Hola otra vez!
- después de siglos -
Me disculpo por la falta de actualización. Sé que ha sido bastante tiempo y no tengo excusas más que la vida real, aunque suene insuficiente. Pero, en fin, mis vacaciones me han traido buenas nuevas y la esperada oportunidad para continuar. Espero siga siendo de su agrado.
El primer capítulo de muchos (no se asusten, no tantos). XD
Como nota aparte, les pido que recuerden que es un AU, y que esta historia en ningún momento será explícitamente shota. Es un fic basado en costumbres y culturas del pasado y deberíamos entenderlo con una mentalidad abierta y comprensiva de la realidad de entonces. Oh, kami, eso sonó serio. Pongo un emoticon para cambiar los ánimos: XD
Y gracias, Nezal, por ser mi beta.
Espero les guste. XD
-- Disclaimer --
Naruto y todos sus personajes le pertenecen a Masashi Kishimoto.
La historia original es la leyenda moche de Kuyac y Quechcan, según la adaptación de Lili Celeste Flores Vega.
El título del fic está basado en una canción del mismo nombre, interpretada por Damaris.
- I -
Creciente Iluminante
El viento frío de la tarde hace dulce contraste con el sudor de su frente.
-Si es así como vas a defenderte, me alegra saber que lo que has apostado no es tu vida. La perderías.
-Sólo te doy tiempo para que recuperes el aliento – responde la figura del antifaz blanco y negro, aún cuando su respiración agitada indica que no está en mejor condición.
La carcajada despectiva del otro guerrero se cuela en el aire. Los dos combatientes arremeten al mismo tiempo, con pasos ligeros y movimientos precisos, como si estuvieran ensayados. Barras de madera y metal chocan con un ruido que asusta a las aves cercanas y las obliga a volar.
Nadie está dispuesto a ceder ante el otro.
-Si te rindieras ya, niño, nos ahorrarías bastante tiempo…
-¿Acaso ya se cansó usted, Señora? – responde, con ligero sarcasmo.
-Si pelearas como hablas, niño… ¿Te han dicho que tienes la boca muy grande? – casi ruge la máscara negra, poniendo más fuerza en la presión de sus brazos, intentando hacer retroceder al otro – Pero ya aprenderás.
El chico del antifaz presiona de vuelta. Sus manos se mueven hasta los bordes de la barra, tratando de mejorar su adhesión y ganar espacio para moverse con mayor facilidad. Un ruido interrumpe su intento.
-¡Hermano!
El voltear hacia el grito es su perdición. De pronto, con un golpe preciso en las rodillas, él más joven se ve sin equilibrio y luego de una caída poco elegante, termina sentado sobre la tierra fangosa, con una avalancha escandalosamente rubia colgada de su cuello.
-¡Hermano! ¡Escóndeme! – reclama la voz infantil, agitada y sin pausa, gritando en sus orejas. Las manitas del pequeño amenazan con ahogarlo, pero él las ignora, buscando con desesperación algo entre sus ropas.
Suave risa femenina lo detiene. Hoy no parece ser su día de suerte.
-¿Acaso buscabas esto? – dice agitando el objeto - Creo que significa que te gané.
Pañuelo rojo en mano, la figura se desenmascara, dejando que sus ojos ámbar brillen con la satisfacción del triunfo. El caído suspira.
-No es justo. Naruto me distrajo.
-¿Y tú crees que en una batalla real tu enemigo va a esperar a que te sujetes bien el cabello, te acomodes las sandalias y saludes a un amigo que te pasó la voz antes de atacarte? No, amor, distracciones son excusas, sólo excusas…
La mujer le tiende la mano, para ayudarlo a levantarse. El joven la mira con recelo antes de quitarse la careta bicolor y aceptar la oferta de paz.
-Sigo pensando que es injusto. Hiciste trampa.
-Ah, la vida está llena de injusticias, amor… - una mueca divertida pero extrañamente amarga acompaña sus palabras - Esa era tu última opción y ya que perdiste… ¿Cómo era? – finge pensarlo - Ah, sí: Yo gano. Tú cantas.
