Quien dijo que llevar una amistad era fácil no conocía a Ichiyama Claude, Usui Mathilda ni a Thompson Aaron. Pero el sabio que dijo "Quien encuentra a un amigo, encuentra un tesoro" tiene todo mi apoyo.
Mis amigos eran extraños, divertidos, burlones, una que otra vez sarcásticos, discretos, leales, fastidiosos, hasta cierto punto insulsos y cariñosos. No es que esto último sea bueno precisamente.
Usui Mathilda, de catorce años, era una chica dulce, pequeña, frágil, inteligente y perceptiva. Tenía mucha confianza en mi, bastante detallista y amante de las mariposas. Tenía más peluches y muñecos de felpa de los que podía contar cuando nos conocimos, a los ocho años. Estudiamos juntos en primaria, cuando sus padres se mudaron de Hokkaido, la isla al norte del país, a Nagasaki. Nos hicimos amigos rápidamente y siempre buscaba protegerla de todo, aun así ella terminaba encargándose de mi: si me lastimaba siempre tenía una bandita, si me equivocaba estaba allí para animarme y si me sentía triste ella iba a consolarme. Es la persona que mejor me ha entendió, suelen decirnos que hacemos buena pareja pero nunca hemos hablado seriamente ese tema.
Ichiyma Claude, nacido en Nagasaki, era un año mayor que yo, nos conocimos también en la primaria, era uno de los mejores y más cercanos amigos de Mathilda, se gustaban a decir verdad. Elegante, bien parecido, intuitivo pero distraído, demasiado dramático y escandaloso, a veces solo le gustaba pasar desapercibido. Desde chico estuvo en el club de teatro de la escuela, cuando estuvo en la preparatoria también y eso no cambió al entrar en la segundaria. Tiene demasiada confianza en sí mismo, gusta de correr mucho, por eso también está en el equipo de atletismo. Si yo me consideraba alto él sabía como bajarme de la nube, caminando siempre altivo pero discreto, sacándome por lo menos una cabeza. Fue mi primer mejor amigo y desde chicos insiste en que nos protegerá por ser el mayor.
Thompson Aaron es americano, nació en Los Ángeles y vino a Japón por el trabajo de su padre, él me enseñó a hablar ingles, los otros dos no quisieron, no les gustaba mucho. Sus padres son una pareja encantadora, siempre nos hacían sentir como en casa y su hijo, a pesar de ser inseguro hasta cierto punto, sabía como darse aires de importancia y hacerte creer que los valía. Gracioso y sarcástico hasta más no poder, era obvio que gustaba de Mathilda y siempre andaban juntos cuando Claude y yo nos perdíamos para hacer alguna competencia, ellos dos eran los más calmados pues, cuando Ichiyama me metía cosas en la cabeza, no había quien me las sacara.
Cada uno era único y diferente, me trataban de manera especial y eran amigos incondicionales en todos los aspectos. Hacíamos todo juntos, hasta ir a las aguas termales en vacaciones, recuerdo que tomó mucho tiempo para que Aaron se acostumbrara. En la escuela tuvimos la fortuna de estudiar juntos y Claude comía con nosotros en todos los descansos, estábamos obligados a ir a sus obras y se podría decir que casi vivían en mi casa, aunque muy contadas veces se quedaron a dormir.
A parte de todo esto puedo decir que eran unos aprovechados y hasta cierto punto me consideraban como un líder o un mediador, cuando Mathilda se molestaba con alguno de ellos era yo quien terminaba hablando y arreglando las cosas. Cuando Aaron y Claude se peleaban y no había forma de que Mathilda pudiera hacer algo (ella no lo sabía pero muchas veces las disputan eran por ella) el que los unía como los grandes amigos que son era... Si, adivinaron: yo.
No es que me moleste, sino fuera por ellos mi vida habría sido vacía y aburrida, sin chiste ni momentos interesantes. Pero si ellos querían sacarme de mis casillas (y muchas veces solo por estar aburridos) lo hacían y dejaban atrás todas sus diferencias para hacerlo.
Creo que lo que más me molestaba era cuando se metían con mi rebelde cabello, pero cada uno tenía su especial y única forma de hacerlo.
