Doble Cara

Los gemelos eran terriblemente problemáticos. De hecho Kyouya estaba seguro que Tamaki jamás lograría el reto que se había propuesto. Idiota, no podrás diferenciarlos jamás. Ellos son una aleación, una amalgama perfecta, se decía al ver los intentos fallidos del rubio día tras día. Sin embargo algo tenía que reconocer de Tamaki, el bastardo era encantador, decidido y gloriosamente testarudo. Durante varios días se encargó de secuestrar a Hani del Club de Judo – literalmente – para llevarlo al Tercer Salón de Música. Allí empezó a hacer una labor de convencimiento exhaustiva para meterlo de lleno en el naciente Host Club, que iniciaría sus funciones de forma oficial hasta el siguiente ciclo escolar. ¿De dónde diablos sacaba tanta energía? Tamaki era indulgente con Mitsukuni, lo llenaba de peluches, conejitos, chocolates y pasteles… incluso en ocasiones tocaba el piano para él mientras le decía todas las cosas buenas de la vida que se estaba perdiendo por ser tan rígido consigo mismo.

Fue en ésa ocasión en que hizo contacto visual directo con el estoico Morinozuka. El sol se ocultaba y la escuela lucía vacía. Sin embargo, en las paredes de la lujosa institución rebotaba, en un eco sensual y fantasmagórico las inconfundibles notas de Für Elise… si algo le encantaba a cuatroojos era escuchar a su amigo tocar el piano de aquella manera. Las comisuras de sus labios se levantaron un poco y Kyouya cerró los ojos para escuchar con atención mientras seguía el sonido por el pasillo para llegar al salón de música.

Dio la vuelta en una esquina y la puerta que estaba en el otro extremo delante de él se abrió. El altísimo primo de Mitsukuni senpai salió caminando fuera de la habitación hacia él. Mori se desabrochó el blazer azul y se aflojó la corbata en tanto se acercaba a Kyouya. Se miraron un instante breve, la música en crescendo, ambos pagaron el saludo con un asentimiento de cabeza y siguieron por caminos opuestos. Kyouya no obstante lo siguió mirando sobre el hombro y detuvo su paso antes de abrir la puerta. Mori se había quitado el saco y lo llevaba de forma casual sobre el ancho hombro. Tenía una larga mancha de sudor en la espalda y dentro de poco desapareció detrás del pasillo. Kyouya entornó los ojos. Ano otoko wa… omoshiroi. Se puso la mano sobre la barbilla de forma pensativa.

Los días de esa semana pasaron exactamente igual. Takashi recogía a Hani y lo llevaba por las tardes al Tercer Salón de Música para pasar un buen rato con Tamaki. Se quedaba si acaso una hora y después se retiraba. Nunca hablaba, jamás cruzó palabra con Suoh o con Kyouya salvo para despedirse, pero… hubo un día diferente. Morinozuka estaba inusualmente conversador esa tarde y el chico Ootori no pudo menos que anotar el extraño suceso en su libreta, ya que el guardaespaldas de Hani en verdad parecía otra persona.

- He dicho que estaré bien. Vete a casa Takashi.

- Muy bien, no hace falta que me regañes. – contestó el muchacho alto y moreno. Kyouya venía acercándose por el pasillo y observó la extraña escena con atención. Mitsukuni tenía los puños crispados delante de él y estaba colorado hasta las orejas. Mori sonrió, revolviéndole un poco los cabellos. - ¿Te he dicho lo adorable que te ves cuando te enojas?

- ¡Moo ii! No puedo contigo. Te has estado desvelando como loco por los exámenes, haces prácticas maratónicas en el Club de Kendo y encima crees que tienes energía suficiente para acompañarme a todos lados, ¡ve a casa a dormir un poco!

- Si lo pones de esa manera no tengo por qué oponerme. Me iré después que entres al salón.

Hani lo miró un momento.

- ¿De verdad estarás bien? – dijo, dándole la espalda.

- Anda, vete ya. – replicó su alto primo, propinándole una fuerte nalgada para despedirlo. Kyouya, aunque siempre estaba más frío que una estatua de hielo, no pudo evitar abrir ojos y boca con la acción. Mitsukuni cerró la puerta de un azotón y con el rostro más rojo que el de un tomate. Al fin, el samurai se dio la vuelta y mostró sorpresa al encontrarse de frente con Kyouya. - ¡Ah! Ootori kun, ¿cómo estás?

