† Kyūketsuki †
By: ANAIVIV y Mussainu
Disclaimer: Inuyasha sigue perteneciendo a Rumiko Takahashi pero la historia es de nuestra autoría.
—aaa— diálogos
—aaa— pensamientos
VII. Preludio
—Mierda. –gritó por lo que debió haber sido la treceava vez en la noche. —Mierda. –ya eran catorce con esa.
—Silencio Inuyasha. No queremos que nos descubran.
—¿Qué nos descubran? ¿Quién demonios nos va a descubrir cuando no hay nada en este mísero lugar? Debimos de haberlas seguido cuando salieron y no esperar hasta que se hubieran alejado.
—No teníamos idea de que ella eran tan rápidas.
—No pongas excusas Miroku, sabes muy bien que esperar fue tu idea.
—Ya basta.
Estaban perdidos en un bosque desde hacía ya dos horas y parecía que serían muchas más las que transcurrieran antes de que pudieran salir de ese lugar o por lo menos encontrar el rastro de las dos "mujeres" a las que habían estado siguiendo. Cuando oyeron que ellas habían despertado se pusieron alertas esperando la mejor oportunidad de seguirles el rastro para que los llevaran a la mansión en las que ellos sospechaban se encontraba el fragmento de Shikon. Solo fueron pocos segundos los que pudieron seguirles el rastro ya que sus aromas se confundieron y difuminaron haciendo imposible la tarea de perseguirles.
—¿No puedes oler nada extraño Inuyasha?
—Créeme que si ya hubiera detectado algo no estaría aquí perdiendo el tiempo buscando.
—Así cómo también estando gritando injurias contra todos no sirve de nada.
—Sango tiene razón.
—Keh.
El cielo estaba empezando a vestirse de gris augurando que pronto dejaría descansar su carga sin importar quien estuviera bajo su manto. Si querían encontrar el lugar dónde se suponía que iban a encontrar el fragmento tenían que darse prisa antes de que el aroma de tierra húmeda y demás olores provocados por la lluvia empañara la principal pista que tenían. La única, mejor dicho, pista que tenían.
—¿No puede sentir ningún fragmento, Kikyo–sama? Si no podemos fiarnos del olfato de Inuyasha bien podemos confiar en sus poderes de sacerdotisa.
—¿Qué tiene de malo mi olfato?
—Nada, pero ¿Puedes asegurarme que la lluvia no podría dificultar más las cosas? –esperó a que el hanyou respondiera. Ya bien sabía que no habría una respuesta ya que le valía más el orgullo que nada. —¿Kikyo–sama?
Negó con la cabeza.
Mentía y lo sabía pero Naraku le había dicho que no debía encontrarse con él hasta que llegara el momento adecuado. Nunca había estado de parte de ningún bando y solo actuaba conforme a sus conveniencias y en ese momento Naraku era el que parecía tener el juego ganado. Después de todo es mejor ser aliado del que saliera victorioso que amigo del vencido.
—Entiendo.
—¿Y ahora que sugieres Miroku?
—Podríamos mirar alrededor para ver si es que las localizamos.
—Levantaríamos sospechas por la forma en que vestimos Houshi–sama y más siendo tantos. No conozco muy bien la época de Kagome–chan pero estoy segura de que no es muy bien visto a varios extraños rondando un bosque por la noche.
—La cantidad es el problema. –pensaba en la manera en que ese problema fuera resuelto sin levantar sospechas ya que no estaban con tiempo suficiente para ser perseguidos por una horda de personas que cargaban antorchas para quemar al monstruo de Inuyasha ya que nunca podrían linchar a una persona con su aspecto y carisma. —La única solución que encontré es que Inuyasha vaya por las copas de los árboles. Y desde ahí podrá localizar a nuestras sospechosas o por lo menos captar algún olor que nos dirija a ellas.
—Eso yo lo hubiera podido decir. –se quejó el hanyou demostrando su inconformidad mientras cruzaba los brazos por su pecho.
—¿Entonces porque no lo sugeriste antes? –contestó Shippo que se resguardaba detrás de las piernas de Sango. Ya era mayor para unas cosas pero no lo era cuando concernía recibir un golpe de parte de ése mitad bestia.
—Temee.
—Basta Inuyasha, no tienes edad de estar haciendo esos juegos. –sintió cómo la cabeza de Shippo contra sus piernas se aferraba más a ella. —Y tú Shippo, deberías de dejar de molestar a Inuyasha ya que no siempre estaré para protegerte.
—Gomen ne Sango.
—Ja.
—Inuyasha creo que mejor será que te vayas adelantando y cuando veas algo extraño nos avisas. No podemos darnos el lujo de que alguno de nosotros se separe cuando no conocemos nada acerca de la época de la señorita Kagome.
De un ágil salto llegó hasta la copa de un pino, uno de los más altos que había esperando que las hojas lo cubrieran. Lo último que quería era que una de esas uniformadas personas, a las que Kagome tanto respeto les tenía, lo detuvieran. Cerró los ojos e inhaló con fuerza esperando poder captar algo que le indicara por dónde es que esas sospechosas mujeres se encontraban.
—¿Ves algo o más bien hueles algo?
—¿Quieres guardar silencio?
Olfateó el aire. Agua, pasto, ese asqueroso aroma que despedían los monstruos de acero que transitaban por los caminos, perfumes, comida. Todo había menos lo que el estaba esperando.
—Mierda.
Decidió dar un último intento antes de darse por vencido ya que después de todo podría encontrarse con Kagome. Si tan solo pudiera decirle el porque de sus razones. Una fría gota cayó en su mejilla haciendo que sus pensamientos se alejaran de ese asunto para concentrarse en algo más molesto, la lluvia.
—Debemos darnos prisa antes de que la lluvia pueda borrar cualquier rastro.
—Vamos Inuyasha. –digo casi en un suspiro Sango. —Tengo un muy mal presentimiento.
Si quería que la única pista que tenían acerca de Kagome y de la perla no se desvaneciera con la lluvia necesitaba hacer algo y rápido. Saltó ágilmente a la rama de otro árbol que se encontraba a mayor altura del primero esperando que el aire estuviera menos contaminado y así poder descubrir el camino por el que esas mujeres habían desaparecido.