-Al menos podrías tratar de esconder la satisfacción en tu voz.
-No hagas berrinche, Iruka. Pensé que esas actitudes se las dejabas a Naruto.
-¡No es berrinche! – reclama con indignación.
-Si te sirve de consuelo, déjame decirte que has mejorado bastante. Aunque te falten años para poder derrotarme.
Iruka le lanza una mirada fulminante, pero al final, no puede evitar reír suavemente. Si hay algo que ha marcado su vida, es que jamás ha podido mantenerse enojado con ella por mucho tiempo. Tampoco ha tenido mayores motivos, ni siquiera ahora, cuando sus rodillas duelen, su trasero está empapado de barro y por supuesto, lo más lesionado es su orgullo.
-Bueno, es que he tenido una gran maestra, madre.
-Qué lindo. Pero tus halagos no harán que olvide tu promesa.
Parece que Iruka va a replicar algo, cuando Naruto los interrumpe con un grito ahogado, abandonando su posición en el cuello de su hermano para buscar un refugio más efectivo detrás de él. Sin embargo, cuando la mirada asesina todo-es-tu-culpa del otro choca con la suya, el niño no puede hacer más que cambiar su destino original de protección por las piernas de su madre, con una sonrisita culpable en el rostro.
-¿Qué hiciste ahora? – pregunta la rubia, para nada sorprendida.
Como convocada por las palabras de Tsunade, una joven de cabellos cortos aparece en el patio, casi arrastrando tras de sí a un chico sólo un poco más alto que Naruto.
-Tsunade, Señora, lamento molestarla con esto nuevamente, pero…
Viendo el aspecto desarreglado de su aprendiz y las manchas de comida en su, alguna vez, blanca vestimenta, a Tsunade no le cuesta imaginar lo que sucedió. Sobretodo conociendo las regulares andanzas de su querido demonio ojiceleste.
-Dime de una vez qué hizo el chico, Shizune. No creo que algo pueda afectarme a estas alturas.
-Qué hizo aparte de ayudarme a perder, claro – interrumpe Iruka, con un tirón ligero a las mechas del rubio.
-¡No te hice perder!
-¡Claro que sí!
-¡No, yo sólo…!
-Tenías que ser tú, enano, arruinando todo como siempre.
La voz recién llegada a la conversación le añade un tono distinto a la tarde. Los ojitos celestes se encienden del coraje.
-¡Tú no te metas, Sasuke! ¡Es todo tu culpa!
-Yo llegué con mi hermano para ver lo de la escolta de la fiesta. Te recuerdo que tú fuiste el que empezó a lanzarme piedras desde la puerta.
-¡Pues tú ya ni tendrías por qué venir aquí!
Sólo le basta levantar el brazo a Tsunade para que todos callen de inmediato. En el fondo, no puede evitar sonreír un poco ante lo típico de la situación. Desde el primer día en que esos niños se conocieron no hubo un instante más de calma en el templo de la Luna. Recuerda bien el momento en que trajeron al Uchiha a sus brazos. Un niño de apenas tres años, miembro de la familia del Dragón, cuyo padre no tenía el tiempo suficiente para educarlo y cuyos familiares parecían vivir sólo dedicados al arte de la política y las guerras, siempre demasiado ocupados como para velar por el menor de los herederos. Sin madre ni cuidadores cercanos, la familia Uchiha había visto en la sacerdotisa del templo la mejor oportunidad de una educación correcta y privada para el menor de los hijos. Desde entonces, había sido labor de Tsunade custodiar al niño con especial cuidado, manteniéndolo alejado de la instrucción y labores normales que recibían los otros chicos del templo. Sasuke no iba a ser servidor de Luna como ellos, él estaba allí para aprender y llevar con honor la historia de su familia. Futuro guerrero Dragón.
Aunque los otros dragones se hubieran desentendido de él desde el principio.
