Dedicado a mi nee-chan y a mi oka-san!!!
Capitulo 9: "Navidad"
-¡Takao, quédate quieto por el amor de Dios! –gritó Hiromi exasperada.
Estábamos toda la clase del 3-C en el autobús con dirección a la pista de patinaje. Todos íbamos muy emocionados hablando, riendo, algunos incluso cantando. Hiromi para variar (nótese el sarcasmo) estaba regañando a Takao por andar de un lado a otro por todo el autobús, me pregunté si era por cumplir con su cargo de sub-jefa ante el profesor Barthez, que estaba al frente muy cerca de ella, mera costumbre o por preocupación por el chico.
-No seas así, Hiromi-chan –dijo este muy alegre-. Vamos, hoy hay que divertirnos. ¡Nee, minna! (¿Verdad, chicos?) –una carcajada general se escuchó por el autobús junto con muchos "¡Sí!".
Me limité a mirar por la ventana a mi lado y concentrarme en el paisaje, los árboles de noche seguro darían miedo, el frío se palpaba perfectamente y las nubes en el cielo eran grises y lo cubrían todo. Suspiré por alguna razón que no entendí y cerré los ojos un momento. Tomé la pequeña mochila que había traído conmigo y saqué un cuadernito pequeño, un lápiz y una goma de borrar.
Perdí mi mente por unos cuantos minutos sin prestar verdadera atención a mi alrededor, nadie me molesto hasta que una voz dulce y cantarina llamó mi atención haciéndome levantar la mirada.
-¿Nani o, Miha-kun? (¿Qué haces, Miha-kun?) –preguntó Brooklyn desde el asiento de adelante sentado de rodillas sobre este con los brazos cruzados sobre el respaldar y su mirada fija en mí.
-Escribo –dije tras dudar un poco.
-¿Puedo leerlo? –preguntó ladeando la cabeza, se veía adorable así y era imposible decirle que no, pero... Me lo pensé seriamente recordando el incidente de semanas atrás en la clase de literatura-. Miha-kun...
-Eh... ten -cedí al fin pasándole el cuaderno.
-"El frío se hace presente, el sol oculto permanece, en vaho se convierte mi aliento y me pregunto si podré verte" –paró un momento y levantó la mirada con una sonrisita pícara para seguir leyendo-. "En una danza cae la nieve cubriendo todo lo que a su paso se encuentre. Los árboles sin hojas, los lagos congelados, las flores durmientes, las cubren pequeños copos de nieve, el rocío de la mañana hielo se vuelve" –no me había dado cuenta como ya algunos de mis compañeros dejaban de hablar para prestar atención a lo que decía Brooklyn. Mathilda lo miraba inexpresiva con las manos aún en los audífonos, que reposaban en su cuello-. "Camino y camino en medio de esta nevada, dejando una estela de pasos y el rastro de un llanto. Y en el recuerdo queda la plegaria, un susurro ahogado, una risa fría, una palabra mía" –su voz era una melodía dulce y susurrante y sus labios decían cada palabra con lentitud y claridad, casi como si deseara grabarlas en su mente-. "Las montañas, a lo lejos lanzan guiños y destellos, son sus cumbres blancas una tumba helada, donde descansa mi sueño, duerme mi ilusión, que haré despertar con todo mi calor. Y el canto de un ave a lo lejos se escucha mientras corre una liebre su hogar busca..."
-¡Sugoi, Brooklyn-kun! –comenzaron a decir algunas chicas sonrojadas.
-Pero yo no lo escribí –me alarmé un poco al escucharlo decir eso, no quería meterme en más problemas-. Fue Miha-kun, pero no está terminado, ¿ne?
Negué con la cabeza, preocupado.
-¿Minamoto-san?. ¿Habla de Mihaeru? –se escuchó por todo el autobús. Me hundí en mi asiento y Mathilda frunció el ceño mirándome, sé que era un reproche silencioso y me lo merecía. Nadie me mandaba a escribir esas cosas. Takao y Hiromi se mantenían al margen, pero siempre escuchando-. ¡Es genial!. ¡Qué profundo!. ¡Y qué romántico!
-¿Eh? –Mathilda y yo nos miramos incrédulos pero luego me sonrió, me palmeó el hombro y se recostó en el asiento con los audífonos puestos de nuevo y los ojos cerrados.