Olfateó desesperado el aire esperando poder captar algo que no hubiera podido detectar en un principio. Sentía las lágrimas de impotencia y frustración luchando por salir desvergonzadas. Giró hacia el norte esperando encontrar algo pero lamentablemente no había nada. El sentimiento de las lágrimas pugnando por salir se hacía cada vez más fuerte.
—Kuso. ¿Dónde estás Kagome?
El sonido del trueno fue tan fuerte y tan cercano que pensaron que sus pieles se verían arrancadas de sus cuerpos por la misma fuerza del sonido. El suelo tembló imperceptiblemente y entonces fue cuando lo percibió.
—Kagome. –era un sutil aroma a ella mezclado con algo que no podía identificar. Algo en ella había cambiado.
El segundo golpe del trueno lo sacó de sus cavilaciones haciendo que sus ya agudizados sentidos se pusieran alertas.
—¿Inuyasha? –inquirió Miroku desde abajo con la vana esperanza de que le escuchara pero el monótono golpeteo de las gotas sobre el suelo, el rugir del viento y la altura en la que se encontraba el hanyou hicieron que sus intentos fueran en vano.
Sangre. Estaba ligeramente dispersa en el aire pero podía identificarla cómo la de ella y no estaba muy lejos de él. ¿Por qué es que no la había sentido antes? Tal vez cómo decían: "No puedes hallar a los que no quieren ser encontrados". ¿Pero entonces porqué es que ahora ella quería ser encontrada?
No esperó a decirles que ya la había sentido, por así decirlo, puesto que no quería perder un minuto en explicarles teniendo en cuenta de que ella estaba sangrando. —Solo aguanta un poco Kagome. –dijo con certeza antes de lanzarse a su búsqueda esperando no llegar tarde.
—Maldición. –repitió hacia la nada mientras que se quitaba los pequeños fragmentos de vidrio que se habían adherido a su piel haciendo pequeñas cortadas que aún sangraban. No pudo darse el lujo de detenerse para poder curar propiamente sus heridas ya que podía sentir una presencia acercándose hasta ella. —Supongo que Akuma tenía razón después de todo. Necesito sangre para poder curarme más rápidamente, más me niego a tomarla de algún ser vivo, si no mantengo mi humanidad por lo menos aún mantendré mi moral.
—Miren lo que la lluvia nos vino a traer. –dijo una voz detrás de ella. Los arbustos se movieron siseando dejando ver a Yami que se quitaba las ramas secas de su lujoso frac. —Una sucia y traicionera rata.
—Un gusto volver a verte también. Mucho me temo que no tengo tiempo de hablar contigo. Tengo cosas más importantes que hacer.
—Además de hermosa eres graciosa. Nunca pensé que tú, de entre todos los asistentes, resultaras ser la gran asesina. Aunque no puedes culparme por no creerlo cuando las descripciones que he estado escuchando sobre ti simplemente no son para nada ciertas.
—Eso es más que verdad. –su orgullo de mujer había sido herido. —Pero estás equivocado con algo. –replicó. —Yo no tengo ese papel en la vida. Para matar debes de quitarle la vida a alguien y pues tus compañeros no lo parecían.
—Bella, graciosa e inteligente. Simplemente me sorprendes. –agregó con una mueca en los labios mientras que se acercaba más y más viendo divertido cómo ella retrocedía cada vez más. La tenía acorralada y eso le gustaba. Mucho.
—Sí, así soy yo. Maldición, ¿Por qué no deja de acercarse? Si tan solo tuviera algo con que defenderme.
—¿Acaso nos sentimos acorralados? –perversamente disfrutaba al verla temblar casi sin moverse mientras que sus pies retrocedían por cada paso que él daba hacia el frente.
—Al contrario. Me decepciona que no te hayas dado cuenta de que solo te estoy guiando al mejor lugar en el que pueda acabar con tu existencia.
—No sé que hacer ¿Temblar por esa amenaza sin fundamentos o reír por lo mismo? A mi parecer estás muerta de miedo. ¿Es que quieres que te abrace?
—Prefiero arrancarme las uñas.
—Eso puede arreglarse fácilmente.
—Bastardo.
Después de haber dado un salto imperceptible para el ojo humano estaba ahí junto a ella, sujetándole de los brazos contra la corteza de un viejo tronco. Una rodilla entre sus piernas era suficiente para separarlas a su antojo y poder reducir el espacio que los distanciaba.
Si él fuera un humano, ella podría haber sentido el calor de su cuerpo pegado al suyo en vez de sentir esa helada mano que serpenteaba por debajo de su vestido acariciando descaradamente sus muslos.
—¡Quítame tus asquerosas manos de encima antes de que vomite!. –las palabras de odio se veían rebajadas por su creciente pánico cuando sentía cómo él deslizaba su mano más arriba.
—¿Qué debería de hacer? –ponderó aún sujetándole sin ningún esfuerzo. —¿Divertirme un poco contigo antes de que lleguen los demás o tomar el crédito de ser el hombre que mató a Kagome? –estaba hablando cómo si ella no estuviera ahí frente a él. —Aunque podría divertirme y matarte después. –y por primera vez desde que iniciara su monólogo la miró con depredadores ojos.
—¡Suéltame! ¡Hazlo para que pueda matarte!
—Oh, no creo que estés en posición de amenazarme. ¿O sí? –ronroneó en su oído delineándolo con la punta de la lengua.
Le apretó los glúteos con la mano libre que tenía. Lo hacía con fuerza e indecencia, cómo si los poseyese. Respiró sonoramente en su oído y ella pudo apreciar el característico olor de la sangre en su aliento. Kagome tuvo que resistir las ganas de vomitar a pesar de que las arcadas hacían su acto de presencia.
—Prefiero morir antes de dejar que uses mi cuerpo a tu antojo. –exclamó luchando por liberarse.
—Eso también puede arreglarse y con mucha más facilidad de la que piensas. –su mano dejó su trasero sin salir de debajo de sus faldas para pasearse libremente por la cara interna de sus muslos. —Tan suaves.
