Capítulo Tercero – Olfato

Está empapado, tiene toda la ropa pegada a su cuerpo y no se siente mejor. A lo lejos se oye el sonido de los coches al circular. Está lloviendo y eso hace que enormes colas de vehículos se formen en todas las calles. Los conductores irritados tocan el claxon, intentado apartar los coches de su camino. Como el sol que todavía lucha por abrirse paso a través de las nubes negras; sin conseguirlo, pero insistiendo de nuevo.

Los pitidos de los coches se meten en su cabeza. Son pitidos impertinentes, dolorosos y demasiado fuertes para tener sentido; pero su cerebro se lo encuentra. Su cerebro los une y forman una dulce melodía de campanas que repican a su alrededor. Campanas que parecen tristes mientras lloran la pérdida de alguien; suenan a entierro y a llanto, a dolor y desesperación. Las escucha tan fuerte que las busca con la mirada; pero sabe que no están aquí, sabe de dónde las escuchó. Esas campanas son de Londres.

Las campanadas del Big Ben anuncian que son las ocho de la mañana. Se aferra con fuerza a la mano que le sostiene. Es una mano que hace meses que no le suelta, una mano que le ha prometido un lugar mejor. Sus enormes ojos negros miran a su alrededor, analizando todo lo que ve. Casi no recordaba como era el mundo fuera de las blancas paredes de su hospital. No quiere admitirlo pero tiene miedo, mucho miedo. Tanto que es como un fantasma que le envuelve y le quiere alejar de todo lo bueno que ha vivido esos días. No le gustan los cambios, no le gusta sentirse asustado, no quiere soltarse de esa mano que le promete un lugar mejor; pero tiene tanto miedo que se siente capaz de caer de nuevo. Entonces él se gira y le sonríe y el mundo brilla y le canta al oído.

Puede olerlo todo. Desde que salió del hospital y el olor a formol y alcohol se ha desvaneció parece que su nariz ha cobrado vida. Se ha vuelto poderosa y se siente capaz de oler todo lo que esté cerca de él. Siente que puede oler el cemento con el que fabricaron los adoquines que está pisando, que puede oler el mar a través del viento que le acaricia el rostro. Puede olerlo todo, hasta el sol que esa mañana ha despertado a Londres entre tímido y escondido pero que ahora quiere recuperar su lugar en el cielo y le hacer sentir calidez dentro de él. Puede oler a mantequilla y azúcar, a té y café, a pan y bollos, a trabajadores y niños que van al colegio. Puede oler la tierra mojada bajo sus pies a pesar de que el sol ya ha borrado toda señal de que esa mañana Londres había amanecido lloviznando. Puede oler a los perros que cruzan corriendo a su lado cuando el carnicero los espanta. Y de pronto le sobreviene un terrible olor, peor que el de cualquier hospital, peor que cualquier olor de los últimos años. Huele a accidente de coche. Huele la carne muerta y la sangre y un escalofrío le recorre la espalda.

-¿Tienes hambre? –le pregunta Quillsh.

El hedor de la sangre la hace tener ganas de vomitar, no cree que pueda volver a comer nunca más. Niega con la cabeza.

-¿Estás seguro? Hace un rato hemos pasado por una pastelería y me ha parecido que te apetecía un dulce. En el hospital no te daban dulces, pero ahora yo soy tu tutor y creo que deberías probarlos.

Vuelve a negar con la cabeza. No sabe que sabor tienen esos dulces de los que le hablan, pero no tiene ganas de saberlo. Solo puede sentir el olor de carne muerta y recordar cosas que prefiere olvidar.

-Está bien, pero yo voy a entrar a comprarme algo para mí. En la esquina del orfanato hay una pastelería que prepara los mejores pasteles de fresas y nata de todo Londres.

Caminan despacio y unos metros antes de llegar pudo olerlo de nuevo. Huele a fresas, nata, piña y melocotón. A azúcar y membrillo, merengue y limón. Sus sentidos se expanden a través de los mostradores de la pastelería, puede notar el sabor del chocolate fundiéndose lentamente en su boca. Sus ojos se abren desmesuradamente, observando todo lo que se expone ante él. Hace un intento de soltarse de la mano de Quillsh para poder verlo todo más de cerca, pero sólo con aflojar el abrazo que le mantiene en este mundo oye ese silencio otra vez. Se aferra de nuevo a él con fuerza, de manera casi posesiva; como hacia años que no se aferraba a nadie. Quillsh le mira y parece saber lo que quiere sin necesidad de decirlo.

-Podemos pedir que nos ponga un pastelito de cada sabor, de esos pequeños y los compartiremos. Así podrás probarlos todos sin soltarte de mi mano.

Le sonríe de nuevo, se siente bien. Cuando les ponen los pasteles se sientan en el parque, frente al orfanato, mientras se los comen. Quillsh le habla de su nuevo hogar, de que es un niño especial y que ha de estar con niños especiales, porque los niños normales son menos que los niños especiales y él merece estar con quien este a su altura. Le habla mientras comen y todo se vuelve un cuento dulce de amor y cariño. Cuando terminan ya no tiene miedoni dudas. Caminan los pocos pasos que le separan de la entrada del orfanato cogidos de la mano. Su corazón vibra y canta. Ha salido el sol, ya no llueve y las nubes son blancas. Escucha el sonido de los pájaros cantando y se siente primavera. Se siente florecer. Puede ver vida ante él, para él. Por primera vez en mucho tiempo siente que todo puede irle bien, que alguien estará con él, que no caminará solo. Su corazón florece y brilla y entra al orfanato feliz de estar allí.

No puede evitar mirar su mano. Aún siente la mano de Quillsh agarrándole con fuerza, prometiéndole que nunca le dejara. Hace dieciocho años que le prometió estar a su lado y jamás le ha fallado. Nunca le ha soltado. Siempre que ha necesitado tenerle cerca, le ha tenido. A pesar del miedo que siente ahora algo le reconforta. Sabe que no camina solo, que nunca lo ha hecho, que a pesar de caminar junto a la muerte tiene una mano a su lado, que nunca le suelta, que nunca le pierde, que nunca le falla. Vuelve a sentirse primavera, vuelve a sentirse florecer. Cierra los ojos y puede olerlo. Huele a fresas, nata, piña y melocotón. A azúcar y membrillo, merengue y limón. Los pájaros le cantan al oído y la sombra de la muerte parece que se aleja un poco. Quizás pueda lograrlo si no le sueltan de la mano.