Kyūketsuki

By: ANAIVIV y Mussainu

Disclaimer: Inuyasha sigue perteneciendo a Rumiko Takahashi pero la historia es de nuestra autoría. Hay una pequeña actuación de parte de Hikaru y Kaoru Hitachiin, que pertenecen a Bisco Hatori.

aaa— diálogos

aaa— pensamientos

V. Just one last dance

No se habían escuchado los más primarios ruidos de la mañana cuando ya se encontraba a paso apresurado buscando indicios, algo que les dijeras que sus sospechas solo eran eso. Sospechas.

No querían que Kagome estuviera en peligro ni que el olor que ligeramente había distinguido Inuyasha en el momento en que pisó el interior de la casa fuera la sangre de la familia de Kagome.

Evadiendo calles muy transitadas, cosa rara por ser los principios de la madrugada, llegaron hasta un callejón. Lugar al cual el olfato más sensible de Inuyasha los había guiado en el momento en que descubrió ese olor dulzón de la sangre, sangre fresca para ser exactos.

Con cara de asombro y más de una pregunta rondando su cabeza se encontraba Miroku que retrasado por haber quedado fascinado con las luces fluorescentes de un bar corría para alcanzar al grupo. —Empezar antes de que la luz nos delate es un gran acierto ya que las sombras cubrirán nuestras huellas.

—Yo estoy muy cansado. –se reprochaba el pequeño kitsune deteniéndose en una barda para sobarse las enrojecidas patas después de tanto caminar. Bien podría haber subido a los hombros de Sango, a falta del lomo de Kirara, pero su orgullo se lo impedía ya que pensaba que ya estaba demasiado grande como para seguir con esas niñerías.

Ya había sido 2 horas desde que empezó a oír quejas departe de ese molesto zorro y no iba a permitir que pasaran otro par más hasta que tomara cartas en el asunto. —Ya es suficiente Shippo, deja de quejarte de una buena vez. –Descansó su espíritu cuando grito y sacó su enfado. Casi podía jurar que pesaba menos que hacía 2 minutos. —Aparte de extraño eres un bebe.

—Baka, aquí el único extraño eres tú y además no soy ningún bebe. –no iba a permitir que un perro callejero y abandonado le viniera a decir extraño y mucho menos que menospreciara su edad. —Ya tengo 10 años.

—¿A quién crees que le dices baka, baka?

Solo habían pasado 2 días desde su emotivo reencuentro en el que se trataban como colegas y no como a enemigos y ya ahora estaban en las mismas andanzas lanzando insultos casi infantiles, por lo menos del lado de Inuyasha.

—Pues no veo a otro baka, solo a ti BAKA!

—Temee. –nudillos crujir y respiración agitada, estaba listo para darle un buen golpe como en los viejos tiempos.

Basta. ¿O es que acaso quieren que nos descubran?

—Kykio–sama tiene mucha razón. No podemos darnos el lujo de ser descubiertos porque sino como es que explicaríamos sus apariencias?

—Keh, mi apariencia no tiene nada de extraña.

—Deberías de pensar en eso Inuyasha pero no me sorprende ya que después de todo la prudencia nunca ha sido uno de tus fuertes.

—Vaya Miroku nunca pensé que hablaras de prudencia cuando tu mente es un museo a la perversión. –Ahora el nuevo blanco de su frustración era otro y había dejado de martirizar al pobre de Shippo que ahora se encontraba susurrándole algo al oído a Sango y lo más seguro es que lo estuviera acusando.

—Silencio.

—No te preocupes Kikyo, no pensaba seguir discutiendo con este monje pervertido.

—Calla. –se llevó un dedo a los labios para enfatizar su orden. Había logrado distinguir un extraño ruido, como de pasos, que se dirigían hacia donde estaban ellos. Los llamó con señas para que se resguardaran en una bodega que parecía abandonada desde hacía décadas. Una vez más los pasos se dejaron escuchar pero ahora mucho más cerca.

Pegados a la fría puerta metálica trataban de escuchar que es lo que sucedía en el exterior pero no fue necesario ya que los dueños de esos pasaos pensaban entrar en la misma bodega en la que estaban.

Se refugiaron detrás de unas pesadas cajas de madera cuando escucharon el chirrido del gastado metal seguido por los pasos de lo que parecían ser dos personas. La altura de las cajas los cubría de cualquier intruso pero de la misma forma ellos estaban completamente ciegos a lo que sucediera.

—Te lo digo Yukiko, me invitaron a la gala esta noche.

—No te creo. A esa fiesta solo va la gente importante e influyente no niñas tontas como tú.

—Pero te lo digo Yukiko, me han invitado, Tetsu me ha invitado y sabes muy bien que él es respetado en ese círculo. –exclamó una de las intrusas con cierto grado de desesperación. —Pero si no me quieres creer haya tú; pensaba invitarte pero como no me crees pues creo que iré solo con Tetsu.

—Aunque me invitaras Hikari no pensaba ir, podrían matarme por solo aparecer y apenas empiezo una nueva vida como para que me la arrebaten de nuevo. Además va a estar ella, no? No pienso arriesgarme a que me vea.

—¿La conoces?

—Iie pero si es la protegida de Akuma–sama y de Raynard–sama debe de ser alguien demasiado preciado. Por no decir poderosa.

—¿Tienes miedo, Yukiko–chan?

—Pero claro que tengo miedo. Cualquiera lo tendría teniendo en cuenta que es lo que pasó en la mansión Ueda, dicen que fue un verdadero baño de sangre.

—Pero no creo que se presente, no creo que sea lo suficientemente valiente como para hacerlo.

—Pero la carta que llegó auguraba su presencia y no creo que Akuma–sama se prestara para una broma de mal gusto.

—A mi parecer la verdad es que no debieron de mandar la carta, así solo logró poner bajo advertencia a Hakushaku–sama y bien pudo haber implementado un grupo de seguridad excelente.

—Akuma–sama siempre ha presumido de valentía y astucia así que no me sorprendería que solo lo hiciera para mostrar una vez más que a pesar de saber que habría un fuerte grupo de seguridad él puede derrotarlos.

—Querrás decir que ella puede derrotarlos.

—Ella solo le hace caso a las órdenes de Akuma–sama y Raynard­–sama así que es como si el propio Akuma hiciera el trabajo.

No había cabida para más discusión teniendo en cuenta de que era verdad. Pero en ellos quedaba colgada del aire la pregunta de quien era "Ella" a la que tanto temían y por que es que le tenían tanto miedo.

—Esta amaneciendo. –dijo Hikari con un extraño tono de voz simulando preocupación.