Le tomó del rostro con fuerza sin importarle que sus garras rasgaran su carne dejando que cuatro delicadas líneas carmesíes rodaran por sus mejillas cayendo solemnes hasta su níveo cuello. Definitivamente ella se veía más hermosa con la sangre corriendo por su cuerpo.
Una áspera lengua recogió esos rastros con mórbida devoción. —Ríndete. –era de todos sabidos que las criaturas más débiles solo servían para alimentar al más fuerte. —Solo ríndete ante mí. Los animales más débiles sirven de alimento. Sé mi alimento.
—No somos animales.
—Tampoco humanos.
Unos helados labios presionaron con brutal fuerza. La dominación nunca fue cosa de románticos.
Forcejear y esperar que la liberara era lo único que ocupaba su mente en ese momento pero pareciera que su energía y fuerza fueran drenadas.
—Aliméntame.
Trepidante y ansiosa la mano de Yami terminó su recorrido parando en el inicio de esas pantaletas que al tacto se adivinaban de seda. Estaba completamente sorprendida cuando lo sintió acariciándola indecentemente.
—Perfecto. –aprovechó su azoramiento para introducir su lengua en esa húmeda cavidad.
La sorpresa dio paso al pánico para dar lugar complacientemente a una enceguecedora rabia. Hizo lo único que estaba en sus manos para defenderse de ese intruso. Mordió. Con fuerza. —Ja! Toma eso pervertido.
—Perra. –la soltó de inmediato para así poder cuidar de su boca después de escupir en el suelo la sangre que le había sacado con esa mordida.
—Corre y no te atrevas a mirar atrás. –gritó una vocecilla en su cabeza. No era nadie para desobedecerla. Es más, lo haría hasta con gusto.
Ya había logrado franquear unos cuantos metros hasta que una mano la detuvo con fuerza haciéndola girar sobre su eje para encarar una furiosa mirada rojiza.
No le importó que ella fuera mujer cuando la tiró en el suelo con él sobre ella cubriéndola casi por completo con su cuerpo.
—No me hubiera gustado que conocieras mi lado malo pero supongo que no me has dejado ninguna opción viable. –le desgarró la delicada tela superior del vestido que se había manchado dejando ver al descubierto sus pechos que se alzaban apuntando hacia le firmamento.
—Es una pena. Una verdadera pena.
Con fuerza y con toda la intención de lastimarla, hincó sus dientes en la piel de uno de sus senos saboreando el dulce sabor de la sangre que llenaba su boca. Poco a poco sus instintos llegaron haciendo que su mente solo pensara en alimentarse de ella.
Sangre. La única cosa que la mantenía con vida en más de una forma, escapaba de ella a raudales sin poder detenerla. Hubiera deseado poder golpearle, arrancarle los dientes de un puñetazo, arañarle el rostro pero no podía teniendo las manos sujetas sobre su cabeza. —Maldito. Suéltame.
Él no la escuchaba. No le interesaba escucharla. Estando demasiado inmerso en su tétrica tarea. No tenía ni tiempo ni ganas de poner atención a lo que esa hembra decía. Acariciaba y arañaba todo lo que estaba a su alcance.
—Ayuda. –su voz era una traslúcida sombra de lo que antes había sido un desgarrador gruñido. La fuerza y la vida huían inmisericordes. —Alguien… ayúdeme.
Se podía escuchar no muy lejos el furioso rugir de la hojarasca y en su confusa y cansada mente pensó que los demás había llegado a clamar venganza contra ella por robarles la Shikon no Tama que estaba escondida en un pequeño bolsillo de su vestido. Su destino había llegado a su fin y de una manera que ella ni siquiera se había atrevido a pensar.
—Ayuda. –su voz había desaparecido junto con las nubes que cubrían la luna. —Alguien. –el fantasma de esa oración llegó cómo un milagro.
—Nadie te escucha preciosa y si lo hicieran no te ayudarían ya que están demasiado molestos contigo. Mejor mantente callada si es que no quieres sufrir más de lo debido.
Pocas fuerzas, falta de aire en los pulmones causado por la presión que él ejercía sobre su cuerpo, pánico incrementándose, el cuerpo entumecido por el frío y el pavor. Preferiría morir a sangre fría antes de ser violada en el suelo fangoso en un claro del bosque por un macho que de seguro ya contaba con varios cientos de años en su existir.
Si iba a venir la horda de enfurecidos vampiros sedientos de SU sangre, pues que vinieran ya que ella no se iba a ir sin luchar y por Kami que ella no permitiría que su existencia se extinguiera de esa patética y denigrante manera.
—Suéltame ahora mismo. –grito con fuerzas de procedencia desconocida ya que la sangre que él le había quitado era suficiente para matar a cualquier humano.
—Parece que aún tienes fuerzas suficientes para discutir conmigo cuando deberías de estar inconsciente. Te he subestimado y me disculpo por ello.
—Vete a la mierda Yami. Prefiero morir peleando a perecer cómo un animal.
—Vaya boca que posees Kagome. Con tu rostro tan refinado y bello nunca pensé que salieran esas injurias. –sonrió antes de hincar nuevamente sus colmillos en su hombro con suficientemente fuerza para hacerla sangrar. Limpió las gotas con la boca manchando sus labios.
Un brusco movimiento de su mano logró que la cabeza de Kagome golpeara fuertemente el suelo en el preciso lugar en el que estaban las ramas de un roble. El dolor fue entumecedor dejándola ligeramente mareada y completamente indefensa ante esos avances que Yami hacía a su cuerpo.
El crujir de las hojas secas se volvió a escuchar mucho más cerca y más violentamente. El silencio nocturno fue roto por un gutural gruñido de detrás de unos arbustos de zarzamoras que ocupaban una buena parte del claro.
—Aleja tus asquerosas manos de ella. –se pudo escuchar amenazante desde detrás de los arbustos. Era cómo si el viento llevara ese sonido ya que parecía provenir de todos lados y de un solo lugar en específico.
—¿Quién demonios eres? Además, ella es mía. –dijo posesivamente mirando a todos lados esperando encontrar al dueño de esa amenaza.
Apareció erguido, orgulloso e imponente. —Ella siempre ha sido mía.
