-¡Al fin te encontramos!-exclamó Alexander, algo aliviado, aunque molesto. Inwa estaba un poco más adelante, frente a un pequeño lago.

-Siento haberte dejado atrás, pero es que tenía prisa.

-¿Ya qué venía tanta?

-A que había un shek por aquí y no iba a permitir que nos descubrieran.

-¡¿UN SHEK?! ¿Y dónde está ahora?

-Lo he matado. Ya no está. Kapum- dijo, chasqueando los dedos e imitando con la voz una explosión.

-¿Has acabado con él tú sola?

-Sí.

-Eres increíble... ¿Cómo lo has hecho?

-Haciéndolo. Ha sido fácil. No tiene mucho mérito, estaba herido.

-Incluso herido, un shek es un enemigo formidable. Podrían haberte matado y, sin embargo, no tienes ni un rasguño. No me lo explico, de verdad... Además, sólo llevabas un mísero cuchillo de caza. ¿Cómo es posible?- la chica rió por su parlamento.

-Es fácil. Si no tengo armas... ¿Qué he podido usar?

-Magia.

-Pues eso. Aunque no es una magia normal-añadió en un susurro, de forma que él no pudiera oírla- Anda, deberíamos irnos. Hemos acabado aquí.

-Pero si al final no has recogido nada de lo que dijiste...

-Bueno, ya lo cogeré otro día. Ahora deberíamos marcharnos.

-Está bien.

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-¿Quién eres? ¿A qué has venido?- preguntó Jack con desconfianza. El joven lo miró con respeto, pero le aguantó la mirada sin temor, a pesar de que el fuego del dragón brillaba en ellos.

-Mi nombre es Etrob. Soy experto en medicina.

-Pero si no tendrás más años que yo...

-Aún así. Confía en mí. Nunca le haría daño a un unicornio, y menos a una doncella unicornio.

-¿Por qué? ¿Eres un mago, acaso?

-No. Simplemente les tengo mucho respeto por que son criaturas antiguas, hermosas y sabias. ¿Es eso malo? Créeme, sólo quiero ayudarla.

-Muy bien... Puedes entrar. Confío en ti- le dijo el dragón. El joven de ojos negros y cabello castaño oscuro le sonrió y él le correspondió a la sonrisa. Ambos entraron en la Torre de Kazlunn y dejaron atrás a Kalinor, que ya se ocultaba en el horizonte.

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-Esto mejora por momentos- rió Gerde.

-Ya lo creo. Esto va muy bien. Aunque no deberías dar el don de la magia tan a la ligera.

-Ni se te ocurra contradecirme, Awin. Sabes que estoy por encima de ti. Muy por encima. No dudes de mis decisiones.

-No, señora- murmuró la joven-. Por supuesto que no.

-No vuelvas a hacerlo. Espero que seas una vasalla mejor y más fiel que Kirtash.

-Oh, eso no lo pongáis en duda, mi señora.

-Bueno, puedes retirarte. No te necesito por ahora. Si te llamo, lo sabrás.

-De acuerdo...

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-¿Quién eres tú?-preguntó Ydeon.

-Mi nombre no importa. Tengo que ver a Kirtash.

-No está. No sé cuándo volverá.

-Bueno, puedo esperar-suspiró la chica, sentándose en una piedra. Cruzó las piernas y puso las manos sobre ellas. El águila que descansaba en su hombro se hizo una bola y se tapó la cabeza con el ala-Deberías haberte quedado con Ella. No pasarías tanto frío. Anda, vete. Ya nos veremos. El animal desapareció ante la mirada indiferente del gigante. La miró de arriba abajo y se encogió de hombros. Cuando iba a marcharse, ella le preguntó:- Bueno, ¿qué mirabas?

- Nada. Es algo interesante el que ese animal, estando mucho más tapado que tú, tenga muchísimo más frío- observó. La joven rió. Fue una risa suave, pero con un timbre muy frío. Era cierto. Sólo llevaba una fina camisa de seda negra semitransparente, un poco más oscura en el pecho, y una falda muy, muy corta de la misma tela que empezaba en la cintura muy baja y sólo tenía un palmo y poco más. El cabello rubio le caía en cascada por la espalda hasta la mitad y calzaba unas botas cortas que le hacía unas piernas kilométricas. Awin cesó de reír, pero una media sonrisa permaneció en sus labios. Sabía que no tendría que esperar mucho. Su presencia atraería al shek cómo un imán al metal.