-¿Tienes más? –preguntó un chico que creo se sentaba en la fila de Brooklyn, quien sonreía encantado y junto con los demás demandando otro "poema".
-Pues... sí. Allí mismo –señalé con un dedo el cuaderno y Brooklyn me lo pasó para que lo buscara y lo recitara-. Etto... ¿Puedes leerlo tú, Brooklyn? Me da algo de pena.
-Pero claro que sí, Miha-kun. ¡Qué bien, voy a leer otro de tus poemas!
-No es mi culpa que salgan rimando... lee éste.
-Bien –se aclaró la garganta con expresión solemne, lo que arrancó un par de risitas, y recitó-: "Angelical criatura, cuyos ojos brillan en tu tez nocturna. Que refleja la luz en medio de tu negrura, tu piel de ónice (onix) se ve tersa y suave haciendo tu aspecto más deseable" –muchos se miraron con las cejas alzadas y sonrisas socarronas-. "Las gotas de tu lluvia te hacen brillar, resaltan tu hermosura sin piedad alguna. Aunque la ira y la tristeza de tu rostro se adueñen magnífica es la visión, hace que los dioses se alegren. ¡Oh, ángel de la noche tallado en ónice! Cubre mis llantos con tu noche de besos, y tu dulce aroma tiña mis miedos. La caricia de tu mirada de ternura me colma, se agudizan mis sentidos y mi corazón implora: déjate cuidar, aunque sea un poco, déjame admirarte y sentir mi corazón gozoso. Y vuela hacia la eternidad con tus alas tan negras como la oscuridad"
El silencio precedió sus palabras, todos estaban muy atentos al poema y mis entrañas se retorcían nerviosas por lo siguiente que podría pasar. Pronto las chicas prorrumpieron en suspiros y exclamaciones como: ¡qué romántico! Y los chicos me preguntaban de quién estaba tan enamorado. Me tomó un rato hacerles entender que era solo un fragmento de mis pensamientos, nada concreto ni con significado exacto, pudo haber sido inspirado por cualquier cosa, incluso por un momento de ocio, cosa que de verdad pasó.
-¿Y lo escribiste porque no tenías nada mejor que hacer? –preguntó una chica incrédula.
-Así es. A veces cuando no hago nada tomo el lápiz y empiezo a escribir cualquier cosa. Puede ser romántico, triste, una reflexión... Cualquier cosa –dije con simpleza pues para mí era muy común.
Todos parecieron de nuevo impresionados. Entendí que no se esperaban esto de mí y me causó gracia, si esto les parecía sorprendente si me conocieran más sería para ellos un fenómeno o algo así. Intenté no pensar mucho en eso ya que la única que me lo reprochaba era mi madre, el resto de mis amigos o no les molestaba o les gustaba.
-¿Y le has escrito algo así a alguna chica? –preguntó otra de mis compañeras.
-No..., nunca le he escrito a nadie, normalmente solo son ideas que se me vienen a la cabeza y a falta de pasatiempos... –me encogí de hombros resueltamente y todos empezaron a reír.
-¡Jovencitos!. ¿Qué es todo esto? -preguntó Barthez sobresaltándonos.
-¡No digan nada, por favor! –supliqué en voz baja para que no pudiera oírme.
-Sunimasen, sensei (Discúlpenos, maestro) –dijo Brooklyn en seguida-. Sólo charlábamos. Volvamos a nuestros puestos –ordenó más que sugirió. Todos se apresuraron a obedecer y antes de irse Brooklyn me guiñó un ojo y me entregó el cuaderno con discreción, se acercó un poco y con una seña me indicó que hiciera lo mismo-. Son muy hermosos, dichosa la persona afortunada.
Sólo atiné a mirarlo sorprendido, sabiendo que algún día dejaría de sonrojarme, un presentimiento me dijo que eso sería muy difícil.
Un rato después el maestro anunció que pronto llegaríamos al domo de patinaje. De los demás autobuses, aparcados junto a los nuestros, bajaron los muchachos de 3-A, 3-B y 3-D. Nos formamos en filas detrás de nuestros delegados y entramos en orden al domo. Exclamaciones de emoción, admiración e impaciencia no se hicieron esperar y justo después de que nos dijeran las reglas a cumplir allí nos dejaron dispersarnos para patinar. La pista se llenó de estudiantes, algunos nerviosos por ser primera vez sobre el hielo, algunos que se deslizaban muy bien, pero todos muy felices.