Las voces le llegaban desde lejos cómo filtradas por un potente ventilador que distorsionaba las palabras haciéndolas confusas e imprecisas. Discutían. Eso era obvio. Le interesaba saber más quienes eran a tener conocimiento del porque ya que una de las voces la reconocía pero su velada mente no le podía poner un rostro al cual identificar.
Rápido y feroz llegó hasta él dejando una estela blanca y roja. Tomándolo de la garganta lo estrelló contra la dura corteza de un árbol haciendo que un entumecedor dolor empezara a formarse e incrementarse. Ferales y animalísticos ojos rojos le miraban con la rabia impregnada profundamente en ellos.
La sed de sangre estaba presente en ambos. Ambos machos. Ambos feroces.
—¿Quién demonios eres? –inquirió Yami ocultando ese nerviosismo que ese imponente hombre le daba. —¿Por qué peleas por la presa de otros cuando bien podrías buscar la propia?
El poder que despedía era tan fuerte que podía sentirse sin tenerlo a él presente. La irradiaba por todas los poros de su ser. —Te atreviste a tocarla y la lastimaste. –dijo sombríamente apretando más y más esa garganta.
La presión, en cualquier humano, hubiera destrozado con facilidad su traquea sin embargo en su caso, un vampiro, era solo un punzante dolor que bien podría compararse con permanecer prensado debajo de una aplanadora.
Matarlo de manera rápida y precisa sería un favor para con él más no lo merecía por las injurias y penas que había hecho pasar a Kagome. Lo mejor sería una muerte torturantemente lenta y dolorosa en la que rogara morir y él por su puesto no le concedería ese favor. No hasta que él se sintiera satisfecho.
—¿Piensas matarme? ¡Ja! Ya me gustaría ver cómo alguien cómo tú, un hanyou, lo intenta.
—No me tientes a matarte que no está en mis planes… por el momento.
—Y una mierda con tus amenazas. –escupió con odio. Él también poseía garras y colmillos con los cuales pelear y no se dejaría intimidar por un bastardo.
—Cómo me encantaría matarte.
—Pues hazlo. –gritó mirándolo directamente a los ojos. —O por lo menos inténtalo. –agregó sardónicamente.
—Temee.
—Aunque si tantos problemas das por ella pues deberías de atenderla primero antes de que muera en vez de estar lanzando amenazas sin sentido a diestra y siniestra. –miró sobre el hombro de hanyou dirigiendo su mirada sobre el cuerpo que estaba tirado descuidadamente en el fangoso suelo y por lo que podía oler, no le faltaba mucho para morir. Oh, cómo le hubiera gustado haber bebido hasta su última gota.
—¿De que demonios hablas?
—Mírala por ti mismo y dime que es lo ves. ¿Es que no hueles que la muerte se acerca?
—¿Qué le hiciste?
—Yo no hice prácticamente nada. –dijo encogiéndose despreocupadamente de hombros. —Ella es tan insensata que no se preocupa de su propia salud. Un vampiro que no se alimenta, por más poderoso que sea, sucumbirá a la falta de alimento.
—¿Vampiro? –simplemente no podían hablar de la misma persona. Era verdad que Kagome olía diferente pero eso debía de ser porque ese Kyūketsuki había estado demasiado pegado a ella y le había impregnado el olor. Sí, eso debía de ser.
—Además de un asqueroso mitad bestia eres un imbécil. ¿Es que piensas que un humano puede oler así? Si no me crees mira sus uñas, sus colmillos.
—Eso… eso no es verdad. Tú le has hecho algo. Lo apuesto.
—No me importa lo que hagas pero mientras sigues aquí discutiendo conmigo sobre su existencialismo, ella muere. A mi no me interesa mucho su vida y por lo que supongo a ti te preocupa tanto que niegas la realidad.
Las señales estaban ahí. Su olor, su aura. Todo gritaba que lo que su presa decía era verdad. Kagome ya no era la misma. Ahora era una de ellos. Un vampiro. ¿Por qué demonios lo había hecho? ¿Había sido su culpa? ¿Era la forma en que ella le decía que estaba cansada de su antigua vida?
—Nosotros usamos la sangre cómo alimento y también cómo cierto tipo de bálsamo. Sin ella nuestras heridas tardan demasiado en curar. –no había problema en decir esas confidencias ya que de seguro su captor no llegaría a tiempo para salvarla, y si lo hacía poco le importaba. Bien podría aprovechar su azoramiento para escapar de esas garras que permanecían en su garganta.
Su mirada estaba perdida en ese cuerpo que respiraba irregularmente. Era verdad. TODO era verdad. Ella moría y si no hacía algo pronto el cometido de su búsqueda quedaría anulado por siempre.
—Mi oportunidad. –levantó el puño y lo encajó secamente en el estomago de su captor logrando que expulsara el aire contenido en los pulmones. Se alejó de ahí cuando vio cómo es que se doblaba del dolor tratando de recuperar el aliento.
—Mier…da. –logró decir con el poco aire recuperado. Corrió detrás de su presa. Ya habría tiempo de preocuparse por respirar.
Vio su figura cubierta por un traje de tres piezas no muy lejos de donde estaba él. Por más que le hubiera gustado verlo retorcerse del dolor no podía dejar que escapara ya que tenía que regresar con Kagome.
Desenfundó a Tessaiga y pronunció un silencioso "Kaze no Kizu" solo para no alertar a los demás que los perseguían. No se quedó a ver cómo ese cuerpo se volvía polvo que se esparcía en el viento.
Solo hubieron dos infortunados más que murieron bajo sus garras esa noche. Habían tenido la pésima suerte de encontrarse con él y además habían tenido la estúpida idea de enfrentarlo.
—¿Kagome te encuentras bien? –la tomó con delicadeza entre sus brazos evitando producirle el menor dolor posible. Esa noche debió de haber sido un infierno para ella y no quería que empeorara.
El silencio sepulcral continuó ininterrumpidamente.
—Contesta. –ordenó.
La piel de Kagome se mimetizaba con el haori blanco de Inuyasha ya que él había usado su prenda de rata de fuego para cubrirle su parcial desnudez. Suprimió un escalofrió que amenazaba con nacer en él cuando su piel caliente hizo contacto con Kagome cuya temperatura estaba por debajo de lo normal. No quería perderla. No iba a perderla. No otra vez.