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Horas más tarde, Kirtash regresó a la cueva del gigante. Cuando se había marchado, lo había hecho con el pensamiento de estar fuera varios días, pero había sentido la necesidad imperiosa de volver. Nunca se dejaba llevar por sus impulsos, pero no había podido aguantarlo.

Se deshizo de la capa de pieles nada más entrar. Se quedó parado al ver la rubia melena de Awin, de espaldas a él.

-¿Tú otra vez?-preguntó, sin poder contenerse, muy molesto. Aún así, mantuvo su tono frío e indiferente.

-Sí. ¿No te alegras de verme, Kirtash?

-No.

-Oh, qué desagradable eres- dijo, con fingida cara de molestia.

-Márchate.

-¿Por qué debería hacerlo?

-Márchate-repitió, sin contestar a su pregunta.

-¿Y si no quiero?

-Márchate. Es la última vez que te lo pido. Sino, te obligaré por la fuerza.

-¡Ja! Inténtalo.

Kirtash intentó desenvainar a Haiass, pero cuando se llevó la mano al pomo de la espada, ésta ya no estaba en su vaina. Awin la sostenía en su mano y parecía que no se congelaba. En un abrir y cerrar de ojos, el shek se encontró aprisionado entre el cuerpo de la muchacha y el filo de su propia espada. Lo inmovilizó y le puso la espada a escasos centímetros del cuello. El joven se quedó quieto, esperando a la mejor oportunidad para escaparse.

-Oh, no. Ya lo creo yo que no te vas. De aquí no te mueves, señorito. No, señor. Te he atrapado y ahora no te escaparás-le susurró al oído. Kirtash sintió un frío muy intenso en las piernas y no le hizo falta mirar hacia abajo para saber lo que le había ocurrido. Una gruesa capa de hielo lo había cubierto hasta la mitad del muslo. Se sorprendió a si mismo tiritando, puesto que el frío de su prisión era muy superior al suyo. La joven rió con suavidad- No puedes escapar, ¿no es así? Y tampoco podrías transformarte aunque quisieras. He anulado esa capacidad tuya.

El shek no dijo nada, pero se acordó de su padre, el único que había conseguido quitarle sus poderes hasta entonces. Lo vio normal, puesto que era un dios y había sido el que lo había creado. Pero lo de que ésta lo hiciera no le cuadraba; supuso que sólo lo decía para amedrentarlo, así que intentó transformarse. No lo consiguió, cómo era obvio. Abrió mucho los ojos, impresionado.

-¿Cómo...?

-Tendrías que haberme creído. No digo las cosas así por que sí. Nunca miento.

-Eres....

-¿Qué? ¿Hermosa? No hace falta que lo jures. Tú también eres guapo. Muy guapo....-murmuró. Empezó a andar trazando círculos a su alrededor, evaluándolo con la mirada mientras hacía molinetes con Haiass con la mano más alejada-. Mmmm... Sería un placer pasar una noche contigo. No me importaría, la verdad....

-¿Y qué te ha hecho pensar que a mí me gustaría?

-Esto-musitó, justo antes de echarse sobre él y besarlo suavemente en los labios. El shek se vio invadido por un frío incluso más intenso que el suyo y el de su prisión juntos. Era el frío de un shek... O de algo mucho más poderoso. Se dejó arrastrar sin poder evitarlo y, antes de darse cuenta, ella ya estaba en sus brazos. La chica rozó con Haiass la superficie del hielo que lo aprisionaba y este estalló sin hacerles daño. La abrazó con fuerza, con urgencia, y la besó apasionadamente en la boca. Awin dejó caer a Haiass, que produjo un sonido metálico, o tal vez de cristal al romperse, no lo supieron con certeza. Estaban demasiado ocupados....