Ranma miraba a Kasumi apenada, con la cabeza agachada y Nabiki con un gesto de enfado demasiado visible. Un bulto enorme de ropa y otros objetos estaba en la entrada de la casa, pues los Saotome se disponían a marcharse, agradeciendo la hospitalidad y la ayuda de Soun y sus hijas durante los años de estancia. Pero Soun los intentaba detener, diciéndoles que el compromiso no estaba roto, pues él tenía dos hijas mas, solteras y disponibles para asumir el compromiso con Ranma.
El chico estaba por demás apenado y no encontraba palabras para convencer a Soun. ¿Cómo decirle "No quiero casarme con sus otras hijas porque yo sólo amo a Akane"? Eso ni el mismo había terminado de aceptarlo, no delante de la gente. Primero había recibido la golpiza de su vida, y aun así, no era del todo una verdad.
-Muchas gracias Señor Soun. Pero esto se acabó. Siento mucho que estos años y los gastos que le ocasionamos fueran inútiles. Le prometo que en cuanto pueda, le devolveré por lo menos una parte de lo que le debemos.- Ranma con la cara llena de vergüenza, no era capaz de ver directamente a los ojos de nadie.
-Además no sería correcto, después de cuatro años de noviazgo con Akane, comprometerse con una de sus hermanas, a quienes vé como si fueran de su familia. –Nodoka, tomada del brazo de su hijo, tratando de apoyarle, pues sabía que las palabras no eran su fuerte precisamente, y menos en ese momento.
-Yo no sé porque insistes en seguir con ese juramento, papá. ¿No ves que Ranma apostó la mano de Akane? Eso incluía el compromiso tuyo con el tío Genma… No solo era Akane, era todo el paquete. – Nabiki miraba inquisidoramente a su ahora ex cuñado - De hecho lo correcto sería que aceptaras a tu nuevo yerno, es mejor que Ranma en las artes marciales y manejaría el dojo mucho mejor.
Nabiki sabía poner el dedo en la llaga. Se encontraba un tanto resentida por la forma en que se dieron las cosas, después de todo Akane era su hermanita. Sabía cuánto amaba a Saotome y sabía todo el daño que le había causado con su acción de hacía días.
-Nabiki, no seas imprudente.- Kasumi, aunque serena, tuvo carácter para sostener la mirada agresiva de su hermana y vencerla incluso, con la suya.
Nodoka y Ranma terminaron de despedirse en medio de los lloriqueos de Soun. Genma estaba convertido en panda y rara vez se le veía como humano desde el día en que su hijo fue vencido.
Habían conseguido una modesta casa de renta en un barrio cercano a Nerima. Ranma consiguió un empleo de medio tiempo como ayudante de una tienda y el resto del día impartiría clases en un conocido dojo. Con eso conseguiría dinero suficiente para pagar al menos la renta y lo más elemental. Nodoka estaba pensando en conseguir un empleo como cocinera. Claro, primero tendría que hacer un último intento por poner a su marido panda a trabajar. Así pasaron dos días.
-Al menos deberías volver a rentarte al circo… Te iba bien con las ganancias, ¿No?- Le decía Ranma mientras desayunaban.
-Ni lo pienses.¿Crees que no tengo dignidad? – Le respondió su padre, con aparente indignación.
-Lo que no tienes es vergüenza – dijo su hijo propinándole un fuerte golpe en la cabeza realmente enfadado. Salió del lugar mientras veía como su padre tranquilamente se vaciaba un vaso de agua en la cabeza para aparecer de nuevo en su forma animal.
Lo miraron salir sin molestarse en avisar. Ranma definitivamente había cambiado. En otro tiempo hubiera pasado al menos media hora luchando contra su padre y haciéndole reproches. Recordó entonces lo acontecido noches antes…
Era la primera noche que pasaban en aquella modesta casa. No era la gran cosa, pero al menos era algo que sentían más propio. Nodoka estaba orgullosa de su hijo. Poco le importaba su reciente pérdida, ella sabía que su poder aun era extraordinario y no dudaba que pronto pudiera rebasar a su vencedor, era cuestión de entrenar y ponerle muchas ganas.
Ranma se había acostado más temprano, pues estaba exhausto por sus dos empleos y su duro entrenamiento. Genma y Nodoka sostenían una conversación antes de dormir cuando escucharon un ligero ruido. No le prestaron mucha atención, pero a los veinte segundos se escuchó el caer de algo metálico en el suelo y luego contra la pared; el piso empezó a retumbar y…
-¡Ya me tienes artooooo! – La voz de su hijo debió escucharse al menos en un kilómetro a la redonda.