—Respóndeme en este instante mujer. –se estaba enfureciendo con ella ya que simplemente permanecía en silencio.
Si lo que ese vampiro había dicho era cierto lo que ella necesitaba, y con urgencia, era sangre. Ya podría preguntarle sus razones del por que se había convertido en algo así cuando estuviera seguro de que su vida no corría peligro.
Si sangre necesita, sangre tendría. La suya era la única disponible además de que no dejaría que nadie se atreviera a hacer cosa tan íntima con ella. De un preciso corte en su muñeca brotó un riachuelo de espesa, roja y tibia sangre. Acercó su herida a esos pálidos labios entreabriéndolos para que la tarea se hiciera menos dificultosa.
En un principio solo la mantuvo en su lugar dejando que las gotas cayeran entre sus labios sin sentir ningún tipo de respuesta. Sin embargo a los pocos segundos de emprendida esa espeluznante tarea pudo sentir una leve succión.
—¿Kagome?
Sus ojos aún permanecían cerrados pero el calor corporal había aumentado pudiéndose comparar con el de él. Permanecieron en respetuoso silencio él con la espalda recargada en un gastado tronco y ella con la cabeza reposando en sus muslos. Su respiración ya era por lo menos regular.
La hojarasca que chocaba furiosa anunció que sus perseguidores se acercaban y que en cualquier momento estarían bajo su merced. No podía moverse mucho si es que no quería lastimarla y además del hecho de que ella aún seguía con su tierna boquita pegada a su muñeca. Era casi imposible atacar a sus agresores sin dejar a Kagome desprotegida. Si tan solo ella pudiera despertar.
—Lo lamento pero debemos de huir.
La estrechó contra su pecho y huyó con ella en brazos esperando encontrar un lugar en el que pudiera cuidar de sus heridas y aún mantenerse protegidos. Alguien de esos caprichosos dioses estaba de muy buen humor ya que la respuesta se presentó ante sus ojos cómo una casa humilde que debía de ser el hogar del mayodormo.
—Perfecto. –apretó el paso y con una sola patada ya se encontraban dentro de ese lugar. Se sorprendió de lo frío que su interior se encontraba pero debía de ser por la tormenta que se había desatado.
No era demasiado espaciosa ni lujosa y para lo que necesitaban era simplemente perfecta. No necesita de esos sillones raídos ni de esa cocineta. Solo quería una caliente cama para poder arroparla en ella. Además de que el Sengoku no se hacía famoso por su gran comodidad y lujos.
En la segunda habitación que abrió encontró una mullida cama cubierta por un esponjoso cobertor lo suficientemente amplia para que ellos dos cupieran cómodamente en ella. La cubrió con las mantas hasta la barbilla.
—Frío. –balbuceó entre el sueño y la consciencia. Se encogió en las sábanas esperando lograr encontrar ese ansiado calor.
Tiró de cajones, mesas, repisas y todo en lo que pudiera haber un cobertor o algo con que arroparla pero parecía que el cobertor con el que estaba era el único que realizaba esa función. La vio tiritar por el rabillo del ojo.
—Tengo frío, mamá.
Se quitó el haori blanco pero estaba empapado y simplemente lograría que ella se enfriara más. Hizo lo primero que se le ocurrió y se metió con ella debajo de las mantas. Por lo menos había dejado de temblar.
Sentía frío. Intenso y entumecedor frío. Ese que hace que los huesos se quejen. Sentía sus ropas húmedas y desgraciadamente no podía recordar porque es que estaba mojada.
Un extraño calor empezó a llegarle e instintivamente se arrimó hacia donde provenía esa fuente de tibieza. Se sentía tan bien estar tan cerca de ese calor.
Tragó saliva nervioso cuando la sintió acurrucarse junto a él. La cercanía no era algo a lo que estaba acostumbrado y mucho menos cuando la mujer por la cual tenía fuertes sentimientos se acostaba a su lado y que además se encontraba medio desnuda. La prenda de las ratas de fuego se había deslizado por su hombro derecho mostrando blanca y tersa carne e incluso el principio de uno de sus senos.
—¿Ka… Kagome? –simplemente genial, ahora su voz sonaba pastosa y pesada. —¿Kagome estás despierta?
Las cosas no mejoraron cuando ella descansó su cabeza en el hueco que se hacía entre la cabeza y el cuello. Labios trémulos y tibios se posaron sobre su cuello moviéndose cadenciosamente sobre el lugar en donde estaba su pulso. Ahora ciertamente dudaba que ella estuviera dormida ya que esas "cosas" no las hacía ningún sonámbulo. Tal vez ese era su castigo por dejarla ya hace unos cuantos años. Tal vez ella quería que viera lo que se estaba perdiendo. Y por cómo iban las cosas ya se estaba arrepintiendo.
El frío había cesado por la gracia de Kami. A sus oídos llegaba el sonido de la lluvia chocando contra los cristales cuando poco a poco fue dándose cuenta de sus alrededores. La almohada de su cama estaba extrañamente dura y se movía, probablemente Puyo estaba jalándola de un lado. Amodorrada se acomodó en la almohada disfrutando de su olor, era cómo estar en el bosque nuevamente.
Cuanto más sentido adquiría más raras las cosas le parecían. Por más que Puyo halara su almohada ésta simplemente no podía levantarse y bajar de nuevo, así cómo tampoco olía a bosque. Algo era extraño sin embargo no podía puntualizar que era eso.
—¿Estás despierta?
A pesar de tener la mente aún en estado de sueño un cojín que hablara simplemente no podía ser verdad. Pesadamente entreabrió los ojos para poder presenciar el fenómeno de una almohada parlanchina.
—Al fin despertaste. –le dijo en tono rudo su "almohada".
Sobre lo que ella había estado dormitando no era un cojín ni mucho menos la cama sino que era el pecho de alguien.
Un hombre.
Un hombre con el torso desnudo.
Inuyasha.
Inuyasha tendido en la cama junto a ella.
Inuyasha tendido en la cama junto a ella con el torso desnudo.