-¡Nos vemos allá! –dijo Mathilda, yendo de la mano con Hiromi hacia la pista. Mathilda le había prometido a ella que le enseñaría a patinar sobre hielo, pues como ella viene de un lugar tan frío, para ella era tan fácil como caminar.
-¡Miha, date prisa! –gritó Takao desde la pista, esforzándose por permanecer de pie, ayudado de Max, que también me saludó.
-Ima itekimasu (Ya voy) –reí.
-¿De veras sabes patinar? –preguntó una voz sedosa atrás de mí. Sobresaltado me volví para encontrar a Mystel, quien sonrió.
-Sí, lo sé.
-Parece que haces de todo, Mihaeru –mi nombre había sonado tan extraño en sus labios. Sonrió de lado-. Pero, ¿por qué eres tan despistado? Bueno, ya nos veremos allá.
Y se alejó con gracia sobre los patines sin protección, entrando al hielo con la misma precisión de un patinador profesional. Ese desgraciado. ¿Qué habría querido decir?
Una vez en la pista, olvidé los problemas y me concentré en patinar a mis anchas por todas partes, haciendo ochos, eses, curas muy abiertas, unas cerradas. Algo en esto me fascinaba desde chico, por suerte no se había perdido para nada. Max, Takao y yo hicimos carreras de velocidad, Mao tuvo que ser disuadida por todos nosotros para que entrara, Hiromi insultó a sus patines sin mucho tacto (vaya lengua que tiene) y al hielo, aunque Mathilda se mostró bastante paciente, Mariam se quejó de la extrema dureza del agua (comentario sin sentido... ¿No?). Nos tomamos muchas fotos, si no en grupos en medio de nuestras exhibiciones de destrezas.
Era veintitrés de diciembre, en Japón es cuando salimos de clases. Si bien terminan más temprano por consideración al frío, también están llenas de recitales, obras de teatro, uno que otro festival de arte (nuestro club de arte y Salima se llenaron de buenas críticas la semana pasada) y algunos clubes deportivos se detienen. El mes estaba lleno de pruebas atrasadas, ensayos en el auditorio por parte del club de teatro (en los que ayudaba de vez en cuado con el viejo equipo de iluminación, cuando Mathilda y yo íbamos a esperar a Claude. Esta idea había animado a todos, sobre todo porque iríamos todas las secciones. Takao estaba exultante, jugando con Max, Ozuma y Zeo como un niño. Era adorable, entonces ellos prácticamente lo mimaban.
A la hora del almuerzo, pegamos dos mesas y nos reunimos el grupo entero. Oliver, con las mejillas rojas, una bufanda de la bandera de su país y mucha alegría, nos invitó a todos chocolate caliente. Emily y Max empezaron a contarnos sus experiencias navideñas en Estados Unidos. Todos escuchábamos fascinados, en especial la parte en que salían a principios de Diciembre.
Oliver siguió, hablando de las tradiciones típicas de su país. Mao dijo que en el suyo no se celebraba pero que desde que llegó a Japón y conoció a su amiga Emily, había aprendido a cantar villancicos en ingles y sobre las tradiciones de allí. Mariam habló de una experiencia peligrosa con muérdago una vez en casa de su primo Ozuma en las que todos reímos a carcajada limpia, mientras ellos hacían una pantomima de ello.
Mystel y Raúl quisieron hacer competencias de saltos a eso de las dos, a las que todos prestamos atención. Mystel saltaba más lejos y alto pero era el español quien hacía las piruetas más impresionantes. Al principio estaba preocupado de que hubiera algún accidente pero me convencí que todo iba bien.
Hablé muy pronto, por cierto.
-¡Empatados! –gritó Max. Llevábamos una puntuación que era puesta por los jefes de los cuatro salones, quienes reían a lo grande-. ¡Este es el último y decisivo salto! En posiciones, por favor –ambos muchachos se alinearon un junto al otro. Max, muy metido en su papel de comentarista, acercó el lápiz a su boca (el micrófono) -. ¿Listos? -alzó la mano en el aire y la dejó caer con un rápido movimiento-. ¡Fuera!