—Aa.

Si ellos no hubieran estado escondidos desde que esas dos mujeres entraron bien podrían haberse dado cuenta de que las dos intrusas se volvían etéreas y se desvanecían en la crepuscular luz despareciendo en una neblina que bien podría competir con la londinense y se resguardaban enanos de los rincones esperando que fuera de noche para salir de su estupor y emprender una nueva travesía bajo la guarda de la noche.

Miroku asomó su cabeza dejando ver su ya característica coleta antes de salir por completo asombrándose de que las mujeres que antes ocupaban un espacio en la misma bodega donde estaban ocultos habían desaparecido dejando tras de si solo una neblina gris que cubría el suelo haciendo una capa de aproximadamente 1 centímetro de grosor. —Eso ha sido extraño. Ellas han entrado a la bodega y se han quedado charlando pero nunca las hemos oído marcharse ya que si lo hubieran hecho habríamos oído ese horrible sonido procedente de la puerta de metal.

—¿Qué insinúas Miroku? ¿Qué han desaparecido?

—Kowai Sango–chan.

—No te preocupes Shippo, estoy segura de que han salido por otra parte o lo han hecho sin hacer ruido.

—No lo creo. –caminó unos cuantos pasos hasta llegar a la puerta tocándola. —Las pisadas solo son de nosotros y de ellas pero no veo ninguna que salga o que se dirija a otro lado.

—¿Y eso que quiere decir?

—No lo sé, no creo que puedan volar ni mucho menos.

—Dejémonos de especulaciones que no nos llevan a ningún lado. –dijo Kikyo acercándose hasta Inuyasha pasando un brazo por su cintura.

—¿Qué cree que haya sucedido, Houshi–sama?

—No lo sé pero lo que me extrañó más ha sido esa conversación que han sostenido. Parecían demasiado nerviosas, por no decir asustadas de una mujer.

—Inuyasha. –el pequeño kitsune se acercó hasta quedar junto a él. Su cara estaba completamente conmocionada y sabía que solo Inuyasha había sido capaz de saber cual era el porque de su azoramiento ya que él también lo había olido.

—Lo sé Shippo, yo también lo olí.

—¿Qué son esos secretos entre ustedes dos? Saben que el éxito de la misión depende enteramente de la confianza y de toda la información que logremos recolectar. –dijo Sango ligeramente molesta y deseando por primera vez poder tener el olfato de Inuyasha o Shippo para poder saber que es lo que sucedía.

—Anō. –Shippo miró preocupado a Inuyasha esperando la aprobación de compartir esa delicada información con el resto del grupo. Pasaron unos cuantos segundos de indecisión antes de recibir una afirmativa de parte del hanyou. —Ellas apestaban a sangre, fresca.

—¿Qué es lo que quieres decir Shippo–chan?

Ni él mismo entendía como es que ese olor podía desprenderse de su propia esencia y lo único que pudo hacer fue mirar con duda a Inuyasha esperando que este le dijera como es que debía actuar.

—Ellas bien podrían ser kyūketsukis. –dijo aceptando esa cordial invitación de Shippo para que intercediera por él. —No solo era sus ropas las que olían a sangre sino que su propia esencia apestaba a sangre fresca.

—No puedo creerlo. –dijo Sango y enseguida adoptó una posición de ataque poniendo la mano en el mango su wakizashi. —Podrían seguir aquí, debemos de tener cuidado. Después de todo no conocemos sus movimientos.

—Keh, no creo que sean tan estúpidas como para querer enfrentarse con nosotros.

—Eso no lo sabemos y sugiero que permanezcamos aquí para ver si nuestras sospechas están fundamentadas o solo son suposiciones y si ella son lo que creemos podemos aprovechar y seguirlas para poder ir a la fiesta y si la suerte está de nuestro lado puede que encontremos a la cabeza del clan.

—El monje tiene razón. No podemos perder una oportunidad de encontrar al jefe.

Estaba de acuerdo con que perder una oportunidad así sería una estupidez pero también debían de recordar que habían ido al futuro en busca de Kagome —¿Y que es lo que pasará con Kagome? ¿Es que ya nadie la recuerda?

—Cálmate Inuyasha, alterándonos no servirá de nada. Sabes que Kagome–sama es nuestra amiga y que nunca la abandonaríamos.

—Eso no lo parece. Hablan como si encontrar a la cabeza del clan fuera lo único a lo que hemos venido. –su voz enardecida se escuchó por todos los rincones de la bodega en la que estaban.

—Encontrar el fragmento de la perla es lo único a lo que venimos Inuyasha, el encontrar a tu juguetito solo es de tu incumbencia.

—Kuso Kikyo, no sé a que viniste o si quiera el porque, pero no ayudas así que si no deseas poner de tu parte pues tendré que ir a buscarla yo solo.

—Inuyasha, Kagome es como mi hermana y lo sabes pero quiero que comprendas algo. Venimos en busca de la perla, sí pero quiero que entiendas algo. Si el fragmento de la Shikon no Tama ha sido robado por un kyūketsuki como presumimos podremos encontrar el nido en el que se esconden y estoy segura de que Kagome ya ha sentido la presencia del fragmento y lo más seguro es que o encontremos un indicio de su presencia o una pista, o en el mejor de los casos, encontrarla a ella.

Razonable. Por lo menos así le parecía a Inuyasha en ese momento.


Cortinas de seda roja, alfombra azul marino, cuadros personificando la "Divina Comedia" de Dante, muebles de pesada madera que les daba casi un toque vulgar, un dosel cuidando al prisionero de seda que se encontraba en la cama.

Las ramas del sauce cercano arañando los cristales esmerilados de los altos ventanales que dejaban ver ese espléndido jardín no eran suficiente para sacarla de sus pensamientos en los que desde hacía una hora cavilaba.

Había sido solicitada por el mismísimo conde para que asistiera a una misión de reconocimiento. No era nada extraño que Akuma la llamara para realizar ese tipo de misiones sino lo extraño es que sería en el lugar donde los Jāku. No le daban más especificaciones sobre su misión, cosa en extremo extraña. Sería en la mansión que se alzaba en el bosque con sus altas paredes coronando el firmamento pareciendo un réplica del castillo del conde Drácula que Bram Stoker describía, se reunirían ahí los personajes más importantes en el mundo en que se movía Akuma.

—No puedo creérmelo. –paso tras paso y ya había recorrido su amplia habitación hasta memorizar cada objeto que se encontraba a su paso.

—Date prisa. –altiva y demandante era esa voz que exigía sin pensar.

—Silencio.