Pocos días después ocurrió el atentado y sólo algunas horas más tarde trajeron a Naruto, envuelto en sábanas azules, llorando a gritos y hambriento. Tenía un año por cumplir pero ya daba unos firmes primeros pasos y, por Luna, que su presencia lo cambió todo. Tsunade se había visto, de pronto, responsable de cuidar no sólo de todos los asuntos del templo, el bienestar y preparación de los elegidos de la Luna, entre los cuales estaba su propio Iruka y el bebé Naruto, sino también de un niño huraño de familia noble y que de ninguna manera debía mezclarse con el resto, en palabras de su padre.
Por supuesto, al crecer Naruto, con su curiosidad natural, mantenerlo alejado de un posible compañero de juegos fue imposible, a pesar de castigos y advertencias. Un huracán se desató en el templo como nunca antes entre travesuras, desafíos y caos general, pero que le dieron un respiro de vida a sus siempre callados muros… hasta que Sasuke cumplió doce años.
Su familia real decidió que era ya mayor, tiempo justo para que ocupara el lugar que le correspondía en el clan y, apenas un mes atrás, el segundo heredero Uchiha había sido retirado del templo en medio de despedidas, más peleas infantiles, insultos y finalmente, conmovedores llantos.
-No te preocupes, Naruto – añade Iruka después del breve silencio, sin poder contener las ganas de fastidiar a los pequeños, y sin olvidar que por la distracción del rubio perdió el combate -. Cuando crezcas, Sasuke puede pedirte como esposo y así ya no tendrán que separarse jamás.
La cara de horror profundo de los niños lo dice todo. Un "nunca" instantáneo brota de sus labios al mismo tiempo, como si alguien hubiera sugerido que se arrancarán los brazos, se lanzaran de una torre, o peor.
-¡Yo nunca pediré a nadie! ¡Menos a ese enano!
-¡Y yo nunca me iría contigo! – le responde sacando la lengua -. ¡Ni con nadie! Para que lo sepas, yo voy a ser Hokage, y cuando eso suceda…
-¡Hokage! Si ni siquiera puedes correr en línea recta sin tropezar y caerte.
La discusión sigue, mientras Shizune explica, entre suspiros constantes y una jaqueca que renace, la manera en que los chicos habían ocasionado desastre tras desastre en una carrera loca desde que Naruto escuchó la voz de Sasuke en el corredor y le lanzó la primera bola de barro, y que había continuado a través de los pasadizos, la cocina, el comedor…
-Basta… No necesito esto ahora. Sasuke… - le habla Tsunade, agachándose hasta estar a su altura – regresa con tu hermano. Debe estar esperándote. No lo hagas enojar más – añade mientras toma su mano, un ligero temblor en su voz -. Es verdad que ya no puedes estar aquí, lo sabes y lo entiendes, ¿verdad?
El chico fija sus ojos profundamente negros en ella y mueve la cabeza.
-Los veré en la fiesta.
Tsunade sostiene su intensa mirada, hasta que debe voltear para no quebrarse. Alejarse de Sasuke es un hecho que su mente reconoce, pero su corazón no logra asimilar. Al final, suelta su mano.
-Shizune, lleva a Sasuke con su hermano, que debe estar en el recibidor. Encárgate de ver lo de la escolta para la noche, también. Tú, Naruto… Naruto, sólo trata de mantenerte quieto hasta después de la ceremonia, ¿quieres? Y tú, Iruka, báñate y cámbiate rápido, que casi no nos queda tiempo.
Iruka trata con todas sus fuerzas evitar hacer una mueca de desagrado, pero no resulta muy efectivo. No hay palabra alguna hasta que Shizune desaparece tras una puerta, llevandose a los niños con ella.
-Te ayudaré a cambiarte para la presentación.
-Creo que no me estoy sintiendo bien, es más, ¿no sientes algo de calor? Tal vez me regresó la fiebre…
-Claro, hijo, claro… - replica la mujer, mientras empuja la espalda de su hijo para obligarlo a moverse - Mejor te acostumbras, te aseguro que cuando estés parado en el escenario tendrás mucho más calor.