-¿Airen?- Nodoka escuchaba la conocida voz con acento chino mientras se colocaba el camisón.
-¿Qué maldita parte de "no me interesas", es la que no entiendes?- replicó enfadado.
-Airen ahora ser libre…Chica violenta casarse con otro y… Shampoo promete ser buena. – Nodoka estaba a punto de entrar cuando captó que la voz de Shampoo se quebraba. Se quedó con la perilla en la mano. Un profundo suspiro de Ranma la hizo llevarse una mano al pecho… A tal grado le había cambiado a Ranma la pérdida de Akane.
-¡No! No. No y no. Nunca… No quiero nada contigo.. Quiero que me dejes en paz. Tú no eres buena… y aunque lo fueras no me interesas. Lárgate de aquí, lárgate de mi vida y de mi vista. De seguro a muchos les encantará tenerte pero a mí no. – Ranma no volvió a abrir la boca. Se dispuso a recoger todo lo que Shampoo había roto y esparcido por toda la habitación, mientras hacía un esfuerzo por ignorarla.
Nodoka solo percibió los lentos pasos de la amazona, dándose por vencida. Le hubiera gustado, muy en el fondo, ver su caran La verdad no le caía muy bien esa chica, había deseado mucho que su hijo la pusiera en su lugar… Pero él… A él no le gustaba hacer llorar a una mujer.
Al escuchar recorrerse la ventana, entreabrió la puerta tratando de hacer el menor ruido. Vió a Ranma cruzado de piernas y apretándose las sienes, con la cabeza baja y la mirada inmensamente triste. Esa posición se estaba volviendo muy común en él. Nodoka comenzó a temer profundamente por el futuro de su hijo, le conocía bien y sabia de sus sentimientos. Sabía que su carácter aferrado no solo era aplicado en las artes marciales, y temía que se aferrara a Akane por toda la vida.
Volviendo al presente, Nodoka suspiró pensativa mientras recogía los platos y se disponía a lavarlos.
Ranma descansaba en el tejado de su casa. Si bien, era su costumbre cada vez que vivía en una casa con techo, la verdad que era más común cuando la intranquilidad lo acechaba y hacía tiempo se sentía así. Sentía que una parte de él había sido arrancada de tajo y no podía seguir viviendo, comiendo o respirando sin pensar en esa pérdida. Sin pensar en todo lo que la vida le quitó por un simple juego… por su extraña mezcla de vanidad e inseguridad que lo convertían en el único hombre del mundo que vociferaba por aquí y por allá que tenía la prometida más fea y torpe del universo. Una marimacho, pechos planos, tabla de planchar, entre otros tantos adjetivos que jamás pondría a otra mujer. Eran exclusivos de ella, pero ella se había cansado de escucharlos. Ella ya no quería ser marimacho. Tal vez por eso, ahora que estaba comprometida con otro, era distinta. Otro que no parecía creer que fuera fea o marimacho. Otro al que si besaba, sin cinta de por medio. Sin hechizos, sin pretextos, sin mazos mágicos que aparecen de la nada.
"Lo besó… " – era su pensamiento noche y día, su comida y su cena. – "Lo besó… Si yo no los hubiera unido, ella jamás lo habría hecho. Yo la entregué a él."
"Como si no la quisiera"- Era tan difícil cambiar sus pensamientos. Mientras hacía todo, pensaba en eso. A cada segundo era más fuerte… Le estaba carcomiendo la existencia en tan solo unos días.
-Cinco días. Sólo cinco días más y serás Akane Inukai.- Otu hablaba emocionado mientras la sostenía de la cintura, fundidos en un abrazo. - Todo Japón me envidia. Tengo a la novia más linda de todo el país.
-Creo que estas exagerando. – Akane sonreía mientras se colgaba de su cuello.
-Claro que no. ¿Acaso no te habías dado cuenta? Tienes algo que las demás no… No sé explicarlo, pero tú eres más linda que todas.
Habría podido darle una lista de razones por la que no se sentía tan merecedora de tales halagos, pero guardó silencio y simplemente lo dejó decir. Estaban de nuevo en la puerta de su habitación.
