Disclaimer: Antes que nada decir, por supuesto, que todos los personajes que use, lugares que los personajes visiten, etc, son de JKRowling. Además todas las ideas que se me puedan ocurrir, son inspiradas por la maravillosa saga que esta creó. Sobra nombrarla: Harry Potter ^^

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Una vez más, Hermione Granger, recorría el largo pasillo del hospital San Mungo en dirección a la habitación de el que en su día fue su profesor en Hogwarts.

Tenía miedo, para qué negarlo. Habían pasado tres noches desde que la echase la última vez.

"¡¡Vete!!" El grito de su antiguo maestro hacía eco en su mente constantemente.

Desde entonces había decidido no volver a jugar con la paciencia del susodicho. Estaba demostrado que no obtenía nada de ella.

La verdad, si no fuera porque hacía una semana desde que le trajera la última poción, ni se le habría ocurrido ir a verlo. Realmente temía el trato que este, ahora, le iba a ofrecer.

Al asomarse en la habitación sus pensamientos y cavilaciones no pudieron irse más lejos. Tenía ante sus ojos, semidesnudo y de espaldas, a su profesor. Sentado y cubierto por la sábana de caderas para abajo dejaba ver su marcada columna vertebral en arco pues, se encontraba ligeramente inclinado hacia delante.

Respiraba con un aire afligido y temblaba ligeramente. Parecía casi tan débil como la primera vez que había ido a visitarlo. Este pensamiento alarmó a Hermione. ¿Qué podía pasarle? ¿Estaría recayendo?

De repente, el profesor soltó un amortiguado gruñido de dolor y arqueó la espada totalmente haciéndose un ovillo. Sus omoplatos parecía que se iban a salir de su sito de la presión que este ejercía sobre su delicado cuerpo.

Hermione entró con la intención de ayudarlo de algún modo pero, a mitad de camino, paró. Si molestaba a Snape en estos momentos de dolor seguro que la gritaría más que nunca. No podía volver a enfadarlo asi y menos si estaba sufriendo.

Poco a poco hizo por volver sobre sus pasos, sin quitar la mirada del hombre, pero, entonces, comenzó a convulsionar. Pasó de estar hecho un ovillo a quedar totalmente estilado y tenso, temblando más que nunca.

Corrió hacía Snape y, sin pensarlo dos veces, lo giró hacia un lado mientras este convulsionaba. Si no lo hacía podía ahogarse con su propia lengua. Lo había aprendido en un cursillo de primeros auxilios, hacía ya mucho, cuando aun estudiaba en el colegio muggle.

Tenía que llamar a alguien. Aunque la encontrasen a ella, sin permiso, dentro de la habitación. No podía dejar morir a Snape. Invocaría un hechizo alarma, era lo mejor. Buscó su varita entre la ropa pero, antes de encontrarla, las convulsiones cesaron.

No sabía si estaba conciente, pero si que estaba vivo; respiraba.

Hermione volvió a ponerlo tumbado y alargó el brazo derecho en busca de la sábana. Lo cubrió hasta el pecho, dejando por fuera, tan solo, sus brazos, hombros y cabeza.

- Ya está profesor… - le dijo -. Tranquilo…

Sudaba a mares y la respiración aun no había tomado su ritmo habitual. Miraba al techo con una expresión asustada que preocupó a Hermione.

La joven cogió el taburete y lo acercó a la cama. Una vez sentada volvió a mirar el rostro asustado del hombre e, instuitivamente, estiró el brazo y le cogió la mano.

No se dio cuenta de lo que había hecho hasta que percibió la incómoda expresión de Snape, pero ya era demasiado tarde para remediarlo.

Con cuidado encerró entre sus manos la mano derecha del profesor y lo acarició suavemente. Su piel estaba mustia y seca pero, Hermione no pudo negar que, aun asi, eran unas manos con personalidad. Angulosas y bien formadas a pesar de lo huesudo que se encontraba en aquellos momentos.

Notó como, aun temblando, las manos de Snape respondían al contacto agarrando las suyas tambien y no pudo evitar desviar la mirada a estas, para asegurarse que asi era, sorprendida.

Sonrió.

- ¿Te diviertes Granger? – la voz de Snape era temblorosa pero tenía fuerza y denotaba un sutil sarcasmo.