—Vaya nunca pensé que la princesita tuviera tan mal humor.

—Lárgate Takiira, no tienes nada que hacer en mi cuarto.

—Oh, pero claro que tengo asuntos que hacer contigo, tienes que probarte ese maldito vestido antes de que Akuma regrese.

—En primer lugar no sé porque Akuma quiere que yo asista cuando tú eres la más indicada, después de todo acostarte con el enemigo es tu trabajo, ne? –escupió ácida mientras levantaba ese perfecto ejemplar de fina costura de color verde jade que había permanecido en su lugar sin ser tocado.

—Estúpida. –desde esa fatídica noche hacía ya 2 años cuando Raynard había llegado con esa mujer a la mansión ella había sentido una gran animadversión por la "nueva".

—Suficiente. –exclamaron desde la puerta que se entreabría para dar paso al hombre por el cual Takiira suspiraba. Raynard.

Sus ojos de un profundo azul cintilaron cuando vieron esa varonil figura se hacía camino dentro de la habitación que con su sola presencia lograba dominar lo que en ella hubiera. —Arigato, no pensé que nadie se atreviera a poner en su lugar a esa vulgar mujer.

—También lo decía para ti. –las amatistas seguían con la mirada la figura que el vestido dibujaba en a cama. Era casi idéntico al de… No, lo mejor sería olvidar esos detalles. —Kagome, Akuma te necesita y sabes que no le gusta esperar así que déjate de niñerías y pruébate de una buena vez el vestido para saber si es de tu talla o es que necesitamos que manden otro. –alzaba la voz solo cuando era necesario pero no necesitaba hacerlo para que sus órdenes fueran escuchadas y obedecidas.

—Hai.

—Vámonos Takiira, no creo que necesita tu asistencia para poder colocarse el vestido.

—Aa. –era de todos conocido que ella era casi como una amazona en cuanto a poder y respeto se trataba y que no se debía de tomar como una débil mujer por el solo hecho de que su cuerpo no fuera el de una persona fuerte. Había interpretado millares de veces el papel de mujer en peligro para que Sergi pudiera asestar un buen golpe contra la víctima.

Es casi como verla de nuevo. Siempre testaruda.

« Flash Back Londres, Aprox. 1800 »

—Vamos Raynard, llegaremos tarde. –dijo alegremente mientras tironeaba de su brazo para así poder lograr que por lo menos apresurara el paso un poco más.

—Espera Mariko aún tenemos tiempo. –dijo tratando de calmar a su entusiasmada novia que ahora lo jalaba con mucha más fuerza que antes.

—Pero Akuma dijo que llegáramos pronto.

—Eso lo sé pero no creo que se haya querido referir a que llegáramos con 2 horas de antelación.

Había conocido a Mariko Ajibana desde que eran pequeños. Mujer de espíritu libre, ojos grandes y corazón valiente. Siempre la había visto desde su ventana sin la esperanza de que alguna vez ella se fijara en él hasta que ella lo vio observándola; sonrió como solo ella podía hacerlo y le dijo que saliera, a traspiés bajó las escaleras que conectaban los pisos de su departamento con la calle, el rostro ardiendo y el corazón acelerado. Así fue la primera vez que la conoció de verdad.

La relación maduró con los años llevándolos a un noviazgo y pronto a un matrimonio, claro en cuanto él pudiera conseguir el dinero suficiente para poder encargarse de los gastos que una boda requería ya que Mariko no podía darse el lujo de pagarla ya que lo que su madre ganaba como costurera solo era suficiente para poder mantenerlas a ellas dos.

—Pero sabes que no me gusta llegar con prisa. –siempre empecinada, así era su Mariko y la amaba.

—Solo espero que n salgamos muy tarde, sabes que estos lugares no son para nada seguros. –volteó en todas las direcciones para poder percatarse de algún peligro que acechara desde la oscuridad.

—Prometo que regresaremos antes de que los bandidos salgan y te asusten.

—No bromees.

Aguantar la risa viendo a ese blanco rostro haciendo una mueca de desagrado que no se veía natural en esa cara que siempre portaba una sonrisa sincera. Raynard era la persona de la que estaba enamorada y eso nunca lo cambiaría por nada del mundo, ella podía alegar que había encontrado el amor verdadero junto a él. —Perdón pero ambos sabemos que no eres de los que pelea, preferirías buscarle empleo al ladrón que trate de atracarte antes de permitir que se vea involucrado en tan vil tarea.

—Supongo que es verdad.

Se colgó de ese varonil cuello quedando su nariz pegada a la barbilla. Él por lo menos le sacaba una cabeza de altura. —¿Sabías que te amo?

—No.

—Tonto. –le dio un golpe en el puente de la nariz antes de desaparecer corriendo por las callejuelas.

Empedradas se encontraban las calles que iluminadas pobremente por las farolas de candelas vacilantes que alumbraban un desvencijado letrero de astillada madera que promocionaba la nueva taberna que se había abierto junto a la vieja librería de la calle Buck's Row que se había quemado hará 10 años atrás. Ya no faltaba demasiado para llegar a su destino, la gran casa de los Iwakura que serían los auspiciantes de semejante gala.

El traqueteo de una carreta tirada por un augusto corcel pasó con trote veloz siendo fustigado por el enfurecido cochero que gritaba improperios a diestra y siniestra sin importarle quien le oyera o quien cruzara la calle en ese momento. —Malditos burgueses. –dijo mientras escupía más y más groserías pero ahora contra aquellos dos imprudentes que entorpecían su camino para recoger a la pareja de nobles que habían solicitado sus servicios hacía ya más de media hora. Si se hubiera fijado con detenimiento hubiera visto que no eran ningunos burgueses esos personajes ya que el traje del caballero se encontraba opaco y le calzaba largo teniendo que hacer ligeros ajustes en mangas y piernas y que la distinguida mujer vestía un sencillo vestido sin abalorios de ningún tipo.

—Idiota. ­–gritó a la carreta que desaparecía dando vuelta por una cerrada esquina rumbo hacía los elegantes barrios donde los ricos y prósperos vivían.

—No digas eso Mariko, después de todo nos ha llamado burgueses. –dijo bromeando mientras detenía con leve firmeza el codo de su prometida.

—No me puedo creer que reacciones de esa manera con alguien que pudo habernos matado por su prisa.

—Sus razones tendrá para tener que apresurarse.

—Increíble. Casi eres atropellado por esa bestia y casi le deseas un buen viaje. Si hubiera sido yo, le hubiera cantado bien las cosas para que la próxima vez que tenga prisa se lo piense mejor.