Ella había dormido en el torso desnudo de Inuyasha.
Mierda.
—¿Qué demonios haces aquí? –gritó con fuerza levantándose de un salto cuando su mente por fin había registrado los sucesos. —¿Dónde está ese maldito de Yami? –agregó enfurecida mirando a ambos lados cómo si esperara un ataque desde cualquier flanco.
—Cállate si es que no quieres que nos descubran. –le puso la mano encima de su boca para evitar que siguiera gritando. —¿Y quién demonios es Yami? –oh, los celos parecían no haberse reducido en los años.
—Suéltame. –alcanzó a decir con dificultad teniendo aún sobre sus labios esa callosa y pesada mano. Ya había tenido que aguantar suficiente machismo de parte de un muchacho cómo para además tener que soportar la posesividad y celos de Inuyasha cuando no tenía ningún derecho para con ella. Si quería hacer sus escenas de celos pues que los hiciera con Kikyo.
—Mierda Kagome. ¿Quieres que nos encuentren?
—Prefiero encontrarme con el mismo diablo a estar contigo.
—Deja de decir sandeces Kagome.
—Yo digo lo que quiera ya que prácticamente me has secuestrado.
—¿Secuestrado? Pero si te he salvado.
Habían quedado olvidados los años de abandono cuando rememoraron esas infantiles peleas en las que los dos lo hacían solo por la diversión de sacar de quicio al otro a pesar de que nadie tuviera una victoria definitiva más que el gusto de saber que sus cometidos se habían cumplido. Era casi cómo volver a tener 15 años.
—Ja. –estaba feliz de verlo, eso no lo podía evitar a pesar de ese tranquilo y silencioso dolor que crecía en su interior cerca de su corazón. —Yo hubiera podido hacerlo por mí misma. Ya no soy tan débil cómo pensabas. –en el momento en que esas palabras escaparon de sus labios se arrepintió. Ahora vendría la marea de incómodas preguntas sobre el porqué de su nueva condición ya que no creía que a Inuyasha se le pasara por alto el nuevo olor que ella despedía.
—Kagome yo… –dijo tentativamente acercándose a ella tratando de estrecharla entre sus brazos sin importarle que ambos tuvieran el torso desnudo. Ya habría tiempo para preocuparse por el pudor.
—No. –le impidió cualquier avance con la mano sin embargo hubiera sido suficiente usar ese gélido tono para hacerlo para en seco.
—¿Por qué lo hiciste? ¿En que demonios pensabas cuando te convertiste en… en… eso?
La antigua felicidad que sentía se convirtió rápidamente en una furia y odio hacia él por no entender que no había sido su decisión y que si le hubieran dado a escoger la muerte a esa existencia tan precaria pues hubiera gritado a los 4 vientos que la muerte le parecía la cosa menos denigrante. —¿Cómo te atreves? –no era necesario que levantara la voz para que se pudiera sentir su voz cargada de odio. —¿Cómo osas siquiera venir a pedirme cuentas? ¡A mí!
—Tengo el derecho que quiera. –gritó acalorado acercándose a ella de tan solo 2 pasos.
Instintivamente ella dio los mismos pasos hacia atrás. Uno hacia delante y una respuesta hacia atrás. Siguieron así hasta que ella sintió la fría madera hacer contacto con su espalda desnuda dándose cuenta de que la prenda de la rata de fuego, que anteriormente portaba, se había deslizado quedando hecha una montañita a sus pies. Estaba desnuda e indefensa.
—Ahora me contestas de una buena vez. –su voz sonaba pesada y autoritaria.
Nunca lo había visto así. Estaba furioso, o por lo menos eso parecía con un destello rojizo en sus pupilas doradas que se contraían por tiempos. Toda su persona exudaba poder y autoridad solo esperando que ella lo desafiara para dejarla salie. Estaban tan cerca que podían sentir el calor de sus cuerpos que furiosos desprendían. El ambiente se hizo pesado cómo cuando dos animales se encuentran y se preparan para librar la batalla de sus vidas.
—¿No tienes una inteligente contestación que hacer? –contestó con sorna mirándola. Estaba a punto de perder el control. Ella olía a fuerza y eso, por mucho que le disgustara, le excitaba. Quería hacerla rabiar para poder sentir su aura poderosa.
—Vete a la mierda Inuyasha. –no dejaría intimidarse. Bastantes cosas más peligrosas había enfrentado cómo para doblegarse ante unas cuantas amenazas. —No quiero volver a verte en mi vida.
Olfateó el aire delicadamente. —Tu cuerpo no me dice eso. –respondió gutural y sensualmente acercándose más. Mantuvo su mirada en esos labios lustrosos temeroso de ver más abajo a sabiendas de que sucumbiría y no podía permitirse pasar una oportunidad de ver a Kagome así. Tan seria. Tan sensual.
—No te atrevas a analizarme con el olfato Inuyasha y lo que mi cuerpo diga o deje de decir no tiene nada que ver contigo así que lárgate de una buena vez para que pueda regresar a mi feliz vida. ¿Feliz? Si claro.
Con insolencia olfateó su cuello cerrando los ojos para poder captar mejor su aroma tan nuevo. —Hueles diferente. Más excitante.
—Te lo estoy advirtiendo Inuyasha. –hundió sus afiladas uñas en esos fornidos brazos logrando que delgadas líneas recorrieran su extensión. —No deseo pelear contigo.
—Yo también poseo garras y llevó mucho más tiempo con ellas del que te puedas imaginar y sé cómo usarlas. –haciendo valer su punto dejo que su dedo índice viajara por el largo del brazo de Kagome sensualmente. Nunca perdió el contacto visual.
—¿Qué te sucede? Actúas cómo un animal.
—Ambos lo somos Kagome. Somos animales.
—Suenas cómo ese imbécil de Yami.
¿Entonces el idiota que había tratado de propasarse con Kagome era Yami? Maldijo por lo bajo deseando haber hecho su sufrimiento aún mayor ya que ella ahora lo comparaba con él.
—¿Qué te sucedió Kagome? ¿Por qué cambiaste?