Un cálido beso de buenas noches, que se había vuelto costumbre, fue su regalo antes de dormir. Habían acordado que la boda se llevaría a cabo dos semanas después de fincado el compromiso. Akane, desde entonces, no había tenido contacto directo con su familia. Sólo habló un par de veces. En su última conversación, Nabiki le comentó que Ranma estaba buscando una casa para llevarse a su madre y el compromiso Saotome-Tendo se había disuelto por completo.
Al quedarse sola en esa enorme alcoba, volvió a sentir ese vacío que la acechaba desde la pelea con su ex prometido. Un sabor amargo… Una sensación de tristeza que no la abandonaba, aunque había aprendido a disimularla. Como cuando dejas atrás algo que amas demasiado, y se queda con ello un pedazo de ti. También sentía que una parte de Ranma la seguía a todas partes. Sentía que la veía… Que ella no podía hacer nada sin que él lo aprobara. Se sentía terriblemente incompleta.
Pero no podía decirlo. No podía demostrarlo más. Se pasó cuatro años de su vida demostrando celos, inseguridad con respecto a él. Había sido más que obvia con respecto a sus sentimientos y a él sólo parecía importarle cada vez que la veía con un pié en la tumba y lo negaba cuando la veía salvada. Era su turno de ser feliz y demostrarse que valía y que podía ser amada, incluso por hombres mejores que él. Ranma ya no era parte de su vida… Ya no más. Aunque estallara en llanto después de pasar todo el día fingiendo felicidad.
Las lagrimas contenidas durante horas de compras, llamadas por teléfono y preparativos de boda, fluían en enormes y amargas gotas por sus mejillas. Era su única forma de sobrellevar aquello. Para no volverse loca de sufrimiento tenía que llorar y llorar. Necesitaba desahogar esa frustración de ver todos sus sueños tirados al caño. Tenía que olvidar su tonto sueño de ver a Ranma defendiéndola ante sus prometidas y aceptando que ella era la única… Humillándolas y dándole a ella, su lugar. Tenía que olvidar la cara de los hijos que tendría con él y que había inventado una y mil veces con tantas ilusiones. Sus ilusiones de aprender a cocinar para él también podían despedirse. Sus deseos frustrados, sus fantasías, todo. Todo quedaba sobre la mordaza que improvisaba para sí misma con la almohada, para que su llanto desesperado no llegara a oídos de Otu o su servidumbre.
Cuando su pecho se descargó un poco… Más bien cuando no tuvo más lagrimas. Se levantó con un fuerte dolor de cabeza. Abrió el ventanal que daba a su balcón para observar la luna. Tal vez le serviría de relajación. Ya tenía bastantes días así y estaba pensando que no era muy bueno para su salud desvelarse y someterse a tanta depresión. Había hecho lo que estaba en sus manos para sobrellevarlo todo. Cualquiera diría que su vida había mejorado notablemente, pero ese amor maldito parecía no tener planes de desterrarse de su pecho.
Escuchó un suave ruido del ramaje del cerezo que daba a su balcón. Le pareció que era solo producto del escaso viento que había, pero pronto se dejó escuchar mas fuerte y las ramas se movieron de forma más significativa.
Entonces lo vió aparecer entre las ramas. Como siempre, ágil… Podía reconocer su silueta. Se llenó de rabia. Quiso gritar, pero no. Sabía que si Otu lo descubría, sería capaz de matarlo, esta vez si.
No dijo nada… Esta vez sabía que nada le pasaría. Su corazón parecía un enorme bombo fuera de control. Ahí estaba la razón de su desconsuelo.
-Akane- Sus ojos denotaban algo que jamás había captado en ellos. ¿Tristeza mezclada con amor? ¡No! El jamás sufriría por ella.
Ella intentó abrir la boca para decir algo, pero él, tal vez temeroso de que ella pudiera delatarlo, se aproximó y en fracciones de segundo tapó sus labios con su mano.
-No grites, por favor. No voy a hacerte daño. Sólo quería verte… - La mirada de Akane era para desubicar a cualquiera… Sus ojos avellana de nuevo se volvieron de cristal.- Ranma quitó la mano de su boca cuando vió que ella no opuso resistencia.
-Y pedirte perdón. Perdón Akane. Yo no quería esto, ¿sabes? En verdad, jamás lo hubiera hecho de haber sabido que esto pasaría. – Ranma no era capaz de mirarle a los ojos, en su voz se escuchaba un nudo que pronto se desataría. Hablaba muy bajito, cerca de ella. Akane siguió muda… y los cristales de sus ojos se rompieron como vasos dejando escapar todo su contenido.