-La verdad, también me duele el estómago y…
Tsunade se detiene.
-Iruka, por favor, yo tampoco quisiera exponerte así si realmente no lo deseas, pero… – ruega acariciando su mejilla. El tono suave de las palabras logra una final rendición acompañada de un suspiro.
Es noche de luna creciente, del tercer mes. Lo que significa que los jóvenes del templo que están preparados serán presentados para la elección, los guerreros nuevos premiados por excelencia y el homenaje a Luna completado. La única vez del año en que los elegidos salen de su santuario y se reúnen con la gente del pueblo y la casta de soldados. Una compleja fiesta que es, para algunos, una oportunidad de oro y, para otros, una completa maldición. Libertad y esclavitud mezcladas, al encontrar en un "esposo" la llave que los aleja por siempre de la prisión del templo, al atar sus vidas a alguien que su corazón no conoce.
Para Iruka, será una noche más. A pesar de sus quince años, más de los catorce necesarios para ser presentado por primera vez, una fiebre extraña que puso en condición delicada su salud por mucho tiempo cuando apenas entraba en la adolescencia, y que lo aqueja con irregularidad, lo ha descartado por segundo año de participar en el rito. Esta vez, sin embargo, presiones de los nobles habían logrado convencer al Hokage para que se le obligara a mostrarse en público, puesto que ya se corrían rumores sobre un joven de la Luna que era especial, bello como las estrellas, de piel tostada como ninguno y ojos profundos color siena, entre otras afirmaciones que Iruka no vacilaba en calificar como estupideces. Se hablaba de un elegido que sufría de una condición peculiar, que la Luna reservaba para el mejor guerrero y más… Y esos rumores sólo podrían ser despejados si la gente lo veía aparecer antes de que terminaran de convertir su historia en un mito más para entretener al pueblo.
Tsunade había aceptado las presiones, escuchando el consejo del propio Hokage de que así todo se calmaría y que, finalmente, lo único que su hijo debía hacer era pararse en frente de todos para cantarle a la diosa, nada que antes no hubiera hecho en el templo. Iruka, con infinitas ganas de evitarlo, había intentado hasta el final todo lo posible para escapar de la tarea, desde quejarse y protestar, hasta desafiar a su madre en duelo de práctica varias veces con la promesa de que, si ganaba, se libraba de hacerlo. No es que no muriera de ganas por conocer lo que había afuera, lo que el mundo pudiera ofrecerle, pero había algo en él muy profundo que rechazaba la mínima posibilidad de participar en una exhibición antes sagrada pero que, a sus ojos, se había convertido en poco más que una simple venta: Los chicos y doncellas preparados saldrían allí a danzar, cantar, tal vez tocar algo y ejecutar rituales, serían vistos por los nobles y guerreros, y si la atracción era mayor, pedidos como esposos al día siguiente, llegando a desarrollarse competencias serias por conseguir a los más populares.
Casarse con un elegido o elegida de Luna implicaba gran respeto y compromiso. Ofender a uno de ellos era ofender a la misma diosa, por lo que al conseguir esposo un elegido generalmente lograba una vida de la cual no podía ni quejarse, llegando a vivir con sus parejas o siendo visitados por ellos.
Para Iruka las fiestas eran motivo de nerviosismo e incertidumbre. No podía entender cómo algunos recibían las celebraciones con gran entusiasmo, casi redoblando esfuerzos para ser seleccionados. Muchos de sus propios compañeros pasaban horas alistándose para esa noche, regresando de la misma con la ilusión escrita en los ojos y el corazón robado, tal vez por el amor, tal vez por la promesa del dinero y la estabilidad, tal vez sólo por la oferta de ser rescatados de una existencia eterna entre muros de barro y piedra.
Ellos eran quienes salían del templo con enormes sonrisas y miradas brillantes.
Otros se iban con la cabeza gacha y resignación hacia su destino. Otros se contentaban con esperar en sus cuartos las visitas de sus esposos, fueran intermitentes o constantes.