- Me va bien… eh, ¿pero y tú, Morinozuka senpai? ¿Te sientes bien?

- Por favor… - y se acercó a tres pasos de distancia. – Nada de senpai, llámame sólo Mori. – a continuación estrechó su mano con fuerza, mientras le revelaba por vez primera su potente, salvaje y a la vez inocente sonrisa. Una brisa de aire helado y copos de nieve irrumpieron misteriosamente por la ventana abierta, haciendo que Kyouya tragara saliva y un escalofrío le acuchillara la espalda. ¿De verdad era la misma persona?

- Mori. – comenzó, retirando su mano para ajustar los lentes. - ¿Estás de acuerdo en que tu primo venga a divertirse aquí todos los días? Se de muy buena fuente que ni siquiera su propio hermano lo aprueba.

- Voy a ser franco contigo, Kyouya. – dijo, echando el tronco hacia adelante y lanzándole de pronto una mirada sombría, casi asesina. Su voz áspera y baja, más grave que lo usual. – Sabría de inmediato si tienen malas intenciones hacia Mitsukuni. Si existiera algo que pudiera corromper su espíritu sería el primero en impedirlo.

- ¡Vaya! – sonrió Kyouya, sin dejarse intimidar por su altura y su cercanía. - ¿Por lo tanto no crees que el Host Club ayudaría a compensar las restricciones de Hani senpai? ¿Crees que no sea posible hacerlo sentirse felíz consigo mismo?

- No trates de manipularme, ya sé a dónde vas. – espetó Mori, mortalmente serio. – Haría falta una mente verdaderamente perversa para lograr que el alma de Mitsukuni se corrompa. Estaría muy preocupado si tú solo fueras el cabeza del Host Club… pero creo que él y sobretodo tú estarás fuera de peligro siempre y cuando Tamaki ande cerca. Podrá ser sólo otro tonto más a simple vista, pero es sin duda una de las mejores personas que he conocido en mi vida. – el muchacho calló de pronto, levantando una mano para rascarse la nuca. El chico pálido lo miró en silencio. – Mmh… creo que he hablado más de la cuenta… pero si me preguntas, no encuentro nada censurable con que él sea parte del Host Club.

De verdad que eres interesante. Los ojos de Kyouya sonrieron, más no el resto de su cara. Parece que te he subestimado, Mori senpai.

- Acabas de hacer una filosa observación y te respeto por ello. – cumplió el heredero de los Ootori.

- Gracias. Tú también eres muy hábil. – dijo Mori, suavizando su expresión. – No creo que debas preocuparte, en lo que a mí respecta, Mitsukuni es el único que puede hacer decisiones importantes en su vida y yo soy el menos indicado para decirle cómo tiene que jugar sus cartas. – exhaló un largo suspiro y ladeó la cabeza a ambos lados para tronarse el cuello. – Se hace tarde, debo ir a casa para terminar mi tarea.

- Ve con cuidado. Nosotros nos encargaremos de Hani senpai.

- Muchas gracias. – Mori inclinó la cabeza y se retiró con las manos metidas en los bolsillos del pantalón. – Nos vemos el lunes.

Kyouya lo miró irse por el pasillo y Mori levantó un brazo saludando pero sin voltear, ya que podía sentir los ojos del chico en su espalda. La tensión había sido mucha, Kyouya soltó un pesado suspiro una vez que cerró la puerta tras de sí, tenía la garganta sumamente seca así que se apuró a preparase un té de manzanilla para calmarse. Afuera el shinobi desapareció detrás de una pared… sin embargo, 10 segundos después se escuchó un ruidoso THUDD, como si alguien hubiera dejado caer un saco de box desde un segundo piso.

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- Ya ves que no ha sido tan difícil, ¿verdad? – sonrió el muchacho rubio, llevando a Hani sentado sobre sus hombros. Habían pasado un par de horas y Kyouya estaba cerrando con llave el Tercer Salón de Música. – Espero que no haya inconveniente en que aprendas lo básico del piano.

- ¡Debemos hacerlo otra vez, Tama chan! – gritó Mitsukuni levantando los brazos.

- ¿Quieres que corra? – sonrió Tamaki, sonriéndole con complicidad y al chiquillo se le iluminaron los ojos. Sus piernas pequeñas colgaban sobre el pecho del chico mestizo.

- ¡Síiii!