—Supongo que no soy una persona violenta. –se encogió de hombros y caminó escoltando a esa mujer que fulminaba con el pensamiento a ese cochero.

—Yo lo llamaría de otra manera.

—Apura el paso que ya estamos cerca y no querrás llegar tarde o si? –dijo molestando a su bella acompañante.

—Raynard, Mariko. –exclamó un hombre caminando hasta su lugar. Un fuerte pero amistoso apretón de manos entre los hombres y un tranquilo e inocente beso en la mano a la doncella. —Me alegra que estén aquí. Mariko hoy te ves esplendorosa.

—Muchas gracias por invitarnos Akuma, aunque lamento no poder parecer tan elegante como tú. –dijo Raynard tomando entre sus dedos las faldas de su traje.

—Tonterías, luces muy bien. Yo solo traigo un traje porque mi padre me ordena que lo lleve para poder causar una buena impresión a los invitados.

—Pensé que ya conocías a todos los asistentes.

—Uno nunca puede llegar a conocer a todas las personas importantes; si no es un ministro o alguien de la realeza, siempre es alguien dueño de una gran empresa. Podría morir y nunca lo lograría.

—No seas extremista Akuma. –exclamó Mariko adelantándose para poder colocar en su lugar la rosa que descansaba en el ojal de su traje. —Espero que como tus invitados podamos dar una buena impresión también, a pesar de que nuestros trajes no sean de seda.

—Tonterías y más tonterías, ese vestido es el más bello que he visto esta noche y sienta perfectamente con tus ojos. El esmeralda siempre ha sido tu aliado.

—Concuerdo con él Mariko, te lo dije cuando te vi salir con él esta tarde y lo corroboro ahora mismo. Te ves preciosa. –secundó Raynard besando delicadamente sus labios pintados de carmín. Deseaba besarla con la pasión que sentía pero no se vería muy bien estando en la calle y además, ya habría tiempo de demostrarle su amor cuando estuvieran propiamente casados.

Entrelazó ambos brazos con los que le ofrecían. —Dos galantes y apuestos caballeros halagándome, seré la envidia de todas las doncellas presentes.

—Pues que mueran de envidia y lo harán con razón ya que no habrá mujer más bella esta noche, ni las que vengan, que pueda igualarse a tu elegancia y distinción. –la vieja escuela era presente en él y sus galante modales que aún ahora conservaba,

—Basta Akuma, que me harás poner celoso. –dijo bromeando Raynard mientras que desligaba su brazo del de Mariko para pasarlo por su breve cintura acercándola más a su cuerpo.

—Créeme que nunca lo haría mi estimado amigo, no es de caballeros tomar las bellas prometidas de alguien más pero temo recordarte que no todos se rigen por esa ley implícita y que hay viles hombres que sin importar que esa mujer ya esté tomada la desean para ellos haciéndolas víctimas de sus lujuriosos pensamientos. Y también debo de recordarte que no veo ninguna argolla en este delicado dedo y eso podría ser como darles carta blanca a las personas que deseen "robar" a tu mujer.

El fresco aire aminoró su sonrojo refrescando su rostro pero aún así podía sentir el calor que su rostro producía. Miró a su derecha esperando encontrar a su prometido sonriéndole asegurándole de que nada de lo que decía Akuma era verdad pero no era así, él se encontraba pensativo mirando hacia un poco indeterminado. —Oh basta Akuma, no creo que nadie se tome las molestias de "robarme" como dices tú.

Giró su rostro dejando de encarar a su amigo para fijar esos orbes de extraño color en el rostro bonachón que presentaba su otra escucha. —Por el contrario mi muy estimada Mariko, debo de decir que si mi propio honor y la larga amistad que he entablado con Raynard no me impidieran hacer lo que los demás caballeros piensan yo mismo me tomaría las "molestias" como dices y hacerte mi compañera para toda la eternidad.

Esperaba encontrar algún indicio de que Raynard la estaba escuchando pero el permanecía estoico mirando más allá de las paredes con una seria expresión en el rostro como si tratara de descubrir el porque de su existencia. —No me hagas sonrojar con tan emperifollados halagos. Podría ser que mi prometido se molestase.

—Solo me pueden culpar de decir lo que pienso. –siempre mantenía esa frescura y desinterés en todo momento. Había veces en que su mirada inocente era encantadora pero en otras ocasiones simplemente era enervante.

Una fuerte ventisca levantó el polvo de las calles haciendo remolinos a sus pies. Eso pareció ser suficiente para que Raynard se les uniera activamente a la conversación pero cuando su voz sonó no era la misma, esta vez sonaba cargada de pesadez como cuando uno piensa demasiado en un problema agobiante. —Dejemos la charla de lado y regresemos a la fiesta. –inmediatamente se aclaró la garganta y su fiable sonrisa regresó como un viento primaveral instalándose en su rostro. —Para desenvainar mi espada de templado acero y amenazar a aquellos viles seres que deseen propasarse de la inocencia de mi futura esposa. –dicho esto pasó un brazo por su cintura acercándola más a su cuerpo.

Manos en los bolsillos y mueca de aburrimiento asintió con la cabeza Akuma. —Es verdad. El ambiente está enfriando y nuestros abrigos no son lo suficientemente protectores para cobijarnos del frío y no queremos que nuestra bella acompañante se resfríe.

—Tienes razón pero aún así cuando partamos a nuestro destino el ambiente habrá enfriado más y como has dicho, nuestros abrigos no cobijan lo suficiente.

—Olvidas el dulce favor que nos proporciona el alcohol mi querido Raynard. Con unas copas de buen whisky estarás más que preparado para cualquier crudo invierno.

—Pero tú mi estimado Akuma es el que olvida que no bebemos.

—Tonterías. Esta es una ocasión excepcionalmente especial y me sentiría absolutamente dolido si es que no brindaran conmigo esta noche.

—Tiene razón. –dijo Mariko apretando más fuerte su mano que era sostenida bajo el brazo de su acompañante. —Se vería muy mal visto que siendo una ocasión especial nos rehusemos a brindar y mucho menos cuando nuestro amigo es un invitado especial.

—Oh mi querida Mariko. –tomó una enguantada mano y la estrechó entre las suyas pero aún a pesar de que ella tenía cubiertas las manos con guantes podía sentir ese sobrenatural frío en las manos de ese hombre. —No dejaré de lamentarme por no haberte visto antes y haberte enamorado con mis encantos para que iluminaras mis noches en vela con tu presencia.

Ambos cónyuges se miraron extrañados ante ese abiertamente desplegado afecto pero no hubo tiempo de dar respuesta alguna porque una cuarta figura se les unió. Parecía que ese anciano hombre de engominado bigote blanco como su cabello se había materializado de la nada. —Akuma, aquí estás, pensé que te habías ido.