Mathilda me hacía cargar todas sus cosas con el fin de hacerme gritarle y probar mi resistencia, no física, sino mi paciencia. Para no darle (darles) el gusto me tragaba mis palabras y la seguía con sus mil y un cosas, les aplicaba la ley del hielo y luego de un rato sudando, jadeando y de su propia frustración me ayudaban con la carga y me invitaban a un jugo. Y ese jugo sabía a gloria.
Por su parte Aaron iniciaba conversaciones en ingles, sabiendo que me era difícil todavía, hablaba muy rápido y decía expresiones que sólo los estadounidenses utilizaban y entendían, entonces yo me enojaba, no hay nada que más odie que no saber o comprender algo. El mejor remedio y venganza era empezar a cantar, cantaba canciones típicas de mi país y hacía oídos sordos a sus comentario, lo mejor era que, como sabía que le gustaba mucho mi voz, se rendía y se quedaba quieto escuchándome y tratando de entender un poco más la cultura, eran momentos para nosotros solos.
En cuanto a Claude, a veces dudaba que fuera el mayor del grupo, pues el más maduro parecía ser yo, y en contadas ocasiones Aaron. Se comportaba como un chiquillo cuando quería y cuando por fin lograba exasperarme regresaba a su porte serio y elegante y me dejaba en ridículo. Por suerte tenía la cortesía (o inteligencia) de hacerlo nada más entre nosotros cuatro y nuestros padres, sí, hasta los míos. Como lo odie por eso.
Pero habían veces en que parecían disputarse mi atención, que si Mihaeru no entiendo esto, que si Miha ven a ayudarme, que si Miha tengo sueño y no sé qué otras cosas más. También, cuando el soñoliento era yo dejaban que me recostara en ellos para dormir. Mathilda, por ser mujer supongo, se sentaba de rodillas y me dejaba posar mi cabeza sobre sus piernas, habían veces donde creía que acariciaba mi cabello, pero nunca estuve seguro. Aaron abría las piernas y me hacía un espacio allí, mientras descansaba mi cabeza y parte de mi espalda en su gran panza (desde chico era gordito, por así decirlo), juntaba mis manos sobre mi estómago y caía dormido particularmente rápido.
El peor de todos era Claude, me tomaba por los hombros y me OBLIGABA a recostarme sobre el suyo, varias veces en su pecho. Cuando despertaba el muy imbécil me abrazaba rodeando mi cintura recostados sobre el césped, piso, tatami, o donde sea que estuviéramos, mirándome de manera burlona. Lo más irritante resultaba ser que yo también lo abrazaba, sorprendiéndome a mí mismo de estar rodeando con mis brazos sus cuello o su espalda, bastante juntos y el grandísimo tonto una única vez enredó nuestras piernas. Aquella vez lloró, pues el golpe que le di con la rodilla en sus... partes nobles fue bastante fuerte.
-¡Lo dejaste sin hijos! –gritó Aaron asustado. Mathilda no dejó de reírse de eso por al menos una semana.
Aun así sigue sorprendiéndome que caiga en lo mismo, aunque ahora solo me consigo abrazado a él, sentado. Por lo menos, decía yo luego de golpearlo en la nuca.
A pesar de todas las personas que hoy día ocupan mi mente y son muy cercanos a mi (entiéndase Takao, Max, Ray, Kai, y los demás, para hacerlo corto) esos tres son mis primeros mejores amigos, quienes hasta en los peores momentos estuvieron a mi lado sin importarles lo demás. Les debo mucho y siento que jamás podré terminar de pagarles, por lo que me han ensañado, lo que me han hecho sentir, las veces que lloramos y reímos juntos y las interminables muestras de tolerancia, amistad y fidelidad que han tenido para conmigo.
Por eso... Gracias, amigos, son como una mina de diamantes, que suelen caerme en la cabeza o en el dedo gordo del pie solo por molestar pero que me hacen feliz al verlos.
Si leíste esto hasta el final debe ser porque entiendes de lo que hablo, aléjate de la pantalla, toma el teléfono, ya sea de tu casa o de tu celular y llámalos, o sal y ve a abrazar a tus amigos y/o amigas, esos que te dicen la verdad, te apoyan y te escuchan (ya sea un regaño, un consejo o un desahogo) y diles lo que quieras, porque nunca sabes cuando se volverán a ver.
Gracias a ti también por leer, amig mío. Nos veremos pronto.
Mihaeru.