- ¡Pues agárrate! – antes de que pudiera hacer otra cosa, Tamaki saltó como un caballo impulsado por el disparo de partida en una carrera y Kyouya sólo fue capaz de ver el polvo, que se levantó detrás de él como una cola de gallo. El chico Ootori negó con la cabeza. No entendía como Tamaki podía disfrutar tanto con los juegos más tontos. Sus pensamientos fueron interrumpidos por un abrupto ataque de histeria de su amigo. - ¡WAAAAAAAAAHHH, ESTÁ MUERTO, ESTÁ MUERTO!

- ¡Takashi, Takashi! – se oyó la voz de Mitsukuni en medio de la humareda.

Kyouya apretó el paso y al dar la vuelta detrás de la esquina encontró a Tamaki y Hani senpai al lado del cuerpo tendido de Takashi Morinozuka en medio del pasillo. Estaba boca abajo y entre los dos le dieron la vuelta con mucho cuidado.

- ¡Ay no! – gritó el Rey de forma melodramática y con lágrimas brotando de sus ojos como las Cascadas del Niágara. - ¡Está inconsciente, mon Dieu! ¿Acaso será necesario que le dé respiración de boca a boca?

- No seas estúpido, sólo está dormido. – dijo Kyouya, con una enorme gota de sudor coronándole la sien derecha.

- ¡¿Cómo puedes estar tan seguro?!

El muchacho de cabellos oscuros señaló el cuerpo de Mori con el índice en silencio y ambos voltearon a verlo. El aludido soltó entonces un fuerte ronquido y al disiparse el polvo pudieron notar un brillante hilillo de baba escurriendo desde su boca abierta hasta la nuca.

- ¡Morinozuka senpai, estás vivo! – gritó Tamaki con alegría.

- ¡Oye Takashi, despierta! – Hani lo zarandeó por un hombro y comenzó a palmearle el rostro. - ¡TAAAKA CHAAAN, DESPIERTAAA!

- ¿Eh? – musitó Mori, abriendo los ojos poco a poco.

- ¿Cuánto tiempo llevabas dormido? – cloqueó Mitsukuni, y su risa era burbujeante.

- ¿Eh? – repitió el gigante somnoliento, incorporándose poco a poco. Miró en todas direcciones, sintiéndose extraviado. - ¿Qué hago aquí?

- ¿No lo recuerdas? – dijo Kyouya de pronto, notando de inmediato el cambio tanto en su mirada como en la postura. ¿De qué se trataba esto, acaso Mori sufría de doble personalidad? – Hace rato… las cosas que me dijiste… ¿de verdad que no recuerdas nada?

- ¿Ahh? – fue lo único que pudo articular. Mori miró los rostros confundidos de Kyouya y de Tamaki. No recordaba nada en absoluto. Se limitó a sobarse la frente con una mano. Mitsukuni se echó a reír con desparpajo y lo ayudó a levantarse.

- ¡Te ha pasado otra vez, Takashi! – el niño de cabellos color miel saltó a sus brazos con afecto y Mori correspondió. - ¡Vamos a casa de una vez!

- Unh. – asintió vocalmente la garrocha humana. Mori se agachó para que su primo montara en su espalda y así salieron caminando por el pasillo. La luz entraba por todas las ventanas de forma horizontal, pintando las paredes de un brillante color anaranjado.

Tamaki sonrió al ver lo cercanos que eran esos dos y con el rabillo del ojo notó que Kyouya tenía en el rostro una expresión indescifrable. Ambos los siguieron con la mirada hasta que al fin desaparecieron de vista. Kyouya abrió la libreta y puso en una rúbrica elegante:

Su sonrisa es un secreto.


Winry-Revenge: Gracias por el review. En verdad aprecio las palabras y el hecho de que hayas sido la primera en comentar.

Me sorprende mucho que haya cumplido mi palabra de entregar el siguiente capítulo exactamente un día después. Y sobretodo espero que hayan disfrutado la presencia del Mori Soñoliento tanto como yo, ya que es difícil encontrarlo como invitado especial en los fics por estos días. El último capítulo tendrá un poco de más acción... díganme, ¿cómo va la cosa? ¿Aún con sueño lo ven OOC por ser agresivo con Kyouya? Después de todo pienso de deben haber razones de peso para que ostente ése título del Host Salvaje. El suspenso me mata, díganme su opinión por favor.