Hermione volvió a mirar al rostro del profesor asustada. No se esperaba que le hablase. Este, aunque sarcástico, dejaba ver lo incómoda que le resultaba la situación.

- No profesor - ¿cómo se iba a divertir en ese momento? ¡Lo que estaba era preocupada!

Snape volvió a mirar al techo. Tener su mano derecha entre las de la joven castaña ya era bastante incómodo cuando parecía no darse cuenta como para soportarlo ahora que ella sabía que si era consciente de ello.

- ¿Has traído la poción?

Hermione soltó su mano, rompiendo con ello la incomoda situación, y buscó el frasco en el pequeño saco vaquero que llevaba. Cuando se la dio, Snape la agitó, la abrió y se la tomó rápidamente ante la mirada incrédula de la castaña. Ni una explicación.

- Casi no llega Granger – no podía haberlo dicho con más frialdad. No había tardado tanto, o es que acaso tenía una hora fija.

Entonces se dio cuenta.

- Qué Granger, ¿lo has adivinado solita o hace falta que te lo explique? – la sonrisa sarcástica del hombre le dolió como si de un latigazo se tratara. Aun resonaba en su mente el grito que le había pegado en su última visita.

Ninguno habló durante varios segundos. Ambos parecían demasiado ocupados. Snape mirando al techo y Hermione al suelo.

- La poción… - no es que se acabara de dar cuenta, en realidad lo que le costaba era hablarle - …inhibe el veneno…

- Bravo Granger – de nuevo sarcasmo -. Pensé que se había vuelto tonta – Snape cogió aliento. Seguía temblando, aunque menos, y los sudores habían remitido -. No solo suspende la función del veneno sino que, al mismo tiempo, lentamente, me inmuniza.

Era una poción imposible. Eso no existía.

- Pero… - Hermione levantó la mirada -. Esa poción no existe… No para el veneno de Nagini

- Me subestimas Granger – era una rotunda afirmación.

Snape se incorporó y quedó sentado. Parecía encontrarse de nuevo en el mismo estado que la última vez que lo vio. Inclusive mejor. Hermione no lo entendía. Minutos antes habría jurado que había retrocedido mucho en su recuperación.

- No quería tener que decírtelo Granger – le dijo evidentemente resignado -. Y te aseguro que tampoco obtendrás mucha información en este momento – intentó volver a su habitual severidad -. Ya sabes que necesito la poción para sobrevivir, que inhibe el veneno y que me inmuniza. En estos momentos dependo de ella para recuperarme y, al paso que va, dependeré de ella toda mi vida.

- La creó usted… - no había otra explicación - ¿cierto?

Snape asintió.

- Estaba convencido que el Señor Tenebroso le daría la satisfacción de matarme a su amada serpiente… - sus ojos miraban a un punto muerto. Snape estaba recordando -. Ella se llevaba los mejores trofeos… y yo era de sus más cercanos sirvientes. Era evidente pues…

Hermione miraba asombrada al hombre. Ante sus ojos ya no se encontraba el borde y arrogante profesor de pociones. Ante sus ojos había un hombre sabio y experto, y un hombre desgraciado.

- Hasta tú con mis conocimientos de pociones habrías buscado un modo de sobrevivir al veneno – volvía a aparecer una mota de superioridad.

- Pero… ¿cómo? – Hermione pensaba aceleradamente – Para hacer algo asi necesitaría el mismísimo veneno de Nagini – con sus dedos simbolizaba algo que no había. Y, de golpe, se le ocurrió -. El ingrediente especial…

Snape esbozó una ligera sonrisa.

- Me alegra comprobar que sigue usando el cerebro Granger – le dijo -. Aunque me sorprende que no se hubiera dado cuenta antes…

Hermione no prestaba atención a su antiguo profesor. Pensaba.

- Pero, ¿cómo consiguió el veneno?

- Tengo mis recursos Granger

- Y… cuando se termine… ¿qué? – en la cabeza de la joven aparecían incontables preguntas sin respuestas.

- Repito que, tengo mis recursos – insistió el maestro.

- No profesor, ya no – dijo segura Hermione -. Usted no lo sabe pero Nagini murió. Neville la mató.