Otros jamás tenían esa oportunidad.
Una vez que los elegidos habían sido presentados hasta los diecisiete, sin que nadie los pidiera, debían regresar al templo definitivamente, quedándose al servicio solitario de Luna hasta sus muertes, o peor, como objetos de diversión ocasional para algunos nobles poderosos.
Iruka tampoco podía entender nada de esto.
La verdad, no sabía lo que quería. No sabía que esperar, si un amor ansiado que le hiciera temblar las piernas, si la soledad definitiva, si la libertad... Le molestaba sentirse vendido, expuesto a que lo tasaran y midieran, pero también quería experimentar, tal vez conocer lo que se sentía "gracioso" en el estómago como le había contado en secreto uno de los chicos antes de partir, tal vez sólo demostrar que él era una persona y no un mito… ¿No podía la vida detenerse en ese momento, con su familia, sus amigos y sin la sensación de querer ver lo que había fuera de todo, de que existían otros caminos que Luna también iluminaba?
Que la vida podía guardarle otras alternativas.
-Entiendo que no quieres hacerlo, hijo, pero te prometo que sólo cantarás y luego todo volverá a la normalidad. Es sólo hoy, sólo esta noche. Después todo será como siempre.
-No digas eso – responde -. Puedo ver a Luna creciente, ¿recuerdas?… Tú me dijiste que cuando Shi nos muestra sólo el inicio de su rostro significa que nace de nuevo. Que las cosas cambian. Siempre cambian.
-No sucederá hoy, Iruka… Tú cantas, termina, volvemos a casa y ya.
Pero Iruka tampoco estaba seguro de querer que las cosas se quedaran en un nada más.
-Está bien... Olvidaré todo y te prometo que haré lo posible – dice mientras levanta el antifaz que aún llevaba en la mano a la altura de su cara -. Pondré mi mejor sonrisa – añade guiñando un ojo y haciendo la mueca de un besito volado, tratando de cambiar los ánimos -. Pero yo elijo la canción, y que no me culpen si golpeo a alguien que se quiera pasar de la raya conmigo o con los demás. Es más, que no me culpen si golpeo a cualquiera que me caiga mal.
Tsunade no puede evitar reír ante las ocurrencias de su hijo.
-Y Naruto también vendrá.
-Gracias. Ya verás que pasará rápido… Mañana ni siquiera lo recordarás.
Sí, para Iruka sería una noche más.
O al menos eso creía.
uuuuuuuuuuuuuuuuuuuuuuuuuuuuuuuuuuuuuuuuuuuu
-Tu máscara está chueca. Para ser exactos, está al revés.
-Maldición.
-Vocabulario, Kakashi. Esas palabrotas no te hemos enseñado en esta casa –reprende con voz tranquila pero firme un joven con ojos de una tonalidad extraña, grises tan oscuros como las nubes de tormenta pero que a pesar de eso, transmiten una mirada dulce y serena. Sus cabellos largos y lacios son negros, del color de las noches sin luna, y su rostro pálido, de facciones suaves, completa una belleza que tiene toques de apariencia femenina. Él se acerca para acomodar el traje del otro, aprovechando para intentar sostener la cabellera plateada del chico en una coleta o, al menos, tratar de evitar que se pare en todas direcciones.
No hay caso.
-¡Maldición! – se escucha desde uno de los cuartos, con un tono mucho más exaltado que el anterior. Kakashi arquea una ceja.
-Bueno, al menos tú no me las has enseñado – dice el peliplateado, contento de la interrupción, pues logra que el otro joven se rinda en la lucha contra sus cabellos en favor de atender a la persona que se acerca -. No podría decir lo mismo de él – añade señalándolo.
-Estúpidos trajes ceremoniales, nunca recuerdo como van. Haku, ¿podrías…?
-Mi Señor, su máscara también está chueca. De hecho, también está al revés.
-Por eso dije que no recordaba como iba, Haku.