Ocurrió demasiado rápido. La última voltereta en el aire de Raúl no salió bien y no pudo recuperar estabilidad. Por eso, se precipitó hacia el suelo de cabeza. Antes de que empezaran los gritos, Mystel hacía maniobras para regresar hacia su amigo, Takao hizo un movimiento brusco con los brazos y se sobrevino una inexplicable ráfaga de aire. Pude verla únicamente porque elegí ese momento para sujetar mi cabello en una coleta alta. Tenía los antebrazos cubriéndome el rostro y el cabello, a diferencia del de la mayoría, fuera de mis ojos.
También, vi las manos de Raúl arder como si fueran hierro hirviendo y a Mariam y a Max pegar las manos al hielo, como si con eso pudieran evitar algo. Todo esto fue al mismo tiempo y en lo que tardó caer Raúl; unos tres segundos. Cuando cayó, pude verlo, tras la ventisca que pareció acercar más a Mystel para sujetarlo y ayudarle a cambiar de posición, lo recibió una superficie acuosa. Pero el hielo no estaba derretido, no tres segundos antes.
Los gritos me sacaron de la impresión, varios alumnos, entre ellos sus amigos, se precipitaron hacia Raúl y Mystel, ambos en el suelo, empapados. A partir de ese momento, todo fue un desastre: Los profesores titulares se acercaron, asustados (los que podían patinar, al menos), a ver a sus alumnos. El encargado de la pista también se acercó.
Revisaron que los chicos estuvieran bien. Sólo estaban mojados. El encargado se disculpó miles de veces con los profesores y nosotros, al tiempo que los profesores se disculpaban por el comportamiento vergonzoso de sus alumnos al hacer trucos tan irresponsables. Tuvimos que irnos dos horas antes de lo previsto. Los profesores estaban indignados pero nos dejaron tranquilos en vista de que por razones desconocidas, la máquina de congelación encargada del hielo había fallado en el sector donde nos habíamos reunidos y, aparentemente, no pudo ser nuestra culpa.
Estuve ido todo el viaje, pálido, mareado y bastante intranquilo. Al llegar al instituto decidimos (el grupo de siempre) ir a comer a algún lugar. Fuimos al parque de diversiones, cenamos allí y a eso de las ocho cada uno se fue a casa. Oliver llamó a su chofer para que viniera a recogerle e hizo el favor a varios de llevarlos. Yo iba a irme con Mathilda, para acompañarla a casa, pero su madre pasó por ella para una cena con la familia.
-Miha-kun –me volví, ansioso, tras despedirme con la mano de la familia de Mathilda. Sólo una persona me llamaba así. Brooklyn me sonreía y, sin embargo, no era la sonrisa de siempre.
-Hola.
-Hola.
Hubo un prolongado silencio.
-¿Sí? –sacudió la cabeza y rió suavemente.
-Lo siento. Yo… ¿Te vas ahora?
-No, no. Iba a acompañarla para que no se fuera sola a casa.
-Eso es muy dulce de tu parte –rasqué mi nuca, apenado.
-No realmente… No me gusta que las mujeres anden solas por ahí muy tarde. Sé que todavía es temprano pero hay que ser precavido.
-Es cierto –tras un momento de silencio, en el que pareció titubear, dijo, no muy seguro-: Miha-kun… ¿Podrías… querrías acompañarme a cierto lugar?
-¿A cierto lugar? –repetí.
De pronto, me encontré frente a la casa de espejos, con Brooklyn a mi lado, componiendo una mueca ansiosa. Era extraño verlo así, tan nervioso. Por un segundo olvidé el asunto del patinaje y nos adentramos a ése lugar.
Era como debía ser toda casa de espejos: corredores poco iluminados, pesadas cortinas apolilladas entre los espejos, los cuales eran más altos que los visitantes, con marcos de distintos colores, texturas y formas. Sus extrañas superficies distorsionaban todo, hasta hacer las figuras más chatas, rechonchas, alargadas o deformes que el anterior.
Nunca me gustaron los espejos. Dicen que son puertas a otros mundos, que allí se refleja el lado malo de las personas. Yo lo creía, más de una vez me he asustado por lo que he visto de mí mismo; destellos de un rostro diabólico y ensangrentado. Me asustaba ese otro lado de mí, porque no sabía qué tan fuerte era o cuándo podía salir.