—Oh, lo lamento tanto no era mi intención preocuparte pero es que me he quedado entretenido con la plática de estas honorables personas. –extendió la cuidada mano presentando a sus invitados. —Este caballero es Raynard Erizawa, un gran amigo y excelente en las finanzas; y esta bella dama es Mariko Hori, su inteligencia es igual de comparable con su belleza.

—Un placer conocerlos, Sr. Erizawa y Srita. Hori, la prometida de mi estimado amigo Raynard. –dijo el anciano hombre estrechando fuertemente la mano de Raynard y besando la muñeca de Mariko.

—Tendrá que disculparme Sr…

—Oh, es cierto, mucho gusto soy el padre de Akuma. Nanjiro Ueda para servirles. –y con la más londinense caravana presentó sus respetos.

—Encantada Sr. Ueda pero debe de disculparme, porque ha sido mi incesante charla la que ha mantenido ocupado a mi estimado Akuma.

La cara de sorpresa en ambos caballeros fue genuina cuando la escucharon decir esas palabras. —No diga eso mi estimada señora, usted no sería nunca la culpa de ningún retraso y si así fuera, sería un retraso perdonado porque una dama siempre merece la atención de solo caballeros.

—Has sido un encanto Akuma, siempre tan galante.

—Es usted un hombre muy afortunado Sr. Erizawa por tener una mujer que además de deslumbrante belleza, es además inteligente y carismática.

—Créame Sr. Ueda, sé cuan afortunado soy y es por eso que pronto ella será mi señora.

Si antes se había sentido incómoda por tener a ambos hombres halagándola, ahora se sentía mucho peor y como iban las cosas bien podría olvidarse de la fiesta. —Basta ya de charlas que el clima enfría y los abrigos dejan de cubrir.

—Es verdad. –dijo Akuma como si recién recordara que estaban aún en espera de entrar a la gala. —Acompáñenme por aquí. –dijo estirando el brazo para que Mariko lo tomara, cosa que ella hizo sin objeción.

Y con paso seguro se dirigieron a la gloriosa entrada cuidada por dos guardias uniformados portando el escudo de la familia que auspiciaba la fiesta. El olor almizcleño que desprendían los perfumes llenaba el aire nocturno. El crujir de los pollerines y la interminable charla aguda de las mujeres presentes hacía una melodía bastante peculiar y conocida por las mujeres que se reunían en las modernas casas donde se tomaba el café por la tarde en las que se reunían a discutir los rumores que se dejaban escuchar por las empedradas calles de Londres.

Los caballeros con elegantes trajes almidonados y engominados bigotes bebían cognac y fumaban los delgados cigarros extranjeros, regalo del conde Brookmore que recién regresaba de Francia esa misma tarde y deleitaba a los presentes con las historias sobre mujeres de rozagantes pechos y jugosos labios.

—Se los digo caballeros, las mujeres francesas son una cosa que cualquier persona culta debería de conocer.

—Habla usted como todo un filántropo. –dijo el anciano Sr. Rood que sorbía con la parsimonia que le había entregado la edad, lo que le quedaba en su pequeño vaso mientras que una sonrisa socarrona jugaba en la comisura de sus labios.

—Es un hecho mi estimado que las mujeres francesas son una exquisitez.

—Sr. Brookmore le ruego que deje de tentar la carne de mi estimado amigo Raynard que pronto dejará de degustar esos placeres que tanto disfrutamos. –comentó Akuma ganándose un codazo de parte del aludido.

—Le ruego que me explique.

—Mi estimado amigo se casará pronto.

—¿Y puedo saber quien es la mujer que ha escogido? –dijo el conde peinando su bigotes.

—Aquella dama. –dijo indicando a Mariko que se encontraba charlando con una mujer que seguramente se encontraba halagando su vestido por la forma en que sonreí mientras admiraba el delicado bordado en la tela.

—Una elección bastante placentera, debo admitir.

—Gracias, creo.

—Oh no le hagas caso, Raynard. El conde es hombre de palabras más no de acciones, o no es así conde?

—Yo nunca tomaría una mujer que ya estuviera comprometida. –dijo como tantas veces lo había hecho cuando estaba tratando de desmentir infructuosamente el rumor que se había esparcido.

—Oh, si nos disculpan caballeros, debemos de salvar a la prometida de Raynard de las manos de unos diablos. –dijo mientras tomaba del brazo a su amigo llevándolo casi a trompicones hasta donde estaba Mariko que ahora estaba acompañada por un par de gemelos pelirrojos y el Sr. Ueda.

—Es usted encantadora, mire que tratar con la mujer más agria de la alta sociedad londinense.

—No debería de hablar así de la Sra. Walthan, es una dama encantadora.

—Y usted es un ángel por expresarse de manera tan encantadora de esa vieja arpía.

—Lamento interrumpir caballeros pero no creo que sea muy apropiado que un hombre casado corteje a una mujer que bien podría ser su hija. –dijo Akuma interrumpiendo una vez más una charla.

—En eso concuerdo Akuma, además nosotros no estamos comprometidos ni casados así que abre camino a la juventud. –dijo uno de los gemelos.

—¿Raynard, recuerdas cuando dije que deberías de cuidar de hombres sin escrúpulos que no les importaría tomar a una mujer a pesar de estar ésta comprometida?

—Lo recuerdo.

—Pues ellos son un ejemplo perfecto de lo que te había dicho. Los hermanos Hitachiin son bien conocidos por crear escándalos, Hikaru y Kaoru son de los que más deberías de cuidarte.

—Akuma, Akuma. ¿Cuánto es que tendremos que decirte que somos unas personas decentes que lo que menos desean es perjudicar a los demás? Y además avergonzándonos frente a la dama y mucho menos cuando ni siquiera nos hemos presentado.

—No creo que sea necesario presentarlos ya que espero no volver a verlos cerca de la señorita pero sería una descortesía de mi parte. –se aclaró la garganta antes de continuar. —Mariko, ellos son Hitachiin Hikaru, el hijo mayor. –dijo mientras que el nombrado besaba la muñeca enguantada de la mujer mientras que deslizaba su áspera lengua por encima de la tela sin ser descubierto por los demás y aprovechando el azoramiento de la mujer hincó uno de sus puntiagudos dientes en la tierna carne. —Y él es Hitachiin Kaoru, el menor. –la misma acción se repitió excepto que ésta vez los labios rozaron la tela mientras que sus dorados ojos se mantenían fijos en los de ella.