- No me hace falta la estúpida serpiente Granger.

- Pero, entonces… ¿cómo?

Los ojos abiertos de la chica y su expresión de incertidumbre hicieron reír por un brevísimo momento al profesor.

- Siempre me pregunté como sería tu cara en interrogante, Granger – reconoció

Hermione no sabía si reír con él o sentirse ofendida por el comentario. Era extraño pero no estaba segura de haber visto sarcasmo y, por alguna leve intuición, creía reconocer una broma en las palabras de Snape.

- No se lo diré todo Granger. Ya sabe que tengo mis recursos – le dijo tranquilo. Se acomodó en la cama y continuó -. Ahora, finalizada la conversación, me gustaría saber como va su elaboración...

Hermione respiró resignada. Se quedaría sin respuestas, una vez más.

- Bueno… Tras el intento fallido del fin de semana, como ya sabe, comencé otra… - comenzó - pero tampoco funcionó – Snape observó la frustración de la joven -. No conozco el motivo… y es lo que más me molesta – paró.

- Y…

- Comencé otra hace dos días y, de momento, parece ir bien – reconoció -. Pero como con la anterior me pasó lo mismo… no estoy muy segura…

- No quiero darte prisa pero, si para la semana que viene no has logrado una poción decente, estas convulsiones que acabo de tener serán lo mejor que me pueda suceder – parecía decirlo solo para agobiarla innecesariamente. Tambien ella sabía que no quedaban más pociones -. Es el problema de inmunizarse y dejar de tomar inhibidores Granger. Mi cuerpo se defenderá del veneno sin ninguna probabilidad de éxito, pues aun no está preparado del todo, y sentiré el dolor de la guerra que mi organismo libre contra este – la cabeza del profesor tenía su característica pose: mentón arriba y mirada había abajo. Adoraba mirar a la gente desde arriba -. No hace falta ser medimago para saberlo…

- Muy simpático… - soltó borde Hermione molesta por el evidente comentario y por el drástico cambio de actitud del maestro. De nuevo prepotente. Luego la sabelotodo era ella…

- Pasaré por alto ese comentario Granger – siseó Snape varios segundos después. Hermione se dio cuenta de su mala contestación y bajó la cabeza sumisa -. No te tolero esas confianzas.

Hermione bajó la cabeza tras ponerse roja.

- Lo siento… - se disculpó -. Es que me mete presión y…

- No le meto presión. Le digo la verdad – paró -. Le soy sincero.

Hermione asintió, ante la contradicción de Snape a sus palabras, resignada. Por mucha "verdad" y "sinceridad" que el hombre se molestara en lanzarle, era evidente que aprovechaba la oportunidad para meter presión. Era Snape.

La habitación se quedó en silencio una vez más. Durante varios minutos ninguno habló.

- Profesor…

El hombre no se inmutó pero escuchaba con atención. Si aquella estúpida Gryffindor volvía a insistir en su evidente soledad no sabía como iba a reaccionar.

- Estuve pensando… - era cierto. Esos últimos días se había dedicado a ir a almorzar con Aberforth y, en sus conversaciones, salían temas bastante sustanciosos que le daban algo en que pensar además de la poción.

- Viniendo de ti te creo Granger. Si lo hubiese dicho el señor Weasley lo habría dudado… - una vez más sarcasmo y no broma. Hermione estaba casi segura que la vez anterior su intuición le había fallado. ¿Cómo iba Snape a gastarle una "broma"?. Le encantaba meterse con sus amigos. La culpa era de ella: le había dejado tiempo para responder.

- Según tengo entendido, no llegó usted a saber nada de los Horrocruxes – dijo la joven -. ¿No?

Hubo una pausa en la que Snape aceptó evidenciado con la cabeza.

- Lo pensé al ver el anillo de Albus – le respondió Snape -. Pero le resté importancia creyéndolo imposible… Y, de ser asi, pensé que tan solo era uno y ya estaba destruido – Hermione había dicho "Horrocruxes".

La joven asintió.

- ¿Cuántos?

- Siete

- Siete… - el profesor estaba asombrado. ¿Cómo había alguien podido dividir su alma en siete partes? Una ya era todo un reto -. ¿Cuáles?