Brooklyn caminaba a buen paso, pero parecía intranquilo. Apenas nos reímos, lo cual es extraño en esos casos. Debió ser un viaje divertido, agradable y lleno de risas. Por el contrario, Brooklyn se mostró silencioso y sólo rió cuando en un espejo mi cabeza creció del tamaño de la luna.
Algo pasó cuando llegamos al último espejo. Estaba detrás de una cortina con un cartel que rezaba "Espejo mágico". En el anuncio de afuera, decía que el último espejo estaba encantado, que un espíritu vivía allí y que podías ver las cualidades mágicas o la verdadera figura de las personas. Si de verdad estaban enamoradas, si tramaban algo, si estaban tristes o felices.
Dudó al quitar la pesada cortina azul. Una superficie nebulosa nos recibió, con un marco tallado con detalles de hadas, ninfas y dragones. Por un segundo, fue lo mismo; el mismo rostro sangrante que no era mío, pero que a la vez me pertenecía. Sin embargo, la expresión era humana.
Solté un respingo cuando vi a Brooklyn, de pie, inmóvil y erguido a mi lado. Un par de inmensas alas negras moteadas de blanco salían de su espalda, los mechones rubios en su cabello eran negros y lloraba, al igual que yo, sangre. Cuando volví a ver, ambos éramos los mismos chicos en uniforme de instituto de siempre, sin sangre, sin alas, simples humanos con rostro compungidos.
Entonces, noté su especialmente torturada expresión.
-Brooklyn, are you okay? If you want we can leave now.
-I'm all rigth, thank you –no parecía estar bien-. But you're right –siguió aparentando tranquilidad, con ese bonito acento inglés que yo no conseguiría imitar nunca por más que tratara-. Let's go, this is the end.
Una vez afuera, compré algo de beber. Algo caliente, por el clima. Pegó la nariz a la lata y me observó. Bebió un poco, lo que le regresó un poco de color a la cara.
-Say it.
-Brooklyn, no…
-Say it –repitió. Debía hacerlo, debía decirlo.
-¿Por qué me pediste que viniéramos aquí si no parecías quererlo?
-Lo necesitaba.
-No te sigo.
-Soy una persona masoquista –aceptó sombrío-. Pero no podía hacerlo yo solo.
-¿Por qué yo?
-¿Quién más si no tú? –no sonrió pero me acerqué, mucho, a él y asentí-. Regresemos, ya se estarán preguntando dónde estamos.
-De acuerdo.
-Miha-kun –llamó bajito, como si no quisiera ser escuchado.
-¿Sí, Broo?
-Gracias.
-Claro, vamos. –Empezamos a caminar y, de pronto, yo empecé a cantar-: Don't try… to live so wise. Don't cry… coz your so right. Don't dry with fakes or fears coz you Hill hate your self in the end…
-¿Qué cantas?
-Se llama Wind, es de Akeboshi, una de mis bandas favoritas.
-Gran letra.
Le palmeé amistosamente el hombro y dejé la mano ahí.
-Lo sé.
-¿Quieren que los llevemos? –preguntó Takao cuando llegamos. Estaba fuera del auto de Kai. Brooklyn intentó negarse, yo ni podía hablar, y, finalmente, entre Max, Takao y Hiromi (una mirada de Kai también ayudó) nos convencieron de que no era ningún problema.
Bien apretados pero entre risas llevamos primero a Hiromi. Dejamos a Takao y luego a Max. Brooklyn había insistido en ser llevado de último, demasiado serio.
-¿Tuvieron un día interesante? –me pregunté porqué no dijo divertido. Miré a Kai por el espejo retrovisor, él me devolvió la mirada un instante.
-Algo así.
Con una desagradable sensación en el estómago, los recuerdos volvieron. Miré a Brooklyn, a mi lado. Hice como que quitaba una pelusa de su abrigo. Le guiñé el ojo, haciéndole saber que era obvio su silencio. Él se sonrojó pero se encogió graciosamente de hombros, como disculpándose.
-Entiendo. Siempre este tipo de cosas son… reveladoras.
Me despedí de Kai y Brooklyn una vez en casa. Entré, subí a cambiarme y bajé a la cocina. Empecé a atar cabos.