—Es un placer. –dijo tratando de contener el ligero escalofrío que amenazaba subir por su espalda.

—El placer ha sido todo nuestro y nos encantaría convidarla a nuestra casa para tomar un poco de té con pastas. –dijeron al unísono sorprendiendo a la pareja ya que Raynard estaba más que acostumbrado a esa extraña manía de los gemelos de decir las cosas al mismo tiempo, además de ciertos espectáculos que realizaban solo para poder tener el gozo de ver las caras compungidas de las ancianas mujeres.

—Me encantaría pero no tengo nana que cuide de mi reputación si es que me ven entrando en vuestra casa.

—No tiene nada de que preocuparse ya que nuestra hermana menor, Haruhi, estará presente ya que llegará el día de mañana del internado en el que se encuentra. Además nosotros no haríamos nada que pudiera perjudicar su reputación, no es así Hikaru?

—Claro que no Kaoru, no sería de caballeros aunque no me importaría pasar cierto tiempo a solas con ella.

—¿Me podrían repetir quien eran esos caballeros de los que hablaban con anterioridad? –inquirió Akuma alejando a Mariko de las garras de esa pareja de depredadores.

—Oh vamos Akuma, estoy segura de que no son tan malos como me los describes.

El anuncio de un brindis fue suficiente para que ese grupo se apaciguara y que sus cabezas giraran hacia el lugar de donde provino el ruido. Se encontraron con la altiva figura del Sr. Ueda que con la copa aún alzada sonreía orgulloso mostrando una perlada dentadura cubierta por un espeso bigote que adornaban un par de labios.

—Hermanos míos. –comenzó ganándose las sonrisas de los presentes. —Todos sabemos que estamos aquí para poder festejar el cumpleaños de mi querido hijo Akuma, no es así? –la pregunta fue contestada por el chocar de las copas en un brindis coordinado. —Todos hemos perdido a alguien en estos últimos años y ya es un logro que alguien consiga la edad que tiene mi hijo y no digamos que es un milagro que alguien llegue a mi edad. –las ligeras risas no se esperaron junto con el cuchicheo de la gente. —Así que levantemos nuestras copas para de este forma honrar a un valiente que ha sobrevivido a lo que muchos han perecido. –acto seguido las copas se alzaron sacando destellos de las luces haciendo un baile exótico en la pulida superficie del piso. —Akuma, hijo mío sube.

—¿Sabías que era su cumpleaños? –dijo Mariko apretando más fuerte el brazo que Raynard le había ofrecido.

—No, ya lo conoces, siempre quiere que todo sea un misterio.

—Les agradezco infinitamente mis compañeros por este inmerecido homenaje pero quiero darles una nueva noticia. Hoy tendremos un nuevo hermano entre nosotros. –los aplausos y voces opacaron la música que la orquesta interpretaba. —Si me disculpan debo de retirarme, saben que la iniciación es bastante complicada y larga.

Bajo del improvisado estrado dando un pequeño brinco sin mucho esfuerzo y con la misma gracia con la que había saltado, se acercó hasta Raynard. —¿Me permites a este joven por unos cuantos minutos mi estimada Mariko?

—Adelante, pero me tienes bastante sentida por no habernos dicho que era tú cumpleaños, bien podríamos haberte comprado un presente.

—Lo lamento pero de todos modos, preferiría ver una argolla en su dedo que un presente en mis manos. –y con esta sola respuesta recibió un sonrojo de parte de ambos, aunque claro que con diferentes razones del porque. —¿Vamos?

—Regreso.

—Adelante.

—Créeme querida, cuando digo que las reuniones entre hombres son cosas que las mujeres no deberíamos de saber. –dijo la mujer que el Sr. Ueda había catalogado con anterioridad, como la mujer más agria de la sociedad londinense.


—¿De que es lo que deseas hablar? Estas demasiado nervioso.

—¿Desde hace cuanto es que nos conocemos?

—Podría decirse que una vida

—¿Confías en mi?

—De que demonios hablas Akuma, con tus extrañas preguntas me pones nervioso.

Haciendo caso omiso de la alegación de Raynard continuó mientras que sus pasos aún resonaban por el pasillo empedrado por el que habían estado caminando desde hacía ya unos 5 minutos. —¿Confías en mi?

—Si. –casi se podía sentir la tensión fluir por cada uno de sus poros. El camino bordeado de las mohosas piedras de las paredes era algo espeluznante pero esas extrañas preguntas lo eran aún más. —¿Qué sucede Akuma?

Detuvieron su camino cuando quedaron frente a una puerta de madera antigua que estaba iluminada por un candelabro que se unía a la luz que desprendían las antorchas del pasillo. Estaban a unos 3 metros bajo tierra cuando se detuvieron. —¿Qué es este lugar?

—Pasa por favor.

Abrió la puerta y como tragado por la oscuridad entró. La estancia estaba exquisitamente decorada con pinturas de pintores con nombres que no podía pronunciar y con alfombras que seguramente costaban más que su propia casa. Las llamas de las antorchas era lo único que iluminaba ese cuarto lúgubre, ya que poner una chimenea en semejante lugar sería un suicidio, tanto por el humo como por las cosas que podía prenderse, y correr tres metros cuesta arriba no era cosa fácil.

—Bienvenido Sr. Erizawa, esperamos que su bienvenida sea lo menos incómoda posible. –la voz parecía haber provenido de todas partes, como si las mismas paredes hubieran cobrado vida después de siglos de ser usadas. —Akuma lo ha sugerido como nuevo hermano y tras un consenso entre los hermanos hemos decidido darle la bienvenida.

Giró su rostro a todos lados esperando dar con la fuente de es voz hasta que pudo distinguir una lúgubre figura en el final de la habitación pero no pudo descubrir si había estado invitado en la gala porque su rostro y ropas se encontraban cubiertas por una larga y pesada capa color carmín. —¿Qué… que es esto Akuma? –lástima que él ya no estaba ahí, a su lado. Pudo distinguir entre la tenue de la luz de las antorchas, que al parecer se diluía entre las paredes, que una sombra se unía a la figura de la cual creyó haber escuchado oír la voz. Debía de ser Akuma.

—Raynard Erizawa, esta noche la hermandad Komunosojo nos hemos reunido para abrirte los brazos a una nueva vida, un brillante esplendor cubierto por las sombras de nuestra madre luna. –la nueva figura había hablado, y estaba seguro de que era Akuma, su despreocupada voz siempre educada lo delataba. —Acércate.

—Demonios Akuma, que es lo que sucede? No caeré en otra de tus bromas pesadas.