- Primero el diario de Riddle – le explicó. Snape asentía como si todo tuviera ahora sentido -. Tambien fue la copa de Hufflepuff, la diadema de Ravenclaw, el guardapelo de Slytherin, el anillo de Marvolo Gaunt, Nagini y Harry.

- ¿Potter? – preguntó

- Si… - asintió la joven -. Al parecer, al matar a sus padres, sin quererlo, el que no debió ser nombrado, creó un último Horrocrux.

Snape pensaba, relacionaba.

- ¿Entonces por qué sigue Harry vivo?

- Porque, durante la guerra – parecía mentira que nadie se hubiera molestado en informarle de esto -, el que no debió ser nombrado le echó una maldición asesina, matando con ella, su trozo de alma, pero no a Harry.

- El Señor Tenebroso no sabía que había creado un séptimo Horrocrux.

No era una pregunta pero Hermione negó con la cabeza de todos modos.

- Por eso era tan importante que os entregara la espada de Gryffindor.

Tampoco preguntaba.

- Con ella rompimos varios Horrocruxes – asintió

- ¿Y el resto?

- Con veneno de los dientes del basilisco de la Cámara Secreta – respondió Hermione.

Snape asintió y la habitación volvió a quedar en silencio. Se volvió a tumbar en la cama. Aun se le hacía demasiado grande la idea de crear siete Horrocruxes. El haberlo echo demostraba el increíble poder del Señor Tenebroso, de la magia oscura, y sus ansias por sobrevivir a la muerte.

No era un secreto su interés por las artes oscuras y, por tanto, no se molestó en disimular su expresión de asombro.

- Te agradezco la información Granger – le dijo finalmente, pasados unos minutos -. Pero ya va siendo hora de que te vayas – continuó -. Si mal no recuerdo, tienes una importante tarea por cumplir mañana.

Hermione asintió. Snape había aguantado ya demasiado tiempo su compañía, por lo que decidió que ya era conveniente irse. Cogió su saco vaquero y se levantó.

En el momento en el que la joven castaña desvió la mirada de su maestro, este colocó la suya en su huesuda mano derecha, anteriormente rodeada por las dos finas y suaves manos de la Gryffindor.

No lo reconocería ni muerto pero, en cierto modo, su contacto, le había tranquilizado.

- Buenas noches profesor – se despidió Hermione sin girarse a mirar y se fue.

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A la mañana siguiente Hermione se vistió rápido para bajar a desayunar y esta cuanto antes en el despacho de Snape. A las 10 finalizaba el reposo pero, por si acaso, siempre estaba ahí una hora antes de lo previsto.

Bajando las escaleras se cruzó con Ron. Ambos pararon al verse. Era domingo… ¿Desde cuando Ron madrugaba los domingos?

- ¿Qué pasa? – le preguntó extrañado

- No nada – respondió Hermione -. Solo que… no te esperaba. ¿Dónde fuiste? – le preguntó – o… ¿dónde estabas? – intentó corregir. ¿Por qué había dado por hecho que se había ido?

- No… - la mirada de pelirrojo se perdió unos segundos -. Estaba corriendo – dijo incómodo.

¿Eso era una excusa?

- ¿Corriendo? – la expresión de Hermione fue de total asombro -. ¿Un domingo por la mañana?

- Si, ¿qué pasa? – se había ofendido - ¿No puedo ir a correr?

Podía haber estado corriendo pues iba en shorts y estaba sudado pero, ¿un domingo?

- ¿Desde cuando madrugas los domingos Ron?

- Desde que corro – le respondió como si fuese lógico.

- Bueno… - comenzó a creérselo. Quizás fuera cierto y su pelirrojo amigo había tenido un arranque de responsabilidad decidiendo mantenerse en forma.

Ron continuó subiendo las escaleras aun incómodo con la reacción de su amiga.

- ¡Ron! – se giró de nuevo -. La próxima vez me avisas y… voy contigo – la propuso -. Si no te importa… - ciertamente, le hacía falta. Más por soltar adrenalina que por mantenerse en forma. Necesitaba descargarse.

Ron asintió confundido. No se imaginaba corriendo con Hermione. Seguro que se cansaría rapidísimo y tendría que parar por ella. Suspiró resignado cuando la joven castaña se perdió de vista por el cuadro y continuó el asenso.