Puse la tetera sobre el fogón de la cocina, lacónico. En este poco tiempo de mi vida había descubierto más cosas que muchas personas de mi edad. Por ejemplo, que algo muy extraño, en demasía, escondían ciertas personas cercanas a mí. Por un segundo me sentí herido y luego asustado. Tenía un desagradable presentimiento y la sensación aumentó al oír el reloj de pie de la sala anunciar la hora. Mamá había salido a una de sus cenas de negocios y por eso no llegaría hasta más tarde. Ya eran las nueve y no había preparado la cena.
Con la misma pereza que me acompañaba desde hacía rato saqué todo lo que se me antojó para preparar una buena comida. Acostumbrado como estaba a cocinar preparé arroz al estilo cantonés con muchos aderezos, tal como me gustaba la comida china. Revolví el arroz a fuego alto con poca energía, algunos granos se pegaron al sartén y el pequeño guiso que preparaba quedó insípido.
-Maldición...
Dejé reposar la comida, los trastes sucios y el delantal descuidadamente sobre la encimera de la cocina. Al subir a mi habitación encendí la vieja computadora, que tardó considerablemente en abrir una página web. Revisé mi correo electrónico y tal como lo supuse un mensaje había llegado no mucho tiempo antes. Los muchachos ya habían bajado y pasado las fotografías de ese día por correo electrónico. Abrí el archivo y las descargué. De nuevo tuve que esperar más de la cuenta. Mientras, bajé a servirme la cena. Regresé con un vaso de refresco y un plato bien surtido. Me senté frente a la computadora, los archivos ordenados en la pantalla. Seleccioné una al azar.
Mi estómago se revolvió como si dentro hubiera algún animal vivo.
En la imagen que se mostraba perfectamente nítida salíamos Takao, Max y yo con afectadas sonrisas por tener que irnos tan rápido, las mejillas rojas por el frío y la pista de patinaje detrás. Con la opción de acercamiento agrandé la esquina inferior izquierda. Esta vez no tuve que esperar casi nada pero deseé que no se viera tan bien.
El hielo, justo donde lo veía, tenía una forma extraña en su superficie. Eran visiblemente manos, la silueta de dos manos. Reconocí ese lugar como en donde Raúl cayó a mitad de sus extravagantes saltos y usó las manos para apoyarse. Estaban hundidas a más de tres centímetros, como si fuera un molde o alguien las hubiera apartado cuando el hielo se estaba solidificando.
Era espantoso, porque sabía que era verdad.
Miré mi reflejo en el televisor de la esquina. Era sólo un muchacho de 16 años que estudiaba en la segundaria, desaliñado, vestido con ropas viejas y holgadas que pretendían ser pijamas, no tenía tan buen promedio, era torpe, olvidadizo, a veces asustadizo y empezaba a creer en la magia.
El soplo helado de Yuriy, los sueños extraños, los temblores descontrolados de Brooklyn, las palabras desconcertantes de Kai... ¿Estaba loco sólo por relacionar comportamientos extravagantes con poderes y habilidades propias de la invención de un escritor o un mangaka?. ¿Tanto necesitaba así de atención que me inventaba historias y hechos?
No. La respuesta estaba allí. Más clara que el agua... incrustada en ella, a decir verdad.
En otra de las fotos, se mostraba a Raúl y Mystel, empapados, tomando chocolate caliente, riendo. Abrí una tercera. En esta estaba Mariam y Max, pero antes del incidente. Ellos cuatro… no, todos ellos tenían algo que ver.
-Maldición –aquella noche no pude dormir pero fingí hacerlo cuando Rena pasó a mi cuarto a revisarme a eso de las diez. Cerró la ventana creyendo que tenía frío, porque temblaba. Dudo que el sudor hubiera sido producto del calor.
La víspera de Navidad visité a algunos amigos y quedé con algunos a almorzar. Max me regaló unas galletas que hizo su mamá en forma de árbol de navidad y me preguntó, como quien no quiere la cosa:
-¿Viste las fotografías? Estaban geniales. Pero es una lástima que las del incidente se hubieran borrado. Hubiera querido ver lo que hizo Mystel para ayudar a Raúl otra vez.
Sentí nauseas y guardé las galletas.
-¿No te gustaron?
-Están deliciosas pero si las como ahora no quedará para más tarde. Y quiero que las pruebe mamá.
