintió Takao, con el fin de que Zeo mismo se quitara la prenda del uniforme que cubria la parte de arriba- muéstrame como lo haces…

Takao se preguntó que pensaría su hermano mayor, ausente desde hace varios años, dejándole con la responsabilidad del futuro del Dojo, si en este momento le viera frente a un muchacho tembloroso, que se dejaba tomar con tanta facilidad el cinturón del pantalón –yo me encargo del Hakama- ara hacer el nudo correctamente, y volverlo a deshacer, en vez de solo dar la indicación.

Se destapó lentamente los ojos, viendo los otros rojizos, brillantes, de aquel que estaba inclinado debajo de si, y se preguntó seriamente por qué ni así podía sentirse superior, asintió con la cabeza, el encendido rubor en sus mejillas.

Terminó de deshacer el nudo del cinturón de telilla, dejando deslizar la tela del Keigoki, la blanquísima piel del tórax y abdomen al descubierto, dudo breves instantes, para dejarla caer al piso, su espalda fue cubierta por la gruesa mata de largos cabellos verdosos sueltos.

El de cabellos azulados quiso gritar, huir, decir que era una burla, que no era homosexual.

Pero había preparado tan bien sus redes, anzuelos y correas, que el pequeño perrito faldero llamado Zeo, como le considero cuando lo vio por primera vez, había caído, y con el, el latoso amor estaba siendo atrapado por su trampa.

En el Dojo, tuvo por primera vez sexo con un hombre, sin hacerle caso al muy triste amor.