Cuando Hermione llegó al Gran Comedor casi se choca con Neville. Mientras ella entraba él salía y, como la puerta no era lo suficientemente grande, justo por el mismo lugar.

- ¡Neville! – soltó al casi chocar

- ¡Hola Hermione! – le saludó este animado

- ¿Qué haces aqui? – echó un vistazo al comedor y pudo comprobar que, además de ellos, tan solo estaban la profesora Sprout y el conserje Filch

- Pues no lo se… - Neville estaba evidentemente extrañado -. Yo… yo estaba con la profesora Sprout… ayudándola porque…

Hermione le miraba interesada.

- Porque… bueno, hay una plantación de pubrilias en el invernadero 2 y es necesario…

- Trasplantarlas de amanecida – Hermione lo sabía -. Ya…

- No podía ella sola y bueno… a mi no se me da mal – esa sosa humildad de Neville ante la única cosa de la que podía fardar hacía gracia a Hermione.

- ¿Qué dices Neville? Si se te da muy bien herbología…

- Bueno… - su compañero se puso colorado -. ¿Vas a desayunar? – la siguió por el Gran Comedor

- Si – asintió ella.

- ¿Te puedo acompañar?

- Claro Neville – volvió a asentir -. No te hace falta ni preguntar – le sonrió mientras se sentaba.

Neville saltó la mesa del Gran Comedor para sentarse enfrente de su amiga.

- ¿No estás emocionada? – le preguntó tras unos segundos

- ¿Por qué debería estar emocionada? – no lo entendía la verdad. Más que emocionada debía de estar nerviosa. La poción continuaba su segundo reposo y no estaba segura de si había salido bien.

- Porque el año que viene estudiarás aquí otra vez… - su joven sonrió.

Hermione le devolvió la sonrisa y bajo la miraba al recién aparecido tarro de cereales. Ya no se acordaba ni de eso. Se le antojaba tan lejano.

- Quiero decir… este año no tuvo que ser muy… divertido. Supongo que a ti, entre otras personas, el saltarte un curso…

- No te creas que me costó tanto Neville. Era lo que tenía que hacer y bueno… - suspiró -. Ya me has dicho tú que, de todos modos, tampoco aprendiste mucho.

- Ya… pero eso fue por lo que fue. Me dediqué más a incordiar a los Carrow que a estudiar… - de eso si se sentía orgulloso y lo dio a entender enderezando el torso. Gesto que Hermione relacionó con su antiguo profesor de pociones, siempre tan orgulloso.

- Yo tambien habría incordiado – se rió -. Habríamos sido todos fugitivos de los Carrow…

- Y de Snape – terminó la frase Neville. Hermione había intentando no decirlo pero, al parecer no hizo falta.

- Te recuerdo que gracias a Snape el martirio de los Carrow fue menor… - puntualizó

- Igualmente Hermione… no se de qué habría servido – esta vez el que suspiraba era Neville -. Si quieres mi opinión, puede que lo que Harry dijo fuera cierto… pero, ese hombre no es bueno Hermione… No hace falta ni que te lo diga – se reprendió evidenciado -. Lo conoces tanto como yo…

O quizá más, pensó la joven castaña. No se podía negar que lo que decía Hermione era cierto. Podía haber limitado a los Carrow pero, aun asi… era Snape y disfrutaba martirizando y menospreciando a los alumnos.

- Ya… - fue lo único que consiguió decir

- Me han dicho que se recupera… - hubo una pausa en la que esperó la respuesta de Hermione pero, al no encontrarla, continuó - ¿no sabes nada?

Hermione negó.

- Lo mismo que tú Neville – había terminado sus cereales y se estiró para cazar un plátano, movimiento que aprovechó para no dejar ver su mal disimulado rostro. Si que sabía algo, mucho en realidad.

- Me dijeron tambien que fuiste tú quien lo encontró… - de nuevo el silencio y la continuación. Esto incomodaba a Neville porque le hacía parecer que hablaba solo- … ¿no?

Hermione asintió mientras comía el plátano. Necesitaba fuerza.