-¡Ya veo! Por cierto, que Mariam está resfriada por mojarse ayer.
-Claro, el agua estaba helada. Digo, era hielo derretido.
Soltó una suave carcajada.
-¡Pobre Mariam y familiares! Es muy extraño que se mojara estando tan lejos, también…
Más nauseas.
Las cosas se estaban poniendo cada vez más raras.
-.-.-.-.-.-.-.-.-.-.-.-.-.-.-.-.-.-.-.-.-.-.-.-.-
El lugar estaba envuelto de penumbras, tan oscuro que no podía ver más allá de mi nariz. Desconocía si era espacioso o me encontraba acorralado entre cuatro paredes muy juntas. Tampoco supe de dónde vino ni salió la repentina ráfaga de viento que azotó mi cuerpo, agitando fuertemente mi pelo, los anchos pantalones y la gran camisa que utilizaba como pijama.
Totalmente inexpresivo busqué algo, lo que fuera con la mirada, tenía un semblante tranquilo, casi atontado. Por fin mis ojos chocaron con una silueta agazapada a unos cuantos pasos, puesto que desconozco la verdadera medida. Caminé lenta y pesadamente, aún una brisa soplaba con fuerza. Me detuve a unos tres pasos de la persona que, acuclillada y abrazada a sí misma, temblaba con descontrol, mirando con terror a la nada que nos envolvía.
-¿Qué pasa? –pregunté tranquilamente-. ¿Dónde estamos, Brooklyn?
-No estoy seguro –contestó él, ensimismado-. Pero está helando.
-Es cierto –dije yo, dándome cuenta de que mi aliento se volvía vaho-. Hace frío.
Asintió rápidamente, quizá sólo por hacer algo. Miré a los lados, sin mucho interés. Qué curioso, una pequeñas motitas blancas danzaban lenta y grácilmente a nuestro alrededor. Parpadeé sin comprender. ¿Cómo no las había visto antes?
-¿Qué es esto? –pregunté alzando la mano para tocarlas.
-Nieve, está nevando –respondió, confirmando lo que acababa de sentir.
-Entonces así se siente la nieve... Interesante.
-¿Es que nunca has sentido nieve? –me observó sin levantarse, yo ladeé la cabeza, sin cambiar la expresión. Salía vaho constantemente de sus labios, al ritmo de su respiración.
-Nunca –me encogí despreocupadamente de hombros-. Nagasaki no es una ciudad que se preste para eso, no al menos en lo que yo llevó viviendo aquí –con un "ah" de su parte se hizo el silencio, que rompí al volverme hacia él y decir-: Es verdad, tú vivías en un país frío. No entiendo por qué tiemblas tanto. Allá nevaba, ¿correcto?
-Sí, nevaba en invierno, bastante a decir verdad. Sobre todo al norte. Era muy bonito pero nunca me gustó mucho la nieve, era demasiado fría y hacía las Navidades más insípidas.
-¿Navidad? –repetí-. Oh, hoy es veinticinco por la madrugada... La nieve es agradable pero prefiero la lluvia, ¿a ti qué te parece? –hablé distraídamente, viéndolo a él y a los copos blancos que se amontonaban en mis hombros y cabello. Fue cuando me fijé que sobre sí tenía una capita de nieve más o menos gruesa, su nariz, cabello, hombros...-. ¿No tienes frío así? Aunque debes estar acostumbrado a éste clima.
Cerró los ojos con fuerza, haciendo un mohín. Meneé de nuevo la cabeza, sin poder pensar en algo más coherente que en su gusto por la primavera y el mío por la lluvia.
Entonces abrió los ojos, bastante sorprendido de sentir varias gotitas chocar contra el piso y él. Giró el rostro hacia mí, buscando una respuesta al motivo de que estuviera lloviendo. Le sonreí de lado y me agaché, posé mi mano sobre su hombro, quitando un poco de nieve.
-¿Mejor?
-Ya no hace tanto frío –observó extrañado la palma de sus manos humedecerse con la lluvia, que llenaba algunos resquicios. Luego miró sus hombros-. La nieve se fue.