Sintió los brazos de ella rodear su cuello. Sus cálidos brazos. Su respirar agitado, desesperado. Ella estaba sufriendo… ¡Y cuánto! Igual o más que él.
Respondió a su abrazo. Le pareció verla encogida, jamás le pareció tan frágil. Estaba llorando por él. Sentía lo mismo por él. ¡Que estúpido! ¿Quién podía cambiar tanto amor por una simple pelea y su tonto orgullo? ¿Por qué lo negaba? ¿Qué le impedía repetir esas palabras que se le escaparon en Monte Fénix? Después de todo, estaba seguro de que maduraría lo suficiente para aceptar que no es el más fuerte del mundo… Pero no se sentía capaz de olvidarla jamás.
-¿Por qué no me amas? – Fue lo único que ella alcanzó a decir. Mientras con su mirada suplicaba una declaración como quien patalea en el fondo del mar suplicando oxígeno.
-Te amo más que nada en el mundo. No quiero perderte Akane. – Se lo dijo al oído. Nadie más hubiera podido escuchar esas palabras. Quedaron atrapadas entre los oídos de ella y los labios de él, retumbando en lo más profundo de sus corazones.
-No te cases con él… - Sus manos se aferraron a su espalda, casi lastimándola, mientras su voz se quebraba más. Hizo una pausa para evitar el llanto, tomando fuerza para continuar - No puedo… No puedo vivir sin tí.
Él se apartó buscando el pálido rostro alumbrado por la luna. Le parecía muy bonita. "También eres linda cuando lloras". Creyó recordar esa frase, mientras sus labios cobraban vida propia para buscar los de ella.
Se aferró como si quisiera borrar de esos labios todo beso dado por otro hombre. Robándole la respiración, dejando de respirar. Ella le correspondió como si de eso dependiera su vida. El beso se fue prolongando por un tiempo largo que parecieron milésimas de segundo para ellos. Mientras entre las pausas para tomar aire, iba subiendo de tono y la lengua de él comenzó a abrirse paso entre la boca femenina.
-Yo también te amo Ranma… Jamás amaría a otro. – Mientras sentía una mano de él recorrer su silueta por encima de la cintura… Sin atreverse aún a palpar algún lugar prohibido.
El separó su boca de la de ella para cubrir su rostro de besos y llegar con su lengua hasta su cuello, percibiendo su aroma. No se dio cuenta en que momento la aprisionó contra la pared, donde ella parecía vencida, no oponía la menor resistencia. Por el contrario pedía que avanzara, que no la dejara así.
La cercanía de sus cuerpos era sofocante. Entre suspiros avanzaron al interior de la habitación. Ranma levantó un poco el cuerpo de ella para que sus torsos quedaran a la misma altura, colocándola en un mueble que solo sostenía un florero, el cual él hizo a un lado antes. Se separó de la camisa y Akane se aferró a su torso, mientras sus delicados labios recorrían el cuello. Ella le rodeó a la altura con sus piernas mientras una mano de él se posaba sobre sus senos cubiertos aún y la otra buscaba desesperadamente el sujetador. Al no atinar a desprenderlo correctamente, el levantó la fina prenda de un tirón dejando los blancos y hermosos senos al descubierto. Se separó un poco para observarlos… Eran simplemente perfectos, no podía pedir más ni menos. Llevó su cara asta la altura de ellos, devorándolos como si de eso dependiera su vida entera, mientras ambos se desprendían de las ropas que les quedaban, esparciéndolas sin cuidado por el suelo.
Después de un largo rato. Ambos descansaban sobre el suelo. Sus cuerpos sudorosos aún. Sus labios no dejaban de regalarse besos de todos calibres y profesarse amor. Era extraño… como todo en su relación. Ellos jamás fueron una pareja normal, no lo eran aún. Habían comprobado que no podían separarse, aun cuando ese amor estuviera a un centímetro de convertirse en odio fatal, no dejaba de ser eso, más grande e impulsivo amor. Estaban decididos a defenderlo, aun de ellos mismos y de su orgullo.
Vente conmigo Akane… Escapémonos. – Fue la primera frase limpia y sin cortes que Ranma pudo decir después de la maravillosa experiencia de haber consumado su amor.