- En realidad no lo encontré Neville. Sabía donde estaba – le explicó -. Simplemente fue a buscar su supuesto cadáver y bueno… descubrí que… estaba vivo…

Neville la miraba con los ojos muy abiertos. Él temía a Snape más que nadie y, imaginarse buscando su cadáver le era horrible.

- Que mal… ¿no? – su rostro dejaba ver incomodidad

- No… mal no… - respondió Hermione, al contrario que su compañero, muy cómoda -. Bien por él… Quiero decir – intentó disimular su comodidad -, mientras no nos moleste más… ¿no?

- Claro – Neville estaba verdaderamente liberado desde que había terminado su reclusión indefinida en la sala de menesteres y no pudo mostrar una expresión de alivio ante el hecho de no volver a ser molestado por Snape.

Hermione se compadeció de su amigo. Ya no era el pequeño y regordete Neville Longbottom, ahora era alto y bastante estilizado. No tenía el cuerpo grande como, por ejemplo, Ron, pero si se asemejaba al de Harry, algo más delgaducho. Había dado un considerable estirón en los últimos años. Aun asi y a pesar de todos sus logros en la rebelión contra Snape y los Carrow, Neville continuaba teniendo un rostro bondadoso e ingenuo.

- No debes preocuparte más – le sonrió Hermione

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Al entrar al despacho de su profesor le llegó un intenso aroma ácido que la alarmó de inmediato. Bajó las escaleras corriendo y giró a la derecha en busca de la mesa donde reparaba la poción.

El caldero desprendía un delgadísimo hilo de humo lila oscuro. Hermione se acercó y la miró extrañada. Estaba espesa y no era exactamente asi como debía encontrársela. Se suponía que debía volverse más líquida y oscura.

Buscó los pergaminos en su saco vaquero y se dirigió hacía la mesa donde, hacía ya varios años, Snape había reprendido a Harry y Ron por su "incidente" con el sauce boxeador y el coche del señor Weasley. Era la única silla en toda la estancia y acostumbraba a usarla bastante a menudo.

En ocasiones se sentía incómoda sentada en el mismísimo despacho de Severus Snape pero no iba a estar siempre de pié. Eso si, no tocaba ni miraba si quiera la montaña de papeles que en esta había. Tan solo se sentaba a descansar. Leyó los pergaminos:

"Tras el segundo reposo la poción debe quedar de un tono violáceo oscuro y desprender un leve hilo de humo del mismo color. Además, su apariencia debe ser líquida y brillante."

La negra, diminuta y apretada letra del profesor de pociones era elegante a pesar de la tristeza y reclusión que inspiraba.

Nota: Adquiere estos rasgos minutos antes del fin del reposo.

Esta vez la letra era suya y se encontraba más bien sucia y mal hecha pues no había podido, tan si quiera, apoyarse en nada cuando Snape le dictaba los pasos que no estaban escritos.

Suspiró aliviada. Aun había esperanzas de que funcionara. Quedaba media hora para el fin del reposo. Enrolló los pergaminos y los colocó sobre la desordenada mesa con cuidado. La verdad, habría agradecido que esta no se encontrara tan repleta, pero no hacía nada molestándose por eso. El profesor nunca previó que alguien, además de él, utilizase el lúgubre despacho.

Los minutos pasaron y Hermione los dedicó a hacerse una y mil preguntas sin respuesta. ¿Cómo había creado la poción? ¿Cómo consiguió el veneno de Nagini? ¿Cómo no había previsto Snape que necesitaría pociones después del ataque? Y… de haberlo previsto, ¿qué habría echo? ¿Llevar 20 pociones encima?

Quizás no 20 pero, mínimo 1 debió llevar. Si no Hermione no entendía cómo había sobrevivido la primera semana. Pero, en caso de llevar una encima, ¿dónde? En el hospital le había guardado todas sus pertenencias y, evidentemente, él no podía levantarse y buscarlas.

Una y otra vez repetía las preguntas esperando asi encontrar las respuestas sin mucho éxito. ¿Qué haría cuando se recuperase? ¿Le permitirían regresar a Hogwarts por sus pertenencias? En caso de no ser asi, ¿tendría que seguir haciéndole la poción indefinidamente? No le agradaba la idea.

Finalmente se levantó y fue hasta la mesa de las pociones. Ya debía estar lista.