-Me pareció que debías tener mucho frío para temblar así, sabes, y pensé que la lluvia ayudaría. Una vez, alguien a quien quiero mucho me dijo que la lluvia purificaba y limpiaba todo, que cuando llovía se limpiaban las calles, las hojas caídas, nuestras penas y lágrimas. -Levanté el rostro, dejando que las gotas cayeran de lleno sobre mi piel. Cuando lo observé de nuevo pequeñas gotas resbalaban de la comisura de sus ojos y bajaban por todo su delicado rostro, no eran más que gotas de lluvia. Sonreí con algo más de entusiasmo-. Es cálida porque es "Harusame", ¿sabes lo que es?
-Pues... no estoy seguro –aceptó titubeante.
-Significa lluvia de primavera, es cálida y por lo general refrescante, se forma un río de pétalos y agua, sino fuera por esta lluvia las flores no vivirían tanto ni serían tan lozanas. Por lo menos eso pienso yo. ¿Estás bien ahora?
-Sí... –asintió bajando las mano y relajando los hombros-. Es muy agradable –cerró los ojos e intentó sonreír. No lo logró. Abrió los párpados y me dirigió una tensa y sorprendida mirada cuando sintió mi brazo alrededor de sus hombros. Yo seguía sonriendo, con mucha tranquilidad. Acerqué más mi rostro, rozando nuestras mejillas.
-Sería lindo pasar una "blanca navidad", como dice la canción. Pero si no quieres, entonces bien.
-Miha-kun... –pronunciaron sus sonrosados labios. Pasé un dedo por ellos, fue tan sutil que hasta dudé haberlo hecho después.
-Feliz Navidad, Brooklyn. Que tengas una feliz Navidad y un próspero año nuevo –le abracé más fuerte.
-Feliz... Navidad –respondió, por fin sonriendo. Cerró los ojos y varias gotas que pendían de las pestañas se deslizaron por sus carrillos. Suspiró-. Feliz Navidad.
Desperté acurrucado en un lado de la cama. Me estiré para desperezarme, no recordaba haber dormido tan bien antes. Tallé los ojos y miré por la ventana. No nevaba pero una brillante y agradable luz se combinaba con el viento frío, era una mañana preciosa. Me ruboricé un poco al recordar el sueño. Traté de encontrarle significado pero me pareció imposible.
Al bajar a desayunar, Rena me saludó con un bostezo y un "Feliz Navidad, hijo". Preparaba el desayuno y, con ganas de acompañarla, me senté a la mesa mientras revisaba mi buzón de mensajes y el de correo por el celular. Tenía muchas postales, archivos con grabaciones y fotografías y mensajes en cadena bastante divertidos y navideños. Entre ellos uno de Keitaro que me encargué de devolver al momento de haberlo leído.
-¿Puedes contestar? –preguntó cuando sonó el teléfono de la casa.
-Sí –me levanté y fui a atender, totalmente despierto-. Familia Minamoto.
-¿Miha-kun?
-¡Hola, Brooklyn! –saludé sorprendido, sonrojándome levemente de nuevo. Sacudiendo la cabeza traté de parecer normal. Ja, ustedes y yo sabemos que es difícil para mí, ¿verdad?-. Feliz Navidad.
-Feliz Navidad para ti también –sonaba dudoso, como si se preguntara qué decir o por qué había llamado. Contestó con un esquivo "Bien, bien" al preguntarle cómo la estaba pasando, decidí no hondar más en el asunto. Sonó todavía más renuente a hablar cuando dijo las siguientes palabras-: Lamento no tener un presente para ti también...
-Oh, no te preocupes -¿también? ¿A qué se estaría refiriendo?
-Yo... sólo llamaba para saludar y decirte que muchas gracias. Etto... Saludos para tu familia, tengo que irme ya.
-De acuerdo, nos veremos en clases, supongo.
-Yes... Merry Christmas.
-And a happy new year –deseé también. No entendí el repentino cambio de idioma-. Take care. Bye-bye.
-Good bye… Miha.
Colgué después de él.
Me pregunté si habíamos soñado lo mismo, si de verdad había sido un sueño y si lloró realmente. Sonrojado y con una extraña sonrisita regresé a la mesa. Rena preguntó un par de cosas, esquivé el tema contándole que Max me había mandado un graciosísimo mensaje navideño. Riendo nos concentramos en la comida. Mas, en todo el día el sueño y la llamada de Brooklyn se quedaron en un rincón de mi mente. Le deseé varias veces mentalmente unas felices fiestas, incluso antes de irme a dormir.