—Aquí hermano no hay bromas, no cuando la preciada sangre está en juego.

¿Preciada? ¿Sangre? Eso no sonaba nada bien. Se giró sobre sus talones hasta la puerta con la esperanza de encontrarla abierta pero sus esperanzas murieron cuando la descubrió cerrada con seguro y desde fuera. Malditos fueran todos esos engendros encapuchados. —Déjame salir Akuma, no quiero estar aquí.

Con un solo y fluido movimiento de muñeca de parte de Akuma, dos figuras igualmente encapuchadas aparecieron junto a Raynard sosteniéndolo de los brazos inmovilizándolo. —No te niegues a tu destino. Si forcejeas solo lo harás más doloroso, y por dios no quiero que sufras más de lo que ya lo serás.

—¿Sufrir? ¿Destino? Tu que mierda sabes de destino. –rugió mientras que luchaba con sus fuerzas tratando de liberarse olvidando por completo sus londinenses modales pero por más que luchaba parecía que no causaba ningún efecto. Esos hombres no se movían ni un milímetro. —¿Qué… qué demonios te crees que haces? –gritó cuando vio que Akuma se retiraba la capucha dejando ver su macilento rostro y se acercaba hasta él. Sus labios estaban rojos, como si estuvieran remojados por el jugo de zarzamoras, y debajo de ellos salieron sus colmillos protuberantes.

—Sh, no quiero lastimarte. –se posicionó detrás de él acariciando su cuello con delicadeza mientras que lo olfateaba. —Pronto acabará y ya no sufrirás más. –con helados labios beso un punto cerca de su oreja haciendo que su presa temblara bajo su boca.

—Aléjate de mi.

Se giró quedando de frente a su "amigo". —No luches, te lo suplico. Si lo haces solo lograrás lastimarte más. –dicho esto acercó sus labios hasta los de él dejando un beso en ellos. Antes de esperar una reacción se dirigió a su primer sitio.

—Sangre. –estático en su lugar se mantenía. No era jugo de zarzamoras lo que había visto en esos labios, sino sangre. Viscosa y aún caliente sangre.

Poco a poco acercó su rostro al oído de él susurrando cerca de él. —Si. –segundos después su boca se encontraba buscando un punto exacto que encontró en pocos segundos, probablemente producto de la experiencia, y con paso torturante hincó sus afilados colmillos en su tierna y blanca carne. Pudo sentir como es que Raynard se negaba, que luchaba por liberarse pero los fuertes agarres de esos hombres sobre él eran suficientes para mantenerlo en su lugar. Sintió esa tibia sangre recorrer su paladar mientras acariciaba su garganta.

—Te lo suplico Akuma, detente. –la sangre perdida empezaba a hacer mella en él haciendo que sus fuerzas se escaparan bajando por la garganta del que creía era su amigo.

—Solo un poco más. –dijo acariciando con sus labios su cuello aún manteniendo los colmillos hincados.

—Hermano, creo que es suficiente. –dijo una de las figuras que sostenía al ya casi desmayado Raynard.

Abrió desmesuradamente los ojos mostrando unos rubíes que brillaban llenos de maldad. Nadie se atrevía a molestarlo mientras tomaba sus "alimentos" pero todos los presentes sabían que ese hombre era preciado por él y que si las cosas seguían así, ya no habría nada. Cuando sus colmillos ya se encontraban fuera lamió la herida capturando una gota que escurría por ese cuello amenazando con manchar la blanca camisa.

—Es hora de realizar la segunda parte de la iniciación.

—Lo sé. –levanto las mangas de su pesada capa junto con su almidonada camisa dejando ver sus blancas muñecas. Levantó la mano y con presteza rasgó la carne dejando que un manto carmesí rodara por su piel. Tomó la cabeza de Raynard y dejó que unas cuantas gotas cayeran en los labios blanquecinos. Solo un poco más y él ya sería su hermano de sangre.


Ya habían pasado dos horas desde que Akuma se llevara a Raynard y ya no podía aguantar más escuchando a la Sra. Walthan hablar de lo maravillosa que era su hija y de cuantos pretendientes tenía. Hubiera podido sonreír y asentir, si la hija en cuestión no fuera la mujer más masculina que hubiera visto, hasta podía jurar que tenía bigote.

—Lamento interrumpir. –dijo cortando de improviso una de las hazañas que su "bella y delicada" hija había realizado el verano pasado. —Mi prometido se ha ido pero me tiene preocupada y creo que lo mejor será buscarlo. Espero que perdone mi rudeza pero debo de retirarme.

—Adelante. –contesto la pomposa señora con claro disgusto. No todos los plebeyos podían disfrutar de su compañía y mucho menos escuchar una de las grandiosas historias de su hermosa, delicada y femenina hija.

Siguió el camino que los había visto tomar hasta dar con una pesada puerta de madera. Dudó por unos segundos en abrirla pero después de luchar contra su inconsciente decidió que no habría nada que pudiera lastimarla si es que Akuma y Raynard estaban ahí. Bajó los miles de escalones hasta que topó con otra puerta como la anterior pero parecía aún más vieja.

Podía escucharse la pesada respiración de alguien, debía de estar sufriendo mucho ya que no podría escucharse con facilidad por el grosor de la puerta. Abrió un poco la puerta mirando por la rendija, el cuarto estaba en tinieblas. Envalentonada abrió por completo la puerta dejándose engullir por la oscuridad. Entornó los ojos adaptándose a la oscuridad, después de unos cuantos segundos pudo distinguir en el centro de la habitación un cuerpo. Con cautela se acercó hasta él para verificar si es que estaba enfermo.

—¿Raynard?


La conciencia abandonada empezó a regresar a grandes tumbos aclarando las cosas pero todo era demasiado confuso, era como si un remolino de imágenes de su vida diera vueltas por su cerebro. —¿Pero que demonios me pasó? –dijo con voz rasposa como si su garganta estuviera recubierta de arena. Le dolía la cabeza, casi tanto como cuando tenía que discutir con Akuma cuando éste se ponía un par de copas encima. Akuma. Era verdad, él había estado con él. —¿Qué sucedió? –poco a poco las imágenes se fueron aclarando. Sangre, recordaba sangre en abundancia pero no era de él, de eso estaba seguro ya que no veía ninguna marca o dolor. Alguien había gritado, un desgarrador sonido proveniente de una mujer. —¿Ma…Mariko? –era verdad la había dejado en la fiesta. Pero entonces porque es que la recordaba con él en el cuarto? —No… no… no… —negaba efusivamente con la cabeza. Eso no podía ser verdad. En sus nuevos recuerdos se encontraba ella, él y sangre. No era una buena combinación y menos cuando no podía recordar bien lo sucedido. —¿Mariko? ¿Dónde estás? No juegues conmigo, amor. –la desesperación en su voz era más que evidente.