Cuando echó el primer vistazo no pudo evitar dejar salir una gran sonrisa. La poción estaba violácea oscuro y líquida esta vez. Había salido bien pues, la vez anterior, no había llegado ni a coger el color.

Cogió los pergaminos y los abrió:

"Depositar las 10 gotas del ingrediente especial"

El ingrediente especial estaba en el dormitorio. Tenía que entrar pero… ¿cómo?

Se acercó y, con miedo, elevó la mano para posarla en la fría piedra. No sabía si se abriría a ella. Hermione suponía que Snape quería que entrase en busca del ingrediente especial pero, aun asi, quizás, debiera avisarlo antes.

No hizo falta colocar la mano en la pared. La piedra desapareció antes dejando libre la entrada al dormitorio y, por tercera vez, Hermione respiró el agradable aroma de su interior. Decididamente, si era asi como olía Snape de verdad, ese hombre no debía morir. Antes habría que condensar ese olor en una colonia o algo por el estilo.

Hermione entró y, automáticamente, la chimenea prendió. No hizo mucha llama de todas maneras pues la habitación estaba bien alumbrada por los ventanales.

La joven se acercó al más grande, en la pared transversal izquierda de la que ella había salido, y comprobó, sorprendida, que, ante ella se disponía la misma vista que, semanas atrás, frecuentaba en la azotea de cerca de la casa Ravenclaw. Era, aunque desde un punto algo más bajo, la misma vista: el bosque se perdía en el horizonte y el sol brillaba encima del lago. Era precioso.

Snape debía conocer la terraza pues, donde se encontraba su dormitorio, no podía tener semejantes vistas. De hecho, no podía tener vistas ningunas, vivía en las mazmorras. Una prueba delatadora de que las ventanas eran mágicas, como las de San Mungo.

Finalmente se giró hacia el dormitorio. Aun tenía la misma ropa de cama pero, tan intacta que no tenía ni una mota de polvo. Evidentemente, los elfos mimaban excesivamente ese dormitorio.

Se dirigió al vestidor y, con cuidado, posó la mano en la puerta ahumada del cajón. Esta desapareció y dejo ver claramente las pociones en su interior.

Había dos frascos. Hermione se preguntó una vez más de dónde los habría sacado. Como no se dedicase a estrangular a la serpiente mientras su dueño no la viese no se imaginaba cómo había obtenido tal cantidad del veneno.

Cada frasco era, aproximadamente, del tamaño de un yogur pequeño y dentro había un líquido blanco y líquido, muy líquido.

Tomó uno de estos y retrocedió sobre sus pasos hasta llegar de nuevo a la mesa del despacho donde preparaba la poción. Buscó su varita y, con un sencillo hechizo cuentagotas, echó las 10 correspondientes a la poción.

Inmediatamente esta se volvió negra oscura y burbujeó levemente.

Cerró el frasco del veneno y buscó los pergaminos de la poción. Snape no se había molestado en escribir el final por lo que, esta vez, la única letra que había era la de Hermione.

Nota: Después de poner las 10 gotas del ingrediente especial esperar junto a la poción durante 4 horas. Es posible que esta se enfríe y tome un color grisáceo. En tal caso, echar una pizca de propóleo en polvo y otras 5 gotas del ingrediente. Dejar reposar, de nuevo, 4 horas.

Hermione suspiró resignada. Debía estar ahí 4 horas, como mínimo, ahí sentada, en el lúgubre despacho, observando la poción. Ni si quiera picando ingredientes o buscándolos en las estanterías. ¿Qué había más aburrido?

Se dirigió de nuevo a la mesa del despacho mientras enrollaba los pergaminos una vez más. Pero antes de sentarse se percató asombrada de que la puerta al dormitorio continuaba abierta.

A lo mejor debía colocar el veneno en el cajón de nuevo. Pero, ¿y si tenía que usarlo de nuevo?

Intrigada introdujo la cabeza por la abertura esperando encontrar un elfo doméstico o algo dentro que pudiera explicar el motivo de que estuviera abierta. Era increíble la gran diferencia entre estar dentro y fuera del despacho.

No había nada ni nadie fuera de lo normal. Se encogió de hombros y se dio la vuelta para sentarse en la silla. Colocó los pergaminos en la mesa y esperó.