-¿Por qué no podemos ir vestidos como siempre? Es más, ¿por qué no mejor nos quedamos aquí?
-Hasta que dices algo inteligente, Kakashi.
-Mi Señor Zabuza, Kakashi… No podemos quedarnos en casa – trata de explicar, o al menos intenta, como siempre -. Tú menos que nadie, ésta es tu noche. Ya imagino que pasaría cuando llamen al mejor guerrero, Hatake Kakashi, y descubran que no se presentó a una ceremonia que básicamente ha sido armada para él.
-No seas dramático, Haku. Que yo recuerde esta ceremonia es para… - interrumpe Kakashi juntando las puntas de sus dedos índice una y otra vez. El gesto es tan claro que no necesita completar la frase.
-Bueno, sí, también, pero una parte importante es el reconocimiento a los graduados y entre ellos, tú eres el mejor, como lo fue alguna vez mi Señor – añade con una sonrisa -. ¿Acaso vas a echar a perder los años de entrenamiento, tus pruebas, tu esfuerzo? Prácticamente has crecido con esto y has logrado mucho, no me dirás que por simples nervios vas a desperdiciarlo todo.
-No estoy nervioso. No tengo nada en contra de la ceremonia y no me preocupa o afecta.
-Perfecto. Así que, como no hay razones en contra, no perdamos más tiempo. Acomoden sus máscaras y nos vamos.
Kakashi se siente ligeramente manipulado.
Los guerreros se miran entre sí, como poniéndose de acuerdo y luego de algunos segundos de indecisión, y pelea a muerte humano-objeto, terminan quitándose las máscaras para atarlas a sus cinturones.
-Tenía que esperar a que me la pusieran en la ceremonia, igual – añade Kakashi dirigiéndose a Haku, como especie de explicación, mientras cruza la puerta. Zabuza sólo gruñe.
Haku simplemente los sigue. Así es su familia. Así ha sido su esposo desde que lo conoce y así ha sido siempre Kakashi, desde que quedó al cuidado de ambos a la muerte de su padre. Haku aún puede ver como un pequeño obstinado de seis años huía de las horas de estudio, refugiándose en los patios de entrenamiento, practicando hasta la noche, y como después su esposo era el encargado de traerlo de vuelta, caras largas de disgusto en los dos. La memoria de su Zabuza haciendo el papel de padre estricto y de Kakashi creciendo con ellos le hace sacudir la cabeza y sonreír con cariño.
-Luna creciente…
-¿Mi Señor?
-Mira al cielo, Haku… Las nubes no la tapan hoy.
-¿Eso qué tiene de especial? – Kakashi trata de apresurarlos. Mientras más rápido lleguen, más rápido todo terminará. La sensación de vacío en su estómago y los nervios que nunca admitirá se convertirán sólo en un mal recuerdo.
-Shi creciente nos dice – completa Haku, dándoles alcance y enlazando su brazo al de su esposo, su voz cargando el respeto por Luna que todo elegido de la diosa lleva grabado en el alma, aunque haya dejado el templo hace mucho tiempo – que hoy un nuevo ciclo empieza. Recuerdo una frase, uno de los himnos que aprendí hablaba de esto… ¿Cómo iba?
Kakashi se detiene para mirar por un instante el cielo.
-¡Ah, sí! Shi te saluda llena de amor. Shi anuncia cuando su rostro renace. Shi te pide que la escuches. Un cambio, un nuevo inicio, porque después de esta noche… Tu vida no será la misma.
Un rayo de luz ilumina el rostro del Hatake, haciendo brillar sus pupilas.
TBC...
Otra vez me disculpo por la demora. Como pueden ver, me he tomado libertades con las edades de los personajes, Haku es mayor que Kakashi, por ejemplo.
Espero que les haya gustado, recuerden que sus comentarios y críticas constructivas son siempre bien recibidos. XD
Y aprovecho para desearles un Feliz Año algo atrasado. Que el 2009 les resulte maravilloso!
kisses,
Hina