El silencio le contestó. Sabía que ella estaba ahí, podía sentirla. No sabía el como ni el porque pero la sentía. No muy lejos de donde estaba él había un sillón y en él estaba una figura. —¿Mariko? –se acercó trastabillando todo por culpa de sus propios pies hasta donde estaba ese sillón. —¿Estás bien amor?

—No lo hagas Raynard, no deberías de verlo. –dijo una familiar voz detrás suya.

Giró sobre sus talones encontrándose con la violácea mirada de Akuma que lo miraba desde un rincón con un cigarrillo encendido pendiendo de sus labios. —¿Akuma? No recuerdo nada. Dime, te lo imploro, que es lo que ha sucedido?

—Yo…

—No, mejor deja despertar a Mariko para que nos cuentes lo sucedido camino a casa, ya oscurece, lo presiento. –dijo no muy convencido de sus propias palabras.

—Raynard.

—Mariko, cariño. Es hora de irnos. –caminó hasta quedar frente a ella. Se veía tan pacífica con los ojos cerrados, casi angelical. —Te has quedado dormida. –se acercarla y tomarla entre sus brazos para cargarla todo el camino hasta casa pero unos fuertes brazos lo detuvieron. —¿Qué crees que haces Akuma, no ves que está dormida y si se queda aquí pescará un resfriado?

—Mírala. –dijo sin dejar de detenerlo.

Giró su rostro y ahí estaba ella, durmiendo. —Ya la vi. Ahora déjame salir.

—Mírala bien.

—Si con eso es con lo que me vas a dejar ir, lo haré. –respondió hastiado. El clima podría haber empeorado y nunca se perdonaría que su Mariko sufriera de un resfriado por su culpa. Sus ojos cerrados delicadamente, su nariz respingona, su barbilla fuerte pero a la vez femenina, todo estaba como siempre pero algo en la mirada de Akuma lo hizo volver a mirar a la mujer que descansaba entre sus brazos. Sus ojos estaban ligeramente hundidos, sus labios carecían de color, sus arreboladas mejillas estaba pálidas y su piel. Por dios, su piel estaba helada. —¿Mariko? –ella nunca le respondió y no dio señas de haberlo oído. —¿Corazón? –nada, ella seguía inerte entre sus brazos. —Vamos Mariko, deja ya de jugar. –sus brazos que descansaban en su regazo cayeron lánguidos a sus costados. Ahí es cuando se dio cuenta. —Por dios Mariko, no me dejes. ¿Acaso no ves que te necesito? No puedes abandonarme, no cuando teníamos tantos planes juntos. No cuando íbamos a casarnos. –más y más desesperada se encontraba su voz gritando con todas sus fuerzas. —No puedes irte cuando te amo tanto. –cayó al suelo de rodillas aún con ella en brazos dejando que las lágrimas que surcaban por su rostro, las primeras desde que su padre había muerto hacía ya 10 años, cayeran en la blanquecina cara de ella.

—Raynard.

—Aléjate. –gruñó apretando a su cuerpo a su prometida. —Todo ha sido tu culpa. Tú le has hecho esto.

—Te equivocas, yo ne he hecho nada. No pude. –dijo bajando el rostro ocultándolo más entre las sombras.

—¿Quién lo ha hecho entonces, maldita sea? ¿Quién la ha lastimado?

Nada podía ser más desgarrador que su dolor, tan puro. Tantos sueños se habían derrumbado esa misma noche.

—¿Por qué no dices nada? ¿Es que ella no significó nada para ti como para no vengar su muerte?

—Te equivocas. –gritó indignado. —Ella era mi amiga, la mejor. ¿Cómo te atreves a decir eso?

—Entonces habla. Dime quien ha sido el que la ha matado.

—Tú. –dijo casi en un susurro.

—Blasfemias, yo nunca la lastimaría, primero moriría si la golpeara y mucho menos la mataría. Ella es mi vida.

—No miento.

—Basta, deja de mentir.

—¿Es que no lo recuerdas?

—¿Qué demonios debería de recordar? –y con eso el torbellino de su mente se desató nuevamente dejando ver solo fragmentos de lo que él había olvidado. Hubiera dado su vida por no ver lo que había sucedido. —Yo… yo la he asesinado a sangre fría.

—Lo lamento. No pensamos que cuando despertaras ella estaría aquí. Cuando despertaras te detendríamos hasta que tomaras tu primer alimento y fuera entonces cuando calmarías tus ansias de sangre.

—Me he reído cuando suplicaba. –dijo sin hacer caso de las explicaciones que le daban.

—Raynard, yo… –dijo acercándose hasta él poniendo una mano sobre sus hombros.

—Maldito. Ha sido tu culpa. –en cuestión de segundos ya tenía a Akuma presado a la pared con una mano mientras que con la otra amenazaba con golpearlo. —Toda tu maldita culpa.

—Pégame si eso hará que tu dolor disminuya.

Sus ojos eran llamas encendidas brillando en las oscuridad y estrelló su puño, pero no contra el rostro de su amigo sino contra la pared logrando que de sus nudillos brotara sangre. Miró su mano fascinado viendo como la sangre escurría pero ese extraño entretenimiento no duró mucho ya que sus heridas cerraron con velocidad. —¿Qué… que es lo que soy?

—Un vampiro.

—Mentira.

—No.

—Maldito. –cayó de rodillas abrazándose a las piernas de ese hombre que en cuestión de segundos había cambiado su vida.


—¿Lista? –dijo cuando la vio bajar por la escalinata.

—Hai.

—Vámonos. –le tendió el brazo con la misma y fría cordialidad de siempre.

—¿A dónde es que dijiste que íbamos? –dijo cuando ambos se encontraban ya dentro del convertible negro que los llevaría.

—A la mansión Ueda.

Un acelerón en el pavimento y ya se encontraban perdidos en la oscuridad del camino solo iluminado por la luz de su automóvil.


Momento cultural:

Jāku: Grupo enemigo de Kyūketsukis.

Baka: Idiota.

Kowai: Que miedo.

Anō: Este… eh…

Wakizashi: Espada corta.

Komunosojo: Trono de Sangre.


Muchas pero muchas gracias por leer!!

Esperamos ver pronto sus reviews!!

Una cosa, promocionen nuestro fic ONEGAI!!

Ja ne

Idea original: ANAIVIV

Edición y realización de los capítulos: Mussainu