Pasaron varios minutos en los que se entretuvo mirando a las musarañas y jugando con una esquina rota de la mesa.

Y si…

Se levantó y volvió a introducir la cabeza en el dormitorio. La mesa donde se suponía que Snape comía era firme y sin duda podía soportar el peso de un caldero.

Corrió hacia donde estaba la poción y, con una mano, levantó el caldero del atril que lo colocaba encima del fuego que ya llevaba apagado desde ayer. Con la otra mano cogió el frasco del veneno y, asi, dispuso su partida al dormitorio.

Efectivamente, la mesa aguantaba más que satisfactoriamente el peso del caldero. De hecho parecía que encajaba y todo.

Satisfecha, Hermione se sentó en la silla al lado de la mesa y cogió aire. Aunque el caldero era mediano tirando a pequeño, pesaba bastante y, además, había tenido que hacer equilibrio con el frasco y su varita.

Dirigió la mirada al suelo y vio la alfombra de los colores de Slytherin. Se agachó a tocarla y comprobó que su tacto era cálido y agradable, por lo que decidió probarla y se sentó en ella.

Buscando una posición cómoda apoyó los brazos hacia detrás y miró el enorme ventanal con esa maravillosa vista que tanto conocía. Se estaba bien.

Se le hacía difícil recordar al frío y desagradable profesor Severus Snape sentada en la confortable alfombra pues ni por un momento se lo podía imaginar dentro de la acogedora estancia (todo había que decirlo, por muy acogedora que fuera, al estar en las mazmorras, era bastante fría. Algo que arreglaba la chimenea). En cambio, mientras estaba en el despacho, siempre tenía la imagen de su antiguo profesor presente. El frío despacho hacía honores a su dueño pero el dormitorio no.

Poco a poco se fue recostando hasta quedar totalmente acostada y, finalmente, terminar durmiéndose.

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- ¿Eso es todo profesor?

- Si Granger.

- Bien…

- Recuerde que no debes dejar esos pergaminos por ahí sueltos. Mantenlos a tu lado siempre Granger y, desde luego, no los pierdas.

- Claro profesor.

- Recuerde, a tu lado siempre. Siempre…

Hermione se levantó sobresaltada de la alfombra y, rápidamente, se dirigió al despacho. No pudo evitar poner mala cara al perder el confortable calorcito del dormitorio pero esta se fue al comprobar que los pergaminos se encontraban donde los había dejado.

Profundamente aliviada los tomó y volvió al dormitorio.

Se había quedado dormida y no sabía cuanto tiempo había pasado. Miró al reloj y comprobó que casi las 4 horas.

Se asomó al caldero y lo vio frío y grisáceo. ¿Cuánto tiempo podía llevar así?

Fue al despacho de nuevo en busca del propóleo pero no encontró nada. En la estantería donde se suponía, debía estar, no había sino un frasco vacío. No podía ser, necesitaba el propóleo.

Volvió al dormitorio y abrió el frasco del veneno esperando que con eso bastara. No podía estropearse ahora, no ahora que casi la conseguía.

La poción volvió a ser negra pero seguía fría. Se iba a echar a perder.

Hermione, frustrada, miró al techo mientras su cerebro se movía a 1000 por hora, cuando, por sus ojos, pasó un cartelito que ponía "Propóleo". Se le iluminó el rostro.

Justo enfrente de ella, en un estante, había un frasco con propóleo en polvo. Era evidente que el caldero no encajaba en la mesa por casualidad. Ella no había sido la primera en colocarlo ahí y, por supuesto, ella no había colocado el propóleo en el estante. Snape también hacía la poción en su dormitorio.

Cuando echó los polvos la poción volvió a emitir el leve hilo de humo. Perfecto.

Hermione se sentó satisfecha y cogió aire. Tendría que esperar otras cuatro horas pero, todo lo que ella podía hacer estaba hecho.

Solo faltaba el resultado final.

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¡Por favor! Cualquier error, decidmelo!
He tenido poco tiempo de corregirlo y bueno... agradecería ayudas :)

Ya tng el capi 8 hecho y... solo digo que la historia promete! Pasará algo que... bueno... digamos que... hmmm... algo cambia!

PEACE&LOVE

anikoko