—Oh solo estaba bastante aburrida de mi cotidiana vida y decidí unirme a una horda de vampiros que se dedica a quitarles, literalmente, la vida a las personas con las que se encuentran en su camino.
—No estoy para bromas, Kagome. –respondió a esa respuesta sarcástica cargada a la vez de veneno.
—Preocúpate de tus cosas Inuyasha y a mí déjame de una buena vez. Ya has causado demasiado daño, ¿No crees?
—¿Por qué no quieres entender que me importas? ¿Es que el cerebro se te ha deshecho con tanto estudio cómo te predije? La verdad es que no me sorprende.
—Pues no parecías muy preocupado por mí ni por mi bienestar cuando me dijiste que me marchara. –bien. Lo había dicho. Lo había sacado de su sistema y ahora se sentía más liviana.
—Eso fue diferente. –se defendió con fiereza ante esas acusaciones. Ella no podía culparlo por algo que no tenía pleno conocimiento. —No sabes lo penoso que fue para mí alejarte.
—Pobre de Inuyasha. –alegó con ironía mientras que le extendía los manos cómo para confortarlo. —Debiste de haber sufrido horrible al tener que quedarte con la "mujer" que amabas y decirme a mí, el repuesto si es que ella se negaba, que ya no me necesitabas. ¿Quieres que te tome en mis brazos y que puedas llorar? –Esas mismas manos que antes le ofrecieron reconfortarlo le abofetearon el rostro con todo el odio y dolor que le había estado guardando.
—No me insultes Kagome. –el amor propio era algo que le estaba doliendo en ese momento. Verla ahí tan furiosa ya no era algo que le agradara. —No interpretas las cosas para que se acomoden a lo que quieres que sean.
—Te equivocas Inuyasha, yo no estoy acomodando nada. –agregó ya con los ánimos calmados sin embargo sus ojos aún tenía ese maléfico brillo en ellos. —Yo solo te estoy relatando las cosas desde un punto objetivo.
—Y una mierda.
—Sí, y una mierda.
—Actúas cómo si supieras todo lo que pasaba por mi mente. –había dicho esto más para sí mismo que cómo una forma de ataque verbal en esa lucha que habían mantenido desde un principio.
—Y lo sé.
—¿Ah sí? Dime que es lo que pasaba por mi mente en ese momento Srita. Pitonisa.
—Una palabra demasiado grande para tu vocabulario Inuyasha. –contestó mordaz. Se mordió la lengua para no soltar las lágrimas que pugnaban furiosas por salir.
—Las personas cambian Kagome.
—En efecto, las personas cambian. –su voz sonó triste y melancólica, cómo si esas palabras fueran pronunciadas por una persona que había presenciado demasiado dolor en la vida. Y probablemente ella ya lo había hecho.
—No has contestado mi pregunta. ¿Qué es lo que pensaba?
—Que por fin serías feliz con la mujer que amabas. –luchó con fuerza el sollozo que quería salir de su cansada garganta.
El cielo se negaba a dejar de descargar su carga. El aire, la temporada, las ventanas a medio cerrar, la lluvia. Todos los factores externos e internos se obstinaban en hacer la estancia se enfriara más y más. Tiritó muy a su pesar al tener el torso desnudo, cubierto solo por los brazos, y los restos de su hermoso vestido de seda mojados.
—Estás helada.
—Y eso a ti que te importa.
—Maldición Kagome, no seas tan terca y entiende.
—¿Qué quieres que entienda?
Las palabras nunca habían sido su fuerte ni mucho menos cuando tenía que decir que es lo que por su mente pasaba. Las acciones decían más que las palabras, o por lo menos eso decían, así que actuó cómo pensó que ella comprendería mejor.
La acorraló contra la pared tomándole fuertemente de las muñecas aprisionándolas a sus costados para que no hiciera algo cómo rasguñarlo o golpearlo, la miró una última vez con la decisión pintada en sus dorados ojos.
—¿Qué demo… mnh.
Con fuerza casi inhumana esos labios secos y duros se habían posado sobre los de ella forzando a que su cabeza pegara contra la pared en la que estaba recargada. Le dolió el golpe haciendo que su vista se nublara un poco sin embargo su mente seguía lúcida y podía darse cuenta de la situación en la que se encontraba. En cuanto la negrura desapareciera de su visión ya vería Inuyasha cómo es que ella reaccionaría por haberla besado.
—¿Qué…crees…que…haces? –alcanzó a vocalizar aún con sus labios presionados bajo los de él.
No le respondió sino que solo se dedicó a mirarla a los ojos mientras que con delicadeza, que contrastaba enormemente con la fuerza ejercida, masajeaba sus labios con los de ella preguntándose cómo es que había pasado tanto tiempo sin ella.
Pensaba que después de tiempo, que esperaba fuera breve, ella se calmaría y se dejaría llevar por las sensaciones del beso. Después de unos cuantos segundos más de lucha supo que ella no pensaba hacer lo que él tenía pensado y decidió alejar su enrojecido rostro de ella mientras que respiraba dificultosamente y con sus manos sujetas a los costados.
—Tienes que arruinar el momento siempre Kagome.
—¿Momento? ¿De que me hablas? Me besaste por la fuerza además de que me golpeé la cabeza con la pared.
—Fue un accidente.
—¿Qué? ¿El besarme o el golpe?
—Pero claro que el golpe. Solo fue una consecuencia desafortunada.
—¿Por qué me besaste?
—Esperaba que entendieras.
—¿Entender que? Tus oraciones sin sentido me están casando.
—Te lo digo y me dices que no, te beso y no me crees. ¿Cómo es que quieres que te lo haga entender? ¿A golpes y arañazos?
—¿Por qué no intentas con expresiones más simples? Desde que llegaste no has hecho más que gritarme y gritarme.
—¿Quieres palabras simples? ¿Qué te parecen éstas? –suspiró fuertemente llenándose de valor y paciencia. Más paciencia que nada. —Te extrañé demasiado.
—Bonita forma de hacérmelo notar, pegándome contra la pared.
—Déjame terminar.
—Adelante.
—Te extrañé demasiado y… Dios esto es muy difícil, si no fueras una mujer tonta y necia las cosas sería más fáciles.
—Pues si soy una mujer tonta y necia puedes irte… Otra vez.
—¿Lo ves? Saltando a las conclusiones.
—Perdóname pe…
Una vez más sus labios fueron asaltados por los de ese hanyou pero ésta vez había más delicadeza en su toque y el que sus manos estuvieran en sus mejillas sujetándolas en vez de en sus muñecas solo lo hacía más… íntimo. Él había mantenido los ojos fijos en los de ella. Casi le imploraba que le creyera.
—¿Ya lo comprendes? –pronunció roncamente cuando despegó sus labios, no demasiado cómo para que cuando hablara no los rozara. —Te quiero.
Se encontraba genuinamente aturdida ante ese despliegue de audacia y coraje de parte de Inuyasha. Él, que siempre se negaba a admitir la derrota, le había confesado que la quería. Lo había presentido por esos constantes, y casi hasta enfermizos, celos que sentía sobre ella cuando Kouga, o cualquier espécimen del sexo masculino, se le acercaba pero una cosa muy diferente era que esas palabras salieran de sus propios labios.
—¿Me… me quieres? –la furia ya había quedado borrada. Sentía la cabeza ligera. Tembló una vez más y esta vez no había sido por el frío.
—Baka. –le reprendió casi con ternura. —Es lo que vengo tratando de decirte desde que te rescate.
—Gracias.
—¿Qué?
—Por rescatarme quiero decir.
—Oh.
—¿No quieres saber porque soy lo que soy?
—Te conozco demasiado cómo para saber que no te puedo sacar una respuesta aún usando la fuerza y si quieres decirme lo harás y te escucharé. No puedo obligarte.
Dejó que el ambiente la inspirara para comenzar una vez más esa historia. Caminó hasta la cama sentándose en la orilla entrelazando las manos una y otra vez mientras que sus pies jugaban casi infantilmente en el suelo. Él la acompañó y se sentó junto a ella escuchando atentamente esa trágica historia viendo cómo las gotas seguían estrellándose contra los ventanales.
—…y podría decirse que ese día morí en más de una forma. –terminó con la monotonía y sencillez cómo si solo le hubiera cómo es que había estado su día.
Sabía que las palabras de consuelo y amor no servían para sanar heridas así que solo permanecieron en silencio unos cuantos segundos. Él desenredándole el pelo y ella dejándose querer.
—¿No vas a regañar por ser tan débil y tonta? –preguntó sin malicia en la voz. Estaba demasiado cansada para discutir.
—¿Tan bajo piensas de mí?
—Costumbre supongo.
—Es una pena.
Un relámpago iluminó la estancia. Ella tembló nuevamente de frío. Él la miró perplejo cómo recién dándose cuenta de ella. Un nuevo relámpago los iluminó y él ya estaba sobre ella cubriéndola casi por completo con su cuerpo.
—¿Qué crees que haces?
Tenía en la mirada el fulgor predatorio de un animal de caza. No la miraba a los ojos sino a sus senos que se levantaban agitadamente al compás de su respiración. Los sentía presionándose contra su torso desnudo con cada inhalación y exhalación. Sus movimientos eran casi hipnotizantes.
—Inuyasha levántate. –ordenó sintiéndose ultrajada por la forma lujuriosa en que el la miraba.
—No. –respondió escuetamente sin dejar de mirar embelezado esas dos protuberancias que se alzaban orgullosas.
—LE-VÁN-TA-TE.
—No.
—¿Inuyasha?
—¿Si?.
Simples y llanos monosílabos salían de esos labios.
—Te odio. –su voz no decía lo mismo. Se sentía encantada de tenerlo ahí. Tan suyo.
—Lo sé.
Y a pesar de esas palabras le sonrió ampliamente permaneciendo sobre ella en la cama.
La tormenta, truenos y relámpagos dejaron de importar.
—¿Inuyasha te podrías levantar?
—No.
Bajó la cabeza dejando que sus propios cabellos cubrieran esos pedacitos de noche que estaban desparramados descuidadamente en la almohada. Cerró los ojos y le lamió la comisura de los labios.
—¿Por qué fue eso? –preguntó realmente sorprendida y ligeramente, por decir menos, excitada.
—Porque se me antojo.
—No puedes hacer las cosas que se te antojen.
Descendió nuevamente. Su objetivo ya no eran sus labios sino su cuello, blanco y virginal. Notó muy a su pesar dos pequeñas marcas unos 3 centímetros debajo de su oreja. Enterró el rostro entre ese mar de hebras azabaches y aspiró contento su aroma. Lilas. Ella siempre olía a lilas.
—¿Kagome?
—¿Sí?
—Te deseo.
—Lo sé.
Ese solo era el preludio de una de las cosas que ambos habían esperado por demasiado tiempo.
El preludio de una gran alegría y una inmensa tristeza.
Siempre debe de haber algo que equilibre las cosas.
Momento Cultural:
Temee: Bastardo.
Gomen ne: Perdón.
Pitonisa: Adivinadora, vidente.
Idea principal: ANAIVIV
Realización y Edición: Mussainu
Más de un debe de estar queriendo lincharme ahora por dejar este capítulo en una parte tan ehem… interesante… pero quiero que sepan que este capítulo es demasiado largo cómo para hacerlo más con una escena lemon además que de esa manera me aseguro que seguirán leyendo (jojojo).
Lo que sí les puedo decir es que el siguiente capítulo contiene lemon (perdón por hacerlos esperar) y que para aquellas personas que están familiarizados con mi trabajo pues digamos que nos los decepcionaré.
Muchas pero muchas gracias por leer y además por dejar Reviews!
Una cosa más, promocionen el fic, ONEGAI!!
Un beso enorme de parte de Mussainu y muchas gracias por sus opiniones.
Espero ver sus reviews en mi fic de Ranma.
Carmen: Primero que nada, Gracias por leer! Segundo, puedes ingresar en mi perfil dando click en mi nik o en esta dirección: http: /www. fanfiction. net/ mussainu (quita los espacios) o también puedes ver el fic de Ranma en esta dirección: http: /www. fanfiction. net/s/4287987/1/PorFavorNoDigasAdios (omite los espacios). Muchas gracias por estar al pendiente.
